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lunes, 17 de junio de 2019

”Mis recuerdos de Che Guevara”, escrito por: Juan Bosch | por Enrique Cabrera Vásquez

”Mis recuerdos de Che Guevara”, escrito por: Juan Bosch

Escrito por: Juan Bosch
República Dominicana,.- lunes.- 17.-junio.- 2019.- Che Guevara visitó algunas veces mi casa de Costa Rica. Esto sucedía en los primeros meses de 1954, cuando nadie sospechaba que el joven médico trotamundos iba a tener celebridad internacional. Mi hijo León, que empezaba entonces a pintar retratos y que vivía conmigo en el pequeño y dulce país centroamericano, había hecho amistad con algunos exiliados argentinos antiperonistas y a través de esa amistad llegaban a verme, a tomar taza de café y a cambiar opiniones sobre los problemas de una América que en esos años era un muestrario de dictadores. Fue uno de esos exiliados –el doctor Rojo, sino recuerdo mal– quien llegó un día acompañado de un joven silencioso, serio, que de vez en cuando sacaba del bolsillo de la camisa un inhalador y se lo aplicaba en la nariz mientras apretaba la diminuta vejiga del instrumento. Ese joven era el doctor Ernesto Guevara. Ya para entonces sus amigos le llamaban Che, apelativo nacional de los argentinos.
Ernesto Che Guevara era asmático –y de ahí el uso del inhalador–, pero su cuerpo estaba constituido como si no lo fuera. No tenía el pecho hundido ni era bajito ni delgado. No llegaba a ser alto; no era grueso; no era musculoso. Sin embargo, producía sensaciones de firmeza física. Tenía unos rasgos que lo hacían inconfundible: la frente, los arcos superficiales, las cejas, los ojos, la nariz y la boca. Esos rasgos hacían evocar inmediatamente a Beethoven, y recuerdo haberle dicho a mi hijo León estas palabras: “Ese muchacho tiene rostro beethoviano”. Su mirada era a la vez fija e intensa, pero con más fijeza que intensidad, y muy clara, casi iluminada. Oía cuidadosamente y solo de tarde en tarde hacía alguna pregunta, pero siempre era una pregunta que iba directamente al fondo del problema que estaba siendo tratado.

Según me dijo él mismo, Guevara había llegado a Costa Rica desde Panamá; era médico especializado en alergias y recorría América con la ilusión de conocerla toda. De Costa Rica pensaba ir a Guatemala y me pidió algunos datos sobre el país. En la Argentina se había opuesto a Perón y no quería volver a su tierra mientras gobernara el general. En el año 1958, cuando ya el nombre de Ernesto Guevara era conocido en todo el mundo y yo me hallaba en Venezuela, Rómulo Betancourt me preguntó, por lo menos en tres ocasiones distintas, quién era el Che. Algunos de los venezolanos que habían estado en el exilio con Betancourt en Costa Rica le habían dicho que Guevara había estado también por esos días en Costa Rica, pero Betancourt no lo recordaba. Betancourt iba a visitarme a menudo – como yo a él– y en algunas de esas visitas él y el Che coincidieron; es más, en varias oportunidades Guevara se dirigió a él, siempre con un respeto visible y siempre con esas preguntas a la vez simples y agudas, muy directas, que eran tan características del joven médico argentino. Yo le explicaba a Betancourt quién era y cómo era ese renombrado Che Guevara; se lo describía físicamente, le recordaba que en cierta ocasión Guevara le había preguntado esto y lo otro.
“Era aquel joven que iba con un inhalador y que fumaba tabacos, no cigarrillos ni pipa; uno que se sentaba siempre en el mismo sitio, entre el comedor y la sala”, le decía. Pero no había manera de que Betancourt recordara a Ernesto Guevara.
Yo notaba –y no se necesitaba ser un buen observador para darse cuenta de ello– el respeto que Che Guevara tenía por Betancourt y por mí, la atención con que oía cualquiera cosa que decíamos; y notaba también que el joven argentino trataba de buscar algo, tal vez una orientación. Debía haber alguna cosa que era para él más importante, y entendía que lo que deseaba era dedicarse a actividades científicas. Muy parcamente, me lo dejó entrever cuando le pregunté a qué pensaba dedicarse cuando terminara de recorrer las tierras apasionantes de América. La impresión que tenía yo entonces era que el Che Guevara a sus veinticinco o veintiséis años –pues no parecía tener más– buscaba su destino y no sabía dónde estaba ese destino.
Francamente, no esperé verlo actuando en política, y menos aún en Cuba, y mucho menos todavía en acciones guerrilleras. Me pareció que estaba temperamentalmente dotado para la investigación científica; era controlado, aunque sin duda nada frío, y llegaba rápidamente al fondo de los problemas que le llamaban la atención. Nunca supuse que podría convertirse alguna vez en un líder comunista. Unos años más tarde, en Caracas, me visitó un joven norteamericano Miradas sobre nuestra América que quería saber de mi boca si el Che era comunista cuando estaba en Costa Rica. “No”, le dije. “En esos tiempos no sentía la menor inclinación al comunismo no creo que tuviera idea de qué era eso”. Y yo no andaba equivocado. Pocos días después Guevara declaró en La Habana que él –dijo propiamente, “nosotros”– había conocido al marxismo en la Sierra Maestra. Y yo soy muy tonto o Guevara era hombre que decía la verdad en todas las circunstancias.
Che Guevara se hizo comunista –por lo menos, marxista– en las montañas cubanas y se abrazó a esa doctrina con una fe tan dura que murió por ella. Pero quien observe cuidadosamente la trayectoria del legendario personaje que ha caído en las selvas bolivianas, tiene que distinguir un matiz peculiar en el comunismo del Che Guevara: era comunista porque era intensamente antiyanqui. Ahora bien, ¿por qué se había convertido en antiyanqui hasta la raíz de su alma, él, que cuando andaba por América buscaba una orientación de otro tipo?
La respuesta a esa pregunta hay que buscarla en Guatemala. En alguna parte –creo que en una revista francesa– leí que el médico guerrillero había sido consejero de Arbenz, pero eso es una simpleza insigne. Al llegar a Guatemala, Guevara no tenía ningún bagaje político o de otra índole que pudiera llevarlo a la categoría de consejero del entonces presidente Jacobo Arbenz. Pero los informes que tengo de personas que estuvieron en Guatemala en esos días indican que los sucesos que tuvieron lugar en aquel país a raíz de la llegada del joven médico argentino –a mediados de 1954– produjeron una impresión profunda y perturbadora a su ánimo.
Yo no podría ahora precisar en qué mes salió Guevara de Costa Rica hacia Guatemala, pero debe haber sido entre marzo y mayo de 1954. Ya para esos meses se esperaba el zarpazo de Washington sobre el gobierno de Arbenz. Día por día se veía crecer la propaganda que presentaba a Arbenz como un agente comunista. Hasta Dorothy Thompson, una columnista norteamericana que pasaba por liberal hasta límites de radicalismo –esposa divorciada o viuda del celebrado autor de Babitt y Calle Mayor– se lanzó, con todo peso, a acusar al gobernante guatemalteco de ser un tenebroso agente ruso. Recuerdo que entre las noticias que corrían por Centro América había una concedida para abusar de la ignorancia de la gente: que Arbenz había recibido de Rusia un cargamento de bombas atómicas del tamaño de pelotas de tenis –todavía hoy no pueden fabricarse de ese tamaño– que iban a ser usadas dentro de los Estados Unidos. El submarino ruso y las granadas chinas “halladas” por los yanquis en Santo Domingo a principios de mayo de 1965, eran mentiras menos escandalosas que las de aquellas mini-bombas “A” del coronel Arbenz.
 
Che Guevara llegó a Guatemala y a poco fue derrocado el gobiernos de Arbenz. Guevara, y todo el mundo en las dos Américas, sabían que había sido derrocado “por orden superior”. Esa intervención – que no fue abierta, como la de Santo Domingo– dejó en el alma del médico argentino una huella que era como una herida siempre viva. Desde que Che Guevara salió del anonimato tuve la impresión –y la sigo teniendo– de que su lucha estuvo dedicada más que nada a combatir a los Estados Unidos, y que la raíz de esa actitud está en los hechos de Guatemala.
Hay algo que los norteamericanos no han aprendido en siglo y medio de relaciones con nuestros países, y desde luego no lo aprenderán jamás, porque si este mundo ha visto un pueblo duro para adquirir conocimientos humanos –no científicos–, ese pueblo es el de los Estados Unidos. Allí pululan los técnicos en relaciones públicas, pero no hay entre ellos, dos que se hayan dado cuenta de que la América Latina es, un término de sensibilidad, una unidad viva. Un tirano de Venezuela ofende, con su sola existencia, a los jóvenes de Chile y El Salvador tanto como a las juventudes venezolanas; una intervención norteamericana en Guatemala le duele tanto a un joven médico argentino como puede dolerle al guatemalteco más orgulloso.
Che Guevara salió hacia Guatemala y a poco yo salí para Bolivia, precisamente para esa tierra de altas pampas y de selvas nutridas donde él iba a caer trece o catorce años después de haber estado visitando mi casa de exiliado en Costa Rica. No volví a verlo más, pero tan pronto oí su nombre a principios de 1957, cuando ya él estaba en la Sierra Maestra, recordé a aquel joven médico argentino. Lo recordaba con toda nitidez. Recordaba no solo su presencia física sino hasta su voz. ¿Por qué? No podría decirlo. Tal vez me impresionado aquel tono de fijeza, y de cierta ansiedad que veía en sus ojos, en su tipo peculiar de mirada; una ansiedad como de quien necesita ser y no halla la manera de realizarse; la de alguien que está seguro de que tiene un destino y no sabe como cumplirlo. La televisión española transmitió unas escenas relativas a la muerte de Guevara. Se veía un villorrio en la selva boliviana, un villorrio que era la estampa de la soledad, la miseria y la ignorancia; se veía un general cubierto de oropeles, cintajos y medallas, y se veía el cadáver del Che Guevara tirado en una mesa. Ahí estaba resumido el drama de América: La miseria, la opresión, no preso, no herido, sino aniquilado a tiros. Yo evoqué unas palabras de Gregorio Luperón que dicen más o menos así: “El que pretende acabar con la revolución matando a los revolucionarios es como el que piensa que puede apagar la luz del sol sacándose los ojos”.
Enrique Alberto Cabrera Vásquez

miércoles, 18 de octubre de 2017

Del Che a Juan Bosch: dos retratos de coherencia - Por: Edgar García

Por: Edgar García

Del Che a Juan Bosch: dos retratos de coherencia

Publicado el: 18 octubre, 2017
Edgar García C.
Han pasado 50 años del asesinato de Ernesto Guevara. El mes pasado se cumplieron 54 años del derrocamiento del profesor Juan Bosch y el golpe a la democracia dominicana. Si algún vínculo une a estos dos grandes hombres es el de la coherencia y la inquebrantable dignidad.
Se ha especulado respecto a si ambos llegaron a conocerse o qué habría pensado uno del otro. Pero la historia y las finas plumas de ambos luchadores nos regalaron esas certezas del tiempo que merecen ser recordadas.
Lo sorprendente es que al definirse mutuamente,traspasan la mera descripción y resaltan la coherencia de la narrativa y esa intuición casi exacta de quién sería cada uno en el futuro. Se reconocen como iguales en la moral y la dignidad, a pesar de las infames mentiras y el descrédito que han lanzado algunos de sus detractores comunes.
Durante los primeros meses de 1954, mientras Don Juan se encontraba en Costa Rica, El Che estaba también en este país realizando su segundo viaje por América Latina. Fue allí donde ocurrió el encuentro entre el argentino y el dominicano. Ninguno de los dos lo quiso pasar por alto y así lo expresaron en posteriores escritos.
Por su parte, Ernesto Guevara lo plasmó en su Diario de Viaje, mientras que Juan Bosch escribiría un artículo al respecto, años después, al que nos referiremos más adelante.
En lo particular me resulta interesante cuál fue la impresión que dejó uno sobre el otro, para luego establecer, a mi juicio, qué importancia tiene para el presente recordar este curioso encuentro,de manera que, nos permitimos copiar textualmente lo que mencionara El Che al respecto:
Conocí a dos personas excelentes pero no el leprosorio. Al Dr. Arturo Romero, persona de vasta cultura ya retirado de la dirección del leprosorio por intrigas y al Dr. Alfonso Trejos, investigador de escuela y muy buena persona. Visité al hospital y recién mañana el leprosorio. Tenemos un día bravo. Charlar con un cuentista y revolucionario dominicano: Juan Bosch y con el líder comunista costarricense Manuel Mora Valverde.
La entrevista con Juan Bosch fue muy interesante. Es un literato de ideas claras y de tendencia izquierdista. No hablamos de literatura, simplemente de política. Calificó a Batista de hampón y rodeado de hampones. Amigo personal de Rómulo Betancourt y lo defendió calurosamente, lo mismo que a Prío Socarrás y Pepe Figueres. Dice que Perón no tiene arraigo popular en los países americanos y que en el año 45 escribió un artículo en que lo denunciaba como el más peligroso demagogo de América. La discusión se llevó en términos generales muy amables.
A pesar de los múltiples intentos de desmeritar a Don Juan por parte de algunos sectores de la derecha y la pseudo-izquierda dominicana, El Che, quien fue el más grande latinoamericanista de todos los tiempos, supo comprender desde el primer momento la esencia libertaria y democrática de Juan Bosch, su claridad política y su cualidad innegable de revolucionario.
Por otro lado, Juan Bosch, escribió un artículo titulado Mis recuerdos del CheGuevara donde expuso también que se encontraron en su casa de Costa Rica y que el joven guerrillero “a sus veinticinco o veintiséis años buscaba su destino y no sabía dónde estaba ese destino” , además de considerarle un joven simple, agudo e intensamente anti yanqui.
Ninguno se equivocó respecto al otro. Las ideas políticas de Juan Bosch y sus hechos, muchas veces polémicos pero contundentes, han coincidido con lo que el Che llamaba “la búsqueda de la democracia y la justicia social en los pueblos de América”. Los suyos fueron valores que, quien quiera hablar de transformaciones radicales en las relaciones de poder en nuestro país, debería seguir o, al menos, tomar en cuenta para la batalla ideológica y la confrontación política.
El Che sigue siendo el símbolo del antiimperialismo, de la revolución encarnada, de la construcción de la Patria Grande. La agudeza intelectual de Ernesto Guevara persiste en la memoria de muchos y en los textos y discursos que dejó como legado. Su ansiedad, cargada a veces en la mirada y otras veces en su andar, persistió hasta el día de su asesinato en Bolivia, puesto que le fue imposible tener que soportar la opresión, la miseria y las injusticias existentes en cualquier pueblo de América.
Ambos son el espejo donde no se mira hoy nuestra clase política. Cuelgan sus fotografías en sus casas, conocen a cabalidad sus biografías y se llenan la boca citando frases de su ideario. Es con este tipo de actos que la clase política convierte –a veces a propósito– seres como Ernesto y Don Juan en mitos, utopías y parte integral de un panfleto trasnochado, cuando en verdad su obra de vida fue todo lo contrario y contiene todo lo necesario para transformar radicalmente las condiciones sociales y políticas que sufren nuestros pueblos.
Nuestro intento no es el de sacralizar personajes históricos. Ha quedado claro que este no es un elemento que sume a las luchas delpresente. Sí me resulta importante que, con una mirada al pasado, podamos rememorar la coherencia, la dignidad, la preocupación incesante por los humildes de la Tierra (hijos de Machepa), la soberbia necesaria contra los poderosos (tutumpotes), la lucidez ideológicay el compromiso con la democracia, más allá de su expresión formal, sobre la cual debe basarse la política.
Sabiendo que libraban la misma batalla en contra de los mismos sectores, quizás en escenarios que siguen siendo geográficamente distintos, pero esencialmente iguales, Ernesto Guevara y Juan Bosch representan hoy la importancia de la coherencia en el terreno político… Y debemos saber que, a más de 50 años, no han podido derrotar sus ideas y, a la vez, nos resulta tan urgente volver a ellas.
http://hoy.com.do/del-che-a-juan-bosch-dos-retratos-de-coherencia/

lunes, 9 de octubre de 2017

50 AÑOS DE LA MUERTE DEL CHE GUEVARA

CHE GUEVARA
50 AÑOS DE LA MUERTE DEL CHE GUEVARA
EL PAÍS rescata de su hemeroteca los mejores artículos y reportajes que han abordado el fenómeno del icono revolucionario
EL PAÍS 8 OCT 2017 - 23:48 CEST



Ernesto 'Che' Guevara, en una imagen tomada en 1964. 

 8 de octubre de 1967, el ejército boliviano, con el apoyo de agentes de la CIA, capturó a Ernersto Guevara de la Serna, el Che, en un lugar llamado Quebrada del Churo. Herido en una pierna, fue trasladado a una escuela abandonada del poblado de La Higuera donde pasó su última noche. Al día siguiente, el guerrillero fue ejecutado. La imagen de su cuerpo exhibida a los periodistas y curiosos en un lavadero dio la vuelta al mundo, le aseguró un lugar permanente en la historia, consolidando su estatus de mito revolucionario.
Medio siglo después, el espíritu rebelde del Che, con sus luces y sombras, sigue manteniendo el magnetismo de la utopía de los años románticos de la Revolución. La izquierda nacida del mayo del 68 contribuyó a acrecentar la popularidad del argentino, patentada en imagen de culto gracias a la foto que le tomó Alberto Korda, reproducida por doquier en camisetas, pósters, gorras y todo tipo de merchandising, que exhiben por igual los jóvenes activistas y las estrellas del deporte, el cine o la música.
El fenómeno del Che ha sido abordado por EL PAÍS en artículos, crónicas, reportajes y editoriales. Con ocasión del 50 aniversario de su muerte, recuperamos algunas de las mejores historias publicadas por el diario, además de un especial con artículos escritos desde Argentina, Bolivia, Miami y México, que puedes leer aquí.
Por Francisco Umbral
"El Ché" 
POR FRANCISCO UMBRAL
Por Sami Naïr"Desde el fondo de su noche" POR SAMI NAÏR
Por Juan Luis Cebrián
"El Che, un mito perdurable" 
POR JUAN LUIS CEBRIÁN
Por Bertrand de la Grange"¿Dónde están los huesos del Che?" POR BERTRAND DE LA GRANGE
Por Mauricio Vicent"El Che Guevara, desclasificado" POR MAURICIO VICENT
Por Jan Martínez Ahrens"FIdel Castro y el Che, detenidos" POR JAN MARTÍNEZ AHRENS
Por Jesrús Ruiz Mantilla"La vida del Che en su álbum familiar" POR JESRÚS RUIZ MANTILLA

https://elpais.com/internacional/2017/10/04/actualidad/1507111986_134161.html

Fue duro dar la orden de eliminar al Che” - FÉLIX RODRÍGUEZ | EL CUBANO QUE CAPTURÓ A GUEVARA

“Fue duro dar la orden de eliminar al Che”

Félix Rodríguez, el agente de la CIA que participó en la captura de Guevara, afirma que EE UU lo quería vivo para interrogarlo. Él le comunicó que lo ejecutarían: "Mejor así", respondió el guerrillero

https://elpais.com/internacional/2017/10/08/estados_unidos/1507493842_800349.html
El agente cubano de la CIA que participó en la captura del Che Guevara en Bolivia, Félix Rodríguez, nos recibe a sus 76 años en su casa de Miami rodeado de recuerdos de su carrera de soldado de la Guerra Fría. Pistolas, puñales, granadas y fotografías suyas con presidentes de EE UU y espías que ya no existen. La productora española Scenic Rights prepara un documental sobre su vida. Veterano de Vietnam e involucrado en la contrainsurgencia en Centroamérica, Rodríguez asegura que la CIA quería vivo al guerrillero para interrogarlo, pero el Gobierno de Bolivia ordenó su ejecución. "Traté de salvarlo sin éxito", afirma, aunque considera a Ernesto Guevara de la Serna "un asesino". Al lado, en una mesilla, tiene una vieja pistola Star de fabricación española. "Cuidado si la coge, está cargada. Yo siempre tengo algo a mano, por si acaso", dice el hombre que aparece satisfecho a la derecha del Che en su última foto –astroso, en pie– antes de ser ejecutado por un sargento boliviano.
Félix Rodríguez, este sábado en su casa en Miami.
Félix Rodríguez, este sábado en su casa en Miami. 
–Esta es la última imagen suya vivo.
–Sí –responde–. La última que se le tiró antes de morir.
–En La Higuera.
–Eso es. En La Higuera.
–¿Quién tomó la foto?
–Esa foto la tomo el piloto del helicóptero, el mayor boliviano Jaime Niño de Guzmán.
La última fotografía del Che Guevara en Bolivia antes de su ejecución. A su derecha, el agente cubano de la CIA Félix Rodríguez.
La última fotografía del Che Guevara en Bolivia antes de su ejecución. A su derecha, el agente cubano de la CIA Félix Rodríguez. 
–¿Quién pide que se haga la foto y para qué?
Rodríguez necesita meterse en detalles para responder a esa pregunta. Regresar en su memoria a Bolivia en el año 1967 y contar aquello por lo menudo. "Déjame hacerte la historia", dice.
Durante 20 minutos, toma el hilo y lo extiende desde el momento en que lo avisan de la caída de Guevara hasta que una cámara retrata su última mirada.
El monólogo –abreviado– dice así:
"Nosotros recibimos la información de la captura del Che el domingo 8 de octubre por la mañana. Se había entrenado a un grupo de soldaditos jóvenes que hablaban el quechua, el aymara y el guaraní para que fueran adelante del batallón a buscar inteligencia e información en ropa de civil, porque así era más fácil hablar con el campesinado. Y esta gente en ropa de civil regresa el siete por la noche, sábado, y le da la información al capitán Gary Prado de que un campesino les había enseñado un área que se llamaba la Quebrada del Yuro donde estaban escondidos los guerrilleros; porque este campesino tenía una hortaliza cerquita de ahí y los vio.
Entonces, con esa información el capitán Gary Prado rodea la Quebrada del Yuro el siete por la noche. Y el domingo ocho de octubre empieza a avanzar por la mañana y ahí empieza el tiroteo. En esa operación el Che es herido en la pierna izquierda, un balazo entre la rodilla y el tobillo, pero nada de peligrosidad. Ahí mueren la mayor parte de los guerrilleros y mueren algunos soldados, y ahí es donde cae preso el Che Guevara, al que estaba intentando ayudar a salir Simeón Cuba Sarabia, que usaba el nombre de Willy, un guerrillero boliviano bajito, prietecito, con una barba enorme, una barba más tupida yo creo que la de los propios cubanos, y ese no tenía un rasguño. Con ese lo agarran. Y en el momento en que lo van a agarrar, me cuentan los soldaditos, el Che les dice: "No tiren que yo soy el Che. Yo les valgo más vivo que muerto". Y ahí se lo llevan y lo mandan para la escuelita de La Higuera y lo ubican a él –mirando la escuelita de frente– en el salón de la izquierda, y detrás de él, en el mismo cuartico, le ponen los cadáveres de dos cubanos.
De ahí entonces, ellos me mandan la información por la mañana en código, que decía: "Papá cansado", lo que significaba que el líder de la guerrilla estaba preso y vivo. Pero no sabíamos si "Papá" era el Che Guevara o si era el Inti Peredo, que era el líder de la guerrilla por la parte boliviana. Así que volamos al área de operaciones y ahí nos verificaron que "Papá cansado" era el Che Guevara.
El extranjero. No dijeron el Che, dijeron "el extranjero".
Esa noche tuvimos una recepción en un hotelito de Vallegrande, con velas porque no había electricidad, y yo saqué un par de botellas de scotch que había comprado hacía tiempo para un evento como este, para celebrar. Eso era el domingo por la noche, el día que cayó preso él.
Al día siguiente, nueve de octubre, lunes, a las siete de la mañana despegamos en un pequeño helicóptero pilotado por Niño de Guzmán. Aterrizamos al lado de la escuelita donde estaba el Che preso y estaban esperándonos todos los oficiales del batallón, entre ellos el teniente coronel Selich que tenía toda la documentación suya. El Che usaba una cartera de cuero como las que cargan las mujeres, ancha, color camello, y adentro tenía un libro grande que era un diario con los meses escritos en alemán, del año 67, pero claro, escrito por él en español. Tenía adentro una serie de fotografías de la familia, medicamentos para el asma, unos libritos para mensajes en clave numérica de una sola vía, que son imposibles de descifrar. Tenía unas libreticas negras de argollitas escritas a máquina de escribir y firmadas por un tal Ariel, que eran los mensajes que él recibía de Cuba. Aunque él no podía transmitirle a Cuba porque Cuba le dio a propósito un transmisor roto, porque a él lo mandan allá para que lo maten. Porque el Che era prochino y Cuba dependía de la URSS. O sea, los soviéticos no tenían ningún interés en que el Che Guevara triunfara en Bolivia. Lo dejaron solo, para que lo mataran ahí, definitivamente.
Así que entramos a la escuelita y en una habitación estaba el Che tirado en el suelo, amarrado de pies y manos abajo de una ventanita que había al lado de la puerta, y atrás los dos cadáveres. El único que habló fue el coronel Centeno Anaya. Le hacía preguntas pero el Che lo miraba y no contestaba nada. Ni le habló. Al punto de que el coronel le dijo: "Óigame, usted es un extranjero, usted ha invadido mi país. Lo menos que puede tener es la cortesía de contestar". Y nada.
Entonces de ahí yo le pido al coronel si me puede facilitar la documentación del Che para fotografiarla para mi gobierno y le da orden al teniente coronel Selich de que me la entregue. Se me entrega la cartera aquella de cuero y yo me voy a trabajar con la documentación a otro lugar. Iba fotografiando el diario y regresaba a hablar con el Che. Entraba y salía constantemente, desde la mañana hasta la una de la tarde. Estando en eso suena el teléfono y uno de los soldaditos me dice: "Mi capitán, una llamada". Voy hasta el teléfono y me dan "órdenes superiores: 500–600". Era un código muy sencillo que habíamos estipulado.
500 era el Che Guevara.
600 muerto.
700, manténgalo vivo.
Pido que me repitan. Me vuelven a confirmar.
"Órdenes del alto mando: 500–600".
Félix Rodríguez, en su casa de Miami.
Félix Rodríguez, en su casa de Miami. 
Cuando Centeno Anaya viene lo llamo a parte y le digo: "Mi coronel, han llegado instrucciones de su gobierno de eliminar al prisionero. Las de mi gobierno son tratar de salvarle la vida y tenemos helicópteros y aviones para llevarlo a Panamá para un interrogatorio". Él responde: "Mira, Félix, son órdenes del señor presidente y señor comandante de las Fuerzas Armadas". Miró su reloj y me dijo: "Tienes hasta las dos de la tarde para interrogarlo. Y a las dos de la tarde lo puedes ajusticiar de la forma que tú quieras porque sabemos el daño que le ha hecho a tu patria. Pero yo quiero que a las dos de la tarde tú me traigas el cadáver del Che Guevara". Yo le respondí: "Mi coronel, he tratado de hacerle cambiar de idea, pero si no hay una contraorden le doy mi palabra de hombre que yo le llevo el cadáver del Che".
Más tarde, estando hablando yo con el Che, viene el piloto Niño de Guzmán con una cámara Pentax del jefe de Inteligencia. "Mi capitán, el mayor Saucedo quiere una foto con el prisionero". Yo miro al Che y le digo: "Comandante, ¿a usted le importa?". Y dijo: "No, a mí no". Entonces caminamos. Él caminaba con dificultad por el balazo en la pierna izquierda. Salimos de la escuelita y ahí fue cuando nos paramos a hacer la foto esta. Yo le doy mi propia cámara al piloto y le digo al Che: "Comandante, mire al pajarito". Empezó a reirse, porque es lo que decimos nosotros en Cuba a los niños.
"Niño, mira el pajarito".
Es más, yo pensé que él se estaba riendo en el momento en que se tiró la foto. Pero, obviamente, cambió para esta expresión de la cara que ves ahora. Yo vestía el uniforme de tropas especiales de EE UU, pero sin insignia ninguna. Yo ahí tenía 26 años. Él 39. Parecía un pordiosero. Las ropas estaban raídas, sucias, cochinas. No tenía botas, eran unos pedazos de cuero amarrados en los pies. El pelo mugreño. Realmente, a veces yo estaba hablando con él y no le prestaba atención a lo que me estaba diciendo, porque yo nunca lo había visto personalmente pero me acordaba de las imágenes del Che cuando visitaba Moscú, que estaba con los rusos, cuando visitaba Mao Zedong en Pekín. Aquel hombre arrogante, con aquellos abrigos del carajo. Y ver a este hombre ahora como un tipo que estaba pidiendo limosna. Daba pena".
–¿Cuál fue para usted el mayor defecto y la mayor virtud del Che?
–Virtud yo creo que no tenía ninguna. Lo que puedo decir es que el tipo era dedicado a sus ideales, que obviamente estaban equivocados y fueron un desastre total. Y que en los mismos entrenamientos me contó gente que entrenó con él que era muy persistente. Estaba cansado, muerto y trataba de seguir adelante. No se rendía. Pero, por otro lado, fue un asesino que disfrutaba matando gente y que estaba lleno de odio hacia el enemigo. Una persona que mandó fusilar a miles de cubanos.
–¿Su captura fue el mayor logro de su carrera?
–Uno de los principales, aunque es el que más ha salido a relucir.
–¿Hay alguna operación que le duela recordar?
–Posiblemente el episodio más duro fue precisamente cuando tuve que comunicar la orden, de parte del Gobierno boliviano, de que eliminaran al Che. Aunque también pensé en el desastre que causó en mi patria en su día que dejaran libre a Fidel Castro.
–¿Comunicó la orden delante de Guevara?
–No, a mí me la comunican y luego entro a la habitación, me paro delante de él y le digo: "Comandante, lo siento, es una orden superior". Y él entendió perfectamente lo que le estaba diciendo.
–¿Qué dijo?
–"Es mejor así. Yo nunca debí haber caído preso vivo". Entonces sacó la pipa y me dijo: "Yo quiero entregarle esta pipa a un soldadito boliviano que se portó bien conmigo". Me guardé la pipa y le pregunté: "¿Quiere algo para su familia?". Y él me respondió, diría que de forma sarcástica: "Bueno, si puedes dile a Fidel que prontó verá una revolución tiunfante en América". Yo lo interpreto como si le hubiera dicho a Fidel: "Me abandonaste, pero esto va a triunfar de todas maneras". Después cambió la expresión y me dijo: "Si puedes, dile a mi señora que se case otra vez y que trate de ser feliz". Esas fueron sus últimas palabras. Se acercó a mí, nos dimos la mano, nos dimos un abrazo, dio unos pasos atrás y se paró fijo pensando que era yo quien le iba a tirar.
–¿Qué pasó con la pipa?
–Mira, fue una de las cosas de las que sí me arrepiento. A la pipa yo le saqué la picadura y la guardé. Inclusive en la culata de una de las pistolas que uso tengo parte de la picadura de su última fumada, metida en un cristalito. Después vino el sargento Mario Terán diciendo: "¡Mi capitán, yo quiero la pipa! ¡Yo lo maté, yo me lo merezco!". Y yo, que por dentro no quería tener que cumplir con un deseo suyo sabiendo todo lo que le había hecho a mi patria, cogí la pipa y se la di al sargento: "Toma, para que te acuerdes de tu hazaña" [dice con tono de rechazo]. Cogió la pipa, bajó la cabeza y se fue.
–¿Qué fue lo que más le llamó la atención al ver al Che?
–Ver a un hombre tan destruido.
–¿Qué sintió mientras hablaba con él?
–En ese momento, honestamente, no tenía la percepción de lo que estaba ocurriendo, la magnitud que tenía esa operación. Para mí era una operación más. Para mí el Che Guevara no era la gran cosa, no era la figura que fabricó después Cuba.
–¿Le sorprendió algo de lo que le dijo?
–Cada vez que yo le hacía preguntas de interés táctico para nosotros me respondía: "Usted sabe que yo no le puedo contestar eso". Por otro lado, hubo un momento en que empezamos a hablar de la economía cubana, y él se puso a culpar de todo al embargo americano. Y yo le dije: "Comandante, usted fue presidente del Banco de la Nación y ni siquiera era economista". Entonces él me contesta: "¿Tú sabes cómo llegué a presidente del Banco?". Y me cuenta: "Un día entendí que Fidel estaba pidiendo un comunista dedicado y levanté la mano. Pero estaba pidiendo un economista dedicado".
–¿Presenció su ejecución?
–No. No tenía ningún interés en ver eso. Me fui para otro lugar y me senté en un banquito a unos cien metros a tomar notas. Oí una ráfaga corta e hice la anotación: una y quince de la tarde. La hora exacta en que fue ejecutado.
Ernesto 'Che' Guevara, en una imagen tomada en 1964. 

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