jueves, 19 de marzo de 2026

🇩🇴✨ Petróleo con “prima de guerra”: el Golfo en llamas y la factura global que llega a casa | Por Luis Orlando Díaz Vólquez

 

🇩🇴✨ Petróleo con “prima de guerra”: el Golfo en llamas y la factura global que llega a casa

La guerra en Irán no solo se mide en mapas militares: se mide, sobre todo, en el precio del barril. Cada día que el conflicto permanece abierto, el mercado energético reacciona como lo hace siempre ante la incertidumbre estratégica: recalcula riesgo, encarece el suministro futuro y añade una “prima de guerra” al crudo, incluso antes de que exista una escasez física generalizada. Esa dinámica se ha visto con claridad desde el inicio de las hostilidades a finales de febrero: el petróleo saltó desde niveles cercanos a los ~US$70 previos al conflicto hacia picos cercanos a US$119 por barril, en episodios de volatilidad extrema. 

El núcleo del problema es geográfico y logístico: el Estrecho de Ormuz. Este corredor marítimo —angosto, vulnerable y difícil de “reemplazar” en el corto plazo— es el verdadero termómetro del mercado. Cuando los seguros suben, cuando los operadores dudan y cuando el tráfico de tanqueros se frena por riesgo operacional, el mercado interpreta una señal: podría haber interrupciones de suministro, aunque aún no se materialicen plenamente. En esta guerra, el propio flujo de embarcaciones ha llegado a describirse como “casi paralizado” o severamente restringido, y eso basta para que los precios incorporen un sobrecosto. Además, diversos análisis cuantifican la magnitud del “choke point”: por Ormuz pasa alrededor de una quinta parte del petróleo global (y una porción relevante del LNG), por lo que cualquier disrupción, incluso parcial, se vuelve sistémica. 

A partir de ahí, el mercado hace lo que sabe hacer: ponerle precio al miedo. Goldman Sachs, por ejemplo, estimó en los primeros días del conflicto que los traders estaban exigiendo alrededor de US$14 adicionales por barril como compensación por el riesgo geopolítico, precisamente por el peligro de interrupciones en Ormuz. Y centros de análisis como CSIS advierten que cuando los exportadores regionales se detienen o se ralentizan, el shock deja de ser “teórico” y se convierte en un problema de disponibilidad: ya no es solo prima de riesgo; es riesgo de oferta. En ese punto, los precios no suben lentamente: saltan, y arrastran con ellos a la gasolina, el diésel, los fletes y la inflación importada. 

En Estados Unidos, el efecto político y social es inmediato porque la energía es un “precio emocional”: se ve todos los días en el surtidor. Cuando el crudo sube con fuerza, el traspaso a la gasolina tiende a ser rápido, y la discusión se convierte en costo de vida, transporte y presión sobre las familias y las empresas. Medios como AP y reportes de seguimiento han descrito cómo la guerra y la amenaza sobre rutas críticas han disparado la volatilidad del petróleo, precisamente por el temor a interrupciones y por señales de congestión/amenaza en el corredor marítimo. Y aunque el precio fluctúe por declaraciones o expectativas de desescalada, el daño ya está hecho: la incertidumbre quedó instalada y eso mantiene el mercado en modo “alerta”, con efectos sobre costos logísticos y expectativas inflacionarias. 

En Europa, el recuerdo de la crisis energética reciente (2022–2023) opera como una memoria colectiva: basta con una señal de tensión prolongada para activar mecanismos de prevención, compras nerviosas y presión política sobre precios. CNBC y Bloomberg han documentado que el conflicto ha empujado al alza los precios energéticos y reavivado temores de un nuevo shock inflacionario, motivando incluso medidas estatales para contener especulación o amortiguar la factura. La diferencia con otras crisis es que hoy Europa llega más diversificada; pero el canal de transmisión —competencia global por cargamentos, costos de importación, y sensibilidad de hogares y empresas— sigue intacto. En otras palabras: Europa puede estar más preparada, pero no está blindada.

El mensaje de fondo es incómodo y simple: mientras la guerra continúe sin un horizonte claro, el mundo pagará una energía más cara. Y cuando la energía sube, no sube sola: sube la inflación, suben los costos de transporte, se encarece la producción, y se enfría el consumo. Bloomberg ha advertido que, si los costos energéticos se mantienen elevados, aumentan los riesgos de freno del crecimiento y presión inflacionaria, un cóctel que complica tasas, crédito y actividad. CSIS, en la misma línea, recuerda que para estabilizar precios no basta con “esperar”: se requiere o bien desescalada, o bien neutralizar la capacidad de interrupción del tráfico; de lo contrario, la prima se vuelve persistente. 

Para República Dominicana, importadora neta de energía y sensible al precio internacional, el reto es doble: proteger a los hogares y al transporte sin desordenar las cuentas públicas. En ese sentido, el Estado ya ha mostrado que está monitoreando y reaccionando: el MICM anunció subsidios extraordinarios y mecanismos de contención para amortiguar el traslado del shock externo al consumidor, incluyendo congelamientos y ajustes limitados en combustibles clave en semanas recientes. De hecho, se informó un subsidio extraordinario de RD$1,189.8 millones para la semana del 14 al 20 de marzo de 2026, precisamente para contener la volatilidad internacional vinculada a la escalada en Medio Oriente, con medidas como mantener el GLP sin variación y limitar incrementos en gasolinas y gasoil. Pero también es cierto —y aquí está el punto editorial— que los subsidios son una aspirina, no una cura: sirven para ganar tiempo, no para cambiar la estructura de vulnerabilidad.

Por eso, esta coyuntura debe leerse como una señal estratégica: el país necesita fortalecer un “escudo económico” ante shocks energéticos globales. Eso implica, al menos, cuatro líneas de acción: (1) mejorar la planificación de compras y coberturas (hedging) donde sea viable; (2) diversificar la matriz energética con renovables y eficiencia (cada punto de eficiencia es menos importación); (3) reforzar la gestión fiscal de los subsidios con reglas claras y focalización para proteger a quienes más lo necesitan; y (4) coordinar política monetaria, transporte y logística para reducir el “efecto cascada” de costos. La guerra puede terminar mañana o alargarse; lo que no puede ocurrir es que cada crisis nos encuentre con la misma fragilidad.

En tiempos así, la energía deja de ser un dato técnico y se convierte en un factor de gobernabilidad. El precio del petróleo no es solo un número: es la forma en que una crisis lejana toca el bolsillo de la gente. Y mientras Irán siga siendo un foco de inestabilidad en el Golfo, la factura seguirá llegando: al surtidor, a la canasta básica, y al ánimo social.

Luis Orlando Díaz Vólquez
@LuisOrlandoDia1 | @GUASABARAeditor



Guerra sin reloj, presupuesto sin freno: la nueva ecuación estratégica del Golfo / Por Luis Orlando Díaz Vólquez


Guerra sin reloj, presupuesto sin freno: la nueva ecuación estratégica del Golfo

/ Por Luis Orlando Díaz Vólquez

Cuando una potencia militar declara que una guerra “no tiene un plazo definitivo”, no está ofreciendo una simple respuesta táctica: está instalando una doctrina política. En las últimas horas, desde el Pentágono se ha repetido con claridad que el cierre de la ofensiva en Irán no obedecerá a un calendario público, sino a una decisión presidencial basada en la evaluación de objetivos. En paralelo, se anticipa una solicitud extraordinaria de fondos —del orden de los USD 200,000 millones— para sostener operaciones cuya magnitud y duración se describen como impredecibles. Ese binomio (tiempo abierto + financiamiento masivo) marca el verdadero núcleo del debate: no se trata solo de “cuánto” se golpea, sino de “cómo” se gobierna una guerra en democracias cansadas de guerras. 

La lógica del plazo abierto busca flexibilidad operativa, sí; pero también desplaza el centro de gravedad institucional. Al renunciar a un horizonte temporal, el Ejecutivo concentra discrecionalidad estratégica y reduce el espacio para el control político del Congreso y la deliberación pública sobre costos, riesgos y umbrales de salida. Esa arquitectura se refuerza con una retórica que insiste en objetivos “claros” y en evitar “mission creep”, aun cuando la propia comunicación oficial subraya que el desenlace llegará “en condiciones” definidas por la presidencia. La experiencia histórica enseña que el mayor riesgo de las campañas sin reloj no es el primer mes: es el mes trece, cuando la normalización del conflicto sustituye a la rendición de cuentas. 

En el plano militar, se argumenta que la campaña está degradando de forma severa capacidades iraníes: caídas cercanas al 90% en el ritmo de ataques balísticos y de drones, y daños significativos a fuerzas navales e infraestructura asociada. Aun aceptando esas cifras como evaluación de parte —toda guerra produce su propio relato de progreso—, el punto editorial de fondo es otro: incluso el “éxito” inicial puede incubar el problema político posterior. Una operación presentada como quirúrgica y de “precisión absoluta”, que explícitamente dice no perseguir “construcción de naciones”, termina inevitablemente planteando la pregunta que nadie quiere responder en caliente: ¿qué estructura de seguridad queda después, quién la sostiene y con qué legitimidad? La guerra puede destruir capacidades; rara vez destruye por sí sola los incentivos que las reconstruyen. 

El anuncio del paquete adicional de USD 200,000 millones eleva el debate a un terreno todavía más sensible: el de la economía política de la guerra. Porque el costo no es únicamente contable. Un suplemento de esa escala, solicitado “en los próximos días”, implica presión sobre la política fiscal, disputa legislativa, y —sobre todo— un mensaje al mercado de que la campaña no es un episodio breve, sino un esfuerzo que exige reposición acelerada de capacidades y consumo sostenido de municiones, logística y despliegue. Si la guerra se vuelve un renglón estructural del presupuesto, deja de ser un “evento” y pasa a convertirse en una condición del ciclo económico: afecta expectativas, distorsiona prioridades y agudiza la pregunta distributiva interna sobre qué se financia primero en un contexto de incertidumbre. 

Y aquí aparece el tercer vértice: energía y riesgo global. El propio planteamiento informativo subraya que crece la incertidumbre en torno a la economía y al mercado energético a medida que se prolonga el conflicto. En una región donde cada escalada suele traducirse en prima de riesgo, el daño estratégico no siempre proviene del impacto directo, sino del efecto dominó: seguros marítimos, rutas, costos de transporte, volatilidad del crudo, y presiones inflacionarias que viajan más rápido que cualquier flota. Un gobierno puede ganar batallas y aun así perder estabilidad si la percepción de “guerra abierta” erosiona la confianza del consumidor, aprieta las condiciones financieras y amplifica la sensación doméstica de fatiga. No es casual que, mientras se recalca la superioridad operacional, también se argumente la necesidad urgente de recursos para “sostener” el esfuerzo.

Para países medianos y economías abiertas, el mensaje debería ser de prudencia estratégica. La combinación de plazo abierto y presupuesto masivo tiende a prolongar la volatilidad, encarecer el crédito global y afectar precios de energía y fletes, con impactos indirectos sobre balanza de pagos, inflación importada y costo de vida. Ese es el efecto “externo” de una decisión “interna” de la potencia: el resto del mundo paga parte de la factura vía incertidumbre. Y ahí radica la pregunta incómoda: ¿quién administra el final? Porque el final de una guerra no es un acto de voluntad; es un diseño. Sin un marco claro de salida, el conflicto se convierte en un sistema: se autoalimenta con cada justificación presupuestaria, con cada parte de avances, con cada nueva amenaza. 

En última instancia, la discusión real no es si conviene o no mantener flexibilidad táctica; es si una democracia puede sostener legitimidad estratégica cuando la guerra se gobierna como expediente abierto y el financiamiento se presenta como cheque de continuidad. Si el Ejecutivo pide tiempo indefinido, debe ofrecer métricas verificables, umbrales de salida, y una conversación honesta sobre costos y escenarios. Y si el Legislativo está llamado a aprobar un suplemento de tamaño histórico, tiene la obligación de condicionar ese financiamiento a controles, reportes y límites operacionales que eviten que el plazo abierto se convierta en destino abierto. Porque las guerras sin reloj suelen terminar no cuando se cumplen los objetivos, sino cuando se agota el consenso. Y cuando eso ocurre, el precio final casi siempre es mayor.

/


Sobre el autor, Luis Orlando Díaz Vólquez, es ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. Autor de artículos de opinión y análisis sobre geopolítica, seguridad y comercio internacional. Ha seguido y escrito sobre procesos regionales y eventos de alto impacto (ferias internacionales, congresos sectoriales y coyunturas de seguridad nacional). Su enfoque privilegia la institucionalidad, el Estado mínimo funcional y la apertura económica con compliance como pilares para la normalización y el desarrollo sostenible.

📢 Última hora desde Washington: El secretario de Defensa de EE.UU., Pete Hegseth, confirmó que no hay un plazo definido para el fin de la ofensiva contra Irán 🇺🇸🇮🇱. Además, adelantó que el Pentágono pedirá al Congreso USD 200 mil millones adicionales para sostener la operación militar en el Golfo Pérsico 💰⚔️.

La decisión sobre cuándo concluir el conflicto dependerá directamente del presidente Donald Trump 🏛️, mientras crece la incertidumbre en la economía y el mercado energético ⛽📉.

👉 Hegseth aseguró que la ofensiva ha reducido en un 90% la capacidad iraní de producir misiles y drones, y que más de 120 buques de guerra han sido dañados o hundidos 🚢🔥.

#EEUU #Irán #Pentágono #DonaldTrump #Guerra #Economía #MercadoEnergético #Noticias

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Hegseth dijo que no hay un plazo definitivo para el final de la ofensiva de EEUU en Irán y pedirá USD 200 mil millones más al Congreso

El secretario de Guerra del gobierno de Donald Trump aseguró que el futuro de las operaciones en el Golfo Pérsico será decisión del presidente norteamericano, mientras crece la incertidumbre por la economía y el mercado energético

19 Mar, 2026 09:13 a.m. EST | Estados Unidos
El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, ofrece una rueda de prensa junto con el presidente del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, en medio de la guerra estadounidense-israelí contra Irán, en el Pentágono, en Washington, D.C., Estados Unidos (REUTERS/Evan Vucci)
No existe un plazo definido para concluir la actual guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, según afirmó el secretario de Defensa Pete Hegseth, quien además anticipó la inminente solicitud de aproximadamente 200.000 millones de dólares en fondos adicionales para sostener la operación militar.
La decisión sobre cuándo finalizar el conflicto dependerá exclusivamente del presidente Donald Trump, mientras que el incremento del gasto busca asegurar el financiamiento de las operaciones emprendidas en Oriente Medio. El Pentágono prevé pedir el nuevo presupuesto en los próximos días, aunque el monto podría variar.
Consultado por la duración de la campaña, Hegseth aseguró que no existe “un plazo definitivo” para el fin de la ofensiva, iniciada hace tres semanas junto a Israel. Explicó que será el presidente quien decidirá el momento oportuno para clausurar la operación militar.
La opción de no fijar una fecha límite responde, según el secretario de Defensa, a la necesidad de mantener flexibilidad estratégica mientras se persiguen los objetivos planteados por la administración. Hegseth destacó que el desenlace solo ocurrirá cuando el mandatario evalúe cumplidas las metas del conflicto.
Pedido de fondos adicionales para la guerra contra Irán
El secretario de Defensa confirmó que el Pentágono pedirá próximamente al Congreso unos 200.000 millones de dólares en fondos adicionales destinados a garantizar la continuidad de las acciones militares. Hegseth indicó que la cifra aún podría modificarse, pero resaltó la urgencia de asegurar los recursos para cubrir los gastos militares derivados de la guerra.
La solicitud de este presupuesto se justifica, según el funcionario, por la magnitud y naturaleza impredecible de la campaña. Insistió en que el respaldo financiero resulta esencial para sostener a las tropas desplegadas y avanzar en los objetivos definidos.
Hegseth remarcó la importancia de contar con fondos suficientes para alcanzar la eficacia operativa planteada desde el Ejecutivo, recalcando que la obtención de estos recursos es clave para el éxito de la ofensiva en curso.
No más submarinos
El secretario de Guerra señaló que la capacidad de Irán para fabricar misiles balísticos ha experimentado la mayor reducción en el transcurso de la ofensiva, con una caída del 90 % desde que comenzó el conflicto. Una situación similar afecta a los drones kamikaze, ya que la disponibilidad de estos vehículos aéreos no tripulados de ataque unidireccional también se ha desplomado un 90 %. A pesar de que Irán continuará lanzando ataques, la intensidad sería mucho mayor si tuvieran mayores recursos, subrayó el funcionario: “El hecho es que no pueden”.
Durante una rueda de prensa en la que estuvo acompañado por Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto estadounidense, el jefe del Pentágono insistió en que los submarinos iraníes, que en algún momento sumaron once unidades, han desaparecido y que los puertos militares del país han quedado inutilizados. Añadió que la “flota de superficie” de Irán ya no representa un factor relevante, y afirmó que en casi tres semanas de combates han logrado dañar o hundir más de 120 buques de guerra iraníes.
Hegseth defendió la campaña militar lanzada junto a Israel, denominada operación ‘Furia Épica’ en Estados Unidos, y la describió como una acción distinta a las guerras previas por su “enfoque de precisión absoluta” dirigido a eliminar tanto la Armada como las capacidades nucleares de Irán. Según el jefe del Pentágono, los ataques no buscan construir naciones ni promover la democracia, sino neutralizar amenazas directas contra Estados Unidos, sus ciudadanos y sus intereses: “Combatimos para vencer, y estamos venciendo bajo nuestros propios términos”, afirmó.
https://www.infobae.com/estados-unidos/2026/03/19/hegseth-dijo-que-no-hay-un-plazo-definitivo-para-el-final-de-la-ofensiva-de-eeuu-en-iran-y-pedira-usd-200-mil-millones-mas-al-congreso/

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La opción de no fijar una fecha límite responde, según el secretario de Defensa, a la necesidad de mantener flexibilidad estratégica mientras se persiguen los objetivos planteados por la administración. Hegseth destacó que el desenlace solo ocurrirá cuando el mandatario evalúe cumplidas las metas del conflicto.

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La solicitud de este presupuesto se justifica, según el funcionario, por la magnitud y naturaleza impredecible de la campaña. Insistió en que el respaldo financiero resulta esencial para sostener a las tropas desplegadas y avanzar en los objetivos definidos.

Hegseth remarcó la importancia de contar con fondos suficientes para alcanzar la eficacia operativa planteada desde el Ejecutivo, recalcando que la obtención de estos recursos es clave para el éxito de la ofensiva en curso.

Hegseth dio una conferencia de
Hegseth dio una conferencia de prensa en el Pentágono (REUTERS/Evan Vucci)

No más submarinos

El secretario de Guerra señaló que la capacidad de Irán para fabricar misiles balísticos ha experimentado la mayor reducción en el transcurso de la ofensiva, con una caída del 90 % desde que comenzó el conflicto. Una situación similar afecta a los drones kamikaze, ya que la disponibilidad de estos vehículos aéreos no tripulados de ataque unidireccional también se ha desplomado un 90 %. A pesar de que Irán continuará lanzando ataques, la intensidad sería mucho mayor si tuvieran mayores recursos, subrayó el funcionario: “El hecho es que no pueden”.

Durante una rueda de prensa en la que estuvo acompañado por Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto estadounidense, el jefe del Pentágono insistió en que los submarinos iraníes, que en algún momento sumaron once unidades, han desaparecido y que los puertos militares del país han quedado inutilizados. Añadió que la “flota de superficie” de Irán ya no representa un factor relevante, y afirmó que en casi tres semanas de combates han logrado dañar o hundir más de 120 buques de guerra iraníes.

Hegseth defendió la campaña militar lanzada junto a Israel, denominada operación ‘Furia Épica’ en Estados Unidos, y la describió como una acción distinta a las guerras previas por su “enfoque de precisión absoluta” dirigido a eliminar tanto la Armada como las capacidades nucleares de Irán. Según el jefe del Pentágono, los ataques no buscan construir naciones ni promover la democracia, sino neutralizar amenazas directas contra Estados Unidos, sus ciudadanos y sus intereses: “Combatimos para vencer, y estamos venciendo bajo nuestros propios términos”, afirmó.

https://www.infobae.com/estados-unidos/2026/03/19/hegseth-dijo-que-no-hay-un-plazo-definitivo-para-el-final-de-la-ofensiva-de-eeuu-en-iran-y-pedira-usd-200-mil-millones-mas-al-congreso/
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Cuando una potencia militar declara que una guerra “no tiene un plazo definitivo”, no está ofreciendo una simple respuesta táctica: está instalando una doctrina política. En las últimas horas, desde el Pentágono se ha repetido con claridad que el cierre de la ofensiva en Irán no obedecerá a un calendario público, sino a una decisión presidencial basada en la evaluación de objetivos. En paralelo, se anticipa una solicitud extraordinaria de fondos —del orden de los USD 200,000 millones— para sostener operaciones cuya magnitud y duración se describen como impredecibles. Ese binomio (tiempo abierto + financiamiento masivo) marca el verdadero núcleo del debate: no se trata solo de “cuánto” se golpea, sino de “cómo” se gobierna una guerra en democracias cansadas de guerras. [infobae.com], [elpueblo.mx]

La lógica del plazo abierto busca flexibilidad operativa, sí; pero también desplaza el centro de gravedad institucional. Al renunciar a un horizonte temporal, el Ejecutivo concentra discrecionalidad estratégica y reduce el espacio para el control político del Congreso y la deliberación pública sobre costos, riesgos y umbrales de salida. Esa arquitectura se refuerza con una retórica que insiste en objetivos “claros” y en evitar “mission creep”, aun cuando la propia comunicación oficial subraya que el desenlace llegará “en condiciones” definidas por la presidencia. La experiencia histórica enseña que el mayor riesgo de las campañas sin reloj no es el primer mes: es el mes trece, cuando la normalización del conflicto sustituye a la rendición de cuentas. [war.gov], [defenseone.com]

En el plano militar, se argumenta que la campaña está degradando de forma severa capacidades iraníes: caídas cercanas al 90% en el ritmo de ataques balísticos y de drones, y daños significativos a fuerzas navales e infraestructura asociada. Aun aceptando esas cifras como evaluación de parte —toda guerra produce su propio relato de progreso—, el punto editorial de fondo es otro: incluso el “éxito” inicial puede incubar el problema político posterior. Una operación presentada como quirúrgica y de “precisión absoluta”, que explícitamente dice no perseguir “construcción de naciones”, termina inevitablemente planteando la pregunta que nadie quiere responder en caliente: ¿qué estructura de seguridad queda después, quién la sostiene y con qué legitimidad? La guerra puede destruir capacidades; rara vez destruye por sí sola los incentivos que las reconstruyen. [infobae.com], [defenseone.com] [infobae.com], [war.gov]

El anuncio del paquete adicional de USD 200,000 millones eleva el debate a un terreno todavía más sensible: el de la economía política de la guerra. Porque el costo no es únicamente contable. Un suplemento de esa escala, solicitado “en los próximos días”, implica presión sobre la política fiscal, disputa legislativa, y —sobre todo— un mensaje al mercado de que la campaña no es un episodio breve, sino un esfuerzo que exige reposición acelerada de capacidades y consumo sostenido de municiones, logística y despliegue. Si la guerra se vuelve un renglón estructural del presupuesto, deja de ser un “evento” y pasa a convertirse en una condición del ciclo económico: afecta expectativas, distorsiona prioridades y agudiza la pregunta distributiva interna sobre qué se financia primero en un contexto de incertidumbre. [infobae.com], [elpueblo.mx] [infobae.com], [war.gov]

Y aquí aparece el tercer vértice: energía y riesgo global. El propio planteamiento informativo subraya que crece la incertidumbre en torno a la economía y al mercado energético a medida que se prolonga el conflicto. En una región donde cada escalada suele traducirse en prima de riesgo, el daño estratégico no siempre proviene del impacto directo, sino del efecto dominó: seguros marítimos, rutas, costos de transporte, volatilidad del crudo, y presiones inflacionarias que viajan más rápido que cualquier flota. Un gobierno puede ganar batallas y aun así perder estabilidad si la percepción de “guerra abierta” erosiona la confianza del consumidor, aprieta las condiciones financieras y amplifica la sensación doméstica de fatiga. No es casual que, mientras se recalca la superioridad operacional, también se argumente la necesidad urgente de recursos para “sostener” el esfuerzo. [infobae.com], [defenseone.com] [infobae.com], [war.gov]

Para países medianos y economías abiertas, el mensaje debería ser de prudencia estratégica. La combinación de plazo abierto y presupuesto masivo tiende a prolongar la volatilidad, encarecer el crédito global y afectar precios de energía y fletes, con impactos indirectos sobre balanza de pagos, inflación importada y costo de vida. Ese es el efecto “externo” de una decisión “interna” de la potencia: el resto del mundo paga parte de la factura vía incertidumbre. Y ahí radica la pregunta incómoda: ¿quién administra el final? Porque el final de una guerra no es un acto de voluntad; es un diseño. Sin un marco claro de salida, el conflicto se convierte en un sistema: se autoalimenta con cada justificación presupuestaria, con cada parte de avances, con cada nueva amenaza. [infobae.com], [defenseone.com]

En última instancia, la discusión real no es si conviene o no mantener flexibilidad táctica; es si una democracia puede sostener legitimidad estratégica cuando la guerra se gobierna como expediente abierto y el financiamiento se presenta como cheque de continuidad. Si el Ejecutivo pide tiempo indefinido, debe ofrecer métricas verificables, umbrales de salida, y una conversación honesta sobre costos y escenarios. Y si el Legislativo está llamado a aprobar un suplemento de tamaño histórico, tiene la obligación de condicionar ese financiamiento a controles, reportes y límites operacionales que eviten que el plazo abierto se convierta en destino abierto. Porque las guerras sin reloj suelen terminar no cuando se cumplen los objetivos, sino cuando se agota el consenso. Y cuando eso ocurre, el precio final casi siempre es mayor. [infobae.com], [elpueblo.mx] [war.gov], [defenseone.com] /


Sobre el autor, Luis Orlando Díaz Vólquez, es ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. Autor de artículos de opinión y análisis sobre geopolítica, seguridad y comercio internacional. Ha seguido y escrito sobre procesos regionales y eventos de alto impacto (ferias internacionales, congresos sectoriales y coyunturas de seguridad nacional). Su enfoque privilegia la institucionalidad, el Estado mínimo funcional y la apertura económica con compliance como pilares para la normalización y el desarrollo sostenible.




Los cubanos usan carbón vegetal como combustible para los automóviles ante la falta de petróleo

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Haciendo gala del ingenio isleño desarrollado tras décadas de crisis, el mecánico Juan Carlos Pino modificó su Fiat Polski de 1980

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Los cubanos usan carbón vegetal como combustible para los automóviles

Juan Carlos Pino, un mecánico cubano con solo estudios de octavo grado, podría haber encontrado la manera de burlar el bloqueo petrolero estadounidense.

Haciendo gala del ingenio cubano desarrollado tras décadas de crisis, Pino, de 56 años, modificó su Fiat Polski de 1980, fabricado en Polonia, para que funcionara con carbón vegetal, un combustible más barato y abundante que la gasolina desde que Washington interrumpió los envíos de petróleo a la isla caribeña en enero.

Pino construyó el artilugio en su taller de Aguacate, un pueblo de 5.000 habitantes, situado a unos 70 kilómetros al este de La Habana, que en su día prosperó gracias a una refinería de azúcar ahora cerrada.

Este creativo vehículo plateado, con
Este creativo vehículo plateado, con un motor externo adaptado, ejemplifica la inventiva automotriz en entornos con recursos limitados
Un innovador sistema para quemar
Un innovador sistema para quemar carbón vegetal y generar gas combustible está acoplado a un vehículo, una solución ingeniosa de los cubanos para superar la escasez de gasolina

Hoy en día, está rodeado de pastos para el ganado y canteras de piedra donde los hombres caminan hacia sus trabajos con sierras de mano largas al hombro.

En la ciudad, Pino es toda una celebridad con su Polski de dos cilindros que recorre las calles llenas de baches, con su característico depósito de combustible de 60 litros soldado en la parte trasera.

Pino construyó su dispositivo completamente con chatarra y objetos reciclados. El carbón se quema dentro de un tanque de propano modificado, sellado con la tapa de un transformador. El filtro está hecho con una jarra de leche de acero inoxidable rellena de ropa vieja.

Una persona vierte carbón vegetal
Una persona vierte carbón vegetal en un recipiente metálico rojo y oxidado, que parece ser parte de un sistema de calefacción o cocina

En una economía asediada, la escasez ha sido una constante en Cuba desde hace mucho tiempo. Esta situación se ha agravado desde que Estados Unidos depuso al dictador venezolano, Nicolás Maduro, cortando el suministro de petróleo venezolano y amenazando con imponer aranceles a cualquier otro país que abastezca a Cuba de combustible.

Los apagones son ahora la normaLa gasolina está estrictamente racionada. En el mercado negro, la gasolina se vende a 8 dólares el litro, o 30 dólares el galón, seis veces el precio oficial.

Dos hombres cargan carbón en
Dos hombres cargan carbón en un sistema de gasificación conectado a un pequeño automóvil

Pino creó una vez una máquina, construida a partir de una motocicleta, para ordeñar tres vacas a la vez. Comentó que llevaba varios años pensando en el automóvil de carbón vegetal, inspirado inicialmente por su difunto tío.

Pino también reconoció la importancia de la tecnología de código abierto promovida por Edmundo Ramos, un innovador argentino creador de DriveOnWaste.com.

Sus compatriotas cubanos están estupefactos.

Los habitantes del pueblo se reúnen para tomarse selfies; algunos se muestran incrédulos, otros le preguntan si puede tomarles una a ellos.

(Reuters)