lunes, 15 de mayo de 2017

El pasado presente - Yvelisse Prats-Ramírez De Pérez @YvepraPrats

EN PLURAL

El pasado presente 


Puntos de vista sábado, 25 de marzo de 2017
Yvelisse Prats-Ramírez De Pérez
A Juan Bolívar, mi alumno-maestro.
‘‘El pasado no existe, sólo existe su historia’’. 
Escuché esa razonable y razonada afirmación en una clase del Diplomado en Historia Crítica Dominicana. La dijo el profesor, un intelectual probado cuyos juicios respetables merecen total crédito.
¿Por qué entonces, me pregunté en una ráfaga inquieta, cuando veo en televisión en la mañana a Juan Bolívar Díaz, vivo una realidad que borra el contorno de mi cuarto, convertido en una clase de Historia, presentada en el Liceo Nocturno Eugenio María de Hostos, en el 1961, año en que fue ajusticiado Trujillo?
En esa aula, soy la profesora, Juan Bolívar, uno de mis alumnos, más joven que la mayoría, que se compone de un grupo variopinto, en el que hay militares activos, empleados que llegan directamente desde el trabajo al liceo, y algunos, más adultos aún, algo misteriosos, que hacían preguntas peliagudas, a quienes quizás injustamente, creían espías, CALIÉS, porque en ese liceo había profesores y alumnos, que se manifestaban contra los ‘‘remanentes’’ de la tiranía.
En esa aula en que me coloca diariamente la imagen de Juan Bolívar, imparto una clase de Historia, en forma proactiva. Trata sobre Santana, los estudiantes debaten sobre si fue un héroe o un traidor, yo coordino el debate, con una pasión impropia de un buen maestro, era ferviente antisantanista. Me veo despeinada, gesticulante frente a ese joven sereno, que sopesaba los pros y los contra, con una ecuanimidad que, por fin, refrenó mis ímpetus poco pedagógicos, y puso rubor de vergüenza en mis mejillas.
Este pasado no es historia, no lo he escrito hasta hoy, y yo no soy tan importante como para que otros lo hayan escrito. Y Juan Bolívar, que en ese suceso fungió como maestro de maestros, no le ha dado por escribir sus memorias, tampoco sé si recuerda la lección de ecuanimidad que me dio esa noche, y que se repite todas las mañanas como un ‘‘Deja vu’’, que me lleva al pasado, por un momento. En el largo interregno que separa el 1961 del 2017. He controlado mis arrebatos emocionales, admito y propicio la criticidad de mis alumnos, y desahogo mis terquedades, que llamo coherencias, y que sí las mantengo, en el campo ideológico y político.
Juan Bolívar, por su parte, crecido en su dimensión de comunicar, forjador de opiniones, persiste en buscar las verdades, que siempre son más de una, y presentarlas tal como son, o como las ve, de buena fe.
Pero, para mi complacencia, se ha hecho más categórico, más convincente, porque se ha convencido de que, en este país, y en el mundo, hay que aferrarse a las convicciones democráticas, libertarias, igualitarias, justas, para enfrentar, como yo arremetía contra Santana, el neoliberalismo que intenta anonadarnos en la anomia de las incertidumbres.
La serenidad, que es una forma alta del valor, acompaña siempre a Juan Bolívar, pero ser sereno no disminuye su compromiso con los débiles, sobre todo, no hay que olvidar que fue socialcristiano, conoce la doctrina social de nuestra iglesia y que es Jesús quien le enseña a estar cerca de los oprimidos. Y porque es por naturaleza, justo, muchas de sus batallas se libran, a diario, reclamando justicia.
Modesto, sigue siéndolo, desde aquellos días que fui su profesora, él uno de mis alumnos preferidos. Nunca ha dado codazos para lograr primeros puestos, y ha rechazado muchos; ha ocupado cargos después de que se lo solicitaran reiteradamente, y los homenajes que se le rinden, sobradamente merecidos, los recibe con tanta modestia que a veces parece que no se conoce a sí mismo.
Pero no es así. Si bien no usa el tiempo para admirarse a sí mismo, sabe que su misión de comunicar verazmente es determinante, en un medio repleto de falaces bocinas pagadas. Y sabe defender las causas que merecen su defensa, con un ardor de convicción, que se parece y que me perdone si yerro, al desplegado por mí contra Santana, aquella noche del pasado que se hace presente cada vez que lo veo. Porque el respeto y el afecto que me inspira desde hace 56 años, siguen iguales, y hasta crecen, quise, en el 30 aniversario de Programa 1+1, en el que es gladiador, junto a Toribio, Anita, Adalberto y Ana Mitila, sumar a sus virtudes ciudadanas un don excepcional; hacer que, pese a que los sabios y la lógica lo nieguen, el pasado exista, cuando la pantalla de mi televisor se convierte en el aula en la que Juan Bolívar me dio la lección de objetividad que todavía olvido a veces. 
http://www.listindiario.com/puntos-de-vista/2017/03/25/459330/el-pasado-presente

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