martes, 2 de diciembre de 2014

La señal de los tiempos - Por José Luis Taveras


Por José Luis Taveras. 2 de diciembre de 2014 - 12:14 am http://acento.com.do/2014/opinion/8200490-la-senal-de-los-tiempos/
El capital empresarial tiene mucho que perder, aún más en una economía de servicios cuya sostenibilidad está a merced de la quietud social. No es verdad que los negocios de ese puñado estén por encima de todo el empresariado. El precio de la omisión es más caro que el riesgo de la acción. La decisión está en manos de los que pueden.
José Luis Taveras

José Luis Taveras

Abogado corporativo y comercial, escritor y editor.
La inconciencia para discernir los signos de los tiempos es unos de los desatinos más infortunados de un pueblo. Desde las crónicas bíblicas diluvianas hasta los más depurados análisis sociopolíticos de hoy, se reconocen ciertas señales como indicadoras de la dirección de los procesos históricos. La sociedad dominicana presenta un cuadro de síntomas que define un diagnóstico inequívoco de su realidad: el colapso -por agotamiento- del modelo político vigente. Entramos en la fase del principio del fin. El paradigma del poder concentrado, populista, autocrático y vertical agoniza. Pero lo más peligroso de este ciclo es su pertinaz resistencia a sucumbir y, peor, la ausencia de una moción alterna.
La democracia convencional perdió su capacidad para revalidarse. Se ha mantenido a través de una estructura compleja de dominación fáctica. Los últimos gobiernos expandieron los dominios de su poder a horizontes nunca pensados. Convirtieron al Estado en el principal empleador, inversor y contratista como forma de crear una base de dependencia social-partidaria soportada colateralmente por una dinámica de negocios que crearon una elite empresarial poderosa.
Así las cosas, la adherencia al oficialismo tiene más de conveniencia que de conciencia, sujeta a las veleidades de la política.  Cuando los programas sociales de indignidad –como el bono gas, las tarjetas Solidaridad, las nominillas y otros- empiecen a ser recortados o desmontados por las presiones de los ajustes que se avecinan, entonces veremos precipitar la crisis. Un “nuevo” gobierno bajo ese modelo nos conducirá ineluctablemente a su quiebra traumática.
Los últimos tres gobiernos se han sustentado en el endeudamiento. Leonel Fernández dispendió mucho dinero prestado. Cuadruplicó la deuda externa recibida y devastó las finanzas públicas con un astronómico déficit. Danilo Medina no ha variado sustancialmente el ritmo del endeudamiento, que se aproxima al 48 % del PIB.  La secuela de esa gestión derrochadora hubiera sido menos onerosa con una plataforma productiva y exportadora competitiva de contrapeso, pero no. Gran parte del dinero prestado terminó en obras no redituables y en manos de contratistas o de funcionarios corruptos.
El aparente suprapoder del oficialismo no fuera tal con una oposición responsable. Pero la crisis sistémica la quebró tan profundamente que necesitará más que tiempo para reencontrarse. Por lo menos la quiebra del PRD no le sobrevino en el gobierno como en otros tiempos. Ese es precisamente el riesgo si Leonel Fernández retoma el poder.  Su extenuada oferta no sólo es rechazada sino “odiada” por un segmento de notable influencia social.  La clase media que le dio apoyo incondicional en su primer gobierno se siente mayoritariamente defraudada. Esa inconformidad va más allá de lo político. Las rabiosas expresiones que arranca Fernández se nutren de una amarga dosis sentimental. Guarda el dolor de la perfidia. Esa clase, degradada en sus gobiernos, entendía que él encarnaba el cambio del rancio arquetipo político que recibió, pero que en sus manos se afirmó hondamente. La indignación se exacerba aún más por el desprecio del exgobernante a las críticas y por sus mimos a la impunidad.
Contra los vientos, Leonel Fernández buscará una nueva postulación para demostrar que él es el líder.  Necesita ir y ganar, no importa el costo. Es un asunto imperativamente personal. Quiere demostrar que sólo él puede; que su liderazgo sigue incólume y que no admite más espacios que su sombra.  Buscar y usar el poder para calmar los resabios del ego es esquizofrénico. Nada nuevo bajo el sol: se trata del sintomático desatino que desarropa el ocaso de los déspotas. Ellos o nadie. Si caen, se llevan el reino. Cuando el delirio se rinde a la decadencia, el orgullo tirano, armado de intolerancia, impone su razón sin remediar el precio. Esos hombres hechos por el poder no toleran más caídas que la muerte y con ella arrastran la suerte de otros.
Como experimento social, un “nuevo” gobierno del PLD o del PRD o del PRM o de cualquier otra aventura bajo el mismo modelo sería ideal para ver como las fuerzas autodestructivas del sistema operan y hacen metástasis. Sería espectacularmente sádico para cualquier megalómano.  Un final inmerecido para una sociedad que ha invertido tanto en la construcción de su convivencia democrática.
El alto empresariado tampoco está interpretando los signos de los tiempos. Dudo que a sus alturas no le haya llegado el vaho de la indignación que se está peligrosamente incubando. En esa esfera hay preocupaciones silentes. Ser testigos mudos del agrietamiento de la estabilidad sin hacer nada para evitarlo es suicida, como pecaminoso es permanecer impasibles ante el cuadro de impunidad que encarna la propuesta que aspira a ratificarse, sobre todo cuando detrás de ella está el mismo capital atesorado en manos del grupito que se alzó con el botín. El capital empresarial tiene mucho que perder, aún más en una economía de servicios cuya sostenibilidad está a merced de la quietud social. No es verdad que los negocios de ese puñado estén por encima de todo el empresariado. El precio de la omisión es más caro que el riesgo de la acción. La decisión está en manos de los que pueden.
Al país le conviene un tránsito sereno a nuevos rumbos. La sola gravitación de Leonel Fernández en este ambiente es perturbadora. Su lanzamiento a la arena electoral generará reacciones de levantisca resistencia; su ascenso al poder creará una crisis de gobernabilidad. La suerte de un país no puede quedar al capricho de los vientos sino a la voluntad de sus hombres. Los tiempos, más asertivos que los vientos, nos están trasmitiendo señales claras. Démosles la lectura correcta, porque si nos equivocamos nos hundiremos.

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