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martes, 30 de junio de 2026

Hacia una democracia ecológica republicana: renovar la cooperación frente al vacío autoritario


Hacia una democracia ecológica republicana: renovar la cooperación frente al vacío autoritario

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

Resumen | La narrativa liberal clásica, fundada en la cooperación, el progreso universal, la democracia representativa y los derechos individuales, enfrenta una crisis de legitimidad en sociedades atravesadas por desigualdad persistente, polarización digital, desconfianza institucional y ansiedad ecológica. En ese vacío emergen relatos de poder, identidad cerrada y dominación que prometen orden, pertenencia y seguridad emocional. Este artículo sostiene que la respuesta no debe ser abandonar la cooperación, sino recontarla desde una síntesis más robusta: una democracia ecológica republicana, capaz de integrar deliberación pública, libertad como no-dominación y responsabilidad planetaria. A partir de aportes de Habermas, Cohen, Pettit, Rawls, Jonas y Yuval Noah Harari, se plantea que el futuro democrático dependerá de construir una narrativa intelectualmente sólida y emocionalmente movilizadora frente a los proyectos autoritarios.

Palabras clave: liberalismo, democracia deliberativa, neo-republicanismo, cooperación, crisis ecológica, autoritarismo, inteligencia artificial.

Artículo de opinión

La visión liberal clásica enseñó durante décadas que la humanidad podía construir un mundo mejor mediante la cooperación. Su promesa descansaba en una intuición poderosa: los seres humanos, al organizar instituciones abiertas, mercados regulados, Estados democráticos, derechos individuales y mecanismos de deliberación pública, podían transformar la convivencia en progreso compartido. Esa historia articuló buena parte del orden político moderno. Sin embargo, hoy atraviesa una crisis de legitimidad. No porque la cooperación haya perdido valor, sino porque el relato liberal dejó de conmover, explicar y proteger a sociedades que se sienten expuestas a la desigualdad, la incertidumbre tecnológica, la fragmentación cultural y el deterioro ecológico.

El problema no es menor. Cuando una sociedad deja de creer en la historia que sostiene sus instituciones, las instituciones mismas comienzan a parecer frágiles, lejanas o incluso inútiles. En ese punto, los proyectos autoritarios encuentran su oportunidad. Allí donde el liberalismo habla de procedimientos, pluralismo y consensos complejos, los discursos de fuerza ofrecen certezas simples: nación contra amenaza externa, pueblo contra élite, identidad contra diversidad, orden contra deliberación. La política deja de ser un espacio para procesar el desacuerdo y se convierte en una maquinaria emocional de pertenencia y confrontación.

Yuval Noah Harari ha insistido en que la capacidad humana para cooperar a gran escala depende de historias compartidas. En una conversación reciente con Ezra Klein, el debate giró precisamente en torno a la disputa entre cooperación y poder como fuerzas organizadoras de la historia, así como al debilitamiento del relato liberal frente a narrativas más simples de dominación, nacionalismo y fuerza; también se abordó el modo en que la inteligencia artificial puede intensificar la manipulación emocional y política en la esfera pública. 12 Esa preocupación resulta central: si la democracia no produce un relato convincente sobre por qué vale la pena cooperar, otros llenarán el vacío con relatos de miedo, exclusión y obediencia.

La narrativa liberal clásica tuvo tres columnas: cooperación, progreso universal e inclusión. Cooperación, porque asumía que los seres humanos podían construir instituciones beneficiosas mediante reglas comunes. Progreso universal, porque confiaba en que la ciencia, el comercio y la democracia producirían bienestar creciente. Inclusión, porque colocaba los derechos humanos y las libertades individuales como base moral de la convivencia. Pero esas columnas se han erosionado. La cooperación se percibe muchas veces como ingenuidad frente a actores que acumulan poder sin límites. El progreso universal se ha debilitado ante la concentración de riqueza y la precariedad laboral. La inclusión, aunque normativamente indispensable, ha sido presentada por sus adversarios como fragmentación identitaria o amenaza cultural.

La crisis del liberalismo, por tanto, no es únicamente institucional; es narrativa. El liberalismo sabe administrar, pero ha perdido capacidad de inspirar. Sabe diseñar procedimientos, pero no siempre logra producir sentido. Sabe defender derechos, pero le cuesta convocar deberes compartidos. En un tiempo de ansiedad social, las personas no buscan solo eficiencia gubernamental; buscan pertenencia, protección y orientación. Cuando la democracia no responde a esas necesidades simbólicas, el autoritarismo aparece como una religión civil de emergencia.

Frente a ese deterioro, una posible renovación debe integrar tres corrientes: la democracia deliberativa, el neo-republicanismo y la renovación ecológica. La democracia deliberativa recuerda que la legitimidad política no proviene únicamente del voto, sino de la calidad del diálogo público. Habermas (1984) planteó que la racionalidad comunicativa permite construir consensos mediante argumentos y no mediante imposición. Cohen (1989) reforzó esta idea al sostener que una decisión democrática gana legitimidad cuando los ciudadanos pueden participar en condiciones razonables de deliberación. En sociedades capturadas por algoritmos que premian la indignación, deliberar no es un lujo académico; es una defensa civilizatoria.

La deliberación democrática ofrece un antídoto contra la polarización porque obliga a procesar el desacuerdo en lugar de explotarlo. Asambleas ciudadanas, jurados de políticas públicas, consultas territoriales, foros digitales transparentes y mecanismos participativos bien diseñados pueden complementar la democracia representativa. No se trata de sustituir al Congreso, a los partidos o a las elecciones, sino de fortalecerlos con espacios donde la ciudadanía no sea tratada como audiencia pasiva, sino como sujeto activo de construcción pública. En tiempos de desinformación, escuchar también es una forma de gobernar.

La segunda corriente necesaria es el neo-republicanismo. Su aporte central consiste en redefinir la libertad no como simple ausencia de interferencia, sino como ausencia de dominación. Pettit (1997) sostiene que una persona no es verdaderamente libre si vive bajo la posibilidad arbitraria de ser sometida por otro, ya sea por el Estado, una corporación, una oligarquía económica, una plataforma tecnológica o una estructura social abusiva. Esta idea resulta especialmente pertinente en una época en que el poder ya no se concentra solo en gobiernos, sino también en sistemas financieros, monopolios digitales, redes de datos y arquitecturas algorítmicas opacas.

El neo-republicanismo tiene una enorme fuerza narrativa porque conecta libertad con dignidad. No reduce la ciudadanía a consumidores que eligen, sino que la eleva a comunidad política que vigila, participa y defiende el bien común. Allí donde el liberalismo clásico puso énfasis en derechos individuales, el republicanismo recuerda los deberes cívicos: cuidar las instituciones, exigir transparencia, limitar los abusos de poder, combatir la corrupción, defender los contrapesos y proteger la esfera pública. Una democracia sin ciudadanos vigilantes se convierte en administración sin alma; una libertad sin límites al poder se vuelve privilegio para los más fuertes.

La tercera corriente es la renovación ecológica. La crisis climática obliga a repensar la idea misma de progreso. Ya no basta crecer, producir y consumir bajo la ilusión de recursos infinitos. Jonas (1984) formuló el principio de responsabilidad como una ética orientada al futuro: actuar de modo que las consecuencias de nuestras decisiones sean compatibles con la permanencia de una vida humana digna en la Tierra. Rawls (1971), desde otra tradición, introdujo la preocupación por la justicia entre generaciones. Ambas perspectivas convergen en un punto esencial: ninguna democracia puede considerarse legítima si sacrifica el futuro para administrar el presente.

La renovación ecológica permite reencantar la cooperación porque la conecta con la preservación de la vida. La interdependencia planetaria muestra que ningún país puede salvarse solo. La seguridad alimentaria, la energía, el agua, la biodiversidad, las migraciones climáticas y la resiliencia urbana son problemas que desbordan fronteras nacionales. Una narrativa democrática del siglo XXI debe decir con claridad que cooperar no es una opción moral decorativa, sino una condición de supervivencia. La patria, en este nuevo horizonte, no se defiende destruyendo el planeta, sino protegiendo las condiciones materiales que hacen posible la vida nacional y global.

Estas tres corrientes pueden articularse en una propuesta común: una democracia ecológica republicana. Democracia, porque la legitimidad depende de la participación y del diálogo. Ecológica, porque el progreso debe subordinarse a la sostenibilidad de la vida. Republicana, porque la libertad exige instituciones capaces de impedir la dominación. Esta síntesis puede ofrecer una historia más poderosa que el liberalismo procedimental: una historia donde cooperar no significa debilidad, sino inteligencia colectiva; donde la libertad no significa aislamiento individual, sino dignidad protegida; donde el futuro no es una abstracción, sino una responsabilidad política.

Un ejemplo práctico sería una transición energética participativa. Desde la deliberación democrática, las comunidades podrían debatir la ubicación, el impacto y los beneficios de proyectos solares, eólicos o de infraestructura verde. Desde el neo-republicanismo, el Estado tendría que impedir que la transición sea capturada por monopolios o intereses corporativos sin control ciudadano. Desde la renovación ecológica, los beneficios deberían reinvertirse en restauración ambiental, empleos verdes, justicia territorial y protección de generaciones futuras. Así, una política pública dejaría de ser simple gestión técnica para convertirse en narrativa de país: participación, libertad compartida y sostenibilidad.

El mayor riesgo de no construir este nuevo relato es que el vacío lo ocupen fuerzas autoritarias. El autoritarismo prospera cuando la democracia parece incapaz de proteger, ordenar y emocionar. El tribalismo avanza cuando la pertenencia se define contra un enemigo. La desconfianza institucional crece cuando las personas sienten que las reglas comunes solo benefician a minorías privilegiadas. Por eso, renovar la narrativa democrática no es un ejercicio literario; es una urgencia política.

La visión liberal no está condenada, pero sí está obligada a transformarse. Su promesa de cooperación debe ser ampliada con deber cívico, justicia ecológica, control del poder y deliberación pública. La alternativa no es regresar nostálgicamente al viejo liberalismo ni rendirse ante proyectos de fuerza. La alternativa es construir una historia democrática más completa, más justa y más emocionalmente convincente.

La pregunta decisiva de nuestro tiempo no es si podemos cooperar. La historia demuestra que la cooperación ha sido una de las mayores capacidades humanas. La pregunta es si podremos volver a creer en ella antes de que el miedo, la desinformación y la dominación impongan sus propias respuestas. Una democracia ecológica republicana puede ser el nombre de esa renovación: una política que no solo administre el presente, sino que proteja la dignidad, organice la esperanza y haga del futuro una causa común.

Referencias

Cohen, J. (1989). Deliberation and democratic legitimacy. En A. Hamlin & P. Pettit (Eds.), The good polity: Normative analysis of the state (pp. 17–34). Basil Blackwell.

Habermas, J. (1984). The theory of communicative action: Volume 1. Reason and the rationalization of society (T. McCarthy, Trans.). Beacon Press. Obra original publicada en 1981.

Harari, Y. N. (2014). Sapiens: A brief history of humankind. Harper.

Jonas, H. (1984). The imperative of responsibility: In search of an ethics for the technological age. University of Chicago Press. Obra original publicada en 1979.

Klein, E. (Host). (2026, mayo 26). Yuval Noah Harari on Donald Trump’s core delusion [Audio podcast episode]. En The Ezra Klein Show. The New York Times.

Pettit, P. (1997). Republicanism: A theory of freedom and government. Oxford University Press.

Rawls, J. (1971). A theory of justice. Harvard University Press.

.ooooo
Información fuente:
La historia liberal básica dice que cooperando podemos construir un mundo que sea mejor para todos. ¿Está fallando esta visión del mundo? ¿Y qué podría reemplazarlo? Desde el
@nytopinion
Podcast con @ezraklein. 
Mira todo el asunto:
http://bit.ly/YNH-EKS
https://x.com/harari_yuval/status/2071249690092253286/video/1
Yuval Noah Harari on Donald Trump’s Core Delusion | The Ezra Klein Show
https://youtu.be/9NCxS__rtAo?si=9-8TrxIXhx5j-JiJ

La democracia ecológica republicana (o republicanismo ecológico) es una corriente sociopolítica que busca fusionar el republicanismo tradicional con la ecología política. Plantea que el cuidado del medio ambiente no es solo un problema técnico, sino un asunto de interés público que requiere de la participación ciudadana activa y de límites al desarrollo para proteger la supervivencia de todos. [1, 2, 3, 4]
Ejes fundamentales del modelo
  • Ciudadanía ecológica y participativa: Fomenta una sociedad civil activa, donde los ciudadanos debaten y buscan soluciones para frenar los desastres ambientales. Supera el interés individual para crear una responsabilidad colectiva. [1, 2, 3]
  • Control de lo público (La "Cosa Pública"): Al igual que el republicanismo clásico entiende la libertad como la ausencia de dominación, el ecologismo republicano sostiene que la degradación ambiental domina y somete a la sociedad, por lo que debe ser gobernada y controlada democráticamente por el pueblo. [1, 2]
  • Reconocimiento de límites: Se basa en la idea de vivir en "un mundo lleno". Propone fijar límites sostenibles al desarrollismo y reconocer que los recursos naturales y el espacio son finitos. [1]
  • Justicia Intergeneracional: Busca que la toma de decisiones democrática considere el bienestar de las generaciones futuras y de los seres vivos no humanos, integrando el equilibrio ecológico en la estructura del Estado. [1, 2, 3, 4]
Para profundizar sobre cómo este modelo integra la ecología en el debate social y político, puedes revisar el análisis académico sobre La democracia ecológica: fundamento, posibilidades, actores, el cual explica su base como democracia deliberativa. Adicionalmente, el estudio sobre el Modelo de Democracia Ecológica detalla cómo encaja esta estructura sociopolítica en la actualidad

jueves, 28 de mayo de 2026

Lectura recomendada: "El camino hacia la formalización", de Eduardo Sanz Lovatón @SanzLovaton

Enfoque
El camino hacia la formalización

Durante años, el debate sobre el mercado laboral en América Latina ha girado en torno al desempleo. Sin embargo, en la República Dominicana hemos aprendido que el verdadero desafío no es la falta de trabajo, sino la calidad del trabajo que generamos. Hoy, más de la mitad de nuestra fuerza laboral se encuentra en condiciones de informalidad, una realidad que nos obliga a preguntarnos qué tipo de economía queremos construir.

Pero reducir este fenómeno a un simple problema económico sería un error. La informalidad es, en muchos casos, el reflejo de barreras estructurales, de limitaciones en el acceso a oportunidades y de una historia institucional que no siempre ha estado a la altura de las aspiraciones de nuestra gente. Y, al mismo tiempo, representa una oportunidad para transformar nuestra economía.

He tenido la oportunidad de recorrer el país durante años, de conversar con emprendedores, con pequeños comerciantes, con trabajadores que cada día se esfuerzan por salir adelante. Y hay algo que siempre me ha quedado claro: la mayoría de los dominicanos no quiere vivir en la informalidad. Quiere crecer, progresar y ser parte de un sistema que le brinde estabilidad y oportunidades. Muchas veces, lo que falta no es voluntad, sino condiciones.

Por eso debemos cambiar la forma en que hablamos de este tema. La informalidad no es un fenómeno único ni homogéneo. Existe una informalidad asociada a quienes, teniendo capacidad económica, deciden evadir las reglas; otra vinculada a quienes enfrentan costos, trámites y barreras que dificultan su entrada a la formalidad; y una tercera, la más extendida, que responde a condiciones de subsistencia, baja productividad y limitadas oportunidades. Entender estas diferencias es clave para diseñar soluciones efectivas.

Sin embargo, más importante que clasificar la informalidad es comprender cómo superarla. Y aquí debemos ser claros: la formalidad se promueve creando oportunidades. No se trata de imponer cargas, sino de construir un entorno donde formalizarse sea una decisión posible y atractiva.

En los últimos años hemos avanzado en esa dirección. El Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes ha trabajado para simplificar procesos, reducir barreras y acercar el Estado a la gente. La Ventanilla Única de Formalización ha permitido reducir en más de un 80 % los tiempos de registro empresarial, haciendo posible formalizar una empresa en menos de 48 horas. Más de 54,000 empresas han dado ya ese paso reflejando confianza en que el sistema puede funcionar.

Estos avances son importantes, pero es apenas el inicio. La formalización requiere productividad, educación, financiamiento y, sobre todo, inclusión. Porque una economía donde millones operan al margen de la formalidad limita su propio potencial.

Ahora bien, hay un elemento que pocas veces se discute y que resulta fundamental: el clima emocional de una sociedad. Ninguna transformación profunda ocurre en un ambiente dominado por el pesimismo. Cuando el discurso público se llena de cinismo, cuando se instala la idea de que nada funciona, cuando dejamos de reconocer los avances, lo que hacemos es debilitar nuestra capacidad de cambio.

Debemos librar una batalla decidida contra ese pesimismo. Las sociedades que progresan son aquellas que saben reconocer lo que hacen bien, incluso cuando eso implica valorar acciones de actores con los que no siempre coincidimos. La República Dominicana ha cambiado, y ha cambiado mucho. Lo vemos en nuestras instituciones, en nuestros sectores productivos, en nuestra capacidad de atraer inversión y generar crecimiento incluso en contextos internacionales complejos.

Hemos sido capaces de transformar sectores completos de nuestra economía. El turismo, por ejemplo, es hoy uno de nuestros principales motores gracias a una visión compartida y sostenida en el tiempo. Lo mismo ocurrió con las zonas francas y con industrias como el cacao o el tabaco, que hoy compiten en los mercados internacionales.

La formalización debe ser el próximo gran proyecto nacional. Un proyecto que convoque al Estado, al sector empresarial, a la academia y a la sociedad en su conjunto. Que entienda que la inclusión productiva no es solo un objetivo social, sino una condición del crecimiento.

Este es un momento extraordinario para la República Dominicana. Hemos demostrado resiliencia frente a crisis globales, hemos consolidado un crecimiento económico sostenido y hemos fortalecido nuestra posición en la región. Pero el verdadero salto dependerá de nuestra capacidad para integrar a millones de dominicanos a una economía más productiva, más formal y más inclusiva.

No vamos a lograrlo únicamente con estudios, ni con discursos, ni con buenas intenciones. Lo lograremos cuando asumamos este desafío como una causa común. Cuando entendamos que la formalización no es un fin en sí mismo, sino un medio para construir un país más justo, más competitivo y más próspero.

Estoy convencido de que tenemos todo lo necesario para lograrlo. Tenemos talento, tenemos capacidad y, sobre todo, tenemos un pueblo que quiere avanzar. Lo que nos corresponde ahora es estar a la altura de ese anhelo. Construir las oportunidades, generar la confianza y ejercer el liderazgo que este momento exige.

Porque al final, de eso se trata: de creer en lo que somos capaces de hacer juntos./


listindiario.com 

miércoles, 14 de agosto de 2024

Luis y la Constitución / Por Eduardo Sanz Lovaton

 ENFOQUE

Luis y la Constitución

Por Eduardo Sanz Lovaton

Desde que los seres humanos superamos las tendencias medievales y las monarquías absolutas. Desde que los filósofos de la ilustración dieron paso a los textos de la libertad, ya sea con el contrato social de Rousseau, con los textos de Voltaire o con los papeles federales que dieron pie a la libertad de Estados Unidos. Desde esa época lejana donde nace el constitucionalismo moderno, las sociedades democráticas han tratado de frenar el poder de los hombres con el poder de las letras. Ha sido una constante lucha. Desde Maquiavelo hasta otros teóricos del poder práctico o como otros llaman el realpolitik, se explica cómo el poder puede superar las reglas escritas. A ese contexto internacional debemos explicar o agregar el nuestro en la República Dominicana. Nuestra libertad ha sido precaria, y nuestra historia constitucional así lo explica. Desde aquel artículo 210 de la Constitución de Santana en San Cristóbal, que paralizó los ideales de Duarte y los trinitarios, pasando por las reformas subsiguientes, la mayoría de las cuales buscaban la manera de acomodar las reglas al poder de turno. Ya fuera Santana, Báez, Lilís, Trujillo o Balaguer, para no mencionar otros poderosos de menor relieve, la Constitución era el primer picazo del autoritarismo. Por eso, en parte, cuando nace el Partido Revolucionario Dominicano en el exilio, en Cuba, uno de sus postulados esenciales es la prohibición de la reelección consecutiva.

Ya la historia más reciente, vuelve a retratar la guerra entre las letras de la libertad y las reformas de la caverna. Veamos la reforma hija de la crisis electoral del 94, donde se jura por una Constitución libertaria.

Justo es reconocer los avances de la reforma del 2010, de corta alegría pues volveríamos a las andanzas autoritarias en el 2015.

Lo singular de esta propuesta de Luis Abinader para reformar nuestra Constitución, es que, si bien debemos recuperar reformas anteriores con espíritu libertario, nunca antes hemos visto una reforma donde quien la empuja se limita, se excluye o se reduce.

Fiel a su espíritu democrático, Luis demuestra con hechos, su concepción de la democracia. Ha sido coherente, constante y consecuente con un predicamento que viene realizando desde hace tiempo, y que lo hizo incluso en los tormentosos tiempos de campaña: la necesidad de reformar la Constitución Dominicana para acabar, de una vez por todas con el fantasma de la reelección; ese que sobrevuela sobre la institucionalidad dominicana y que cada cierto tiempo se hace presente, generando angustias y desasosiego.

La historia política dominicana o latinoamericana no recuerda muchos visionarios que, desde el poder, entreguen a otros estamentos el poder persecutor.

No es fácil entender que con la legitimidad de votos amplios, se reduzcan posibilidades electorales del principal activo de esa mayoría. Así forzando un relevo incierto, pero necesario en nuestra sociedad. A diferencia de otras, esta Constitución que pronto veremos, no será “la Constitución de Luis Abinader”, porque no fue hecha para beneficiarle o habilitarle; sino la del pueblo dominicano, porque todas las disposiciones que incorpora procuran garantizar que el país se mantenga en el sendero de la gobernabilidad y la democracia.

Es el ejemplo de Cincinato en la antigua Roma. Es la renuncia a repostularse de Washington en Estados Unidos. Lo que Luis propone con la reducción de legisladores, con la independencia del Ministerio Público, con la cláusula de piedra para los nunca jamás de los exmandatarios es sencillamente revolucionario. Es la ideología heredada de las mejores causas de nuestra historia. Apoyar esta reforma es el llamado de todos los que creemos en futuro, en libertad, en el ahorro en la cosa pública y en la virtud de la profesión política y que, a través de ella, los cambios prometidos pueden ser más que una imagen de redes o que números en encuestas, pueden ser reales cambios. ¡Vamos!

https://listindiario.com/puntos-de-vista/20240814/luis-constitucion_821271.html