viernes, 27 de marzo de 2026

Sanz Lovatón impulsa formalización en la mesa de ilícitos

Yayo impulsa formalización en la mesa de ilícitos

El CECCOM, DGII y DGA harán operativos en conjunto para proteger la producción nacional y la competencia leal

SANTO DOMINGO, R.D., 27 de marzo de 2026.- El ministro de Industria, Comercio y Mipymes, Eduardo "Yayo" Sanz Lovatón, anunció una evolución crítica en la lucha contra la ilegalidad en el país. Tras encabezar una reunión de seguimiento de la  el pasado jueves 26 de marzo, destacó que el combate a este flagelo se ha consolidado como una causa nacional que exige una ofensiva frontal, firme y sostenida.

“En coordinación directa con el presidente Luis Abinader, hemos diseñado una estrategia de articulación interinstitucional para maximizar la capacidad operativa del Estado. A partir de hoy, las intervenciones de control, como el decomiso de ilícitos, contarán con la presencia simultánea de inspectores de la DGII y personal de Aduanas. El objetivo es que la persecución del fraude no sea solo física, sino fiscal. Al unificar la fuerza logística del CECCOM con la autoridad tributaria de la DGII, garantizamos sanciones ejemplares y un efecto disuasorio contundente”, afirmó el ministro.

Sanz Lovatón explicó que este esfuerzo conjunto busca que el Estado actúe como un solo bloque. “Con la ayuda del sector privado, a través de su influencia e información, buscamos fortalecer nuestro impacto. El propósito es impulsar la economía dominicana hacia la formalidad; en la medida en que se reduzcan los espacios para la informalidad, más actores se verán incentivados a formalizarse”, indicó.

Asimismo, el titular del MICM destacó los avances alcanzados y agradeció a las instituciones del sector público y privado por su participación sustanciosa. Señaló que el objetivo de estas iniciativas es lograr una respuesta más coordinada, efectiva e integral frente al comercio ilícito y sus impactos en el mercado, garantizando que todos los actores puedan competir en igualdad de condiciones.

Avances y resultados

Durante el encuentro, el viceministro de Comercio Interno, Martín Olivo, destacó los resultados obtenidos por esta mesa ilícitos a través del del Cuerpo Especializado de Control de Combustibles y Comercio de Mercancías (CECCOM), la cual incautó e incineró 375, 231 productos ilícitos durante el año 2025.

En el periodo enero - marzo de 2026, el Ceccom incautó un total de 8,237,178 unidades de cigarrillos; 39, 089 unidades de medicamentos; 29,488 unidades de estimulantes sexuales; 43,56 botellas de alcohol y 8, 503 litros de clerén adulterado.

Otro de los logros que resaltó el viceministro es la reducción a cero de las muertes por consumo de alcohol adulterado en los últimos cinco años, luego de una crisis que cobró más de 330 vidas en el país.

Acciones en curso

Para reforzar la lucha contra el comercio ilícito, el MICM a través del CECCOM elaboran un instrumento orientado a fortalecer su capacidad operativa. Este proceso no implica la creación de nuevas sanciones ni la modificación del marco legal vigente, sino, que busca una mejor organización y articulación de las capacidades ya existentes, optimizando la respuesta institucional frente a estas problemáticas.

Actualmente, se están desarrollando acciones como la finalización de la propuesta de decreto, la recepción de aportes por parte de las distintas instituciones involucradas, así como los avances hacia la formalización del instrumento.

Además, se están ejecutando acciones concretas como: las investigaciones en curso entre CECCOM, Aduanas y ProCompetencia sobre denuncias vinculadas a prácticas comerciales. También, la coordinación con ONAPI y la Comisión Nacional de Propiedad Intelectual para enfrentar comercio ilícito, falsificaciones y otras prácticas irregulares.

Finalmente, se resalta la importancia de continuar fortaleciendo las alianzas estratégicas, tanto a nivel interinstitucional como con el sector privado, como elemento clave para combatir eficazmente el comercio ilícito y promover un entorno de mercado más justo y transparente.

Participantes en la reunión

Nelson Arroyo, Director Gral. Aduanas
Durante el encuentro participaron por la Procuraduría General de la República (PGR), magistrada Isis de la Cruz; Dirección General de Aduanas (DGA), Eduardo Rodríguez; del Cuerpo Especializado de Control de Combustibles y Comercio de Mercancías (Ceccom), el general Orlando Jerez; del Instituto Nacional de Protección de los Derechos del Consumidor (Pro-Consumidor), Eddy Alcántara; de la Dirección General de Migración (DGM), vicealmirante Luis Rafael Lee Ballester; María Elena Vázquez, de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia (ProCompetencia)

También, participaron de la Asociación de Industrias de la República Dominicana (AIRD), Mario Pujols y Juan Josè Attias; Organización Nacional de Empresas Comerciales (ONEC), Lya Mata y Jenifer Troncoso; Consejo Nacional de Promoción y Apoyo a la Micro, Pequeña y Mediana Empresa (CODOPYME), Isabel Puig Comisión Nacional de Defensa de la Competencia PROCOMPETENCIA, entre otras autoridades.

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Comentario de opinión

Yayo y la “mesa de ilícitos”: cuando la formalización deja de ser discurso y se vuelve operativo

Por Luis Orlando Díaz Vólquez

En República Dominicana, hablar de formalidad suele convertirse en un lugar común: se invoca como meta, se repite como consigna y se promete como horizonte. Pero rara vez se aterriza donde realmente se define: en la calle, en el punto de venta, en el contenedor, en la ruta de distribución y, sobre todo, en el incentivo económico que hace rentable cumplir o rentable evadir. Por eso resulta relevante —y políticamente significativo— el giro anunciado por el ministro de Industria, Comercio y Mipymes, Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón, al plantear que la lucha contra el comercio ilícito evoluciona hacia una ofensiva interinstitucional que no solo decomise mercancía, sino que persiga el fraude también en su dimensión fiscal.

La frase clave es simple y poderosa: que la persecución no sea solo física, sino fiscal. Esto cambia el tablero. Porque el contrabando y la adulteración no son únicamente delitos de mercancía; son, en esencia, delitos de competencia. Detrás de cada producto ilícito hay una distorsión de precios que expulsa del mercado al productor que paga impuestos, cumple normas sanitarias, respeta marcas y sostiene empleos formales. El ilícito no compite: depreda. Y un Estado que se limita a incautar sin reconstruir el rastro tributario termina librando una guerra de “apagafuegos”: incauta hoy, reaparece mañana, y el circuito se recicla con nuevos canales.

La apuesta anunciada —operativos conjuntos con presencia simultánea de CECCOM, DGII y DGA— busca precisamente romper ese ciclo. En un país donde la informalidad ha sido históricamente un “refugio” (a veces por necesidad, otras por conveniencia), el mayor antídoto no es el discurso moral, sino la certeza de consecuencias. Cuando se integran logística operativa (CECCOM), potestad tributaria (DGII) y control aduanero (DGA), el mensaje se vuelve disuasivo por diseño: ya no se trata solo de perder una carga, sino de enfrentar auditoría, trazabilidad y sanción con efectos acumulativos. Es decir: el costo de la trampa sube, y el retorno esperado de la ilegalidad baja.

Ahora bien, el anuncio también pone sobre la mesa una verdad incómoda: el comercio ilícito no es un fenómeno marginal; es un sistema. Se alimenta de fronteras porosas, de redes de distribución, de falsificación de marcas, de debilidad en propiedad intelectual, de vacíos en vigilancia sanitaria y, en ocasiones, de tolerancias sociales que relativizan el daño (“eso es más barato”, “eso resuelve”). Por eso, cuando el ministro habla de convertir esta lucha en “causa nacional” y sumar al sector privado como fuente de información e influencia, está apuntando al enfoque correcto: un problema sistémico exige respuesta sistémica.

Los resultados presentados por el CECCOM ayudan a dimensionar la escala. Las cifras de incautaciones en 2025 y en el primer trimestre de 2026 —cigarrillos, medicamentos, estimulantes sexuales, alcohol y clerén adulterado— no solo reflejan capacidad operativa, sino el tamaño del mercado ilegal. Y el dato más contundente, por su carga humana, es la reducción a cero de muertes por alcohol adulterado en los últimos cinco años, tras una tragedia que cobró más de 330 vidas. Cuando la política pública logra salvar vidas, deja de ser una estadística: se convierte en legitimidad.

Sin embargo, toda ofensiva estatal exitosa tiene una condición: institucionalizarse. El propio texto lo reconoce al hablar de un instrumento orientado a fortalecer capacidad operativa, sin crear nuevas sanciones ni modificar el marco legal, pero mejorando organización y articulación. Esa decisión es prudente. La República Dominicana no necesita necesariamente más leyes; necesita que las existentes se cumplan con coordinación, tecnología, inteligencia y debido proceso. Si el operativo es fuerte pero improvisado, puede generar abusos, discrecionalidad o conflictos de competencia. Si es coordinado, protocolizado y auditable, se transforma en política de Estado.

Ahí está el punto neurálgico: la “mesa de ilícitos” debe ser más que una foto interinstitucional. Tiene que convertirse en un modelo permanente de gobernanza del mercado. ¿Cómo? Con reglas claras, indicadores verificables y rutas de actuación que eviten duplicidades y protejan derechos. Porque combatir el ilícito no debe significar asfixiar al pequeño comerciante que quiere formalizarse pero no sabe cómo. La formalización real se logra con dos manos: una firme contra el fraude deliberado y otra abierta para integrar al que está fuera del sistema por barreras de acceso, costos, trámites o desconocimiento.

En ese sentido, la articulación con ProCompetencia, ONAPI y la Comisión Nacional de Propiedad Intelectual es más que un detalle burocrático: es el reconocimiento de que el ilícito también es competencia desleal y violación de marcas. Y la presencia de Pro Consumidor, Migración y PGR sugiere una lectura integral: hay componentes de seguridad, salud pública, movilidad y criminalidad organizada que se entrelazan con el comercio irregular. La ilegalidad no opera en silos; el Estado tampoco puede operar así.

Pero para que esta estrategia produzca un cambio estructural, hay tres desafíos que deben enfrentarse con honestidad:

  1. Evitar la “eficacia de corto plazo” sin sostenibilidad. El decomiso masivo impacta titulares, pero la cadena se reacomoda si no se sigue el rastro financiero y fiscal. La coordinación DGII–DGA debe apuntar a redes, no solo a eventos.

  2. Proteger la competencia sin castigar la supervivencia. Formalizar requiere simplificar procesos, mejorar acceso a registro, facilitar cumplimiento y ofrecer rutas de transición para pequeños negocios. Si el mensaje es únicamente punitivo, se empuja más clandestinidad.

  3. Blindar el proceso con transparencia y debido proceso. Cuando se intensifican operativos, crece el riesgo de arbitrariedad percibida. Protocolos, trazabilidad de evidencias, reportes públicos y canales de denuncia son indispensables para sostener legitimidad.

Si el objetivo declarado es “ordenar el mercado y fortalecer la competencia leal”, entonces el éxito no se medirá solo por unidades incautadas. Se medirá por indicadores de formalización: aumento de registros, crecimiento de la base contributiva, reducción de brechas de precios entre productos legales e ilegales, disminución de reincidencia en puntos intervenidos, y mejoras en percepción de justicia del mercado por parte de productores y consumidores.

En definitiva, la evolución anunciada por Sanz Lovatón es una señal de madurez: el Estado comienza a tratar el comercio ilícito como lo que es —una arquitectura de fraude que erosiona la producción nacional, el empleo y la salud pública— y no como un conjunto de incidentes aislados. Si la coordinación se sostiene, si se institucionaliza y si se combina con rutas reales de formalización, podríamos estar ante una de las políticas más relevantes para sanear el mercado dominicano en los próximos años.

Porque al final, la formalidad no se impone solo con inspecciones: se construye con reglas que se cumplen, costos de evasión altos, beneficios claros de pertenecer al sistema y un Estado que actúe —como promete— “como un solo bloque”. Si esa promesa se convierte en rutina, la competencia leal dejará de ser un ideal y empezará a ser, por fin, una realidad cotidiana.

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Sobre el autor, Luis Orlando Díaz Vólquez, es ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. Autor de artículos de opinión y análisis sobre geopolítica, seguridad y comercio internacional. Ha seguido y escrito sobre procesos regionales y eventos de alto impacto (ferias internacionales, congresos sectoriales y coyunturas de seguridad nacional). Su enfoque privilegia la institucionalidad, el Estado mínimo funcional y la apertura económica con compliance como pilares para la normalización y el desarrollo sostenible.

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Opinión | Meta RD 2036 y el pacto fiscal pendiente: sin equidad no hay confianza, sin confianza no hay desarrollo


Meta RD 2036 y el pacto fiscal pendiente: sin equidad no hay confianza, sin confianza no hay desarrollo

Por Luis Orlando Díaz Vólquez

Cuando la deuda es alta y el costo de endeudarse sube, los gobiernos dejan de tener la comodidad de “patear” decisiones fiscales para mañana. Esa es la tesis central que el Fondo Monetario Internacional viene subrayando en su revista Finance & Development: ya no se pueden diferir elecciones duras y, para reconciliar prioridades en competencia, la condición habilitante es la confianza pública. [imf.org], [elibrary.imf.org]

Ese mensaje no es abstracto ni distante para la República Dominicana. En un país que aspira —con Meta RD 2036— a duplicar el PIB real, elevar ingresos, mejorar aprendizajes, formalizar empleo y elevar la efectividad del gobierno, el factor fiscal no es un apéndice técnico: es el piso de credibilidad que sostiene la promesa de bienestar. Y si la confianza es la “moneda” de la gobernabilidad fiscal, la equidad es su respaldo: nadie sostiene un pacto donde percibe que el peso cae siempre sobre los mismos. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

La encrucijada dominicana: reforma postergada y legitimidad en juego

La República Dominicana intentó reabrir el debate fiscal en octubre de 2024 con el Proyecto de Ley de Modernización Fiscal, presentado como una vía para aumentar recaudación, racionalizar exenciones e introducir mejoras administrativas. Sin embargo, el clima social y político se tensó: el proyecto generó reservas y rechazos, entre otros motivos, por la percepción de impactos regresivos y por la falta de consenso. El resultado fue un hecho políticamente revelador: la reforma se retiró del escenario legislativo, dejando pendiente el problema estructural que pretendía resolver. [hacienda.gob.do], [diariolibre.com] [elcaribe.com.do], [siemprealdia.co] [siemprealdia.co], [diariolibre.com]

Esa postergación no solo aplaza ingresos. Aplaza equidad, y con ella aplaza confianza. Y aquí conviene hablar con claridad: en la discusión pública dominicana se ha instalado la convicción de que los más ricos terminan pagando proporcionalmente menos, ya sea por tratamientos preferenciales, por espacios de elusión, o por un sistema que se apoya con fuerza en impuestos al consumo que pesan más en los hogares de ingresos medios y bajos. Esa preocupación no nace de la imaginación; en el propio debate de 2024 se advirtió que una porción relevante del esfuerzo recaudatorio descansaba en impuestos indirectos, lo que alimentó la crítica de regresividad. [elcaribe.com.do], [diariolibre.com]

En este punto, la advertencia del FMI adquiere una traducción local: sin confianza, fracasan incluso las reformas sensatas; y la confianza se rompe cuando la ciudadanía sospecha que el sacrificio será desigual o que el Estado no convertirá el esfuerzo en servicios verificables. [imf.org], [elibrary.imf.org]

Meta RD 2036 exige un contrato fiscal nuevo: “quién paga” y “para qué” no pueden seguir en sombras

Meta RD 2036 fue concebida como una estrategia de metas medibles y seguimiento para transformar crecimiento en prosperidad: mayor aprendizaje efectivo, más formalidad, menos pobreza multidimensional rural, mejor infraestructura y más efectividad gubernamental. Pero ninguna hoja de ruta nacional puede ejecutarse con éxito si se sostiene sobre una base fiscal frágil o socialmente impugnada. Por eso, el tema no es simplemente recaudar más; es recaudar mejor y, sobre todo, recaudar con justicia. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

Y aquí aparece la pregunta inevitable que la política suele esquivar: ¿quién cargará con el peso de la reforma? Si la respuesta práctica es “la clase media y los consumidores”, entonces no estamos hablando de un pacto de desarrollo, sino de un ajuste con fecha de caducidad política. El debate de 2024 mostró exactamente ese riesgo: tensiones sociales ante la idea de que el grueso de la carga pudiera recaer en consumo y hogares, mientras persistían exenciones y privilegios. [elcaribe.com.do], [diariolibre.com]

En cambio, una reforma fiscal alineada con Meta RD 2036 debe sostenerse en un principio que sea entendible para cualquier ciudadano:

La mayor carga debe recaer en quienes tienen mayor capacidad contributiva y en la eliminación de privilegios improductivos; el Estado debe proteger a los vulnerables y no convertir a la clase media en el “colchón” permanente del sistema. [imf.org], [cnc.gob.do]

Equidad fiscal: cómo distribuir el peso sin frenar el crecimiento

Una reforma equilibrada no se define por un eslogan, sino por su arquitectura distributiva. Y esa arquitectura debe responder con nitidez a tres frentes:

1) Arriba: que pague más quien más puede (y que se acaben los atajos)

Si la ciudadanía percibe que “los de arriba” tienen vías para contribuir menos, la reforma nace derrotada. En el intento de 2024, el propio enfoque de racionalizar incentivos y exenciones aparecía como un eje para mejorar ingresos y equidad; esa línea debe recuperarse con criterios técnicos y evaluación de impacto.
Esto implica, en la práctica: [diariolibre.com], [hacienda.gob.do]

  • Revisar y depurar exenciones e incentivos según evidencia de empleo, productividad e impacto territorial (no por capacidad de lobby). [hacienda.gob.do], [diariolibre.com]
  • Cerrar brechas de elusión y evasión de alto monto con fiscalización inteligente y herramientas modernas de administración tributaria (la reforma 2024 ya apuntaba a modernización institucional). [hacienda.gob.do], [diariolibre.com]
  • Fortalecer progresividad: más peso relativo en impuestos directos sobre rentas altas y patrimonios donde corresponda, evitando que el sistema descanse desproporcionadamente en consumo. La controversia de 2024 por el peso de impuestos indirectos muestra por qué este punto es crucial. [elcaribe.com.do], [diariolibre.com]

2) Centro: proteger a la clase media para que Meta RD 2036 sea viable

Meta RD 2036 propone ampliar la clase media y elevar formalidad; cargar el ajuste principalmente sobre ese segmento contradice el objetivo. Una reforma equilibrada debe diseñar amortiguadores: [cnc.gob.do], [presidencia.gob.do]

  • Escalonamiento y gradualidad en cualquier cambio que afecte costos de vida. [imf.org], [diariolibre.com]
  • Deducciones, créditos o alivios vinculados a educación, salud y formalización, para alinear el sistema con los objetivos de capital humano del plan. [cnc.gob.do], [minpre.gob.do]
  • Un “pacto de servicios”: que el contribuyente vea mejoras medibles (seguridad, salud primaria, transporte, aprendizaje) como retorno del esfuerzo fiscal. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

3) Abajo: que los vulnerables no paguen la factura

Este punto no admite ambigüedades. Si se amplían impuestos al consumo o se ajustan bases amplias, debe existir un escudo social automático y focalizado. La experiencia del debate de 2024 mostró el temor a impactos regresivos; ignorarlo es repetir el mismo fracaso. [elcaribe.com.do], [siemprealdia.co]

Confianza fiscal: el “cómo” importa tanto como el “qué”

El FMI insiste en que la confianza es indispensable para sostener concesiones difíciles. En la República Dominicana, recuperar confianza fiscal exige que la reforma se presente no como una lista de impuestos, sino como un contrato verificable. Propongo cinco compromisos públicos —simples de explicar y difíciles de manipular— para un Pacto Fiscal Meta RD 2036: [imf.org], [elibrary.imf.org]

  1. Transparencia radical del gasto y del “gasto tributario” (exenciones/incentivos): cuánto cuestan, quién se beneficia y qué retornan al país en empleo y productividad. [hacienda.gob.do], [cnc.gob.do]
  2. Presupuesto por resultados conectado a metas Meta RD 2036: cada peso adicional debe traducirse en indicadores visibles (aprendizaje efectivo, formalidad, efectividad gubernamental). [cnc.gob.do], [presidencia.gob.do]
  3. Secuenciación inteligente: primero administración, evasión/elusión y privilegios; luego ajustes más sensibles, con gradualidad. Eso reduce choque social y aumenta credibilidad. [imf.org], [hacienda.gob.do]
  4. Protección explícita a vulnerables y no penalización de la formalización (Mipymes y empleo): una reforma que ahogue la formalidad es una reforma contra el desarrollo. El diseño de 2024 incluyó enfoques diferenciados para Mipymes; la idea debe mantenerse y mejorar. [diariolibre.com], [periodicoe...sol.com.do]
  5. Gobernanza y seguimiento: Meta RD 2036 plantea arquitectura de ejecución y evaluación; usemos esa institucionalidad como “garante” del pacto fiscal. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

El punto político decisivo: la reforma debe ser percibida como justa o no será

La política fiscal es, al final, un mecanismo de distribución: decide quién aporta, quién recibe y qué futuro se construye. Cuando el Estado pide sacrificios en un mundo de deuda cara, la ciudadanía exige dos cosas: equidad y resultados. Esa ecuación está en el corazón del argumento del FMI sobre confianza y decisiones difíciles. [imf.org], [elibrary.imf.org]

Por eso, la República Dominicana tiene una oportunidad histórica: convertir Meta RD 2036 en una política de Estado sostenida por un pacto fiscal legítimo. Pero esa oportunidad se pierde si el país insiste en el camino corto: cargar el peso sobre consumo y clase media, mientras se preservan atajos para quienes más pueden. El episodio de 2024 ya demostró que la sociedad no acompañará una reforma percibida como desequilibrada. [siemprealdia.co], [elcaribe.com.do]

Una reforma fiscal que genere desarrollo debe poder resumirse en una frase que la gente crea: “pagará más quien más puede; se cerrarán privilegios; se protegerá al vulnerable; y cada peso extra se verá en educación, formalidad, institucionalidad y bienestar”. Eso es equidad operativa. Eso es confianza fiscal. Y sin ambas, Meta RD 2036 corre el riesgo de convertirse en una visión sin músculo presupuestario, en una promesa sin contrato social.

Sobre el autor


Luis Orlando Díaz Vólquez, es ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. Autor de artículos de opinión y análisis sobre geopolítica, seguridad y comercio internacional. Ha seguido y escrito sobre procesos regionales y eventos de alto impacto (ferias internacionales, congresos sectoriales y coyunturas de seguridad nacional). Su enfoque privilegia la institucionalidad, el Estado mínimo funcional y la apertura económica con compliance como pilares para la normalización y el desarrollo sostenible.

"Deuda alta + tasas en alza: ya no se pueden postergar decisiones fiscales. La clave es la confianza. En RD, Meta RD 2036 exige una reforma fiscal EQUITATIVA: que pague más quien más puede, cerrar privilegios y proteger a clase media y vulnerables. #MetaRD2036 #EquidadFiscal",

"Cuando el dinero se encarece, el país necesita confianza fiscal. RD no puede impulsar Meta RD 2036 sin una reforma equilibrada: menos privilegios, más progresividad y resultados medibles en educación, formalidad y servicios. #ReformaFiscal #MetaRD2036",

"La reforma fiscal no es solo recaudar: es justicia y futuro. Para Meta RD 2036, la carga debe ser progresiva: que aporte más quien más puede, sin castigar a la clase media ni a los vulnerables. Transparencia + resultados = confianza. #EquidadFiscal"

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🧠📊 ¿Por qué es clave la reforma fiscal hoy?
Con deuda alta y tasas en alza 💸, ya no se pueden aplazar decisiones. Para avanzar con Meta RD 2036, RD necesita confianza 🤝: una reforma justa, donde pague más quien más puede, se proteja a la clase media y a los vulnerables, y los recursos se conviertan en resultados. ✅
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NOTA DE PRENSA

Deuda cara y confianza fiscal: llamado a un pacto tributario equitativo para viabilizar Meta RD 2036

Análisis destaca que sin equidad, transparencia y resultados medibles no se sostendrá el salto de desarrollo propuesto para 2036

Santo Domingo, R.D. — 27 de marzo de 2026. Ante el nuevo entorno internacional de deuda elevada y costos de financiamiento en aumento, se hace imprescindible que la República Dominicana avance hacia una reforma fiscal más equilibrada y equitativa, capaz de fortalecer la confianza ciudadana y asegurar la sostenibilidad del plan Meta RD 2036, estrategia de desarrollo impulsada por el presidente Luis Abinader para duplicar el PIB real y elevar la prosperidad nacional.

La posición se fundamenta en el reciente análisis del Fondo Monetario Internacional (FMI) publicado en Finance & Development, que advierte que, con niveles de deuda altos y tasas en alza, los gobiernos ya no pueden postergar decisiones fiscales difíciles, y que la confianza pública es esencial para conciliar prioridades como inversión social, infraestructura, educación y estabilidad macroeconómica. 

En el contexto dominicano, el debate fiscal vuelve al centro de la agenda tras el precedente de octubre de 2024, cuando el Gobierno presentó una propuesta de “modernización fiscal” que buscaba aumentar la recaudación y racionalizar exenciones e incentivos, pero enfrentó resistencias y fue retirada del curso legislativo, evidenciando la necesidad de mayor consenso social y claridad distributiva.

“La reforma fiscal no puede percibirse como un castigo para la clase media o los sectores vulnerables. Debe ser un pacto de desarrollo, donde pague más quien más puede, se cierren privilegios improductivos y cada peso adicional se refleje en resultados verificables: educación, formalidad laboral, servicios públicos y efectividad institucional”, afirmó Luis Orlando Díaz Vólquez, ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. 

Equidad fiscal como base de legitimidad

El planteamiento subraya que la reforma debe priorizar progresividad y justicia tributaria, mediante una revisión basada en evidencia de exenciones e incentivos, el fortalecimiento del control a la evasión y elusión, y la protección de los hogares vulnerables ante posibles impactos de impuestos al consumo.

Asimismo, propone que el país consolide un enfoque de presupuesto por resultados vinculado a las metas de Meta RD 2036, incluyendo indicadores públicos y seguimiento periódico, aprovechando la arquitectura de gobernanza y evaluación descrita en el plan. 

Meta RD 2036: metas ambiciosas requieren sostenibilidad

Meta RD 2036 establece objetivos transformadores priorizados para 2024–2028 y el horizonte 2036, incluyendo mejoras en aprendizaje efectivo, formalidad del empleo, clase media, infraestructura y efectividad del gobierno, como base para elevar el bienestar y la competitividad nacional.

“En un mundo donde la deuda se encarece, la pregunta no es si habrá ajustes, sino cómo se distribuyen con equidad. Si la ciudadanía percibe justicia, transparencia y resultados, se construye confianza. Sin confianza, cualquier reforma se vuelve políticamente inviable”, añadió Díaz Vólquez. 


Documentos de referencia


Deuda más cara y confianza fiscal: proponen un pacto tributario equitativo para viabilizar Meta RD 2036

Plantean que la reforma debe ser progresiva, transparente y orientada a resultados medibles en educación, formalidad y servicios públicos

Santo Domingo, R.D. — 27 de marzo de 2026. En un contexto internacional marcado por niveles elevados de deuda y costos de financiamiento en ascenso, la República Dominicana enfrenta el desafío de fortalecer su sostenibilidad fiscal sin frenar el crecimiento ni debilitar el tejido social. Un análisis divulgado hoy sostiene que, en este nuevo entorno, los gobiernos ya no pueden postergar decisiones fiscales difíciles y que el factor determinante para lograr acuerdos duraderos es la confianza ciudadana, tal como subraya el Fondo Monetario Internacional (FMI) en Finance & Development

El planteamiento conecta esta realidad global con las metas nacionales de Meta RD 2036, estrategia impulsada por el presidente Luis Abinader para transformar el crecimiento en prosperidad, incluyendo objetivos como elevar el ingreso per cápita, aumentar la formalidad, mejorar los años efectivos de aprendizaje y fortalecer la efectividad del gobierno. Estas metas, presentadas oficialmente ante instancias legislativas y publicadas en documentos técnicos, requieren continuidad institucional, inversión en capital humano e infraestructura, y un marco fiscal capaz de sostener políticas públicas de largo plazo.

De acuerdo con el FMI, el mundo dejó atrás la era del “dinero barato”: el aumento de tasas ha encarecido la deuda y los pagos de intereses tienden a desplazar otras prioridades presupuestarias. En ese contexto, conciliar demandas simultáneas —protección social, salud, educación, transición climática y seguridad— exige legitimidad política y social. El organismo enfatiza que la confianza pública es un recurso escaso pero imprescindible para sostener concesiones difíciles y evitar que las reformas fracasen por desconfianza o falta de credibilidad.

En el caso dominicano, el debate fiscal reciente evidenció esos retos. En octubre de 2024, el Gobierno presentó ante la opinión pública y el Congreso una propuesta de “modernización fiscal” orientada a aumentar recaudación, racionalizar exenciones e incentivos y modernizar procedimientos tributarios. Sin embargo, la iniciativa generó resistencia social y reservas en distintos sectores, con críticas sobre potenciales efectos regresivos y preocupaciones por el peso de los impuestos indirectos. Ese proceso culminó con el retiro del proyecto del debate legislativo, confirmando la necesidad de una construcción de consenso más amplia y de una narrativa fiscal centrada en equidad y resultados verificables. 

“La reforma fiscal no puede percibirse como un castigo para la clase media o para los hogares vulnerables. Debe ser un pacto de desarrollo: que pague más quien más puede, que se cierren privilegios improductivos y que cada peso adicional se traduzca en resultados medibles: mejor educación, más formalidad, mejores servicios y mayor efectividad institucional”, afirmó Luis Orlando Díaz Vólquez, ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación.

Equidad fiscal como base del contrato social

El análisis sostiene que la equidad debe ser el eje de cualquier reforma para recuperar la confianza. Entre las medidas recomendadas se destacan: (1) una revisión técnica y transparente de exenciones e incentivos para preservar solo aquellos con impacto comprobable en productividad y empleo; (2) el fortalecimiento de la administración tributaria para enfrentar la evasión y elusión de alto monto; y (3) la protección explícita de los sectores vulnerables, especialmente si se modifican bases tributarias que inciden en el costo de vida. Estas líneas fueron parte del debate en 2024 y están documentadas en la propuesta remitida y en la cobertura económica que describió sus ejes y controversias.

Asimismo, se propone alinear la reforma con un enfoque de “presupuesto por resultados” vinculado a indicadores de Meta RD 2036. Entre los indicadores priorizados en el plan se incluyen mejoras del aprendizaje efectivo, aumento de la formalidad del empleo y fortalecimiento de la efectividad gubernamental, lo que exige metas anuales, tableros públicos de seguimiento y evaluación institucional. La recomendación apunta a utilizar la arquitectura de gobernanza y seguimiento descrita en Meta RD 2036 para convertir la reforma fiscal en un compromiso verificable, no solo en un cambio normativo. 

Confianza fiscal para sostener el salto de desarrollo

De acuerdo con el FMI, cuando la deuda se encarece, el dilema deja de ser teórico: cada decisión presupuestaria implica sacrificios y redistribución de costos. Si la ciudadanía percibe opacidad o desigualdad, la resistencia política aumenta y la sostenibilidad del ajuste se debilita; si percibe justicia, transparencia y retorno en bienes públicos, los acuerdos tienen más probabilidad de perdurar. Por ello, el análisis plantea que la pregunta central no es si habrá decisiones difíciles, sino cómo se distribuyen con equidad y cómo se convierten en progreso medible.

“Meta RD 2036 es una oportunidad de política pública y de continuidad nacional. Pero sin una base fiscal legítima —progresiva, transparente y orientada a resultados— el plan se vuelve vulnerable a choques externos y a la polarización interna”, añadió Díaz Vólquez.

Referencias (lecturas base)

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Fondo Monetario Internacional 
FINANZAS & DESARROLLO
Deuda elevada, disyuntiva espinosa
ERA DABLA-NORRISRODRIGO VALDES

Marzo de 2026 | foto: Joey Guidone

La deuda pública y las tasas de interés en alza están poniendo a prueba las finanzas y forzando decisiones difíciles

La política fiscal plantea incesantes dilemas: qué prioridades se financian, quién se beneficia de una menor carga impositiva y bajo qué condiciones. Hasta hace poco, los gobiernos no tenían que decidir de inmediato porque podían negociar préstamos favorables. Pero las cosas han cambiado: la deuda es más cara y acumula volúmenes históricos, al tiempo que crece la demanda de fondos públicos cada vez más escasos. Las sociedades pueden lograr conciliar estas prioridades contrapuestas únicamente con algo que suele pasar inadvertido y que no abunda: la confianza ciudadana.

Ya antes de la pandemia de COVID-19, la deuda pública no dejaba de aumentar. En muchas democracias, las plataformas políticas se inclinaron por engrosar el gasto y el déficit, aplazando la reforma estructural (Cao, Dabla-Norris y Di Grigorio, 2024). El crecimiento económico moderado, el costo sanitario asociado al creciente envejecimiento de la población y la renuencia a subir los impuestos no hicieron más que empeorar la situación. Las decisiones difíciles se postergaron y la deuda siguió creciendo, apuntalada por las tasas de interés inusitadamente bajas de las dos últimas décadas.

En 2020, ante el peor colapso económico desde la Gran Depresión, los gobiernos comenzaron a endeudarse con holgura. La deuda de las economías avanzadas saltó decenas de puntos porcentuales del PIB; en algunas, a más del 120% (gráfico 1). Aunque con más cautela, los países de mercados emergentes y de ingreso bajo siguieron la misma pauta. Esa reacción evitó un desenlace más catastrófico. Pero aunque su nivel en muchos casos se estabilizó, la deuda ya no es barata.

Hoy en día, las autoridades están viviendo la versión fiscal de un COVID persistente: tasas de interés más altas y deuda cada vez más costosa. La deuda pública mundial trepó al 93,9% del PIB en 2025 y va camino de superar el 100% para 2028, niveles nunca vistos en tiempos de paz y que representan un punto de inflexión para la política económica y la política en general. Entre tanto, hay fuerzas estructurales a largo plazo —el envejecimiento de la población, el cambio climático, las crecientes demandas sociales y, en los países de ingreso bajo, la disminución de los flujos de ayuda y el costo siempre elevado del endeudamiento— que siguen presionando los presupuestos, al tiempo que las incipientes tensiones geopolíticas obligan a invertir en defensa y política industrial.

La carga de la deuda

La era de las tasas de interés ultrabajas ha finalizado, pero las tendencias del crecimiento económico no han cambiado mucho. En poco tiempo, el costo del endeudamiento se duplicó o triplicó. Los intereses son una partida más pesada dentro del presupuesto y desplazan otras prioridades. En Estados Unidos, por ejemplo, los pagos netos por intereses pasaron de alrededor del 2% del PIB antes de la pandemia al 4,2% en 2025 —superando el gasto en defensa— y presuntamente seguirán aumentando. En los países de ingreso bajo, los intereses consumen en promedio el 21% de la recaudación.

Una deuda abultada resta margen de maniobra para afrontar crisis, trastorna la economía general al encarecer el capital, complica la política monetaria y genera represión financiera. A la vez, puede hacer peligrar la estabilidad financiera, sobre todo en los mercados emergentes, si las tasas de rendimiento suben cuando los inversionistas comienzan a dudar de la capacidad del gobierno para cumplir con sus obligaciones. La desmejora de las condiciones de financiamiento puede provocar ajustes más drásticos y repentinos; en palabras del economista Rudi Dornbusch, las crisis tardan mucho más en llegar de lo que uno cree y luego ocurren más rápido de lo que uno se imagina. A niveles elevados, la deuda también desvía recursos de la renta nacional hacia los acreedores en detrimento de otras necesidades.

En un mundo con poca deuda y bajas tasas de interés, los gobiernos podían eludir decisiones difíciles financiándose con más préstamos, confiados en que el crecimiento económico aumentaría la recaudación para atender el servicio de la deuda y, con el tiempo, amortizarla. Ese mundo ya no existe. Cada centavo de la deuda pública que no está compensado por la recaudación encierra un futuro con más impuestos o menos gastos, aunque más no sea para saldar los intereses de la nueva deuda. Pasado cierto nivel de deuda, surgen decisiones penosas, ya sea en forma de austeridad, inflación, represión financiera e incluso cesación de pagos. El dilema es insoslayable: ante un espacio fiscal limitado, ¿cuáles serán los sacrificios y en quién recaerán?

Dificultad fiscal

El tamaño del gobierno representa una encrucijada clásica. Gracias a la mejora de los niveles de vida, los ciudadanos esperan contar con redes de protección social fiables, atención de la salud y educación asequibles, una inversión pública sólida y protección contra riesgos cada vez más variados, incluidos los fenómenos meteorológicos extremos y las pandemias. Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías avanzadas ampliaron considerablemente el Estado de bienestar; muchas volvieron a hacerlo tras la crisis financiera internacional de 2008 y en respuesta a la pandemia de COVID-19. Las economías de mercados emergentes afrontan fuertes presiones para reforzar las redes de protección aún limitadas, ya que la ciudadanía exige crecimiento con equidad. El problema es que el deseo de prestaciones suele superar la voluntad social de recaudación, y los recortes de impuestos no siempre van seguidos de una moderación del gasto. Los gobiernos no pueden ofrecer prestaciones al estilo de los países nórdicos sin reproducir su tributación; incluso con ese nivel de impuestos, el envejecimiento de la población y otros factores de presión desafían la aritmética.

A la hora de equilibrar la credibilidad y la flexibilidad, aflora otro dilema. Los gobiernos necesitan espacio para poder responder a los shocks, pero también deben asegurarles a los mercados y a los ciudadanos que mantendrán la deuda bajo control. Abalanzarse a recortar el gasto y subir los impuestos o atarse a reglas fiscales inflexibles, como un tope de deuda demasiado restrictivo, pueden profundizar una recesión; además, ignorar el déficit puede suscitar una reacción negativa del mercado, como ocurrió durante la crisis de deuda de la zona del euro. El quid de la cuestión es comprometerse firmemente con la sostenibilidad sin paralizar con rigideces la formulación de políticas. Eso requiere anclas fiscales creíbles a mediano plazo con salvedades para shocks atípicos; planes transparentes que prioricen la inversión sin abandonar a los grupos más vulnerables, y marcos institucionales que promuevan la confianza sin inmovilizar al gobierno frente a una desaceleración grave. Lograr el equilibrio adecuado jamás ha sido tan importante ni tan difícil.

Un tercer dilema es si conviene invertir ahora o conservar recursos necesarios para factores apremiantes como la seguridad nacional, los shocks, la transición climática, la inclusión social y el desarrollo: por cada dólar que se gasta hoy, queda menos protección ante la próxima crisis, y en un mundo de crisis frecuentes, la disyuntiva es complicada. Los países que agotan la capacidad de endeudamiento cuando todo anda bien quedan gravemente expuestos en la próxima recesión o catástrofe. No se trata de planificar con optimismo inefable, sino de preparar estrategias fiscales que funcionen cuando posiblemente ya esté acechando otra crisis.

Hoy, cada decisión presupuestaria beneficiará o perjudicará explícitamente a alguien en un momento determinado, y resulta más complicada en términos de la economía política. ¿Quién o qué recibe prioridad? ¿Cuánta recaudación se le destina, privando a otros programas? Son preguntas que ya no es posible camuflar con deuda nueva, y darles, como corresponde, una respuesta clara resulta más que difícil.

Cuestiones intergeneracionales

Una deuda pública abultada no es solamente un problema macroeconómico; es también una cuestión de equidad intergeneracional. Como bien dijo Edmund Burke, la sociedad es un pacto entre los que viven, los que ya no viven y los que están por nacer. Gracias a la deuda, es posible financiar proyectos que promueven el crecimiento, amortiguar un golpe o distribuir mejor los gastos a lo largo del tiempo, pero un déficit persistente está financiado con deuda endosada a los trabajadores y los contribuyentes del mañana. Cuando la deuda es grande y las tasas de interés suben, se canalizan más recursos públicos hacia los tenedores de bonos que hacia los bienes públicos, una transferencia que continúa mientras la deuda existe y que se intensifica si la deuda crece.

El perfil demográfico añade dos complicaciones. A medida que la sociedad envejece, el costo de las pensiones y de la atención médica comienza a crecer más rápido que la recaudación. Y cuando las tasas de natalidad se desploman, ese costo recae en una fuerza laboral cada vez más pequeña. Las economías avanzadas tienen hoy unos tres trabajadores por cada jubilado, a diferencia de los cuatro que había aproximadamente en 2000, y para 2050 tendrán dos (OCDE, 2025). Además, muchas obligaciones en materia de pensiones y salud siguen fuera del balance del Estado y, a medida que la población avanza en años, estos pasivos implícitos afloran en los presupuestos, a menudo con efectos desestabilizadores. Esto plantea alternativas poco gratas: subir los impuestos, recortar las prestaciones o cruzarse de brazos y tomar más deuda.

Cuanto más se posponen las decisiones difíciles, más abrupto y oneroso es el ajuste cuando los acreedores o la realidad fiscal finalmente obligan a actuar; lo que es peor, hay menos gente para pagar la cuenta. Entre tanto, las transferencias, otros gastos corrientes y el servicio de la deuda pueden desplazar la inversión en educación, tecnología e infraestructura, quitándole prosperidad a la próxima generación. La economía política ahonda el problema. El electorado general se resiste a los recortes de prestaciones percibidas o prometidas, y la tercera edad puede ser un bloque especialmente poderoso en las urnas.

Los políticos prefieren evitar medidas impopulares como el aumento de la edad de jubilación, el recorte de las prestaciones o la ampliación de la base impositiva, y por eso optan por más deuda. Este sesgo hacia el presente plantea importantes cuestiones de equidad. Los jóvenes ven cómo se acumula la deuda y sospechan que al jubilarse les tocará pagar más impuestos a cambio de menos servicios públicos. La confianza y el contrato social entre generaciones se desgastan. Por su parte, cuando ven que el ajuste fiscal se pospone indefinidamente, los mercados financieros exigen primas por riesgo más altas o se repliegan.

Ahora bien, el endeudamiento no es intrínsecamente malo para los jóvenes. La deuda puede ayudar a construir un futuro mejor si alimenta el crecimiento o evita recesiones profundas. Las inversiones en infraestructura, educación y resiliencia climática financiadas con deuda pueden beneficiar a la sociedad del futuro. Lo preocupante es que un nivel excesivo de deuda nueva financia el consumo presente o la postergación de decisiones difíciles, lo cual traslada a los futuros contribuyentes una mayor parte de la carga en lugar de recaer en los que hoy se benefician. Corresponde preguntarse si le estamos dejando a la próxima generación un mundo mejor y más próspero o sencillamente que paguen los platos rotos.

Si la tarea de la política fiscal es distribuir los costos a lo largo del tiempo y entre los distintos grupos sociales, el factor políticamente indispensable es la confianza. Sin confianza, pueden fracasar hasta las reformas más sensatas y mejor pensadas, porque la ciudadanía sospecha de los motivos y los resultados. Con confianza, las sociedades están más dispuestas a aceptar y mantener concesiones difíciles.

El temor de los ciudadanos

Confiar significa creer que algo es seguro y fiable o que alguien es bueno y honrado. Cada uno de esos elementos tiene su equivalente fiscal; si no son comprensibles, equitativos, transparentes y efectivos, los acuerdos no inspiran confianza.

Muchas sociedades se ven aquejadas por una escasez de confianza (gráfico 2). Las diferencias de percepción que la provocan saltan a la luz en un estudio reciente, basado en una encuesta de 2024 entre 27.000 personas de 13 países (Bianchi, Dabla-Norris y Khalid, 2025). En economías tanto avanzadas como de mercados emergentes, muchas personas no comprenden cuestiones fiscales básicas. Por ejemplo, apenas un 42% de los encuestados comprendía que un aumento de los impuestos o un recorte del gasto reduce el déficit público, y más del 60% subestimaba la relación deuda/PIB de su país, especialmente en países muy endeudados. Si la gente cree que la deuda no es tan elevada ni perjudicial, naturalmente pensará que los llamados a la reforma fiscal son exagerados o tienen motivaciones políticas. Esa visión errada resta premura y apoyo a medidas correctivas oportunas.

La falta de confianza siembra pesimismo en torno a las políticas públicas. Los encuestados que declaran más confianza en el gobierno tienen un 20% más de probabilidades de creer que sus políticas contribuirán a estabilizar o reducir la deuda pública. Aunque los encuestados en general dudan de que las actuales políticas de reducción de la deuda los beneficiarán, los que confían más en el gobierno tienen un 17% más de probabilidades de esperar un efecto positivo personal.

La encuesta también reveló preocupaciones que trascienden las diferencias de ingresos y demografía. Mucha gente teme perder las pensiones o los servicios esenciales de los que depende, y duda de que la carga de solucionar los problemas fiscales vaya a repartirse equitativamente. Estas inquietudes influyen en el voto y la forma de protesta. Más allá del razonamiento económico, es mucho menos probable que una persona que teme verse perjudicada por la reforma fiscal la apoye; por ejemplo, si el trabajador de clase media presume que recortar el déficit significa postergar la jubilación o cobrar menos pensión, o si los contribuyentes acaudalados sospechan que la reforma implica un impuesto patrimonial especial, la oposición se hará sentir. Y si el público cree que los nuevos impuestos se malgastarán por corrupción o mala gestión, verán poca razón para pagarlos.

La experiencia también moldea la confianza. En los países que han soportado repetidas rondas de austeridad con escasos resultados, cualquier plan fiscal nuevo naturalmente genera cinismo: si otros recortes duros no lograron reducir la deuda, ¿por qué creer esta vez? La corrupción o la malversación de los fondos de estímulo también restan confianza en la competencia del gobierno, y hasta una tímida propuesta de reforma puede generar indignación porque la gente supone que hay motivos ocultos o efectos injustos. Si se menciona la reforma jubilatoria, estallan las protestas por el temor de que desaparezca la seguridad que tanto ha costado adquirir, y la idea de una reforma tributaria de inmediato hace sospechar a muchos que el dinero ganado con tanto sacrificio terminará en bolsillo ajeno. La experiencia con las reformas de los subsidios a los combustibles es reveladora: los costos fiscales, la falta de focalización y las distorsiones económicas son factores bien conocidos, pero la ejecución ha resultado política y socialmente compleja una y otra vez.

La desconfianza puede crear un círculo vicioso. Por temor a la reacción negativa, las autoridades posponen medidas duras; el problema de la deuda empeora y carcome aún más la confianza. Pero cuando la ciudadanía cree que los sacrificios recaen en todos y conducirán a un futuro mejor, está dispuesta a aceptar incluso reformas penosas, como los ajustes de los sistemas de pensiones (FMI 2024, 2025). La confianza es lo único que convencerá al electorado a que acepte sacrificios a corto plazo a cambio de estabilidad a más largo plazo. 

Cultivar la confianza

El elevado nivel de la deuda pública está poniendo a prueba a gobiernos y sociedades como nunca, y está claro que urge actuar. Cada año de inacción deja a los países más expuestos a shocks en las tasas de interés y a vaivenes de la confianza de los mercados. Pero el saneamiento de las finanzas públicas no consiste en una austeridad indiscriminada, sino en medidas graduales y bien calibradas para imprimir sostenibilidad a la deuda sin dejar de invertir en el futuro. Eso exige franqueza y voluntad de compromiso: las autoridades deben sincerarse en cuanto a lo penoso de las disyuntivas y la ciudadanía debe reconocer que algunos programas que valora no pueden continuar sin recursos o reformas adicionales.

La confianza es fundamental en esta ecuación, ya que la gente necesita tener fe en que los sacrificios se repartirán equitativamente y que la reforma producirá beneficios concretos, y estará más dispuesta a apoyar medidas difíciles si considera que la política fiscal es competente, transparente y justa. La confianza, sin embargo, no es producto de un momento; hay que cultivarla y preservarla.

No existe un plan maestro para generar la confianza, pero algunas instituciones y prácticas pueden ayudar. La transparencia presupuestaria y una gestión de las finanzas públicas bien estructurada constituyen los cimientos. Los consejos fiscales independientes —con mandatos claros, verdadera autonomía y sólidos conocimientos técnicos, como en el caso de los Países Bajos— ofrecen evaluaciones imparciales y obligan al gobierno a rendir cuentas. Las evaluaciones del gasto, los informes sobre gastos tributarios y las evaluaciones de impacto a cargo del gobierno o de órganos independientes ayudan tanto a las autoridades como al público a comprender el destino y el rendimiento de los fondos. Una gestión prudente de la masa salarial pública y una contratación pública eficiente pueden despejar las sospechas de despilfarro. La reducción de regímenes tributarios especiales y de privilegios jubilatorios promueve la equidad, en tanto que una supervisión rigurosa de las empresas estatales es signo de responsabilidad y competencia. Estas medidas no constituyen una panacea, pero contribuyen a que lo técnicamente posible sea políticamente viable, y oxigenan la reforma al fortalecer la credibilidad de la política fiscal y demostrar que los gobiernos buscan seriamente obtener el máximo impacto del gasto público.

Es fundamental mantener el equilibrio entre una actitud realista en cuanto a las limitaciones y los deseos de cambio. Gestionar con prudencia el problema de la deuda permitirá sentar una base estable para la prosperidad a largo plazo y preservar el contrato social entre generaciones. De lo contrario, existe el riesgo de turbulencias económicas y una mayor pérdida de confianza en las instituciones. La senda fiscal que se emprenda hoy definirá la prosperidad y la equidad del mañana.

ERA DABLA-NORRIS es subdirectora del Departamento de Finanzas Públicas del FMI. 

RODRIGO VALDES es director del Departamento de Finanzas Públicas del FMI.

Las opiniones expresadas en los artículos y otros materiales pertenecen a los autores; no reflejan necesariamente la política del FMI.

Referencias:

Bianchi, Francesco, Era Dabla-Norris, and Salma Khalid. 2025. “Perceptions of Public Debt and Policy Expectations: Evidence from Cross-Country Surveys.” NBER Working Paper 34382, National Bureau of Economic Research, Cambridge, MA.

Cao, Yongquan, Era Dabla-Norris, and Enrico Di Grigorio. 2024. “Fiscal Discourse and Fiscal Policy.” IMF Working Paper 24/194, International Monetary Fund, Washington, DC.

International Monetary Fund (IMF). 2024. World Economic Outlook: Policy Pivot, Rising Threats. Washington, DC, October.

International Monetary Fund (IMF). 2025. Fiscal Monitor: Fiscal Policy under Uncertainty. Washington, DC, April.

Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). 2025. Pensions at a Glance 2025. Paris.

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Deuda, decisiones difíciles y el valor político de la confianza

Durante años, la política fiscal fue el terreno donde los gobiernos podían posponer definiciones incómodas. Endeudarse era barato, el crecimiento —aunque modesto— parecía suficiente y la urgencia de las grandes reformas estructurales podía aplazarse sin costos inmediatos. Ese mundo ya no existe. Hoy, con una deuda pública global que roza el 94% del PIB y se encamina a niveles inéditos en tiempos de paz, la economía internacional enfrenta una verdad incómoda: las decisiones difíciles ya no admiten demora, y su viabilidad depende, más que nunca, de la confianza ciudadana.

El planteamiento no es ideológico, es aritmético. El alza sostenida de las tasas de interés ha transformado la deuda en una carga cada vez más pesada dentro de los presupuestos nacionales. Los pagos por intereses desplazan inversión social, infraestructura, educación y salud. En países de ingreso bajo, absorben más de una quinta parte de la recaudación; en economías avanzadas, empiezan a rivalizar —e incluso a superar— partidas históricamente prioritarias como la defensa. Cada punto adicional de deuda no financiado con ingresos implica, inexorablemente, más impuestos futuros o menos gasto público. No hay atajos duraderos.

El problema de fondo no es únicamente económico, sino profundamente político. La política fiscal siempre ha sido un ejercicio de selección: qué se financia, a quién se beneficia y quién asume el costo. Mientras el crédito fue abundante y barato, esas decisiones podían disimularse detrás de nuevos préstamos. Hoy, ya no. Cada decisión presupuestaria tiene rostro, nombre y consecuencias explícitas. La deuda dejó de ser un amortiguador invisible para convertirse en un espejo incómodo de nuestras prioridades colectivas.

Este cambio de contexto coincide, además, con presiones estructurales de largo plazo que estrechan aún más el margen de maniobra. El envejecimiento de la población incrementa el gasto en pensiones y salud a mayor velocidad que los ingresos. La transición climática exige inversiones sustanciales y sostenidas. Las tensiones geopolíticas reintroducen la defensa y la política industrial como partidas ineludibles. Al mismo tiempo, las sociedades demandan más protección social, más servicios públicos y mayor equidad. El deseo de prestaciones crece más rápido que la disposición a financiarlas. Esa brecha es el núcleo del dilema fiscal contemporáneo.

Frente a este escenario, los gobiernos se mueven en una encrucijada compleja. Recortar gasto o subir impuestos demasiado rápido puede profundizar una recesión y erosionar legitimidad. Ignorar el déficit, en cambio, puede desencadenar reacciones abruptas de los mercados, elevar las primas de riesgo y forzar ajustes aún más drásticos. El equilibrio entre credibilidad y flexibilidad fiscal nunca ha sido tan delicado. Se requieren anclas creíbles de mediano plazo, reglas que orienten sin asfixiar, y planes transparentes capaces de proteger a los más vulnerables sin renunciar a la sostenibilidad.

Pero incluso la mejor arquitectura técnica fracasa si no se apoya en un activo intangible y escaso: la confianza. La sostenibilidad fiscal no es solo un problema de hojas de cálculo, es un desafío de legitimidad democrática. Los ciudadanos deben comprender qué se decide, por qué se decide y cómo se distribuyen los costos y beneficios en el tiempo. Sin esa comprensión, cualquier ajuste —por razonable que sea— se percibe como arbitrario o injusto. Y en sociedades donde la confianza ya es frágil, ese es un riesgo político mayor.

La dimensión intergeneracional del endeudamiento agrava este cuadro. La deuda puede ser una herramienta legítima para financiar inversiones que impulsen el crecimiento o amortiguar shocks extraordinarios. Pero cuando se acumula para sostener gasto corriente o para postergar reformas impopulares, se convierte en una transferencia silenciosa de carga hacia quienes aún no votan o ni siquiera han nacido. Los jóvenes perciben —no sin razón— que podrían enfrentar más impuestos y menos servicios en el futuro. Así se erosiona el contrato social entre generaciones.

Posponer las decisiones difíciles no las hace desaparecer; las vuelve más abruptas y costosas. Cuando finalmente llegan, suelen hacerlo en forma de austeridad desordenada, inflación, represión financiera o, en casos extremos, cesación de pagos. Y entonces ya no hay margen político, solo urgencia. La advertencia del economista Rudi Dornbusch sigue vigente: las crisis tardan más en llegar de lo esperado, pero cuando llegan, avanzan más rápido de lo imaginable.

La pregunta clave es, entonces, cómo avanzar en un contexto de restricciones severas y alta desconfianza. La respuesta no pasa por promesas grandilocuentes ni por fórmulas mágicas. Pasa por transparencia, equidad y coherencia. Por explicar con claridad las opciones y sus consecuencias. Por priorizar inversiones que generen crecimiento futuro y resiliencia, no solo consumo presente. Por distribuir los costos de manera justa y visible. Y por construir instituciones fiscales que inspiren credibilidad sin inmovilizar al Estado frente a crisis inevitables.

En última instancia, la política fiscal es un ejercicio de honestidad colectiva. Decidir qué sociedad queremos ser implica aceptar qué estamos dispuestos a financiar y a sacrificar. En un mundo de deuda cara y crisis recurrentes, la confianza ya no es un complemento deseable: es la condición indispensable para gobernar. Sin ella, incluso las reformas más sensatas están condenadas al fracaso. Con ella, las sociedades pueden —aunque con dificultad— enfrentar dilemas dolorosos y salir fortalecidas.

Luis Orlando Díaz Vólquez
Ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación.


FMI | Deuda elevada, disyuntiva espinosa | por ERA DABLA-NORRIS, RODRIGO VALDES

Fondo Monetario Internacional 
FINANZAS & DESARROLLO
Deuda elevada, disyuntiva espinosa
ERA DABLA-NORRISRODRIGO VALDES

Marzo de 2026 | foto: Joey Guidone

La deuda pública y las tasas de interés en alza están poniendo a prueba las finanzas y forzando decisiones difíciles

La política fiscal plantea incesantes dilemas: qué prioridades se financian, quién se beneficia de una menor carga impositiva y bajo qué condiciones. Hasta hace poco, los gobiernos no tenían que decidir de inmediato porque podían negociar préstamos favorables. Pero las cosas han cambiado: la deuda es más cara y acumula volúmenes históricos, al tiempo que crece la demanda de fondos públicos cada vez más escasos. Las sociedades pueden lograr conciliar estas prioridades contrapuestas únicamente con algo que suele pasar inadvertido y que no abunda: la confianza ciudadana.

Ya antes de la pandemia de COVID-19, la deuda pública no dejaba de aumentar. En muchas democracias, las plataformas políticas se inclinaron por engrosar el gasto y el déficit, aplazando la reforma estructural (Cao, Dabla-Norris y Di Grigorio, 2024). El crecimiento económico moderado, el costo sanitario asociado al creciente envejecimiento de la población y la renuencia a subir los impuestos no hicieron más que empeorar la situación. Las decisiones difíciles se postergaron y la deuda siguió creciendo, apuntalada por las tasas de interés inusitadamente bajas de las dos últimas décadas.

En 2020, ante el peor colapso económico desde la Gran Depresión, los gobiernos comenzaron a endeudarse con holgura. La deuda de las economías avanzadas saltó decenas de puntos porcentuales del PIB; en algunas, a más del 120% (gráfico 1). Aunque con más cautela, los países de mercados emergentes y de ingreso bajo siguieron la misma pauta. Esa reacción evitó un desenlace más catastrófico. Pero aunque su nivel en muchos casos se estabilizó, la deuda ya no es barata.

Hoy en día, las autoridades están viviendo la versión fiscal de un COVID persistente: tasas de interés más altas y deuda cada vez más costosa. La deuda pública mundial trepó al 93,9% del PIB en 2025 y va camino de superar el 100% para 2028, niveles nunca vistos en tiempos de paz y que representan un punto de inflexión para la política económica y la política en general. Entre tanto, hay fuerzas estructurales a largo plazo —el envejecimiento de la población, el cambio climático, las crecientes demandas sociales y, en los países de ingreso bajo, la disminución de los flujos de ayuda y el costo siempre elevado del endeudamiento— que siguen presionando los presupuestos, al tiempo que las incipientes tensiones geopolíticas obligan a invertir en defensa y política industrial.

La carga de la deuda

La era de las tasas de interés ultrabajas ha finalizado, pero las tendencias del crecimiento económico no han cambiado mucho. En poco tiempo, el costo del endeudamiento se duplicó o triplicó. Los intereses son una partida más pesada dentro del presupuesto y desplazan otras prioridades. En Estados Unidos, por ejemplo, los pagos netos por intereses pasaron de alrededor del 2% del PIB antes de la pandemia al 4,2% en 2025 —superando el gasto en defensa— y presuntamente seguirán aumentando. En los países de ingreso bajo, los intereses consumen en promedio el 21% de la recaudación.

Una deuda abultada resta margen de maniobra para afrontar crisis, trastorna la economía general al encarecer el capital, complica la política monetaria y genera represión financiera. A la vez, puede hacer peligrar la estabilidad financiera, sobre todo en los mercados emergentes, si las tasas de rendimiento suben cuando los inversionistas comienzan a dudar de la capacidad del gobierno para cumplir con sus obligaciones. La desmejora de las condiciones de financiamiento puede provocar ajustes más drásticos y repentinos; en palabras del economista Rudi Dornbusch, las crisis tardan mucho más en llegar de lo que uno cree y luego ocurren más rápido de lo que uno se imagina. A niveles elevados, la deuda también desvía recursos de la renta nacional hacia los acreedores en detrimento de otras necesidades.

En un mundo con poca deuda y bajas tasas de interés, los gobiernos podían eludir decisiones difíciles financiándose con más préstamos, confiados en que el crecimiento económico aumentaría la recaudación para atender el servicio de la deuda y, con el tiempo, amortizarla. Ese mundo ya no existe. Cada centavo de la deuda pública que no está compensado por la recaudación encierra un futuro con más impuestos o menos gastos, aunque más no sea para saldar los intereses de la nueva deuda. Pasado cierto nivel de deuda, surgen decisiones penosas, ya sea en forma de austeridad, inflación, represión financiera e incluso cesación de pagos. El dilema es insoslayable: ante un espacio fiscal limitado, ¿cuáles serán los sacrificios y en quién recaerán?

Dificultad fiscal

El tamaño del gobierno representa una encrucijada clásica. Gracias a la mejora de los niveles de vida, los ciudadanos esperan contar con redes de protección social fiables, atención de la salud y educación asequibles, una inversión pública sólida y protección contra riesgos cada vez más variados, incluidos los fenómenos meteorológicos extremos y las pandemias. Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías avanzadas ampliaron considerablemente el Estado de bienestar; muchas volvieron a hacerlo tras la crisis financiera internacional de 2008 y en respuesta a la pandemia de COVID-19. Las economías de mercados emergentes afrontan fuertes presiones para reforzar las redes de protección aún limitadas, ya que la ciudadanía exige crecimiento con equidad. El problema es que el deseo de prestaciones suele superar la voluntad social de recaudación, y los recortes de impuestos no siempre van seguidos de una moderación del gasto. Los gobiernos no pueden ofrecer prestaciones al estilo de los países nórdicos sin reproducir su tributación; incluso con ese nivel de impuestos, el envejecimiento de la población y otros factores de presión desafían la aritmética.

A la hora de equilibrar la credibilidad y la flexibilidad, aflora otro dilema. Los gobiernos necesitan espacio para poder responder a los shocks, pero también deben asegurarles a los mercados y a los ciudadanos que mantendrán la deuda bajo control. Abalanzarse a recortar el gasto y subir los impuestos o atarse a reglas fiscales inflexibles, como un tope de deuda demasiado restrictivo, pueden profundizar una recesión; además, ignorar el déficit puede suscitar una reacción negativa del mercado, como ocurrió durante la crisis de deuda de la zona del euro. El quid de la cuestión es comprometerse firmemente con la sostenibilidad sin paralizar con rigideces la formulación de políticas. Eso requiere anclas fiscales creíbles a mediano plazo con salvedades para shocks atípicos; planes transparentes que prioricen la inversión sin abandonar a los grupos más vulnerables, y marcos institucionales que promuevan la confianza sin inmovilizar al gobierno frente a una desaceleración grave. Lograr el equilibrio adecuado jamás ha sido tan importante ni tan difícil.

Un tercer dilema es si conviene invertir ahora o conservar recursos necesarios para factores apremiantes como la seguridad nacional, los shocks, la transición climática, la inclusión social y el desarrollo: por cada dólar que se gasta hoy, queda menos protección ante la próxima crisis, y en un mundo de crisis frecuentes, la disyuntiva es complicada. Los países que agotan la capacidad de endeudamiento cuando todo anda bien quedan gravemente expuestos en la próxima recesión o catástrofe. No se trata de planificar con optimismo inefable, sino de preparar estrategias fiscales que funcionen cuando posiblemente ya esté acechando otra crisis.

Hoy, cada decisión presupuestaria beneficiará o perjudicará explícitamente a alguien en un momento determinado, y resulta más complicada en términos de la economía política. ¿Quién o qué recibe prioridad? ¿Cuánta recaudación se le destina, privando a otros programas? Son preguntas que ya no es posible camuflar con deuda nueva, y darles, como corresponde, una respuesta clara resulta más que difícil.

Cuestiones intergeneracionales

Una deuda pública abultada no es solamente un problema macroeconómico; es también una cuestión de equidad intergeneracional. Como bien dijo Edmund Burke, la sociedad es un pacto entre los que viven, los que ya no viven y los que están por nacer. Gracias a la deuda, es posible financiar proyectos que promueven el crecimiento, amortiguar un golpe o distribuir mejor los gastos a lo largo del tiempo, pero un déficit persistente está financiado con deuda endosada a los trabajadores y los contribuyentes del mañana. Cuando la deuda es grande y las tasas de interés suben, se canalizan más recursos públicos hacia los tenedores de bonos que hacia los bienes públicos, una transferencia que continúa mientras la deuda existe y que se intensifica si la deuda crece.

El perfil demográfico añade dos complicaciones. A medida que la sociedad envejece, el costo de las pensiones y de la atención médica comienza a crecer más rápido que la recaudación. Y cuando las tasas de natalidad se desploman, ese costo recae en una fuerza laboral cada vez más pequeña. Las economías avanzadas tienen hoy unos tres trabajadores por cada jubilado, a diferencia de los cuatro que había aproximadamente en 2000, y para 2050 tendrán dos (OCDE, 2025). Además, muchas obligaciones en materia de pensiones y salud siguen fuera del balance del Estado y, a medida que la población avanza en años, estos pasivos implícitos afloran en los presupuestos, a menudo con efectos desestabilizadores. Esto plantea alternativas poco gratas: subir los impuestos, recortar las prestaciones o cruzarse de brazos y tomar más deuda.

Cuanto más se posponen las decisiones difíciles, más abrupto y oneroso es el ajuste cuando los acreedores o la realidad fiscal finalmente obligan a actuar; lo que es peor, hay menos gente para pagar la cuenta. Entre tanto, las transferencias, otros gastos corrientes y el servicio de la deuda pueden desplazar la inversión en educación, tecnología e infraestructura, quitándole prosperidad a la próxima generación. La economía política ahonda el problema. El electorado general se resiste a los recortes de prestaciones percibidas o prometidas, y la tercera edad puede ser un bloque especialmente poderoso en las urnas.

Los políticos prefieren evitar medidas impopulares como el aumento de la edad de jubilación, el recorte de las prestaciones o la ampliación de la base impositiva, y por eso optan por más deuda. Este sesgo hacia el presente plantea importantes cuestiones de equidad. Los jóvenes ven cómo se acumula la deuda y sospechan que al jubilarse les tocará pagar más impuestos a cambio de menos servicios públicos. La confianza y el contrato social entre generaciones se desgastan. Por su parte, cuando ven que el ajuste fiscal se pospone indefinidamente, los mercados financieros exigen primas por riesgo más altas o se repliegan.

Ahora bien, el endeudamiento no es intrínsecamente malo para los jóvenes. La deuda puede ayudar a construir un futuro mejor si alimenta el crecimiento o evita recesiones profundas. Las inversiones en infraestructura, educación y resiliencia climática financiadas con deuda pueden beneficiar a la sociedad del futuro. Lo preocupante es que un nivel excesivo de deuda nueva financia el consumo presente o la postergación de decisiones difíciles, lo cual traslada a los futuros contribuyentes una mayor parte de la carga en lugar de recaer en los que hoy se benefician. Corresponde preguntarse si le estamos dejando a la próxima generación un mundo mejor y más próspero o sencillamente que paguen los platos rotos.

Si la tarea de la política fiscal es distribuir los costos a lo largo del tiempo y entre los distintos grupos sociales, el factor políticamente indispensable es la confianza. Sin confianza, pueden fracasar hasta las reformas más sensatas y mejor pensadas, porque la ciudadanía sospecha de los motivos y los resultados. Con confianza, las sociedades están más dispuestas a aceptar y mantener concesiones difíciles.

El temor de los ciudadanos

Confiar significa creer que algo es seguro y fiable o que alguien es bueno y honrado. Cada uno de esos elementos tiene su equivalente fiscal; si no son comprensibles, equitativos, transparentes y efectivos, los acuerdos no inspiran confianza.

Muchas sociedades se ven aquejadas por una escasez de confianza (gráfico 2). Las diferencias de percepción que la provocan saltan a la luz en un estudio reciente, basado en una encuesta de 2024 entre 27.000 personas de 13 países (Bianchi, Dabla-Norris y Khalid, 2025). En economías tanto avanzadas como de mercados emergentes, muchas personas no comprenden cuestiones fiscales básicas. Por ejemplo, apenas un 42% de los encuestados comprendía que un aumento de los impuestos o un recorte del gasto reduce el déficit público, y más del 60% subestimaba la relación deuda/PIB de su país, especialmente en países muy endeudados. Si la gente cree que la deuda no es tan elevada ni perjudicial, naturalmente pensará que los llamados a la reforma fiscal son exagerados o tienen motivaciones políticas. Esa visión errada resta premura y apoyo a medidas correctivas oportunas.

La falta de confianza siembra pesimismo en torno a las políticas públicas. Los encuestados que declaran más confianza en el gobierno tienen un 20% más de probabilidades de creer que sus políticas contribuirán a estabilizar o reducir la deuda pública. Aunque los encuestados en general dudan de que las actuales políticas de reducción de la deuda los beneficiarán, los que confían más en el gobierno tienen un 17% más de probabilidades de esperar un efecto positivo personal.

La encuesta también reveló preocupaciones que trascienden las diferencias de ingresos y demografía. Mucha gente teme perder las pensiones o los servicios esenciales de los que depende, y duda de que la carga de solucionar los problemas fiscales vaya a repartirse equitativamente. Estas inquietudes influyen en el voto y la forma de protesta. Más allá del razonamiento económico, es mucho menos probable que una persona que teme verse perjudicada por la reforma fiscal la apoye; por ejemplo, si el trabajador de clase media presume que recortar el déficit significa postergar la jubilación o cobrar menos pensión, o si los contribuyentes acaudalados sospechan que la reforma implica un impuesto patrimonial especial, la oposición se hará sentir. Y si el público cree que los nuevos impuestos se malgastarán por corrupción o mala gestión, verán poca razón para pagarlos.

La experiencia también moldea la confianza. En los países que han soportado repetidas rondas de austeridad con escasos resultados, cualquier plan fiscal nuevo naturalmente genera cinismo: si otros recortes duros no lograron reducir la deuda, ¿por qué creer esta vez? La corrupción o la malversación de los fondos de estímulo también restan confianza en la competencia del gobierno, y hasta una tímida propuesta de reforma puede generar indignación porque la gente supone que hay motivos ocultos o efectos injustos. Si se menciona la reforma jubilatoria, estallan las protestas por el temor de que desaparezca la seguridad que tanto ha costado adquirir, y la idea de una reforma tributaria de inmediato hace sospechar a muchos que el dinero ganado con tanto sacrificio terminará en bolsillo ajeno. La experiencia con las reformas de los subsidios a los combustibles es reveladora: los costos fiscales, la falta de focalización y las distorsiones económicas son factores bien conocidos, pero la ejecución ha resultado política y socialmente compleja una y otra vez.

La desconfianza puede crear un círculo vicioso. Por temor a la reacción negativa, las autoridades posponen medidas duras; el problema de la deuda empeora y carcome aún más la confianza. Pero cuando la ciudadanía cree que los sacrificios recaen en todos y conducirán a un futuro mejor, está dispuesta a aceptar incluso reformas penosas, como los ajustes de los sistemas de pensiones (FMI 2024, 2025). La confianza es lo único que convencerá al electorado a que acepte sacrificios a corto plazo a cambio de estabilidad a más largo plazo. 

Cultivar la confianza

El elevado nivel de la deuda pública está poniendo a prueba a gobiernos y sociedades como nunca, y está claro que urge actuar. Cada año de inacción deja a los países más expuestos a shocks en las tasas de interés y a vaivenes de la confianza de los mercados. Pero el saneamiento de las finanzas públicas no consiste en una austeridad indiscriminada, sino en medidas graduales y bien calibradas para imprimir sostenibilidad a la deuda sin dejar de invertir en el futuro. Eso exige franqueza y voluntad de compromiso: las autoridades deben sincerarse en cuanto a lo penoso de las disyuntivas y la ciudadanía debe reconocer que algunos programas que valora no pueden continuar sin recursos o reformas adicionales.

La confianza es fundamental en esta ecuación, ya que la gente necesita tener fe en que los sacrificios se repartirán equitativamente y que la reforma producirá beneficios concretos, y estará más dispuesta a apoyar medidas difíciles si considera que la política fiscal es competente, transparente y justa. La confianza, sin embargo, no es producto de un momento; hay que cultivarla y preservarla.

No existe un plan maestro para generar la confianza, pero algunas instituciones y prácticas pueden ayudar. La transparencia presupuestaria y una gestión de las finanzas públicas bien estructurada constituyen los cimientos. Los consejos fiscales independientes —con mandatos claros, verdadera autonomía y sólidos conocimientos técnicos, como en el caso de los Países Bajos— ofrecen evaluaciones imparciales y obligan al gobierno a rendir cuentas. Las evaluaciones del gasto, los informes sobre gastos tributarios y las evaluaciones de impacto a cargo del gobierno o de órganos independientes ayudan tanto a las autoridades como al público a comprender el destino y el rendimiento de los fondos. Una gestión prudente de la masa salarial pública y una contratación pública eficiente pueden despejar las sospechas de despilfarro. La reducción de regímenes tributarios especiales y de privilegios jubilatorios promueve la equidad, en tanto que una supervisión rigurosa de las empresas estatales es signo de responsabilidad y competencia. Estas medidas no constituyen una panacea, pero contribuyen a que lo técnicamente posible sea políticamente viable, y oxigenan la reforma al fortalecer la credibilidad de la política fiscal y demostrar que los gobiernos buscan seriamente obtener el máximo impacto del gasto público.

Es fundamental mantener el equilibrio entre una actitud realista en cuanto a las limitaciones y los deseos de cambio. Gestionar con prudencia el problema de la deuda permitirá sentar una base estable para la prosperidad a largo plazo y preservar el contrato social entre generaciones. De lo contrario, existe el riesgo de turbulencias económicas y una mayor pérdida de confianza en las instituciones. La senda fiscal que se emprenda hoy definirá la prosperidad y la equidad del mañana.

ERA DABLA-NORRIS es subdirectora del Departamento de Finanzas Públicas del FMI. 

RODRIGO VALDES es director del Departamento de Finanzas Públicas del FMI.

Las opiniones expresadas en los artículos y otros materiales pertenecen a los autores; no reflejan necesariamente la política del FMI.

Referencias:

Bianchi, Francesco, Era Dabla-Norris, and Salma Khalid. 2025. “Perceptions of Public Debt and Policy Expectations: Evidence from Cross-Country Surveys.” NBER Working Paper 34382, National Bureau of Economic Research, Cambridge, MA.

Cao, Yongquan, Era Dabla-Norris, and Enrico Di Grigorio. 2024. “Fiscal Discourse and Fiscal Policy.” IMF Working Paper 24/194, International Monetary Fund, Washington, DC.

International Monetary Fund (IMF). 2024. World Economic Outlook: Policy Pivot, Rising Threats. Washington, DC, October.

International Monetary Fund (IMF). 2025. Fiscal Monitor: Fiscal Policy under Uncertainty. Washington, DC, April.

Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). 2025. Pensions at a Glance 2025. Paris.

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Deuda, decisiones difíciles y el valor político de la confianza

Durante años, la política fiscal fue el terreno donde los gobiernos podían posponer definiciones incómodas. Endeudarse era barato, el crecimiento —aunque modesto— parecía suficiente y la urgencia de las grandes reformas estructurales podía aplazarse sin costos inmediatos. Ese mundo ya no existe. Hoy, con una deuda pública global que roza el 94% del PIB y se encamina a niveles inéditos en tiempos de paz, la economía internacional enfrenta una verdad incómoda: las decisiones difíciles ya no admiten demora, y su viabilidad depende, más que nunca, de la confianza ciudadana.

El planteamiento no es ideológico, es aritmético. El alza sostenida de las tasas de interés ha transformado la deuda en una carga cada vez más pesada dentro de los presupuestos nacionales. Los pagos por intereses desplazan inversión social, infraestructura, educación y salud. En países de ingreso bajo, absorben más de una quinta parte de la recaudación; en economías avanzadas, empiezan a rivalizar —e incluso a superar— partidas históricamente prioritarias como la defensa. Cada punto adicional de deuda no financiado con ingresos implica, inexorablemente, más impuestos futuros o menos gasto público. No hay atajos duraderos.

El problema de fondo no es únicamente económico, sino profundamente político. La política fiscal siempre ha sido un ejercicio de selección: qué se financia, a quién se beneficia y quién asume el costo. Mientras el crédito fue abundante y barato, esas decisiones podían disimularse detrás de nuevos préstamos. Hoy, ya no. Cada decisión presupuestaria tiene rostro, nombre y consecuencias explícitas. La deuda dejó de ser un amortiguador invisible para convertirse en un espejo incómodo de nuestras prioridades colectivas.

Este cambio de contexto coincide, además, con presiones estructurales de largo plazo que estrechan aún más el margen de maniobra. El envejecimiento de la población incrementa el gasto en pensiones y salud a mayor velocidad que los ingresos. La transición climática exige inversiones sustanciales y sostenidas. Las tensiones geopolíticas reintroducen la defensa y la política industrial como partidas ineludibles. Al mismo tiempo, las sociedades demandan más protección social, más servicios públicos y mayor equidad. El deseo de prestaciones crece más rápido que la disposición a financiarlas. Esa brecha es el núcleo del dilema fiscal contemporáneo.

Frente a este escenario, los gobiernos se mueven en una encrucijada compleja. Recortar gasto o subir impuestos demasiado rápido puede profundizar una recesión y erosionar legitimidad. Ignorar el déficit, en cambio, puede desencadenar reacciones abruptas de los mercados, elevar las primas de riesgo y forzar ajustes aún más drásticos. El equilibrio entre credibilidad y flexibilidad fiscal nunca ha sido tan delicado. Se requieren anclas creíbles de mediano plazo, reglas que orienten sin asfixiar, y planes transparentes capaces de proteger a los más vulnerables sin renunciar a la sostenibilidad.

Pero incluso la mejor arquitectura técnica fracasa si no se apoya en un activo intangible y escaso: la confianza. La sostenibilidad fiscal no es solo un problema de hojas de cálculo, es un desafío de legitimidad democrática. Los ciudadanos deben comprender qué se decide, por qué se decide y cómo se distribuyen los costos y beneficios en el tiempo. Sin esa comprensión, cualquier ajuste —por razonable que sea— se percibe como arbitrario o injusto. Y en sociedades donde la confianza ya es frágil, ese es un riesgo político mayor.

La dimensión intergeneracional del endeudamiento agrava este cuadro. La deuda puede ser una herramienta legítima para financiar inversiones que impulsen el crecimiento o amortiguar shocks extraordinarios. Pero cuando se acumula para sostener gasto corriente o para postergar reformas impopulares, se convierte en una transferencia silenciosa de carga hacia quienes aún no votan o ni siquiera han nacido. Los jóvenes perciben —no sin razón— que podrían enfrentar más impuestos y menos servicios en el futuro. Así se erosiona el contrato social entre generaciones.

Posponer las decisiones difíciles no las hace desaparecer; las vuelve más abruptas y costosas. Cuando finalmente llegan, suelen hacerlo en forma de austeridad desordenada, inflación, represión financiera o, en casos extremos, cesación de pagos. Y entonces ya no hay margen político, solo urgencia. La advertencia del economista Rudi Dornbusch sigue vigente: las crisis tardan más en llegar de lo esperado, pero cuando llegan, avanzan más rápido de lo imaginable.

La pregunta clave es, entonces, cómo avanzar en un contexto de restricciones severas y alta desconfianza. La respuesta no pasa por promesas grandilocuentes ni por fórmulas mágicas. Pasa por transparencia, equidad y coherencia. Por explicar con claridad las opciones y sus consecuencias. Por priorizar inversiones que generen crecimiento futuro y resiliencia, no solo consumo presente. Por distribuir los costos de manera justa y visible. Y por construir instituciones fiscales que inspiren credibilidad sin inmovilizar al Estado frente a crisis inevitables.

En última instancia, la política fiscal es un ejercicio de honestidad colectiva. Decidir qué sociedad queremos ser implica aceptar qué estamos dispuestos a financiar y a sacrificar. En un mundo de deuda cara y crisis recurrentes, la confianza ya no es un complemento deseable: es la condición indispensable para gobernar. Sin ella, incluso las reformas más sensatas están condenadas al fracaso. Con ella, las sociedades pueden —aunque con dificultad— enfrentar dilemas dolorosos y salir fortalecidas.

Luis Orlando Díaz Vólquez
Ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación.

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📌💰🌍 **Deuda alta + dinero caro = decisiones fiscales inevitables**
El FMI lo advierte: cuando la deuda sube y el financiamiento se encarece, los gobiernos **ya no pueden seguir postergando** decisiones difíciles. Y para conciliar prioridades (salud, educación, seguridad, inversión), se necesita un recurso escaso: **la confianza ciudadana**. 🤝📉
🇩🇴 **República Dominicana** tiene una gran meta: **Meta RD 2036**, que busca duplicar el PIB real, elevar el ingreso per cápita, mejorar el aprendizaje, aumentar la formalidad y fortalecer la efectividad del gobierno. 🚀📚🏛️ 
Pero ojo 👀: **sin reforma fiscal legítima no hay base sólida para sostener ese salto**. Y la legitimidad comienza por la **equidad**:
**Que pague más quien más puede** 
**Cerrar privilegios y atajos** (exenciones improductivas, elusión, evasión) 
**Proteger a los vulnerables y no castigar a la clase media** 
**Convertir recaudación en resultados medibles** (educación, formalidad, servicios) 
📌 La reforma fiscal no puede ser solo “recaudar”: debe ser un **pacto de desarrollo**
📣 Y un pacto se sostiene con 2 cosas: **justicia + transparencia**. ✨⚖️
🔗 Lectura recomendada (FMI): https://t.co/tY0198rky3 [1](https://www.timesofisrael.com/liveblog-march-26-2026/)
✍️ **Luis Orlando Díaz Vólquez** 
Ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación.
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Meta RD 2036 y el pacto fiscal pendiente: sin equidad no hay confianza, sin confianza no hay desarrollo

Cuando la deuda es alta y el costo de endeudarse sube, los gobiernos dejan de tener la comodidad de “patear” decisiones fiscales para mañana. Esa es la tesis central que el Fondo Monetario Internacional viene subrayando en su revista Finance & Development: ya no se pueden diferir elecciones duras y, para reconciliar prioridades en competencia, la condición habilitante es la confianza pública. [imf.org], [elibrary.imf.org]

Ese mensaje no es abstracto ni distante para la República Dominicana. En un país que aspira —con Meta RD 2036— a duplicar el PIB real, elevar ingresos, mejorar aprendizajes, formalizar empleo y elevar la efectividad del gobierno, el factor fiscal no es un apéndice técnico: es el piso de credibilidad que sostiene la promesa de bienestar. Y si la confianza es la “moneda” de la gobernabilidad fiscal, la equidad es su respaldo: nadie sostiene un pacto donde percibe que el peso cae siempre sobre los mismos. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

La encrucijada dominicana: reforma postergada y legitimidad en juego

La República Dominicana intentó reabrir el debate fiscal en octubre de 2024 con el Proyecto de Ley de Modernización Fiscal, presentado como una vía para aumentar recaudación, racionalizar exenciones e introducir mejoras administrativas. Sin embargo, el clima social y político se tensó: el proyecto generó reservas y rechazos, entre otros motivos, por la percepción de impactos regresivos y por la falta de consenso. El resultado fue un hecho políticamente revelador: la reforma se retiró del escenario legislativo, dejando pendiente el problema estructural que pretendía resolver. [hacienda.gob.do], [diariolibre.com] [elcaribe.com.do], [siemprealdia.co] [siemprealdia.co], [diariolibre.com]

Esa postergación no solo aplaza ingresos. Aplaza equidad, y con ella aplaza confianza. Y aquí conviene hablar con claridad: en la discusión pública dominicana se ha instalado la convicción de que los más ricos terminan pagando proporcionalmente menos, ya sea por tratamientos preferenciales, por espacios de elusión, o por un sistema que se apoya con fuerza en impuestos al consumo que pesan más en los hogares de ingresos medios y bajos. Esa preocupación no nace de la imaginación; en el propio debate de 2024 se advirtió que una porción relevante del esfuerzo recaudatorio descansaba en impuestos indirectos, lo que alimentó la crítica de regresividad. [elcaribe.com.do], [diariolibre.com]

En este punto, la advertencia del FMI adquiere una traducción local: sin confianza, fracasan incluso las reformas sensatas; y la confianza se rompe cuando la ciudadanía sospecha que el sacrificio será desigual o que el Estado no convertirá el esfuerzo en servicios verificables. [imf.org], [elibrary.imf.org]

Meta RD 2036 exige un contrato fiscal nuevo: “quién paga” y “para qué” no pueden seguir en sombras

Meta RD 2036 fue concebida como una estrategia de metas medibles y seguimiento para transformar crecimiento en prosperidad: mayor aprendizaje efectivo, más formalidad, menos pobreza multidimensional rural, mejor infraestructura y más efectividad gubernamental. Pero ninguna hoja de ruta nacional puede ejecutarse con éxito si se sostiene sobre una base fiscal frágil o socialmente impugnada. Por eso, el tema no es simplemente recaudar más; es recaudar mejor y, sobre todo, recaudar con justicia. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

Y aquí aparece la pregunta inevitable que la política suele esquivar: ¿quién cargará con el peso de la reforma? Si la respuesta práctica es “la clase media y los consumidores”, entonces no estamos hablando de un pacto de desarrollo, sino de un ajuste con fecha de caducidad política. El debate de 2024 mostró exactamente ese riesgo: tensiones sociales ante la idea de que el grueso de la carga pudiera recaer en consumo y hogares, mientras persistían exenciones y privilegios. [elcaribe.com.do], [diariolibre.com]

En cambio, una reforma fiscal alineada con Meta RD 2036 debe sostenerse en un principio que sea entendible para cualquier ciudadano:

La mayor carga debe recaer en quienes tienen mayor capacidad contributiva y en la eliminación de privilegios improductivos; el Estado debe proteger a los vulnerables y no convertir a la clase media en el “colchón” permanente del sistema. [imf.org], [cnc.gob.do]

Equidad fiscal: cómo distribuir el peso sin frenar el crecimiento

Una reforma equilibrada no se define por un eslogan, sino por su arquitectura distributiva. Y esa arquitectura debe responder con nitidez a tres frentes:

1) Arriba: que pague más quien más puede (y que se acaben los atajos)

Si la ciudadanía percibe que “los de arriba” tienen vías para contribuir menos, la reforma nace derrotada. En el intento de 2024, el propio enfoque de racionalizar incentivos y exenciones aparecía como un eje para mejorar ingresos y equidad; esa línea debe recuperarse con criterios técnicos y evaluación de impacto.
Esto implica, en la práctica: [diariolibre.com], [hacienda.gob.do]

  • Revisar y depurar exenciones e incentivos según evidencia de empleo, productividad e impacto territorial (no por capacidad de lobby). [hacienda.gob.do], [diariolibre.com]
  • Cerrar brechas de elusión y evasión de alto monto con fiscalización inteligente y herramientas modernas de administración tributaria (la reforma 2024 ya apuntaba a modernización institucional). [hacienda.gob.do], [diariolibre.com]
  • Fortalecer progresividad: más peso relativo en impuestos directos sobre rentas altas y patrimonios donde corresponda, evitando que el sistema descanse desproporcionadamente en consumo. La controversia de 2024 por el peso de impuestos indirectos muestra por qué este punto es crucial. [elcaribe.com.do], [diariolibre.com]

2) Centro: proteger a la clase media para que Meta RD 2036 sea viable

Meta RD 2036 propone ampliar la clase media y elevar formalidad; cargar el ajuste principalmente sobre ese segmento contradice el objetivo. Una reforma equilibrada debe diseñar amortiguadores: [cnc.gob.do], [presidencia.gob.do]

  • Escalonamiento y gradualidad en cualquier cambio que afecte costos de vida. [imf.org], [diariolibre.com]
  • Deducciones, créditos o alivios vinculados a educación, salud y formalización, para alinear el sistema con los objetivos de capital humano del plan. [cnc.gob.do], [minpre.gob.do]
  • Un “pacto de servicios”: que el contribuyente vea mejoras medibles (seguridad, salud primaria, transporte, aprendizaje) como retorno del esfuerzo fiscal. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

3) Abajo: que los vulnerables no paguen la factura

Este punto no admite ambigüedades. Si se amplían impuestos al consumo o se ajustan bases amplias, debe existir un escudo social automático y focalizado. La experiencia del debate de 2024 mostró el temor a impactos regresivos; ignorarlo es repetir el mismo fracaso. [elcaribe.com.do], [siemprealdia.co]

Confianza fiscal: el “cómo” importa tanto como el “qué”

El FMI insiste en que la confianza es indispensable para sostener concesiones difíciles. En la República Dominicana, recuperar confianza fiscal exige que la reforma se presente no como una lista de impuestos, sino como un contrato verificable. Propongo cinco compromisos públicos —simples de explicar y difíciles de manipular— para un Pacto Fiscal Meta RD 2036: [imf.org], [elibrary.imf.org]

  1. Transparencia radical del gasto y del “gasto tributario” (exenciones/incentivos): cuánto cuestan, quién se beneficia y qué retornan al país en empleo y productividad. [hacienda.gob.do], [cnc.gob.do]
  2. Presupuesto por resultados conectado a metas Meta RD 2036: cada peso adicional debe traducirse en indicadores visibles (aprendizaje efectivo, formalidad, efectividad gubernamental). [cnc.gob.do], [presidencia.gob.do]
  3. Secuenciación inteligente: primero administración, evasión/elusión y privilegios; luego ajustes más sensibles, con gradualidad. Eso reduce choque social y aumenta credibilidad. [imf.org], [hacienda.gob.do]
  4. Protección explícita a vulnerables y no penalización de la formalización (Mipymes y empleo): una reforma que ahogue la formalidad es una reforma contra el desarrollo. El diseño de 2024 incluyó enfoques diferenciados para Mipymes; la idea debe mantenerse y mejorar. [diariolibre.com], [periodicoe...sol.com.do]
  5. Gobernanza y seguimiento: Meta RD 2036 plantea arquitectura de ejecución y evaluación; usemos esa institucionalidad como “garante” del pacto fiscal. [presidencia.gob.do], [cnc.gob.do]

El punto político decisivo: la reforma debe ser percibida como justa o no será

La política fiscal es, al final, un mecanismo de distribución: decide quién aporta, quién recibe y qué futuro se construye. Cuando el Estado pide sacrificios en un mundo de deuda cara, la ciudadanía exige dos cosas: equidad y resultados. Esa ecuación está en el corazón del argumento del FMI sobre confianza y decisiones difíciles. [imf.org], [elibrary.imf.org]

Por eso, la República Dominicana tiene una oportunidad histórica: convertir Meta RD 2036 en una política de Estado sostenida por un pacto fiscal legítimo. Pero esa oportunidad se pierde si el país insiste en el camino corto: cargar el peso sobre consumo y clase media, mientras se preservan atajos para quienes más pueden. El episodio de 2024 ya demostró que la sociedad no acompañará una reforma percibida como desequilibrada. [siemprealdia.co], [elcaribe.com.do]

Una reforma fiscal que genere desarrollo debe poder resumirse en una frase que la gente crea: “pagará más quien más puede; se cerrarán privilegios; se protegerá al vulnerable; y cada peso extra se verá en educación, formalidad, institucionalidad y bienestar”. Eso es equidad operativa. Eso es confianza fiscal. Y sin ambas, Meta RD 2036 corre el riesgo de convertirse en una visión sin músculo presupuestario, en una promesa sin contrato social.

Luis Orlando Díaz Vólquez
Ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación.

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"Deuda alta + tasas en alza: ya no se pueden postergar decisiones fiscales. La clave es la confianza. En RD, Meta RD 2036 exige una reforma fiscal EQUITATIVA: que pague más quien más puede, cerrar privilegios y proteger a clase media y vulnerables. #MetaRD2036 #EquidadFiscal",
"Cuando el dinero se encarece, el país necesita confianza fiscal. RD no puede impulsar Meta RD 2036 sin una reforma equilibrada: menos privilegios, más progresividad y resultados medibles en educación, formalidad y servicios. #ReformaFiscal #MetaRD2036",

"La reforma fiscal no es solo recaudar: es justicia y futuro. Para Meta RD 2036, la carga debe ser progresiva: que aporte más quien más puede, sin castigar a la clase media ni a los vulnerables. Transparencia + resultados = confianza. #EquidadFiscal"

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🧠📊 ¿Por qué es clave la reforma fiscal hoy?
Con deuda alta y tasas en alza 💸, ya no se pueden aplazar decisiones. Para avanzar con Meta RD 2036, RD necesita confianza 🤝: una reforma justa, donde pague más quien más puede, se proteja a la clase media y a los vulnerables, y los recursos se conviertan en resultados. ✅
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NOTA DE PRENSA

Deuda cara y confianza fiscal: llamado a un pacto tributario equitativo para viabilizar Meta RD 2036

Análisis destaca que sin equidad, transparencia y resultados medibles no se sostendrá el salto de desarrollo propuesto para 2036

Santo Domingo, R.D. — 27 de marzo de 2026. Ante el nuevo entorno internacional de deuda elevada y costos de financiamiento en aumento, se hace imprescindible que la República Dominicana avance hacia una reforma fiscal más equilibrada y equitativa, capaz de fortalecer la confianza ciudadana y asegurar la sostenibilidad del plan Meta RD 2036, estrategia de desarrollo impulsada por el presidente Luis Abinader para duplicar el PIB real y elevar la prosperidad nacional. [timesofisrael.com], [elibrary.imf.org], [imf.org]

La posición se fundamenta en el reciente análisis del Fondo Monetario Internacional (FMI) publicado en Finance & Development, que advierte que, con niveles de deuda altos y tasas en alza, los gobiernos ya no pueden postergar decisiones fiscales difíciles, y que la confianza pública es esencial para conciliar prioridades como inversión social, infraestructura, educación y estabilidad macroeconómica. [timesofisrael.com], [periodicoe...sol.com.do]

En el contexto dominicano, el debate fiscal vuelve al centro de la agenda tras el precedente de octubre de 2024, cuando el Gobierno presentó una propuesta de “modernización fiscal” que buscaba aumentar la recaudación y racionalizar exenciones e incentivos, pero enfrentó resistencias y fue retirada del curso legislativo, evidenciando la necesidad de mayor consenso social y claridad distributiva. [dialnet.unirioja.es], [es-us.noti....yahoo.com], [cnc.gob.do]

“La reforma fiscal no puede percibirse como un castigo para la clase media o los sectores vulnerables. Debe ser un pacto de desarrollo, donde pague más quien más puede, se cierren privilegios improductivos y cada peso adicional se refleje en resultados verificables: educación, formalidad laboral, servicios públicos y efectividad institucional”, afirmó Luis Orlando Díaz Vólquez, ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. [imf.org], [timesofisrael.com]

Equidad fiscal como base de legitimidad

El planteamiento subraya que la reforma debe priorizar progresividad y justicia tributaria, mediante una revisión basada en evidencia de exenciones e incentivos, el fortalecimiento del control a la evasión y elusión, y la protección de los hogares vulnerables ante posibles impactos de impuestos al consumo. [buenaeconomia.com], [dialnet.unirioja.es], [es-us.noti....yahoo.com]

Asimismo, propone que el país consolide un enfoque de presupuesto por resultados vinculado a las metas de Meta RD 2036, incluyendo indicadores públicos y seguimiento periódico, aprovechando la arquitectura de gobernanza y evaluación descrita en el plan. [elibrary.imf.org], [imf.org]

Meta RD 2036: metas ambiciosas requieren sostenibilidad

Meta RD 2036 establece objetivos transformadores priorizados para 2024–2028 y el horizonte 2036, incluyendo mejoras en aprendizaje efectivo, formalidad del empleo, clase media, infraestructura y efectividad del gobierno, como base para elevar el bienestar y la competitividad nacional. [elibrary.imf.org], [imf.org], [imf.org]

“En un mundo donde la deuda se encarece, la pregunta no es si habrá ajustes, sino cómo se distribuyen con equidad. Si la ciudadanía percibe justicia, transparencia y resultados, se construye confianza. Sin confianza, cualquier reforma se vuelve políticamente inviable”, añadió Díaz Vólquez. [timesofisrael.com], [periodicoe...sol.com.do]


Documentos de referencia


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