Los primeros 100 días de una gestión pública suelen ser un termómetro: no definen el total de una administración, pero sí revelan su brújula. En el caso de la Dirección General de Aduanas (DGA), el balance inicial bajo el liderazgo de Nelson Arroyo proyecta una intención clara: convertir a la Aduana en un órgano más ágil, más predecible y más alineado con el comercio global, sin ceder un milímetro en control, recaudación ni seguridad de la cadena logística. Esa combinación —facilitación con firmeza— es justamente la que distingue a las aduanas modernas en un mundo donde el tiempo es costo y la trazabilidad es confianza.
El dato más visible y, a la vez, más exigente para cualquier administración aduanera es la recaudación. La DGA reporta que, en el primer trimestre de 2026, se logró la mayor recaudación histórica para ese período, y que marzo se convirtió en el mes de mayor recaudación en comparación con años anteriores dentro de ese mismo marco temporal. Cuando el desempeño fiscal se acompaña de estrategias focalizadas en sectores clave, el mensaje institucional va más allá de “cobrar más”: implica mejorar la capacidad del Estado para sostener servicios, invertir y planificar; y, simultáneamente, elevar la credibilidad del sistema ante los actores económicos que requieren reglas claras, procesos eficientes y previsibilidad operativa.
Pero medir la efectividad aduanera solo por recaudación sería incompleto. La Aduana contemporánea es, por definición, un punto de equilibrio entre facilitar comercio y proteger fronteras. En ese sentido, el componente de control y cumplimiento también se vuelve central. Las cifras divulgadas sobre incautaciones de divisas en frontera —US$725,895, €21,450 y RD$35,000, equivalentes a aproximadamente RD$46,425,774.54 a la tasa actual— no son únicamente un registro contable: son una señal de que el control fronterizo está operando, de que se persiguen flujos ilícitos y de que la seguridad económica también se defiende con procedimientos, inteligencia y coordinación interinstitucional.
El propio Nelson Arroyo ha definido el reto con una formulación que, en términos de gestión pública, es correcta y ambiciosa: una DGA “ágil, predecible y alineada con las dinámicas del comercio global”. En otras palabras, una institución capaz de acelerar el tránsito legítimo de mercancías, reducir fricciones y costos logísticos, y a la vez sostener un estándar alto de fiscalización y seguridad. Ese enfoque se complementa con un punto clave: la articulación efectiva con puertos, aeropuertos, zonas francas y demás actores del sistema logístico. Porque una Aduana eficiente no se construye solo puertas adentro; se construye como red, como sistema y como plataforma.
Aquí aparece un concepto que el país debe internalizar con más fuerza: la Aduana no es simplemente un órgano recaudador; es un socio estratégico del desarrollo productivo. Esto es particularmente relevante en el contexto del nearshoring, donde las empresas buscan relocalizar o acercar cadenas de suministro a mercados de destino, priorizando estabilidad, rapidez y certidumbre. República Dominicana tiene ventajas comparativas —ubicación, conectividad, zonas francas, experiencia exportadora—, pero esas ventajas se convierten en ventajas competitivas cuando los procesos aduaneros acompañan el ritmo del mercado. Una traba documental puede costar un contrato; una demora de horas puede romper una cadena de frío; una imprevisibilidad operativa puede desincentivar inversión. Por eso, cuando la DGA se declara aliada de la atracción de inversión, está asumiendo un rol acorde con las exigencias del comercio internacional.
La modernización real, sin embargo, no vive solo en el discurso; vive en el músculo institucional. En este punto, la decisión de priorizar el capital humano es, probablemente, una de las apuestas más determinantes de estos primeros 100 días. El reporte de más de 1,800 colaboradores capacitados en el primer trimestre sugiere una estrategia que entiende una verdad simple: no hay transformación sostenible sin servidores públicos entrenados, motivados y orgullosos de su misión. Capacitar no es “gastar”, es blindar la institución con competencias técnicas, criterios unificados y cultura de servicio. Y en una entidad como Aduanas, donde la complejidad operativa es alta, la formación continua se traduce en mejores decisiones, menor discrecionalidad y mayor coherencia en la aplicación de normas.
A esto se suma la dimensión internacional, expresada en la participación de representantes dominicanos en la Reunión Anual del Comité de Fortalecimiento de Capacidades de la Organización Mundial de las Aduanas (OMA). La presencia en estos espacios no es protocolaria; es estratégica. Significa conectarse con estándares, buenas prácticas y marcos de cooperación que hoy definen la gobernanza aduanera global: trazabilidad, gestión de riesgo, intercambio de información, integridad institucional y facilitación. Una Aduana que conversa con el mundo se prepara mejor para competir y, sobre todo, para defender con mayor eficacia la seguridad de su cadena logística.
En la frontera terrestre, donde convergen desafíos operativos, sociales y geopolíticos, la iniciativa de mejora continua anunciada —con un programa piloto de pasantías operativas de un mes en Dajabón, Elías Piña, Jimaní y Pedernales— apunta en la dirección correcta. La frontera es, a la vez, oportunidad y presión: oportunidad para dinamizar comercio legal y desarrollar comunidades; presión por la necesidad de control, coordinación y respuesta ante el contrabando y otros ilícitos. Fortalecer capacidades técnicas y operativas en esos puntos es una inversión en soberanía logística, en gestión del riesgo y en orden institucional.
Asimismo, la promesa de continuidad de programas como Despacho en 24 Horas (D24H) y Exporta Más (+) es un mensaje de estabilidad de política pública. En un entorno económico donde la competitividad se mide por tiempos y costos, la continuidad es un activo: evita la improvisación, reduce incertidumbre y permite construir resultados acumulativos. Modernizar y agilizar procesos tanto para importaciones como exportaciones no solo beneficia al Estado; beneficia al aparato productivo, al consumidor y al posicionamiento del país como hub regional.
La frase de Arroyo sobre el entorno laboral —acercamiento, innovación, trabajo en equipo y sentido de pertenencia— puede parecer, para algunos, un elemento “blando”. Pero en realidad es un componente “duro” de la reforma institucional. La innovación no ocurre en estructuras rígidas; ocurre en culturas que premian la propuesta, corrigen con evidencia y alinean objetivos. Cuando el recurso humano se integra a una visión, la institución deja de “funcionar” y empieza a “gestionar”. Y una Aduana que gestiona es una Aduana que puede planificar, medir, corregir y mejorar.
Estos 100 días, por tanto, no deben leerse como una victoria final, sino como un inicio con señales concretas: resultados en recaudación, acciones de control que elevan la seguridad económica, impulso al capital humano, vinculación con estándares internacionales y un enfoque sistémico hacia la cadena logística. Lo verdaderamente importante ahora es sostener el ritmo, profundizar la interoperabilidad con los actores del comercio, consolidar la trazabilidad y asegurar que la agilidad no sea episodio, sino norma.
En un país que apuesta por insertarse con mayor fuerza en el comercio global, la Aduana no puede ser un cuello de botella; debe ser una autopista segura. Y en estos primeros 100 días, la gestión de Nelson Arroyo ha dejado una idea central: una DGA moderna no solo recauda, sino que habilita desarrollo, protege la economía y eleva la competitividad nacional.
Luis Orlando Díaz Vólquez