La academia, el servicio público y el derecho a seguir soñando
La investidura de Eduardo "Yayo" Sanz Lovatón como Profesor Honorario de la UASD trasciende la dimensión de una distinción personal y se proyecta como un gesto institucional que convoca a repensar la relación entre universidad, Estado, modernización pública y esperanza nacional. Cuando la Primada de América reconoce una trayectoria vinculada a la gestión, la transparencia, la competitividad y el desarrollo productivo, también reafirma que el conocimiento solo alcanza plenitud cuando se pone al servicio del bien común.
Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor
La Universidad Autónoma de Santo Domingo no es un escenario cualquiera. En su memoria institucional gravita una parte sustancial de la historia dominicana: la formación de profesionales, la democratización del conocimiento, la defensa de la movilidad social y la construcción de ciudadanía. Por eso, cada acto solemne celebrado en su seno adquiere una dimensión que trasciende el protocolo. Cuando la UASD inviste a una figura pública como Profesor Honorario, no solo entrega un diploma, una esclavina o un símbolo académico; también emite un mensaje sobre los valores que desea preservar, reconocer y proyectar hacia la sociedad.
La investidura de Eduardo José Sanz Lovatón, (Yayo), como Profesor Honorario de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, celebrada el martes 7 de julio de 2026 en el Salón del Consejo Universitario, debe entenderse dentro de esa perspectiva mayor. No se trató simplemente de honrar a un funcionario en ejercicio, hoy ministro de Industria, Comercio y Mipymes, ni de recordar su paso por la Dirección General de Aduanas. El acto representó una convergencia simbólica entre academia y servicio público, entre pensamiento y acción, entre formación intelectual y gestión del Estado.
La UASD, en su condición de universidad pública, tiene una misión que no puede reducirse a la enseñanza formal. Su papel histórico consiste en abrir caminos, forjar igualdad, promover pensamiento crítico y reconocer aquellas trayectorias que, desde distintos ámbitos, contribuyen al desarrollo nacional. En esa lógica, la distinción otorgada a Sanz Lovatón adquiere sentido cuando se examina su relación con procesos concretos de modernización institucional, eficiencia administrativa, impulso logístico, fortalecimiento del comercio exterior y apoyo a iniciativas universitarias como la Autoferia UASD, destacada durante el acto como una expresión de colaboración efectiva entre el Estado y la academia.
Uno de los elementos más relevantes de esta ceremonia fue la insistencia en la idea de que “ser amigo de la UASD es convertirse en aliado del progreso, de las oportunidades y del desarrollo de la República Dominicana”. Esa frase, pronunciada en el marco del reconocimiento, encierra una lectura profunda: la universidad pública no puede vivir encerrada en sí misma, ni el Estado puede actuar de espaldas al conocimiento. Entre ambos espacios debe existir una relación dinámica, crítica y constructiva. La academia aporta pensamiento, método, investigación y memoria; la gestión pública aporta capacidad de ejecución, políticas concretas y responsabilidad frente a las demandas sociales. Cuando esos mundos dialogan, el país gana densidad institucional.
La trayectoria de Sanz Lovatón fue presentada, en el acto, como una síntesis de formación jurídica, experiencia política, sensibilidad social, vocación docente y gestión pública. Su paso por la Dirección General de Aduanas quedó vinculado a hitos como el programa “Despacho en 24 horas”, los niveles históricos de recaudación y la consolidación de la República Dominicana como plataforma logística regional. Más allá de la valoración personal, esos elementos deben ser leídos como parte de una discusión mayor sobre la necesidad de modernizar el Estado dominicano. En un mundo donde la competitividad depende de la velocidad, la transparencia y la confianza institucional, las aduanas, la industria, el comercio y las mipymes no son sectores aislados: constituyen columnas estratégicas de la economía nacional.
La distinción también invita a reflexionar sobre el sentido ético del servicio público. En tiempos de desconfianza, saturación informativa y vigilancia permanente a través de las redes sociales, ejercer una función pública implica cargar con una presión constante. El propio Sanz Lovatón, en sus palabras de agradecimiento, aludió a esa tensión: la demanda legítima de la ciudadanía por vivir mejor, trabajar mejor y tener más oportunidades puede interpelar, cansar y frustrar. Pero ahí reside precisamente la prueba del servidor público: no abandonar la tarea ante el ruido, no confundir crítica con derrota, no convertir el poder en privilegio ni la responsabilidad en simple administración de cargos.
Quizás el momento más humano del discurso del nuevo Profesor Honorario fue su apelación al sueño. No al sueño entendido como ilusión vacía, sino como fuerza interior que sostiene proyectos personales y colectivos. En la UASD, esa palabra tiene un peso especial. Cada estudiante que cruza sus aulas carga una aspiración familiar, una esperanza social, una promesa de futuro. La universidad pública dominicana ha sido, durante generaciones, el lugar donde miles de jóvenes han convertido la precariedad en título, la incertidumbre en profesión y el sacrificio en movilidad social. Por eso, hablar de sueños en la UASD no es un gesto retórico: es tocar el nervio moral de la nación.
Cuando Sanz Lovatón definió a los profesores como “arquitectos de almas” y “forjadores de sueños”, colocó el reconocimiento recibido en una categoría superior. Ser profesor, incluso honorario, no es únicamente portar un título; es asumir una responsabilidad intelectual y moral. La docencia implica influir, orientar, corregir, inspirar y dejar huellas. En una época dominada por la inmediatez, donde el prestigio suele medirse por visibilidad y no por profundidad, reivindicar la figura del maestro resulta necesario. La sociedad dominicana necesita más pedagogía pública, más pensamiento responsable, más ejemplos capaces de enseñar no solo con palabras, sino con conducta.
El acto también estuvo cargado de símbolos. La entrega del libro Tesoros Artísticos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo al homenajeado conectó el reconocimiento con la memoria cultural de la institución. No fue un obsequio ornamental. Fue una forma de decir que la universidad no solo forma técnicos o profesionales, sino que custodia patrimonio, sensibilidad, arte, historia y espíritu nacional. En ese gesto se encuentra una verdad frecuentemente olvidada: el desarrollo no puede limitarse a indicadores económicos. Un país también se mide por la calidad de sus símbolos, por el respeto a sus instituciones, por la fuerza de su cultura y por la capacidad de enlazar eficiencia con humanidad.
Reconocer a un funcionario público desde la academia exige, sin embargo, una lectura equilibrada. La universidad no debe convertirse en extensión protocolar del poder, ni el reconocimiento académico debe ser entendido como simple validación política. Su valor reside precisamente en la solemnidad, en el rigor y en la responsabilidad con que se concede. Por eso, cuando la UASD otorga la categoría de Profesor Honorario, lo hace apelando a méritos que, conforme a su estatuto, puedan honrar el cuerpo profesoral de la institución. Esa es la vara que debe protegerse siempre: la academia reconoce trayectorias, pero también compromete a quienes distingue a actuar con mayor altura, mayor prudencia y mayor sentido de país.
En ese punto radica la importancia de esta investidura. A partir de ahora, el reconocimiento no solo honra una historia recorrida; también impone una obligación futura. Ser Profesor Honorario de la UASD significa quedar vinculado al patrimonio moral e intelectual de la universidad pública dominicana. Significa asumir que la experiencia acumulada en el Estado, en la gestión económica, en el comercio exterior, en la política productiva y en la vida pública debe ponerse al servicio del diálogo académico, de la formación estudiantil y del fortalecimiento institucional.
La República Dominicana atraviesa una etapa en la que necesita conectar mejor sus aspiraciones con sus capacidades. Quiere ser hub logístico, potencia turística, economía creativa, plataforma de inversión, centro regional de comercio y país de oportunidades. Pero ninguna de esas metas será sostenible si no se apoya en educación, institucionalidad, productividad, transparencia y cohesión social. La UASD, por su historia y alcance, tiene un papel decisivo en esa ecuación. Y los servidores públicos reconocidos por ella tienen la responsabilidad de entender que el desarrollo no puede construirse solo desde oficinas ministeriales, sino también desde aulas, laboratorios, investigaciones, bibliotecas y comunidades.
La frase final del acto, al convocar a fortalecer los vínculos entre la universidad y quienes ejercen el servicio público para construir una sociedad más justa, más eficiente y más comprometida con el bien común, resume el verdadero sentido de la jornada. Justicia y eficiencia no deben verse como valores opuestos. Un Estado moderno debe ser eficiente para servir mejor, y justo para no dejar a nadie atrás. Una universidad pública debe ser crítica para preservar su autonomía, pero también abierta para incidir en las transformaciones nacionales.
La investidura de Eduardo Sanz Lovatón como Profesor Honorario de la UASD deja, entonces, una enseñanza que supera el homenaje personal: el país necesita reconciliar el conocimiento con la acción, la esperanza con la disciplina, la gestión con la ética y el sueño con la responsabilidad. Si algo debe permanecer de este acto solemne no es solo la fotografía del diploma entregado, sino la conciencia de que la República Dominicana se construye mejor cuando sus instituciones se reconocen, dialogan y colaboran sin renunciar a su esencia.
Porque, al final, la universidad no distingue únicamente lo que una persona ha hecho. También le recuerda lo que todavía está llamada a hacer. Y en una nación que aún tiene tantas tareas pendientes, seguir soñando no es ingenuidad: es una forma superior de compromiso.
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UASD inviste a Eduardo "Yayo" Sanz Lovatón como Profesor Honorario https://t.co/KXyzdemyaP a través de @YouTube @SanzLovaton#ProfesorHonorario @UniversidadUASD #EduardoSanzLovatón #UASD #RepúblicaDominicana 🇩🇴 #IndustriaYComercio #Mipymes #DesarrolloEconómico #GestiónPública…
— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) July 8, 2026
Editrudis Beltrán | UASD inviste a Eduardo Sanz Lovatón como Profesor Honorario
| Eduardo Sanz Lovatón, Profesor Honorario. |
La Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) invistió ayer al ministro de Industria, Comercio y Mipymes, Eduardo Sanz Lovatón, como Profesor Honorario, en reconocimiento a su trayectoria de servicio público, sus aportes al desarrollo nacional y su respaldo a esa academia.
Durante la ceremonia, celebrada en el Salón del Consejo Universitario, el rector de la institución, Editrudis Beltrán, quien afirmó que la distinción reconoce una trayectoria dedicada al fortalecimiento institucionalidad del país y al impulso de políticas orientadas al crecimiento económico y social.
Durante la ceremonia, celebrada en el Salón del Consejo Universitario, el rector de la institución, Editrudis Beltrán, quien afirmó que la distinción reconoce una trayectoria dedicada al fortalecimiento institucionalidad del país y al impulso de políticas orientadas al crecimiento económico y social.
“Ser amigo de la UASD es convertirse en aliado del progreso, de las oportunidades y del desarrollo de la República Dominicana”, expresó el rector.
Beltrán explicó que el otorgamiento del título a Lovatón se fundamenta en el artículo 89 del Estatuto Orgánico de la Universidad, que establece que la categoría de Profesor Honorario podrá concederse a personalidades cuyos méritos honren el cuerpo profesoral de la UASD.
Resaltó además, el actual desempeño de Sanz Lovatón como ministro de Industria, Comercio y Mipymes, desde donde dirige políticas destinadas a fortalecer el aparato productivo nacional, la competitividad, el comercio exterior y las micro, pequeñas y medianas empresas.
Al recibir el reconocimiento y dar las gracias, Sanz Lovatón prometió continuar colaborando con la UASD y contribuyendo con el fortalecimiento institucional del país y al crecimiento económico y social de los dominicanos.
En la actividad participaron además, autoridades académicas, funcionarios gubernamentales e invitados especiales.
Fuente: https://hoy.com.do/el-pais/uasd-inviste-eduardo-sanz-lovaton-profesor-honorario_1093947.html
La educación superior juega un papel decisivo en el desarrollo nacional porque es el espacio donde un país forma su capital humano avanzado, produce conocimiento, eleva la productividad, fortalece sus instituciones y crea las capacidades técnicas, científicas y éticas necesarias para competir en una economía global cada vez más exigente.
En el caso dominicano, universidades como la UASD no solo forman profesionales; también cumplen una función histórica de movilidad social, igualdad de oportunidades y construcción de ciudadanía. La UNESCO define la educación superior como un bien cultural y científico que favorece el desarrollo personal y las transformaciones económicas, tecnológicas y sociales, además de estimular la investigación, la innovación y la adquisición de competencias para un mercado laboral cambiante. [unesco.org]
Su primer aporte es la formación de talento humano. Ningún país puede sostener un proyecto de desarrollo si no cuenta con médicos, ingenieros, economistas, docentes, juristas, investigadores, técnicos, gestores públicos, emprendedores y profesionales capaces de responder a los desafíos de su tiempo. La educación superior prepara a las personas para empleos de mayor calidad, mejora los ingresos y contribuye a reducir la pobreza y las desigualdades, especialmente cuando su acceso se democratiza. El Banco Mundial señala que la educación impulsa el desarrollo económico de largo plazo, la innovación, el fortalecimiento institucional, la cohesión social y sociedades más equitativas. [bancomundial.org]
Su segundo papel es la investigación y la innovación. Las universidades no deben limitarse a repetir conocimientos: tienen que producirlos. En un país que aspira a consolidarse como hub logístico, destino turístico inteligente, plataforma industrial, economía digital y centro regional de comercio, la educación superior debe aportar estudios, tecnología, datos, laboratorios, pensamiento crítico y soluciones aplicadas. Sin universidades fuertes, la competitividad se vuelve frágil; sin investigación, el desarrollo se limita a administrar lo existente.
Un tercer aporte es la modernización del Estado. La educación superior forma servidores públicos, diseña políticas públicas, evalúa programas, genera evidencia y contribuye a profesionalizar la administración pública. De ahí la importancia del vínculo entre academia y gestión estatal. Cuando la universidad dialoga con el Estado, puede ayudar a mejorar la eficiencia, la transparencia, la planificación, la ética pública y la calidad de los servicios ciudadanos.
También cumple una función fundamental en la movilidad social. Para miles de familias dominicanas, la universidad ha sido el puente entre la pobreza y la oportunidad, entre la exclusión y la ciudadanía plena. La UASD, en particular, representa esa promesa histórica: abrir las puertas del conocimiento a sectores que, de otro modo, quedarían fuera de los circuitos de poder económico y profesional.
Además, la educación superior fortalece la democracia. Una sociedad con ciudadanos formados, críticos y conscientes es menos vulnerable a la manipulación, al clientelismo, al autoritarismo y a la desinformación. La universidad enseña a debatir, investigar, argumentar, disentir y construir consensos. Por eso, su función no es únicamente económica; es también cultural, ética y republicana.
En síntesis, la educación superior es una infraestructura estratégica del desarrollo nacional. Así como un país necesita carreteras, puertos, energía y tecnología, también necesita universidades sólidas, docentes bien preparados, investigación financiada, carreras pertinentes, innovación aplicada y acceso equitativo. Sin educación superior de calidad, no hay productividad sostenible; sin productividad, no hay desarrollo; y sin desarrollo inclusivo, no hay verdadera justicia social.
Por eso, el desafío dominicano no consiste solo en ampliar matrículas universitarias, sino en asegurar calidad, pertinencia, investigación, empleabilidad, inclusión y vinculación con los sectores productivos y sociales. La universidad del siglo XXI debe formar profesionales, pero también ciudadanos; debe graduar técnicos competentes, pero también líderes éticos; debe responder al mercado, pero sin renunciar a su misión superior: pensar la nación y ayudar a transformarla.


