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viernes, 10 de julio de 2026

Zonas francas: la inversión que está redefiniendo el mapa productivo dominicano | Inversión en zonas francas se ha triplicado en dos décadas

República Dominicana: invertir donde el futuro ya empezó

La presentación del presidente Luis Abinader ante el Congreso Mundial de Zonas Francas en Panamá trascendió la promoción económica: fue la expresión de una visión-país que coloca a la República Dominicana en el centro del nearshoring, la manufactura avanzada, la economía digital, las cadenas globales de valor y la competencia hemisférica por capital, tecnología y empleo de calidad.

La participación del presidente Luis Abinader en el 12.º Congreso Mundial de Zonas Francas, celebrado en Panamá, debe interpretarse como una declaración estratégica sobre el lugar que la República Dominicana aspira a ocupar en el nuevo mapa productivo global. Al presentar al país como “una de las mejores decisiones de inversión en el hemisferio”, el mandatario no apeló a una frase de circunstancia, sino que sintetizó una narrativa económica construida sobre estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, ubicación geográfica privilegiada, capacidad logística, talento humano, zonas francas consolidadas y una visión de futuro orientada hacia la manufactura avanzada, los servicios globales, la innovación y el nearshoring.

En un mundo donde las cadenas de suministro se reconfiguran, las empresas buscan reducir riesgos geopolíticos y la cercanía a los mercados se ha convertido en una ventaja competitiva central, la República Dominicana tiene ante sí una oportunidad histórica. Ya no se trata únicamente de atraer empresas por costos laborales o incentivos fiscales, sino de ofrecer un ecosistema integral: parques industriales, infraestructura, conectividad, acceso preferencial a mercados, estabilidad institucional, reglas claras y una cultura de articulación público-privada capaz de convertir la inversión en operaciones reales. Esa es la diferencia entre ser un destino más y convertirse en una plataforma estratégica para producir, exportar y escalar.

El mensaje presidencial adquiere mayor fuerza cuando se contrasta con los datos recientes del régimen de zonas francas. La inversión acumulada del sector alcanzó US$8,169.8 millones al cierre de 2025, el nivel más alto registrado, con un crecimiento de 5.6 % frente al año anterior. En dos décadas, esa inversión pasó de US$2,471.7 millones en 2006 a más de US$8,169 millones en 2025, una expansión superior a US$5,600 millones que confirma la madurez del modelo y la confianza sostenida de capitales nacionales e internacionales.

Ese crecimiento no es accidental. Es el resultado de una política económica que ha entendido que las zonas francas son mucho más que espacios de exención tributaria. Son motores de empleo formal, exportaciones, transferencia tecnológica, disciplina productiva, formación laboral, integración comercial y modernización industrial. El régimen genera más de 200,000 empleos, representa más del 60 % de las exportaciones nacionales y reúne una amplia red de empresas y parques industriales que han contribuido a diversificar la economía dominicana. Esa realidad convierte a las zonas francas en una columna vertebral del desarrollo nacional y en una de las principales evidencias de que el país puede competir con éxito en mercados exigentes.

La fortaleza del sector también se refleja en la composición de la inversión. La manufactura de productos médicos y farmacéuticos concentra US$2,360.8 millones, equivalente al 28.9 % del total; tabaco y derivados acumulan US$1,753.2 millones; confecciones y textiles suman US$615.3 millones; y los centros de llamadas y BPO alcanzan US$552.2 millones. Estos datos muestran una economía que avanza desde la manufactura tradicional hacia actividades de mayor complejidad, valor agregado y exigencia regulatoria. La República Dominicana ya no solo produce bienes; empieza a producir soluciones, servicios, procesos especializados y confianza industrial.

El dinamismo exportador confirma esa tendencia. En el primer cuatrimestre de 2026, las exportaciones de zonas francas alcanzaron US$2,803.3 millones, con un crecimiento interanual de 4.3 % y un incremento absoluto de US$115.2 millones respecto al mismo período de 2025. Ese desempeño estuvo impulsado por sectores estratégicos como productos médicos y farmacéuticos, tabaco y derivados, así como productos eléctricos y electrónicos, lo que demuestra que el país no solo mantiene capacidad exportadora, sino que amplía su presencia en segmentos sofisticados del comercio internacional.

Por eso, cuando el presidente Abinader afirma que en la República Dominicana “invertir es sencillo, operar es eficiente y crecer es posible”, coloca sobre la mesa una propuesta de valor que va más allá de la promoción comercial. El país ofrece cercanía a Estados Unidos, acceso a mercados mediante acuerdos comerciales, estabilidad política, experiencia exportadora, talento en formación, infraestructura portuaria y una institucionalidad sectorial que ha permitido sostener el régimen de zonas francas a lo largo del tiempo. En el contexto del nearshoring, esas condiciones adquieren un valor extraordinario.

La afirmación presidencial de que quien invierte en República Dominicana encuentra “un socio, no solo un destino”, resume una idea fundamental para la nueva economía global. Los inversionistas no buscan únicamente territorios baratos; buscan aliados confiables. Buscan países capaces de cumplir, adaptarse, resolver, acelerar procesos y garantizar continuidad. En ese terreno, la República Dominicana ha construido una ventaja reputacional que debe preservarse con rigor: estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, diálogo público-privado y apertura a sectores emergentes como inteligencia artificial, semiconductores, economía digital, logística avanzada y servicios globales.

Sin embargo, la visión expuesta en Panamá también plantea desafíos internos. Si el país quiere consolidarse como una de las mejores decisiones de inversión del hemisferio, debe elevar de manera sostenida la calidad de su capital humano. No habrá manufactura avanzada sin técnicos especializados. No habrá servicios globales sin bilingüismo, habilidades digitales, certificaciones internacionales y formación continua. No habrá industria 4.0 sin una alianza profunda entre Infotep, universidades, empresas, Gobierno y centros tecnológicos. La próxima frontera de competitividad no estará solo en los parques industriales, sino en las aulas, laboratorios, institutos técnicos y programas de capacitación.

En esa ruta, el país debe definir con claridad cuáles sectores priorizar para aprovechar plenamente el nearshoring. La oportunidad no está en atraer cualquier inversión, sino en captar aquella que eleve la productividad, incremente el valor agregado y coloque a la República Dominicana en industrias de futuro. Los dispositivos médicos y farmacéuticos, los productos eléctricos y electrónicos, la logística avanzada, los semiconductores, la inteligencia artificial aplicada, los servicios globales, el BPO de nueva generación, la agroindustria de exportación, la manufactura ligera especializada y las tecnologías vinculadas a energías limpias deben ocupar un lugar central en esta estrategia.

El nearshoring no debe concebirse únicamente como relocalización geográfica de empresas, sino como relocalización inteligente de capacidades. La República Dominicana tiene ventajas evidentes por su cercanía a Estados Unidos, su conectividad regional, sus acuerdos comerciales, su estabilidad macroeconómica y su experiencia exportadora; pero esas ventajas deben traducirse en una política industrial moderna que seleccione sectores estratégicos, forme talento especializado y promueva encadenamientos con proveedores nacionales. Si el país quiere pasar de competir por costos a competir por capacidades, debe atraer industrias que demanden conocimiento, certificaciones, innovación, trazabilidad, cumplimiento ambiental y mano de obra técnica de alta calidad.

La distribución territorial de la inversión es otro punto decisivo. La concentración de capital en la región Ozama y en el norte, especialmente en Santiago, demuestra la fortaleza de polos industriales ya consolidados, pero también revela la necesidad de ampliar el mapa productivo hacia zonas con menor participación. El sur, la frontera y provincias con bajo nivel de inversión no pueden quedar al margen de la nueva etapa de las zonas francas. Para lograrlo, el país necesita parques industriales estratégicamente ubicados, infraestructura vial y portuaria funcional, energía estable, conectividad digital, seguridad jurídica territorial, incentivos diferenciados y una política de promoción focalizada según las vocaciones productivas de cada región.

Mejorar la distribución territorial no significa dispersar inversiones sin criterio, sino construir polos productivos con sentido económico. Una provincia con potencial agroindustrial debe vincularse a cadenas de procesamiento, empaque, frío y exportación; una zona fronteriza puede convertirse en espacio de manufactura, logística y comercio binacional regulado; una provincia turística puede desarrollar servicios globales, industrias creativas y suplidores especializados; y una región con tradición manufacturera puede escalar hacia dispositivos médicos, componentes eléctricos o procesos de mayor complejidad. El desarrollo territorial será real cuando cada parque industrial funcione como núcleo de empleo formal, formación técnica, proveedores locales, innovación y arraigo comunitario.

En esa transformación, el Infotep juega un papel estratégico. No habrá zonas francas de nueva generación sin técnicos de nueva generación. La institución debe convertirse en el gran brazo formativo del nearshoring dominicano, articulando sus programas con las necesidades reales de las empresas instaladas y de aquellas que el país aspira a atraer. La certificación de trabajadores, los programas especializados para zonas francas, la formación dual, las competencias digitales, el bilingüismo operativo, la mecatrónica, la automatización, la logística, la calidad industrial y las habilidades para la industria 4.0 deben formar parte esencial de la agenda productiva nacional.

El país ya cuenta con señales positivas en esa dirección. Los procesos de certificación de trabajadores de zonas francas y los programas de formación vinculados al sector muestran que la capacitación técnica no puede ser vista como un componente accesorio, sino como una plataforma de competitividad. Mientras más sofisticadas sean las inversiones, más decisivo será el talento humano. En consecuencia, Infotep debe operar como puente entre juventud, empresas, territorios y futuro productivo, especialmente en provincias donde la instalación de nuevas zonas francas puede cambiar la estructura económica local.

La verdadera ventaja dominicana en el nearshoring no será únicamente producir cerca de los mercados, sino producir mejor: con talento certificado, eficiencia logística, seguridad jurídica y visión territorial. Si el país articula inversión, formación, infraestructura y tecnología, las zonas francas podrán convertirse en una poderosa herramienta para reducir desigualdades regionales, elevar salarios, diversificar exportaciones y consolidar una economía más resiliente. Esa es la dimensión más profunda del desafío: no solo traer empresas, sino construir capacidades nacionales duraderas.

La República Dominicana tiene, además, el reto de pasar de la atracción de inversión a la sofisticación productiva. Cada nueva inversión debe generar más encadenamientos locales, mayor transferencia tecnológica, más proveedores dominicanos, mejores salarios, mayor productividad e innovación. La inversión extranjera directa debe ser bienvenida, pero su verdadero valor se multiplica cuando se conecta con la empresa nacional, con las mipymes, con la academia y con una estrategia industrial de largo plazo.

En ese sentido, la presencia del presidente Abinader en el Congreso Mundial de Zonas Francas no fue un gesto ceremonial. Fue una jugada de diplomacia económica. Fue colocar a la República Dominicana en el escaparate correcto, ante los actores correctos y en el momento correcto. Cuando el comercio global busca nuevas rutas, cuando la inversión demanda destinos confiables y cuando el nearshoring redefine prioridades, el país debe hablar con voz propia, ambición clara y sentido estratégico.

La República Dominicana no puede conformarse con ser una economía que crece. Tiene que ser una economía que sabe hacia dónde va. Y el rumbo señalado por las zonas francas apunta hacia una nación más integrada a las cadenas globales, más sofisticada en su producción, más competitiva en sus exportaciones y más audaz en su capacidad de atraer sectores del futuro. El discurso de Panamá, en ese sentido, no debe quedar como una pieza de promoción internacional, sino como una hoja de ruta para profundizar la transformación productiva nacional.

El país tiene razones para proyectarse con confianza. Ha triplicado la inversión acumulada en zonas francas en dos décadas, ha sostenido exportaciones robustas, ha diversificado sectores, ha fortalecido su reputación y ha demostrado capacidad para competir. Pero la verdadera prueba será convertir esa confianza en desarrollo sostenible, empleos de calidad, innovación, expansión territorial y mayor valor agregado.

La República Dominicana está ante una coyuntura excepcional. Puede limitarse a celebrar cifras o asumirlas como punto de partida para una nueva etapa industrial. Puede seguir siendo un destino atractivo o convertirse en una plataforma imprescindible. Puede competir por costos o liderar por capacidades. La diferencia dependerá de la visión, la continuidad institucional y la ejecución.

Cuando el presidente Abinader afirma que la República Dominicana es un lugar donde “el futuro ya empezó”, está definiendo una aspiración nacional. Esa frase obliga a actuar con coherencia: invertir en talento, fortalecer infraestructura, garantizar seguridad jurídica, acelerar innovación, expandir parques industriales, conectar territorios y sostener la confianza. Porque el futuro no llega solo por declararlo; se construye con decisiones.

Y en esa construcción, las zonas francas tienen un papel decisivo. Son la vitrina productiva de un país que quiere ir más lejos. Son la prueba de que la República Dominicana puede insertarse con éxito en la economía global. Son, también, una advertencia positiva: cuando hay estabilidad, visión y alianza entre Estado y sector privado, el país no solo atrae inversión; atrae futuro.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

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Zonas francas: la inversión que está redefiniendo el mapa productivo dominicano

El crecimiento histórico de la inversión acumulada en zonas francas confirma que la República Dominicana ha dejado de ser solo una plataforma de manufactura tradicional para convertirse en un territorio estratégico de producción, servicios, tecnología, empleo formal y atracción de capital global; el reto ahora es distribuir mejor ese dinamismo, elevar el valor agregado y convertir cada parque industrial en un motor de desarrollo territorial.

La inversión en zonas francas de la República Dominicana no solo ha crecido: ha cambiado la escala estratégica del modelo productivo nacional. Que el capital acumulado en este régimen haya alcanzado US$8,169.8 millones al cierre de 2025, con un incremento de 5.6% frente al año anterior y el nivel más alto registrado por el Consejo Nacional de Zonas Francas de Exportación, no es un dato menor ni una simple estadística sectorial. Es una señal potente de confianza, continuidad y madurez institucional en uno de los pilares más dinámicos de la economía dominicana. [eldinero.com.do]

En dos décadas, la inversión acumulada pasó de US$2,471.7 millones en 2006 a más de US$8,169 millones en 2025, lo que implica un aumento superior a US$5,600 millones. Ese salto revela que las zonas francas han dejado de ser vistas únicamente como enclaves de bajo costo laboral para convertirse en plataformas de producción sofisticada, integración comercial, logística, servicios globales y encadenamientos industriales. La manufactura dominicana ya no puede analizarse con la mirada limitada del pasado; hoy forma parte de cadenas de valor que compiten en sectores sensibles, exigentes y de alto estándar internacional. [eldinero.com.do]

El liderazgo de Estados Unidos como principal origen del capital invertido, con US$2,614.4 millones, equivalente al 32% del total acumulado, confirma la importancia de la relación económica dominico-estadounidense y la posición del país como socio confiable en el Caribe. Pero también resulta significativo que la inversión dominicana ocupe el segundo lugar, con US$1,830.7 millones, un 22.4% del total. Ese dato habla de una clase empresarial local que no solo acompaña el modelo, sino que lo sostiene, lo expande y lo convierte en instrumento de acumulación productiva nacional. [eldinero.com.do]

La presencia de capital procedente de Alemania, Reino Unido, Suiza, Canadá, China, España, Dinamarca y Suecia evidencia, además, que las zonas francas dominicanas tienen una vocación cada vez más diversificada. En un mundo donde las empresas buscan reducir riesgos, acercar producción a mercados estratégicos y asegurar estabilidad operativa, la República Dominicana aparece como un destino atractivo por su ubicación geográfica, su conexión marítima y aérea, su marco legal especializado, su estabilidad macroeconómica y su experiencia acumulada en comercio exterior. [eldinero.com.do]

Uno de los cambios más relevantes está en la composición sectorial de la inversión. La manufactura de productos médicos y farmacéuticos concentra US$2,360.8 millones, equivalente al 28.9% del total, seguida por tabaco y derivados con US$1,753.2 millones, confecciones y textiles con US$615.3 millones, y centros de llamadas y BPO con US$552.2 millones. Este perfil demuestra que el régimen de zonas francas combina tradición exportadora con sectores de mayor complejidad tecnológica, servicios modernos y manufactura especializada. [eldinero.com.do]

Ese giro es fundamental. El país no puede conformarse con atraer inversión; debe aspirar a atraer inversión de mayor calidad. Las zonas francas del futuro no pueden limitarse a ensamblaje, exenciones y empleo básico. Deben convertirse en ecosistemas de innovación, formación técnica, desarrollo de proveedores locales, investigación aplicada, digitalización, cumplimiento ambiental y transferencia tecnológica. La ventaja competitiva dominicana debe moverse desde el costo hacia la calidad, desde la ubicación hacia la sofisticación, desde el volumen hacia el valor agregado.

La concentración territorial de la inversión revela, sin embargo, uno de los grandes desafíos del modelo. La región Ozama o metropolitana concentra US$2,759.7 millones, un 33.8% del total, mientras la región norte acumula US$2,540.7 millones, impulsada sobre todo por Santiago, que reúne US$2,055.1 millones. Esta distribución confirma la fortaleza del Gran Santo Domingo y del Cibao productivo, pero también plantea la necesidad de una política más agresiva de expansión hacia provincias con menor participación industrial. [eldinero.com.do]

El sur, con US$1,716.2 millones, tiene en San Cristóbal su principal polo receptor, mientras que la región este suma US$1,153.1 millones, encabezada por La Romana y San Pedro de Macorís. Estos datos muestran avances, pero también desigualdades territoriales evidentes. Si las zonas francas son una herramienta de desarrollo, entonces deben ayudar a cerrar brechas, no a consolidarlas. El país necesita que más provincias participen de esta dinámica con parques bien conectados, energía estable, formación técnica pertinente, infraestructura logística y políticas de atracción focalizadas. [eldinero.com.do]

La inversión en zonas francas debe ser entendida como una política de Estado. Su impacto no se mide únicamente en dólares acumulados, sino en empleos formales, seguridad social, capacitación laboral, exportaciones, encadenamientos productivos, transferencia de conocimiento y dinamismo regional. En una economía que necesita diversificar sus fuentes de crecimiento, este sector representa una plataforma concreta para reducir dependencia, ampliar la base exportadora y fortalecer la inserción internacional del país.

Pero el éxito acumulado no debe inducir complacencia. Las zonas francas enfrentan retos globales: automatización, competencia regional, costos logísticos, presión por sostenibilidad ambiental, exigencias laborales, cambios en reglas comerciales, relocalización de cadenas productivas y necesidad de talento técnico avanzado. La República Dominicana tiene una oportunidad excepcional si logra conectar mejor la formación del Infotep, la educación superior, la política industrial, la innovación tecnológica y la diplomacia comercial con las necesidades reales del régimen.

Triplicar la inversión en dos décadas es un logro. Convertir ese logro en transformación productiva nacional es el próximo paso. El país debe mirar las zonas francas no solo como espacios de exportación, sino como laboratorios de modernización económica. Allí se juega parte del futuro del empleo formal, de la manufactura avanzada, de los servicios globales, de la competitividad logística y de la capacidad dominicana para capturar oportunidades en un mundo que reorganiza sus cadenas de suministro.

La República Dominicana ha demostrado que puede atraer capital, sostener reglas, competir y generar confianza. Ahora debe demostrar que puede distribuir mejor ese crecimiento, elevar su contenido tecnológico y convertir la inversión extranjera y nacional en desarrollo territorial sostenible. Las zonas francas no son un capítulo aislado de la economía; son una de sus columnas vertebrales.

El gran desafío es claro: pasar de ser un país atractivo para invertir a ser un país imprescindible para producir, innovar y exportar. Si se logra ese salto, las zonas francas no solo habrán triplicado su inversión en dos décadas; habrán contribuido a redefinir el destino productivo de la nación.

Luis Orlando Díaz Vólquez
#GuasábaraEditor

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Inversión en zonas francas se ha triplicado en dos décadas

Según datos del CNZFE, el capital alcanzó los US$8,169.8 millones en 2025

Por Luis David Flores  9 July, 2026 en Industria 

La inversión acumulada mantiene tendencia ascendente desde 2006.

La inversión acumulada en las empresas de zonas francas de República Dominicana alcanzó US$8,169.8 millones al cierre de 2025, equivalente a un incremento de 5.6% frente a los US$7,735.7 millones registrados un año antes.

Estos datos están contenidos en el Informe Estadístico de Zonas Francas 2025 del Consejo Nacional de Zonas Francas de Exportación (CNZFE), el cual establece que en 2025 la inversión acumulada alcanzó máximos históricos desde que se tiene registro.

Estados Unidos se mantiene como el principal origen del capital invertido en este régimen, con US$2,614.4 millones, equivalentes al 32.0% del total acumulado. La inversión de origen dominicano ocupa el segundo lugar, con US$1,830.7 millones (22.4%), seguida por Alemania con US$622.3 millones (7.6%); Reino Unido con US$465.2 millones, así como Suiza con US$462.7 millones.

Canadá con US$281.5 millones, República Popular China con US$279.3 millones, España con US$223.9 millones, Dinamarca con US$173.3 millones, así como Suecia con US$169 millones se destacan al registrar la mayor inversión en el sector en Quisqueya.

Actividad

Acorde con los datos, la manufactura de productos médicos y farmacéuticos concentra la mayor parte de la inversión, al acumular US$2,360.8 millones, el 28.9% del total. Le siguen el sector de tabaco y sus derivados, con US$1,753.2 millones (21.5%); las confecciones y textiles, con US$615.3 millones (7.5%); y los centros de llamadas (call centers/BPO), con US$552.2 millones (6.8%).

Se destacan, también, la actividad económica de productos agroindustriales, que registró US$529.8 millones, o sea, un 6.5% del total; servicios con US$337.4 millones; artículos de plástico con US$265.7 millones; cartón, impresos y papelería con US$234.6 millones; así como otras con US$1,520.4 millones, lo cual implica una ponderación de un 18.6%.

La categoría “otras” incluye actividades de elaboración de bebidas alcohólicas, calzados, joyería, productos químicos, reciclaje y clasificación, materiales de construcción, metales y sus manufacturas, alimentos, así como azúcares y artículos de confitería, entre otras.

Concentración

El informe del CNZFE detalla que la región Ozama o metropolitana, integrada por el Distrito Nacional y la provincia Santo Domingo, concentra US$2,759.7 millones, equivalente al 33.8% de la inversión acumulada. Asimismo, la región norte ocupa el segundo lugar con US$2,540.7 millones (31.1%), impulsada principalmente por Santiago, que reúne US$2,055.1 millones.

Duarte, La Vega y Valverde, en el Cibao, registran una inversión acumulada de US$145.2 millones, US$93.7 millones, US$91.9 millones, respectivamente. A estas les siguen Espaillat (US$60 millones), Monseñor Nouel (US$55.6 millones), así como Puerto Plata (US$20.3 millones).

Más abajo, también en el norte, están Monte Cristi con US$8.2 millones, María Trinidad Sánchez con US$5.2 millones, Hermanas Mirabal con US$3.1 millones, así como Sánchez Ramírez con US$1.5 millones y Samaná con US$204,476.

Según el documento, la región sur registra una inversión acumulada de US$1,716.2 millones (21.0%), con San Cristóbal como la principal provincia receptora al sumar US$1,473.1 millones.

Además, Peravia y Barahona alcanzan US$120.2 millones y US$58.4 millones, respectivamente. También, San Juan, Azua y Pedernales suman US$24.1 millones, US$15.8 millones y US$11.2 millones, respectivamente.

Independencia y San José de Ocoa presentan menor inversión acumulada en el sur, ya que totalizan US$7.5 millones y US$5.5 millones, respectivamente. La región este completa la distribución con US$1,153.1 millones (14.1%), encabezada por La Romana, donde la inversión asciende a US$596.6 millones. Seguida de San Pedro de Macorís, la cual recibió una inversión acumulada de US$447.4 millones.

Por debajo se ubican La Altagracia (US$72.4 millones), Monte Plata (US$28.6 millones), El Seibo (US$6.4 millones), así como Hato Mayor (US$1.6 millones).

Evolución

De acuerdo con el documento de la dependencia de Industria y Comercio, la inversión acumulada en las zonas francas ha mantenido una tendencia ascendente durante los últimos 20 años. En 2006 registraba US$2,471.7 millones y, para 2025, el monto se elevó hasta US$8,169.8 millones, lo que representa un incremento de más de US$5,600 millones en ese período.

La serie histórica muestra que el crecimiento se aceleró tras la pandemia. En 2021 la inversión acumulada aumentó 13.8%, mientras que en 2022 registró el mayor avance del período analizado, con 21.3%. Desde entonces, el indicador ha continuado creciendo, aunque a un ritmo más moderado: 4.7% en 2023, 3.2% en 2024 y 5.6% en 2025.

En la región

Los países de América Latina que se destacan por tener capital invertido en el sector zonas francas de República Dominicana son México con US$119.6 millones, Venezuela con US$99.3 millones, Haití con US$88 millones, Panamá con US$53.3 millones; así como Honduras con US$46.9 millones. A estos le siguen Brasil (US$15.8 millones), Costa Rica (US$14.3 millones), Ecuador (US$14.2 millones) y Guatemala (US$9.5 millones).

https://eldinero.com.do/371546/inversion-en-zonas-francas-se-ha-triplicado-en-dos-decadas/

Otras noticias del sector:

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  15. Zf aportaron más al PIB dominicano, pero su ponderación bajó

martes, 30 de junio de 2026

Aduanas y competitividad: cuando el Estado deja de ser ventanilla y se convierte en estrategia

Aduanas y competitividad: cuando el Estado deja de ser ventanilla y se convierte en estrategia

La gestión de Nelson Arroyo al frente de la Dirección General de Aduanas coloca una idea central en el debate económico dominicano: exportar más no depende solo de producir mejor, sino de tener un Estado capaz de reducir tiempos, costos, incertidumbre y fricciones en la frontera. En esa transformación, la Aduana deja de ser un punto de control para convertirse en una plataforma de confianza, facilitación y competitividad nacional.

La competitividad de una nación no se decreta: se construye en los detalles. Se construye en cada trámite que se simplifica, en cada inspección que deja de ser una demora innecesaria, en cada proceso que se digitaliza, en cada exportador que encuentra en el Estado no un obstáculo, sino un aliado confiable. Por eso, cuando Nelson Arroyo afirma que no hay una República Dominicana competitiva sin exportadores fuertes, y que no hay exportadores fuertes sin un Estado que facilite, acompañe y genere confianza, no está pronunciando una frase ceremonial; está definiendo una doctrina moderna de gestión pública aplicada al comercio exterior.

La Dirección General de Aduanas atraviesa una etapa decisiva. Tradicionalmente percibida como una institución asociada al control, la fiscalización y la recaudación, hoy se proyecta como un actor estratégico del desarrollo productivo. Ese cambio no es menor. En un país insular, abierto, dependiente de su capacidad de conectarse con los mercados internacionales y obligado a competir con velocidad, calidad y credibilidad, la Aduana es mucho más que una frontera administrativa: es una bisagra entre la economía nacional y el mundo.

Los datos presentados en el almuerzo de ADOEXPO ofrecen una lectura elocuente: las exportaciones dominicanas alcanzaron los US$14,000 millones en 2025; desde 2021 se han exportado más de US$36,000 millones; se han incorporado más de 500 nuevos exportadores y se han movilizado 366,000 contenedores, según la información difundida por la DGA en el mes de mayo de 2026. Pero detrás de esas cifras hay algo más profundo que una estadística comercial: hay una economía que comienza a comprender que su futuro no puede depender únicamente del consumo interno, de las remesas o de sectores tradicionales, sino de su capacidad de producir, certificar, exportar y competir con estándares globales. 

La Aduana moderna no se mide únicamente por cuánto recauda, sino por cuánto facilita sin renunciar al control. Esa es la ecuación compleja del siglo XXI: proteger la legalidad sin paralizar el comercio; combatir el ilícito sin castigar al operador legítimo; recaudar con eficiencia sin convertir la formalidad en una carrera de obstáculos. En esa dirección, la digitalización de más de 90 servicios, incluidos ocho directamente vinculados a procesos de exportación, constituye una señal institucional relevante. Cuando Arroyo sostiene que digitalizar Aduanas no es un discurso tecnológico, sino una decisión económica, acierta en el núcleo del problema: cada minuto perdido en un proceso aduanero tiene un costo; cada duplicidad documental resta productividad; cada incertidumbre logística debilita la confianza del exportador.

La competitividad exportadora dominicana necesita exactamente eso: menos incertidumbre y más predictibilidad. El exportador no compite únicamente con precio y calidad; compite con tiempos de entrega, trazabilidad, reputación, cumplimiento normativo y capacidad de respuesta. En mercados sofisticados, una demora puede significar la pérdida de un cliente; un rechazo sanitario o técnico puede cerrar una puerta comercial; una inspección tardía puede encarecer toda una operación. Por eso, la gestión de riesgo inteligente y el uso de tecnología no son lujos administrativos, sino infraestructuras invisibles de la competitividad.

El dato de que el 96 % de las inspecciones se realicen de manera no intrusiva expresa una transición relevante hacia un modelo más eficiente de control aduanero. El Estado no puede controlar mejor simplemente inspeccionando más de forma física; debe controlar mejor usando inteligencia, datos, perfiles de riesgo, cooperación internacional y tecnologías que permitan distinguir al operador confiable del actor irregular. Ahí se juega una parte esencial de la nueva gobernanza aduanera: menos discrecionalidad, más evidencia; menos burocracia, más inteligencia institucional.

La agenda reciente de la DGA confirma que esta transformación no se limita al sector exportador tradicional. El taller sobre Zonas Francas de Servicios 360 expresa una preocupación estratégica por un subsector que combina empleo, conocimiento, tecnología y servicios de alto valor agregado. Las zonas francas de servicios representan una fase más sofisticada de la economía dominicana: no solo ensamblar, no solo manufacturar, sino prestar servicios globales, procesar información, operar plataformas, crear empleos urbanos de mayor especialización y vincular el talento nacional con cadenas internacionales. Si este subsector cuenta con 213 empresas y más de 36,000 empleos directos, su relación con Aduanas debe ser necesariamente moderna, ágil y técnicamente clara.

Lo mismo ocurre con el sector courier y el correo expreso. En la economía digital, el comercio electrónico ya no es una actividad marginal: es una arteria cotidiana del comercio global. La coordinación con empresas courier no debe verse como una concesión operacional, sino como una respuesta institucional a una economía donde la frontera física se cruza millones de veces a través de plataformas digitales, envíos urgentes, pequeñas compras, repuestos, insumos, documentos y mercancías de rápida rotación. Donde antes el comercio era contenedor y puerto, hoy también es paquete, aplicación móvil y trazabilidad en tiempo real.

Pero facilitar no basta. Un país que quiere exportar con reputación también necesita blindar su mercado contra el fraude, la falsificación y el comercio ilícito. En ese punto, la DGA asume otra dimensión crítica: la defensa de la propiedad intelectual, la protección del consumidor y la preservación de la competencia leal. La retención de más de siete millones de unidades vinculadas a posibles infracciones de propiedad intelectual en 2026, con un incremento de 160 %, revela que la modernización aduanera no significa flexibilización irresponsable, sino control más preciso y más efectivo. Un mercado formal no puede competir si el contrabando, la falsificación o la subvaluación operan con ventaja indebida.

También es significativo que la República Dominicana, a través del Centro Regional de Capacitación de la Organización Mundial de Aduanas, haya acogido la reunión preoperacional de la Operación LYNX para las Américas y el Caribe. Ese hecho coloca al país en una lógica de cooperación internacional contra el contrabando de tabaco, bebidas alcohólicas y otros productos sujetos a impuestos especiales. El comercio ilícito no es un problema menor ni meramente fiscal: erosiona recaudaciones, financia redes criminales, distorsiona mercados, afecta la salud pública y debilita la autoridad del Estado. Una Aduana moderna debe ser facilitadora para el comercio legítimo y severa frente al comercio ilegal.

La noción de confianza técnica, impulsada mediante espacios vinculados a laboratorios, acreditación, normas y sistema nacional de calidad, es otro componente esencial. La competitividad del futuro dependerá cada vez menos de ventajas simples y cada vez más de capacidades verificables. Exportar cacao, tabaco, dispositivos médicos, farmacéuticos o manufacturas implica cumplir requisitos, demostrar trazabilidad, superar evaluaciones, evitar rechazos y sostener estándares. La calidad no es ornamento institucional; es pasaporte comercial. Y la Aduana, articulada con el Sistema Dominicano para la Calidad, puede convertirse en un factor decisivo para que el país no solo venda más, sino venda mejor.

En el plano humano, programas como las jornadas de pasantías y las acciones de bienestar institucional recuerdan que ninguna modernización es sostenible sin cultura organizacional. La tecnología automatiza procesos, pero son las personas quienes sostienen la ética, la continuidad, el criterio técnico y la vocación de servicio. Incorporar jóvenes universitarios, reconocer a las madres colaboradoras, fortalecer la capacitación y profesionalizar áreas sensibles no son gestos secundarios: son parte de la arquitectura interna de una institución que quiere trascender la administración rutinaria y consolidarse como columna del desarrollo nacional.

La gestión de Nelson Arroyo parece comprender que la Aduana del presente no puede limitarse a cobrar, revisar y autorizar. Debe anticipar riesgos, integrar sectores, escuchar operadores, digitalizar procesos, proteger derechos, facilitar exportaciones, combatir ilícitos y generar confianza país. Esa es la verdadera dimensión estratégica de la DGA: convertirse en una institución que no solo observa el comercio desde la frontera, sino que participa activamente en la construcción de una República Dominicana más productiva, más ordenada y más competitiva.

El desafío, por supuesto, no está agotado. La transformación aduanera requiere continuidad, métricas públicas, interoperabilidad plena, mayor integración con puertos, zonas francas, ministerios, laboratorios, cámaras empresariales y organismos internacionales. Requiere también que el sector privado asuma su parte: cumplimiento, formalidad, inversión, innovación y cultura exportadora. La competitividad no puede descansar solo en la eficiencia estatal ni solo en la iniciativa empresarial; necesita una alianza madura donde cada actor entienda que el desarrollo no se improvisa.

Si la República Dominicana quiere insertarse con mayor fuerza en las cadenas globales de valor, debe cuidar cada eslabón: producción, calidad, logística, aduanas, certificación, reputación y cumplimiento. En ese mapa, la DGA ya no es una estación de paso. Es una plataforma de país. Y cuando una Aduana reduce tiempos, baja costos, combate ilícitos, protege marcas, acompaña exportadores y digitaliza servicios, no solo mejora trámites: cambia la velocidad de la economía.

La gran lección es clara: una nación que quiere exportar futuro necesita una Aduana que piense en futuro. Y en esa dirección, la gestión de Nelson Arroyo coloca sobre la mesa una visión correcta y urgente: la frontera no debe ser el lugar donde se detiene la competitividad dominicana, sino el punto exacto desde donde comienza a proyectarse hacia el mundo.

✍️ Autor: Luis Orlando Díaz Vólquez