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lunes, 14 de mayo de 2018

Cecilia García | “Me preocupa la inercia y la desidia que arropan al dominicano”

“Me preocupa la inercia y la desidia que arropan al dominicano”

Moverse. Ella ve que en el país pasan las cosas y la gente se queda tranquila. Cambios. La integración de la familia, la educación y la sociedad tan trivial que existe hoy día la ponen en alerta.
Cecilia García
Cecilia García
SANTO DOMINGO.-Auténtica, elegante y con un porte de mujer de la realeza que impacta, así es Cecilia García, la actriz, cantante y humorista dominicana que ha recibido aplausos durante 50 años que lleva de carrera.
Hoy, con uno de los proyectos más importantes de su carrera, la obra que tiene en escena “Al final del arcoíris”, se sienta en Coloquios de EL DÍA y hace una retrospectiva de su maravillosa vida de artista.
Inicia en 1968
Se inició a los 16 años en el mundo del arte, emprendió un camino que en el trayecto le ha brindado muchas satisfacciones, haciendo realizad sus sueños y objetivos en la vida.
Feliz, dice que para ella es un deleite sobrenatural seguir montada en los rieles del entretenimiento y poder al día de hoy escenificar la vida de una actriz y cantante como Judy Garland.Cecilia se casó a los 18 años, viajó por varios países y su carrera en el arte le permitió ser independiente a temprana edad.

silueta-cecilia-5p01Cantaba en el programa de televisión La taberna de Babín desde su adolescencia, ganaba 80 pesos mensuales, los que iban al pago de su universidad, hacer arreglos musicales y comprarse ropa para sus presentaciones.
La actriz, que es una de las figuras del arte más respetadas de la República Dominicana, es versátil y sencilla, una mujer que a sus 66 años sigue riéndose de la vida y sus circunstancias y asegura haber tenido una niñez perfecta, tranquila y maravillosa.
Su familia
Madre de tres hijos, con varios nietos, casada “con un hombre maravilloso” y con su residencia plantada en Orlando, Florida, García no está ajena a lo que pasa en el país y por eso se atreve asegurar que le preocupa la inercia y la desidia que arropan al pueblo dominicano.
“Es tanto que un día vamos a querer levantarnos y recapacitar y será tarde”.
No solo se ha destacado por las actuaciones en el teatro, sino en el canto, el humor, los musicales y el cine.
Tuvo dos hijo con el ya fallecido líder político Hatuey Decamps, y es su hijo Luis Miguel quien está al frente del partido del Toro, el que fundara su padre.
Vena artística
Su padre era un artista, y ella recuerda que en su casa siempre hubo un piano, una guitarra y cualquier cosa que fuera arte, por lo que ese amor a lo que hace no le es ajeno.
Creció rodeada de una familia de artistas, su madre y su tío eran los que tenían el humor, pues imitaban a cualquiera a la perfección.
Nació en la capital, de madre banileja y padre capitaleño, solo tuvo un hermano, por lo que su familia fue bien corta.
Cantaba y se movía por su casa como una diosa, su padre no quería que entrara a la música porque la prefería estudiando y fue el gran compositor Manuel Sánchez Acosta quien lo convenció e hizo que su progenitor la dejara entrar con la televisión en el programa La taberna de Babín, relata Cecilia García, una mujer que en los años 60 era la gran estrella del espectáculo y hoy 50 años después sigue siendo esa misma estrella.
En el teatro
Cecilia García debutó en el teatro de la mano de Franklin Domínguez, como protagonista de la pieza teatral “El último instante”, una de las obras de teatro más famosas de la República Dominicana, un clásico que se ha paseado por el mundo.
A mediados de la pasada década Cecilia inició una etapa nueva en esta área, pues decidió hacer teatro musical, iniciando con “Víctor Victoria”, con Freddy Beras Goico y Guillermo Cordero.
El éxito fue tal que al año siguiente montó “El beso de la mujer araña”, bajo la producción de Guillermo Cordero.
El actor y director Carlos Espinal, quien siempre la admiró, llegó a su vida para hacer varias obras y ahora se unieron de nuevo en “Al final del arcoíris”, una obra que va a su segunda temporada en el Teatro Nacional, con la actuación de José Lora, bajo la dirección de Espinal y estará en escena los días 24, 25 y 26 de este mes. Con Carlos Espinal planea regresar al cine.
50 Años de carrera.
Artística cumple Cecilia García quien se inició en el año 1968 cuando tenía tan solo 16 años.
ENTREVISTA
CECILIA GARCÍA
¿Que cosas preocupan a Cecilia García de la sociedad dominicana?
Me preocupa mucho la integración de la familia, la sociedad tan trivial que tenemos, básicamente. Además de la educación y la familia me preocupa la inercia, la desidia de la gente y de las autoridades; aquí no pasa nada, matan cuatro gente se roban un dinero y no pasa nada, estamos llegando a un punto que cuando decidamos mirar para atrás será demasiado tarde
¿Porqué no ha regresado al cine ?
No sé qué ha pasado, si fue que lo hice mal o fui muy cara (risas), en realidad me han ofrecido, pero hay cosas que no me gustan, roles que no se adaptan a lo que creo que debe ser, y no lo hago; hago lo que me gusta, lo que me va, una de las cosas que el ser humano debe saber es conocer tus limitaciones.
¿Todo ha sido felicidad en su carrera?
Hay muchas rosas y espinas en esto y el que diga que no habla mentira, uno se quita la espina y sigue hacia delante, de los errores siempre hay una enseñanza.
¿Qué la mantiene aquí 50 años después?
Me imagino trabajar siempre con la verdad, ser exigente conmigo misma, la calidad ante todo, no trabajar cosas que no son para ti y saber que hay un dinero que si te lo gana te hace daño, así es que vas forjando una imagen de que tú eres de tal forma.
También ese respeto al público que no se negocia con nadie.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Defensa del activista - FÉLIX OVEJERO 

Defensa del activista

El compromiso del activismo exige integridad práctica, disposición a asumir costes personales e implicarse por buenas razones. De entrada, debe ejercerse sin invocarse. Algunas virtudes se desbaratan cuanto se ostentan

Defensa del activista
La virtud no hace ruido. Algunas virtudes incluso se desbaratan cuando se ostentan. No cabe invocar la modestia sin desmentirse. Con el compromiso sucede algo parecido. El activista entrega sus talentos o su tiempo a una causa. Por amor al arte. Por eso, me desconcertó leer a un firmante de no recuerdo qué manifiesto presentarse como “activista”. Me parecía, además de innecesario por redundante —dada la naturaleza del acto de firmar—, un tanto indecoroso, como si blasonara del “compromiso”, como si flaqueara el arte por el arte. Definitivamente, no era mi idea de activista, aunque había conocido a algunos que, hasta edades impropias y sin que se les conozcan otros oficios, han ejercido como “activistas”, incluso recibiendo subvenciones por ello.
Desde entonces he seguido la pista al activismo como mérito y, sin descartar sesgos, la cosa ha ido a mayores y peores. He encontrado currículos profesionales y fichas de alumnos en donde “activista” aparecía como ocupación. Incluso hay un concejal de las CUP en mi ayuntamiento que basó en el activismo un currículum oficial subjuntivo. No contaba lo que era, sino lo que podía haber llegado a ser. Algo así como: “yo iba para Nobel pero se interpuso el sistema, me entregué a luchar contra él y me atasqué”.
Como, a mi parecer, el activismo es cosa seria, creo que se impone alguna precisión sobre qué es el activismo, el defendible, aunque solo sea para protegerlo de ciertos activistas. Desde luego, el compromiso sin más no lo hace bueno. Los del KKK o los chicos de la gasolina, que tanto apreciaba el PNV, empleaban mucho tiempo en defender de manera miserable sus indecentes causas. El activismo digno de elogio es algo más que actuar de acuerdo con lo que se cree. Los independentistas que, con la tolerancia de las autoridades académicas, intimidan en la UAB a los jóvenes de Societat Civil Catalana, sin duda acompasan su vida con su pensamiento y están, por así decir, a la altura rastrera de sus convicciones rastreras. Son coherentes en un sentido en el que, por ejemplo, no lo es el diputado Espinar en su consumo de refrescos. Pero, ciertamente, no parece que estemos ante conductas valiosas. No basta la integridad práctica.
La nueva política recala en la superioridad moral; no da razones a quien no considera a su altura
Algo que impide otorgar mérito a los casos citados es su bajo coste. Resulta difícil apreciar un comportamiento que cuenta con la complacencia de las autoridades. El coraje resulta prescindible a favor de la corriente. Los activistas mencionados únicamente asumen el coste del tiempo empleado, lo que dejan de ganar por no dedicar esas horas a otras actividades. Su coste de oportunidad. No pocas veces ese coste no existe, porque no tienen nada mejor que hacer o, incluso, es negativo, una inversión en una carrera política. Sobran los ejemplos.
El coste de oportunidad de quien no tiene oficio es cero. Al dedicarse al activismo —o a la política profesional, a estos efectos es lo mismo— solo asumen costes quienes renuncian a ingresos superiores a las nuevas retribuciones. La diferencia, lo que dejan de ingresar, es una medida de las convicciones, del compromiso. Lo que dejan de ingresar o lo que pueden perder, lo que arriesgan. Por cierto, entre nosotros hay activistas insuperables: aquellos conciudadanos —entre ellos, destacadamente, los militantes vascos del PP o del PSOE— que se jugaban la vida por la democracia de todos. Lo apostaban todo.
El olvido del coste de oportunidad produce distorsiones cognitivas y valorativas. Por ejemplo, cuando, con precipitación, se elogian los fervores moralistas que tanto se exhibieron en recientes campañas electorales: alcaldes en metro; rebajas de sueldo; renuncias a coches oficiales, etc. Una política gestera que, de facto, suponía una mala asignación del tiempo y, por tanto, del dinero público. Por supuesto, al final, se impusieron las necesidades prácticas y los fervores duraron lo que duraron, contribuyendo en más de una ocasión a saturar con un plus de hipocresía a la imprescindible en las actividades públicas, como sucedió con aquellas autoridades que escondían el coche oficial a dos manzanas del acto al que acudían. Ante la imposibilidad de mantenerse a la altura de exigencias imposibles, la duplicidad moral asoma. Al final, con las mejores intenciones, la nueva política, en su enfático moralismo, recala con frecuencia en la superioridad moral, esa variante del fariseísmo que tanto complica el debate democrático: si uno se siente esencialmente mejor no cree que le deba razones a quienes no juzga a su altura.
El coraje es prescindible a favor de la corriente, como las protestas que agradan a las autoridades
Con todo, si queremos elogiar al activista, no basta ni con la integridad práctica, con que la vida acompañe a las ideas, ni con la disposición a asumir costes. Un terrorista suicida se compromete con lo que piensa y, ciertamente, asume costes. Se necesita algo más: tomarse en serio, comprometerse por buenas razones, no, por ejemplo, por no quedar a la intemperie. En un libro dedicado a reconstruir la idea de intelectual comprometido, me referí a un afán de integridad intelectual que añadir a la integridad práctica, un afán del que carecen el intelectual frívolo o el sectario justiciero. Ante todo, reclama satisfacer ciertas autoexigencias epistémicas: permanecer alerta ante las complicidades de la tribu; buscar fiables fuentes; discutir la mejor versión de las ideas contrarias; disposición a atender toda la información, especialmente la que no se ajusta al propio guión. Son reglas comunes a la actividad científica que cobran especial importancia para el intelectual “comprometido”: mientras en la ciencia la desidia propia se corrige con la vigilancia colectiva, en su caso, el quehacer inevitablemente solitario y la naturaleza mudadiza y menos perfilada de los asuntos invitan a las trampas al solitario. Se las ha de imponer a sí mismo. Ha de tomarse en serio.
Por supuesto, no cabe pedir a quien se compromete en una causa lo mismo que a quien opina en papel impreso. Pero sí creo que cabe una exigencia negativa: mientras no se apueste por la integridad intelectual, mejor no invocar la integridad práctica, mejor evitar ese estilo, de camisa vieja, que descalifica a los otros con un “yo estaba en la calle… así que usted mejor se calla”. Sobre todo si la sobreactuación ahora llega desde un cargo público.
De momento, me conformaría con que el activismo se ejerciera sin invocarse. Ni golpes en el pecho ni superioridades morales. De otro modo, si el activismo acaba en manos de ciertos activistas de oficio, resignadamente, habrá que coincidir con Pascal en su melancólica reflexión: “La mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa”.
Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona.  http://elpais.com/elpais/2017/04/27/opinion/1493314307_034268.html
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domingo, 28 de junio de 2015

Keiser report en español: Predicciones equivocadas (E776)

Publicado: 27 jun 2015 23:16 GMT | Última actualización: 28 jun 2015 09:16 GMT 
En este episodio de Keiser Report, Max Keiser y Stacy Herbert hablan de predicciones equivocadas y discuten sobre si Christine Lagarde sería capaz de anticipar siquiera cuándo será la próxima orgía de Dominique Strauss-Kahn. En la segunda parte, Max entrevista a Mark O´Byrne sobre los mercados del oro y la plata, las plataformas para operar con lingotes a través de Internet, los maestros del confeti de Wall Street y la Reserva Federal, que ni es federal, ni tiene reservas.
 http://actualidad.rt.com/programas/keiser_report/178727-keiser-776

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http://actualidad.rt.com/programas/keiser_report/178550-keiser-report-espanol-errores-activismo-e775