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viernes, 10 de julio de 2026

República Dominicana y Estados Unidos: valores compartidos, soberanía respetada y diplomacia con sentido estratégico

República Dominicana y Estados Unidos: valores compartidos, soberanía respetada y diplomacia con sentido estratégico
Embajadora Leah Francis Campos
Embajada de EE.UU. en R.D.

Las declaraciones de la embajadora Leah Francis Campos abren una lectura mayor sobre la relación dominico-estadounidense: no se trata solo de cooperación, comercio o seguridad, sino de una convergencia de valores —libertad, fe, patriotismo, responsabilidad democrática y defensa de la soberanía— que puede redefinir el vínculo bilateral en una etapa de profundas tensiones hemisféricas.

Por Luis Orlando Díaz Vólquez 

La afirmación de la embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Francis Campos —“comparto los valores de libertad y cristianos de los dominicanos”— no debe interpretarse como una simple frase diplomática para agradar al país anfitrión. En el lenguaje estratégico de las relaciones internacionales, esa expresión tiene un peso mayor: coloca la conversación bilateral en el terreno de los valores, no únicamente en el de los intereses. Y cuando una potencia como Estados Unidos procura reconstruir prioridades en su vecindad hemisférica, la República Dominicana aparece no como un punto periférico del Caribe, sino como un socio político, económico, democrático y cultural de primer orden. La propia diplomática resaltó que el país fue uno de los primeros en los que el presidente Donald Trump designó embajador, señalándolo como evidencia de la importancia que Washington concede a esta relación en la región.

La diplomacia moderna ya no se reduce al protocolo, a las recepciones oficiales ni a los comunicados cuidadosamente redactados. Hoy, la diplomacia también se libra en el terreno de la percepción pública, de las afinidades culturales, de la confianza institucional y de la lectura geopolítica de los pueblos. En ese contexto, cuando Campos identifica similitudes entre el patriotismo estadounidense y el dominicano, está reconociendo una verdad profunda: ambos países poseen sociedades que valoran intensamente su bandera, su identidad nacional, su historia y su derecho a decidir su propio destino. Esa coincidencia no es menor. En un hemisferio atravesado por presiones migratorias, crimen transnacional, vulnerabilidades económicas, competencia de potencias globales y crisis democráticas, los socios más sólidos no son solo los que firman acuerdos, sino los que comparten principios capaces de sostener esos acuerdos en tiempos difíciles.

La República Dominicana tiene una relación histórica, humana y económica con Estados Unidos que supera cualquier coyuntura gubernamental. Millones de dominicanos viven, trabajan, estudian, emprenden y construyen futuro en territorio estadounidense. A su vez, el comercio, las remesas, el turismo, la seguridad regional, la cooperación institucional y la inversión privada enlazan a ambos países con una densidad que pocos vínculos bilaterales tienen en el Caribe. Pero esa cercanía, precisamente por su profundidad, exige madurez. La amistad entre naciones no debe confundirse con subordinación, ni la cooperación con tutela. La mejor relación posible entre Santo Domingo y Washington es aquella basada en respeto mutuo, beneficios recíprocos, soberanía clara y franqueza estratégica.

Por eso resulta relevante que la embajadora haya insistido en la libertad de expresión como valor fundacional y haya observado en la República Dominicana un ambiente de debate público sano, donde la gente discrepa, opina y discute temas nacionales con apertura. Esa valoración tiene importancia institucional. En momentos en que muchas democracias enfrentan polarización, desinformación, censura encubierta o deterioro del debate público, que una representante estadounidense reconozca el clima dominicano de libertad de expresión representa una señal positiva para la reputación democrática del país. Pero también encierra una advertencia ética: la libertad no puede separarse de la responsabilidad; no es libertinaje, ni licencia para destruir reputaciones, ni permiso para sustituir la verdad por propaganda.

Ese equilibrio entre libertad y responsabilidad es esencial para una democracia como la dominicana, que ha avanzado, con tropiezos y logros, hacia una sociedad cada vez más exigente, plural y vigilante. La prensa, las redes sociales, los liderazgos comunitarios, los partidos políticos, la sociedad civil y las instituciones públicas tienen el deber de defender la libertad sin degradarla. Porque una democracia no se fortalece únicamente cuando todos pueden hablar, sino cuando el debate público se eleva por encima del odio, la mentira, la manipulación y el oportunismo. La libertad de expresión es oxígeno democrático, pero necesita pulmones institucionales sanos para no convertirse en ruido tóxico.

También merece una lectura cuidadosa su referencia a los valores cristianos. En un país cuyo lema constitucional y simbólico coloca a Dios, la Patria y la Libertad como ejes de identidad histórica, la apelación a esos valores conecta con una sensibilidad social real. Sin embargo, el desafío consiste en comprender que los valores cristianos, dentro de una sociedad democrática, deben traducirse en dignidad humana, solidaridad, justicia, responsabilidad familiar, respeto al otro, compasión hacia los vulnerables y defensa del bien común. No pueden ser usados como herramienta de exclusión, sino como fundamento ético para una república más humana, más decente y más consciente de sus deberes.

La dimensión haitiana de sus declaraciones también revela una zona crítica de la agenda bilateral. Campos sostuvo que, aunque la comunidad internacional y especialmente Estados Unidos han invertido recursos durante años en Haití sin obtener los resultados esperados, corresponde a los propios haitianos encontrar la manera de reconstruir su país, con apoyo externo orientado a estabilizar el ambiente. Esa posición coincide con una preocupación dominicana histórica: la solución de Haití no puede descansar sobre los hombros de la República Dominicana. La solidaridad internacional debe existir, pero no puede imponerse como carga unilateral al pueblo dominicano. Ayudar a Haití no significa diluir la soberanía dominicana, ni desconocer los límites institucionales, territoriales, económicos y sociales del Estado dominicano.

En materia de cooperación, la afirmación de que la asistencia estadounidense continuará, aunque ya no bajo el modelo tradicional de USAID, también plantea un giro relevante. La embajadora defendió que la cooperación debe estar alineada con la política exterior de Estados Unidos y con sus intereses nacionales, al tiempo que cuestionó programas que, según su visión, podían invadir la soberanía de otros países. Esta declaración abre una conversación necesaria para la República Dominicana: toda cooperación externa debe ser bienvenida cuando respeta las prioridades nacionales, fortalece capacidades locales y no sustituye la voluntad democrática del país receptor. La ayuda internacional no debe convertirse en una agenda paralela, administrada desde fuera, sino en un instrumento transparente, medible y soberanamente coordinado.

Otro punto sensible es su agenda de encuentros con dirigentes políticos dominicanos. Campos explicó que busca conocer cómo piensan figuras con potencial presidencial hacia 2028 y cómo una eventual gestión de cada una podría afectar los intereses de Estados Unidos. Esa franqueza puede resultar incómoda, pero no sorprendente: todas las grandes potencias observan, analizan y dialogan con los actores políticos de los países estratégicos. Lo importante es que ese intercambio se mantenga dentro de los cauces del respeto institucional, sin interferencia, sin favoritismos indebidos y sin alterar la competencia democrática interna. En una república madura, reunirse con actores políticos no debe escandalizar; lo que debe exigirse es transparencia, equilibrio y respeto absoluto al derecho soberano del pueblo dominicano a elegir su destino.

La República Dominicana debe leer esta etapa con inteligencia estratégica. Estados Unidos está mirando con renovado interés al hemisferio occidental. La competencia global, la seguridad regional, las cadenas de suministro, el nearshoring, la migración, el crimen organizado, la energía, la tecnología y la influencia de otras potencias han devuelto al Caribe un valor geopolítico que durante años fue subestimado. En esa nueva cartografía, la República Dominicana tiene ventajas evidentes: estabilidad democrática, crecimiento económico, ubicación geográfica privilegiada, vínculos humanos con Estados Unidos, liderazgo regional y una vocación cada vez mayor de inserción global.

Pero ninguna oportunidad estratégica se aprovecha desde la ingenuidad. El país debe cultivar su alianza con Estados Unidos sin renunciar a una política exterior digna, equilibrada y soberana. Debe fortalecer la cooperación en seguridad sin ceder control de sus decisiones internas. Debe ampliar el comercio sin descuidar la producción nacional. Debe atraer inversión sin hipotecar su territorio ni su institucionalidad. Debe defender valores compartidos sin convertir la diplomacia en prédica ideológica. Y debe recordar siempre que las relaciones internacionales se respetan más cuando los países pequeños actúan con claridad, unidad interna y sentido de Estado.

Leah Francis Campos ha colocado sobre la mesa una narrativa de cercanía: libertad, cristianismo, patriotismo, soberanía, democracia y responsabilidad. Corresponde ahora a la República Dominicana convertir esa cercanía en una relación de alto valor estratégico, sustentada en resultados concretos para su gente. Porque los valores compartidos son importantes, pero deben traducirse en más comercio justo, más inversión productiva, más seguridad fronteriza, más cooperación tecnológica, más oportunidades educativas, más fortalecimiento institucional y más respeto a la soberanía nacional.

La verdadera amistad entre naciones no se mide por la intensidad de los elogios, sino por la calidad de los compromisos. Y si República Dominicana y Estados Unidos comparten libertad, fe, patriotismo y visión democrática, entonces el reto no es repetir esas coincidencias en discursos, sino convertirlas en una agenda bilateral capaz de proteger la dignidad dominicana, fortalecer la democracia y abrir caminos de prosperidad compartida en un hemisferio que necesita aliados serios, pueblos libres y gobiernos responsables.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor | Ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación.

Pie de foto: Embajadora Leah Francis Campos, representante diplomática de los Estados Unidos en la República Dominicana | Foto: Embajada de EE.UU. en R. D.

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República Dominicana y Estados Unidos: valores compartidos, soberanía respetada y diplomacia con sentido estratégico

Luis Orlando Díaz Vólquez
#GuasábaraEditor

Resumen

Este artículo analiza las declaraciones de la embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Francis Campos, quien afirmó compartir los valores de libertad y cristianos del pueblo dominicano. A partir de esa expresión, se examina el alcance estratégico de la relación bilateral entre República Dominicana y Estados Unidos, destacando sus dimensiones democráticas, culturales, geopolíticas, económicas y de soberanía. El texto sostiene que la relación dominico-estadounidense atraviesa una etapa de renovada importancia hemisférica, en la cual los valores compartidos deben traducirse en cooperación concreta, respeto institucional, fortalecimiento democrático, seguridad regional y prosperidad compartida.

Palabras clave: República Dominicana, Estados Unidos, diplomacia, soberanía, libertad, valores cristianos, cooperación bilateral, Leah Francis Campos.

La afirmación de la embajadora de los Estados Unidos en la República Dominicana, Leah Francis Campos —“comparto los valores de libertad y cristianos de los dominicanos”— no debe interpretarse como una simple frase diplomática para agradar al país anfitrión. En el lenguaje estratégico de las relaciones internacionales, esa expresión tiene un peso mayor: coloca la conversación bilateral en el terreno de los valores, no únicamente en el de los intereses. Y cuando una potencia como Estados Unidos procura reconstruir prioridades en su vecindad hemisférica, la República Dominicana aparece no como un punto periférico del Caribe, sino como un socio político, económico, democrático y cultural de primer orden. La propia diplomática resaltó que el país fue uno de los primeros en los que el presidente Donald Trump designó embajador, señalándolo como evidencia de la importancia que Washington concede a esta relación en la región (Espinal, 2026). [enterateatiempo.com]

La diplomacia moderna ya no se reduce al protocolo, a las recepciones oficiales ni a los comunicados cuidadosamente redactados. Hoy, la diplomacia también se libra en el terreno de la percepción pública, de las afinidades culturales, de la confianza institucional y de la lectura geopolítica de los pueblos. En ese contexto, cuando Campos identifica similitudes entre el patriotismo estadounidense y el dominicano, está reconociendo una verdad profunda: ambos países poseen sociedades que valoran intensamente su bandera, su identidad nacional, su historia y su derecho a decidir su propio destino. Esa coincidencia no es menor. En un hemisferio atravesado por presiones migratorias, crimen transnacional, vulnerabilidades económicas, competencia de potencias globales y crisis democráticas, los socios más sólidos no son solo los que firman acuerdos, sino los que comparten principios capaces de sostener esos acuerdos en tiempos difíciles.

La República Dominicana tiene una relación histórica, humana y económica con Estados Unidos que supera cualquier coyuntura gubernamental. Millones de dominicanos viven, trabajan, estudian, emprenden y construyen futuro en territorio estadounidense. A su vez, el comercio, las remesas, el turismo, la seguridad regional, la cooperación institucional y la inversión privada enlazan a ambos países con una densidad que pocos vínculos bilaterales tienen en el Caribe. Pero esa cercanía, precisamente por su profundidad, exige madurez. La amistad entre naciones no debe confundirse con subordinación, ni la cooperación con tutela. La mejor relación posible entre Santo Domingo y Washington es aquella basada en respeto mutuo, beneficios recíprocos, soberanía clara y franqueza estratégica.

Por eso resulta relevante que la embajadora haya insistido en la libertad de expresión como valor fundacional y haya observado en la República Dominicana un ambiente de debate público sano, donde la gente discrepa, opina y discute temas nacionales con apertura. Esa valoración tiene importancia institucional. En momentos en que muchas democracias enfrentan polarización, desinformación, censura encubierta o deterioro del debate público, que una representante estadounidense reconozca el clima dominicano de libertad de expresión representa una señal positiva para la reputación democrática del país. Pero también encierra una advertencia ética: la libertad no puede separarse de la responsabilidad; no es libertinaje, ni licencia para destruir reputaciones, ni permiso para sustituir la verdad por propaganda.

Ese equilibrio entre libertad y responsabilidad es esencial para una democracia como la dominicana, que ha avanzado, con tropiezos y logros, hacia una sociedad cada vez más exigente, plural y vigilante. La prensa, las redes sociales, los liderazgos comunitarios, los partidos políticos, la sociedad civil y las instituciones públicas tienen el deber de defender la libertad sin degradarla. Porque una democracia no se fortalece únicamente cuando todos pueden hablar, sino cuando el debate público se eleva por encima del odio, la mentira, la manipulación y el oportunismo. La libertad de expresión es oxígeno democrático, pero necesita pulmones institucionales sanos para no convertirse en ruido tóxico.

También merece una lectura cuidadosa su referencia a los valores cristianos. En un país cuyo lema constitucional y simbólico coloca a Dios, la Patria y la Libertad como ejes de identidad histórica, la apelación a esos valores conecta con una sensibilidad social real. Sin embargo, el desafío consiste en comprender que los valores cristianos, dentro de una sociedad democrática, deben traducirse en dignidad humana, solidaridad, justicia, responsabilidad familiar, respeto al otro, compasión hacia los vulnerables y defensa del bien común. No pueden ser usados como herramienta de exclusión, sino como fundamento ético para una república más humana, más decente y más consciente de sus deberes.

La dimensión haitiana de sus declaraciones también revela una zona crítica de la agenda bilateral. Campos sostuvo que, aunque la comunidad internacional y especialmente Estados Unidos han invertido recursos durante años en Haití sin obtener los resultados esperados, corresponde a los propios haitianos encontrar la manera de reconstruir su país, con apoyo externo orientado a estabilizar el ambiente. Esa posición coincide con una preocupación dominicana histórica: la solución de Haití no puede descansar sobre los hombros de la República Dominicana. La solidaridad internacional debe existir, pero no puede imponerse como carga unilateral al pueblo dominicano. Ayudar a Haití no significa diluir la soberanía dominicana, ni desconocer los límites institucionales, territoriales, económicos y sociales del Estado dominicano.

En materia de cooperación, la afirmación de que la asistencia estadounidense continuará, aunque ya no bajo el modelo tradicional de USAID, también plantea un giro relevante. La embajadora defendió que la cooperación debe estar alineada con la política exterior de Estados Unidos y con sus intereses nacionales, al tiempo que cuestionó programas que, según su visión, podían invadir la soberanía de otros países. Esta declaración abre una conversación necesaria para la República Dominicana: toda cooperación externa debe ser bienvenida cuando respeta las prioridades nacionales, fortalece capacidades locales y no sustituye la voluntad democrática del país receptor. La ayuda internacional no debe convertirse en una agenda paralela, administrada desde fuera, sino en un instrumento transparente, medible y soberanamente coordinado.

Otro punto sensible es su agenda de encuentros con dirigentes políticos dominicanos. Campos explicó que busca conocer cómo piensan figuras con potencial presidencial hacia 2028 y cómo una eventual gestión de cada una podría afectar los intereses de Estados Unidos. Esa franqueza puede resultar incómoda, pero no sorprendente: todas las grandes potencias observan, analizan y dialogan con los actores políticos de los países estratégicos. Lo importante es que ese intercambio se mantenga dentro de los cauces del respeto institucional, sin interferencia, sin favoritismos indebidos y sin alterar la competencia democrática interna. En una república madura, reunirse con actores políticos no debe escandalizar; lo que debe exigirse es transparencia, equilibrio y respeto absoluto al derecho soberano del pueblo dominicano a elegir su destino.

La República Dominicana debe leer esta etapa con inteligencia estratégica. Estados Unidos está mirando con renovado interés al hemisferio occidental. La competencia global, la seguridad regional, las cadenas de suministro, el nearshoring, la migración, el crimen organizado, la energía, la tecnología y la influencia de otras potencias han devuelto al Caribe un valor geopolítico que durante años fue subestimado. En esa nueva cartografía, la República Dominicana tiene ventajas evidentes: estabilidad democrática, crecimiento económico, ubicación geográfica privilegiada, vínculos humanos con Estados Unidos, liderazgo regional y una vocación cada vez mayor de inserción global.

Pero ninguna oportunidad estratégica se aprovecha desde la ingenuidad. El país debe cultivar su alianza con Estados Unidos sin renunciar a una política exterior digna, equilibrada y soberana. Debe fortalecer la cooperación en seguridad sin ceder control de sus decisiones internas. Debe ampliar el comercio sin descuidar la producción nacional. Debe atraer inversión sin hipotecar su territorio ni su institucionalidad. Debe defender valores compartidos sin convertir la diplomacia en prédica ideológica. Y debe recordar siempre que las relaciones internacionales se respetan más cuando los países pequeños actúan con claridad, unidad interna y sentido de Estado.

Leah Francis Campos ha colocado sobre la mesa una narrativa de cercanía: libertad, cristianismo, patriotismo, soberanía, democracia y responsabilidad. Corresponde ahora a la República Dominicana convertir esa cercanía en una relación de alto valor estratégico, sustentada en resultados concretos para su gente. Porque los valores compartidos son importantes, pero deben traducirse en más comercio justo, más inversión productiva, más seguridad fronteriza, más cooperación tecnológica, más oportunidades educativas, más fortalecimiento institucional y más respeto a la soberanía nacional.

La verdadera amistad entre naciones no se mide por la intensidad de los elogios, sino por la calidad de los compromisos. Y si República Dominicana y Estados Unidos comparten libertad, fe, patriotismo y visión democrática, entonces el reto no es repetir esas coincidencias en discursos, sino convertirlas en una agenda bilateral capaz de proteger la dignidad dominicana, fortalecer la democracia y abrir caminos de prosperidad compartida en un hemisferio que necesita aliados serios, pueblos libres y gobiernos responsables.

Referencias

Espinal, Y. (2026, 9 de julio). “Comparto los valores de libertad y cristianos de los dominicanos”. elCaribe. https://www.elcaribe.com.do/panorama/almuerzo-semanal/comparto-los-valores-de-libertad-y-cristianos-de-los-dominicanos/

sábado, 16 de mayo de 2026

Pekín y el nuevo equilibrio global

Pekín y el nuevo equilibrio global

La reciente cumbre entre Estados Unidos y China confirma que el mundo ha entrado en una etapa de rivalidad estratégica permanente, donde la competencia entre potencias no busca resolverse, sino administrarse sin llegar a la confrontación directa.

La cumbre celebrada en Pekín entre Estados Unidos y China no dejó grandes acuerdos ni anuncios espectaculares. Sin embargo, reducir su importancia a ese vacío aparente sería un error de lectura estratégica. Lo ocurrido en la capital china ofrece una señal más profunda: el sistema internacional ha entrado en una fase donde la competencia entre grandes potencias no se encamina a resolverse, sino a estabilizarse dentro de límites cuidadosamente definidos. [govinfo.gov], [uslawexplained.com]

Durante décadas, el orden global estuvo marcado por la hegemonía estadounidense, consolidada tras el fin de la Guerra Fría. Hoy, ese escenario ha cambiado. China no solo ha emergido como un actor económico de primer nivel, sino como una potencia con capacidad real de disputar influencia estratégica, tecnológica y geopolítica. Este cambio ha transformado la relación bilateral en el eje central de la política internacional contemporánea. [codes.findlaw.com]

El encuentro en Pekín refleja con claridad esa nueva realidad. No hubo ruptura, pero tampoco reconciliación. Lo que predominó fue un consenso tácito: ambas potencias deben evitar que su rivalidad se descontrole. En lugar de aspirar a una solución definitiva, Washington y Pekín parecen coincidir en la necesidad de gestionar el conflicto, estableciendo mecanismos que reduzcan el riesgo de escalada. [law.cornell.edu], [uscode.house.gov]

Este enfoque marca una diferencia significativa respecto a la Guerra Fría del siglo XX. Aquel enfrentamiento se caracterizó por bloques ideológicos cerrados y limitadas interdependencias económicas. En contraste, la relación actual entre Estados Unidos y China está profundamente entrelazada. Comercio, cadenas de suministro, tecnología y finanzas vinculan a ambas economías de una manera que hace inviable una ruptura total sin consecuencias globales severas. [law.cornell.edu]

Esa interdependencia introduce un elemento de contención que no existía en el pasado. La competencia persiste —e incluso se intensifica— pero bajo un cálculo constante de costos. En términos simples, ambos actores compiten, pero saben que una confrontación abierta sería mutuamente perjudicial.

Sin embargo, esta “estabilidad” dista de ser tranquilizadora. Se trata de un equilibrio frágil, sostenido por intereses convergentes en el corto plazo, pero atravesado por tensiones estructurales. La disputa por la supremacía tecnológica, el control de recursos estratégicos y la influencia en regiones clave como el Indo‑Pacífico continúa ampliándose. [irc.bloombergtax.com]

A ello se suman factores geopolíticos sensibles, como Taiwán, las rutas energéticas y los conflictos en terceros escenarios, incluyendo el impacto de crisis como la de Medio Oriente en la dinámica bilateral. Cada uno de estos elementos introduce riesgos adicionales, donde un error de cálculo podría escalar rápidamente hacia una crisis mayor. [en.wikipedia.org]

En este contexto, el concepto de la “trampa de Tucídides” vuelve a cobrar relevancia. La historia muestra que la rivalidad entre una potencia establecida y una emergente suele desembocar en conflicto. Sin embargo, tanto Estados Unidos como China parecen conscientes de ese precedente y, al menos por ahora, intentan evitar ese desenlace mediante una estrategia de contención mutua. [govinfo.gov]

Lo que emerge, entonces, no es una nueva Guerra Fría en sentido clásico, sino una forma más compleja de competencia global: una rivalidad permanente, multidimensional y regulada. Un escenario donde las tensiones no desaparecen, pero tampoco escalan sin control.

Para países como la República Dominicana —insertos en cadenas globales de comercio, inversión y cooperación— este entorno plantea desafíos y oportunidades. La reconfiguración del orden internacional obliga a repensar estrategias de inserción económica, diversificar relaciones y fortalecer capacidades internas frente a un sistema cada vez más competitivo.

La cumbre de Pekín, en ese sentido, no es un evento aislado, sino una señal del mundo que se está consolidando: un orden donde la estabilidad no proviene de la ausencia de conflicto, sino de su administración constante.

En ese nuevo tablero, la clave no será elegir entre potencias, sino navegar con inteligencia en medio de ellas.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

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Pekín como espejo del orden mundial en transición

Bajada: Más que un evento diplomático, la gran cumbre en Pekín funciona como un “corte de caja” del sistema internacional: confirma que la competencia entre Estados Unidos y China se ha vuelto estructural, multidimensional e irreversible en el corto plazo, y que la estabilidad global dependerá menos de acuerdos definitivos que de la capacidad de administrar riesgos en comercio, tecnología, seguridad y gobernanza. [uslawexplained.com], [law.cornell.edu]

La utilidad estratégica de una gran cumbre no reside únicamente en lo que se firma, sino en lo que se revela. En Pekín, el hecho más significativo fue precisamente la ausencia de un “gran arreglo” que clausure tensiones: la relación entre las dos principales potencias del sistema no está en modo reconciliación, sino en modo administración de rivalidad. Esa lectura aparece de forma convergente en análisis que subrayan que el objetivo real es “gestionar” la competencia —con barandillas, canales y límites— más que “resolverla” con un pacto total. [uslawexplained.com], [law.cornell.edu]

Este punto importa porque marca un cambio de fase en la política internacional contemporánea. Durante años se discutió si la relación iba a oscilar entre cooperación y choque; hoy, el patrón dominante es otro: una competencia estructural sostenida, con episodios de distensión táctica, pero sin retorno a la lógica de integración optimista que caracterizó etapas previas. El tránsito histórico de cumbres —desde el paradigma de apertura diplomática hacia un paradigma de rivalidad de superpotencias— sugiere que estamos ante una transformación de largo aliento, no ante una “crisis pasajera” ni un “malentendido” coyuntural. [codes.findlaw.com], [uslawexplained.com]

En la literatura de relaciones internacionales, este tipo de transición suele describirse como reconfiguración del equilibrio de poder. En términos prácticos, la competencia ya no es un asunto exclusivamente comercial ni exclusivamente militar: se ha convertido en una disputa por la arquitectura del orden global, donde comercio, tecnología, finanzas, normas y capacidades industriales se integran en un solo tablero. De ahí que la agenda visible de la cumbre —aranceles, cadenas de suministro, inteligencia artificial, minerales críticos, seguridad regional— sea al mismo tiempo una agenda económica y una agenda de poder. [en.wikipedia.org], [irc.bloombergtax.com]

Conviene, entonces, abandonar las categorías simplistas. Hablar de “nueva Guerra Fría” ayuda a comunicar la idea de rivalidad sistémica, pero puede inducir errores analíticos si se ignora un rasgo decisivo del presente: la interdependencia. A diferencia del siglo XX, hoy las economías y cadenas globales de valor están entrelazadas de manera tal que la “separación total” sería extraordinariamente costosa para ambos polos y para terceros. Por eso, en vez de una Guerra Fría clásica —bloques herméticos— aparece algo más híbrido: desacoplamientos selectivos (“de-risking”), controles en sectores estratégicos y, a la vez, continuidad de vínculos en áreas no sensibles. [law.cornell.edu], [uslawexplained.com]

Esta interdependencia no elimina el conflicto; lo reencuadra. El sistema se mueve hacia una forma de “competencia administrada” en la que cada parte busca maximizar ventaja sin cruzar umbrales que provoquen colapso sistémico. Ese patrón se observa cuando los análisis de la cumbre destacan que la prioridad no fue firmar un tratado definitivo, sino sostener una “estabilidad estratégica” mínima, reforzar canales de comunicación y evitar escaladas no intencionales. [law.cornell.edu], [uscode.house.gov]

Si se desea una profundización académica, el concepto más útil aquí es el de rivalidad estructural bajo interdependencia: una relación donde coexisten competencia por primacía (estatus, influencia y control tecnológico) y cooperación por necesidad (comercio, finanzas, estabilidad macro). Los propios análisis contemporáneos insisten en que el nuevo orden no es “amistad” ni “enemistad” en sentido clásico, sino una forma más difícil de nombrar: dos superpotencias interdependientes que deben “manejar” el antagonismo porque una colisión sería ruinosa. [uscode.house.gov], [uslawexplained.com]

En ese marco, la cumbre en Pekín puede leerse como un ejercicio de señalización y disuasión. Señalización porque cada parte comunica líneas rojas y prioridades (tecnología, comercio, seguridad regional, reglas). Disuasión porque ambas buscan evitar la lógica de escalada propia de las rivalidades intensas. La discusión pública sobre riesgos históricos de conflicto entre potencia emergente y potencia establecida —popularizada como “trampa de Tucídides”— resurge precisamente porque el sistema percibe que la competencia podría desbordarse si se acumulan choques simultáneos. [govinfo.gov], [en.wikipedia.org]

Sin embargo, el riesgo no es solo militar. Es también tecnológico-industrial. La competencia por semiconductores, IA y minerales críticos se ha convertido en una variable dura del poder nacional, no en una simple disputa de mercado. Varios análisis subrayan que la rivalidad incluye capacidades “bajo el mar”, tecnologías duales y acceso a recursos estratégicos, conectando seguridad con economía de manera directa. [irc.bloombergtax.com], [constituti...indlaw.com]

Aquí emerge un eje académico central: la industrialización como geopolítica. En el siglo XXI, la supremacía no se define solo por PIB nominal; se define por capacidad de producir tecnologías clave, dominar eslabones críticos de cadenas de valor, sostener escala manufacturera y traducir innovación en despliegue. Por eso, el debate sobre “quién va ganando” no puede limitarse a laboratorios de frontera; también se mide en robots, astilleros, baterías, maquinaria, infraestructura digital y adopción masiva. Esa lectura está presente en coberturas que destacan que, aun con avances en modelos de IA en un lado, el otro puede conservar ventajas industriales y de despliegue que se convierten en poder material. [dnyuz.com], [irc.bloombergtax.com]

Otro eje es el de la gobernanza de la competencia. La cumbre sugiere que las dos potencias ensayan mecanismos para reducir incertidumbre: canales de comunicación, marcos de “estabilidad estratégica”, conversaciones sobre sectores “no sensibles” y esquemas para evitar que fricciones comerciales deriven en crisis. En términos académicos, esto se acerca a una lógica de “guardrails” o barandillas institucionales: no eliminan la rivalidad, pero la hacen menos propensa a accidentes. [law.cornell.edu], [uslawexplained.com]

Al mismo tiempo, conviene no idealizar esa gobernanza. Los análisis previos y posteriores a la cumbre advierten que el listado de problemas es mucho más largo que el de “entregables”, lo cual significa que la estabilidad es, en el mejor de los casos, comprada con tiempo. Y el tiempo, en geopolítica, es un recurso ambiguo: puede reducir tensiones si se usa para negociación, o incrementarlas si se usa para rearmarse, bloquear tecnologías y consolidar alianzas. [uslawexplained.com], [law.cornell.edu]

En paralelo, el sistema internacional se fragmenta. No se trata solo de una bipolaridad rígida; se trata de una competencia que produce “esferas” en tecnología, finanzas y estándares, obligando a terceros a navegar entre opciones. La evidencia es que los socios económicos miran con cautela la volatilidad y la incertidumbre, aun cuando existan pausas o mecanismos de consulta en materia arancelaria. Esa tensión entre alivio temporal y desconfianza estructural es parte del clima geoeconómico actual. [law.cornell.edu], [codes.findlaw.com]

Desde la perspectiva de seguridad internacional, los escenarios de mayor riesgo suelen concentrarse en zonas de fricción —en particular, el Indo-Pacífico— donde la competencia tecnológica y militar se superpone. La cumbre, según análisis de la prensa, no resolvió los puntos más sensibles; a lo sumo, intentó mantenerlos “manejables”. Esta es otra característica de la fase actual: acuerdos generales de tono estabilizador, combinados con persistencia de desacuerdos sustantivos en asuntos críticos. [law.cornell.edu], [govinfo.gov]

Para comprender la racionalidad de este comportamiento, ayuda la teoría de juegos: cuando el costo de la guerra es altísimo y la incertidumbre es elevada, los jugadores racionales buscan señales, compromisos parciales y mecanismos de comunicación que reduzcan el riesgo de error. Pero en competencia de grandes potencias, esos mismos mecanismos pueden convivir con carreras tecnológicas y doctrinas de disuasión que aumentan tensión en el mediano plazo. De ahí que la “estabilidad” de hoy pueda ser el preámbulo de una competencia aún más intensa mañana, si se acelera el desacoplamiento estratégico. [govinfo.gov], [uslawexplained.com]

En el terreno geoeconómico, la cumbre debe leerse en el contexto de un entorno global más frágil: tensiones energéticas, rutas marítimas sensibles, y shocks que conectan conflictos regionales con inflación, seguros marítimos y expectativas de mercado. Varios análisis sobre el contexto de la cumbre señalan que la agenda incluyó —directa o indirectamente— elementos ligados a la seguridad energética y a crisis regionales que impactan el comercio global. [en.wikipedia.org], [uclalawreview.org]

Este contexto importa porque, académicamente, la rivalidad entre potencias rara vez se desarrolla en laboratorio; ocurre “en mundo real”, bajo shocks. Cuando la volatilidad aumenta, crece el incentivo a convertir instrumentos económicos en herramientas de poder: controles a exportaciones, restricciones tecnológicas, sanciones, aranceles, licencias. Ese giro acelera la fragmentación y hace que la competencia sea más difícil de “despolitizar”. Y cuando la economía se politiza, el riesgo de malinterpretación y represalia se incrementa. [irc.bloombergtax.com], [law.cornell.edu]

La dimensión tecnológica merece un énfasis adicional. Los debates actuales subrayan que la competencia ya no es solo por “innovar” sino por “difundir”: quién despliega más rápido, quién integra la IA en productividad, quién escala infraestructura energética y de datos, quién controla estándares. Incluso conversaciones públicas asociadas al ecosistema de análisis contemporáneo resaltan que las metas de IA pueden diferir —uno puede priorizar frontera, otro despliegue— y que esa diferencia cambia el concepto mismo de “carrera”. [podbay.fm], [youtube.com]

En términos de política pública, esto tiene consecuencias: si la competitividad se define por despliegue masivo, entonces las discusiones sobre regulación, energía, infraestructura digital y formación de talento se vuelven geopolíticas. Si se define por control de chips y herramientas, entonces los controles de exportación y la “soberanía tecnológica” se vuelven instrumentos de Estado. En cualquiera de los dos casos, la “economía” deja de ser neutral. [constituti...indlaw.com], [irc.bloombergtax.com]

Todo esto conduce a una conclusión académica: la cumbre en Pekín simboliza una estructura internacional de competencia prolongada, donde el objetivo inmediato es reducir riesgo de escalada, pero el objetivo estratégico subyacente es maximizar ventaja relativa en tecnología, industria y alianzas. En ese sentido, el evento confirma una transición hacia un orden en el que el conflicto no desaparece; se gestiona, se regula y, en ocasiones, se invisibiliza detrás de métricas industriales, licencias tecnológicas y narrativas de estabilidad. [uslawexplained.com], [uscode.house.gov]

Ahora bien, ¿qué implica esto para una agenda de prensa en República Dominicana? Implica, primero, una lección de realismo: los países medianos y pequeños no controlan el eje de la rivalidad, pero sí pueden controlar su estrategia de adaptación. En un mundo de fragmentación, la ventaja comparativa no se sostiene por inercia; se construye con diversificación de mercados, fortalecimiento institucional, calidad regulatoria y capacidad logística. Si las cadenas de suministro se reconfiguran, los hubs confiables ganan; si la competencia tecnológica se endurece, la capacidad de insertarse en nichos compatibles con estándares diversos se vuelve crítica. [law.cornell.edu], [uslawexplained.com]

Segundo, implica una lectura de oportunidades: la rivalidad puede abrir espacios para economías que ofrezcan previsibilidad, conectividad y servicios. Cuando el sistema se fragmenta, empresas y países buscan “redundancia” y “resiliencia”, y eso puede beneficiar a jurisdicciones que combinen estabilidad macro, reglas claras y logística eficiente. La cumbre, al reafirmar que la rivalidad seguirá, sugiere que esa búsqueda de diversificación no será temporal. [uslawexplained.com], [law.cornell.edu]

Tercero, implica una advertencia: la politización del comercio y la tecnología aumenta exigencias de cumplimiento, trazabilidad y estándares. En un entorno donde exportaciones estratégicas, minerales, chips, datos y software se convierten en asuntos de seguridad, los costos de no adaptarse suben. La competitividad logística y regulatoria ya no es solo un tema de negocios; es un requisito de inserción internacional. [irc.bloombergtax.com], [constituti...indlaw.com]

En síntesis, la cumbre en Pekín funciona como un espejo: refleja un mundo donde el “centro de gravedad” del poder se ha desplazado hacia la competencia tecnológica-industrial y hacia la gestión de riesgos sistémicos. No es una Guerra Fría repetida; es una rivalidad nueva, híbrida, con interdependencia y fragmentación simultáneas. Y esa combinación, precisamente, es la que hace más difícil la estabilidad: porque obliga a competir sin romper, a cooperar sin confiar y a negociar sin resolver. [law.cornell.edu], [govinfo.gov]

La gran pregunta estratégica no es si habrá competencia —eso ya está decidido por la estructura— sino si esa competencia puede contenerse dentro de reglas, mecanismos y límites que impidan el accidente, la escalada o el colapso de la gobernanza global. La cumbre sugiere un intento de construir esas barandillas. Pero la historia enseña que, cuando la rivalidad se vuelve permanente, la estabilidad depende menos de gestos diplomáticos y más de capacidades: industriales, tecnológicas, institucionales y, sobre todo, de la habilidad de administrar crisis sin convertirlas en detonantes. [uslawexplained.com], [govinfo.gov]

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor


Si deseas, en el próximo paso puedo:

  1. convertir este texto en formato Chicago completo con notas numeradas y bibliografía (lista final), o
  2. hacer una versión “prensa RD” más corta (800–1,000 palabras) manteniendo el enfoque académico pero con mayor ritmo periodístico.

Pekín y el nuevo equilibrio global

Bajada: La reciente cumbre entre Estados Unidos y China confirma que el mundo ha entrado en una etapa de rivalidad estratégica permanente, donde la competencia entre potencias no busca resolverse, sino administrarse sin llegar a la confrontación directa.¹²

La cumbre celebrada en Pekín entre Estados Unidos y China no dejó grandes acuerdos ni anuncios espectaculares. Sin embargo, su verdadero significado trasciende los resultados inmediatos. Más que un fracaso diplomático, el encuentro constituye una señal clara de la fase actual del sistema internacional: una era donde la competencia entre grandes potencias no se resuelve, sino que se gestiona bajo parámetros de contención.¹²

Durante décadas, el orden global estuvo dominado por la primacía estadounidense. Hoy, esa realidad ha cambiado de manera estructural. China ha consolidado su posición como una potencia económica, tecnológica y geopolítica capaz de disputar la influencia global de Washington.³ Este giro ha redefinido la relación bilateral, convirtiéndola en el eje organizador del equilibrio internacional contemporáneo.

En ese contexto, la cumbre en Pekín dejó en evidencia que ambas potencias han internalizado una premisa fundamental: el conflicto abierto sería demasiado costoso. Lejos de una confrontación directa, lo que emerge es una estrategia de “rivalidad administrada”, donde se establecen mecanismos de diálogo y cooperación limitada con el objetivo de evitar escaladas incontrolables.²⁴

Este enfoque representa una diferencia crucial con la Guerra Fría del siglo XX. Aquel enfrentamiento se caracterizó por la separación de bloques ideológicos con escasa interdependencia económica. En la actualidad, por el contrario, Estados Unidos y China están profundamente entrelazados en comercio, inversión, tecnología y finanzas.⁵ Esa interdependencia actúa como un factor de contención, no por afinidad política, sino por el cálculo de costos que implicaría una ruptura.

Sin embargo, esta estabilidad no es sinónimo de armonía. Se trata de un equilibrio frágil, sostenido por tensiones estructurales que se expanden en múltiples frentes. La competencia por la supremacía tecnológica, el control de cadenas de suministro y la influencia en regiones clave como el Indo-Pacífico continúa intensificándose.⁶⁷ A ello se suman factores sensibles como Taiwán, los conflictos energéticos y las crisis regionales, que introducen riesgos adicionales de escalada.¹

En este escenario, cobra relevancia el concepto de la “trampa de Tucídides”, que advierte sobre el riesgo de conflicto cuando una potencia emergente desafía a una dominante.⁸ No obstante, tanto Washington como Pekín parecen conscientes de esta dinámica histórica y, al menos por ahora, buscan evitar ese desenlace mediante mecanismos de contención y gestión estratégica.

El resultado es la configuración de un orden internacional distinto: no una nueva Guerra Fría en sentido clásico, pero tampoco un sistema cooperativo. Se trata más bien de una “paz tensa”, una convivencia marcada por la competencia constante, donde el objetivo no es la victoria definitiva, sino la preservación de un equilibrio funcional.²⁴

Para países como la República Dominicana, este contexto global plantea desafíos estratégicos importantes. La creciente fragmentación del sistema internacional obliga a diversificar relaciones económicas, fortalecer la competitividad interna y navegar con inteligencia en un entorno geopolítico más complejo.⁹

La cumbre de Pekín, en definitiva, no debe medirse por los acuerdos firmados, sino por lo que revela: el mundo ha entrado en una etapa donde la estabilidad depende menos de la cooperación plena y más de la capacidad de gestionar la rivalidad.

En ese tablero, el desafío ya no es evitar la competencia, sino impedir que se transforme en conflicto.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor


Notas (Chicago)

  1. “Trump and Xi to meet in Beijing: The key issues shaping the China summit,” Al Jazeera, 13 de mayo de 2026. [en.wikipedia.org]
  2. Anniek Bao, “Five takeaways from the Trump-Xi summit in Beijing so far,” CNBC, 14 de mayo de 2026. [law.cornell.edu]
  3. “From Nixon to Trump: How US-China summits changed from diplomatic opening to superpower rivalry,” Moneycontrol, 14 de mayo de 2026. [codes.findlaw.com]
  4. Bang Xiao, “US President Donald Trump, Chinese President Xi Jinping end unipolar age in Beijing,” ABC News, 16 de mayo de 2026. [uscode.house.gov]
  5. “¿Qué esperar de las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China?”, Foro Económico Mundial, 30 de mayo de 2025. [law.cornell.edu]
  6. Alyssa Chen, “Latest US-China rivalry combines undersea dominance with a race to riches,” South China Morning Post, 9 de mayo de 2026. [irc.bloombergtax.com]
  7. Mercy A. Kuo, “The Outlook for China-US Strategic Competition in 2026,” The Diplomat, 3 de diciembre de 2025. [constituti...indlaw.com]
  8. Louisa Tang, “Xi’s ‘Thucydides Trap’ warning during summit…,” Channel News Asia, 15 de mayo de 2026. [govinfo.gov]
  9. José Juan Ruiz, “Hegemonía quebrada: la rivalidad entre EE.UU. y China…,” Real Instituto Elcano, 7 de abril de 2025. [casemine.com]


Pekín y la gramática de la nueva Guerra Fría

La cumbre entre Estados Unidos y China no marca un deshielo ni un choque definitivo, sino algo más inquietante: la consolidación de una rivalidad estructural, gestionada y sostenida, donde la competencia define el orden global pero la interdependencia impide la ruptura total.¹²

En la historia de las grandes potencias, hay momentos que no se explican por sus resultados inmediatos, sino por lo que revelan sobre la dirección del sistema internacional. La reciente cumbre en Pekín entre Estados Unidos y China —en la que convergen tensiones comerciales, rivalidad tecnológica, disputas geopolíticas y conflictos regionales— pertenece a esa categoría analítica: más que un acuerdo, es una radiografía del poder global en transición.¹²

Ross Douthat sugiere una interrogante que trasciende la coyuntura: si estamos ante una nueva Guerra Fría o frente a una configuración más ambigua, una suerte de “paz fría”. La diferencia no es semántica, sino estructural. Durante el siglo XX, la rivalidad entre superpotencias se organizó en bloques relativamente cerrados, con escasa interdependencia económica. Hoy, en cambio, Washington y Pekín disputan influencia estratégica mientras permanecen profundamente interconectados en comercio, finanzas y tecnología.³⁴

Ese es el rasgo distintivo de esta era: una competencia que no puede separarse de la cooperación. Las relaciones entre Estados Unidos y China ya no pueden entenderse bajo el lente de la convergencia liberal que caracterizó las décadas posteriores a la Guerra Fría, sino como una competencia sistémica que abarca desde la inteligencia artificial hasta los minerales críticos y las cadenas globales de suministro.⁵⁶ En ese tablero, el poder se mide tanto en capacidades militares como en dominio tecnológico y control de flujos económicos.⁵⁶

Sin embargo, lo más revelador de la cumbre en Pekín no fue la confrontación, sino la contención. Lejos de grandes acuerdos o rupturas, el encuentro confirmó una tendencia: ambas potencias buscan gestionar su rivalidad antes que resolverla.⁷⁸ No se trata de reconciliación, sino de un esfuerzo deliberado por establecer “barandillas” estratégicas que eviten que las tensiones escalen hacia un conflicto abierto.⁷⁸

Este reconocimiento introduce una nueva lógica de estabilidad internacional. A diferencia de la Guerra Fría clásica, donde la disuasión nuclear era el principal factor de contención, hoy la interdependencia económica desempeña un papel equivalente. La profundidad de las relaciones comerciales y financieras entre ambos países actúa como un freno estructural al conflicto, no por afinidad ideológica, sino por cálculo racional de costos.⁹

Sin embargo, esta estabilidad es inherentemente frágil. No elimina la competencia, sino que la institucionaliza. La noción de una “estabilidad estratégica con competencia moderada” —que emerge del discurso oficial de la cumbre— refleja un intento de convertir la rivalidad en un estado permanente pero manejable.² Este tipo de equilibrio no se orienta hacia la resolución de disputas, sino hacia su gestión continua.

Es en este punto donde la referencia a la “trampa de Tucídides” adquiere relevancia analítica. La historia sugiere que el ascenso de una potencia emergente frente a una establecida genera presiones estructurales hacia el conflicto.¹⁰ Sin embargo, tanto Estados Unidos como China parecen conscientes de este precedente histórico y, al menos por ahora, intentan evitar reproducirlo. No buscan eliminar la rivalidad, sino impedir que se traduzca en confrontación directa.¹⁰

Aun así, las tensiones no disminuyen; se expanden. La competencia entre ambas potencias abarca múltiples dimensiones: desde el control de rutas marítimas y recursos estratégicos hasta la supremacía en tecnologías emergentes como la inteligencia artificial y los semiconductores.⁵⁶ Cada uno de estos frentes multiplica los puntos de fricción y eleva el riesgo de errores de cálculo, especialmente en escenarios sensibles como Taiwán o el Indo-Pacífico.⁶

En paralelo, el resto del mundo ha dejado de ser un espectador pasivo. Potencias intermedias y regiones enteras —desde Europa hasta América Latina— navegan esta rivalidad buscando maximizar beneficios y minimizar dependencias.¹¹ Este fenómeno acelera la transición hacia un orden internacional más fragmentado y multipolar, donde la competencia entre Washington y Pekín sigue siendo central, pero ya no exclusiva.

En este contexto, la cumbre de Pekín no debe interpretarse bajo categorías tradicionales de éxito o fracaso. Su verdadero significado radica en evidenciar que el sistema internacional ha entrado en una nueva fase: una era de competencia administrada, donde el objetivo no es la victoria total, sino la preservación de un equilibrio funcional.³

Quizás, entonces, la mejor manera de entender este momento sea aceptar su ambigüedad. No estamos ante una Guerra Fría en sentido clásico, pero tampoco frente a un orden cooperativo. Nos encontramos en una zona intermedia, donde el conflicto no desaparece, pero se regula; donde la rivalidad no se resuelve, pero se contiene.

La pregunta decisiva, en consecuencia, no es si Estados Unidos y China competirán —eso ya es un hecho— sino si el sistema internacional será capaz de absorber esa competencia sin colapsar. En esa tensión se juega no solo el equilibrio entre dos potencias, sino la estabilidad del orden global en su conjunto.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor


Notas (Chicago)

  1. “Trump and Xi to meet in Beijing: The key issues shaping the China summit,” Al Jazeera, 13 de mayo de 2026, https://www.aljazeera.com/economy/2026/5/13/trump-and-xi-to-meet-in-beijing-the-key-issues-shaping-the-china-summit. [en.wikipedia.org]
  2. Anniek Bao, “Five takeaways from the Trump-Xi summit in Beijing so far,” CNBC, 14 de mayo de 2026, https://www.cnbc.com/2026/05/14/trump-xi-summit-beijing-takeaway-taiwan-trade-iran-war-strategic-relations-.html. [law.cornell.edu]
  3. Bang Xiao, “US President Donald Trump, Chinese President Xi Jinping end unipolar age in Beijing,” ABC News, 16 de mayo de 2026. [uscode.house.gov]
  4. Simon Hutagalung, “Managing Rivalry: Trump–Xi 2026 Summit,” Eurasia Review, 8 de mayo de 2026. [bing.com]
  5. Mercy A. Kuo, “The Outlook for China-US Strategic Competition in 2026,” The Diplomat, 3 de diciembre de 2025. [constituti...indlaw.com]
  6. “Guerra tecnológica EE.UU.-China 2026,” Geopolítica Digital, abril de 2026. [codes.findlaw.com]
  7. Stefan Grobe, “El decepcionante resultado de la cumbre en China devuelve a Trump a la realidad,” Euronews, 15 de mayo de 2026. [govinfo.gov]
  8. Max Yoeli, “Trump–Xi summit will be about managing US–China rivalry, not resolving it,” Chatham House, 13 de mayo de 2026. [uslawexplained.com]
  9. “¿Qué esperar de las negociaciones comerciales entre Estados Unidos y China?”, Foro Económico Mundial, 30 de mayo de 2025. [law.cornell.edu]
  10. Louisa Tang, “Xi’s ‘Thucydides Trap’ warning during summit…,” Channel News Asia, 15 de mayo de 2026. [govinfo.gov]
  11. José Juan Ruiz, “Hegemonía quebrada: la rivalidad entre EE.UU. y China…,” Real Instituto Elcano, 7 de abril de 2025. [casemine.com]


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“Una gran cumbre en Pekín es el momento idóneo para evaluar el estado de la competencia entre Estados Unidos y China, la dinámica del conflicto entre grandes potencias y el equilibrio de fuerzas en esta nueva Guerra Fría —¿o quizás simplemente fría?—”, escribe nuestro columnista Ross Douthat. https://nyti.ms/4uNuebi Sigue la sección de Opinión del New York Times en WhatsApp para más información: https://nyti.ms/40R5uTj

jueves, 14 de mayo de 2026

Opinión | Taiwán, pieza clave | G2

Opinión |

Taiwán, pieza clave

Las garantías estratégicas adoptadas en 1982 enfrentan su mayor reto en décadas por la ambigüedad de Donald Trump y la creciente presión de Xi Jinping, mientras Asia observa el desenlace con inquietud

Por Pilar Rahola | 14 May, 2026 01:00 a. m. EST

Ilustración de Donald Trump y Xi Jinping dándose la mano. Trump a la izquierda con bandera de EEUU; Xi a la derecha con bandera de China. Ambos llevan trajes oscuros.
Una ilustración muestra al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y al presidente de China, Xi Jinping. (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Están en riesgo las históricas “Six Assurances” que Ronald Reagan estableció en 1982 y que marcó desde entonces la relación entre Estados Unidos y Taiwán? Seis garantías comprometidas por los Estados Unidos que, en la suma, han sido el garante real para mantener a la isla libre de las fauces del gigante chino. Cabe recordarlas: ninguna fecha límite para cesar la venta de armas a Taiwán; ninguna consulta previa con China sobre dichas ventas de armas; ningún rol de mediación entre Taipei y Beijing; ninguna modificación de la Ley de Relaciones con Taiwán; ningún cambio de posición respecto a la soberanía de Taiwán; y ninguna presión sobre Taiwán para obligarla a entablar negociaciones con China.

Sobre esas seis garantías se cierne una de las grandes inquietudes de la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping y con ello, se acumulan las preguntas: ¿rebajará Trump el apoyo político y militar a la isla? ¿Será Taiwán la moneda de cambio para concesiones comerciales, desde la compra de Boeings, hasta los productos agrícolas o las tierras raras? ¿Pasará Trump del clásico “no dar apoyo” a la independencia de Taiwán, al rotundo “oponerse a la independencia”, matiz de gran valor político? ¿La isla será clave en la apertura del estrecho de Ormuz y la resolución del conflicto con Irán? De momento, algunos indicios podrían dar pábulo a la inquietud.

Estos serían los indicadores preocupantes. Por un lado, Trump ha subido su dureza retórica respecto a Taiwán como competidor económico, especialmente en la industria de los semiconductores, hasta el punto de hablar de robo, y vincularlo a la defensa de la isla. “Sabes, Taiwán nos robó el negocio de los chips... y quieren protección”, dijo hace unos meses en el podcast The Joe Rogan Experience, y este mes de marzo forzó un pacto bilateral con Taipei que obligaba a las tecnológicas de la isla a invertir masivamente en Estados Unidos. Además, a diferencia de Bush o Biden, o incluso Truman, Trump se ha negado a garantizar la defensa militar de Taiwán en caso de invasión. Finalmente, justo antes de la cumbre, el Departamento de Estado ha frenado un gran paquete de venta de armas a Taiwán por valor de 13.000 millones de dólares, y Trump ha asegurado que utilizará ese paquete de armas como elemento negociador con Xi Jinping, “Voy a tener esa conversación con el presidente Xi. Al presidente Xi le gustaría que no lo hagamos”, ha dicho a pie del Air Force One, camino a Beijing.

A las inquietudes que ha generado Trump con algunas de sus decisiones y declaraciones, cabe sumar la postura inflexible de China, que ha convertido la cuestión de Taiwán en la máxima prioridad de la agenda. El propio presidente Xi Jinping ha sido rotundo: “El tema de Taiwán es el asunto más importante en las relaciones entre China y Estados Unidos. Estados Unidos debe manejar con extrema cautela la venta de armas a Taiwán”. En este sentido, no se sabe si Trump utilizará realmente a Taiwán como moneda de cambio en sus negociaciones, pero es indiscutible que sí lo hará Ji Xiping. En la mesa de juego la guerra arancelaria, los acuerdos comerciales, las exportaciones de tierras raras, el estrecho de Ormuz, la propia guerra de Irán, o el gran paquete tecnológico con la espinosa cuestión de las restricciones a la exportación de chips hacia China. Solo cabe observar la nutrida delegación empresarial que ha acompañado a Trump (desde Elon Musk de Tesla, Tim Cook de Apple, Larry Fink, de BlackRock, hasta Kelly Ortberg de Boeing) para entender la enorme dimensión comercial de la cumbre. Y con esas valiosas cartas en la mesa, Taiwán sale en todas las partidas.

Sin embargo, a pesar de las alarmas justificadas, hay motivos muy poderosos para considerar que el presidente norteamericano no variará en nada su posición sobre Taiwán. De entrada, es inimaginable que Trump otorgará un éxito geopolítico tan importante a China, invirtiendo el statu quo a su favor. Ello implicaría la pérdida inmediata de confianza de Japón, Australia y Corea del Sur y, por ello, la pérdida del valor estratégico norteamericano en el Pacífico. Además, ello también implicaría una crisis política con sus propias filas. El solo hecho de haber afirmado que “hablaría” de las armas para Taiwán ya ha motivado una carta de advertencia de varios senadores alarmados por lo que considerarían un quiebro de las “seis garantías”.

Y si los motivos políticos son rotundos, los económicos son terminantes. Primero, no es imaginable que Trump ponga en peligro el acuerdo bilateral con Taipei firmado en marzo, que ha comprometido inversiones masivas de empresas taiwanesas en la industria de semiconductores norteamericana. Y segundo, si Taiwán cae, cae la civilización moderna. O, dicho de otra manera, si Taiwán no exporta sus chips, colapsa el mundo. Ese es el gran poder geopolítico de la pequeña isla. Y esa es la debilidad de China respecto a Taiwán, a pesar de la dureza de la retórica.

Como conclusión, el ruido de Xi Jinping y la ambigüedad de Trump parecen más las bazas para encarar unas negociaciones complejas, que ambos mandatarios necesitan, que no las posiciones maximalistas que no darían resultados satisfactorios. China sabe que Trump no dejará caer a Taiwán, y Estados Unidos sabe que Xi Jinping no hará descarrilar la cumbre. Pero ambos usan Taiwán como comodín para salir con ventaja. El arte de hacer negocios.

X: @RaholaOficial

Web: https://pilarrahola.com

https://www.infobae.com/america/opinion/2026/05/14/taiwan-pieza-clave/ 

El secretario del Tesoro de EEUU dijo que China tiene como prioridad que se abra Ormuz: “Harán todo lo posible”

MOR-GEN IRÁN-EEUU

El secretario del Tesoro de Estados Unidos afirmó que la reapertura del estrecho de Ormuz es prioritaria para China. (REUTERS/Maxim Shemetov)
El secretario del Tesoro de Estados Unidos afirmó que la reapertura del estrecho de Ormuz es prioritaria para China. (REUTERS/Maxim Shemetov)

El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, declaró el jueves que la reapertura del estrecho de Ormuz es lo que más conviene a China y manifestó su creencia de que Beijing hará todo lo posible para restablecer el tránsito en esa ruta marítima. “Creo que harán todo lo posible”, dijo Bessent en una entrevista con CNBC. Afirmó que “a China le interesa mucho que se reabra el estrecho, y creo que trabajarán entre bastidores en la medida en que alguien tenga alguna influencia sobre el liderazgo iraní”.

La declaración se produjo en el marco de un contexto diplomático en el que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realiza una visita a China. Durante esta visita, Trump mantuvo un encuentro con el presidente chino Xi Jinping. El encuentro comenzó el jueves y está programado para culminar el viernes. Según la reseña oficial de Beijing, Xi Jinping remarcó a Trump que el tema de Taiwán constituye el asunto más importante en la relación bilateral, y advirtió sobre las consecuencias de un manejo incorrecto de ese tema. Beijing sostiene que Taiwán, una isla autogobernada, forma parte de su territorio.

Bessent, en declaraciones a CNBC, indicó también que Estados Unidos puede entablar conversaciones sobre inteligencia artificial con China porque, según sus palabras, “estamos en la delantera”. Explicó que ambas naciones presentaron un protocolo de buenas prácticas para la gestión de la inteligencia artificial, con el objetivo de que actores no estatales no accedan a modelos avanzados. Bessent anticipó que habrá un avance significativo en los próximos lanzamientos de modelos de lenguaje desarrollados por empresas estadounidenses como Google y OpenAI.

Bessent destacó que China tiene incentivos económicos y estratégicos para restablecer el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz, esencial para sus importaciones energéticas.
Bessent destacó que China tiene incentivos económicos y estratégicos para restablecer el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz, esencial para sus importaciones energéticas.

La compañía estadounidense Anthropic fue mencionada por Bessent debido a la inquietud que ha generado en Washington y otras capitales el modelo de inteligencia artificial Mythos, atribuyéndole capacidades de ciberataque. Anthropic comunicó que la disponibilidad inicial del modelo será exclusiva para socios comerciales seleccionados.

Washington ha buscado frenar el desarrollo de la inteligencia artificial en China imponiendo restricciones a la venta de semiconductores avanzados, principalmente fabricados por Nvidia. El director ejecutivo de Nvidia, Jensen Huang, se sumó a la delegación estadounidense en la visita a China. Consultado por la prensa sobre los reportes de que Washington habría autorizado la venta de chips Nvidia H200 a empresas tecnológicas chinas, Bessent respondió que hubo “mucho ida y vuelta” en torno a esa decisión.

Bessent destacó que China tiene incentivos económicos y estratégicos para restablecer el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz, esencial para sus importaciones energéticas. (REUTERS/Maxim Shemetov)
Bessent destacó que China tiene incentivos económicos y estratégicos para restablecer el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz, esencial para sus importaciones energéticas. (REUTERS/Maxim Shemetov)

Previo a su llegada a Beijing, Bessent se reunió con el viceprimer ministro chino He Lifeng en Corea del Sur. Según el Ministerio de Comercio de China, estos diálogos preliminares estuvieron orientados a abordar cuestiones comerciales y a ampliar la cooperación pragmática entre ambos países. En una publicación breve en la red social X, Bessent compartió una fotografía junto a He Lifeng y comentó que conversaron sobre la relación económica y comercial bilateral.

Bessent también visitó Tokio antes de incorporarse a la delegación de Trump en Beijing. Según publicaciones en X, el secretario del Tesoro mantuvo encuentros con el presidente de Corea del Sur, Lee Jae Myung, y la primera ministra de Japón, Sanae Takaichi, en los que abordaron temas relacionados con minerales críticos y acuerdos de inversión.

Antes de llegar a China, Bessent sostuvo encuentros con el viceprimer ministro chino He Lifeng en Corea del Sur para dialogar sobre cooperación comercial y relaciones económicas bilaterales. (Casa Azul Presidencial/Yonhap via REUTERS)
Antes de llegar a China, Bessent sostuvo encuentros con el viceprimer ministro chino He Lifeng en Corea del Sur para dialogar sobre cooperación comercial y relaciones económicas bilaterales. (Casa Azul Presidencial/Yonhap via REUTERS)

La reapertura del estrecho de Ormuz es prioritaria para China debido a su dependencia de las importaciones energéticas que circulan por esa vía marítima. El estrecho de Ormuz, situado entre Irán y Omán, es una ruta empleada diariamente por millones de barriles de petróleo y gas. Las recientes tensiones que derivaron en el cierre del canal han impactado tanto en la economía china como en la de otros grandes países importadores.

Bessent afirmó que Beijing tiene incentivos económicos y estratégicos para procurar que se restablezca la normalidad en el tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz. Señaló que China podría actuar entre bastidores para influir en el liderazgo iraní con el fin de lograr ese objetivo.

https://www.infobae.com/estados-unidos/2026/05/14/el-secretario-del-tesoro-de-eeuu-dijo-que-china-tiene-como-prioridad-que-se-abra-el-estrecho-de-ormuz-creo-que-haran-todo-lo-posible/