Manzanillo y la energía en tiempos de incertidumbre: cuando el sistema eléctrico también es geopolítica
_ Por Luis Orlando Díaz Vólquez
Hay momentos en que un país inaugura una obra y, sin proponérselo, termina enviando un mensaje más amplio que el del corte de cinta. La puesta en marcha de una central termoeléctrica —como la de Manzanillo Power Land, inaugurada por el presidente Luis Abinader en Pepillo Salcedo, Montecristi— no es solo un hito técnico ni un dato para especialistas del sector: es, sobre todo, una respuesta estratégica a un mundo que se ha vuelto más impredecible, más caro y más riesgoso. Y en ese sentido, las palabras del ministro de Industria, Comercio y Mipymes, Eduardo Sanz Lovatón, al referirse al contexto internacional marcado por tensiones entre Irán, Estados Unidos e Israel, conectan con una verdad que muchos países aprendieron tarde: la energía ya no puede tratarse como un tema meramente doméstico, porque su precio, su suministro y su estabilidad dependen —cada vez más— de variables globales.
Esa afirmación, lejos de ser retórica, describe la lógica del tiempo presente. En los últimos años, la humanidad ha transitado de una crisis a otra con escasos márgenes de recuperación. La pandemia alteró cadenas de suministro, elevó costos, desordenó mercados y mostró cuán frágiles pueden ser los equilibrios más básicos. Luego, el asesinato del presidente Jovenel Moïse en Haití recordó la dimensión regional de la inestabilidad y cómo un evento político puede acelerar migraciones, tensiones fronterizas y presiones humanitarias. Más tarde, la guerra entre Rusia y Ucrania confirmó que un conflicto puede reconfigurar el mapa energético del planeta, disparar los precios de combustibles y fertilizantes, y empujar la inflación global incluso en países que están lejos del frente. En ese hilo de acontecimientos, la referencia de “Yayo” —al describir el mundo como una situación “de mucho cuidado” y agradecer por la posibilidad de “tener la luz”— no es una frase menor: es un resumen popular de una ansiedad colectiva que se traduce en una demanda concreta hacia el Estado y hacia el sector eléctrico: garantizar continuidad, calidad y precios razonables.
La electricidad, al final, es el sistema nervioso de la economía contemporánea. Sin energía estable no hay industria competitiva, no hay logística confiable, no hay comercio moderno, no hay servicios digitales robustos, no hay seguridad ciudadana plenamente operativa, ni hay hogares con calidad de vida. Cuando un país amplía su capacidad de generación, no está agregando únicamente megavatios: está agregando margen de maniobra, está comprando resiliencia. Está reduciendo la vulnerabilidad ante picos de demanda, fallas de transmisión, indisponibilidades de plantas viejas o dependencias excesivas de combustibles caros. Está, en términos simples, disminuyendo el riesgo de que una tensión en el Medio Oriente o una disrupción en un estrecho marítimo termine sintiéndose como apagón en un barrio o como sobrecosto en una factura.
Por eso el ministro subraya que la entrada en funcionamiento de esta planta representa una respuesta ante los desafíos energéticos que enfrenta la República Dominicana. Esa lectura es pertinente: en un contexto donde las tensiones geopolíticas pueden elevar el precio del petróleo y del gas, el país necesita robustecer su sistema para evitar que el impacto internacional se convierta en una crisis interna. No se trata de prometer invulnerabilidad —eso sería irresponsable—, sino de construir amortiguadores. Y una central adicional, integrada a la matriz con criterios de eficiencia y confiabilidad, funciona como uno de esos amortiguadores: permite cubrir picos, sustituir generación menos eficiente, estabilizar el despacho y, potencialmente, mejorar la calidad del servicio si se acompaña de inversiones en redes, mantenimiento y gestión.
Ahora bien, el punto más importante —y el más difícil— es entender que la inauguración de una planta no es el final de una historia, sino el inicio de una etapa que exige gobernanza y disciplina. Decir que esto marcará “un antes y un después” puede ser cierto en términos de capacidad instalada, pero el “después” no se produce automáticamente: se construye con operación eficiente, con planificación energética coherente y con coordinación entre generación, transmisión y distribución. Si el país quiere que la nueva capacidad se traduzca en menos pérdidas, menos interrupciones y mejor competitividad, entonces hay que mirar el sistema completo, no solo la planta. Una central puede producir energía; pero la energía debe llegar con calidad a la industria y a los hogares. Y ahí entran, de manera ineludible, la modernización de redes, la reducción de pérdidas técnicas y no técnicas, la calidad del mantenimiento, la automatización, la inversión en subestaciones y la transparencia regulatoria.
También hay un aspecto que suele pasarse por alto en el debate público: la energía es política industrial. El MICM, por su propia naturaleza, se encuentra en el cruce entre producción, comercio, competitividad y mipymes. Una industria con costos eléctricos altos pierde competitividad frente a mercados que operan con tarifas más estables y sistemas más robustos. Una mipymes que enfrenta apagones o variaciones de voltaje ve afectada su productividad, daña equipos, pierde inventario y reduce su capacidad para sostener empleos. Es decir: cuando se habla de generación eléctrica, se está hablando —directamente— del clima de negocios, de la atracción de inversión y del potencial exportador. Por eso la infraestructura energética no debe verse como un gasto, sino como una plataforma de crecimiento.
En el trasfondo, además, está la transición energética. La República Dominicana, como el resto del mundo, avanza hacia una matriz más diversificada, con mayor participación de renovables, y con exigencias crecientes de sostenibilidad por parte de mercados internacionales, inversionistas y consumidores. En ese camino, la estabilidad del sistema es crucial: las renovables aportan competitividad y reducción de emisiones, pero requieren respaldo y redes inteligentes para gestionar la intermitencia. Una expansión de capacidad térmica moderna puede funcionar como soporte transitorio mientras se fortalecen almacenamiento, transmisión, regulación y despacho. El equilibrio no es ideológico; es técnico y económico: garantizar energía suficiente hoy sin comprometer el rumbo de modernización del sistema mañana.
La geopolítica, por último, obliga a repensar el concepto de seguridad nacional en clave energética. En un mundo polarizado, con conflictos que pueden escalar y con mercados que reaccionan en minutos, la pregunta no es si habrá turbulencias, sino cuándo y con qué intensidad. Y ante esa certeza, la política pública debe orientarse a reducir exposiciones. Eso incluye diversificar fuentes, asegurar contratos, mantener reservas, fortalecer logística de abastecimiento, mejorar eficiencia energética y acelerar obras que disminuyan cuellos de botella. También incluye una comunicación honesta con la ciudadanía: explicar que el precio de la energía depende de factores globales, pero que el país puede —con planificación— disminuir el impacto de esos factores sobre el consumidor.
En definitiva, la inauguración de Manzanillo Power Land debe leerse como una señal de prioridad: la prioridad de sostener el crecimiento y la estabilidad social en un entorno internacional convulso. La frase de gratitud por “poder tener la luz” no es solo devoción o costumbre; es la expresión de un deseo de normalidad en medio de la incertidumbre. Y la normalidad, en el siglo XXI, se fabrica con infraestructura, gestión y previsión. Si esta central logra aportar confiabilidad real al sistema y si se integra dentro de una hoja de ruta que incluya redes, eficiencia y reducción de pérdidas, entonces sí: el “antes y después” dejará de ser una consigna y se convertirá en una experiencia cotidiana para la gente y para el aparato productivo.
Lo que sigue es sostener el impulso: convertir una inauguración en resultados medibles. Porque en tiempos en que el mundo vive “con mucho cuidado”, la energía no es solo luz: es soberanía práctica, estabilidad económica y tranquilidad social. Y esas tres cosas —cuando se obtienen— no se celebran únicamente con discursos; se validan cuando la electricidad llega, se mantiene y permite que el país trabaje, estudie, produzca y avance, incluso mientras afuera el tablero global se sacude.
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Sobre el autor, Luis Orlando Díaz Vólquez, es ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. Autor de artículos de opinión y análisis sobre geopolítica, seguridad y comercio internacional. Ha seguido y escrito sobre procesos regionales y eventos de alto impacto (ferias internacionales, congresos sectoriales y coyunturas de seguridad nacional). Su enfoque privilegia la institucionalidad, el Estado mínimo funcional y la apertura económica con compliance como pilares para la normalización y el desarrollo sostenible.
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✨🚀 ¡Histórico avance energético en RD!
— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) March 28, 2026
El presidente @luisabinader inauguró la Central Termoeléctrica Manzanillo Power Land, que aporta 414 MW al Sistema Eléctrico Nacional 🇩🇴⚡#ManzanilloPowerLand #MásEnergíaRD 🇩🇴 https://t.co/nNaKlOjkdi pic.twitter.com/GYHnAN8k56
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