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jueves, 7 de mayo de 2026

Roma, Ormuz y San Pedro: cuando la paz se negocia entre el poder y la conciencia | Por Luis Orlando Díaz Vólquez

El Papa León XIV se reúne con el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, en el Vaticano (Vatican Media/Simone Risoluti/Distribuida por REUTERS)

Opinión

Roma, Ormuz y San Pedro: cuando la paz se negocia entre el poder y la conciencia

En la audiencia de Marco Rubio con el papa León XIV y con el cardenal Pietro Parolín no se jugó solo un gesto protocolar para “bajar tensiones” tras los ataques de Donald Trump al Vaticano: se puso en escena una disputa más honda por el significado de “paz” en Medio Oriente, por la legitimidad moral de la fuerza y por la arquitectura diplomática que vendrá después de la guerra con Irán.

Por Luis Orlando Díaz Vólquez

La reunión de este 7 de mayo de 2026 en la Santa Sede —primero con León XIV y luego con Parolín— fue, en términos formales, un diálogo sobre “esfuerzos para lograr una paz duradera en Oriente Medio” y asuntos del hemisferio occidental, en una visita que se extendió alrededor de dos horas y media y que Washington buscó para aliviar un choque público inédito. Pero en términos reales fue un intento de reabrir canales estratégicos con un actor que no dispone de portaviones, pero sí de algo que en la guerra contemporánea escasea: autoridad moral y capacidad de mediación silenciosa. 

El contexto explica el peso del encuentro. La relación Trump–Vaticano se deterioró tras las críticas del presidente estadounidense al papa, a quien llegó a calificar como “débil” y “terrible para la política exterior”, y a quien acusó —sin sustento— de “considerar aceptable” un Irán nuclear. León XIV respondió con una frase que, por su sencillez, funciona como doctrina y como mensaje político: “Si alguien desea criticarme por proclamar el Evangelio, que lo haga con la verdad”, reiterando además que la Iglesia se ha pronunciado durante años contra las armas nucleares. Esa réplica no es solo defensa personal; es una delimitación del terreno: el Papa reclama que el debate se sostenga en hechos y en principios, no en propaganda ni en presiones coyunturales. 

Rubio llegó a ese terreno con una identidad compleja: secretario de Estado y, a la vez, asesor de Seguridad Nacional según los reportes; católico practicante; y operador de una Casa Blanca que, días antes, había endurecido el tono contra el pontífice. Por eso, su presencia en el Palacio Apostólico también fue un ejercicio de “traducción”: debía explicar la lógica estratégica de Washington sin agravar el choque moral que el Vaticano ha encarnado frente a la guerra con Irán. En la diplomacia moderna, esa traducción importa tanto como el contenido: cuando el mensaje no cuadra con los valores que un aliado simbólico representa, la alianza se vuelve frágil aun si los intereses coinciden.

El telón de fondo inmediato fue la afirmación de Rubio de que la ofensiva militar estadounidense contra Irán había concluido (“logramos todos los objetivos”) y que el foco pasaba a una etapa defensiva centrada en el Estrecho de Ormuz y en la presión diplomática. El estrecho aparece aquí como termómetro de la posguerra: si la navegación comercial se estabiliza, la “paz” se parecerá a un reordenamiento; si persisten choques marítimos, será apenas una tregua armada con riesgo de escalada. Para el Vaticano —que piensa en vidas civiles antes que en rutas de suministro— Ormuz no es solo energía y comercio, sino un recordatorio de que la paz no se decreta: se administra con incentivos, garantías y límites verificables. 

En ese punto, la conversación con León XIV adquiere un valor singular: el Papa no es un actor “neutral” en el sentido frío del término, sino un actor normativo. Al reafirmar que la Iglesia rechaza las armas nucleares y que su misión es predicar la paz, la Santa Sede vuelve a colocar el conflicto en una matriz moral que incomoda a quienes desean reducirlo a “objetivos logrados” y “disuasión”. Esta insistencia no elimina la realpolitik; la obliga a justificarse. Y cuando la realpolitik debe justificarse ante una audiencia global —1.400 millones de católicos, según las referencias periodísticas sobre el alcance de la Iglesia— el costo reputacional de la guerra se vuelve parte del cálculo estratégico.

También hay política doméstica estadounidense en la foto. Que León XIV sea el primer pontífice estadounidense amplifica el eco de cualquier cruce con la Casa Blanca y vuelve más “doméstico” lo que antes era diplomacia externa. De hecho, análisis periodísticos han subrayado que en Estados Unidos hay decenas de millones de católicos y que el choque con el Vaticano puede erosionar consensos electorales, un dato que convierte la visita de Rubio en una operación de contención interna además de internacional. En otras palabras: no se trataba solo de “hablar de paz”, sino de evitar que la paz —o su ausencia— fracture coaliciones políticas en casa.

La segunda reunión, con Pietro Parolín, es igual o más reveladora que la audiencia papal. Parolín, como secretario de Estado vaticano, personifica la continuidad de una diplomacia que trabaja con tiempos largos, con lenguaje prudente y con canales múltiples. Que se hablara de “esfuerzos humanitarios en el hemisferio occidental” y de iniciativas por una paz duradera en Medio Oriente indica que Washington no fue a pedir “bendiciones” sino a negociar márgenes: cooperación en corredores humanitarios, interlocución con actores regionales y, sobre todo, acceso a la red de mediación del Vaticano donde la política estadounidense suele encontrar resistencia. El Vaticano, por su parte, se protege de quedar atrapado en la narrativa de victoria militar: su capital es la credibilidad; si se percibe alineado con una potencia, pierde capacidad de mediación. 

No es casual que, junto a Medio Oriente, aparezcan Cuba y América Latina como temas de interés mutuo. La Santa Sede tiene un historial de diplomacia activa sobre la isla y de presencia pastoral en la región, mientras Rubio —por biografía y por agenda— ha sido un impulsor de presión sobre La Habana. León XIV, además, conoce de primera mano la región tras su trayectoria misionera en Perú, lo que agrega sensibilidad política y cultural a cualquier conversación sobre el hemisferio occidental. Ese cruce sugiere que el Vaticano ofrece algo que Washington necesita: legitimidad para iniciativas humanitarias y un “puente” con sociedades donde la política estadounidense suele ser leída como intervención. 

La pregunta de fondo, entonces, no es si Rubio y el Papa “hablaron de paz”, sino qué tipo de paz intentan construir y con qué instrumentos. Washington parece apostar por una paz como estabilidad estratégica: disuasión en Ormuz, presión diplomática y acuerdos verificables que eviten un Irán nuclear, según la lógica que Rubio ha defendido públicamente. El Vaticano insiste en una paz como reconciliación política y dignidad humana, con rechazo a la idolatría de la fuerza y un énfasis persistente contra el armamento nuclear, como ha reiterado en su magisterio reciente.

De ahí el valor geopolítico del encuentro: se trató de una negociación entre dos gramáticas. La gramática del poder, que busca resultados, seguridad y control de escalada; y la gramática de la conciencia, que exige verdad, límites morales y prioridad de la vida humana. Cuando esas gramáticas se ignoran, el mundo produce “paz” en forma de pausa operativa: silencios que preceden nuevas explosiones. Cuando conversan —aunque sea tensamente— aparece una oportunidad: que la posguerra con Irán no derive en una normalización del conflicto, sino en una arquitectura más robusta que combine seguridad, verificación, humanidad y legitimidad. 

Si algo enseña este episodio es que, en 2026, el poder duro no alcanza para cerrar guerras: se necesita relato, legitimidad y una salida políticamente sostenible. Y el Vaticano, con León XIV y Parolín, vuelve a recordarle a Washington que la paz duradera no se mide solo por “objetivos cumplidos”, sino por la capacidad de evitar la próxima guerra.

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🌍 Roma, Ormuz y San Pedro
🕊️ Cuando la paz se negocia entre el poder y la conciencia

La reunión de Marco Rubio con el papa León XIV y el cardenal Pietro Parolín no fue solo diplomacia. Fue un pulso global por el sentido de la paz tras la guerra con Irán: ¿estabilidad estratégica o reconciliación con límites morales? ⚖️

Mientras Washington habla de objetivos cumplidos y disuasión en Ormuz 🚢⛽, el Vaticano recuerda algo incómodo pero vital: la paz no se decreta, se legitima. Sin verdad, vida humana y rechazo al armamento nuclear, no hay posguerra sostenible. ✝️🕊️

Dos gramáticas chocan y dialogan:
🔹 la del poder, que busca seguridad;
🔹 la de la conciencia, que exige humanidad.
Cuando conversan, aparece una oportunidad real de evitar la próxima guerra. 🌐✨

✍️— Luis Orlando Díaz Vólquez

#Paz #Diplomacia #Vaticano #Roma #Ormuz #MedioOriente #Geopolítica #Conciencia #Poder #Posguerra #Ética #LeónXIV #MarcoRubio 🕊️🌍✍️

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América Latina ante el “nuevo triángulo” Washington–Vaticano–Medio Oriente

Bajada. La reunión de Marco Rubio con el papa León XIV y con el cardenal Pietro Parolín no es un episodio de protocolo religioso: es una señal de cómo se reconfiguran las rutas de la influencia global tras la guerra con Irán y de cómo esa reconfiguración golpea —por energía, migración, diplomacia y legitimidades— a América Latina.

Desde la perspectiva latinoamericana, el dato más importante del encuentro del 7 de mayo de 2026 no es la foto en el Patio de San Dámaso, sino el motivo: Washington buscó a la Santa Sede para hablar de “una paz duradera en Oriente Medio” y, al mismo tiempo, desactivar tensiones que venían escalando por los ataques públicos de Donald Trump al pontífice. Si el poder duro pretende cerrar la fase militar y entrar en la fase diplomática, necesita legitimidad; y el Vaticano —con su red de interlocución global— aporta un bien escaso: autoridad moral y capacidad de mediación en conflictos donde la credibilidad de los Estados se erosiona por la guerra.

En América Latina, esa legitimidad no es un concepto abstracto: es un factor que ordena preferencias públicas y condiciona la gobernabilidad. El choque entre Trump y León XIV elevó la temperatura simbólica: el presidente estadounidense calificó al Papa de “débil” y “terrible para la política exterior”, y lo acusó de tolerar un Irán nuclear; el pontífice respondió con una línea que se oye fuerte en el Sur Global: “Que me critiquen con la verdad”, reafirmando además la oposición histórica de la Iglesia a las armas nucleares. En una región donde la conversación pública castiga la guerra cuando se la percibe como arbitrariedad, la “verdad” reclamada por León XIV se convierte en un contrapeso narrativo a la propaganda y a la polarización.

La clave geopolítica para Latinoamérica está en el encadenamiento: guerra en Medio Oriente → presión sobre rutas marítimas y energía → inflación importada → desgaste político. Rubio ha afirmado que la ofensiva militar de EE. UU. contra Irán concluyó (“logramos todos los objetivos”) y que ahora el foco es la defensa del tránsito marítimo en el Estrecho de Ormuz y la presión diplomática sobre Teherán. Para América Latina, Ormuz no es un mapa lejano: es un “interruptor” que puede encarecer combustibles, transporte y alimentos, amplificando tensiones fiscales y sociales en países con márgenes estrechos. Por eso, cuando Rubio habla de “paz duradera”, la región escucha una pregunta práctica: ¿habrá estabilidad suficiente para bajar el riesgo global, o solo una tregua armada con volatilidad recurrente?

Aquí entra el Vaticano como actor con otra gramática. La Santa Sede insiste en que la Iglesia debe “predicar la paz” y rechaza el horizonte nuclear como moralmente inaceptable, postura que se apoya en un magisterio explícito contra la disuasión nuclear y contra la normalización de la carrera armamentista. Esa insistencia importa particularmente en América Latina porque la región —históricamente— ha buscado autonomía estratégica mediante el derecho internacional, la diplomacia y los marcos multilaterales, más que mediante escaladas militares. En otras palabras: cuando el Papa subraya límites morales a la fuerza, está hablando también para un continente que suele pagar los costos de guerras ajenas sin haberlas decidido. 

Pero la reunión no fue solo Medio Oriente. El portavoz del Departamento de Estado señaló que Rubio y León XIV abordaron también asuntos del hemisferio occidental, y que con Parolín conversaron sobre esfuerzos humanitarios en la región, además de iniciativas de paz en Oriente Medio. Ese detalle es decisivo: América Latina aparece en la agenda no como “nota al pie”, sino como escenario donde EE. UU. necesita canales humanitarios y políticos que no dependan exclusivamente de la autoridad del Estado norteamericano. En un tiempo de desconfianza, la Iglesia —por presencia territorial, redes y legitimidad comunitaria— se vuelve infraestructura blanda para que la ayuda llegue, y para que el diálogo exista. 

El caso Cuba es ilustrativo. Parolín mencionó que temas como América Latina y Cuba estarían sobre la mesa; y reportes periodísticos recuerdan la tradición vaticana de diplomacia en torno a la isla, así como el perfil de Rubio —de origen cubano— y su agenda hacia La Habana. Además, Rubio ha planteado la posibilidad de canalizar asistencia humanitaria mediante redes católicas, condicionada a que el gobierno cubano lo permita, un enfoque que revela una idea clave para el continente: la disputa ya no es solo sanciones o presión, sino control de circuitos humanitarios y legitimidad social. En la práctica, la Iglesia puede convertirse en el “tercer actor” capaz de reducir costos humanitarios sin desactivar el pulso político.

Hay un matiz que América Latina entiende bien: León XIV no es un Papa “extranjero” para la región. Se ha destacado su trayectoria de décadas en Perú y su conocimiento del continente, lo cual convierte a la Santa Sede en un interlocutor más sensible a las realidades latinoamericanas cuando se discuten migración, seguridad, crisis sociales y mediación. Ese punto tensiona a Washington: un pontífice estadounidense con “alma latinoamericana” puede hablarle al poder en su propio idioma cultural, pero sin adoptar su lógica estratégica, y eso lo vuelve más influyente en la conversación hemisférica. 

En este escenario, la reunión Rubio–Vaticano funciona como señal para la región: la posguerra con Irán no se cerrará solo con destructores en Ormuz, sino con arquitectura política que reduzca el riesgo de escalada y restaure credibilidad. Para América Latina, el resultado más valioso sería una “paz duradera” que estabilice precios, reduzca la incertidumbre financiera y contenga la polarización importada; el peor resultado sería una paz performativa —de comunicados— con crisis periódicas que vuelvan a exportar inflación, miedo y fracturas ideológicas al hemisferio. 

De ahí la conclusión editorial: Roma se ha convertido en una bisagra geopolítica con impacto latinoamericano. La Santa Sede ofrece a Washington algo que no se compra: legitimidad y mediación; Washington ofrece al Vaticano capacidad de influencia concreta sobre corredores de negociación, seguridad regional y acción humanitaria. América Latina, por su parte, no debería mirar esto como un drama ajeno: debe leerlo como un tablero donde se decide si el orden internacional será de “fuerza y castigo” o de “diplomacia y límites”, porque esa diferencia se traduce —en el Sur— en estabilidad o en crisis. 

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🌎 América Latina ante el “nuevo triángulo” Washington–Vaticano–Medio Oriente
Más que un gesto protocolar, el diálogo diplomático reciente refleja la transición hacia una fase donde la “paz” no se define solo por capacidades militares, sino por legitimidad, mediación y arquitectura política.
Para América Latina, el impacto se transmite por cuatro canales:
1) ⛽ Energía y rutas marítimas: el riesgo se traduce en precios.
2) 📈 Inflación importada: presión sobre hogares, empresas y política fiscal.
3) 🧭 Legitimidad: la credibilidad condiciona acuerdos sostenibles.
4) 🧳 Migración y estabilidad: efectos acumulativos en cohesión social.
Conclusión: la región no debe observar estos movimientos como un drama ajeno. Debe leerlos como parte del costo de la incertidumbre global y de la necesidad de fortalecer resiliencia económica e institucional.
🔗 Lecturas: Infobae / El País / Vatican News / RTVE
#Geopolítica #AméricaLatina #Diplomacia #Energía #Inflación #RiesgoPaís #SeguridadGlobal #Paz

sábado, 18 de abril de 2026

Washington y la Santa Sede: cuando el poder duro choca con el poder moral

Washington y la Santa Sede: cuando el poder duro choca con el poder moral

En la geopolítica contemporánea, pocas relaciones son tan singulares como la que existe entre Estados Unidos y la Santa Sede: no se basa en comercio, inversiones o tratados militares, sino en influencia simbólica, redes transnacionales y capacidad de mediación. Por eso, cuando se habla de una “ruptura histórica” entre el Ejecutivo estadounidense y el pontificado, el asunto trasciende el titular: lo que está en juego es un activo estratégico de poder blando construido durante décadas.

La relación formal, de hecho, es más reciente de lo que muchos suponen. Estados Unidos reconoció oficialmente a la Santa Sede y estableció relaciones diplomáticas plenas el 10 de enero de 1984, abriendo su embajada pocos meses después. Ese paso no fue meramente protocolar: buscaba “poner a EE. UU. a la par” de un amplio conjunto de países que ya mantenían vínculos formales con el Vaticano y, sobre todo, institucionalizar un canal de comunicación con un actor con presencia y legitimidad global. 

Desde entonces, la lógica ha sido clara: consultar y cooperar en temas donde el Vaticano posee ventaja comparativa —derechos humanos, prevención de conflictos, paz, combate a la trata, protección de vulnerables— y donde Washington suele necesitar algo más que capacidad coercitiva: credibilidad moral y acceso social en territorios complejos. El propio Departamento de Estado describe esa cooperación como una relación que amplifica un mensaje global de paz, libertad y justicia, con coordinación práctica en libertades religiosas y lucha contra el tráfico humano.

El antecedente más ilustrativo ocurrió durante la fase final de la Guerra Fría, cuando Washington y el Vaticano convergieron en prioridades vinculadas a libertades, resistencia al autoritarismo y apoyo a movimientos civiles en Europa del Este. Esa convergencia demostró que el “poder moral” puede funcionar como multiplicador del “poder estatal”: ayuda a legitimar objetivos, reduce costos reputacionales y abre puertas donde la diplomacia tradicional enfrenta muros. Que esa experiencia sea recordada hoy en la conversación pública revela su vigencia como patrón: cooperación cuando hay narrativas compatibles; fricción cuando chocan visiones sobre guerra, migración o derechos

El problema geopolítico de una escalada verbal y sostenida no se limita a Roma o Washington. La Santa Sede no es una potencia militar, pero sí una plataforma de influencia global: participa como observador o miembro en múltiples foros internacionales y opera con una diplomacia continua que rara vez se apaga. Estados Unidos, por su parte, obtiene valor de ese canal precisamente porque el Vaticano puede hablar —y ser escuchado— en zonas donde los alineamientos se definen más por legitimidad social que por balance de armas. Deteriorar ese puente debilita la arquitectura de mediación y complica la gestión humanitaria en crisis de alta sensibilidad moral. 

Hay además un componente doméstico que repercute internacionalmente. En Estados Unidos, aproximadamente 20% de los adultos se identifican como católicos, lo que equivale a decenas de millones de ciudadanos; y el catolicismo estadounidense es crecientemente diverso, con un peso importante de comunidades inmigrantes o de segunda generación. Cuando una controversia con la Santa Sede se vuelve un marcador de identidad interna, la política exterior se contamina: se endurecen posiciones, se castiga el matiz, y la diplomacia se convierte en prolongación de la polarización. En ese contexto, el costo no lo paga solo el debate interno: lo pagan también los aliados que necesitan previsibilidad en la proyección internacional de Washington. 

A esto se suma un riesgo de narrativa. Hablar de “guerras santas” —aunque sea como metáfora mediática— es jugar con marcos civilizacionales que, en un mundo hiperconectado, pueden ser instrumentalizados por actores que buscan radicalizar, reclutar o polarizar comunidades. El choque entre poder político y autoridad religiosa, si se encuadra como confrontación existencial, reduce el espacio para la negociación y eleva la temperatura estratégica en regiones donde el factor religioso ya es combustible. Por eso, más que quién “gana” un cruce de declaraciones, importa qué marco queda instalado en la conversación global.

¿Qué debería preocupar a cualquier observador geopolítico? Primero, la posible erosión de un canal discreto de gestión de crisis que históricamente ha servido para desescalar o tender puentes. Segundo, el debilitamiento del poder blando estadounidense en sociedades donde la legitimidad moral pesa tanto como la fuerza material. Tercero, el efecto dominó sobre alianzas: Europa y América Latina —regiones con tradición católica significativa— leen con atención el tono de la relación con la Santa Sede, y esa lectura puede influir en cooperación diplomática, migratoria y humanitaria.

En el tablero actual, el pragmatismo aconseja separar el ruido de la estructura: las tensiones pueden ser coyunturales, pero la interdependencia estratégica entre Washington y el Vaticano responde a funciones complementarias. Una superpotencia puede imponer costos; una autoridad moral puede reducirlos, legitimarlos o volverlos políticamente inviables. Cuidar esa relación no es un gesto confesional: es una decisión de política exterior orientada a preservar herramientas de influencia y mediación en un sistema internacional cada vez más fragmentado. 

Luis Orlando Díaz Vólquez

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The president’s historic breakup with the pontiff threatens to upend a century of strategic partnership. https://t.co/vEOgg3UHUR

— The Wall Street Journal (@WSJ) April 18, 2026

La histórica ruptura del presidente con el pontífice amenaza con trastocar un siglo de asociación estratégica. https://x.com/WSJ/status/2045321575126143056?s=20

lunes, 13 de abril de 2026

Trump dice que «no es gran seguidor» del papa León XIV luego de su mensaje contra la guerra

 

Trump dice que «no es gran seguidor» del papa León XIV luego de su mensaje contra la guerra

 afp_13 abril 2026 - 

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo a periodistas el domingo que no es «gran seguidor» del papa León XIV, luego de que el líder de la Iglesia católica hiciera la víspera un llamado por la paz. 

«No soy un gran seguidor del papa León. Él es una persona muy liberal, y es un hombre que no cree en detener el crimen», dijo Trump en la Base Conjunta Andrews, en Maryland. Trump acusó al pontífice de «jugar con un país que quiere un arma nuclear». 

El sábado, el papa estadounidense de 70 años imploró públicamente a los líderes que pusieran fin a la violencia, diciendo: «¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra!».

En una de sus críticas más contundentes contra los conflictos que incendian el planeta, especialmente en Oriente Medio, León XIV había declarado que la fe era necesaria «para afrontar juntos este momento dramático de la historia».

Poco después, Trump publicó un largo mensaje en su red Truth Social, acusando sin mucho acierto a León XIV de apoyar el programa de armamento nuclear iraní, de haberse opuesto a la operación militar estadounidense en Venezuela en enero y de reunirse con simpatizantes del expresidente demócrata Barack Obama, entre otras cosas. 

«No quiero un papa que critique al presidente de Estados Unidos, porque estoy haciendo exactamente aquello para lo que fui elegido, DE MANERA APLASTANTE, es decir, reducir la criminalidad a niveles históricamente bajos y crear el mercado bursátil más grande de la historia», escribió el mandatario. 

Acompañó su mensaje con una imagen generada por inteligencia artificial en la que se le ve, con toga blanca y roja, imponiendo la mano sobre la frente de un enfermo en una cama de hospital, rodeado de personas en oración, y con un fondo de bandera estadounidense, la estatua de la Libertad, aviones de combate, águilas y otras figuras en el cielo.

Como ya ha hecho en el pasado, León XIV no mencionó a ningún responsable político por su nombre ni señaló a ningún país en particular. 

Desde su elección en mayo de 2025, León XIV, nacido en Chicago, ha adoptado una postura clara contra ciertas decisiones de la administración Trump, manteniendo al mismo tiempo abiertos los canales de comunicación.

https://www.swissinfo.ch/spa/trump-dice-que-%22no-es-gran-seguidor%22-del-papa-le%C3%B3n-xiv-luego-de-su-mensaje-contra-la-guerra/91247983 / sla/msp/cjc/mvl

jueves, 8 de mayo de 2025

El papa León XIV lanza un “llamado a la paz” a “todos los pueblos” en su primeras palabras


El papa León XIV lanza un “llamado a la paz” a “todos los pueblos” en su primeras palabras

El flamante pontífice agradeció durante su primer discurso al papa Francisco por su legado y dio un mensaje en español
08 May, 2025 01:31 p.m.
Actualizado: 08 May, 2025 02:56 p.m. EST


El nuevo pontífice de la iglesia Católica, León XIV, salió al balcón del Vaticano tras ser anunciado como el sucesor de Francisco, mientras una multitud de personas lo aguardaba en la plaza.

El nuevo papa, el estadounidense, pero también con nacionalidad peruana, Robert Prevost, que eligió el nombre de León XIV, pronunció un largo discurso desde el balcón de la basílica de San Pedro tras haber sido presentado al mundo y llamó a la paz y a una Iglesia abierta a todos, sobre todo a los que sufren.

Fue un discurso escrito, a diferencia de sus predecesores, y en el que también habló en español.

“Queridas hermanas y hermanos. Este es el primer saludo de Cristo resucitado, el buen pastor que dio su vida por el rebaño de Dios. Yo también quisiera que este saludo de paz entrara en vuestros corazones y llegase a sus familias a todas las personas en todas partes a todos los pueblos a toda la tierra, La paz sea con ustedes”, comenzó su discurso.

“Una paz desarmante, humilde y perseverante viene de Dios. Dios que nos ama a todos e incondicionalmente. Aún mantenemos en nuestros oídos esa voz débil, pero siempre valiente, del papa Francisco bendiciendo en Roma. En esa misma bendición Dios nos ama. Dios os ama a todos y el mal no va a prevalecer”, comenzó su discurso en el que se le notaba emocionado.

En su primer discurso como Papa, pidió a los fieles que fueran seguidores de Cristo, “el mal no prevalecerá”, además lanzó un “llamado a la paz” a “todos los pueblos” en su primeras palabras.

León XIV pidió ayuda a la gente para “construir puentes de paz” con el objetivo también de buscar la Justicia e invitó a hacerlo sin miedo desde el balcón de la Plaza de San Pedro. 

“Dios nos ama a todos incondicionalmente”, recalcó.

León XIV aparece en el
León XIV aparece en el balcón de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, el 8 de mayo de 2025. REUTERS/Hannah McKay

El nuevo pontífice que también tiene la nacionalidad peruana, recordó además a su predecesor: “¡Gracias al papa Francisco!“.

Asimismo, en su alocución El papa León XIV realizó un saludo, en español, a su “querida diócesis de Chiclayo” en Perú.

“Y si me permiten también una palabra, un saludo... a todos aquellos, en modo particular, a mi querida diócesis de Chiclayo en el Perú”, proclamó el recién elegido pontífice desde el balcón de la basílica de San Pedro del Vaticano.

Un país, agregó, “donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto tanto para seguir siendo iglesia fiel de Jesucristo”.

Agustino estadounidense, Prevost ha trabajado en distintas misiones en Perú y en 2015 Francisco le nombró obispo de Chiclayo.

Tras su elección como nuevo pontífice, anunciada mediante la fumata blanca a las 18.08 horas (16.08 GMT), el cardenal estadounidense Robert Francis Prevost compareció poco más de una hora después ante miles de fieles concentrados en San Pedro.

Allí dijo que Dios ama a la humanidad y animó a caminar “unidos, de la mano”, con la premisa de que “el mal no prevalecerá”.

Emocionado al salir al balcón de San Pedro, León XIV añadió que la paz ha de ser “humilde y perseverante”.

El recién elegido Papa León
El recién elegido Papa León XIV. REUTERS/Yara Nardi

Y a los cardenales, que le eligieron en la cuarta votación, también les instó a: “caminar junto a ustedes como una Iglesia unida, buscando siempre la paz y la justicia buscando siempre trabajar como hombres y mujeres fieles a Jesucristo, sin miedo a anunciar el Evangelio, a ser misioneros”.

“Debemos buscar juntos ser una iglesia misionera, una iglesia que construye puentes y el diálogo siempre abiertos a recibir a todos, a todos aquellos que necesitan nuestra caridad nuestra presencia”, añadió.

También pidió ser “una iglesia sinodal, una Iglesia que camina una iglesia que busca siempre la paz. Busca siempre estar cerca, especialmente de los que sufren tanto”.

El nuevo papa quiso concluir con un Ave María para pedir a la Virgen “por toda la Iglesia por la paz en el mundo”.

Una densa columna de humo blanco salió de la chimenea sobre la Capilla Sixtina este jueves, indicando que los cardenales reunidos en cónclave han elegido a un nuevo Papa, aunque el mundo todavía debía esperar para conocer su identidad.

Como ocurrió durante la elección del Papa Francisco en 2013, pasó más de una hora antes de que el nuevo pontífice apareciera en el balcón central de la Basílica de San Pedro. Allí, el cardenal designado como protodiácono —en este caso, Dominique Mamberti, de Francia— pronunció la fórmula tradicional en latín: “Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam” (“Les anuncio una gran alegría: tenemos un Papa”), seguida del nombre del elegido y el nombre pontificio que adoptará: el cardenal estadounidense Robert Prevost, bautizado como Leon XIV,

Prevost aparecía entre los probables ‘papables’ en el cónclave que se celebródesde este miércoles en el Vaticano, y también tiene la nacionalidad peruana, que obtuvo en 2015 tras pasar gran parte de su vida religiosa en el país andino.

El recién elegido Papa León
El recién elegido Papa León XIV, el cardenal Robert Prevost de Estados Unidos, pronuncia el mensaje "Urbi et Orbi" (a la ciudad y al mundo). REUTERS/Remo Casilli

El momento previo

Antes del anuncio, dentro del Palacio Apostólico, sede de la Capilla Sixtina, se desarrolló un procedimiento riguroso conforme al reglamento establecido en el documento vaticano de 1996. El arzobispo Diego Ravelli, maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, redactó el acta oficial en la que el cardenal electo aceptó ser obispo de Roma, sumo pontífice y cabeza del colegio episcopal.

Tras aceptar formalmente el cargo, los cardenales electores se acercaron al nuevo Papa para rendirle homenaje y manifestar su obediencia, como establece el ceremonial eclesiástico.

Luego, el Papa fue conducido a la Sala de las Lágrimas, un recinto anexo a la Capilla Sixtina donde se vistió por primera vez con la sotana blanca. En esta sala se guardan tres juegos completos de vestiduras papales —pequeña, mediana y grande— junto con zapatos de diferentes tallas, dado que la identidad del Papa se mantiene en secreto hasta su elección. El nombre del recinto proviene de los testimonios de pontífices que han llorado allí por la carga que representa el cargo.

Solo después de vestir el atuendo pontificio, el nuevo Papa salió al balcón para dirigirse al público y dar su primera bendición Urbi et Orbi.

Robert Prevost, se dirige a
Robert Prevost, se dirige a la multitud en el balcón de la logia central de la Basílica de San Pedro. (Foto de Tiziana FABI / AFP)

Estadounidense-peruano y cercano a Francisco

Prevost, de 69 años y nacido en la ciudad estadounidense de Chicago, llegó a Perú en una misión agustiniana en 1985, tan solo tres años después de ordenarse sacerdote y regresó en 1988 para dirigir el seminario agustiniano de la ciudad norteña de Trujillo durante diez años.

En 2014 volvió al país como administrador apostólico de la Diócesis de Chiclayo y luego fue obispo de esa localidad del norte peruano.

Precisamente, tras su nombramiento en estos últimos cargos se nacionalizó peruano para cumplir uno de los concordatos entre la Santa Sede y Perú.

También formó parte de la Conferencia Episcopal Peruana (CEP) entre 2018 y 2023, de la que fue vicepresidente segundo, y fue administrador apostólico del Callao, la provincia portuaria anexa a Lima, entre 2020 y 2021.

Además, es presidente de la Pontificia Comisión para América Latina y desde 2023 lo llevó a Roma el papa Francisco, al que era muy cercano, para dirigir el Dicasterio para los Obispos.

El León XIV, Robert Prevost.
El León XIV, Robert Prevost. (Foto de Tiziana FABI / AFP)

Las últimas informaciones procedentes de El Vaticano señalan al cardenal filipino Luis Antonio Tagle y al secretario de Estado, Pietro Parolin, como los cardenales con más opciones para suceder a Francisco, pero también han aparecido nombres nuevos como el de Prevost, quien se encuentra reconocido por los jerarcas católicos por su discreción y capacidad de escucha.

De esa manera, Perú contará en el cónclave con dos representantes con su nacionalidad, ya que también participará el arzobispo de Lima, el cardenal Carlos Castillo Matasogglio, de 75 años y también muy cercano al fallecido papa Francisco.