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viernes, 10 de junio de 2022

Acertar con la desglobalización | Por JOSEPH E. STIGLITZ @JosephEStiglitz @JosephStiglitz7 | Foro Económico Mundial (FEM) @wef_es

Acertar con la desglobalización

De repente, todos reconocen que al menos algunas fronteras nacionales son clave para la economía y la seguridad

La primera reunión del Foro Económico Mundial en más de dos años fue sensiblemente diferente a las numerosas conferencias de Davos anteriores a las que he asistido desde 1995. No fue solo que la nieve deslumbrante y los cielos despejados de enero fueran sustituidos por pistas de esquí desnudas y una llovizna sombría de mayo. Más bien fue que un foro tradicionalmente comprometido con la defensa de la globalización se ocupó principalmente de los fracasos de la globalización: cadenas de suministro rotas, inflación de los precios de los alimentos y la energía, y un régimen de propiedad intelectual (PI) que dejó a miles de millones de personas sin vacunas covid-19 simplemente para que unas pocas empresas farmacéuticas obtuvieran miles de millones de beneficios adicionales.

Entre las respuestas propuestas a estos problemas están la reubicación o la localización en territorios amigos de la producción y la promulgación de “políticas industriales para aumentar la capacidad de producción de los países”. Atrás quedaron los días en los que todo el mundo parecía trabajar por un mundo sin fronteras; de repente, todos reconocen que al menos algunas fronteras nacionales son clave para el desarrollo económico y la seguridad.

Para quienes antes defendían la globalización sin trabas, esta vuelta de tuerca ha provocado una disonancia cognitiva, ya que el nuevo conjunto de propuestas políticas implica que las normas del sistema de comercio internacional, que funcionan desde hace mucho tiempo, serán modificadas o rotas. Incapaces de conciliar la deslocalización con el principio del comercio libre y no discriminatorio, la mayoría de los líderes empresariales y políticos de Davos recurrieron a los lugares comunes. Hubo poca reflexión sobre cómo y por qué las cosas han ido tan mal, o sobre el razonamiento defectuoso e hiperoptimista que prevaleció durante el apogeo de la globalización.

Claro que el problema no es solo la globalización. Toda nuestra economía de mercado ha mostrado una falta de resiliencia. Esencialmente, fabricamos coches sin rueda de repuesto, rebajando unos pocos dólares en el precio de hoy y prestando poca atención a las exigencias futuras. Los sistemas de inventario “justo a tiempo” fueron innovaciones maravillosas, siempre que la economía se enfrentara únicamente a pequeñas perturbaciones; pero fueron un desastre ante los confinamientos por covid-19, creando cascadas de escasez de suministros (como cuando la falta de microchips llevó a la falta de coches nuevos).

Como advertía en mi libro de 2006, Cómo hacer que funcione la globalización, los mercados hacen un pésimo trabajo a la hora de “poner precio” al riesgo (por la misma razón que no ponen precio a las emisiones de dióxido de carbono). Pensemos en Alemania, que decidió que su economía dependiera de los suministros de gas de Rusia, un socio comercial obviamente poco fiable. Ahora se enfrenta a unas consecuencias que eran predecibles y se habían predicho.

Como reconoció Adam Smith en el siglo XVIII, el capitalismo no es un sistema autosostenible, porque hay una tendencia natural al monopolio. Sin embargo, desde que el presidente estadounidense Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher iniciaran una era de “liberalización”, el aumento de la concentración del mercado se ha convertido en la norma, y no solo en sectores de alta visibilidad como el comercio electrónico y las redes sociales. La desastrosa escasez de leche infantil en Estados Unidos esta primavera fue en sí misma consecuencia de la monopolización. Después de que Abbott se viera obligada a suspender la producción por motivos de seguridad, los estadounidenses no tardaron en darse cuenta de que una sola empresa acapara casi la mitad de la oferta en Estados Unidos.

Las ramificaciones políticas de los fracasos de la globalización también quedaron patentes en Davos este año. Cuando Rusia invadió Ucrania, el Kremlin recibió inmediatamente una condena casi universal. Pero tres meses después, los mercados emergentes y los países en desarrollo han adoptado posiciones más ambiguas. Muchos señalan la hipocresía de Estados Unidos al exigir responsabilidades por la agresión de Rusia pese a que ellos invadieron Irak con falsos pretextos en 2003.

Los mercados en desarrollo también subrayan la historia más reciente de nacionalismo vacunal por parte de Europa y Estados Unidos, que se ha mantenido gracias a las disposiciones de PI (propiedad intelectual) de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que se les impusieron hace 30 años. Y son los mercados en desarrollo los que ahora soportan el peso del aumento de los precios de los alimentos y la energía. Junto con las injusticias históricas, estos acontecimientos recientes han desacreditado la defensa occidental de la democracia y el sistema de derecho internacional. Sin duda, muchos países que se niegan a apoyar la defensa de la democracia por parte de Estados Unidos ni siquiera son democráticos. Pero otros países sí lo son, y la posición de Estados Unidos para liderar esa lucha se ha visto socavada por sus propios fracasos, desde el racismo sistémico y el coqueteo de la Administración de Trump con los autoritarios hasta los persistentes intentos del Partido Republicano de suprimir el voto y desviar la atención de la insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio de Estados Unidos.

La mejor manera de avanzar para Estados Unidos sería mostrar una mayor solidaridad con los países en desarrollo, ayudándoles a gestionar los crecientes costes de los alimentos y la energía. Esto se podría hacer mediante la reasignación de los derechos especiales de giro de los países ricos (el activo de reserva del Fondo Monetario Internacional), además de apoyar una fuerte exención de derechos de propiedad intelectual de la covid-19 en la OMC.

Además, es probable que los altos precios de los alimentos y la energía provoquen crisis de deuda en muchos países pobres, agravando aún más las trágicas desigualdades de la pandemia. Si Estados Unidos y Europa quieren mostrar un verdadero liderazgo mundial, dejarán de ponerse de parte de los grandes bancos y acreedores que incitaron a los países a endeudarse más de lo que podían soportar.

Tras cuatro décadas de defensa de la globalización, está claro que la gente de Davos falló en su gestión. Prometieron prosperidad tanto para los países desarrollados como para los países en desarrollo. Pero mientras los gigantes corporativos del norte se enriquecían, los procesos que podrían haber mejorado la situación de todos se ganaron enemigos en todas partes. La “economía del goteo”, la afirmación de que el enriquecimiento de los ricos beneficiaría automáticamente a todos, fue una estafa, una idea sin teoría ni pruebas que la respaldaran.

La reunión de Davos de este año ha sido una oportunidad perdida. Podría haber sido una ocasión para reflexionar seriamente sobre las decisiones y políticas que han llevado al mundo adonde se encuentra hoy. Ahora que la globalización ha alcanzado su punto álgido, solo nos queda esperar que gestionemos mejor su declive que su auge.

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es catedrático de la Universidad de Columbia y miembro de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Internacional de las Empresas.

© Project Syndicate 1995-2022. Traducción de News Clips.

https://elpais.com/economia/negocios/2022-06-05/acertar-con-la-desglobalizacion.html

viernes, 3 de junio de 2022

Entender bien la desglobalización | Por JOSEPH STIGLITZ

OPINIÓN

Entender bien la desglobalización

Las ramificaciones políticas de las fallas de la globalización también quedaron al descubierto en Davos este año. Cuando Rusia invadió Ucrania, el Kremlin fue condenado casi universalmente y de inmediato.

Por JOSEPH STIGLITZ 

DAVOS – La primera reunión del Foro Económico Mundial en más de dos años fue marcadamente diferente de las muchas conferencias previas de Davos a las que asistí desde 1995. No se trató simplemente de que la nieve brillante y los cielos despejados de enero fueran remplazados por pistas de esquí vacías y una llovizna de mayo lúgubre. Fue, más bien, que un foro tradicionalmente comprometido con la defensa de la globalización estaba preocupado principalmente por los fracasos de la globalización: cadenas de suministro alteradas, inflación de los precios de los alimentos y de la energía y un régimen de propiedad intelectual (PI) que dejó a miles de millones de personas sin vacunas contra el COVID-19 simplemente para que unas pocas compañías farmacéuticas pudieran ganar miles de millones de dólares en ganancias adicionales.

Entre las respuestas que se propusieron para estos problemas figuran “repatriar” la producción o “instalarla en países confiables”, e implementar “políticas industriales destinadas a aumentar las capacidades de producción de los países”. Atrás quedaron aquellos días en que todos parecían estar trabajando para un mundo sin fronteras; de repente, todos reconocen que por lo menos algunas fronteras nacionales son esenciales para el desarrollo económico y la seguridad.

Para quienes alguna vez defendían una globalización sin restricciones, este volte face ha resultado en una disonancia cognitiva, porque el nuevo conjunto de políticas propuestas implica que las reglas de larga data del sistema de comercio internacional se quebrarán o se romperán. Incapaces de reconciliar la instalación de la producción en países confiables con el principio de libre comercio no discriminatorio, la mayoría de los líderes empresariales y políticos en Davos apelaron a perogrulladas. Prácticamente no hubo un examen de conciencia sobre cómo y por qué las cosas han salido tan mal, o sobre el razonamiento errado e híper-optimista que prevalecía durante el apogeo de la globalización.

Por supuesto, el problema no es sólo la globalización. Toda nuestra economía de mercado ha dado pruebas de falta de resiliencia. Esencialmente fabricamos autos sin ruedas de auxilio –reduciendo unos pocos dólares del precio, sin preocuparnos demasiado por las exigencias futuras-. Los sistemas de inventario justo a tiempo eran innovaciones maravillosas mientras la economía enfrentaba alteraciones menores; pero terminaron siendo desastrosos frente a los cierres por el COVID-19, creando cascadas de escasez de oferta (como cuando una carencia de microchips condujo a una falta de coches nuevos).

Como advertí en mi libro de 2006, Making Globalization Worklos mercados son nefastos a la hora de “valorar” el riesgo (por la misma razón que no ponen precio a las emisiones de dióxido de carbono). Consideremos el caso de Alemania, que eligió que su economía dependiera de los suministros de gas de Rusia, un socio comercial claramente poco confiable. Ahora, enfrenta consecuencias que eran predecibles y que fueron .

Como reconocía Adam Smith en el siglo XVIII, el capitalismo no es un sistema autosuficiente, porque hay una tendencia natural hacia el monopolio. Sin embargo, desde que el presidente norteamericano Ronald Reagan y la primera ministra británica Margaret Thatcher introdujeron una era de “desregulación”, la creciente concentración de mercado se ha vuelto la norma, y no sólo en sectores de alto perfil como el comercio electrónico y las redes sociales. La desastrosa escasez de alimento para bebés en Estados Unidos esta primavera fue en sí misma el resultado de la monopolización. Después de que se obligara a Abbott a suspender la producción por cuestiones de seguridad, los norteamericanos pronto se dieron cuenta de que sólo una compañía es responsable de casi la mitad del suministro en Estados Unidos.

Las ramificaciones políticas de las fallas de la globalización también quedaron al descubierto en Davos este año. Cuando Rusia invadió Ucrania, el Kremlin fue condenado casi universalmente y de inmediato. Pero tres meses después, los mercados emergentes y los países en desarrollo (EMDC por su sigla en inglés) han adoptado posturas más ambiguas. Muchos apuntan a una hipocresía de Estados Unidos a la hora de exigir responsabilidad por la agresión de Rusia, considerando que el país invadió Irak bajo falsas pretensiones en 2003.

Los EMDC también enfatizan la historia más reciente de nacionalismo de vacunas por parte de Europa y Estados Unidos, que se sostuvo a través de  de la Organización Mundial de Comercio que les fueron endilgadas hace 30 años. Y ahora son los EMDC los que están soportando la carga de precios de alimentos y energía más elevados. Estos desarrollos recientes, combinados con injusticias históricas, han deslegitimado la defensa occidental de la democracia y del régimen de derecho internacional.

Sin duda, muchos países que se niegan a respaldar la defensa de la democracia que hace Estados Unidos no son democráticos. Pero otros países sí lo son y la posición de Estados Unidos al frente de esa lucha se ha visto minada por sus propios fracasos –desde el racismo sistémico y el coqueteo de la administración Trump con regímenes autoritarios hasta los persistentes intentos del Partido Republicado de anular la votación y desviar la atención de la insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio de Estados Unidos.

La mejor manera de proceder para Estados Unidos sería mostrar una mayor solidaridad con los EMDC ayudándolos a gestionar los crecientes costos de los alimentos y de la energía. Esto se podría hacer reasignando los derechos especiales de giro (el activo de reserva del Fondo Monetario Internacional) de los países ricos y respaldando una fuerte eximición de la PI por el COVID-19 en la OMC.

Asimismo, los altos precios de los alimentos y de la energía probablemente causen crisis de deuda en muchos países pobres, agudizando aún más las desigualdades trágicas de la pandemia. Si Estados Unidos y Europa quieren mostrar un verdadero liderazgo global, tendrán que dejar de ponerse de lado de los grandes bancos y acreedores que incitaron a los países a tomar más deuda de la que podían pagar.

Después de cuatro décadas de defender la globalización, es claro que los asistentes a Davos gestionaron mal las cosas. Prometieron prosperidad para los países desarrollados y en desarrollo por igual. Pero mientras los gigantes corporativos en el Norte Global se volvieron ricos, los procesos que podrían haber beneficiado a todos generaron en cambio enemigos en todas partes. La “economía de derrame”, el argumento de que enriquecer a los ricos automáticamente favorecería a todos, fue una estafa –una idea que no estaba respaldada ni por la teoría ni por la evidencia.

La reunión de Davos de este año fue una oportunidad perdida. Podría haber sido una ocasión para reflexionar seriamente sobre las decisiones y las políticas que llevaron al mundo adonde está hoy. Ahora que la globalización ha alcanzado la cima, sólo nos queda esperar que gestionemos su caída mejor de lo que gestionamos su ascenso.

Fuente: https://www.project-syndicate.org/commentary/deglobalization-and-its-discontents-by-joseph-e-stiglitz-2022-05/spanish

miércoles, 4 de mayo de 2022

Los efectos internos y externos del proceso de la desglobalización | por FERNANDO ÁLVAREZ B.

Los efectos internos y externos del proceso de la desglobalización

Los efectos internos y externos del proceso de la desglobalización

Fernando Álvarez Bogaert.

Al sector productivo y al social (1/3)
Los efectos internos y externos del proceso de la desglobalización. La mayoría de los analistas económicos apuntan a que nos enfrentamos al inicio de un nuevo orden económico mundial. Ahora, para comprender este presentimiento, lo primero que debemos preguntarnos es lo siguiente: ¿a qué se refieren con un nuevo orden económico mundial?

Rey Dalio, respetado inversionista y estudioso de la economía mundial, publicó recientemente un libro titulado: “Principios para tratar con el cambio del orden mundial”. En el define al cambio como la hegemonía que tiene una economía por encima de las demás.

Desde comienzos del 2020 el mundo se ha visto envuelto en una espiral vertiginosa de hechos extremos, en cuyo núcleo se sitúan la COVID-19 por una parte, otra, el inicio de un desacoplamiento económico entre China y Estados Unidos. Recientemente, el conflicto entre Rusia Ucrania.

Los principales efectos que han tenido la confluencia de estas crisis son: la recesión económica del 2020, la pobre recuperación económica del 2021 y el incremento de la inflación en el 2022, producto del crecimiento en los precios de las materias primas, la disminución de la cadena de suministro con aumento en los fletes y la guerra de Rusia y Ucrania.

Le invitamos a leer: Creen se pudo frenar inflación con baja tributos a carburantes

China es un país de extraordinario crecimiento, con grandes perspectivas para consolidarse como potencia mundial. Sin embargo, la actual política de covid zero en el caso específico de Shanghái, que representa un tercio del PBI Chino, ha provocado una revisión de las perspectivas de crecimiento hacia la baja.

Recientemente, el FMI y el Banco Mundial redujeron las perspectivas globales de crecimiento económico y pronostican que la inflación seguirá siendo alta, por lo menos en lo que resta de este 2022.

Ante este panorama, las distintas economías desarrolladas se encuentran frente a esta encrucijada: cuál sería la mejor herramienta para poder combatir el gran problema de la inflación, con las menores consecuencias hacia la economía interna, sin menoscabo de la externa.

Tanto la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) como el Banco Central Europeo han revisado sus posiciones en cuanto a la tasa de interés de sus bonos, y ya la FED aumentó en marzo 25 puntos básicos y anunció un aumento adicional de 50 puntos básicos para el mes de mayo.

Algunos de los principales economistas y analistas financieros sugieren que las medidas adoptadas, si bien son las correctas, (el aumento de la tasa de interés) se debió producir hace tiempo con mayor fuerza, para poder evitar las posibles consecuencias no deseadas.

Puede leer también: Subsidios a los combustibles frena más alza inflación

Por otro lado, la incertidumbre que prevalece ante el conflicto de Rusia y Ucrania provoca que las perspectivas se compliquen aún más y no se prevea una solución en el corto plazo.

En las próximas entregas, trataremos las implicaciones en el proceso de desglobalización en el que nos encontramos, y en el caso de la República Dominicana, que, en adición de los desafíos, cómo podría transformarse en la creación de una oportunidad histórica.

https://hoy.com.do/los-efectos-internos-y-externos-del-proceso-de-la-desglobalizacion/

Los efectos internos y externos del proceso de la desglobalización

Los efectos internos y externos del proceso de la desglobalización

Fernando Álvarez Bogaert.

Al sector productivo y social (2/3)
En el artículo anterior tratamos sobre la situación económica mundial, el proceso de desglobalización y sus perspectivas en el corto plazo. En él destacamos el impacto que experimenta la disrupción de la cadena de suministro y el incremento en la inflación con perspectivas de crecimiento económico reducidas.

Un ejemplo, en marzo de 2022, la economía norteamericana registró una inflación interanual de un 8.5%, la mayor desde el 1981, mientras que la Eurozona registró una inflación de un 7.5%, la guerra en Ucrania y la escalada de precios de la energía, de un 44,7%, marcan la mayor subida desde la creación del euro.

Mientras la incertidumbre del conflicto bélico continúe no se podrá tener, a ciencia cierta, la dimensión de la actual crisis ni sus efectos en las distintas economías del mundo. Pero la guerra no es el único factor que desbocó la inflación, esta venía aumentando antes de la invasión, producto del aumento en los costos de la cadena de suministros y fletes marítimos.

La principal medida con la que cuentan los Bancos Centrales para hacer frente al aumento de la inflación es la subida en los tipos de interés, disminuyendo el consumo, aumentando el ahorro para poder realizar mayores inversiones. El principal inconveniente con la inflación, en este momento, es que la mayoría de los precios aumentaron en las materias primas, el petróleo y sus derivados, bienes que son inelásticos y la disminución de su consumo no es tan rápida.

Por su parte, los Bancos Centrales tampoco han incrementado los tipos de interés o los planes de rescate que tienen activos a un ritmo suficiente.

Le invitamos a leer: Economía dominicana alcanzó un crecimiento de 6.4 % en marzo 2022

Mohamed El-Erian, renombrado economista, puntualiza lo extraño que resulta que una institución como el FMI haga revisiones de las perspectivas económicas en el primer trimestre y este año lo ha hecho, disminuyendo el crecimiento mundial de un 4.4% a un 3.6% con perspectivas de inflación superiores a las señaladas inicialmente. Indicando que los sectores que más se verán afectados son las materias primas alimentarias y de energía. Pero no solo disminuyó las perspectivas para el 2022, sino que también lo hizo para el 2023.

El informe del FMI ofrece un importante recordatorio a los formuladores de políticas de que deben centrar mucha más atención en mejorar la productividad y fortalecer los otros motores de un crecimiento económico robustos e inclusivo. Si fallan en hacerlo, el riesgo de estancamiento del crecimiento a mediano plazo será incómodamente alto. En un mundo que ya está sujeto a considerables retos de: cambios climáticos, económicos, financieros, entre otros, ese no es un escenario que podamos permitir. Por suerte, ese podría ser el enfoque que adopte la República Dominicana para poder sacar partido de la incertidumbre mundial.

En la próxima entrega, hablaremos sobre el proceso de desglobalización y cómo podríamos utilizarlo para crear mejores perspectivas locales.

https://hoy.com.do/los-efectos-internos-y-externos-del-proceso-de-la-desglobalizacion-2/