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jueves, 2 de agosto de 2018

Y dónde está la visa? | José Luis Taveras @Josel_taveras

¿Y dónde está la visa?

José Luis Taveras - 31 de julio de 2018 - 12:12 am
José Luis TaverasLa República Dominicana ha sido uno de los pocos países de América Latina intervenido militarmente en dos ocasiones por los Estados Unidos. Ese trauma ha generado escasas simpatías a las políticas de Washington. A pesar de la histórica aversión al establishment imperial, la sociedad de hoy ha visto con agrado la cancelación del visado a funcionarios o a personas sindicadas como autores de hechos ilícitos. El ejercicio de esta facultad se ha convertido virtualmente en la única “sanción” a la imperturbable impunidad pública que nos arropa. La cancelación del visado constituye un estigma social por suponer una presunción de corrupción que marcará o no el nombre del afectado dependiendo de su relevancia política, marca social o la estima que este tenga de su propia imagen pública.
Las autoridades estadounidenses tienen la potestad de cancelar las visas a las personas que entiendan con indicios razonables de estar asociadas a actividades ilícitas, aunque no haya una querella formal ni un procedimiento judicial en curso en el país ni en cualquier jurisdicción estatal o federal estadounidense, porque ese permiso (la visa) no es considerado como un derecho del beneficiario; es un privilegio que otorga potestativamente el gobierno estadounidense a los extranjeros. Tampoco es injerencia; es un acto de soberanía.
La Ley Federal de Inmigración y Nacionalidad de los Estados Unidos (INA) establece en la sección 212 los distintos motivos de inadmisibilidad del visado. El proyecto de ley McCarran-Walter de 1952, Ley Pública núm. 82-414, recogió y codificó muchas de las disposiciones dispersas existentes, reorganizando así la estructura de la ley de inmigración. Esta ley ha sufrido varias modificaciones, pero sigue siendo el cuerpo normativo básico del régimen inmigratorio. Las condiciones y causas de la no admisibilidad están taxativamente enumeradas; son tan diversas como laxas y van desde la prostitución, enfermedad (física, mental o de trasmisión sexual) terrorismo, narcotráfico, lavado, espionaje o pertenencia a un partido nazi hasta cualquier delito que implique alguna depravación moral.
La política de inteligencia del Departamento de Estado de los Estados Unidos, a través de las embajadas, consiste, en parte, en acopiar información relevante no solo del Gobierno dominicano como entidad pública o de su principal ejecutivo, sino de los comportamientos particulares de funcionarios, legisladores, fiscales, jueces y de manera general de las personas naturales o jurídicas públicas o privadas sensibles a los intereses y la seguridad de los Estados Unidos.
Es posible que la data acopiada nunca se revele y que posteriormente sea desclasificada según los procedimientos, plazos y causas vigentes; solo se tiene en archivo para, en el momento requerido, invalidar a esa persona como elegible para cualquier solicitud de entrada, residencia o ciudadanía en ese país o para hacer negocios o inversiones e incluso para cualquier proceso penal abierto o por abrir en los Estados Unidos. Los cables publicados por WikiLeaks hace ya varios años revelaron los formatos y contenidos de los despachos de las embajadas, muchos de los cuales aludían a temas aparentemente irrelevantes. Esos “reportes” no son protocolos nuevos, forman parte de las líneas convencionales de información reservada de las embajadas de Estados Unidos en el mundo.
Dentro de nuestra cultura popular, el visado “americano” ha sido una pretensión de fuerte inspiración social. Es la vía legal para escapar. New York, tierra de promisión, es la meca de viejos ensueños en los estamentos bajos, donde seis de cada diez desean emigrar. En el imaginario común no es fácilmente digerible la idea de que la gente de poder no pueda ir a “Nueva Yol”, en tanto ellos, tratados como parias, pueden viajar con sus doce maletas. El impacto sociológico de la cancelación de la visa es más sensible en términos punitivos que la condena de un tribunal dominicano.
La corrupción pública ha sido considerada como tema de primera atención para la política exterior de la administración Trump en América Latina. La República Dominicana está en el foco vivo de esos intereses.  El asunto es más sensitivo de lo que imaginamos, atizado por la difusa agenda que ha manejado el Estado dominicano en tópicos no concurrentes con los intereses regionales de los Estados Unidos, como son el respaldo al gobierno de Venezuela, la apertura de relaciones diplomáticas con China y las compras y contrataciones de bienes y servicios en Brasil con preferencia a las ofertas estadounidenses. Al margen de esos motivos, que son muy propios, coyunturales e interesados, los Estados Unidos abren una nueva ventana en sus relaciones continentales marcada por la intolerancia hacia la inmigración ilegal, la corrupción y la impunidad. Recientemente la Cámara de Representantes dispuso que el Gobierno estadounidense aumentara el escrutinio de los casos de corrupción en Centroamérica a través de una enmienda incluida en la Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA). En virtud de esa reforma, el secretario de Defensa debe elaborar una lista de funcionarios de los gobiernos centroamericanos que estén involucrados en casos de corrupción. La reciedumbre de esa política ha evitado que los Estados Unidos siga siendo el territorio de escape y destino de expresidentes perseguidos judicialmente en sus países.
Existe una voluntad muy determinada del Gobierno de los Estados Unidos con la agenda en contra de la impunidad, sobre todo en Centroamérica y el Caribe.  Hay una mayor apertura para atender las demandas ciudadanas de otros países para abrir procesos judiciales en cortes estadounidenses  en contra de expresidentes y exfuncionarios que han utilizado el sistema financiero y de pagos de los Estados Unidos o hayan realizado transacciones comerciales.  El Gobierno de los Estados Unidos a través del Departamento de Estado, el Departamento de Justicia, el Departamento de Seguridad Nacional y del propio Departamento de Defensa dispone de los instrumentos, dispositivos, normas y procedimientos para sustentar cualquier esfuerzo meritorio en ese sentido.
En estos últimos tres meses se ha dispuesto la cancelación de visados a jueces, legisladores, exfuncionarios y burócratas públicos dominicanos. Vienen más. No son acciones aisladas; son parte de una política que tomará cuerpo y alcance cuando la nueva embajadora asuma sus funciones. Creo que en lo adelante cualquier precandidato a la presidencia de la República que pueda verse afectado por esta situación está en el deber de comunicarlo sin desmedro de las implicaciones. Es un asunto de absoluto interés público que tarde o temprano se sabrá; callarlo es peor.
https://acento.com.do/2018/opinion/8592069-donde-esta-la-visa/
José Luis Taveras | Letras Libres
Abogado corporativo y comercial, escritor y editor.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Donald Trump, abrumado por el partido antirruso


EDITORIAL EN DETALLE
Nº: 263   Septiembre  2017

Republicanos, demócratas, medios de comunicación, servicios secretos


Donald Trump, abrumado por el partido antirruso

Serge Halimi
Director de 'Le Monde diplomatique'.
Habrán bastado, pues, algunos meses para que Estados Unidos se retire del acuerdo internacional de París sobre el cambio climático, adopte nuevas sanciones económicas contra Rusia, invierta la dinámica de normalización de las relaciones diplomáticas con Cuba, anuncie su intención de denunciar el acuerdo nuclear con Irán, dirija una advertencia a Pakistán, amenace a Venezuela con una intervención militar y se declare preparado para atacar a Corea del Norte “con un fuego y una ira que jamás se han visto antes en este mundo”. Desde que la Casa Blanca cambió de inquilino el pasado 20 de junio, Washington solamente ha mejorado sus relaciones con Filipinas, Egipto, Arabia Saudí e Israel.
La responsabilidad de Donald Trump en esta escalada no es exclusiva. En efecto, los representantes electos neoconservadores de su partido, los demócratas y los medios de comunicación lo ovacionaron cuando, durante la primavera pasada, ordenó la realización de maniobras militares en Asia e hizo lanzar 59 misiles contra una base aérea en Siria (1). Por el contrario, se le impidió actuar cuando exploró las posibilidades de un acercamiento con Moscú, e incluso se vio obligado a promulgar un nuevo paquete de sanciones estadounidenses contra Rusia. En definitiva, el punto de equilibrio de la política exterior de Estados Unidos resulta cada día de la suma de las fobias republicanas (Irán, Cuba, Venezuela), a menudo compartidas por los demócratas, y de las aversiones demócratas (Rusia, Siria), refrendadas por la mayoría de los republicanos. Si existe un partido de paz en Washington, por ahora no es detectable.
No obstante, el debate presidencial del año pasado sugería que el electorado estadounidense pretendía romper con el tropismo imperial de Estados Unidos (2). En primer lugar, Trump no hizo campaña sobre temas de política exterior. Pero cuando abordó esos asuntos, fue para sugerir una línea de conducta en gran medida opuesta a la del establishment de Washington (militares, expertos, think tanks, revistas especializadas) y a la que sigue en la actualidad. Al prometer subordinar las consideraciones geopolíticas a los intereses económicos de Estados Unidos, se dirigía a la vez a los partidarios de un nacionalismo económico (“America First”), numerosos en los estados industrialmente siniestrados, y a aquellos que quince años de guerras ininterrumpidas, con el deterioro progresivo de la situación o el caos generalizado (Afganistán, Irak, Libia) como resultado, los habían convencido de los méritos de cierto realismo. “Nuestra situación sería mejor si no nos estuviéramos ocupando de Oriente Próximo desde hace quince años” (3), concluía Trump en abril de 2016, convencido de que la “arrogancia” de Estados Unidos había provocado “un desastre detrás del otro” y “costado la vida a miles de ciudadanos estadounidenses y billones de dólares”.
Este diagnóstico, inesperado por parte de un candidato republicano, coincidía con el sentimiento de la fracción más progresista del Partido Demócrata. Peggy Noonan, quien escribió los discursos más destacados de Ronald Reagan y de su sucesor inmediato, Georges H. Bush, lo recalcaba entonces: “En materia de política exterior, [Trump] se ha posicionado a la izquierda de Hillary Clinton. Ella es belicista, desea con demasiado ahínco utilizar la fuerza armada y le falta discernimiento. Será la primera vez en la historia moderna que un candidato republicano para las elecciones presidenciales se posicionará a la izquierda de su rival demócrata, lo que hará que la situación se vuelva interesante” (4).
Interesante, la situación aún lo es, pero no exactamente como Noonan predijo. Mientras que “la izquierda” postula que la paz deriva no de la intimidación hacia las demás naciones, sino de relaciones más equitativas entre ellas, Trump, totalmente indiferente al sentimiento de la opinión pública mundial, opera como un embaucador en busca del mejor “deal” para él y sus electores. Así pues, el problema de las alianzas militares no es tanto, desde su punto de vista, que amenacen con extender los conflictos más de lo que disuaden las agresiones, sino que cuestan demasiado dinero a los estadounidenses. Y que, a fuerza de pagar la cuenta, estos ven como su país se convierte en “una nación del Tercer Mundo”. “La OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte] está obsoleta –repetía Trump el 2 de abril de 2016 durante un mitin–. Defendemos a Japón, a Alemania, y solo nos pagan una fracción de lo que nos cuesta. Arabia Saudí se derrumbaría si nos fuéramos. Hay que mostrarse dispuesto a abandonar la mesa; si no, nunca se obtendrá un buen deal”.
El presidente de Estados Unidos esperaba alcanzar ese “buen deal” con Moscú. Una nueva asociación habría invertido el deterioro de las relaciones entre las dos potencias, favoreciendo su alianza contra la Organización del Estado Islámico (OEI) y reconociendo la importancia de Ucrania para la seguridad rusa. La actual paranoia estadounidense relativa a todo lo relacionado con el Kremlin conduce a olvidar que en 2016, tras la anexión de Crimea y la intervención directa de Moscú en Siria, Barack Obama también relativizaba el peligro representado por Vladímir Putin. Según Obama, sus intervenciones en Ucrania y en Oriente Próximo solo eran improvisaciones, “señales de debilidad frente a Estados-clientes a punto de escapársele” (5).
Y añadía: “Los rusos no pueden cambiarnos o debilitarnos de manera significativa. Es un país pequeño, un país débil, y su economía no produce nada que otros quieran comprar aparte de petróleo, gas y armas”. Lo que entonces temía de su homólogo ruso era sobre todo... la simpatía que inspiraba en Trump y en sus partidarios: “El 37% de electores republicanos aprueba a Vladímir Putin, el exjefe del KGB. ¡Ronald Reagan debe de estar revolviéndose en su tumba!” (6).
Desde enero de 2017, el sueño eterno de Reagan ha recuperado su tranquilidad. “Los presidentes llegan y se vuelven a ir, pero la política no cambia”, concluía Putin (7). Algún día, los historiadores estudiarán esas semanas durante las cuales convergieron los esfuerzos de los servicios de inteligencia estadounidenses, de los dirigentes del sector favorable a Clinton del Partido Demócrata, de la mayoría de los representantes electos republicanos y de los medios de comunicación hostiles a Trump. ¿Su proyecto común? Impedir cualquier alianza entre Moscú y Washington.
Los motivos de cada uno eran diferentes. Los servicios de inteligencia y algunos elementos del Pentágono temían que un acercamiento entre Trump y Putin los privara de un enemigo presentable una vez destruido el poder militar de la OEI. Los dirigentes favorables a Clinton estaban impacientes por imputar su inesperada derrota a otros que no fueran la candidata de su elección y su inepta campaña: el “hackeo” de los datos del Partido Demócrata imputado a Moscú serviría. Los neoconvervadores “que habían promovido la guerra de Irak, que detestaban a Putin y que consideraban que la seguridad de Israel no era negociable” (8) se escandalizaron ante las tentaciones neoaislacionistas de Trump.
Finalmente, los medios de comunicación, The New York Times y The Washington Post en particular, soñaban con un nuevo “caso Watergate”. No ignoraban que sus lectores –burgueses, urbanos, con formación– detestaban apasionadamente al presidente electo, despreciaban su vulgaridad, sus tropismos de extrema derecha, su violencia, su incultura (9). Y, como consecuencia, buscarían cualquier información o rumor que pudiera provocar su destitución o su dimisión forzada. Un poco como en Asesinato en el Orient Express, la novela de Agatha Christie, cada uno tenía, en definitiva, sus razones para golpear al mismo objetivo.
La intriga se tramó con mucha facilidad, puesto que las fronteras que separan esos cuatro universos eran bastante porosas. La alianza era evidente entre los halcones republicanos, encarnados por John McCain –presidente de la Comisión de las Fuerzas Armadas del Senado– y el complejo militar-industrial. Los arquitectos de las últimas aventuras imperiales estadounidenses, en particular en Irak, llevaron mal la campaña de 2016 y los ataques que Trump reservó a su pericia. Unos cincuenta intelectuales y oficiales anunciaron que, aunque eran republicanos, se negaban a apoyar al candidato de su partido, quien “ponía en peligro la seguridad nacional del país”. Algunos dieron el paso y votaron a Clinton (10).
Quedaba la prensa. También temía que la incompetencia de Trump amenazara el orden internacional dominado por Estados Unidos. No tenía ninguna opinión preconcebida contra las cruzadas militares, sobre todo cuando estas podían recubrirse con grandes principios humanitarios, internacionalistas, progresistas. Ahora bien, según estos criterios, ni Putin ni su predilección por los nacionalistas de derechas eran irreprochables. Pero tampoco lo eran mucho más Arabia Saudí o Israel. Lo cual no impedía que la primera pudiera contar con The Wall Street Journal, ferozmente antirruso. En cuanto a Israel, casi la totalidad de los medios de comunicación estadounidenses apoyaban su política, aunque la extrema derecha participa en su Gobierno.
Algo más de una semana antes de que Trump asumiera sus funciones, el periodista y abogado Glenn Greenwald –a quien le debemos la publicación de las revelaciones de Edward Snowden sobre los programas de vigilancia masiva de la National Security Agency (NSA)– alertaba sobre el transcurso de los acontecimientos. Observaba que los medios de comunicación estadounidenses se habían convertido en “la herramienta más preciada” de los servicios de inteligencia “que, en su mayoría, habían soñado, apoyan, a la que sirven y en la que creen”.
En el mismo momento, le parecía que los demócratas, “aún conmocionados por un fracaso electoral tan inesperado como traumatizante”, “habían perdido la razón y se adherían a cualquier evaluación, alababan cualquier táctica, se aliaban a cualquier canalla” (11).
La coalición antirrusa aún no había alcanzado todos sus objetivos, pero Greenwald ya vislumbraba las ambiciones del “Estado profundo”: “Estamos asistiendo en estos momentos a una guerra abierta entre, por una parte, esa facción no elegida pero muy poderosa que reside en Washington y que ve pasar a los presidentes y, por otra parte, aquel a quien la democracia estadounidense ha elegido como presidente”. Alimentada por los servicios de inteligencia, una sospecha galvanizaba a todos los adversarios del nuevo inquilino de la Casa Blanca: Moscú poseía secretos comprometedores –financieros, electorales, sexuales– contra Trump que lo paralizarían en caso de crisis entre ambos países (12).
La sospecha de una tenebrosa alianza de este tipo, que Paul Krugman, un economista favorable a Clinton, resumió al hablar de un “ticket Trump-Putin”, transformó la militancia antirrusa en un arma de política interior contra un presidente cada vez más detestado fuera del bloque ultraconservador. Ya no es algo poco común escuchar que militantes de izquierdas se convierten en apologistas del FBI o de la CIA desde que estas dos agencias sirven de refugio a una oposición larvada al presidente estadounidense. Y desde que combaten contra él mediante filtraciones permanentes.
Se comprende por qué el “hackeo” de los datos del Partido Demócrata, imputado por los servicios de inteligencia estadounidenses a Rusia, hechiza al Partido Demócrata y a la prensa. Dos pájaros de un tiro: permite deslegitimar la elección de Trump y le prohíbe promover cualquier tipo de acercamiento con Moscú. Sin embargo, cuando Washington se ofende ante la injerencia de una potencia extranjera en los asuntos internos de otro Estado: ¿quién pone de manifiesto aún esta extravagancia?
¿Y quién señala que no fue el Kremlin el que espiaba las conversaciones telefónicas de Angela Merkel, sino la Casa Blanca de Obama? Cuando el exdirector de la CIA James Clapper formuló algunas preguntas a un representante –republicano– de Carolina del Norte, Thom Tillis, este rompió dicho silencio el pasado mes de enero. Recordó que Estados Unidos “se había involucrado en 81 elecciones diferentes desde la Segunda Guerra Mundial. Esto no incluye los golpes de Estado ni los ‘cambios de régimen’ a través de los cuales hemos pretendido modificar la situación a nuestro favor. Por su parte, Rusia ha actuado de la misma manera en 36 ocasiones”. Mejor no esperar que semejante perspectiva atempere con demasiada frecuencia las fulminaciones de The New York Times contra las deshonestidades de Moscú.
El periódico también olvida recordar a sus jóvenes lectores que el presidente ruso Boris Yeltsin, quien eligió en 1999 a Putin como sucesor, había sido reelegido tres años antes, aunque muy enfermo y a menudo en estado de embriaguez, tras un escrutinio fraudulento llevado a cabo con la ayuda de asesores estadounidenses y con el apoyo declarado del presidente de Estados Unidos. The New York Times había celebrado este resultado en un editorial titulado “Una victoria para la democracia rusa” (4 de julio de 1996). “Las fuerzas de la democracia y de la reforma han conseguido una victoria decisiva pero no definitiva”, consideraba entonces. “Por primera vez en la historia, una Rusia libre ha elegido libremente a su dirigente”.
En la actualidad, el diario neoyorquino se sitúa a la vanguardia de la preparación psicológica ante un conflicto contra Rusia. Contra semejante dinámica apenas se opone resistencia. En la derecha, mientras The Wall Street Journal reclamaba, el 3 de agosto, que Estados Unidos arma a Ucrania, el vicepresidente Mike Pence mencionaba en Estonia el “espectro de la agresión” rusa y, más tarde, animaba a Georgia a unirse a la OTAN, para finalmente alabar a Montenegro, que acaba de sumarse a la alianza militar. Lejos de preocuparse ante esta avalancha de gestos provocadores, los cuales coinciden con un aumento de la tensión entre las dos grandes potencias (sanciones comerciales contra Moscú, expulsión de diplomáticos estadounidenses por parte de Rusia), The New York Timesjuega con fuego. Alababa, el 2 de agosto, la “reafirmación del compromiso estadounidense de defender las naciones democráticas contra los países que las amenazarían”; a continuación lamentó que el sentimiento de Pence “no sea experimentado y celebrado igualmente por el hombre para el que trabaja en la Casa Blanca”. Pero a estas alturas poco importa, a decir verdad, lo que Trump siga sintiendo. El presidente de Estados Unidos ya no está en condiciones de imprimir su voluntad en este dosier. Tras haber constatado esta impotencia, Moscú extrae sus consecuencias.
En septiembre, maniobras militares rusas, sin precedentes desde la caída del muro, deberían movilizar a cerca de 100.000 soldados, marines y aviadores en las inmediaciones de Ucrania y los países bálticos. Lo que ofrecería material a The New York Times para un artículo en portada que recuerde la campaña de pánico que el periódico alimentó en 2002-2003 contra las supuestas “armas de destrucción masiva” de Irak. No faltaban ni el coronel estadounidense que anunciaba de manera sombría: “Cada mañana, cuando nos despertamos, sabemos quién es la amenaza”, ni el inventario del arsenal ruso, tanto más aterrador cuanto que se reforzaba con una disposición para las “campañas de desinformación”, ni la mención de vehículos de combate de la OTAN que, entre Alemania y Bulgaria, “se detienen para dejar que los niños suban a bordo”. Pero lo más delicioso en este modelo de periodismo (en el mismo barco que el Ejército) fue seguramente el momento en el que, para localizar los ejercicios de Moscú en su propio territorio y en Bielorrusia, The New York Times recurrió a la expresión “en la periferia de la OTAN” (13)...
De ahora en adelante, cualquier intento de apaciguamiento con Moscú que provenga de París o de Berlín será juzgado como “favorable a los Acuerdos de Múnich” por un establishment neoconservador que ha retomado el control en Washington y criticado con inmediatez por casi la totalidad de los medios de comunicación estadounidenses. Nos encontramos en un punto en el que, volcándose en el importante descenso de popularidad del presidente francés, The New York Times ha desenterrado una explicación que refleja a la perfección su obsesión: “La lujosa recepción de Donald Trump y de Vladímir Putin, ambos poco apreciados en Francia, sobre todo entre la izquierda, no le ha ayudado” (14).
¿Sabrán los Estados europeos frenar el engranaje militar que se dibuja? ¿Tienen la voluntad de hacerlo? En cualquier caso, la crisis coreana debería recordarles que Washington se muestra indiferente ante los platos rotos lejos de su territorio. El senador republicano Lindsey Graham, preocupado por otorgar credibilidad a la amenaza nuclear del presidente Trump en el Lejano Oriente, dejó caer el 1 de agosto que “si miles de personas mueren, morirán allí, no aquí”. Añadió que el presidente de Estados Unidos compartía su sentimiento: “Me lo ha dicho”.   
 http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=c0240cae-6c01-4aef-81e9-6e9d9a9869e2
(1) Véase Michael Klare, “La transformación de Donald Trump en jefe guerrero”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2017.
(2) Véase Benoît Bréville, “Estados Unidos está cansado del mundo”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2016.
(3) “Today”, NBC, 21 de abril de 2016.
(4) Peggy Noonan, “Simple patriotism trumps ideology”, The Wall Street Journal, Nueva York, 28 de abril de 2016.
(5) “The Obama Doctrine”, entrevista con Jeffrey Goldberg, The Atlantic, Boston, abril de 2016.
(6) Rueda de prensa del 16 de diciembre de 2016.
(7) Le Figaro, París, 31 de mayo de 2017.
(8) Michael Crowley, “GOP hawks declare war on Trump”, Politico, Arlington, 2 de marzo de 2016.
(9) Véase “El desconcierto de la ‘intelligentsia’ estadounidense”, Le Monde diplomatique en español, diciembre de 2016.
(10) “Statement by former national security officials”, 8 de agosto de 2016, www.globalsecurity.org
(11) Fox News, 12 de enero de 2017. El día anterior, Greenwald había detallado sus declaraciones en “The deep state goes to war with president-elect, using unverified claims, as Democrats cheer”, The Intercept, 11 de enero de 2017.
(12) Véase “Marionetas rusas” y “El Estado profundo”, Le Monde diplomatique en español, enero y mayo de 2017.
(13) Eric Schmitt, “US troops train in Eastern Europe to echoes of the cold war”, The New York Times, 6 de agosto de 2017.
(14) Adam Nossiter, “Macron’s honeymoon comes to a halt”, The New York Times, 7 de agosto de 2017.

jueves, 14 de enero de 2016

Siria y la Doctrina Wolfowitz

Siria y la Doctrina Wolfowitz 
Por Luis Manuel Arce *
El presidente Obama sigue respaldando la Doctrina WolfowitzLa Habana (PL) El presidente Barack Obama sigue bajo el paraguas de la Doctrina Wolfowitz iniciada en 1992 y mantenida durante años por sus impulsores George Bush padre e hijo, cuyo objetivo es sostener por la fuerza un mundo unipolar liderado por Estados Unidos e impedir el surgimiento de potencias rivales.
Mucho de cuanto se ha hecho desde la invasión de Afganistán e Iraq, incluidos los golpes de Estado en lugares tan dispares como Ucrania y Honduras, o en temas tan aparentemente alejados del asunto militar como la extracción de petróleo a partir de arenas bituminosas o fracking para colapsar el mercado de crudos, son acciones premeditadas bajo el enfoque de esa doctrina.
Ese pensamiento neoconservador elaborado por un grupo de ideólogos del sistema y surgido meses después de la desaparición de la Unión Soviética y del campo socialista europeo, busca la consolidación de un poder unilateral concentrado en Washington.
Wolfowitz, vinculado durante 30 años al Pentágono, declara sin enfado:
"Nuestro primer objetivo es prevenir el resurgimiento de un nuevo rival que represente una amenaza parecida a la planteada anteriormente por la Unión Soviética, tanto en el territorio de la antigua URSS como en cualquier otro lugar. Esta es la base de nuestra nueva estrategia de defensa regional y requiere esfuerzo nuestro para evitar que una potencia hostil domine una región cuyos recursos, bajo un control consolidado, serán suficientes para generar energía global". Por supuesto que se refiere al Levante.
Desde entonces, bajo la bandera de los Bush, ese pensamiento es como un manifiesto del stablishment estadounidense, y fue ejecutado sin que le temblara la mano por Richard Cheney, entonces secretario de Defensa, y seguida y mantenida por sus sucesores en el Pentágono y el Departamento de Estado, según el destacado analista político estadounidense Paul Craig Roberts.
Su esencia la expuso hace poco el periodista norteamericano afín a esa ideología Charles Krauthammer en The Washington Post, cuando escribió:
"Tenemos un poder global abrumador. La historia nos ha designado como los custodios del sistema internacional. Cuando la Unión Soviética se desmembró, nació algo nuevo, algo completamente nuevo, un mundo unipolar dominado por una superpotencia única sin ningún rival y con alcance decisivo en todos los rincones del mundo. Esto supone un nuevo y asombroso desarrollo de la historia, que no se veía desde la caída de Roma. Ni siquiera Roma es un modelo adecuado para lo que hoy se llama EE.UU.".
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, acaba de denunciar que los exabruptos del opositor Henry Ramos Allup de sacar del hemiciclo de forma irreverente cuadros con las efigies de El Libertador Simón Bolívar y el líder bolivariano Hugo Chávez, forman parte de un plan apoyado desde el extranjero para crear las condiciones que "justifiquen" una intervención militar.
En ese mismo contexto se inscribe el desacato al Tribunal Supremo de Justicia al juramentar en la Asamblea a los tres legisladores impugnados, con lo cual la oposición conservadora desconoce al Poder Judicial.
Ese panorama no es nuevo y está muy bien definido en la Doctrina Wolfowitz bajo la nomenclatura de caos premeditado puesta en escena con un guión muy específico en Libia con el objetivo logrado de derrocar y asesinar a Muammar el Kadhafi y ocupar el país, como denunciara Craig Roberts.
Como este experto reitera, el caos no se instaló en Libia porque los libios no hayan sabido ponerse de acuerdo entre sí después de la muerte de Kadhafi, sino que ese era el objetivo estratégico de Estados Unidos. Nunca hubo una revolución democrática sino un movimiento secesionista en la región de Cirenaica. Nunca hubo aplicación del mandato de la ONU para proteger a la población, sino una masacre perpetrada por la OTAN que costó las vidas de 160 mil libios, de los cuales 75 por ciento eran civiles, según la Cruz Roja Internacional.
Venezuela, por supuesto, no es un hecho aislado porque la doctrina neoconservadora Wolfowitz es global, como lo es también la de Brzezinski sobre la "erosión por dentro", que en su momento le sirvió de base que aún aplica la Casa Blanca y de la cual es una muestra el carril 3 de la ley Torreceli en el caso de Cuba.
La guerra en Siria es la más actualizada expresión de ese pensamiento porque en ese teatro de batalla Estados Unidos tiene una multitud de objetivos geopolíticos que van desde monopolizar para su beneficio la ruta del petróleo y el gas, hasta consolidar el régimen sionista en Israel, cercar militarmente a la República Popular China y Rusia y lograr un control político absoluto de la región.
El criterio para esa estrategia es que, derrotada la URSS la cual había sido el muro de contención del unipolarismo de EE.UU., no es posible permitir que la Rusia del presidente Vladimir Putin asuma el papel de los soviéticos o que China con su sorprendente desarrollo económico también lo haga o se sume a Moscú en una alianza estratégica muy poderosa.
La orden está dada por los neoconservadores: hegemonía mundial por y para Estados Unidos. Tirar a matar en cualquier "rincón oscuro del mundo", como proclamó Bush hijo a raíz de las invasiones en Oriente Medio.
Ese objetivo explica los sucesos de Afganistán e Iraq, la impunidad de Israel en sus crímenes y colonización de los territorios ocupados, las amenazas a Irán, los punibles hechos de Libia, la atroz guerra en Siria, el surgimiento de presuntos grupos fundamentalistas sin orden ni ley, el caos en países de África del Norte, el golpe de Estado en Ucrania, la ofensiva contra la expresidenta Cristina Fernández en Argentina y Dilma Rousseff en Brasil, las presiones a los presidentes de Ecuador, Rafael Correa, y de Bolivia, Evo Morales, el caos en Venezuela, y el bochornoso sometimiento de Europa a Washington.
Venezuela ha accionado las alertas en América Latina, mientras que Eric Sommer, del Global Time, enciende las luces rojas ante lo que denomina proto-guerra de Estados Unidos contra China y el infeliz papel que Washington trata de asignarle a la Asociación Transpacífica (TPP) en ese peligroso juego.
Esa proto- guerra, según dice, parece dirigida a intimidar, debilitar, e incluso posiblemente desestabilizar el gobierno y la sociedad e incluye intentos de cercar y aislar, militar, económica e informativamente a China.
En esa estrategia, Sommer alerta que Estados Unidos considera el TPP como el ala económica de la proto-guerra destinada a rodear China, y lo considera una propuesta de tratado regulador y de inversión regional que excluiría a Beijing de las negociaciones actuales.
Los ideólogos estadounidenses, independientemente de sus preferencias partidistas -Paul Wolfowitz fue primero demócrata y después republicano-, se consideraron vencedores de la guerra fría y proclamaron el fin de la historia plasmado en la obra de Francis Fukuyama como parte de la política de deshistorización del tiempo y el estímulo a la distopía para borrar la memoria histórica de los pueblos.
De esa forma fueron edificando ese muro propagandístico de una pretendida unipolaridad para hacer creer que la historia había elegido el capitalismo como la ideología universal y a Estados Unidos el país excepcional para dirigirlo, es decir la hegemonía real que se gestó en 70 años de postguerra.
En ese contexto algún día se conocerán los secretos de los entresijos de la caída de las torres gemelas el 11 de septiembre -hecho sobre el cual hay muy fundadas dudas- que desbrozaron el camino hacia las desgracias que se viven hoy en el Oriente Medio y la proliferación de organizaciones terroristas como el Estado Islámico, Al-Qaeda y muchas más de génesis tan oscuras.
El golpe de Estado en Ucrania el 22 de febrero de 2014, y las sanciones de Estados Unidos y Europa a la Rusia del presidente Putin, tienen el mensaje subliminal neoconservador del unipoder alegado por los unipolaristas.
Sin embargo, quiéranlo o no, los cimientos de la Doctrina Wolfowitz son poco profundos y el edificio ha sido estremecido por el bloqueo ruso sumamente efectivo a la invasión militar que habían planeado a Siria.
Los neoconservadores lo saben y lo asumen como un fracaso de su doctrina, y eso explica en parte los tumbos que han estado dando Estados Unidos y Europa en su supuesta batalla contra el Estado Islámico.
No obstante lo dicho hasta aquí, Siria sigue siendo la encrucijada que puede llevar a la paz o la guerra en gran parte del mundo. Una paz impulsada por quienes luchan por una responsabilidad compartida en un mundo multipolar. Una guerra como consciente recurso destructivo que lamentablemente pueden utilizar aquellos que siguen obstinados en un control unipolar del universo.
*Editor de Prensa Latina.
http://www.prensa-latina.cu/index.php?option=com_content&task=view&idioma=1&id=4511941&Itemid=1
arb/lma 

Más de una hora de discurso resumida en frases clave

Barack Obama concentra su mirada en un futuro político que ya no le pertenecerá


El Congreso de EE UU durante el discurso del estado de la Unión. / CHIP SOMODEVILLA (AFP)

Bipartidismo

“Espero que este año podamos trabajar juntos en prioridades bipartidistas como la reforma de la justicia penal y ayudar a la gente que está luchando contra la adicción a los fármacos con receta y el abuso de la heroína. Tal vez podamos sorprender de nuevo a los cínicos”.

Futuro

En mi último discurso en esta cámara, no solo quiero hablar del próximo año. Quiero concentrarme en los próximos cinco años, diez años y en adelante. Quiero concentrarme en el futuro".

Época de cambio

Vivimos en una época de cambios extraordinarios. Cambios que pueden ampliar oportunidades o ampliar desigualdades. Y, nos guste o no, el ritmo de este cambio será cada vez más rápido. Estados Unidos ya ha pasado por grandes cambios, guerras y depresiones, el influjo de inmigrantes, trabajadores que pelearon por un trato justo y movimientos que expandieron los derechos civiles. Cada vez, hubo aquellos que nos dijeron que temiéramos el futuro. Y cada vez, superamos esos miedos. Hicimos que el cambio trabajara en nuestro beneficio, siempre extendiendo la promesa de Estados Unidos hacia afuera, a la siguiente frontera, a más y más personas. Y, como lo hicimos, como vimos oportunidades donde otros vieron tan solo peligros, nos hicimos más fuertes y mejores que antes".

Cuatro preguntas clave

Primero, ¿cómo le damos a cada uno la posibilidad justa de tener oportunidades y seguridad en esta nueva economía?
Segundo, ¿cómo haremos para que la tecnología juegue a nuestro favor y no en nuestra contra, especialmente cuando se trata de resolver los desafíos más urgentes como el cambio climático?"
Tercero, ¿cómo haremos para garantizar la seguridad de Estados Unidos y liderar el mundo sin convertirnos en la policía mundial?"
Cuarto ¿cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?"

 Economía

En la actualidad, Estados Unidos tiene la economía más fuerte y estable del mundo. Y sin embargo, a una familia trabajadora se le ha hecho más difícil salir de la pobreza, se le ha hecho más difícil a los jóvenes comenzar sus carreras y más duro para los trabajadores poder jubilarse cuando lo desean. Y si bien ninguna de estas tendencias es exclusiva de Estados Unidos, atacan nuestra creencia puramente estadounidense de que todo el que trabaja duro debe tener una oportunidad justa.
Tenemos que hacer que la universidad sea asequible para todos los estadounidenses. Porque ningún estudiante que trabaje duro debería estar endeudado.
Por eso es que el Seguro Social y Medicare son más importantes que nunca, no debemos debilitarlos, debemos fortalecerlos".

Innovación

Hace sesenta años, cuando los rusos nos vencieron en la carrera espacial, no negamos que el Sputnik existiera. No discutimos sobre los méritos científicos ni redujimos nuestro presupuesto de investigación y desarrollo. Creamos un programa espacial prácticamente de la noche a la mañana y 12 años más tarde estábamos caminando en la luna. Ese espíritu de descubrimiento está en nuestro ADN".
El año pasado, el vicepresidente Biden dijo que si hacíamos otro esfuerzo como el que nos permitió llegar a la luna, Estados Unidos sería capaz de curar el cáncer. Hagamos que Estados Unidos sea el país que cure el cáncer de una vez por todas".

 Seguridad

El cambio climático es uno de los muchos temas en los que nuestra seguridad está vinculada con el resto del mundo. Y es por eso que la tercera gran pregunta que tenemos que responder es cómo mantener a Estados Unidos fuerte y seguro sin aislarnos ni dedicarnos a construir naciones dondequiera que exista un problema.
Estados Unidos es la nación más poderosa de la Tierra. Punto. Las encuestas demuestran que nuestra posición en el mundo es mejor que cuando salí elegido para este cargo, y cuando se trata de asuntos internacionales importantes, la gente del mundo no busca ayuda en Pekín o Moscú -nos llaman a nosotros-.
Al sistema internacional que creamos después de la Segunda Guerra Mundial ahora le está costando seguir el ritmo de esta nueva realidad".

 Prioridades

La prioridad número uno es la protección del pueblo estadounidense y la persecución de las redes terroristas. Tanto Al Qaeda como ahora ISIS representan una amenaza directa contra nuestro pueblo, porque en el mundo actual, un puñado de terroristas que desprecian el valor de la vida humana, incluso de la propia, pueden hacer mucho daño. Usan Internet para envenenar las mentes de los individuos dentro de nuestro país y debilitan a nuestros aliados".
Si este Congreso se toma en serio el ganar esta guerra y quiere enviar un mensaje a nuestras tropas y al mundo, debería autorizar de una vez el uso de las fuerzas militares contra ISIS. Voten. Pero el pueblo estadounidense debería saber que con o sin la intervención del Congreso, ISIS aprenderá las mismas lecciones que los terroristas que vinieron antes que ellos. Si dudan del compromiso de Estados Unidos —o del mío— para vigilar que se haga justicia pregunten a Osama bin Laden. Que se lo pregunten al líder de Al Qaeda en Yemen, a quien eliminamos el año pasado, o al responsable de los ataques en Bengasi, a quien tenemos preso en una celda. Cuando alguien ataca al pueblo estadounidense, vamos a por ellos. Puede llevar tiempo, pero tenemos buena memoria y nuestro alcance no tiene límites".

Lecciones de Vietnam e Irak

Tampoco podemos intentar hacernos cargo y reconstruir cada país que entre en crisis. Eso no es ser un líder; es una manera segura de acabar en un atolladero, derramando sangre y dinero estadounidense. Es la lección de Vietnam, de Irak, y ya deberíamos haberla aprendido".
Estados Unidos siempre entrará en acción, de ser necesario por su propia cuenta, para proteger a nuestro pueblo y a nuestros aliados; pero con respecto a los temas de interés global, movilizaremos al mundo para que trabaje con nosotros, y nos aseguraremos de que otros países pongan de su parte".

 Asociación Transpacífica

La Asociación Transpacífica abre mercados, protege a los trabajadores y al medio ambiente, y avanza el liderazgo de Estados Unidos en Asia. Reduce 18,000 impuestos en productos Hechos en Estados Unidos y logra mejores trabajos. Con TPP, China no determina las reglas en esa región, sino nosotros. ¿Quieren demostrar nuestra fuerza en este siglo? Hagan que se apruebe este acuerdo. Dennos las herramientas para hacerlo cumplir".

 Cuba y el fin del embargo

Cincuenta años de aislamiento a Cuba no habían servido para promover la democracia, lo que nos frenó en Latinoamérica. Por eso recuperamos las relaciones diplomáticas, abrimos las puertas a viajes y comercio, y nos posicionamos con el fin de mejorar las vidas del pueblo cubano. ¿Quieren consolidar nuestro liderazgo y credibilidad en este hemisferio? Reconozcan que la Guerra Fría ha terminado. Levanten el embargo".

 Trump y las políticas racistas

Necesitamos rechazar cualquier política que ataque a las personas por motivos de raza o religión. No es cuestión de ser políticamente correctos. Es cuestión de entender qué es lo que nos hace fuertes. El mundo nos respeta no solo por nuestro arsenal; nos respeta por nuestra diversidad y nuestra receptividad y por cómo respetamos todas las creencias. Su Santidad, el papa Francisco, se dirigió a ustedes desde este mismo lugar donde yo me encuentro esta noche y dijo que “imitar el odio y la violencia de los tiranos y los asesinos es la mejor forma de ocupar su puesto”.

Renovación política

El futuro que queremos, oportunidad y seguridad para nuestras familias, un nivel de vida cada vez mayor y un planeta sostenible y en paz para nuestros hijos; todo eso está a nuestro alcance. Pero solo ocurrirá si trabajamos juntos. Solo ocurrirá si podemos mantener debates racionales y constructivos. Solo ocurrirá si arreglamos nuestra política".

 Brechas divisorias

El rencor y la sospecha entre los partidos ha empeorado en lugar de mejorar. No hay duda de que un presidente con los dones de Lincoln o Roosevelt tal vez hubiera conseguido cerrar la brecha que nos divide, y les aseguro que seguiré intentando ser mejor mientras ocupe mi cargo. No podemos permitirnos elegir ese camino. No nos dará la economía que queremos, ni la seguridad que buscamos, pero sobre todo contradice todo lo que nos define como la envidia del mundo".

 Palabra de Martin Luther King

No va a ser fácil. Nuestra marca de democracia es difícil. Pero les puedo prometer que dentro de un año, cuando ya no ocupe este cargo, estaré a su lado como ciudadano, inspirado por las voces de la justicia y la visión, de la determinación y el buen humor y la bondad que ha ayudado a Estados Unidos a llegar tan lejos. Martin Luther King creyó que tendrían la última palabra; las voces de la verdad desarmada y del amor incondicional".

La Unión es fuerte; Dios bendiga a Estados Unidos

Con el optimismo de que la verdad desarmada y el amor incondicional tendrán la última palabra. Eso es lo que me hace tener tanta esperanza en nuestro futuro. Por ustedes. Creo en ustedes. Por eso puedo ponerme aquí de pie, con la confianza de que el Estado de la Unión es fuerte". http://internacional.elpais.com/internacional/2016/01/13/estados_unidos/1452657410_532039.html
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