martes, 30 de junio de 2026

Aduanas y competitividad: cuando el Estado deja de ser ventanilla y se convierte en estrategia

Aduanas y competitividad: cuando el Estado deja de ser ventanilla y se convierte en estrategia

La gestión de Nelson Arroyo al frente de la Dirección General de Aduanas coloca una idea central en el debate económico dominicano: exportar más no depende solo de producir mejor, sino de tener un Estado capaz de reducir tiempos, costos, incertidumbre y fricciones en la frontera. En esa transformación, la Aduana deja de ser un punto de control para convertirse en una plataforma de confianza, facilitación y competitividad nacional.

La competitividad de una nación no se decreta: se construye en los detalles. Se construye en cada trámite que se simplifica, en cada inspección que deja de ser una demora innecesaria, en cada proceso que se digitaliza, en cada exportador que encuentra en el Estado no un obstáculo, sino un aliado confiable. Por eso, cuando Nelson Arroyo afirma que no hay una República Dominicana competitiva sin exportadores fuertes, y que no hay exportadores fuertes sin un Estado que facilite, acompañe y genere confianza, no está pronunciando una frase ceremonial; está definiendo una doctrina moderna de gestión pública aplicada al comercio exterior.

La Dirección General de Aduanas atraviesa una etapa decisiva. Tradicionalmente percibida como una institución asociada al control, la fiscalización y la recaudación, hoy se proyecta como un actor estratégico del desarrollo productivo. Ese cambio no es menor. En un país insular, abierto, dependiente de su capacidad de conectarse con los mercados internacionales y obligado a competir con velocidad, calidad y credibilidad, la Aduana es mucho más que una frontera administrativa: es una bisagra entre la economía nacional y el mundo.

Los datos presentados en el almuerzo de ADOEXPO ofrecen una lectura elocuente: las exportaciones dominicanas alcanzaron los US$14,000 millones en 2025; desde 2021 se han exportado más de US$36,000 millones; se han incorporado más de 500 nuevos exportadores y se han movilizado 366,000 contenedores, según la información difundida por la DGA en el mes de mayo de 2026. Pero detrás de esas cifras hay algo más profundo que una estadística comercial: hay una economía que comienza a comprender que su futuro no puede depender únicamente del consumo interno, de las remesas o de sectores tradicionales, sino de su capacidad de producir, certificar, exportar y competir con estándares globales. 

La Aduana moderna no se mide únicamente por cuánto recauda, sino por cuánto facilita sin renunciar al control. Esa es la ecuación compleja del siglo XXI: proteger la legalidad sin paralizar el comercio; combatir el ilícito sin castigar al operador legítimo; recaudar con eficiencia sin convertir la formalidad en una carrera de obstáculos. En esa dirección, la digitalización de más de 90 servicios, incluidos ocho directamente vinculados a procesos de exportación, constituye una señal institucional relevante. Cuando Arroyo sostiene que digitalizar Aduanas no es un discurso tecnológico, sino una decisión económica, acierta en el núcleo del problema: cada minuto perdido en un proceso aduanero tiene un costo; cada duplicidad documental resta productividad; cada incertidumbre logística debilita la confianza del exportador.

La competitividad exportadora dominicana necesita exactamente eso: menos incertidumbre y más predictibilidad. El exportador no compite únicamente con precio y calidad; compite con tiempos de entrega, trazabilidad, reputación, cumplimiento normativo y capacidad de respuesta. En mercados sofisticados, una demora puede significar la pérdida de un cliente; un rechazo sanitario o técnico puede cerrar una puerta comercial; una inspección tardía puede encarecer toda una operación. Por eso, la gestión de riesgo inteligente y el uso de tecnología no son lujos administrativos, sino infraestructuras invisibles de la competitividad.

El dato de que el 96 % de las inspecciones se realicen de manera no intrusiva expresa una transición relevante hacia un modelo más eficiente de control aduanero. El Estado no puede controlar mejor simplemente inspeccionando más de forma física; debe controlar mejor usando inteligencia, datos, perfiles de riesgo, cooperación internacional y tecnologías que permitan distinguir al operador confiable del actor irregular. Ahí se juega una parte esencial de la nueva gobernanza aduanera: menos discrecionalidad, más evidencia; menos burocracia, más inteligencia institucional.

La agenda reciente de la DGA confirma que esta transformación no se limita al sector exportador tradicional. El taller sobre Zonas Francas de Servicios 360 expresa una preocupación estratégica por un subsector que combina empleo, conocimiento, tecnología y servicios de alto valor agregado. Las zonas francas de servicios representan una fase más sofisticada de la economía dominicana: no solo ensamblar, no solo manufacturar, sino prestar servicios globales, procesar información, operar plataformas, crear empleos urbanos de mayor especialización y vincular el talento nacional con cadenas internacionales. Si este subsector cuenta con 213 empresas y más de 36,000 empleos directos, su relación con Aduanas debe ser necesariamente moderna, ágil y técnicamente clara.

Lo mismo ocurre con el sector courier y el correo expreso. En la economía digital, el comercio electrónico ya no es una actividad marginal: es una arteria cotidiana del comercio global. La coordinación con empresas courier no debe verse como una concesión operacional, sino como una respuesta institucional a una economía donde la frontera física se cruza millones de veces a través de plataformas digitales, envíos urgentes, pequeñas compras, repuestos, insumos, documentos y mercancías de rápida rotación. Donde antes el comercio era contenedor y puerto, hoy también es paquete, aplicación móvil y trazabilidad en tiempo real.

Pero facilitar no basta. Un país que quiere exportar con reputación también necesita blindar su mercado contra el fraude, la falsificación y el comercio ilícito. En ese punto, la DGA asume otra dimensión crítica: la defensa de la propiedad intelectual, la protección del consumidor y la preservación de la competencia leal. La retención de más de siete millones de unidades vinculadas a posibles infracciones de propiedad intelectual en 2026, con un incremento de 160 %, revela que la modernización aduanera no significa flexibilización irresponsable, sino control más preciso y más efectivo. Un mercado formal no puede competir si el contrabando, la falsificación o la subvaluación operan con ventaja indebida.

También es significativo que la República Dominicana, a través del Centro Regional de Capacitación de la Organización Mundial de Aduanas, haya acogido la reunión preoperacional de la Operación LYNX para las Américas y el Caribe. Ese hecho coloca al país en una lógica de cooperación internacional contra el contrabando de tabaco, bebidas alcohólicas y otros productos sujetos a impuestos especiales. El comercio ilícito no es un problema menor ni meramente fiscal: erosiona recaudaciones, financia redes criminales, distorsiona mercados, afecta la salud pública y debilita la autoridad del Estado. Una Aduana moderna debe ser facilitadora para el comercio legítimo y severa frente al comercio ilegal.

La noción de confianza técnica, impulsada mediante espacios vinculados a laboratorios, acreditación, normas y sistema nacional de calidad, es otro componente esencial. La competitividad del futuro dependerá cada vez menos de ventajas simples y cada vez más de capacidades verificables. Exportar cacao, tabaco, dispositivos médicos, farmacéuticos o manufacturas implica cumplir requisitos, demostrar trazabilidad, superar evaluaciones, evitar rechazos y sostener estándares. La calidad no es ornamento institucional; es pasaporte comercial. Y la Aduana, articulada con el Sistema Dominicano para la Calidad, puede convertirse en un factor decisivo para que el país no solo venda más, sino venda mejor.

En el plano humano, programas como las jornadas de pasantías y las acciones de bienestar institucional recuerdan que ninguna modernización es sostenible sin cultura organizacional. La tecnología automatiza procesos, pero son las personas quienes sostienen la ética, la continuidad, el criterio técnico y la vocación de servicio. Incorporar jóvenes universitarios, reconocer a las madres colaboradoras, fortalecer la capacitación y profesionalizar áreas sensibles no son gestos secundarios: son parte de la arquitectura interna de una institución que quiere trascender la administración rutinaria y consolidarse como columna del desarrollo nacional.

La gestión de Nelson Arroyo parece comprender que la Aduana del presente no puede limitarse a cobrar, revisar y autorizar. Debe anticipar riesgos, integrar sectores, escuchar operadores, digitalizar procesos, proteger derechos, facilitar exportaciones, combatir ilícitos y generar confianza país. Esa es la verdadera dimensión estratégica de la DGA: convertirse en una institución que no solo observa el comercio desde la frontera, sino que participa activamente en la construcción de una República Dominicana más productiva, más ordenada y más competitiva.

El desafío, por supuesto, no está agotado. La transformación aduanera requiere continuidad, métricas públicas, interoperabilidad plena, mayor integración con puertos, zonas francas, ministerios, laboratorios, cámaras empresariales y organismos internacionales. Requiere también que el sector privado asuma su parte: cumplimiento, formalidad, inversión, innovación y cultura exportadora. La competitividad no puede descansar solo en la eficiencia estatal ni solo en la iniciativa empresarial; necesita una alianza madura donde cada actor entienda que el desarrollo no se improvisa.

Si la República Dominicana quiere insertarse con mayor fuerza en las cadenas globales de valor, debe cuidar cada eslabón: producción, calidad, logística, aduanas, certificación, reputación y cumplimiento. En ese mapa, la DGA ya no es una estación de paso. Es una plataforma de país. Y cuando una Aduana reduce tiempos, baja costos, combate ilícitos, protege marcas, acompaña exportadores y digitaliza servicios, no solo mejora trámites: cambia la velocidad de la economía.

La gran lección es clara: una nación que quiere exportar futuro necesita una Aduana que piense en futuro. Y en esa dirección, la gestión de Nelson Arroyo coloca sobre la mesa una visión correcta y urgente: la frontera no debe ser el lugar donde se detiene la competitividad dominicana, sino el punto exacto desde donde comienza a proyectarse hacia el mundo.

✍️ Autor: Luis Orlando Díaz Vólquez

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