9 de abril de 2026
Buenos días.
La guerra en Oriente Medio, ahora en pausa, vuelve a poner a prueba la resiliencia de la economía mundial. El conflicto ha causado un enorme sufrimiento y graves consecuencias en todo el mundo. Mi corazón está con todos los afectados por esta guerra y por todas las guerras.
Cuando la próxima semana recibamos en nuestras Reuniones de Primavera a ministros y gobernadores de bancos centrales, nuestra atención se centrará en cómo afrontar de la mejor forma este último shock y mitigar el sufrimiento en las economías y sus poblaciones.
Para ello necesitamos comprender la naturaleza del shock, los canales a través de los cuales afecta a la economía, la magnitud de su impacto y las políticas que pueden mitigarlo.
Así pues, ¿de qué tipo de shock se trata? De un shock de oferta
- de gran magnitud: el flujo mundial diario de petróleo se ha reducido en un 13% y el de gas natural licuado en un 20%;
- de alcance mundial: ahora todos pagamos más por la energía y se están produciendo perturbaciones en las cadenas de suministro en todo el mundo;
- y asimétrico: su impacto depende de la proximidad al conflicto, de si se es exportador o importador de energía y del margen de maniobra de las políticas.
Como siempre, un shock de oferta negativo provoca aumentos de precios. A modo de referencia, el barril de Brent ha subido de los USD 72 en vísperas de las hostilidades a un máximo de USD 120. Afortunadamente, los precios del petróleo han bajado, pero siguen siendo mucho más altos que antes de la guerra, y muchos países están pagando elevados sobreprecios por acceder a suministros esenciales.
Piensen por un momento en los Estados insulares del Pacífico, situados al final de una larga cadena de suministro, que se preguntan si les seguirá llegando combustible tras esta grave disrupción.
Las interrupciones en el suministro han tenido, y continuarán teniendo durante algún tiempo, efectos dominó, tales como:
las paralizaciones en las refinerías de petróleo, dada la necesidad de mantener un flujo mínimo continuo; en muchos puntos del mundo se han encendido ya las alarmas;

la escasez de productos refinados como el diésel y el combustible de aviación, que ha trastocado el transporte, el comercio exterior y el turismo, en un mundo más interconectado que nunca;

- la inseguridad alimentaria de 45 millones de personas más debido a los problemas en el transporte —elevando el número total de personas que padecen hambre a más de 360 millones—, y este problema podría agravarse con el tiempo debido al aumento de los precios de los fertilizantes;
- y los trastornos en las cadenas de suministro dada la dependencia de la industria de determinados insumos, como el azufre, el helio para la fabricación de chips de silicio y para resonancias magnéticas, y la nafta para la producción de plásticos.
La segunda pregunta es: ¿cómo puede evolucionar este shock? A través de tres canales principales:
- En primer lugar, el impacto sobre los precios y la escasez de oferta. El aumento del precio de insumos esenciales repercute en muchos bienes de consumo, lo que eleva la inflación. Esto, sumado a la escasez, reduce la demanda de forma drástica.
- El segundo canal son las expectativas inflacionarias. La situación puede desanclar las expectativas y desencadenar un costoso proceso inflacionario. Esta es la distribución de las previsiones de inflación a corto plazo para Estados Unidos; vean que la curva se ha desplazado hacia la derecha, lo que indica unas expectativas inflacionarias más elevadas a corto plazo. Y aquí vemos la curva para la zona del euro; también se desplaza hacia la derecha y se amplía, lo que indica una mayor incertidumbre. Afortunadamente, las expectativas a largo plazo no han cambiado, y eso es muy bueno y muy importante.

El tercer canal son las condiciones financieras, que, partiendo de un nivel muy favorable, se han endurecido de forma ordenada. Los diferenciales de los bonos de los mercados emergentes han aumentado considerablemente, los precios de las acciones se han ajustado y el dólar se ha apreciado. Y ahora se observa una cierta relajación.

En realidad, ya hemos pasado por una situación así antes, en la década de 1970 y en esta misma década. Sabemos que, con el tiempo, una parte importante del shock se disipará y nos dejará en un nuevo equilibrio. La oferta se recupera y la demanda se ajusta, se pone en marcha nueva capacidad y la eficiencia energética aumenta.
Como prueba, observen que el mundo ha ido reduciendo progresivamente su intensidad energética desde la década de 1980, lo que amortigua el shock. La proporción de energía renovable ha aumentado, pero el petróleo sigue siendo el combustible principal.

Mientras el mundo reacciona, es importante que mantengamos nuestro objetivo colectivo de eficiencia energética y diversificación energética. Si bien cada país sigue un camino distinto hacia la seguridad energética, todos deben tratar de alcanzarla.
Pasaré a la tercera cuestión: ¿cuál es la magnitud del impacto sobre el crecimiento?
La respuesta depende en gran medida de si el alto el fuego se mantiene y conduce a una paz duradera, y de la magnitud de los daños que la guerra deje a su paso.
Dada la incertidumbre, en nuestras Perspectivas de la economía mundial, que se publicarán la próxima semana, se presentarán diversos escenarios, que van desde una normalización relativamente rápida, pasando por un escenario intermedio, hasta uno en el que los precios del petróleo y el gas se mantienen mucho más altos durante mucho más tiempo y se producen efectos de segunda ronda.
Todos estos escenarios parten de una situación en la que la fuerte inversión en inteligencia artificial y tecnología, unas condiciones financieras favorables y otros factores dieron un impulso considerable a la economía mundial.
De hecho, de no haber sido por este shock, habríamos mejorado las previsiones de crecimiento mundial.
Pero ahora, incluso nuestro escenario más esperanzador implica una rebaja del crecimiento. ¿Por qué? Debido a los importantes daños en las infraestructuras, los trastornos en las cadenas de suministro, la pérdida de confianza y otras secuelas a largo plazo.
Tomemos como ejemplo el complejo de Ras Laffan de Qatar, un caso de enorme importancia de inversión estratégica bien gestionada. Este complejo produce el 93% del gas natural licuado del Golfo, el 80% del cual se destina a Asia y el Pacífico, una región que actualmente sufre una grave escasez de combustible. Este complejo ha estado prácticamente cerrado desde el 2 de marzo, sufrió un ataque el 19 de marzo y podría tardar entre 3 y 5 años en recuperar toda su capacidad.

Incluso en el mejor de los casos, no habrá un retorno sencillo y limpio a la situación anterior.
Otro dato relevante: obsérvese que el tránsito de buques a través del estrecho de Bab el-Mandeb, en el mar Rojo, no se ha recuperado del todo de las devastadoras perturbaciones registradas en la zona, y sigue estancado en aproximadamente la mitad de su nivel de 2023.

Así pues, la realidad es que no sabemos realmente qué deparará el futuro para el tránsito en el estrecho de Ormuz ni tampoco para la recuperación del tráfico aéreo regional.
Lo que sí sabemos es que el crecimiento será más lento, incluso si la nueva paz resulta ser duradera.
Y también sabemos que hay diferencias significativas entre países. Los países que pueden exportar petróleo y gas sin obstáculos son los menos afectados. Por el contrario, los países directamente afectados por la guerra —entre ellos los exportadores de petróleo y gas que han sufrido el bloqueo— y los países que dependen de las importaciones de petróleo y gas siguen siendo los más afectados por el impacto.
La gravedad de este impacto dependerá, en gran medida, del margen de maniobra de las políticas con el que cuenten los países, que incluye las reservas de gas y petróleo, dada la interrupción del tráfico de buques cisterna procedentes del Golfo que hemos visto durante cinco semanas.
Les mostraré algunos gráficos importantes para ilustrar tres puntos de diferenciación:
En primer lugar, dividamos el mundo en importadores de petróleo, a la izquierda, y exportadores de petróleo, a la derecha. Como muestra la acumulación de puntos a la izquierda, más del 80% de los países son importadores netos de petróleo.

- En segundo lugar, veamos los países directamente afectados por esta guerra. Obsérvese cómo los impactos han recaído de manera desproporcionada sobre los principales países exportadores de petróleo, aunque los puntos rojos de la izquierda nos recuerdan que las consecuencias de la guerra también se sienten en las economías regionales no petroleras.
En tercer lugar, añadamos una escala vertical con las calificaciones crediticias de la deuda soberana de los países, como indicador aproximado del margen de maniobra de las políticas. En la parte inferior izquierda se encuentran los países importadores de petróleo vulnerables. Pintemos de amarillo los países de África subsahariana y de naranja los pequeños Estados insulares. Vean que estos dos grupos de países prácticamente llenan ese cuadrante de vulnerabilidad; en ellos centraremos nuestra atención la próxima semana.

Y, sin embargo, al ser el petróleo un producto básico de carácter global, incluso los países exportadores de petróleo situados lejos de la región afectada y que se benefician de una mejora de los términos de intercambio han notado los efectos del encarecimiento del petróleo.
Pasaré a la última pregunta: ¿qué deben hacer los países?
Una advertencia previa: al tratarse de un shock negativo de oferta clásico, el ajuste de la demanda es inevitable.
Las autoridades pueden ayudar de muchas maneras y, desde luego, deben tener cuidado de no empeorar las cosas. Por ello, hago un llamamiento a todos los países para que rechacen las medidas unilaterales —controles a la exportación, controles de precios, etc.— que puedan deteriorar aún más la situación global en su conjunto: no hay que echar leña al fuego.
Además, al igual que en shocks anteriores, la vigilancia y la agilidad son fundamentales. El reto consistirá en detectar si la evolución de las condiciones nos lleva de un escenario mundial a otro, y cuándo sucederá:
- Por el momento, conviene esperar y observar: que los bancos centrales subrayen su compromiso con la estabilidad de precios, pero, por lo demás, que permanezcan a la espera, con una mayor predisposición a actuar si se pone en duda su credibilidad. Las autoridades fiscales deben proporcionar ayudas selectivas y temporales a los colectivos vulnerables, en consonancia con sus marcos fiscales a mediano plazo.
- Después, si las expectativas de inflación amenazan con desanclarse y desencadenar una costosa espiral inflacionaria, los bancos centrales deberán intervenir con firmeza mediante subidas de tasas de interés. Las medidas de apoyo fiscal deben seguir siendo selectivas y de carácter temporal. Las subidas de tasas, por supuesto, frenarían aún más el crecimiento; así es como funcionan.
- Por último, si al shock de oferta se le suma un shock negativo de demanda debido a un endurecimiento severo de las condiciones financieras, la política monetaria volverá a encontrarse en una delicada búsqueda de equilibrio, mientras que la política fiscal —siempre y cuando exista margen de maniobra fiscal— pasará a aplicar medidas de apoyo a la demanda bien calibradas.
Echemos un vistazo rápido a lo que realmente está sucediendo.
En el ámbito de la política monetaria, los mercados han estado esperando que los principales bancos centrales adoptaran una postura más restrictiva. Aquí vemos cuatro trayectorias de tasas de política monetaria implícitas del mercado, todas ellas con una tendencia al alza.

En el ámbito de la política energética, observamos que muchos países están aplicando medidas de ahorro de emergencia, que van desde campañas generales hasta la promoción del teletrabajo y las restricciones al uso de vehículos privados. Estas y otras medidas están bien documentadas en el observatorio de políticas de energía de la Agencia Internacional de la Energía AIE, cuyo resumen se presenta aquí.

Debo añadir que este intercambio de información muestra la razón por la que hemos aunado esfuerzos con la AIE y el Banco Mundial para crear un grupo de coordinación en el que el FMI asumirá el liderazgo en materia macroeconómica.
Y, por último, volviendo a la política fiscal, vemos que la mayoría de los países han mantenido una línea de actuación adecuada, evitando recortes fiscales no selectivos, subsidios a la energía y medidas basadas en los precios, si bien algunos han optado por ofrecer ayudas de carácter general. Una vez más, vemos aquí el resumen de la AIE.
Mencionaremos que las medidas que amortiguan la señal de precios también frenan la respuesta necesaria de la demanda, lo que se traduce en precios mundiales de la energía más altos. Además, trabajaremos con los países para que el apoyo fiscal llegue a quienes más lo necesitan y para garantizar que las medidas temporales sean realmente temporales y se retiren en el momento oportuno.
Al hacerlo, también insistiremos en la importancia de que las políticas fiscales y monetarias no actúen en sentidos opuestos.
El mundo ya ha sido testigo de un aumento de las curvas de rendimientos de referencia, lo que ha provocado un incremento del costo de la deuda. Si a esta combinación se le sumara en este momento un plan de estímulo financiado mediante déficit presupuestario, aumentaría la carga sobre la política monetaria y amplificaría dichos movimientos. Sería como conducir con un pie en el acelerador y otro en el freno: nada recomendable.

Como destacaremos en el próximo Monitor Fiscal, el mundo tiene un problema de margen de maniobra fiscal. La deuda pública es, en general, mucho mayor que hace veinte años, también en la mayoría de los países del G20, lo que indica una negligencia generalizada en materia de consolidación fiscal en los períodos en que las condiciones lo permitían.

En consecuencia, los pagos por concepto de intereses están aumentando como porcentaje de los ingresos en todos los niveles de renta. La conclusión es clara: todos los países deben utilizar sus limitados recursos fiscales de forma responsable, y la mayoría debe actuar con determinación para recomponer el margen de maniobra fiscal tras este shock. No puedo insistir lo suficiente en esto.

Ahora pasaré a las políticas del sector financiero. Como se señalará en nuestro Informe sobre la estabilidad financiera mundial, es fundamental que los organismos reguladores y supervisores se mantengan alerta, sean ágiles y respondan con rapidez a una situación cambiante.
Durante algún tiempo, las condiciones financieras han sido muy acomodaticias, impulsadas por el optimismo tecnológico y los nuevos intermediarios financieros, muchos de ellos no bancarios. Si bien esto ha impulsado el crecimiento, también genera riesgos de un cambio de tendencia. Si los inversionistas empiezan a preocuparse por que la inseguridad energética frene el crecimiento de la IA, por ejemplo, dadas sus enormes necesidades energéticas, podríamos encontrarnos en un aprieto.
Las políticas micro y macroprudenciales deben contribuir a reducir los riesgos para la estabilidad financiera y garantizar un sistema resiliente.
Con esto, quiero destacar la lección más importante de todas: las buenas políticas marcan la diferencia. Hay fuerzas que los países no pueden controlar, pero sí tienen autoridad sobre sus propias políticas e instituciones.
Presten atención: la solidez y flexibilidad de sus fundamentos económicos constituyen su mejor defensa ante los shocks, que sin duda se presentarán.
Y, al afrontar la prolongada estela del shock actual, no se debe perder de vista la necesidad de encauzar las grandes transformaciones globales en tecnología, la evolución demográfica, la geopolítica, el comercio y el clima para construir un futuro mejor. Sus decisiones en materia de política estructural y regulatoria sustentan la productividad y el crecimiento a largo plazo, y el potencial de crecimiento es importantísimo para la estabilidad.
Para nosotros, en el FMI, ayudarles a crear políticas e instituciones sólidas es nuestra razón de ser. Y, como un cuerpo de bomberos, aquí nos tienen cuando estalla una crisis.
Una vez más, pongamos el foco en los países importadores de petróleo más vulnerables del mundo, aquellos con calificaciones de grado especulativo, y marquemos en azul todos los países que cuentan con programas respaldados por el FMI. Podemos ampliar estos programas si es necesario y, pueden estar seguros, se avecinan más programas.

Dadas las repercusiones de la guerra en Oriente Medio, prevemos que la demanda a corto plazo de ayuda del FMI para la balanza de pagos aumente en entre USD 20.000 millones y USD 50.000 millones, prevaleciendo el límite inferior si se mantiene el alto el fuego.
Aquí hay dos puntos dignos de mención. En primer lugar, este rango sería mucho mayor si no fuera por la solidez de las políticas adoptadas a lo largo de las últimas décadas en muchas economías de mercados emergentes, incluidas algunas de las más grandes. Y, en segundo lugar, contamos con los recursos necesarios para hacer frente a este shock.
Por lo tanto, sí: nuestros 191 países miembros pueden contar con nuestro apoyo financiero en caso de que lo necesiten. Y pueden contar con nosotros para unir esfuerzos y encontrar un camino a seguir en medio de la incertidumbre. De eso trataremos la próxima semana.
Gracias, y esperemos que la paz en Oriente Medio y en todo el mundo sea duradera, pues la guerra nos arrebata todo aquello por lo que trabajamos.
Discursos





