



Estos ingresos de divisas contribuirán a mantener la estabilidad relativa del tipo de cambio que se observa en la actualidad, de tal manera que al 28 de febrero de 2026, la moneda nacional se apreció 5.2 % frente al dólar estadounidense con respecto diciembre de 2025. Estos mayores flujos externos permiten también mantener un nivel adecuado de reservas internacionales, las cuales al cierre de febrero se ubicaron en US$16,180.7 millones, representando un 12.2 % del producto interno bruto (PIB) y cubriendo unos 5.7 meses de importaciones, indicadores por encima de los umbrales recomendados por el Fondo Monetario Internacional (FMI).
El Banco Central reafirma su compromiso con la vigilancia sobre el entorno económico actual para continuar tomando las medidas necesarias para contrarrestar el impacto en la economía dominicana del desafiante panorama internacional, a fin de garantizar la estabilidad de precios y del mercado cambiario.
Domingo 15 de marzo, 2026
Editorial @GuasabaraEditor
Remesas en un mundo incierto: estabilidad relativa en medio de la tormenta global
El comportamiento de las remesas durante los primeros meses de 2026 confirma una realidad cada vez más evidente para la economía dominicana: la resiliencia externa del país depende tanto de factores internos como de un entorno internacional crecientemente volátil. Que entre enero y febrero las remesas hayan alcanzado los US$1,870.4 millones, con un crecimiento interanual de 1.0 %, no es un dato menor en un contexto marcado por conflictos geopolíticos, presiones inflacionarias y señales de desaceleración en las principales economías emisoras de migrantes.
A primera vista, el crecimiento luce modesto si se compara con años anteriores. Sin embargo, una lectura más profunda revela que este desempeño es consistente con el escenario global actual y con las proyecciones prudentes del Banco Central de la República Dominicana (BCRD). En particular, febrero muestra una moderación clara respecto a enero y al mismo mes de 2025, reflejando no solo la estacionalidad —enero suele concentrar mayores flujos por visitas de dominicanos no residentes—, sino también el impacto de factores externos que comienzan a sentirse con mayor fuerza.
El telón de fondo es complejo. La escalada del conflicto en Medio Oriente ha elevado los precios del petróleo y sus derivados, presionando los costos de vida en las economías desarrolladas y reduciendo el ingreso disponible de los hogares. Este fenómeno tiene un efecto directo sobre la capacidad de envío de remesas, especialmente desde Estados Unidos, origen del 83.4 % de los flujos formales recibidos en febrero. Cuando el costo de la energía sube, el margen para ahorrar y transferir recursos se estrecha, incluso para comunidades tradicionalmente solidarias como la diáspora dominicana.
A ello se suma un desempeño económico estadounidense menos dinámico de lo esperado. El aumento del desempleo general a 4.4 %, la pérdida neta de 92,000 empleos y el incremento del desempleo entre la población latina hasta 5.2 % son señales que no pueden ignorarse. La diáspora dominicana está altamente concentrada en sectores sensibles al ciclo económico, lo que convierte cualquier enfriamiento del mercado laboral en un factor de riesgo para la estabilidad de las remesas.
No obstante, el panorama no es enteramente negativo. El buen desempeño del sector servicios en Estados Unidos, reflejado en un PMI no manufacturero de 56.1 en febrero, ha servido como amortiguador parcial. Este sector concentra una parte significativa del empleo de los dominicanos en el exterior, lo que explica por qué, pese a la pérdida de empleos en términos netos, el flujo de remesas no ha registrado una contracción abrupta. Es una muestra clara de cómo la composición sectorial del empleo migrante puede marcar la diferencia en momentos de estrés económico.
Otro elemento relevante es la diversificación geográfica de las remesas. Aunque Estados Unidos sigue siendo, con amplia diferencia, la principal fuente, los flujos procedentes de España, Italia, Suiza, Canadá y otros países europeos y del continente americano continúan aportando estabilidad. España, en particular, consolida su papel como segundo mayor emisor, lo que refuerza la importancia de una diáspora cada vez más distribuida y menos dependiente de un solo mercado laboral.
En el plano interno, la distribución territorial de las remesas confirma una tendencia estructural: la concentración en las zonas metropolitanas. Que el Distrito Nacional, Santiago y Santo Domingo capten más del 65 % de los flujos refleja tanto la densidad poblacional como la centralidad económica de estas áreas. Sin embargo, también plantea desafíos en términos de desarrollo regional, ya que las remesas siguen siendo una fuente clave de ingresos para hogares fuera de los grandes centros urbanos.
Desde una perspectiva macroeconómica, el mensaje del Banco Central es claro y, en buena medida, tranquilizador. El crecimiento moderado de las remesas es coherente con un escenario de normalización tras los picos excepcionales observados en años anteriores. Más aún, las proyecciones para 2026 —con remesas estimadas en torno a los US$12,200 millones e inversión extranjera directa por encima de los US$5,000 millones— sugieren que el país seguirá contando con un flujo robusto de divisas, complementado por el turismo y las exportaciones.
Estos ingresos externos han sido determinantes para mantener la estabilidad cambiaria. La apreciación acumulada de 5.2 % del peso dominicano frente al dólar a febrero de 2026 y el nivel de reservas internacionales —US$16,180.7 millones, equivalentes al 12.2 % del PIB y a 5.7 meses de importaciones— colocan al país en una posición sólida frente a los estándares internacionales. En un mundo donde la volatilidad financiera es la norma, estos colchones macroeconómicos son activos estratégicos.
Sin embargo, sería un error interpretar estos resultados como garantía de inmunidad. La entrada en vigor del nuevo impuesto a los envíos desde Estados Unidos introduce un factor adicional de incertidumbre para el resto del año. A ello se suman los riesgos derivados de una eventual profundización de los conflictos geopolíticos, una desaceleración más pronunciada de la economía estadounidense o nuevas presiones inflacionarias globales. El crecimiento proyectado de 3.5 % en las remesas para 2026, menor al de 2025, es una señal de realismo más que de pesimismo.
En este contexto, la política económica debe mantener un delicado equilibrio. Por un lado, preservar la estabilidad de precios y del mercado cambiario; por otro, seguir fortaleciendo los vínculos con la diáspora, promoviendo el uso de canales formales y reduciendo los costos de envío. Las remesas no son solo un flujo financiero: son un puente social y económico que conecta al país con millones de dominicanos en el exterior.
En definitiva, el desempeño de las remesas en los primeros meses de 2026 confirma que la economía dominicana navega en aguas turbulentas, pero con instrumentos adecuados. La estabilidad observada no es fruto del azar, sino de una combinación de prudencia macroeconómica, diversificación de ingresos externos y una diáspora que, aun bajo presión, sigue siendo un pilar fundamental del país. El reto ahora es sostener esa estabilidad en un mundo donde la incertidumbre ya no es la excepción, sino la regla.
Luis Orlando Díaz Vólquez
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