lunes, 3 de abril de 2017

Molina Morillo, firme y coherente hasta el final

Molina Morillo, firme y coherente hasta el final

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Santo Domingo.- Rafael Molina Morillo, emblemático periodista dominicano, era un referente para la ciudadanía, ya que en sus escritos abordaba diversas problemáticas en algunas líneas.
Molina Morillo fue el director de los periódicos El Caribe, Listín Diario, Hoy, El Nacional y El Día, además de presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).
En su columna  “Mis buenos días”, el director de El Día trataba de forma precisa y llana temas sociales y de interés nacional que siempre eran una suculenta entrada al día de cada lector.
Aquí te mostramos las últimas tres columnas escritas por este veterano periodista, donde en el primero brinda unos consejos al presidente Danilo Medina para gobernar mejor el país.
En el segundo hace una exhortación a sus lectores a la reflexión invitándolos a vivir felices y disfrutar la vida.
Sin embargo, en su tercero y último artículo, este cierra el capítulo de su vida dando una mirada a la Primada de América donde el despilfarro y la corrupción afectan la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

Buenos Días especiales

Estos Buenos Días son para ti, Danilo. Supongo que otros, antes que yo, se han adelantado para darte consejos sobre cómo gobernar este país, especialmente en los tres años que faltan para completar el presente período constitucional, por aquello de que “lo importante no es como se empieza, sino como se termina”.
La diferencia entre los consejos que te regalan tus acólitos, en una dirección, y los míos, en otra, estriba en que estos son gratuitos, a cambio de nada y podrían abrirte las puertas de la gloria.
Mi recetario es fácil. En primer lugar, no te voy a pedir que renuncies al empleo que tienes, porque eso es utópico y yo quisiera que me tomes en serio.
Me conformaría, y conmigo millones de ciudadanos, con que des un giro de 180 grados, y alejes de tu lado a todos los ministros y demás funcionarios corruptos e incapaces a quienes has confiado responsabilidades públicas, y dejes de proteger a otros aunque les debas favores políticos.
Que metas en la cárcel a los ladrones y delincuentes de toda laya, oficiales o privados.
Que pongas en vigor efectivo la Constitución y las leyes, con excepción de la reelección.Que hagas todo lo que haya que hacer para que los poderes Legislativo y Judicial sean realmente poderes y no cuevas de bandoleros.
Hay mucho espacio para seguir enderezando al país. Pero si hay voluntad, se puede.

¿Por qué a mí?

La mayoría de la gente, cuando se enfrenta a momentos de dificultades, suele desahogarse con frases acusatorias culpando a otros o al propio Dios por su mala suerte.
Para convencernos de que esa es una equivocada manera de pensar, basta conocer la siguiente historia que me llegó por email del legendario jugador de Wimbledon AthurAshe, quien se estaba muriendo de sida, enfermedad de la cual se contagió por medio de sangre infectada administrada durante una cirugía del corazón en 1983.
Ashe recibió miles de cartas de sus fans, uno de los cuales le preguntó:“¿Por qué Dios tuvo que elegirte a ti para una enfermad tan horrible?”.
Arthur Ashe contestó:Hace muchos años unos 50 millones de niños comenzaron a jugar al tenis, y uno de ellos era yo.5 millones aprendieron realmente a jugar al tenis, 500,000 aprendieron Tenis Profesional, 50 mil llegaron al circuito, 5 mil alcanzaron al Grand Slam, 50 llegaron a Wimbledon, 4 llegaron a la semifinal, 2 llegaron a la final y nuevamente uno de ellos fui yo.
Cuando estaba celebrando la victoria con la copa en la mano, nunca se me ocurrió preguntarle a Dios: “¿Por qué a mi?”.
Así que ahora que estoy con dolor, ¿cómo puedo preguntarle a Dios: “¿Por qué a mí?”.
¡¡La felicidad te mantiene dulce!!
¡¡Los juicios te mantienen fuerte!!
¡¡Los dolores te mantienen humano!!
¡¡El fracaso te mantiene humilde!!
¡¡El éxito te mantiene brillante!!
Pero sólo la fe te mantiene en marcha.
A veces no estás satisfecho con tu vida, mientras que muchas personas de este mundo sueñan con poder tener tu vida.
Un niño en una granja ve un avión que le sobrevuela y sueña con volar.
Pero el piloto de ese avión sobrevuela la granja y sueña con volver a casa.¡¡Así es la vida!! Disfruta la tuya…
Si la riqueza es el secreto de la felicidad, los ricos deberían estar bailando por las calles.Pero sólo los niños pobres hacen eso.
Si el poder garantiza la seguridad, las VIP deberían caminar sin guardaespaldas.Pero sólo aquellos que viven humildemente sueñan tranquilos.
Si la belleza y la fama atraen las relaciones ideales, las celebridades deberían tener los mejores matrimonios.
¡Ten fe en ti mismo!
¡Vive humildemente. Camina humildemente y ama con el corazón…!
Lea más: ¿Por qué a mí?

La pobre UASD

Nuestra querida Universidad Autónoma de Santo Domingo, primada de América, reúne más méritos históricos y académicos que otras casas de estudios superiores en este lado del mundo.
Sin embargo, hay otra realidad paralela que se empeña en abrirnos los ojos para que reconozcamos que, por otro lado, estamos encharcados en un lodazal de ineficiencia que nos define como un asco, un descrédito y un despilfarro.
¿Cómo se explica esta contradicción?
Por muchísimos desaciertos cometidos tanto por la politiquería como por la corrupción, por los propios estudiantes y por esa equivocada idea de que en todo hogar debe haber colgando un diploma universitario.
El Estado, por su lado, al creerse responsable de lanzar más y más profesionales a la calle, aunque no sepa de dónde sacar dinero para alimentar a ese elefante blanco que es la UASD.
Como parte de la solución propongo que se establezca un límite de estudiantes que lleguen a la mitad de los que hay ahora.
A estas ideas locas se pueden sumar cientos más. Pero por algún lado hay que comenzar.
Lea más: La pobre UASD 
http://eldia.com.do/molina-morillo-firme-y-coherente-hasta-el-final/

"SILVIA, en perspectiva": Diálogo electoral del Fopppredom / #SilviaEnPerspectiva @PerspectivaSG

SILVIA GARCÍA POLANCO
#SilviaEnPerspectiva Revista TV de sociedad y análisis situación global y local @PerspectivaSG
"SILVIA, en perspectiva": Diálogo electoral del Fopppredom / #SilviaEnPerspectiva @PerspectivaSG
Publicado el 2 abr. 2017 https://youtu.be/C02eqYl8xEY
Silvia García
En expresión de compromiso con la democracia de la República Dominicana, la primera emisión de la revista TV “SILVIA, en perspectiva” les presenta este programa especial dedicado al “Diálogo por la Transformación del Régimen Electoral”, organizado por el Foro Permanente de Partidos Políticos de la República Dominicana (Fopppredom), celebrado el sábado 25 en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña.
Incluye una entrevista principal al secretario general del foro, José Francisco Peña Guaba y varias intervenciones de líderes de partidos y de la sociedad civil.
Conductora: SILVIA GARCÍA POLANCOProductor: Luis Orlando Díaz VólquezTeleradio América, canales 45 en TV abierta y 12 en servidoras de cables Claro y Tricom
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Noticia relacionada
LANZAN NUEVA REVISTA TV "SILVIA"

1 de abril de 2017. Por Luis Orlando Díaz Vólquez
SANTO DOMINGO:-Producciones NOA NOA anunció que el próximo primero de abril transmitirá su nueva revista televisiva de variedades “SILVIA, en perspectiva” con un programa especial dedicado al Foro Permanente de Partidos Políticos de la República Dominicana (Fopppredom). 
Silvia García Polanco conducirá el programa que se difundirá todos los sábados de cinco a seis de la tarde por la estación de televisión Teleradio América (TRA), en los canales 45 de televisión abierta y 12 en las servidoras de cable Claro y Tricom.
Explicó que “la propuesta está orientada a edificar a la teleaudiencia con información objetiva y análisis de la situación global y local de la mano de líderes, expertos y académicos, a los que entrevistaremos cada semana”.
Además de informar sobre acontecimientos socio políticos, la estructura del programa contempla secciones de cultura, deporte, medio ambiente y entretenimiento.
Silvia García Polanco es abogada, politóloga y periodista. Se desempeña como diputada ante el Parlamento Centroamericano (Parlacen). 
Lo que promete “’Silvia, en perspectiva’ es un contenido dinámico y educativo para cautivar al público en general”.
Silvia García

PRODUCTOR: Ing. Luis Orlando Díaz Vólquez

#SilviaEnPerspectiva Revista TV de sociedad y análisis situación global y local @PerspectivaSG

SILVIA GARCÍA POLANCO 
#SilviaEnPerspectiva Revista TV de sociedad y análisis situación global y local @PerspectivaSG
Silvia García
Publicado el 2 abr. 2017 
“SILVIA, en perspectiva” es una revista de variedades orientada a edificarles con información objetiva y análisis de la situación global y local de la mano de líderes, expertos y académicos, a los que entrevista cada semana.
Acontecimientos socio políticos, cultura, deporte, medio ambiente y entretenimiento componen la propuesta para su disfrute.
Silvia García Polanco agradece su sintonía.

SÁBADO: 5:00 p.m. a 6:00 pm.Teleradio América, canales 45 en TV abierta y12 en servidoras de cables Claro y TricomConductora: SILVIA GARCÍA POLANCOProductor: Luis Orlando Díaz Vólquez
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LANZAN NUEVA REVISTA TV "SILVIA"
1 de abril de 2017. Por Luis Orlando Díaz Vólquez

SANTO DOMINGO:-Producciones NOA NOA anunció que el próximo primero de abril transmitirá su nueva revista televisiva de variedades “SILVIA, en perspectiva” con un programa especial dedicado al Foro Permanente de Partidos Políticos de la República Dominicana (Fopppredom).
Silvia García Polanco conducirá el programa que se difundirá todos los sábados de cinco a seis de la tarde por la estación de televisión Teleradio América (TRA), en los canales 45 de televisión abierta y 12 en las servidoras de cable Claro y Tricom.
Explicó que “la propuesta está orientada a edificar a la teleaudiencia con información objetiva y análisis de la situación global y local de la mano de líderes, expertos y académicos, a los que entrevistaremos cada semana”.
Además de informar sobre acontecimientos socio políticos, la estructura del programa contempla secciones de cultura, deporte, medio ambiente y entretenimiento.
Silvia García Polanco es abogada, politóloga y periodista. Se desempeña como diputada ante el Parlamento Centroamericano (Parlacen).
Lo que promete “’Silvia, en perspectiva’ es un contenido dinámico y educativo para cautivar al público en general”.
En expresión de compromiso con la democracia de la República Dominicana, la primera emisión de la revista TV “SILVIA, en perspectiva” les presenta este programa especial dedicado al “Diálogo por la Transformación del Régimen Electoral”, organizado por el Foro Permanente de Partidos Políticos de la República Dominicana (Fopppredom), celebrado el sábado 25 en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña.
Incluye una entrevista principal al secretario general del foro, José Francisco Peña Guaba y varias intervenciones de líderes de partidos y de la sociedad civil.
Silvia García

Panorama antes de la batalla electoral en Francia ¿De nuevo la trampa del voto útil? - por Serge Halimi / Le Monde diplomatique

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Serge Halimi 
Director de 'Le Monde diplomatique'.
EDITORIAL EN DETALLE Nº: 258 Abril 2017 
Panorama antes de la batalla electoral en Francia 
¿De nuevo la trampa del voto útil? 
Por Serge Halimi 
Director de 'Le Monde diplomatique'.
Entramos en una era política en la que muchas frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar el cumplimiento de una eventualidad hasta ahora inconcebible. En esta primavera de 2017, las elecciones presidenciales francesas marcan así la primera vez que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: se plantea la hipótesis, aún muy improbable, de su victoria.
La primera vez que nadie defiende el balance de un quinquenio incluso aunque dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (Partido Socialista, PS) y Emmanuel Macron (En Marche!, ¡En Marcha!), participan en el escrutinio. Se trata también de la primera vez que los candidatos del PS y de la derecha, que han gobernado Francia de forma ininterrumpida desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.
También se buscarían, en vano, precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para fijar la atención más de 24 horas en una cuestión esencial. Y, ciertamente, no se encuentra ningún caso anterior de que se hayan emprendido medidas judiciales contra algún candidato importante al poder supremo por desvío de fondos públicos a pesar de haber proclamado, desde hace diez años, que Francia se encuentra en quiebra.
Con la renuncia del Presidente saliente a aspirar a un segundo mandato se corre el riesgo de disimular el punto de partida de todos estos desajustes. El quinquenio que finaliza ha visto como François Hollande se convertía en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio Presidente socialista admitió que ha “vivido cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba, en efecto, la presidencia de la República, el Gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.
De ese poder, Hollande hizo un uso tan discrecional como solitario. Fue él quien decidió instaurar el estado de excepción, involucró a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el asesinato de simples sospechosos a través de drones. También fue quien modificó el Código Laboral, obligando a su mayoría parlamentaria a realizar una reforma que se negaba a asumir (recurso al artículo 49-3 de la Constitución francesa) y para la cual ninguno de los dos había recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reestructuración del mapa de las regiones francesas, el cual fue reconfigurado por el Jefe de Estado desde su despacho del Palacio del Elíseo.
Todo esto plantea con agudeza la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon y Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise, Francia Insumisa) se han comprometido a poner en tela de juicio, pero a la que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se adaptan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce semejante concentración de poder en manos de una persona. Más allá del peligro, muy real, de que algún día un jefe de Estado menos benévolo que el que finaliza su mandato disponga de éste, las proclamaciones altisonantes sobre la democracia francesa, la República, chocan con una constatación que la presidencia de Hollande ha convertido en aplastante: el ejercicio en solitario del poder refuerza la facultad ilimitada de pisotear los compromisos de una campaña que, sin embargo, debería legitimar el mandato del pueblo soberano.
Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa, pero confirmó el cierre de los altos hornos de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo, pero renunció a ello desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de que acabara el año 2013, pero continuó aumentando tres años más. Sin embargo, si se ancló rápidamente en los espíritus cierta sensación de traición, se debe sin duda a una frase que marcó su campaña de 2012 y que todo el mundo ha vuelto a escuchar cien veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. Ahora bien, Hollande no tardó en elegir a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Palacio del Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.
El actual favor del que parece beneficiarse Macron entre la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que puede propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, incluso parricida, de este Presidente saliente con una impopularidad inigualada. “Emmanuel Macron soy yo –dejó escapar un día Hollande–, sabe lo que me debe”. En efecto, Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro se anda con rodeos. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de la izquierda que criticaba “el dinero” o “las finanzas”, pero eso corresponde a las convicciones que el segundo expresaba ya en 1985 en un libro, La gauche bouge (“La izquierda se mueve”), que también tenía como autores al actual Ministro de Defensa y al Secretario General del Elíseo (2).
En esta publicación ya se veía la idea apreciada por Macron, aunque en el caso de éste se haya enterrado bajo montones de palabras algodonosas y vacías, de una nueva alianza social entre las clases medias cultivadas y la patronal liberal, unidas por la voluntad conjunta de desplegarse en un mercado mundial. “Emprendimiento” en vez de “asistencia”, beneficios en vez de rentas, reformistas y modernistas contra extremistas y nostálgicos del pasado, rechazo de la añoranza “de los camelleros y los aguadores”: oír a Macron es como volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, y Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirle significaría involucrarse de forma aún más impudente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que atrajo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, precipitándolos al fondo del barranco en el que yacen en este momento.
“Mundialistas” y “partido de Bruselas” contra “patriotas”: Le Pen se alegraría de que el enfrentamiento se limitara a esta dialéctica. Parece que Richard Ferrand, diputado por el PS y pilar de la campaña de Macron, se anticipa a sus deseos: “Existen –considera–, por una parte, los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por la otra, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. Se trata, en ambos casos, de sumergir la cuestión de los intereses de clase alimentando, para unos, terrores “identitarios” y vituperando, para los otros, pulsiones “reaccionarias”.
Pero, aunque no les guste a todos los progresistas favorables al mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están bien situados socialmente. Los “trabajadores desplazados”, creados por una directiva bruselense de 1996 y cuyo número se ha decuplicado estos últimos diez años, son más a menudo obreros del sector de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de este dispositivo es también, y en primer lugar, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se limita al programa Erasmus y a la Oda a la Alegría.
Stephen Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió el partido que podía sacar la derecha nacionalista del desclasamiento social que acompaña casi siempre a las alabanzas de la aldea global. “El centro de aquello en lo que creemos –explica– es que somos una nación con una economía, y no una economía en cualquier mercado mundial con las fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están hartos de verse sometidos al partido de Davos. Los neoyorquinos se siente actualmente más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o de Colorado, y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictar a todos la forma según la cual será gobernado el mundo” (5). Si, en sus reuniones públicas salpicadas con banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación desde las empresas” y se compromete a suprimir las prestaciones por desempleo si se rechaza por segunda vez una “oferta de empleo decente” (6), ¿cómo distinguir sus proposiciones de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que forman el “partido de Davos”? Nos podemos hacer una idea de los daños democráticos que conllevarían un posible cara a cara entre éste y Le Pen, el mismo que los medios de comunicación se afanar por instaurar.
Desde hace más de veinte años, abogar por el “voto útil” remite a presentar a los dos partidos dominantes como murallas contra una extrema derecha cuyas decisiones sucesivas y concordantes han favorecido su ascenso. “Hoy en día –considera Hamon–, el proyecto de Emmanuel Macron es el estribo del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, el poder del FN ha reforzado el monopolio del poder de sus adversarios, incluyendo a los socialistas (8). En 1981, François Mitterrand preveía que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a establecer una alianza con ella, a riesgo de pasar a ser inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen se enfrentó a Jacques Chirac durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Desde entonces, la derecha sólo tiene que adelantar al PS en cualquier escrutinio, nacional o local, para convertirse rápidamente a ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, de la cultura, de la República.
Instituciones monárquicas que permiten cualquier artería, cualquier negación; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se adaptan a las primeras a la vez que se alimentan de la segunda; y luego está... Europa. La mayoría de las políticas económicas y financieras de Francia se ven estrechamente subordinadas a ésta, lo que no impide que la parte esencial de la campaña se desarrolle como si el próximo presidente fuera a poder actuar con toda libertad.
Una victoria de Le Pen podría firmar el fin de la Unión Europea –ha advertido: “No seré la vicecanciller de Merkel”–. No obstante, en el caso hipotético de que uno de los favoritos del escrutinio –y de Angela Merkel–, es decir Fillon o Macron, se instale en el Palacio del Elíseo, se aseguraría la continuidad con respecto a los presidentes a los que han servido respectivamente, se preservaría la coherencia con las orientaciones de la Comisión y se confirmarían la hegemonía alemana y el ordoliberalismo, actuando una como la puntillosa guardiana del otro. La cuestión se plantearía de otra forma en el caso de Hamon o de Mélenchon. Si se dejan a un lado las tentaciones federalistas del primero y su apoyo a la idea de un ámbito de la defensa europeo, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, hasta el punto de que sus dos candidaturas compiten entre ellas y hacen que ambos corran el riesgo de ser eliminados.
Con Hamon es difícil no experimentar una sensación de déjà-vu. El candidato socialista, que pretende conciliar su apego por la Unión Europea y su deseo de ver como ésta pone fin a la austeridad para implementar una política más favorable al empleo y al medio ambiente y menos despiadada con Estados como Grecia –aplastados por su nivel de endeudamiento–, debe persuadirse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluyendo en el marco de las instituciones actuales; es concebible “obtener resultados tangibles sin poner en su contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en la recuperación de la influencia por parte de la izquierda europea, alemana en particular.
Sin embargo, se trata exactamente de la hipótesis que ofreció Hollande hace cinco años. El 12 de marzo de 2012, comprometiéndose “solemnemente” ante sus compañeros europeos reunidos en París a “renegociar el tratado presupuestario” firmado por Merkel y Sarkozy, precisaba: “No estoy solo, ya que cuento con el movimiento progresista en Europa. No estaré solo, contaré con el voto del pueblo francés que me otorgará el mandato”.
Cécile Duflot, que se convirtió en su ministra de Vivienda, nos recuerda lo que sucedió después: “Todo el mundo esperaba que [Hollande] comenzara un pulso con Angela Merkel. (…) Finalmente íbamos a darle la espalda al Merkozy. (…) El italiano Mario Monti, aun siendo tan liberal y rígido como es, contaba con Francia para invertir la tendencia. El muy conservador Mariano Rajoy veía en la elección de François Hollande la posibilidad de disminuir la presión que pesaba sobre España. Por su parte, Grecia y Portugal estaban dispuestos a seguir a cualquier salvador para evitar la ruina” (10). Ya se sabe lo que ocurrió.
En el fondo, nada distinto de lo que ya se había producido quince años antes (11). Entonces, Hollande lideraba el PS, y Lionel Jospin, el Gobierno. Como preludio a la moneda única, se acababa de negociar un “pacto de estabilidad y de crecimiento” que preveía un conjunto de disciplinas presupuestarias, entre ellas sanciones en caso de déficits excesivos. Jospin, líder de la oposición, no dejó de denunciar en el pacto un “súper-Maastricht”, “absurdamente concedido a los alemanes”. Sin embargo, convertido en Primer Ministro en junio de 1997, aceptó todos sus términos en el Consejo Europeo de Ámsterdam unos días más tarde. A cambio de su consentimiento, afirmaba Pierre Moscovici –entonces ministro de Asuntos Europeos–, habría logrado obtener “la primera resolución del Consejo Europeo dedicada al crecimiento y al empleo”. Una resolución con un impacto fulminante como todo el mundo ha podido comprobar desde entonces.
Hamon y Mélenchon pretenden, por su parte, renegociar los tratados europeos. ¿Se dotan esta vez de los medios necesarios para ello? Hamon no cuestiona la independencia del Banco Central Europeo, pero espera “hacer que sus estatutos evolucionen”. Acepta la norma del 3% de déficit público, pero “desea políticas de reactivación” compatibles con sus ambiciones ecologistas. Propone “la constitución de una asamblea democrática de la zona euro”, pero precisa con rapidez: “Aceptaría que se discutiera al respecto, por supuesto. No iré a Berlín o a otra parte diciendo: ‘Es esto o nada’, no tiene sentido”.
Algunas de estas reformas exigen el acuerdo unánime de los miembros de la Unión Europea y ninguna de ellas puede valerse actualmente del aval de Berlín. Por lo tanto, Hamon pretende modificar la situación gracias a un “arco de alianza de las izquierdas europeas”. Y recusa el precedente, poco alentador, de 2012: “Creo que los alemanes son más abiertos hoy que cuando Hollande llegó al poder”. El temor a un desmembramiento de la Unión Europea, por un lado, y la perspectiva de una alternancia política en Alemania, por el otro, habrían barajado de nuevo las cartas a su favor. Pese a todo, admite: “Soy del partido de la esperanza”.
Por su parte, la esperanza de Mélenchon ha cambiado desde 2012. Puesto que “no es posible [implementar] ninguna política progresista” en una Unión Europea tal y como existe actualmente y a falta de una “salida concertada de los tratados europeos” o de su refundación (plan A), no excluye una “salida unilateral” (plan B). Como no cree demasiado en un ascenso en poco tiempo y simultáneo de las fuerzas de izquierdas, las cuales habrían tendido más bien a retroceder estos últimos años, Francia, la segunda potencia de la Unión Europea, se convierte a sus ojos en el “elemento clave de la batalla europea”. Jacques Généreux, coordinador de la redacción de su programa presidencial, resume así la ecuación: “La salida forzada de Francia significaría el fin del euro y el fin de la Unión Europea, así de simple. A nadie le interesa asumir ese riesgo. Y, sobre todo, tampoco a Alemania”. Por consiguiente, a la vez que se niega a plegarse a las normas europeas que someten sus prioridades económicas, “Francia, sin temor y si así lo quiere, puede permanecer en el euro tanto tiempo como desee” (12).
La Unión Europea se había vuelto indiferente con respecto a las decisiones democráticas de sus pueblos, segura de que las orientaciones fundamentales de los Estados miembros estaban bloqueadas por tratados. Desde la votación del brexit y la victoria de Trump, la política se toma la revancha. Una Unión Europea actualmente febril observa cada escrutinio nacional como si se jugara el pellejo en cada uno de ellos. Ni siquiera la victoria de uno de los candidatos franceses a los que ha respaldado la tranquilizaría durante mucho tiempo.
Entramos en una era política en la que muchas frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar el cumplimiento de una eventualidad hasta ahora inconcebible. En esta primavera de 2017, las elecciones presidenciales francesas marcan así la primera vez que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: se plantea la hipótesis, aún muy improbable, de su victoria.
La primera vez que nadie defiende el balance de un quinquenio incluso aunque dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (Partido Socialista, PS) y Emmanuel Macron (En Marche!, ¡En Marcha!), participan en el escrutinio. Se trata también de la primera vez que los candidatos del PS y de la derecha, que han gobernado Francia de forma ininterrumpida desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.
También se buscarían, en vano, precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para fijar la atención más de 24 horas en una cuestión esencial. Y, ciertamente, no se encuentra ningún caso anterior de que se hayan emprendido medidas judiciales contra algún candidato importante al poder supremo por desvío de fondos públicos a pesar de haber proclamado, desde hace diez años, que Francia se encuentra en quiebra.
Con la renuncia del Presidente saliente a aspirar a un segundo mandato se corre el riesgo de disimular el punto de partida de todos estos desajustes. El quinquenio que finaliza ha visto como François Hollande se convertía en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio Presidente socialista admitió que ha “vivido cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba, en efecto, la presidencia de la República, el Gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.
De ese poder, Hollande hizo un uso tan discrecional como solitario. Fue él quien decidió instaurar el estado de excepción, involucró a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el asesinato de simples sospechosos a través de drones. También fue quien modificó el Código Laboral, obligando a su mayoría parlamentaria a realizar una reforma que se negaba a asumir (recurso al artículo 49-3 de la Constitución francesa) y para la cual ninguno de los dos había recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reestructuración del mapa de las regiones francesas, el cual fue reconfigurado por el Jefe de Estado desde su despacho del Palacio del Elíseo.
Todo esto plantea con agudeza la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon y Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise, Francia Insumisa) se han comprometido a poner en tela de juicio, pero a la que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se adaptan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce semejante concentración de poder en manos de una persona. Más allá del peligro, muy real, de que algún día un jefe de Estado menos benévolo que el que finaliza su mandato disponga de éste, las proclamaciones altisonantes sobre la democracia francesa, la República, chocan con una constatación que la presidencia de Hollande ha convertido en aplastante: el ejercicio en solitario del poder refuerza la facultad ilimitada de pisotear los compromisos de una campaña que, sin embargo, debería legitimar el mandato del pueblo soberano.
Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa, pero confirmó el cierre de los altos hornos de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo, pero renunció a ello desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de que acabara el año 2013, pero continuó aumentando tres años más. Sin embargo, si se ancló rápidamente en los espíritus cierta sensación de traición, se debe sin duda a una frase que marcó su campaña de 2012 y que todo el mundo ha vuelto a escuchar cien veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. Ahora bien, Hollande no tardó en elegir a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Palacio del Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.
El actual favor del que parece beneficiarse Macron entre la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que puede propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, incluso parricida, de este Presidente saliente con una impopularidad inigualada. “Emmanuel Macron soy yo –dejó escapar un día Hollande–, sabe lo que me debe”. En efecto, Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro se anda con rodeos. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de la izquierda que criticaba “el dinero” o “las finanzas”, pero eso corresponde a las convicciones que el segundo expresaba ya en 1985 en un libro, La gauche bouge (“La izquierda se mueve”), que también tenía como autores al actual Ministro de Defensa y al Secretario General del Elíseo (2).
En esta publicación ya se veía la idea apreciada por Macron, aunque en el caso de éste se haya enterrado bajo montones de palabras algodonosas y vacías, de una nueva alianza social entre las clases medias cultivadas y la patronal liberal, unidas por la voluntad conjunta de desplegarse en un mercado mundial. “Emprendimiento” en vez de “asistencia”, beneficios en vez de rentas, reformistas y modernistas contra extremistas y nostálgicos del pasado, rechazo de la añoranza “de los camelleros y los aguadores”: oír a Macron es como volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, y Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirle significaría involucrarse de forma aún más impudente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que atrajo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, precipitándolos al fondo del barranco en el que yacen en este momento.
“Mundialistas” y “partido de Bruselas” contra “patriotas”: Le Pen se alegraría de que el enfrentamiento se limitara a esta dialéctica. Parece que Richard Ferrand, diputado por el PS y pilar de la campaña de Macron, se anticipa a sus deseos: “Existen –considera–, por una parte, los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por la otra, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. Se trata, en ambos casos, de sumergir la cuestión de los intereses de clase alimentando, para unos, terrores “identitarios” y vituperando, para los otros, pulsiones “reaccionarias”.
Pero, aunque no les guste a todos los progresistas favorables al mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están bien situados socialmente. Los “trabajadores desplazados”, creados por una directiva bruselense de 1996 y cuyo número se ha decuplicado estos últimos diez años, son más a menudo obreros del sector de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de este dispositivo es también, y en primer lugar, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se limita al programa Erasmus y a la Oda a la Alegría.
Stephen Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió el partido que podía sacar la derecha nacionalista del desclasamiento social que acompaña casi siempre a las alabanzas de la aldea global. “El centro de aquello en lo que creemos –explica– es que somos una nación con una economía, y no una economía en cualquier mercado mundial con las fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están hartos de verse sometidos al partido de Davos. Los neoyorquinos se siente actualmente más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o de Colorado, y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictar a todos la forma según la cual será gobernado el mundo” (5). Si, en sus reuniones públicas salpicadas con banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación desde las empresas” y se compromete a suprimir las prestaciones por desempleo si se rechaza por segunda vez una “oferta de empleo decente” (6), ¿cómo distinguir sus proposiciones de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que forman el “partido de Davos”? Nos podemos hacer una idea de los daños democráticos que conllevarían un posible cara a cara entre éste y Le Pen, el mismo que los medios de comunicación se afanar por instaurar.
Desde hace más de veinte años, abogar por el “voto útil” remite a presentar a los dos partidos dominantes como murallas contra una extrema derecha cuyas decisiones sucesivas y concordantes han favorecido su ascenso. “Hoy en día –considera Hamon–, el proyecto de Emmanuel Macron es el estribo del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, el poder del FN ha reforzado el monopolio del poder de sus adversarios, incluyendo a los socialistas (8). En 1981, François Mitterrand preveía que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a establecer una alianza con ella, a riesgo de pasar a ser inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen se enfrentó a Jacques Chirac durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Desde entonces, la derecha sólo tiene que adelantar al PS en cualquier escrutinio, nacional o local, para convertirse rápidamente a ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, de la cultura, de la República.
Instituciones monárquicas que permiten cualquier artería, cualquier negación; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se adaptan a las primeras a la vez que se alimentan de la segunda; y luego está... Europa. La mayoría de las políticas económicas y financieras de Francia se ven estrechamente subordinadas a ésta, lo que no impide que la parte esencial de la campaña se desarrolle como si el próximo presidente fuera a poder actuar con toda libertad.
Una victoria de Le Pen podría firmar el fin de la Unión Europea –ha advertido: “No seré la vicecanciller de Merkel”–. No obstante, en el caso hipotético de que uno de los favoritos del escrutinio –y de Angela Merkel–, es decir Fillon o Macron, se instale en el Palacio del Elíseo, se aseguraría la continuidad con respecto a los presidentes a los que han servido respectivamente, se preservaría la coherencia con las orientaciones de la Comisión y se confirmarían la hegemonía alemana y el ordoliberalismo, actuando una como la puntillosa guardiana del otro. La cuestión se plantearía de otra forma en el caso de Hamon o de Mélenchon. Si se dejan a un lado las tentaciones federalistas del primero y su apoyo a la idea de un ámbito de la defensa europeo, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, hasta el punto de que sus dos candidaturas compiten entre ellas y hacen que ambos corran el riesgo de ser eliminados.
Con Hamon es difícil no experimentar una sensación de déjà-vu. El candidato socialista, que pretende conciliar su apego por la Unión Europea y su deseo de ver como ésta pone fin a la austeridad para implementar una política más favorable al empleo y al medio ambiente y menos despiadada con Estados como Grecia –aplastados por su nivel de endeudamiento–, debe persuadirse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluyendo en el marco de las instituciones actuales; es concebible “obtener resultados tangibles sin poner en su contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en la recuperación de la influencia por parte de la izquierda europea, alemana en particular.
Sin embargo, se trata exactamente de la hipótesis que ofreció Hollande hace cinco años. El 12 de marzo de 2012, comprometiéndose “solemnemente” ante sus compañeros europeos reunidos en París a “renegociar el tratado presupuestario” firmado por Merkel y Sarkozy, precisaba: “No estoy solo, ya que cuento con el movimiento progresista en Europa. No estaré solo, contaré con el voto del pueblo francés que me otorgará el mandato”.
Cécile Duflot, que se convirtió en su ministra de Vivienda, nos recuerda lo que sucedió después: “Todo el mundo esperaba que [Hollande] comenzara un pulso con Angela Merkel. (…) Finalmente íbamos a darle la espalda al Merkozy. (…) El italiano Mario Monti, aun siendo tan liberal y rígido como es, contaba con Francia para invertir la tendencia. El muy conservador Mariano Rajoy veía en la elección de François Hollande la posibilidad de disminuir la presión que pesaba sobre España. Por su parte, Grecia y Portugal estaban dispuestos a seguir a cualquier salvador para evitar la ruina” (10). Ya se sabe lo que ocurrió.
En el fondo, nada distinto de lo que ya se había producido quince años antes (11). Entonces, Hollande lideraba el PS, y Lionel Jospin, el Gobierno. Como preludio a la moneda única, se acababa de negociar un “pacto de estabilidad y de crecimiento” que preveía un conjunto de disciplinas presupuestarias, entre ellas sanciones en caso de déficits excesivos. Jospin, líder de la oposición, no dejó de denunciar en el pacto un “súper-Maastricht”, “absurdamente concedido a los alemanes”. Sin embargo, convertido en Primer Ministro en junio de 1997, aceptó todos sus términos en el Consejo Europeo de Ámsterdam unos días más tarde. A cambio de su consentimiento, afirmaba Pierre Moscovici –entonces ministro de Asuntos Europeos–, habría logrado obtener “la primera resolución del Consejo Europeo dedicada al crecimiento y al empleo”. Una resolución con un impacto fulminante como todo el mundo ha podido comprobar desde entonces.
Hamon y Mélenchon pretenden, por su parte, renegociar los tratados europeos. ¿Se dotan esta vez de los medios necesarios para ello? Hamon no cuestiona la independencia del Banco Central Europeo, pero espera “hacer que sus estatutos evolucionen”. Acepta la norma del 3% de déficit público, pero “desea políticas de reactivación” compatibles con sus ambiciones ecologistas. Propone “la constitución de una asamblea democrática de la zona euro”, pero precisa con rapidez: “Aceptaría que se discutiera al respecto, por supuesto. No iré a Berlín o a otra parte diciendo: ‘Es esto o nada’, no tiene sentido”.
Algunas de estas reformas exigen el acuerdo unánime de los miembros de la Unión Europea y ninguna de ellas puede valerse actualmente del aval de Berlín. Por lo tanto, Hamon pretende modificar la situación gracias a un “arco de alianza de las izquierdas europeas”. Y recusa el precedente, poco alentador, de 2012: “Creo que los alemanes son más abiertos hoy que cuando Hollande llegó al poder”. El temor a un desmembramiento de la Unión Europea, por un lado, y la perspectiva de una alternancia política en Alemania, por el otro, habrían barajado de nuevo las cartas a su favor. Pese a todo, admite: “Soy del partido de la esperanza”.
Por su parte, la esperanza de Mélenchon ha cambiado desde 2012. Puesto que “no es posible [implementar] ninguna política progresista” en una Unión Europea tal y como existe actualmente y a falta de una “salida concertada de los tratados europeos” o de su refundación (plan A), no excluye una “salida unilateral” (plan B). Como no cree demasiado en un ascenso en poco tiempo y simultáneo de las fuerzas de izquierdas, las cuales habrían tendido más bien a retroceder estos últimos años, Francia, la segunda potencia de la Unión Europea, se convierte a sus ojos en el “elemento clave de la batalla europea”. Jacques Généreux, coordinador de la redacción de su programa presidencial, resume así la ecuación: “La salida forzada de Francia significaría el fin del euro y el fin de la Unión Europea, así de simple. A nadie le interesa asumir ese riesgo. Y, sobre todo, tampoco a Alemania”. Por consiguiente, a la vez que se niega a plegarse a las normas europeas que someten sus prioridades económicas, “Francia, sin temor y si así lo quiere, puede permanecer en el euro tanto tiempo como desee” (12).
La Unión Europea se había vuelto indiferente con respecto a las decisiones democráticas de sus pueblos, segura de que las orientaciones fundamentales de los Estados miembros estaban bloqueadas por tratados. Desde la votación del brexit y la victoria de Trump, la política se toma la revancha. Una Unión Europea actualmente febril observa cada escrutinio nacional como si se jugara el pellejo en cada uno de ellos. Ni siquiera la victoria de uno de los candidatos franceses a los que ha respaldado la tranquilizaría durante mucho tiempo.    
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(1) Gérard Davet y Fabrice Lhomme, “Un président ne devrait pas dire ça...”. Les secrets d’un quinquennat, Stock, París, 2016.
(2) Un colectivo oculto detrás del pseudónimo de Jean-François Trans. Pierre Rimbert, “¿En círculos o en línea recta?”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2014.
(3) Cf. Le Grand Bond en arrière. Comment l’ordre libéral s’est imposé au monde, Agone, Marsella, 2012.
(4) Le Journal du dimanche, París, 12 de marzo de 2017.
(5) Citado por William Galston, “Steve Bannon and the ‘Global Tea Party’”, The Wall Street Journal, Nueva York, 1 de marzo de 2017.
(6) Es decir, por un salario que no sería “inferior en más del 20%-25%” con respecto a su antiguo puesto.
(7) France 2, 9 de marzo de 2017.
(8) Véase “El Frente Nacional bloquea el orden social en Francia”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2016.
(9) Cf. Emmanuel Faux, Thomas Legrand y Gilles Perez, La Main droite de Dieu. Enquête sur François Mitterrand et l’extrême droite, Seuil, París, 1994.
(10) Cécile Duflot, De l’intérieur. Voyage au pays de la désillusion, Fayard, París, 2014.
(11) Véase “La izquierda renuncia al nombre de Europa” y “Audacia o atascadero”, Le Monde diplomatique en español, respectivamente junio de 2005 y abril de 2012.
(12) Jacques Généreux, Les Bonnes Raisons de voter Mélenchon, Les Liens qui libèrent, París, 2017.
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Osvaldo Santana es el Premio Nacional de Periodismo 2017

NOTICIAS | 03 ABR 2017, 3:07 PM |DIARIO LIBRE 
Osvaldo Santana es el Premio Nacional de Periodismo 2017
La selección del director de El Caribe fue anunciada por el presidente del Colegio Dominicano de Periodistas



El director del periódico El Caribe, Rafael Osvaldo Santana, fue seleccionado este lunes Premio Nacional de Periodismo 2017.

SANTO DOMINGO. El director del periódico El Caribe, Rafael Osvaldo Santana, fue seleccionado este lunes Premio Nacional de Periodismo 2017, máximo galardón de la prensa que otorgan el Ministerio de Educación y el Colegio Dominicano de Periodistas (CDP).
La selección de Santana la dio a conocer el presidente del CDP, Olivo de León, quien dijo que se coordina la fecha de entrega del reconocimiento.
Sostuvo que Santana fue escogido por un jurado compuesto por el ministro de Educación, Andrés Navarro, el director de la Escuela de Comunicación de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), Rodolfo Coiscou Duvergé, un representante de la Sociedad Dominicana de Diarios, uno de la Asociación Dominicana de Radiodifusora (ADORA), del CDP, y dos periodistas escogidos de un grupo de diez.
Trayectoria
Santana ha sido director de diferentes medios de comunicación, dentro de los cuales figuran, además de El Caribe, el Listín Diario, (2004-2005); El Siglo (1997) y Última Hora (2002-2003).
También dirigió Cadena de Noticias (CDN) en el 2006.
Santana, quien nació en Tamayo, provincia Bahoruco, en 1950, se inició en el reporterismo cotidiano en Noticiario Popular, en 1976.
Fue secretario general del Sindicato Nacional de Periodistas Profesionales (SNPP), desde 1981-82, así como vicepresidente de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), 1979-1985.
En su vida profesional fue del equipo fundador de El Nuevo Diario, en 1981. En ese medio laboró como redactor, jefe de redacción y posteriormente como director ejecutivo. De 1993 al 1996 fue jefe de redacción de la revista Rumbo.
https://www.diariolibre.com/noticias/osvaldo-santana-es-el-premio-nacional-de-periodismo-2017-AF6733031

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