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martes, 28 de mayo de 2019

La hora de la economía colaborativa | por Ignacio Ramonet

EDITORIAL EN DETALLE 
Nº: 252 Octubre 2016 
La hora de la economía colaborativa 
Ignacio Ramonet 
La economía colaborativa es un modelo económico basado en el intercambio y la puesta en común de bienes y servicios mediante el uso de plataformas digitales. Se inspira en las utopías del compartir y de valores no mercantiles como la ayuda mutua o la convivialidad, y también del espíritu de gratuidad, mito fundador de Internet. Su idea principal es: “lo mío es tuyo” (1), o sea compartir en vez de poseer. Y el concepto básico es el trueque. Se trata de conectar, por vía digital, a gente que busca “algo” con gente que lo ofrece. Las empresas más conocidas de ese sector son: Netflix, Uber, Airbnb, Blabacar, etc. 
Treinta años después de la expansión masiva de la Web, los hábitos de consumo han cambiado. Se impone la idea de que la opción más inteligente hoy es usar algo en común, y no forzosamente comprarlo. Eso significa ir abandonando poco a poco una economía basada en la sumisión de los consumidores y en el antagonismo o la competición entre los productores, y pasar a una economía que estimula la colaboración y el intercambio entre los usuarios de un bien o de un servicio. Todo esto plantea una verdadera revolución en el seno del capitalismo que está operando, ante nuestros ojos, una nueva mutación.
Imaginemos que, un domingo, usted decide realizar un trabajo casero de reparación. Debe perforar varios agujeros en una pared. Y resulta que no posee un taladrador. ¿Salir a comprar uno un día festivo? Complicado… ¿Qué hacer? Lo que usted ignora es que, a escasos metros de su casa, viven varias personas dispuestas a ayudarle. No saberlo es como si no existieran. Entonces, ¿por qué no disponer de una plataforma digital que le informe de ello… que le diga que ahí, muy cerca, vive un vecino dispuesto a asistirlo y, al vecino, que una persona necesita su ayuda y que está dispuesta a pagar algo por esa ayuda? (2).
Tal es la base de la economía colaborativa y del consumo colaborativo. Usted se ahorra la compra de un taladrador que quizás no vuelva a usar jamás y el vecino se gana unos euros que le ayudan a terminar el mes. Gana también el planeta porque no hará falta fabricar (con lo que eso conlleva de contaminación del medio ambiente) tantas herramientas individuales que apenas usamos, cuando podemos compartirlas. En Estados Unidos, por ejemplo, hay unos 80 millones de taladradores cuyo uso medio, en toda la vida de la herramienta, es de apenas 13 minutos... Se reduce el consumismo. Se crea un entorno más sostenible. Y se evita un despilfarro porque, lo que de verdad necesitamos, es el agujero, no el taladrador…
En un movimiento irresistible, miles de plataformas digitales de intercambio de productos y servicios se están expandiendo a toda velocidad (3). La cantidad de bienes y servicios que pueden imaginarse mediante plataformas online, ya sean de pago o gratuitas (como Wikipedia), es literalmente infinita. Solo en España hay más de cuatrocientas plataformas que operan en diferentes categorías (4). Y el 53% de los españoles declaran estar dispuestos a compartir o alquilar bienes en un contexto de consumo colaborativo.
A nivel planetario, la economía colaborativa crece actualmente entre el 15% y el 17% al año. Con algunos ejemplos de crecimiento absolutamente espectaculares. Por ejemplo Uber, la aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores, en solo cinco años de existencia ya vale 68.000 millones de dólares y opera en 132 países. Por su parte, Airbnb, la plataforma online de alojamientos para particulares surgida en 2008 y que ya ha encontrado cama a más 40 millones de viajeros, vale hoy en Bolsa (sin ser propietaria de ni una sola habitación) más de 30.000 millones de dólares (5).
El éxito de estos modelos de economía colaborativa plantea un desafío abierto a las empresas tradicionales. En Europa, Uber y Airbnb han chocado de frente contra el mundo del taxi y de la hostelería respectivamente, que les acusan de competencia desleal. Pero nada podrá parar un cambio que, en gran medida, es la consecuencia de la crisis del 2008 y del empobrecimiento general de la sociedad. Es un camino sin retorno. Ahora la gente desea consumir a menor precio, y también disponer de otras fuentes de ingresos inconcebibles antes de Internet. Con el consumo colaborativo crece, asimismo, el sentimiento de ser menos pasivo, más dueño del juego. Y la posibilidad de la reversibilidad, de la alternancia de funciones, poder pasar de consumidor a vendedor o alquilador, y viceversa. Lo que algunos llaman “prosumidor”, una síntesis de productor y consumidor (6).
Otro rasgo fundamental que está cambiando –y que fue nada menos que la base de la sociedad de consumo–, es el sentido de la propiedad, el deseo de posesión. Adquirir, comprar, tener, poseer eran los verbos que mejor traducían la ambición esencial de una época en la que el tener definía al ser. Acumular “cosas” (7) (viviendas, coches, neveras, televisores, muebles, ropa, relojes, cuadros, teléfonos, etc.) constituía la principal razón de la existencia. Parecía que, desde el alba de los tiempos, el sentido materialista de posesión era inherente al ser humano. Recordemos que George W. Bush ganó las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en 2004, prometiendo una “sociedad de propietarios” y repitiendo: “Cuantos más propietarios haya en nuestro país, más vitalidad económica habrá en nuestro país”.
Se equivocó doblemente. Primero porque la crisis del 2008 destrozó esa idea que había empujado a las familias a ser propietarias, y a los bancos –embriagados por la especulación inmobiliaria–, a prestar (las célebres subprimes) sin la mínima precaución. Así estalló todo. Quebraron los bancos hipotecarios y hasta el propio Lehman Brothers, uno de los establecimientos financieros aparentemente más sólidos del mundo... Y segundo, porque, discretamente, nuevos actores nacidos de Internet empezaron a dinamitar el orden económico establecido. Por ejemplo: Napster, una plataforma para compartir música que iba a provocar, en muy poco tiempo, el derrumbe de toda la industria musical y la quiebra de los megagrupos multinacionales que dominaban el sector. E igual iba a pasar con la prensa, los operadores turísticos, el sector hotelero, el mundo del libro y la edición, la venta por correspondencia, el cine, la industria del motor, el mundo financiero y hasta la enseñanza universitaria con el auge de los MOOC (Masive Open Online Courses o cursos online gratuitos) (8).
En un momento como el actual, de fuerte desconfianza hacia el modelo neoliberal y hacia las elites políticas, financieras y bancarias, la economía colaborativa aporta además respuestas a los ciudadanos en busca de sentido y de ética responsable. Exalta valores de ayuda mutua y ganas de compartir. Criterios todos que, en otros momentos, fueron argamasa de utopías comunitarias y de idealismos socialistas. Pero que son hoy –que nadie se equivoque– el nuevo rostro de un capitalismo mutante deseoso de alejarse del salvajismo despiadado de su reciente periodo ultraliberal.
En este amanecer de la economía colaborativa, las perspectivas de éxito son inauditas porque, en muchos casos, ya no se necesitan las indispensables palancas del aporte de capital inicial y de búsqueda de inversores. Hemos visto cómo Airbnb, por ejemplo, gana una millonada a partir de alojamientos que ni siquiera son de su propiedad.
En cuanto al empleo, en una sociedad caracterizada por la precariedad y el trabajo basura, cada ciudadano puede ahora, utilizando su ordenador o simplemente su teléfono inteligente, proveer bienes y servicios sin depender de un empleador. Su función sería –además de compartir, intercambiar, alquilar, prestar o regalar– la de un intermediario. Cosa nada nueva en la economía: ha existido desde el inicio del capitalismo. La diferencia reside ahora en la tremenda eficiencia con la que –mediante poderosos algoritmos que, casi instantáneamente, calculan ofertas, demandas, flujos y volúmenes–, las nuevas tecnologías analizan y definen los ciclos de oferta-demanda.
Por otra parte, en un contexto en el que el cambio climático se ha convertido en la amenaza principal para la supervivencia de la humanidad, los ciudadanos no desconocen los peligros ecológicos inherentes al modelo de hiperproducción y de hiperconsumo globalizado. Ahí también, la economía colaborativa ofrece soluciones menos agresivas para el planeta.
¿Podrá cambiar el mundo? ¿Puede transformar el capitalismo? Muchos indicios nos conducen a pensar, junto con el ensayista estadounidense Jeremy Rifkin (9), que estamos asistiendo al ocaso de la 2ª revolución industrial, basada en el uso masivo de energías fósiles y en unas telecomunicaciones centralizadas. Y vemos la emergencia de una economía colaborativa que obliga, como ya dijimos, al sistema capitalista a mutar. Por el momento coexisten las dos ramas: una economía de mercado depredadora dominada por un sistema financiero brutal, y una economía del compartir, basada en las interacciones entre las personas y en el intercambio de bienes y servicios casi gratuitos... Aunque la dinámica está decididamente a favor de esta última.
Quedan muchas tareas pendientes: garantizar y mejorar los derechos de los e-trabajadores; regular el pago de tasas e impuestos de las nuevas plataformas; evitar la expansión de la economía sumergida... Pero el avance de esta nueva economía y la explosión de un nuevo modo de consumir parecen imparables. En todo caso, revelan el anhelo de una sociedad exasperada por los estragos del capitalismo salvaje. Y que aspira de nuevo, como lo reclamaba el poeta Rimbaud, a cambiar la vida.     

(1) Léase Rachel Botsman y Roo Rogers: What's Mine is Yours: The Rise of Collaborative Consumption, Harper Collins, Nueva York, 2010.
(2) En España, existen varias plataformas dedicadas a eso, por ejemplo: Etruekko (http:// etruekko.com/) y Alkiloo (http://www.alkiloo.com/).
(3) Consúltese: www.consumocolaborativo.com
(4) El diario online El Referente, en su edición del 25 de octubre de 2015, ha recogido las principales start-ups dedicadas a los viajes, la cultura y el ocio, la alimentación, el transporte y el parking, la mensajería, las redes profesionales, el intercambio y alquiler de productos y servicios, los gastos compartidos, los bancos de tiempo, la tecnología e Internet, la financiación alternativa y fintech, la moda, los deportes, la educación, la infancia, el alquiler de espacios, los pisos compartidos y otras plataformas de interés. http://www.elreferente.es/tecnologicos/directorio-plataformas-economia-colaborativa-espana-28955
(5) Airbnb ya vale más que Hilton, el primer grupo de hostelería del mundo. Y más que la suma de los dos otros grandes grupos mundiales Hyatt y Marriot. Con dos millones de alojamientos en 191 países, Airbnb se coloca por delante de todos sus competidores en capacidad de alojamiento a escala planetaria. Airbnb cobra el 3% del precio de la transacción al propietario y entre el 6% y el 12% al inquilino.
(6) El concepto de prosumidor aparece por vez primera en el ensayo de Alvin Toffler, La Tercera Ola (Plaza&Janés, Barcelona, 1980), que define como tal a las personas que son, al mismo tiempo, productores y consumidores.
(7) Las Cosas (Les Choses, 1965) es una novela del autor francés Georges Perec. La primera edición en español (trad. de Jesús López Pacheco), fue publicada en 1967 por Seix Barral. En 1992, Anagrama la reeditó con la traducción de Josep Escué. Es una crítica de la sociedad de consumo y de la trivialidad de los deseos fomentados por la publicidad.
(8) Desde hace dos años, unos seis millones de estudiantes se han puesto a seguir gratuitamente cursos online, difundidos por las mejores universidades del mundo. http://aretio.hypotheses.org/1694
(9) Jeremy Rifkin, La sociedad de coste marginal cero: El Internet de las cosas, el procomún colaborativo y el eclipse del capitalismo, Paidós, Madrid, 2014.

miércoles, 20 de enero de 2016

Economía colaborativa y la clase media: sinergias / Carlos Valbuena García

Si tengo más dificultades que antes para mantener mi nivel de vida, ¿por qué voy a renunciar a ciertas aficiones o deseos si puedo cambiar mi forma de disfrutarlo, sin renunciar a ello?
Economía colaborativa y la clase media: sinergias
Recientemente leía un artículo en la Vanguardia sobre la situación de la clase media en EEUU, titulado  "El declive del pilar de los EUA". Artículo de recomendable lectura. Mientras leía las conclusiones del mismo, en mi mente se asociaban automáticamente algunas de las consecuencias de este "movimiento de clases" con la aparición de algunas tendencias económicas recientes e imparables como es la economía colaborativa.
El goteo de noticias y ejemplos alrededor de su evolución es incesante y para muestra una pequeña nota aparecida en la Vanguardia del día 30 de diciembre (adjunto el link al tweet que compartí en su momento), en la cual se afirmaba lo siguiente:
"3 de cada 4 consumidores han probado la economía colaborativa... y el 69% ha mostrado su intención de repetir tras catalogar su experiencia como muy positiva"
Dos datos de gran relevancia:
  • Un 75% de los consumidores ya lo han probado (lo que nos da una idea de como se está propagando esta nueva filosofía de uso y disfrute)
  • Un 69% califica la experiencia como muy positiva. En un momento, en el que la gestión de la experiencia del cliente está llamado a ser el nuevo santo grial de la estrategia de las empresas, no creo que haya muchas empresas o sectores que gocen de tal nivel de satisfacción en la experiencia del cliente.
Retomando el argumento inicial del post, me parece interesante hacer una breve exposición de los argumentos indicados en el citado artículo y para ello acudiré al detallado análisis de Pew Research Center, cuyo artículo adjunto y recomiendo su lectura.
En primer lugar se establece una definición de lo que ellos entienden como clase media, para a continuación exponer los argumentos del porque de este declive. Los datos son abrumadores.
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Desde 1971 hasta 2015, el porcentaje de adultos con un nivel de ingresos familiares medios ha caído en 11 puntos. Las clases bajas han aumentado en 4 puntos y las clases altas en 6 puntos. 
La desigualdad está aumentando. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.  Aunque para no ser tan dramático, lo podemos decir de otro modo: cada vez las clases medias tienen más dificultades para mantener su nivel de vida. ¿Seguro que no hace falta cruzar el Atlántico para sentirse identificado con esta realidad, verdad? 
El viejo cuento de que la nuevas generaciones viven mejor que la anterior es un mito que ha caído y a medio plazo es muy poco probable que se pueda revertir esta tendencia. Desde luego no lo hará si dejamos que el mercado se ajuste por si solo. Hay un dato que es evidente: la capacidad de generar riqueza depende en gran medida de tus recursos presentes y  de los retornos financieros que esa riqueza actual te pueda generar.
En este sentido adjunto un gráfico, extraído de una excelente charla de Thomas Piketty en TED talks que recomiendo ver encarecidamente (al final del post, os adjunto el video). Lo que nos viene  a decir es que la creciente desigualdad se incrementa con el paso del tiempo y que ésta tiene que ver con una sencilla realidad: la tasa de retorno del capital es superior a la tasa de crecimiento de la economía.
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Si tenemos presente el efecto de la capitalización sobre la rentabilidad del capital en activos financieros, podemos entender claramente que ese GAP seguirá creciendo año tras año. Es decir, el mercado por si solo no va a ajustar esta desigualdad.
Volviendo al estudio de Pew Research Center, veamos un ejemplo actual sobre esa realidad económica en la primera potencia del mundo. Si nos fijamos en los datos del segundo gráfico, vemos que desde 1983 hasta 2013 el GAP de riqueza acumulada se ha disparado entre las clases medias y altas. En promedio, las clases altas han doblado su nivel de riqueza, mientras que las clases medias están prácticamente al mismo nivel del año 1983.
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Después de todo lo expuesto, creo que podemos entender con claridad el porque de la explosión de la economía colaborativa.  Si tengo más dificultades que antes para mantener mi nivel de vida, ¿porque voy a renunciar a ciertas aficiones, deseos, caprichos, ...... si puedo cambiar mi forma de disfrutar pero sin renunciar a ello?
Soy un firme convencido de que el desarrollo actual de la economía colaborativa no es más que una gota en el océano que está por llegar. Es imparable y sin duda alguna requerirá seguir avanzando en su regulación para normalizar y dar seguridad a todos los participantes. Y lo mejor de todo ello, es que esta  nueva forma de uso y disfrute (en muchos casos buscado, en otros no) está provocando una nueva forma de consumo más responsable.
Para argumentar el porque de este convencimiento, podría encontrar muchas noticias, pero te dejo un enlace a una que he leído recientemente sobre uno de los emblemas de la economía colaborativa: Airbnb se ha convertido en una amenaza real para el negocio hotelero en grandes ciudades de EEUU
Antes de irte, te dejo a continuación una charla de Thomas Piketty en TED Talks. Si quieres profundizar en su visión de la economía de las desigualdades, te lo recomiendo. Dura 20 minutos, así que si ahora no dispones de tiempo, mejor que lo guardes para poder visualizar más tarde con la tranquilidad que merece. Video aquí .
Imagen cabecera _ fuente: Flickr, Eric  
http://diarioresponsable.com/opinion/22785-economia-colaborativa-y-la-clase-media-sinergias