lunes, 16 de marzo de 2026

Liderazgo femenino e industria: la productividad que Meta RD 2036 no puede darse el lujo de perder


Liderazgo femenino e industria: la productividad que Meta RD 2036 no puede darse el lujo de perder

Por Luis Orlando Díaz Vólquez

La República Dominicana suele discutir su futuro con un lenguaje de grandes metas: crecimiento, competitividad, empleo formal, productividad. Pero hay un detalle que, si no se coloca en el centro de la conversación nacional, convierte cualquier plan en un edificio con cimientos incompletos: el uso pleno del talento. En esa clave debe leerse la clausura de la Tercera Edición del Programa Ejecutivo en Liderazgo Femenino, impulsado por el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM), la Escuela de Organización Industrial (EOI) y la Asociación de Industrias de la República Dominicana (AIRD): 120 mujeres certificadas, y 260 egresadas acumuladas en una iniciativa que fortalece capacidades directivas para el sector productivo. No es un evento aislado; es una señal estratégica. 

Porque si de verdad queremos llegar a Meta RD 2036 —esa ambición-país de duplicar el PIB real y sostener un crecimiento cercano al 6% anual en los próximos 12 años— necesitamos mirar, con realismo, dónde están las palancas de productividad. Y una de esas palancas es el liderazgo: la calidad con la que se toman decisiones, se gestionan equipos, se adoptan tecnologías y se ejecutan estrategias en fábricas, clústeres, MiPymes industriales y cadenas de suministro. Meta RD 2036 lo reconoce al enfatizar determinantes como capital humano, productividad e innovación, con una arquitectura de comités sectoriales y seguimiento por resultados. En ese marco, expandir liderazgo femenino en industria no es una causa “paralela”; es política económica en estado puro.

El punto de partida es simple: no se puede aspirar a un salto de productividad si se mantiene subutilizada una porción crítica del talento disponible. La evidencia internacional ha mostrado que las brechas de género en participación laboral suelen ser uno de los motores principales de las brechas de empleo; y que aumentar la participación femenina requiere atacar restricciones concretas: tiempo de cuidado, movilidad, discriminación, normas sociales, acceso a redes y habilidades. En otras palabras, cerrar brechas no es un “discurso”; es una reforma funcional de mercado. Cuando las economías remueven barreras y permiten que el talento femenino participe y progrese, ganan capacidad productiva y elevan su potencial de crecimiento. 

Ahora bien, el mérito del programa MICM–EOI–AIRD no está solo en la foto institucional ni en la cifra de graduadas. Está en su diseño: no se trata de un taller simbólico, sino de una formación ejecutiva que cubre piezas duras del desempeño empresarial —análisis del entorno económico, marketing, transformación digital, análisis financiero, excelencia operativa, recursos humanos, estrategia y habilidades directivas— en modalidad semipresencial y enfocada en mujeres con responsabilidades gerenciales en manufactura. Eso es capital humano para productividad, lo que Meta RD 2036 demanda para un nuevo modelo de desarrollo productivo. Si la industria dominicana requiere gerencias capaces de ejecutar con eficiencia, adoptar tecnología y sostener calidad, aquí hay un instrumento que fortalece precisamente ese músculo. 

Pero seamos francos: la formación por sí sola no garantiza el cambio. El riesgo más común —y el más silencioso— es la “capacitación sin ascenso”: mujeres formadas que regresan a empresas donde los techos de cristal siguen intactos o donde la cultura organizacional no acompaña. Por eso, el editorialista tiene el deber de empujar el debate hacia el “cómo”: ¿cómo se convierte una cohorte graduada en mayor presencia real en la toma de decisiones? ¿Cómo se traduce en innovación, productividad y empleo de calidad? En el mundo corporativo, la evidencia insiste en un punto: la diversidad rinde frutos cuando existe inclusión, es decir, procesos justos, voz efectiva, evaluación transparente y rendición de cuentas. Representación sin inclusión se vuelve estadística; inclusión sin medición se vuelve promesa.

Ahí entra el segundo elemento clave: la Hoja de Ruta para el cierre de brechas de género en la industria manufacturera 2025–2028, impulsada por MICM y AIRD. Este instrumento reconoce que hay obstáculos estructurales: prevención de violencia y acoso, conciliación vida familiar-trabajo, y promoción de educación STEM para mujeres, entre otros. El mensaje es correcto: si queremos más mujeres liderando, no basta “invitar”; hay que proteger trayectorias, asegurar entornos laborales seguros, y facilitar condiciones reales para permanencia y promoción. Dicho sin eufemismos: ningún país aumenta productividad sosteniendo culturas laborales que expulsan talento. 

Además, la República Dominicana dispone de un tercer activo que puede multiplicar el impacto: el Programa País ONUDI 2025–2028, que integra equidad de género con transformación digital (Industria 4.0/Kaizen), sostenibilidad e infraestructura de calidad. Esta combinación es oro para Meta RD 2036: formación de liderazgo + mejora de procesos + digitalización + estándares. Ese “paquete” es el tipo de arquitectura que convierte acciones sociales en resultados productivos medibles. No se trata de agregar componentes por moda, sino de crear rutas claras: mujeres líderes entrenadas que lideran proyectos de eficiencia, calidad, innovación y sostenibilidad en sus empresas. Si esto se articula bien, el retorno no será solo individual; será sectorial. 

La pregunta, entonces, no es si el liderazgo femenino es importante: la pregunta es si el país está dispuesto a medirlo y gestionarlo como parte del plan nacional. Meta RD 2036 ha insistido en gobernanza, seguimiento y resultados, y ese espíritu debe trasladarse a esta agenda. Hay indicadores internacionales disponibles para monitorear progreso, como la proporción de mujeres en gerencia media y alta (vinculado al ODS 5.5.2). Pero el punto no es coleccionar cifras: es construir un tablero que conecte graduación con promoción a 12/24 meses, retención, participación en comités internos, adopción de políticas antiacoso y conciliación, y resultados de productividad en pilotos (Kaizen/Industria 4.0, calidad, eficiencia). Lo que no se mide, no se administra; y lo que no se administra, no escala. 

Desde el Estado y el sector privado, la siguiente fase debería incluir decisiones concretas. Primera: escalamiento con enfoque territorial y sectorial, para no concentrar oportunidades solo en los mismos polos industriales. Segunda: condicionar la participación empresarial en programas de liderazgo a “mínimos de inclusión” —protocolos contra acoso, medidas de conciliación, transparencia en promoción, mentoría/sponsorship— porque el ecosistema debe acompañar al talento. Tercera: integrar la agenda a los comités sectoriales y la lógica de seguimiento de Meta RD 2036, para garantizar continuidad más allá de coyunturas. Y cuarta: publicar reportes anuales, porque la transparencia acelera cambios internos y crea incentivos reputacionales. Estas prácticas no se inventan desde cero; están alineadas con recomendaciones y aprendizajes internacionales sobre lo que funciona para promover liderazgo femenino de manera sostenible. 

Al final, el argumento es tan económico como moral: un país que aspira a duplicar su PIB real no puede tratar el talento femenino como una reserva secundaria. Meta RD 2036 exige velocidad, productividad y capacidad de ejecución; y ese conjunto depende de gerencias preparadas, organizaciones inclusivas y políticas que conviertan formación en oportunidades reales. La clausura del programa MICM–EOI–AIRD debe celebrarse, sí, pero sobre todo debe aprovecharse: como punto de inflexión para instalar una agenda de liderazgo femenino industrial con metas, indicadores y escalamiento. Porque en 2036, cuando midamos si llegamos o no a la Meta, no bastará con decir que crecimos: habrá que demostrar que crecimos usando todo el talento disponible.

Luis Orlando Díaz Vólquez

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