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lunes, 4 de junio de 2018

Al servicio de Washington | Editorial, por Serge Halimi

Al servicio de Washington

Editorial, por Serge Halimi, mayo de 2018
Las súplicas y las muestras de afecto de tres dirigentes europeos –Emmanuel Macron, Angela Merkel y Boris Johnson– que fueron a adular a Donald Trump no habrán servido para nada: el presidente de Estados Unidos ha respondido humillándolos. Les amenaza con represalias comerciales y financieras si no violan el acuerdo que firmaron con Irán hace tres años. Como Estados Unidos ha cambiado radicalmente de postura al respecto, sus aliados no tienen otra que alinearse con este. Desde su punto de vista, París, Londres y Berlín no son tan importantes; en cualquier caso lo son mucho menos que Riad o Tel Aviv.
“Siempre se tienen ganas de golpear a un hombre que se condena a sí mismo, para romper en mil pedazos la poca dignidad que le queda”, escribía Jean-Paul Sartre en Los caminos de la libertad. Su observación también es válida para los Estados. Los de la Unión Europea, por ejemplo. Macron proclama su rechazo a hablar “con un fusil en la sien” y Merkel lamenta que Washington “dificulte aún más” la situación en Oriente Próximo. Pero ninguno de los dos parece dispuesto a replicar de otra forma más que a través de lamentaciones. Y las grandes empresas europeas han comprendido a quién deben obedecer, puesto que incluso el envío de un correo que pasa por algún servidor estadounidense o la utilización del dólar en alguna transacción con Irán los expone a extravagantes sanciones (véase el artículo de Ibrahim Warde).
Tan pronto como se anunció el diktat de Trump, la petrolera francesa Total –antiguamente Compagnie Française des Pétroles– canceló sus proyectos de inversión en la República Islámica de Irán. No obstante, el presidente Macron buscaba, en ese mismo momento, preservar el acuerdo con Teherán. Pero precisaba: “Lo digo claramente: no vamos a imponer sanciones ni contrasanciones a empresas estadounidenses. (…) Y no vamos a obligar a las empresas [francesas] a permanecer [en Irán]; esa realidad pertenece al mundo de los negocios. El Presidente de la República Francesa no es el presidente-director general de Total” (1). Este último, por tanto, acata las órdenes de la Casa Blanca.
Nuestras sempiternas ruedas de plegarias dedujeron de este episodio que haría falta más Europa (2). Pero cuanto más se amplía y se institucionaliza, menos resiste a las órdenes estadounidenses. En 1980, los nueve miembros de la Comunidad Económica Europea se posicionaban sobre Oriente Próximo acogiendo favorablemente las aspiraciones nacionales del pueblo palestino; por el contrario, el pasado 14 de mayo, cuatro Estados de la Unión Europea (Austria, Hungría, República Checa y Rumanía) contaron con representación en la inauguración de la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén; mientras tanto, las fuerzas armadas israelíes ejecutaban a decenas de civiles gazatíes. Mejor aún –si se permite la expresión–: entre los veintiocho miembros actuales de la Unión Europea, quince invadieron Irak junto a las tropas estadounidenses.
La Unión Europea no deja de endurecer sus criterios de convergencia. Pero siempre olvida uno de ellos, que Trump acaba de recordarle: la necesidad de que sus Estados adherentes sean independientes y soberanos.
(1) Rueda de prensa, Sofía, 17 de mayo de 2018.
(2) Un credo que el comentarista de France Inter Bernard Guetta repite todas las mañanas desde hace más de veinte años, con independencia de cuál sea el tema de su crónica…
https://mondiplo.com/las-suplicas-y-las-muestras-de-afecto-de-tres
 Serge Halimi
Director de Le Monde diplomatique.

martes, 21 de noviembre de 2017

Llamar a una victoria por su nombre | Serge Halimi, Director de 'Le Monde diplomatique

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Serge Halimi
Llamar a una victoria por su nombre
Serge Halimi, Director de 'Le Monde diplomatique'.
En octubre de 2009, Le Monde diplomatique realizó un llamamiento a sus lectores (1). Nuestro periódico acababa de sufrir tres años de pérdidas financieras y, como otros muchos, veía como su difusión iba disminuyendo cada año. En otras palabras, su existencia –o, lo que venía a ser lo mismo, su independencia– dejaba de estar garantizada.
Ocho años más tarde, esta amenaza se ha disipado.
Ya que no son numerosos los motivos de satisfacción en estos momentos, resulta tan útil como reconfortante analizar el que nos atañe directamente. Sobre todo porque engloba una dimensión más general, intelectual y política. Sin duda, la tirada de un periódico no demuestra su calidad. Pero, cada vez que expresa una corriente de opinión, una filosofía –no una “marca”, un producto–, su debilitación sugiere que deja de ser útil, que ya no es necesario.
En 2009 apostamos a que ese no era el caso de Le Monde diplomatique. Y les pedimos que nos lo confirmaran realizando donaciones, suscribiéndose, comprando el periódico de forma más regular. Entonces resaltamos que la información gratuita no existe; que, cuando se regala el trabajo de los periodistas, estos ya no dependen de sus lectores, sino de motores de búsqueda y de publicistas (2). En aquel momento, este enfoque y este análisis eran singulares.
Nuestro llamamiento fue escuchado. Desde 2009 hemos recibido [para la edición francesa] 16.700 donaciones, por un importe total de 1.629.000 euros; nuestro número de suscriptores ha alcanzado un récord histórico, pasando de 81.000 a 94.000 el mes pasado: nuestras ventas de la edición en papel no se han visto sacrificadas por la tendencia del “todo digital”; nuestra difusión total se ha mantenido e incluso muestra señales indiscutibles de vigor desde hace tres años (+20,5%), contrarias a la tendencia general de la prensa. Al mismo tiempo, el número de suscriptores a nuestros archivos ha registrado un progreso fulgurante. Este recurso documental, creado en 2013, cuenta hoy en día con más de 35.000 suscriptores conscientes de que la actualidad del mundo no se limita a las tres últimas controversias de la semana.
¿Qué otra publicación francesa puede ofrecer a sus lectores, sobre temas tan diversos como los que Le Monde diplomatique aborda desde mayo de 1954, la totalidad de 63 años de archivos? Pronto, los últimos veinte estarán disponibles en otras tres lenguas además del francés: en inglés, español y alemán, a la espera del portugués, el italiano y el árabe.
Estos éxitos y el estado de nuestras cuentas nos llevan a interrumpir nuestras campañas anuales de llamamiento a realizar donaciones [boletín para donaciones a Le Monde diplomatique en español ]. El dispositivo sigue en marcha, especialmente a través de nuestro sitio web, para quien quiera consolidar nuestra situación financiera y aumentar nuestras reservas con la perspectiva de un posible invierno. Pero ya no presenta un carácter urgente. El futuro de este periódico está asegurado, al menos durante algunos años. Mejor llamar a una victoria por su nombre. Por consiguiente, nuestro objetivo se transforma: en lugar de asegurar la supervivencia de una publicación, a partir de ahora se trata de ampliar la difusión de las ideas que transmite. En definitiva, de pasar de la defensiva a la conquista.
Para ello, mantendremos el precio de Le Monde diplomatique en su nivel actual. Por otra parte, alimentaremos el fondo especial “Lectores solidarios”, que, desde hace exactamente treinta años y gracias a nuestros lectores, ofrece suscripciones a instituciones, bibliotecas y universidades en países pobres, pero también en centros penitenciarios. Asimismo, les sugerimos que apadrinen durante un año a un nuevo suscriptor con la esperanza de que este decida más tarde, directamente, prolongar la experiencia (suscribirse). Finalmente, podrá contribuir con nosotros muy pronto en la “Red Internacional Solidaria” que esperamos poner en marcha para consolidar nuestras ediciones internacionales. Algunas se mantienen a flote solamente gracias a una dedicación militante –algunos hablarían de apostolado– poco común en el universo del periodismo.
¿Qué lecciones extraemos de nuestra recuperación? La convicción de que, cuando un periódico no es concebido como una mercancía, debe poder contar con el compromiso de sus lectores, sin duda muy fuerte en nuestro caso, puesto que continuamos otorgando prioridad a la actualidad internacional, sacrificada en gran medida en otras partes, y que, bajo el impulso de Claude Julien y más tarde de Ignacio Ramonet, hemos estado a la vanguardia de la crítica de los medios de comunicación. Con el paso del tiempo, esta ha suscitado numerosas reacciones ofuscadas (3). En la actualidad la imitan los que llegan en el último momento, a veces acompañados de algún que otro arrepentido. Les damos la bienvenida: aquellos que, como nosotros, pretenden luchar con eficacia en el frente de las ideas se abstienen de exigir pasaportes y derechos de autor.
Le Monde diplomatique no solo ha formalizado la acusación del periodismo que existe realmente (concentración capitalista, pensamiento único, aislamiento burgués, connivencias y complacencia). Frente a este hemos presentado otra práctica profesional. Nuestra crítica en actos del periodismo, que se puede leer todos los meses, no se reduce al rechazo del tropismo liberal y europeo de casi la totalidad de los medios de comunicación. Ya que nuestros “compañeros” han acabado comprendiéndolo: el descrédito del político obtuso que produce su “prêt-à-penser” mancilla actualmente la reputación –y, por lo tanto, el valor comercial– de la prensa que le acompaña como si fuera su ventrílocuo. Así pues, los altos cargos editoriales han decidido hacer hincapié en otra figura profesional, la cual también rechazamos: la del reportero neutro, sin ideología, “desencriptador”, “descodificador”, a quien “nadie le engaña”, que salta de una convicción a otra y que afirma no comprometerse nunca.
Su profesionalismo consiste en escoger los “pequeños hechos reales” y presentarlos sin comentarios; en preferir las “cosas vistas” (sobre todo si son estremecedoras) al análisis razonado de las relaciones sociales e internacionales; en expulsar fuera del ámbito de la información las ideas juzgadas como extremas, a la vez que hace de las demás (es decir, las suyas) el alfa y omega de todos los “debates”. Así, el runruneo sería permanente y la ficción del pluralismo estaría garantizada.
Si la competición por la audiencia empobrece a menudo la información, la neutralidad concebida como el recorte de las opiniones divergentes conlleva otro coste: los disidentes políticos de todas las tendencias, expulsados de las páginas de opinión, de los platós televisivos y de las justas teatralizadas entre compadres y compañeros, crean sus revistas, sus cadenas, sus publicaciones. Por un sabroso giro de la situación, se benefician del descrédito del periodismo institucional, puesto que figurar en la lista de rechazados de la corporación casi se ha convertido en una garantía de confianza, una carta de crédito, una Legión de Honor.
Nuestro honor está en otra parte. La información que publicamos proviene tanto de periodistas como de expertos del ámbito universitario, de escritores y de investigadores. Por muy cuidada que sea su selección, un hecho solo cobra sentido una vez situado en un contexto histórico, político y cultural. Con el paso del tiempo, productores de conocimiento y miembros del equipo del periódico han tejido, pues, relaciones destinadas a hacer accesibles trabajos que permiten comprender el mundo, con la esperanza de cambiar su rumbo. Sí, ese sigue siendo nuestro objetivo, y sabemos que aún nos queda camino por recorrer...
Desde hace un año, varios acontecimientos coproducidos por los grandes medios de comunicación han confirmado nuestra singularidad. En Francia, Emmanuel Macron ha sido propulsado al poder por un electorado de centroizquierda gracias al cual implementa una política de derechas. La prensa ha participado en esta mistificación de una fracción de la opinión pública. En particular los periódicos y sitios web de información catalogados como de izquierdas, que a veces apoyaron a Macron antes de la primera vuelta. El pasado 28 de septiembre, L’Obs mostraba en portada, como hace a menudo, la fotografía del presidente de la República Francesa, pero esta vez con el siguiente titular acusador: “Por qué les da a los ricos”. ¿Por qué? Porque L’Obs hizo que lo eligieran... Junto con, reconozcámoslo, casi todos los demás órganos de prensa –pero sin nosotros (4)–. El resultado: Le Point “cree estar soñando” con haber heredado un presidente tan liberal. Y Le Figaro evoca un “pequeño milagro”. En efecto, su propietario, Serge Dassault, pagará pronto menos impuestos.
Cuando exponemos los resortes del poder, la situación internacional también nos llama a protegernos de los peligros de la indignación indignada, de la “oposición que contenta a los descontentos” (5), de la cámara de eco de los medios de comunicación y de las redes sociales que aísla y a veces aturde. Desde la elección de Donald Trump, no pasa ni una hora sin que la mayoría de la prensa occidental detalle las excentricidades, las ignominias y las fechorías del inquilino de la Casa Blanca. Este tema, inagotable, también permite a aquellos que más lo necesitan construirse un perfil de progresista a buen precio.
Pero el ejercicio también conduce a componer un nuevo “eje del mal”, fantaseado en gran medida, añadiéndole generalmente a Vladímir Putin. Parece que ya no merece la pena informar de las visiones opuestas de Trump y este último en asuntos tan insignificantes como Irán, Corea, la UNESCO, Cuba, el calentamiento global, Ucrania, Venezuela o Siria. Porque la sospecha de que el presidente ruso experimentaría simpatía por su homólogo estadounidense aparta todo lo anterior. En efecto, la Central Intelligence Agency (CIA) –que, por supuesto, nunca ha mentido y que siempre se ha mantenido escrupulosamente al margen de la vida política de los demás países– afirma que el Kremlin se habría implicado directamente en la difusión de información hostil a Hillary Clinton, lo que explicaría su derrota imprevista.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) va a esforzarse por combatir estas fake news (“noticias falsas”) preparadas ciudadosamente por Moscú. Lo hará con cierta pericia, ya que cuando tuvo lugar la guerra de Kosovo (1999), la propia OTAN detallaba sus técnicas “para anestesiar las opiniones” en caso de “abusos” militares: “Decíamos que realizábamos una investigación, que las hipótesis eran múltiples. No revelábamos la verdad hasta pasados quince días, cuando ya no le interesaba a nadie” (6). Pero, aunque este tipo de verdad “ya no interesa a nadie”, a nosotros nos apasiona... Preocuparse por ella constituye un poco lo que nos distingue. Y a este tipo de evocación, de vuelta hacia atrás, de mirada oblicua, lo llamamos una puesta en perspectiva. A menudo nos impide adoptar los hábitos de la manada. Exige un poco de memoria y más esfuerzo intelectual que el envío compulsivo de una docena de tweets sobre la última polémica del día.
“No te preocupes –canta la rapera francesa Keny Arkana–. Déjanos mecerte en voz baja / Déjanos contarte historias / Déjanos reflexionar en tu lugar / mientras te diviertes”.
Estos versos resumen el periodismo contra el que luchamos. En cuanto al que producimos todos los meses, aún tiene futuro por delante gracias a usted.
http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=00121663-3e87-4cb8-bf4f-d5c99be88008

(1) Véase “La crisis de la prensa escrita”, Le Monde diplomatique en español, octubre de 2009.
(2) Véase “L’information gratuite n’existe pas”, La valise diplomatique, 13 de octubre de 2010, www.monde-diplomatique.fr
(3) Veáse, para convencerse de ello, Edwy Plenel, “Le faux procès du journalisme”, Le Monde diplomatique, marzo de 1998.
(4) Véase Marie Bénilde, “El candidato de los medios de comunicación”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2017; y Pierre Rimbert, “Un barrage peut en cacher un autre”, Le Monde diplomatique, París, junio de 2017.
(5) Honoré de Balzac, La piel de zapa, 1831.
(6) Cf. Serge Halimi, Dominique Vidal, Henri Maler y Mathias Reymond, “L’opinion, ça se travaille….”. Les médias et les guerres justes, Agone, Marsella, 2014.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Donald Trump, abrumado por el partido antirruso


EDITORIAL EN DETALLE
Nº: 263   Septiembre  2017

Republicanos, demócratas, medios de comunicación, servicios secretos


Donald Trump, abrumado por el partido antirruso

Serge Halimi
Director de 'Le Monde diplomatique'.
Habrán bastado, pues, algunos meses para que Estados Unidos se retire del acuerdo internacional de París sobre el cambio climático, adopte nuevas sanciones económicas contra Rusia, invierta la dinámica de normalización de las relaciones diplomáticas con Cuba, anuncie su intención de denunciar el acuerdo nuclear con Irán, dirija una advertencia a Pakistán, amenace a Venezuela con una intervención militar y se declare preparado para atacar a Corea del Norte “con un fuego y una ira que jamás se han visto antes en este mundo”. Desde que la Casa Blanca cambió de inquilino el pasado 20 de junio, Washington solamente ha mejorado sus relaciones con Filipinas, Egipto, Arabia Saudí e Israel.
La responsabilidad de Donald Trump en esta escalada no es exclusiva. En efecto, los representantes electos neoconservadores de su partido, los demócratas y los medios de comunicación lo ovacionaron cuando, durante la primavera pasada, ordenó la realización de maniobras militares en Asia e hizo lanzar 59 misiles contra una base aérea en Siria (1). Por el contrario, se le impidió actuar cuando exploró las posibilidades de un acercamiento con Moscú, e incluso se vio obligado a promulgar un nuevo paquete de sanciones estadounidenses contra Rusia. En definitiva, el punto de equilibrio de la política exterior de Estados Unidos resulta cada día de la suma de las fobias republicanas (Irán, Cuba, Venezuela), a menudo compartidas por los demócratas, y de las aversiones demócratas (Rusia, Siria), refrendadas por la mayoría de los republicanos. Si existe un partido de paz en Washington, por ahora no es detectable.
No obstante, el debate presidencial del año pasado sugería que el electorado estadounidense pretendía romper con el tropismo imperial de Estados Unidos (2). En primer lugar, Trump no hizo campaña sobre temas de política exterior. Pero cuando abordó esos asuntos, fue para sugerir una línea de conducta en gran medida opuesta a la del establishment de Washington (militares, expertos, think tanks, revistas especializadas) y a la que sigue en la actualidad. Al prometer subordinar las consideraciones geopolíticas a los intereses económicos de Estados Unidos, se dirigía a la vez a los partidarios de un nacionalismo económico (“America First”), numerosos en los estados industrialmente siniestrados, y a aquellos que quince años de guerras ininterrumpidas, con el deterioro progresivo de la situación o el caos generalizado (Afganistán, Irak, Libia) como resultado, los habían convencido de los méritos de cierto realismo. “Nuestra situación sería mejor si no nos estuviéramos ocupando de Oriente Próximo desde hace quince años” (3), concluía Trump en abril de 2016, convencido de que la “arrogancia” de Estados Unidos había provocado “un desastre detrás del otro” y “costado la vida a miles de ciudadanos estadounidenses y billones de dólares”.
Este diagnóstico, inesperado por parte de un candidato republicano, coincidía con el sentimiento de la fracción más progresista del Partido Demócrata. Peggy Noonan, quien escribió los discursos más destacados de Ronald Reagan y de su sucesor inmediato, Georges H. Bush, lo recalcaba entonces: “En materia de política exterior, [Trump] se ha posicionado a la izquierda de Hillary Clinton. Ella es belicista, desea con demasiado ahínco utilizar la fuerza armada y le falta discernimiento. Será la primera vez en la historia moderna que un candidato republicano para las elecciones presidenciales se posicionará a la izquierda de su rival demócrata, lo que hará que la situación se vuelva interesante” (4).
Interesante, la situación aún lo es, pero no exactamente como Noonan predijo. Mientras que “la izquierda” postula que la paz deriva no de la intimidación hacia las demás naciones, sino de relaciones más equitativas entre ellas, Trump, totalmente indiferente al sentimiento de la opinión pública mundial, opera como un embaucador en busca del mejor “deal” para él y sus electores. Así pues, el problema de las alianzas militares no es tanto, desde su punto de vista, que amenacen con extender los conflictos más de lo que disuaden las agresiones, sino que cuestan demasiado dinero a los estadounidenses. Y que, a fuerza de pagar la cuenta, estos ven como su país se convierte en “una nación del Tercer Mundo”. “La OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte] está obsoleta –repetía Trump el 2 de abril de 2016 durante un mitin–. Defendemos a Japón, a Alemania, y solo nos pagan una fracción de lo que nos cuesta. Arabia Saudí se derrumbaría si nos fuéramos. Hay que mostrarse dispuesto a abandonar la mesa; si no, nunca se obtendrá un buen deal”.
El presidente de Estados Unidos esperaba alcanzar ese “buen deal” con Moscú. Una nueva asociación habría invertido el deterioro de las relaciones entre las dos potencias, favoreciendo su alianza contra la Organización del Estado Islámico (OEI) y reconociendo la importancia de Ucrania para la seguridad rusa. La actual paranoia estadounidense relativa a todo lo relacionado con el Kremlin conduce a olvidar que en 2016, tras la anexión de Crimea y la intervención directa de Moscú en Siria, Barack Obama también relativizaba el peligro representado por Vladímir Putin. Según Obama, sus intervenciones en Ucrania y en Oriente Próximo solo eran improvisaciones, “señales de debilidad frente a Estados-clientes a punto de escapársele” (5).
Y añadía: “Los rusos no pueden cambiarnos o debilitarnos de manera significativa. Es un país pequeño, un país débil, y su economía no produce nada que otros quieran comprar aparte de petróleo, gas y armas”. Lo que entonces temía de su homólogo ruso era sobre todo... la simpatía que inspiraba en Trump y en sus partidarios: “El 37% de electores republicanos aprueba a Vladímir Putin, el exjefe del KGB. ¡Ronald Reagan debe de estar revolviéndose en su tumba!” (6).
Desde enero de 2017, el sueño eterno de Reagan ha recuperado su tranquilidad. “Los presidentes llegan y se vuelven a ir, pero la política no cambia”, concluía Putin (7). Algún día, los historiadores estudiarán esas semanas durante las cuales convergieron los esfuerzos de los servicios de inteligencia estadounidenses, de los dirigentes del sector favorable a Clinton del Partido Demócrata, de la mayoría de los representantes electos republicanos y de los medios de comunicación hostiles a Trump. ¿Su proyecto común? Impedir cualquier alianza entre Moscú y Washington.
Los motivos de cada uno eran diferentes. Los servicios de inteligencia y algunos elementos del Pentágono temían que un acercamiento entre Trump y Putin los privara de un enemigo presentable una vez destruido el poder militar de la OEI. Los dirigentes favorables a Clinton estaban impacientes por imputar su inesperada derrota a otros que no fueran la candidata de su elección y su inepta campaña: el “hackeo” de los datos del Partido Demócrata imputado a Moscú serviría. Los neoconvervadores “que habían promovido la guerra de Irak, que detestaban a Putin y que consideraban que la seguridad de Israel no era negociable” (8) se escandalizaron ante las tentaciones neoaislacionistas de Trump.
Finalmente, los medios de comunicación, The New York Times y The Washington Post en particular, soñaban con un nuevo “caso Watergate”. No ignoraban que sus lectores –burgueses, urbanos, con formación– detestaban apasionadamente al presidente electo, despreciaban su vulgaridad, sus tropismos de extrema derecha, su violencia, su incultura (9). Y, como consecuencia, buscarían cualquier información o rumor que pudiera provocar su destitución o su dimisión forzada. Un poco como en Asesinato en el Orient Express, la novela de Agatha Christie, cada uno tenía, en definitiva, sus razones para golpear al mismo objetivo.
La intriga se tramó con mucha facilidad, puesto que las fronteras que separan esos cuatro universos eran bastante porosas. La alianza era evidente entre los halcones republicanos, encarnados por John McCain –presidente de la Comisión de las Fuerzas Armadas del Senado– y el complejo militar-industrial. Los arquitectos de las últimas aventuras imperiales estadounidenses, en particular en Irak, llevaron mal la campaña de 2016 y los ataques que Trump reservó a su pericia. Unos cincuenta intelectuales y oficiales anunciaron que, aunque eran republicanos, se negaban a apoyar al candidato de su partido, quien “ponía en peligro la seguridad nacional del país”. Algunos dieron el paso y votaron a Clinton (10).
Quedaba la prensa. También temía que la incompetencia de Trump amenazara el orden internacional dominado por Estados Unidos. No tenía ninguna opinión preconcebida contra las cruzadas militares, sobre todo cuando estas podían recubrirse con grandes principios humanitarios, internacionalistas, progresistas. Ahora bien, según estos criterios, ni Putin ni su predilección por los nacionalistas de derechas eran irreprochables. Pero tampoco lo eran mucho más Arabia Saudí o Israel. Lo cual no impedía que la primera pudiera contar con The Wall Street Journal, ferozmente antirruso. En cuanto a Israel, casi la totalidad de los medios de comunicación estadounidenses apoyaban su política, aunque la extrema derecha participa en su Gobierno.
Algo más de una semana antes de que Trump asumiera sus funciones, el periodista y abogado Glenn Greenwald –a quien le debemos la publicación de las revelaciones de Edward Snowden sobre los programas de vigilancia masiva de la National Security Agency (NSA)– alertaba sobre el transcurso de los acontecimientos. Observaba que los medios de comunicación estadounidenses se habían convertido en “la herramienta más preciada” de los servicios de inteligencia “que, en su mayoría, habían soñado, apoyan, a la que sirven y en la que creen”.
En el mismo momento, le parecía que los demócratas, “aún conmocionados por un fracaso electoral tan inesperado como traumatizante”, “habían perdido la razón y se adherían a cualquier evaluación, alababan cualquier táctica, se aliaban a cualquier canalla” (11).
La coalición antirrusa aún no había alcanzado todos sus objetivos, pero Greenwald ya vislumbraba las ambiciones del “Estado profundo”: “Estamos asistiendo en estos momentos a una guerra abierta entre, por una parte, esa facción no elegida pero muy poderosa que reside en Washington y que ve pasar a los presidentes y, por otra parte, aquel a quien la democracia estadounidense ha elegido como presidente”. Alimentada por los servicios de inteligencia, una sospecha galvanizaba a todos los adversarios del nuevo inquilino de la Casa Blanca: Moscú poseía secretos comprometedores –financieros, electorales, sexuales– contra Trump que lo paralizarían en caso de crisis entre ambos países (12).
La sospecha de una tenebrosa alianza de este tipo, que Paul Krugman, un economista favorable a Clinton, resumió al hablar de un “ticket Trump-Putin”, transformó la militancia antirrusa en un arma de política interior contra un presidente cada vez más detestado fuera del bloque ultraconservador. Ya no es algo poco común escuchar que militantes de izquierdas se convierten en apologistas del FBI o de la CIA desde que estas dos agencias sirven de refugio a una oposición larvada al presidente estadounidense. Y desde que combaten contra él mediante filtraciones permanentes.
Se comprende por qué el “hackeo” de los datos del Partido Demócrata, imputado por los servicios de inteligencia estadounidenses a Rusia, hechiza al Partido Demócrata y a la prensa. Dos pájaros de un tiro: permite deslegitimar la elección de Trump y le prohíbe promover cualquier tipo de acercamiento con Moscú. Sin embargo, cuando Washington se ofende ante la injerencia de una potencia extranjera en los asuntos internos de otro Estado: ¿quién pone de manifiesto aún esta extravagancia?
¿Y quién señala que no fue el Kremlin el que espiaba las conversaciones telefónicas de Angela Merkel, sino la Casa Blanca de Obama? Cuando el exdirector de la CIA James Clapper formuló algunas preguntas a un representante –republicano– de Carolina del Norte, Thom Tillis, este rompió dicho silencio el pasado mes de enero. Recordó que Estados Unidos “se había involucrado en 81 elecciones diferentes desde la Segunda Guerra Mundial. Esto no incluye los golpes de Estado ni los ‘cambios de régimen’ a través de los cuales hemos pretendido modificar la situación a nuestro favor. Por su parte, Rusia ha actuado de la misma manera en 36 ocasiones”. Mejor no esperar que semejante perspectiva atempere con demasiada frecuencia las fulminaciones de The New York Times contra las deshonestidades de Moscú.
El periódico también olvida recordar a sus jóvenes lectores que el presidente ruso Boris Yeltsin, quien eligió en 1999 a Putin como sucesor, había sido reelegido tres años antes, aunque muy enfermo y a menudo en estado de embriaguez, tras un escrutinio fraudulento llevado a cabo con la ayuda de asesores estadounidenses y con el apoyo declarado del presidente de Estados Unidos. The New York Times había celebrado este resultado en un editorial titulado “Una victoria para la democracia rusa” (4 de julio de 1996). “Las fuerzas de la democracia y de la reforma han conseguido una victoria decisiva pero no definitiva”, consideraba entonces. “Por primera vez en la historia, una Rusia libre ha elegido libremente a su dirigente”.
En la actualidad, el diario neoyorquino se sitúa a la vanguardia de la preparación psicológica ante un conflicto contra Rusia. Contra semejante dinámica apenas se opone resistencia. En la derecha, mientras The Wall Street Journal reclamaba, el 3 de agosto, que Estados Unidos arma a Ucrania, el vicepresidente Mike Pence mencionaba en Estonia el “espectro de la agresión” rusa y, más tarde, animaba a Georgia a unirse a la OTAN, para finalmente alabar a Montenegro, que acaba de sumarse a la alianza militar. Lejos de preocuparse ante esta avalancha de gestos provocadores, los cuales coinciden con un aumento de la tensión entre las dos grandes potencias (sanciones comerciales contra Moscú, expulsión de diplomáticos estadounidenses por parte de Rusia), The New York Timesjuega con fuego. Alababa, el 2 de agosto, la “reafirmación del compromiso estadounidense de defender las naciones democráticas contra los países que las amenazarían”; a continuación lamentó que el sentimiento de Pence “no sea experimentado y celebrado igualmente por el hombre para el que trabaja en la Casa Blanca”. Pero a estas alturas poco importa, a decir verdad, lo que Trump siga sintiendo. El presidente de Estados Unidos ya no está en condiciones de imprimir su voluntad en este dosier. Tras haber constatado esta impotencia, Moscú extrae sus consecuencias.
En septiembre, maniobras militares rusas, sin precedentes desde la caída del muro, deberían movilizar a cerca de 100.000 soldados, marines y aviadores en las inmediaciones de Ucrania y los países bálticos. Lo que ofrecería material a The New York Times para un artículo en portada que recuerde la campaña de pánico que el periódico alimentó en 2002-2003 contra las supuestas “armas de destrucción masiva” de Irak. No faltaban ni el coronel estadounidense que anunciaba de manera sombría: “Cada mañana, cuando nos despertamos, sabemos quién es la amenaza”, ni el inventario del arsenal ruso, tanto más aterrador cuanto que se reforzaba con una disposición para las “campañas de desinformación”, ni la mención de vehículos de combate de la OTAN que, entre Alemania y Bulgaria, “se detienen para dejar que los niños suban a bordo”. Pero lo más delicioso en este modelo de periodismo (en el mismo barco que el Ejército) fue seguramente el momento en el que, para localizar los ejercicios de Moscú en su propio territorio y en Bielorrusia, The New York Times recurrió a la expresión “en la periferia de la OTAN” (13)...
De ahora en adelante, cualquier intento de apaciguamiento con Moscú que provenga de París o de Berlín será juzgado como “favorable a los Acuerdos de Múnich” por un establishment neoconservador que ha retomado el control en Washington y criticado con inmediatez por casi la totalidad de los medios de comunicación estadounidenses. Nos encontramos en un punto en el que, volcándose en el importante descenso de popularidad del presidente francés, The New York Times ha desenterrado una explicación que refleja a la perfección su obsesión: “La lujosa recepción de Donald Trump y de Vladímir Putin, ambos poco apreciados en Francia, sobre todo entre la izquierda, no le ha ayudado” (14).
¿Sabrán los Estados europeos frenar el engranaje militar que se dibuja? ¿Tienen la voluntad de hacerlo? En cualquier caso, la crisis coreana debería recordarles que Washington se muestra indiferente ante los platos rotos lejos de su territorio. El senador republicano Lindsey Graham, preocupado por otorgar credibilidad a la amenaza nuclear del presidente Trump en el Lejano Oriente, dejó caer el 1 de agosto que “si miles de personas mueren, morirán allí, no aquí”. Añadió que el presidente de Estados Unidos compartía su sentimiento: “Me lo ha dicho”.   
 http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=c0240cae-6c01-4aef-81e9-6e9d9a9869e2
(1) Véase Michael Klare, “La transformación de Donald Trump en jefe guerrero”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2017.
(2) Véase Benoît Bréville, “Estados Unidos está cansado del mundo”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2016.
(3) “Today”, NBC, 21 de abril de 2016.
(4) Peggy Noonan, “Simple patriotism trumps ideology”, The Wall Street Journal, Nueva York, 28 de abril de 2016.
(5) “The Obama Doctrine”, entrevista con Jeffrey Goldberg, The Atlantic, Boston, abril de 2016.
(6) Rueda de prensa del 16 de diciembre de 2016.
(7) Le Figaro, París, 31 de mayo de 2017.
(8) Michael Crowley, “GOP hawks declare war on Trump”, Politico, Arlington, 2 de marzo de 2016.
(9) Véase “El desconcierto de la ‘intelligentsia’ estadounidense”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2016.
(10) “Statement by former national security officials”, 8 de agosto de 2016, www.globalsecurity.org
(11) Fox News, 12 de enero de 2017. El día anterior, Greenwald había detallado sus declaraciones en “The deep state goes to war with president-elect, using unverified claims, as Democrats cheer”, The Intercept, 11 de enero de 2017.
(12) Véase “Marionetas rusas” y “El Estado profundo”, Le Monde diplomatique en español, enero y mayo de 2017.
(13) Eric Schmitt, “US troops train in Eastern Europe to echoes of the cold war”, The New York Times, 6 de agosto de 2017.
(14) Adam Nossiter, “Macron’s honeymoon comes to a halt”, The New York Times, 7 de agosto de 2017.

lunes, 3 de abril de 2017

Panorama antes de la batalla electoral en Francia ¿De nuevo la trampa del voto útil? - por Serge Halimi / Le Monde diplomatique

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Serge Halimi 
Director de 'Le Monde diplomatique'.
EDITORIAL EN DETALLE Nº: 258 Abril 2017 
Panorama antes de la batalla electoral en Francia 
¿De nuevo la trampa del voto útil? 
Por Serge Halimi 
Director de 'Le Monde diplomatique'.
Entramos en una era política en la que muchas frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar el cumplimiento de una eventualidad hasta ahora inconcebible. En esta primavera de 2017, las elecciones presidenciales francesas marcan así la primera vez que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: se plantea la hipótesis, aún muy improbable, de su victoria.
La primera vez que nadie defiende el balance de un quinquenio incluso aunque dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (Partido Socialista, PS) y Emmanuel Macron (En Marche!, ¡En Marcha!), participan en el escrutinio. Se trata también de la primera vez que los candidatos del PS y de la derecha, que han gobernado Francia de forma ininterrumpida desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.
También se buscarían, en vano, precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para fijar la atención más de 24 horas en una cuestión esencial. Y, ciertamente, no se encuentra ningún caso anterior de que se hayan emprendido medidas judiciales contra algún candidato importante al poder supremo por desvío de fondos públicos a pesar de haber proclamado, desde hace diez años, que Francia se encuentra en quiebra.
Con la renuncia del Presidente saliente a aspirar a un segundo mandato se corre el riesgo de disimular el punto de partida de todos estos desajustes. El quinquenio que finaliza ha visto como François Hollande se convertía en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio Presidente socialista admitió que ha “vivido cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba, en efecto, la presidencia de la República, el Gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.
De ese poder, Hollande hizo un uso tan discrecional como solitario. Fue él quien decidió instaurar el estado de excepción, involucró a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el asesinato de simples sospechosos a través de drones. También fue quien modificó el Código Laboral, obligando a su mayoría parlamentaria a realizar una reforma que se negaba a asumir (recurso al artículo 49-3 de la Constitución francesa) y para la cual ninguno de los dos había recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reestructuración del mapa de las regiones francesas, el cual fue reconfigurado por el Jefe de Estado desde su despacho del Palacio del Elíseo.
Todo esto plantea con agudeza la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon y Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise, Francia Insumisa) se han comprometido a poner en tela de juicio, pero a la que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se adaptan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce semejante concentración de poder en manos de una persona. Más allá del peligro, muy real, de que algún día un jefe de Estado menos benévolo que el que finaliza su mandato disponga de éste, las proclamaciones altisonantes sobre la democracia francesa, la República, chocan con una constatación que la presidencia de Hollande ha convertido en aplastante: el ejercicio en solitario del poder refuerza la facultad ilimitada de pisotear los compromisos de una campaña que, sin embargo, debería legitimar el mandato del pueblo soberano.
Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa, pero confirmó el cierre de los altos hornos de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo, pero renunció a ello desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de que acabara el año 2013, pero continuó aumentando tres años más. Sin embargo, si se ancló rápidamente en los espíritus cierta sensación de traición, se debe sin duda a una frase que marcó su campaña de 2012 y que todo el mundo ha vuelto a escuchar cien veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. Ahora bien, Hollande no tardó en elegir a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Palacio del Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.
El actual favor del que parece beneficiarse Macron entre la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que puede propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, incluso parricida, de este Presidente saliente con una impopularidad inigualada. “Emmanuel Macron soy yo –dejó escapar un día Hollande–, sabe lo que me debe”. En efecto, Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro se anda con rodeos. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de la izquierda que criticaba “el dinero” o “las finanzas”, pero eso corresponde a las convicciones que el segundo expresaba ya en 1985 en un libro, La gauche bouge (“La izquierda se mueve”), que también tenía como autores al actual Ministro de Defensa y al Secretario General del Elíseo (2).
En esta publicación ya se veía la idea apreciada por Macron, aunque en el caso de éste se haya enterrado bajo montones de palabras algodonosas y vacías, de una nueva alianza social entre las clases medias cultivadas y la patronal liberal, unidas por la voluntad conjunta de desplegarse en un mercado mundial. “Emprendimiento” en vez de “asistencia”, beneficios en vez de rentas, reformistas y modernistas contra extremistas y nostálgicos del pasado, rechazo de la añoranza “de los camelleros y los aguadores”: oír a Macron es como volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, y Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirle significaría involucrarse de forma aún más impudente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que atrajo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, precipitándolos al fondo del barranco en el que yacen en este momento.
“Mundialistas” y “partido de Bruselas” contra “patriotas”: Le Pen se alegraría de que el enfrentamiento se limitara a esta dialéctica. Parece que Richard Ferrand, diputado por el PS y pilar de la campaña de Macron, se anticipa a sus deseos: “Existen –considera–, por una parte, los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por la otra, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. Se trata, en ambos casos, de sumergir la cuestión de los intereses de clase alimentando, para unos, terrores “identitarios” y vituperando, para los otros, pulsiones “reaccionarias”.
Pero, aunque no les guste a todos los progresistas favorables al mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están bien situados socialmente. Los “trabajadores desplazados”, creados por una directiva bruselense de 1996 y cuyo número se ha decuplicado estos últimos diez años, son más a menudo obreros del sector de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de este dispositivo es también, y en primer lugar, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se limita al programa Erasmus y a la Oda a la Alegría.
Stephen Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió el partido que podía sacar la derecha nacionalista del desclasamiento social que acompaña casi siempre a las alabanzas de la aldea global. “El centro de aquello en lo que creemos –explica– es que somos una nación con una economía, y no una economía en cualquier mercado mundial con las fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están hartos de verse sometidos al partido de Davos. Los neoyorquinos se siente actualmente más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o de Colorado, y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictar a todos la forma según la cual será gobernado el mundo” (5). Si, en sus reuniones públicas salpicadas con banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación desde las empresas” y se compromete a suprimir las prestaciones por desempleo si se rechaza por segunda vez una “oferta de empleo decente” (6), ¿cómo distinguir sus proposiciones de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que forman el “partido de Davos”? Nos podemos hacer una idea de los daños democráticos que conllevarían un posible cara a cara entre éste y Le Pen, el mismo que los medios de comunicación se afanar por instaurar.
Desde hace más de veinte años, abogar por el “voto útil” remite a presentar a los dos partidos dominantes como murallas contra una extrema derecha cuyas decisiones sucesivas y concordantes han favorecido su ascenso. “Hoy en día –considera Hamon–, el proyecto de Emmanuel Macron es el estribo del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, el poder del FN ha reforzado el monopolio del poder de sus adversarios, incluyendo a los socialistas (8). En 1981, François Mitterrand preveía que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a establecer una alianza con ella, a riesgo de pasar a ser inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen se enfrentó a Jacques Chirac durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Desde entonces, la derecha sólo tiene que adelantar al PS en cualquier escrutinio, nacional o local, para convertirse rápidamente a ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, de la cultura, de la República.
Instituciones monárquicas que permiten cualquier artería, cualquier negación; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se adaptan a las primeras a la vez que se alimentan de la segunda; y luego está... Europa. La mayoría de las políticas económicas y financieras de Francia se ven estrechamente subordinadas a ésta, lo que no impide que la parte esencial de la campaña se desarrolle como si el próximo presidente fuera a poder actuar con toda libertad.
Una victoria de Le Pen podría firmar el fin de la Unión Europea –ha advertido: “No seré la vicecanciller de Merkel”–. No obstante, en el caso hipotético de que uno de los favoritos del escrutinio –y de Angela Merkel–, es decir Fillon o Macron, se instale en el Palacio del Elíseo, se aseguraría la continuidad con respecto a los presidentes a los que han servido respectivamente, se preservaría la coherencia con las orientaciones de la Comisión y se confirmarían la hegemonía alemana y el ordoliberalismo, actuando una como la puntillosa guardiana del otro. La cuestión se plantearía de otra forma en el caso de Hamon o de Mélenchon. Si se dejan a un lado las tentaciones federalistas del primero y su apoyo a la idea de un ámbito de la defensa europeo, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, hasta el punto de que sus dos candidaturas compiten entre ellas y hacen que ambos corran el riesgo de ser eliminados.
Con Hamon es difícil no experimentar una sensación de déjà-vu. El candidato socialista, que pretende conciliar su apego por la Unión Europea y su deseo de ver como ésta pone fin a la austeridad para implementar una política más favorable al empleo y al medio ambiente y menos despiadada con Estados como Grecia –aplastados por su nivel de endeudamiento–, debe persuadirse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluyendo en el marco de las instituciones actuales; es concebible “obtener resultados tangibles sin poner en su contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en la recuperación de la influencia por parte de la izquierda europea, alemana en particular.
Sin embargo, se trata exactamente de la hipótesis que ofreció Hollande hace cinco años. El 12 de marzo de 2012, comprometiéndose “solemnemente” ante sus compañeros europeos reunidos en París a “renegociar el tratado presupuestario” firmado por Merkel y Sarkozy, precisaba: “No estoy solo, ya que cuento con el movimiento progresista en Europa. No estaré solo, contaré con el voto del pueblo francés que me otorgará el mandato”.
Cécile Duflot, que se convirtió en su ministra de Vivienda, nos recuerda lo que sucedió después: “Todo el mundo esperaba que [Hollande] comenzara un pulso con Angela Merkel. (…) Finalmente íbamos a darle la espalda al Merkozy. (…) El italiano Mario Monti, aun siendo tan liberal y rígido como es, contaba con Francia para invertir la tendencia. El muy conservador Mariano Rajoy veía en la elección de François Hollande la posibilidad de disminuir la presión que pesaba sobre España. Por su parte, Grecia y Portugal estaban dispuestos a seguir a cualquier salvador para evitar la ruina” (10). Ya se sabe lo que ocurrió.
En el fondo, nada distinto de lo que ya se había producido quince años antes (11). Entonces, Hollande lideraba el PS, y Lionel Jospin, el Gobierno. Como preludio a la moneda única, se acababa de negociar un “pacto de estabilidad y de crecimiento” que preveía un conjunto de disciplinas presupuestarias, entre ellas sanciones en caso de déficits excesivos. Jospin, líder de la oposición, no dejó de denunciar en el pacto un “súper-Maastricht”, “absurdamente concedido a los alemanes”. Sin embargo, convertido en Primer Ministro en junio de 1997, aceptó todos sus términos en el Consejo Europeo de Ámsterdam unos días más tarde. A cambio de su consentimiento, afirmaba Pierre Moscovici –entonces ministro de Asuntos Europeos–, habría logrado obtener “la primera resolución del Consejo Europeo dedicada al crecimiento y al empleo”. Una resolución con un impacto fulminante como todo el mundo ha podido comprobar desde entonces.
Hamon y Mélenchon pretenden, por su parte, renegociar los tratados europeos. ¿Se dotan esta vez de los medios necesarios para ello? Hamon no cuestiona la independencia del Banco Central Europeo, pero espera “hacer que sus estatutos evolucionen”. Acepta la norma del 3% de déficit público, pero “desea políticas de reactivación” compatibles con sus ambiciones ecologistas. Propone “la constitución de una asamblea democrática de la zona euro”, pero precisa con rapidez: “Aceptaría que se discutiera al respecto, por supuesto. No iré a Berlín o a otra parte diciendo: ‘Es esto o nada’, no tiene sentido”.
Algunas de estas reformas exigen el acuerdo unánime de los miembros de la Unión Europea y ninguna de ellas puede valerse actualmente del aval de Berlín. Por lo tanto, Hamon pretende modificar la situación gracias a un “arco de alianza de las izquierdas europeas”. Y recusa el precedente, poco alentador, de 2012: “Creo que los alemanes son más abiertos hoy que cuando Hollande llegó al poder”. El temor a un desmembramiento de la Unión Europea, por un lado, y la perspectiva de una alternancia política en Alemania, por el otro, habrían barajado de nuevo las cartas a su favor. Pese a todo, admite: “Soy del partido de la esperanza”.
Por su parte, la esperanza de Mélenchon ha cambiado desde 2012. Puesto que “no es posible [implementar] ninguna política progresista” en una Unión Europea tal y como existe actualmente y a falta de una “salida concertada de los tratados europeos” o de su refundación (plan A), no excluye una “salida unilateral” (plan B). Como no cree demasiado en un ascenso en poco tiempo y simultáneo de las fuerzas de izquierdas, las cuales habrían tendido más bien a retroceder estos últimos años, Francia, la segunda potencia de la Unión Europea, se convierte a sus ojos en el “elemento clave de la batalla europea”. Jacques Généreux, coordinador de la redacción de su programa presidencial, resume así la ecuación: “La salida forzada de Francia significaría el fin del euro y el fin de la Unión Europea, así de simple. A nadie le interesa asumir ese riesgo. Y, sobre todo, tampoco a Alemania”. Por consiguiente, a la vez que se niega a plegarse a las normas europeas que someten sus prioridades económicas, “Francia, sin temor y si así lo quiere, puede permanecer en el euro tanto tiempo como desee” (12).
La Unión Europea se había vuelto indiferente con respecto a las decisiones democráticas de sus pueblos, segura de que las orientaciones fundamentales de los Estados miembros estaban bloqueadas por tratados. Desde la votación del brexit y la victoria de Trump, la política se toma la revancha. Una Unión Europea actualmente febril observa cada escrutinio nacional como si se jugara el pellejo en cada uno de ellos. Ni siquiera la victoria de uno de los candidatos franceses a los que ha respaldado la tranquilizaría durante mucho tiempo.
Entramos en una era política en la que muchas frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar el cumplimiento de una eventualidad hasta ahora inconcebible. En esta primavera de 2017, las elecciones presidenciales francesas marcan así la primera vez que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: se plantea la hipótesis, aún muy improbable, de su victoria.
La primera vez que nadie defiende el balance de un quinquenio incluso aunque dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (Partido Socialista, PS) y Emmanuel Macron (En Marche!, ¡En Marcha!), participan en el escrutinio. Se trata también de la primera vez que los candidatos del PS y de la derecha, que han gobernado Francia de forma ininterrumpida desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.
También se buscarían, en vano, precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para fijar la atención más de 24 horas en una cuestión esencial. Y, ciertamente, no se encuentra ningún caso anterior de que se hayan emprendido medidas judiciales contra algún candidato importante al poder supremo por desvío de fondos públicos a pesar de haber proclamado, desde hace diez años, que Francia se encuentra en quiebra.
Con la renuncia del Presidente saliente a aspirar a un segundo mandato se corre el riesgo de disimular el punto de partida de todos estos desajustes. El quinquenio que finaliza ha visto como François Hollande se convertía en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio Presidente socialista admitió que ha “vivido cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba, en efecto, la presidencia de la República, el Gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.
De ese poder, Hollande hizo un uso tan discrecional como solitario. Fue él quien decidió instaurar el estado de excepción, involucró a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el asesinato de simples sospechosos a través de drones. También fue quien modificó el Código Laboral, obligando a su mayoría parlamentaria a realizar una reforma que se negaba a asumir (recurso al artículo 49-3 de la Constitución francesa) y para la cual ninguno de los dos había recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reestructuración del mapa de las regiones francesas, el cual fue reconfigurado por el Jefe de Estado desde su despacho del Palacio del Elíseo.
Todo esto plantea con agudeza la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon y Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise, Francia Insumisa) se han comprometido a poner en tela de juicio, pero a la que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se adaptan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce semejante concentración de poder en manos de una persona. Más allá del peligro, muy real, de que algún día un jefe de Estado menos benévolo que el que finaliza su mandato disponga de éste, las proclamaciones altisonantes sobre la democracia francesa, la República, chocan con una constatación que la presidencia de Hollande ha convertido en aplastante: el ejercicio en solitario del poder refuerza la facultad ilimitada de pisotear los compromisos de una campaña que, sin embargo, debería legitimar el mandato del pueblo soberano.
Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa, pero confirmó el cierre de los altos hornos de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo, pero renunció a ello desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de que acabara el año 2013, pero continuó aumentando tres años más. Sin embargo, si se ancló rápidamente en los espíritus cierta sensación de traición, se debe sin duda a una frase que marcó su campaña de 2012 y que todo el mundo ha vuelto a escuchar cien veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. Ahora bien, Hollande no tardó en elegir a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Palacio del Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.
El actual favor del que parece beneficiarse Macron entre la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que puede propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, incluso parricida, de este Presidente saliente con una impopularidad inigualada. “Emmanuel Macron soy yo –dejó escapar un día Hollande–, sabe lo que me debe”. En efecto, Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro se anda con rodeos. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de la izquierda que criticaba “el dinero” o “las finanzas”, pero eso corresponde a las convicciones que el segundo expresaba ya en 1985 en un libro, La gauche bouge (“La izquierda se mueve”), que también tenía como autores al actual Ministro de Defensa y al Secretario General del Elíseo (2).
En esta publicación ya se veía la idea apreciada por Macron, aunque en el caso de éste se haya enterrado bajo montones de palabras algodonosas y vacías, de una nueva alianza social entre las clases medias cultivadas y la patronal liberal, unidas por la voluntad conjunta de desplegarse en un mercado mundial. “Emprendimiento” en vez de “asistencia”, beneficios en vez de rentas, reformistas y modernistas contra extremistas y nostálgicos del pasado, rechazo de la añoranza “de los camelleros y los aguadores”: oír a Macron es como volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, y Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirle significaría involucrarse de forma aún más impudente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que atrajo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, precipitándolos al fondo del barranco en el que yacen en este momento.
“Mundialistas” y “partido de Bruselas” contra “patriotas”: Le Pen se alegraría de que el enfrentamiento se limitara a esta dialéctica. Parece que Richard Ferrand, diputado por el PS y pilar de la campaña de Macron, se anticipa a sus deseos: “Existen –considera–, por una parte, los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por la otra, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. Se trata, en ambos casos, de sumergir la cuestión de los intereses de clase alimentando, para unos, terrores “identitarios” y vituperando, para los otros, pulsiones “reaccionarias”.
Pero, aunque no les guste a todos los progresistas favorables al mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están bien situados socialmente. Los “trabajadores desplazados”, creados por una directiva bruselense de 1996 y cuyo número se ha decuplicado estos últimos diez años, son más a menudo obreros del sector de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de este dispositivo es también, y en primer lugar, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se limita al programa Erasmus y a la Oda a la Alegría.
Stephen Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió el partido que podía sacar la derecha nacionalista del desclasamiento social que acompaña casi siempre a las alabanzas de la aldea global. “El centro de aquello en lo que creemos –explica– es que somos una nación con una economía, y no una economía en cualquier mercado mundial con las fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están hartos de verse sometidos al partido de Davos. Los neoyorquinos se siente actualmente más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o de Colorado, y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictar a todos la forma según la cual será gobernado el mundo” (5). Si, en sus reuniones públicas salpicadas con banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación desde las empresas” y se compromete a suprimir las prestaciones por desempleo si se rechaza por segunda vez una “oferta de empleo decente” (6), ¿cómo distinguir sus proposiciones de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que forman el “partido de Davos”? Nos podemos hacer una idea de los daños democráticos que conllevarían un posible cara a cara entre éste y Le Pen, el mismo que los medios de comunicación se afanar por instaurar.
Desde hace más de veinte años, abogar por el “voto útil” remite a presentar a los dos partidos dominantes como murallas contra una extrema derecha cuyas decisiones sucesivas y concordantes han favorecido su ascenso. “Hoy en día –considera Hamon–, el proyecto de Emmanuel Macron es el estribo del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, el poder del FN ha reforzado el monopolio del poder de sus adversarios, incluyendo a los socialistas (8). En 1981, François Mitterrand preveía que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a establecer una alianza con ella, a riesgo de pasar a ser inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen se enfrentó a Jacques Chirac durante la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Desde entonces, la derecha sólo tiene que adelantar al PS en cualquier escrutinio, nacional o local, para convertirse rápidamente a ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, de la cultura, de la República.
Instituciones monárquicas que permiten cualquier artería, cualquier negación; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se adaptan a las primeras a la vez que se alimentan de la segunda; y luego está... Europa. La mayoría de las políticas económicas y financieras de Francia se ven estrechamente subordinadas a ésta, lo que no impide que la parte esencial de la campaña se desarrolle como si el próximo presidente fuera a poder actuar con toda libertad.
Una victoria de Le Pen podría firmar el fin de la Unión Europea –ha advertido: “No seré la vicecanciller de Merkel”–. No obstante, en el caso hipotético de que uno de los favoritos del escrutinio –y de Angela Merkel–, es decir Fillon o Macron, se instale en el Palacio del Elíseo, se aseguraría la continuidad con respecto a los presidentes a los que han servido respectivamente, se preservaría la coherencia con las orientaciones de la Comisión y se confirmarían la hegemonía alemana y el ordoliberalismo, actuando una como la puntillosa guardiana del otro. La cuestión se plantearía de otra forma en el caso de Hamon o de Mélenchon. Si se dejan a un lado las tentaciones federalistas del primero y su apoyo a la idea de un ámbito de la defensa europeo, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, hasta el punto de que sus dos candidaturas compiten entre ellas y hacen que ambos corran el riesgo de ser eliminados.
Con Hamon es difícil no experimentar una sensación de déjà-vu. El candidato socialista, que pretende conciliar su apego por la Unión Europea y su deseo de ver como ésta pone fin a la austeridad para implementar una política más favorable al empleo y al medio ambiente y menos despiadada con Estados como Grecia –aplastados por su nivel de endeudamiento–, debe persuadirse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluyendo en el marco de las instituciones actuales; es concebible “obtener resultados tangibles sin poner en su contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en la recuperación de la influencia por parte de la izquierda europea, alemana en particular.
Sin embargo, se trata exactamente de la hipótesis que ofreció Hollande hace cinco años. El 12 de marzo de 2012, comprometiéndose “solemnemente” ante sus compañeros europeos reunidos en París a “renegociar el tratado presupuestario” firmado por Merkel y Sarkozy, precisaba: “No estoy solo, ya que cuento con el movimiento progresista en Europa. No estaré solo, contaré con el voto del pueblo francés que me otorgará el mandato”.
Cécile Duflot, que se convirtió en su ministra de Vivienda, nos recuerda lo que sucedió después: “Todo el mundo esperaba que [Hollande] comenzara un pulso con Angela Merkel. (…) Finalmente íbamos a darle la espalda al Merkozy. (…) El italiano Mario Monti, aun siendo tan liberal y rígido como es, contaba con Francia para invertir la tendencia. El muy conservador Mariano Rajoy veía en la elección de François Hollande la posibilidad de disminuir la presión que pesaba sobre España. Por su parte, Grecia y Portugal estaban dispuestos a seguir a cualquier salvador para evitar la ruina” (10). Ya se sabe lo que ocurrió.
En el fondo, nada distinto de lo que ya se había producido quince años antes (11). Entonces, Hollande lideraba el PS, y Lionel Jospin, el Gobierno. Como preludio a la moneda única, se acababa de negociar un “pacto de estabilidad y de crecimiento” que preveía un conjunto de disciplinas presupuestarias, entre ellas sanciones en caso de déficits excesivos. Jospin, líder de la oposición, no dejó de denunciar en el pacto un “súper-Maastricht”, “absurdamente concedido a los alemanes”. Sin embargo, convertido en Primer Ministro en junio de 1997, aceptó todos sus términos en el Consejo Europeo de Ámsterdam unos días más tarde. A cambio de su consentimiento, afirmaba Pierre Moscovici –entonces ministro de Asuntos Europeos–, habría logrado obtener “la primera resolución del Consejo Europeo dedicada al crecimiento y al empleo”. Una resolución con un impacto fulminante como todo el mundo ha podido comprobar desde entonces.
Hamon y Mélenchon pretenden, por su parte, renegociar los tratados europeos. ¿Se dotan esta vez de los medios necesarios para ello? Hamon no cuestiona la independencia del Banco Central Europeo, pero espera “hacer que sus estatutos evolucionen”. Acepta la norma del 3% de déficit público, pero “desea políticas de reactivación” compatibles con sus ambiciones ecologistas. Propone “la constitución de una asamblea democrática de la zona euro”, pero precisa con rapidez: “Aceptaría que se discutiera al respecto, por supuesto. No iré a Berlín o a otra parte diciendo: ‘Es esto o nada’, no tiene sentido”.
Algunas de estas reformas exigen el acuerdo unánime de los miembros de la Unión Europea y ninguna de ellas puede valerse actualmente del aval de Berlín. Por lo tanto, Hamon pretende modificar la situación gracias a un “arco de alianza de las izquierdas europeas”. Y recusa el precedente, poco alentador, de 2012: “Creo que los alemanes son más abiertos hoy que cuando Hollande llegó al poder”. El temor a un desmembramiento de la Unión Europea, por un lado, y la perspectiva de una alternancia política en Alemania, por el otro, habrían barajado de nuevo las cartas a su favor. Pese a todo, admite: “Soy del partido de la esperanza”.
Por su parte, la esperanza de Mélenchon ha cambiado desde 2012. Puesto que “no es posible [implementar] ninguna política progresista” en una Unión Europea tal y como existe actualmente y a falta de una “salida concertada de los tratados europeos” o de su refundación (plan A), no excluye una “salida unilateral” (plan B). Como no cree demasiado en un ascenso en poco tiempo y simultáneo de las fuerzas de izquierdas, las cuales habrían tendido más bien a retroceder estos últimos años, Francia, la segunda potencia de la Unión Europea, se convierte a sus ojos en el “elemento clave de la batalla europea”. Jacques Généreux, coordinador de la redacción de su programa presidencial, resume así la ecuación: “La salida forzada de Francia significaría el fin del euro y el fin de la Unión Europea, así de simple. A nadie le interesa asumir ese riesgo. Y, sobre todo, tampoco a Alemania”. Por consiguiente, a la vez que se niega a plegarse a las normas europeas que someten sus prioridades económicas, “Francia, sin temor y si así lo quiere, puede permanecer en el euro tanto tiempo como desee” (12).
La Unión Europea se había vuelto indiferente con respecto a las decisiones democráticas de sus pueblos, segura de que las orientaciones fundamentales de los Estados miembros estaban bloqueadas por tratados. Desde la votación del brexit y la victoria de Trump, la política se toma la revancha. Una Unión Europea actualmente febril observa cada escrutinio nacional como si se jugara el pellejo en cada uno de ellos. Ni siquiera la victoria de uno de los candidatos franceses a los que ha respaldado la tranquilizaría durante mucho tiempo.    
 http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=9b0318a5-8fae-4595-b441-2ad572e91096


(1) Gérard Davet y Fabrice Lhomme, “Un président ne devrait pas dire ça...”. Les secrets d’un quinquennat, Stock, París, 2016.
(2) Un colectivo oculto detrás del pseudónimo de Jean-François Trans. Pierre Rimbert, “¿En círculos o en línea recta?”, Le Monde diplomatique en español, septiembre de 2014.
(3) Cf. Le Grand Bond en arrière. Comment l’ordre libéral s’est imposé au monde, Agone, Marsella, 2012.
(4) Le Journal du dimanche, París, 12 de marzo de 2017.
(5) Citado por William Galston, “Steve Bannon and the ‘Global Tea Party’”, The Wall Street Journal, Nueva York, 1 de marzo de 2017.
(6) Es decir, por un salario que no sería “inferior en más del 20%-25%” con respecto a su antiguo puesto.
(7) France 2, 9 de marzo de 2017.
(8) Véase “El Frente Nacional bloquea el orden social en Francia”, Le Monde diplomatique en español, enero de 2016.
(9) Cf. Emmanuel Faux, Thomas Legrand y Gilles Perez, La Main droite de Dieu. Enquête sur François Mitterrand et l’extrême droite, Seuil, París, 1994.
(10) Cécile Duflot, De l’intérieur. Voyage au pays de la désillusion, Fayard, París, 2014.
(11) Véase “La izquierda renuncia al nombre de Europa” y “Audacia o atascadero”, Le Monde diplomatique en español, respectivamente junio de 2005 y abril de 2012.
(12) Jacques Généreux, Les Bonnes Raisons de voter Mélenchon, Les Liens qui libèrent, París, 2017.
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