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domingo, 18 de junio de 2017

Un mundo prometedor e inseguro - Julio María Sanguinetti

Un mundo prometedor e inseguro 
Julio María Sanguinetti*
PARA LA NACION VIERNES 16 DE JUNIO DE 2017
Es célebre el comienzo de Historia de dos ciudades, el folletín que escribió Dickens en 1859 y que narra historias en Londres y París en los albores de la Revolución Francesa: "Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos. La edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos. Íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual...".
Foto: LA NACION
¿No estamos viviendo la mayor expansión del conocimiento científico y, al mismo tiempo, reacciones airadas de los pueblos, inconformes con su destino? ¿No vivimos un tiempo de crisis de los grandes sistemas de pensamiento y, a la vez, fanatismos religiosos que irrumpen con anacrónicas guerras? ¿No conviven las luces de los derechos humanos, de la emancipación femenina y la mayor esperanza de vida con hambrunas, genocidios y, aun en el mundo desarrollado, gobiernos autoritarios?
El sueño socialista sucumbió al autoritarismo comunista y se desvaneció por la ineficiencia económica. La ilusión liberal -simbolizada en la globalización de la tecnología- se enfrenta a malestares traducidos en erupciones nacionalistas, resurrecciones proteccionistas y xenofobias. Aun en EE.UU., que el poeta Heine llamó "pajarera de la libertad" (y que es la catedral del nuevo mundo de la redes y la intercomunicación global), accede a la presidencia un líder populista, fanático de muros y fronteras, que proclama "Estados Unidos primero".
Da la sensación de que ni el progreso de la ciencia, ni el dominio de la naturaleza, ni la mayor expectativa de vida, ni el acceso a mayores niveles de consumo y satisfacción material se corresponden con los estados de ánimo. Cabe ahondar en el análisis.
Para empezar, hay una declinación de las instituciones "representativas". El ciudadano se expresa por sí mismo a través de la redes sociales, horizontaliza la opinión pública y no cree que su Parlamento lo represente. Los partidos, otrora canalizadores de las grandes corrientes de opinión, se ven debilitados. La militancia es baja. El ciudadano espera más de las oportunidades que le ofrezca el mercado laboral que de las soluciones que le aporte la política. Si añadimos una epidemia de corrupción de la que pocos se salvan, tenemos la levadura para que crezca el descontento. La indignación es un estado de ánimo en ocasiones justificado, pero a partir del cual no se vislumbran soluciones.
Las cosas se han llevado por delante las ideas. Por lo menos los grandes relatos, lo que Raymond Aron llamaba las "religiones seculares" se han ido esfumando. Quien expresa con más vehemencia una aspiración de justicia se siente más a la izquierda y quien pone su esperanza en la libertad, hacia el centro, pero ni uno ni otro se sienten hoy tranquilos. El mundo es prometedor, pero inseguro. Todos tenemos un "Uber" por delante en la volatilidad de empleos que se crean y destruyen con la misma velocidad. Se construyen nuevas fortunas a base de innovación, porque ya no es la herencia la forjadora de los Bill Gates, los Jeff Bezos o los Amancio Ortega. La economía ha sacado más gente que nunca de la pobreza, pero la desigualdad opera como una máquina de frustración.
La religión es refugio para muchos, aunque más hacia la búsqueda de un Dios personal que de una iglesia institucionalizada. Los jóvenes encuentran en la música su mayor expresión espiritual, pero adolecen de adicciones que van desde las drogas hasta el teléfono celular en que hoy habitan.
No estamos más en la Guerra Fría, el mundo en blanco y negro. Tenemos que reorientarnos y ello nos lleva, una vez más en la historia, al valor de preservar las instituciones, el Estado de Derecho, la búsqueda de un equilibrio entre un mercado vigoroso y un Estado regulador, el desarrollo de una educación renovada que nos prepare para esa nueva inestabilidad, la convivencia entre las raíces de la propia cultura y la diversidad. No es nada simple, desgraciadamente. Pero si hoy somos 7500 millones viviendo en el planeta, el doble de cuando el Club de Roma, en 1972, lanzó la alerta sobre el agotamiento del crecimiento; si los pobres ya no son el 40% del mundo, si no algo así como el 15%, y nuestra expectativa de vida ha subido diez escalones en 50 años, hasta 72 años de promedio, está claro que sigue habiendo lugar para la esperanza. Y que, aun a trancas y barrancas, la democracia sigue siendo el más revolucionario de los sistemas imaginados.
http://www.lanacion.com.ar/2034034-un-mundo-prometedor-e-inseguro
*Ex presidente de Uruguay

sábado, 15 de agosto de 2015

Una isla, dos historias | JULIO MARÍA SANGUINETTI

TRIBUNA

Una isla, dos historias

Haití y la República Dominicana afrontan un complejo desafío

de integración


Dice Juan Bosch que por su posición geográfica, el mar Caribe fue desde siempre la frontera de los imperios y que ninguno faltó a la cita a lo largo de 500 años. Solo así puede entenderse lo que ocurre en La Española, aquella isla a la que llegó Colón en su primer viaje y cuyo territorio hoy ocupan dos repúblicas independientes. La Dominicana, con 48.000 kilómetros cuadrados de territorio, y Haití, con 27.000. Ambos con población parecida, alrededor de 10 millones cada una. Su historia, sin embargo, ha sido tan distinta que unos hablan francés y otros, castellano; de un lado predomina la raza negra y, del otro, el mestizaje; hasta en la práctica religiosa media la profunda diferencia de que sobre la matriz católica de ambos en Haití se superpone el vudú, un culto mágico y animista de origen africano. Es más, Haití fue el primer Estado independiente de América Latina y dominó toda la isla, pues su inicial revolución, inspirada en la francesa, conquistó el sector español de ella.
Ambos han vivido una historia llena de terribles tragedias y fascinantes leyendas, pero mientras la República Dominicana alcanza un PIB per capita de 10.000 dólares, el Haití moderno apenas llega a 1.300. Es natural, entonces, que la tentación de la población haitiana pobre desborde la frontera y le cree, a Dominicana, un desafío de integración complejo y acuciante, que por estos días está al rojo vivo.
El tema es que el 8% de la población dominicana es extranjera, o sea, unas 800.000 personas, en números redondos, la mayoría en una situación de precariedad jurídica. En tal virtud se dictó la ley 169/14, que regularizó a 55.000 personas, hijos de padres extranjeros pero con algún documento dominicano de residencia, y a y 9.000 que no contaban con ninguna documentación. Luego de un intenso diálogo, un nuevo esfuerzo dominicano fue el Plan Nacional de Regularización, que el 17 de junio acaba de culminar su plazo de inscripción de 18 meses, durante el cual no se aplicó ninguna medida de deportación a inmigrantes irregulares. Allí quedaron regularizadas nada menos que 288.000 personas.
Pese a estos avances, se ha desatado una campaña que denuncia la existencia de 200.000 personas en situación de apátridas, en riesgo de ser expulsados. Una somera información desmiente esa realidad porque 105.000 de ellas tienen un padre o una madre dominicano, con lo que pueden alcanzar la ciudadanía dominicana. El resto son hijos de ambos padres extranjeros, pero no por ello son apátridas, ya que se supone que poseen la nacionalidad de origen. Y allí está la semilla del mal, pues —como lo ha dicho el hasta hace poco el embajador haitiano en Santo Domingo, Daniel Supplice, hoy cesado— su país, “desde hace 211 años, no ha sido capaz de entregarle a nuestros ciudadanos un acta de nacimiento que pruebe que ellos existen”.
Más allá de los números, hay una realidad humana muy dramática que nadie puede desconocer. A todos nos mueve la solidaridad con Haití, pero está claro que la República Dominicana, que no tiene el PIB de Suecia, no puede resolver esa situación en solitario. No obstante, no solo ha regularizado a la mayoría de los inmigrantes sino que hay más de 30.000 estudiantes haitianos en las escuelas dominicanas y más de 20.000 en el ámbito universitario, incluyendo la pionera Universidad Autónoma de Santo Domingo, fundada en 1538, que se disputa con la de Lima el decanato de las universidades latinoamericanas.
La triste realidad es que Haití ha vivido de desastre en desastre y no ha sido solamente el terremoto lo que lo ha devastado. Siguen siéndolo la incuria administrativa, la inestabilidad política y la corrupción. La República Dominicana también ha sufrido una fuerte emigración, producto de sus propias carencias, y soportó dictaduras tan sangrientas como la que Vargas Llosa describe en La fiesta del Chivo. La diferencia está en que ha sabido superarse. Los tres Gobiernos de Leonel Fernández, hoy continuados por el de Danilo Medina, han sido ejemplares en la madurez democrática, su inclinación al diálogo constructivo y su visión progresista.
En vez de apostrofar, entonces, bien valdría que todo el esfuerzo internacional se aplicara a lograr que Haití cuidara mejor a su gente y pudiera continuarse el diálogo que permitió tantos avances. Lo que no puede admitirse es que Haití, escudado en su pobreza, se arrogue el derecho de lanzar a miles de sus ciudadanos por encima de sus fronteras y luego exigirle a su vecino que se haga cargo.
Julio María Sanguinetti es abogado y periodista, y fue presidente de Uruguay (1985-1990 y 1994-2000).
http://elpais.com/elpais/2015/07/31/opinion/1438368712_228418.html