SERVICIO DE NOTICIAS en favor de la democracia participativa, el desarrollo humano, la paz, el medio ambiente y la cultura.- Santo Domingo, República Dominicana / Luis ORLANDO DIAZ Vólquez - OPINIÓN, NOTICIAS Y COMENTARIOS. Haciendo de la lucha contra la pobreza un apostolado templario./ email: guasabara.editor@gmail.com - http://www.facebook.com/GuasabaraLUISorlandoDIAZ - @GUASABARAeditor
PRM juramenta a Ilana Neumann, exalcaldesa y diputada por el PRD en Sosúa
__ Paliza afirma que con Neumann se consolida triunfo del PRM en el municipio
17 de enero, 2024
Santo Domingo. - El Partido Revolucionario Moderno (PRM) juramentó a la dos veces diputada y exalcaldesa del municipio Sosúa provincia Puerto Plata, Ilana Neumann, junto a todo su equipo político, quienes abandonan el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) para sumarse al partido del cambio y de las oportunidades.
Neumann además, ocupaba hasta hoy el cargo de Vicepresidenta Nacional del PRD y presidenta del municipio de Sosua.
El acto se desarrolló en la Casa Nacional del PRM y estuvo encabezado por el presidente del PRM, José Ignacio Paliza.
Tras ser juramentada, Ilana Neumann expresó: “Hoy es un día muy especial y con muchos sentimientos encontrados, por el hecho de que estamos consientes de que nunca nos distanciamos de nuestros hermanos, siempre existió un cariño especial”.
Además añadió: “Hay procesos y retos que llegan a su final, hoy asumo este nuevo reto con mucha responsabilidad para volver a alcanzar el triunfo trabajando unidos, sabemos lo que tenemos por delante y estamos dispuestos a enfrentarlo, hay mucha gente que espera de nosotros, estamos dispuestos a darlo todo para volver a ganar”.
De su lado, el presidente del PRM, José Ignacio Paliza, ponderó que con Neumann el PRM se consolida y garantiza el triunfo en el municipio de Sosua.
“Siéntase como en su casa, con el mismo mérito y las mismas condiciones para que su recorrido tenga sentido y pueda tener una línea de continuidad con el tiempo”, expresó.
De su lado, el dirigente puertoplateño Norberto Mota, quien ocupaba la función de secretario general del PRD en Sosúa, enfatizó: “Este equipo siempre se ha mantenido junto y que mejor forma de demostrarlo al venir a un partido que lo encabeza una persona con ética y transparencia, venimos a trabajar sin descanso para asegurar el triunfo de nuestro presidente Luis Abinader”.
Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo del presidente provincial del PRM en Puerto Plata, Igor Rodríguez, quien resaltó las cualidades y virtudes que posee Ilana Neumann.
“La familia perremeísta está de fiesta por su ingreso. Con lo que esté sucediendo en Sosua el éxito está garantizado”, expresó Rodríguez.
En el acto estuvieron, el vicepresidente nacional del PRM, Eddy Olivares; el alcalde del municipio de Sosúa, Wilfredo “El Chamo”; la senadora de Puerto Plata, Ginette Bournigal y el destacado dirigente, Anulfo Pascual, entre otros importantes dirigentes y miembros del partido.
10 de enero de 2019 Senador Paliza somete proyecto de ley para la difusión del Jazz y haciendo de RD un destino turístico-musical
Senador José Ignacio Paliza, presidente del PRM
SANTO DOMINGO.- El senador José Ignacio Paliza sometió un proyecto de Ley mediante el cual se declara la primera semana del mes de noviembre de cada año para la promoción del Jazz, con la celebración del Festival Dominicano de Jazz (DRJazzFestival). En la iniciativa que tiene por finalidad la difusión del acervo cultural de la República Dominicana, se estipula la creación de los mecanismos de promoción de este género musical que es parte del patrimonio cultural y turístico del país. Paliza afirma que la formación integral del ser humano debe orientarse hacia el desarrollo de su potencial creativo en el marco del conocimiento y la cultura donde el esfuerzo realizado han hecho del país un centro de intercambio artístico regional en el género musical del Jazz y un destino de turismo cultural y musical. Sostiene que el ordenamiento constitucional reconoce como obligación del Estado el establecimiento de políticas que promuevan y estimulen a nivel nacional e internacional las diversas manifestaciones artísticas y populares de la cultura dominicana. El joven congresista puertoplateño reiteró que se hace necesario incentivar y apoyar los esfuerzos de personas, instituciones y comunidades que desarrollen o financien planes y actividades culturales a nivel nacional y como mecanismo de intercambio cultural entre naciones. “La música Jazz como expresión artística, forma parte del patrimonio cultural dominicano siendo influencia directa de los ritmos y composiciones endémicas, englobando una rica y amplia comunidad de artistas dominicanos, donde su difusión ha sido asumida principalmente por la sociedad civil y entidades sin fines de lucro”, subrayó. Dijo que el género musical del Jazz es una fuente de desarrollo cultural nacional de alto valor y herramienta de fomento del turismo regional e intercambio cultural con otras naciones, por lo tanto debe ser de interés nacional su promoción y desarrollo. En dicho proyecto de la autoría del senador Paliza, se explica de forma taxativa la provisión de fondos, ejecución y entrada en vigencia de dicha Ley que también ordena la creación del Comité Nacional del Jazz, el cual estará integrado por la Fundación Educativa Dominican Republic Jazz Festival (Fedujazz), quien lo presidirá, además de los ministerios de Cultura, Turismo y Relaciones Exteriores y las fundaciones Eduardo León Jiménez y Casa de Arte de Sosúa. También formarán parte del mismo, un Alcalde en representación a uno de los municipios donde se llevara a cabo actividades de promoción del Jazz (electo anualmente por Fedujazz), además de un munícipe, empresario, filántropo o comunicador de reconocida trayectoria, propuesto anualmente por Fedujazz y aprobado por el comité.
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See images of a Dominican village that became home to Jewish refugees during World War II and beyond
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A family’s personal history of fleeing the Holocaust and settling in the little town of Sosua in the Dominican Republic.
The night before Kristallnacht — the infamous date in November 1938 when synagogues burned across Germany and the Nazis arrested tens of thousands of Jews — my father’s family escaped from Berlin and fled to one of the few places in the world willing to take in Jewish refugees. They settled in Sosua, a remote beach town on the northern coast of the Dominican Republic, whose dictator, Rafael Trujillo, had offered Jews safety for a promise to develop the land.
This is the story I heard countless times. “It was paradise,” my 89-year-old Aunt Hella would say, weaving my family’s heritage into a little-known part of Holocaust history.
But the story never entirely made sense.
As it was told to me, a small Caribbean country saved my family at a time when more powerful nations such as the United States and Britain refused to do the same. In return, the Jews transformed a jungle coastline into a peaceful settlement with a hospital and a school. My grandfather, a salesman by trade, became the village baker. Hundreds of others — accountants, nurses, tailors — learned to ride horses and clear roads.
The story always ended the same way, and with little explanation. Sosua had been ruined, I was told, its streets overrun by prostitutes and foreigners. The town had become a destination for sex tourism, tainted by pickpockets and drugs. My family moved away, like so many others, and never returned.
My father lives in Santo Domingo, where I was raised, and his parents and two sisters ended up in Miami. People often act surprised when I tell them that I’m Jewish and Dominican, and I’ve yet to meet anyone who knows about Sosua. “Never forget,” people say about the Holocaust. But this part of Jewish history has been almost entirely lost, and the story I’d been told seemed incomplete.
I thought I knew the beginning and the end. In July, I left for Sosua to find out the rest. It quickly became clear why so many chose to forget.
When the settlers arrived in Sosua, the beach was uninhabited. Often, they would have the entire area to themselves. (Hans Deutsch/American Jewish Joint Distribution Committee)
Sosua’s main beach is now a destination for both foreigners and locals. (Emily Codik/The Washington Post)
The first thing I wanted to see was the beach. I remembered seeing photos of my father’s family along the shore. The refugees would hang their clothes on sea grape trees and wade into the shallow waters. After school, the village children would often have the beach to themselves.
My father warned me to stay away. The beach, he said, had become a site for prostitution and crime.
Could it really be that dangerous? I remembered going there as a kid, but I hadn’t been back to the town in more than a decade. I asked Ivonne Strauss de Milz, a family friend and a descendant of refugees who lives in Sosua, to take me there. “Is that the purse you’re taking?” she asked, then instructed me to zip it shut.
The shore was strewn with mismatched umbrellas and beach chairs scattered in front of hundreds of shacks selling cigars, souvenirs, Presidente beer and Dominican aphrodisiacs. It didn’t look that unsafe. But around the beach, several people later told me, tourists can find any type of sex they might want: straight, gay, sex with trans people — even illegal sex with minors.
Prostitution has long been a part of Dominican culture, but nowhere does it feel more entrenched than in Sosua. Elsewhere, the industry exists in the grays of life, largely unregulated, widely known but rarely seen.The sex trade took off there in the 1980s and ’90s, after a nearby airport opened and foreign tourists flooded the town. Over the next few decades, the hotel industry boomed, and Dominican women, facing insecure and low-paying job prospects,headed for Sosua hoping to find more profitable work. As prostitution increased, it drew more tourists looking for sex, andthe town got a reputation as a major sex-tourism destination. Today, a short walk from the beach, on the main drag of Calle Pedro Clisante, dozens of prostitutes line the sidewalk in front of the busy open-air restaurants and bars filled with foreign men.
“Sosua has a before and after,” said Alexandra Lister, a program manager with CEPROSH, a health organization based in Puerto Plata, who has worked with sex workers in the region since the 1990s. “And the ‘after’ isn’t pretty.”
Many longtime locals, like Ivonne, are upset that prostitution has consumed Sosua’s reputation. Efforts to discourage the trade have failed, and its prevalence means that the town’s businesses — hotels, restaurants, cafes — benefit from it, whether the owners condone sex work or not.
As we drove away, Ivonne pointed out one hotel. It was a three-story building, painted lime green and white, where she said my grandparents’ house had once stood.
A man named Joe Benjamin had lived next door. Before my trip, several people had told me to speak with him. He understood why Sosua had changed. He was the one I was going to see next.
The Sosua home, rear, of Bruno and Irma Codik, the writer’s grandparents, stood near the bakery and Café Oasis, a gathering place offering coffee and European dishes. (Sosua Virtual Museum)
Today, a three-story hotel has replaced the Codiks’ house. The town has become a tourism destination, and only a few descendants of the Jewish refugees remain. (Emily Codik/The Washington Post)
Joe’s family arrived in Sosua in 1947, part of the last refugee group selected by the Dominican Republic Settlement Association, an organization founded by the American Jewish Joint Distribution Committee (JDC) in New York, which sought safety and relief for Jews. In 1938, Trujillo had offered to take in up to 100,000 refugees. In turn, the association funded and populated Sosua, but the outbreak of World War II and a 1941 Nazi ban on Jewish emigration meant that only about 4,000 visas were ever issued.
The association gave farmers like Joe’s father a mule, a horse, 10 cows and 75 acres of land. In the early days, urban transplants wearing wide straw hats rode horse-drawn wagons from one plot to the next.Joe told me that his father, once a furniture maker, got up at 4:30 every morning to milk his cows.
On weekends, a projector would light up at the theater in town for a matinee movie. Joe and his sister would make the two-kilometer walk back to the family farm in the dark. He never told his parents where he was going. Nobody feared anything then.
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Sosua: Haven in the Caribbean
In the 1940s, Jewish refugees fleeing the Holocaust were welcomed to the Dominican Republic by dictator Rafael Trujillo. They created the settlement of Sosua on the island’s northern coast. (U.S. Holocaust Memorial Museum)
For decades, Joe, now 76, was an executive with a successful dairy and meat cooperative founded by Sosua’s Jews. Today, he lives in a spacious house on the outskirts of town, in a plush development behind a guarded security gate. He told me how he’d slept with his windows open as a kid. He remembered the town library, the cafe, the nights when everyone gathered around a record player to listen to opera.
But I had heard those stories before. I wondered if that was all he knew.
There was a long pause. “What else is important for me to know?” I asked.
There are things you won’t find in the history books, he said.
Then he made a reference to a best-selling book I had never read, about a fictional small town where sex, gossip and scandal hide behind the pretense of paradise.
“Sosua,” he said, “was a small Peyton Place.”
I didn’t understand. What did a racy novel have to do with my family’s past?
The Codik family in the capital of the Dominican Republic circa 1940. Clockwise from top left: Bruno Codik, Irma Codik, Manfred Codik, Hella Blum and Margot Labi. (Family photo)
The Jewish refugees founded Sosua’s only synagogue, pictured in 1940. (Sosua Virtual Museum)
The few published works about Sosua read like history textbooks. But there were other texts and documents that I had never seen, and I knew where to find them.
Next door to the town synagogue that the refugees founded is a small Jewish museum. The synagogue offers services only a few times a year and isn’t visited much, and peeling paint covers the museum doors. Inside, I found a damaged photo of my Aunt Margot’s wedding. Documents on display showed the stains of age. A map of Sosua had lost one of its adhesive letters and now read only “Sosu.” A group of descendants, including Ivonne and Joe, had planned to raise funds for a renovation, but the efforts have yet to get off the ground.
The museum archives were in a tiny air-conditioned room in the back. Dozens of boxes sat on industrial steel shelves, some labeled, others not. It was overwhelming. There was so much history here, little of it digitized, none of it known to me. I started pulling tan and crinkled sheets out of folders, searching for clues.
I found a file for my Uncle Max, my Aunt Hella’s husband. Stashed inside, a form detailed my aunt’s journey from Germany to the Dominican Republic. I had to read it twice. What it said went against every story I had been told about my family’s escape from the Nazis.
They didn’t flee Berlin the night before Kristallnacht. They’d left a month earlier — Oct. 12, 1938 — and arrived in the Dominican Republic in November. A separate list of settlers revealed that the family arrived in Sosua in stages, starting in 1947, much later than I’d thought.
Erich and Erna Benjamin, Joe Benjamin’s parents, examine new kitchenware at Sosua’s general store with Max Blum, right, the writer’s uncle. (Hans Deutsch/American Jewish Joint Distribution Committee)
Children celebrate Purim in Sosua’s school, which still operates today. Hella Blum (left), the writer’s aunt, taught first grade. (Hans Deutsch/American Jewish Joint Distribution Committee)
Leaving on the eve of Kristallnacht had always been a key part of our story, a hurried exit from Berlin at just the right moment, before Nazi mobs stormed Jewish neighborhoods, killing at least 91 Jews, and anti-Semitism took a more violent and radical turn. So was their time in Sosua, but the reality was that they didn’t arrive there until after the war.
I had never asked about the timeline. Instead, I pictured them abandoning an apartment in Berlin and finding refuge in a rustic home in Sosua. It was a reminder of how stories, consciously or not, can be romanticized as we retell them, even to ourselves.
I started digging deeper into the archives, looking for anything that could provide a hint about what Joe had told me. Fraying papers, many stashed haphazardly in folders and boxes, detailed transcripts of meetings, vital records, academic papers and memos sent from Sosua to the settlement association in New York.
On one shelf, I saw a narrow light-blue box labeled “exit interviews.” Ivonne, who helps run the museum, had never seen it before, and from the looks of what was inside, nobody had seen it for years. I pulled it onto the table. Inside were several testimonials from refugees, all men, who had abandoned Sosua and were apparently questioned by the settlement association about why they’d left.
“I could not stay [sic] the sun,” said a 29-year-old Austrian.
“I had nothing to do there,” said a 27-year-old Romanian.
“The agricultural work was too hard for me,” said a 34-year-old Pole.
A settler’s two-story residence in Sosua, photographed in the 1940s. (Hans Deutsch/American Jewish Joint Distribution Committee)
Then there were two others, Tibor Meister, a 24-year-old Hungarian textile technician, and Louis Lajos Klein, a 28-year-old Czech mechanic, who cited not the town’s conditions, but tensions in Sosua that left them both feeling panicked.
Meister said he was threatened by a group of German Jews in the dormitory.
“I have been attacked by some twelve men while sleeping in my bed,” Klein said. “That is why I preferred to leave Sosua of fear they might repeat it or kill me.”
Until then, I’d heard that people left Sosua in search of better work or education. No one had ever mentioned violence. Could it have been true?
The JDC doesn’t have a record of the incident, but in “Tropical Zion: General Trujillo, FDR and the Jews of Sosua,” historian Allen Wells says the settlement association asked 45 troublemakers — “discontented colonists” whose presence was undermining morale — to leave Sosua for Ciudad Trujillo in 1942. Meister and Klein — and the others — could have been part of that group.
Among other files, I found an analysis written by former settler Ann Bandler for Columbia University in 1956. She suggested that Sosua’s administration had demonstrated an “impractical idealism”and blamed it for much of what had gone wrong. With proper planning and management, these middle-class, white-collar Europeans could have built the new life they had been promised. Instead, the early settlers had felt “dispirited and pessimistic” from the start.
Settlers at work in the garden. (Hans Deutsch/American Jewish Joint Distribution Committee)
Men build the roof of a new settler's house. (Hans Deutsch/American Jewish Joint Distribution Committee)
“They came to Sosua unprepared, unexperienced, unselected,” the document said. “It is not sufficient to benevolently take these people away from their past sufferings and only deposit them in an undeveloped area.”
A parade of experts, Bandler wrote, had made plans for Sosua, advising the refugees to plant bananas, raise livestock or grow tomatoes; that last effort resulted in such a failure that a large surplus of tomatoes spoiled and was thrown into the sea.
The land they had been instructed to develop turned out to be better suited for pasture than farming, and the Jews ended up finding success in a dairy and meat operation that — ironically — sold pork.
But the administration’s unkept promises and poor directions bred resentment, Bandler wrote, until antagonism toward it became the main bond among the settlers.
The JDC acknowledges that Sosua’s refugees faced considerable challenges. “The context under which these efforts occurred was totally unprecedented: a war raging, the Holocaust in full force and many countries closing their doors to Jews,” Linda Levi, director of the JDC archives, later wrote me in an email.
Still, with every page I read, the story that Sosua had been some sort of paradise, the story I had always been told, started to come apart.
The Jewish museum includes a town map that has lost one of its adhesive letters and now only spells “Sosu.” (Emily Codik/The Washington Post)
Documents hidden away in the archives revealed tensions I had never heard about, between Austrians and Germans, between those who lived in town and those on farms, and those who wanted to improve the community and those who wanted to abandon it and immigrate to the United States.
It wasn’t unusual for the Jews to fight among themselves. People screamed at each other at community meetings. Divisions emerged over who would be the boss and how to address the town’s problems.
On a warm night, while one refugee listened to a German radio broadcast, another became enraged by the propaganda, according to a manuscript written by a former resident, Ernest B. Hofeller. “He entered his room, ripped the radio out of its socket causing a short circuit and smashed it,” Hofeller wrote.
One main reason Sosua fell apart, several refugees said in interviews, was simple. It wasn’t only the backbreaking agricultural work, the infighting, the culture shock or the desire to find a better life in the States.
“There were very, very few girls,” refugee Ruth Kohn, 90, now living in Springfield, Va., told me. Single men had trouble finding marriageable partners in Sosua, giving them even less reason to stay. In 1942, according to the JDC, among a population of 472 were 158 single men and 38 single women.
The settlement association had looked for young men with an agricultural background who could develop the land, and women were less likely to leave Europe on their own. Trujillo also sought out men, hoping that the wave of immigrants from Europe would intermarry with Dominicans and “whiten” his nation’s people.
Settlers had to ask the administration for permission any time they wanted to leave Sosua, and the nearest major town was hours away by horseback or about an hour by car, making romance between Dominicans and Jews difficult. These conditions helped spawn cases of adultery in the small community, constantly witnessed and whispered about.
“You never knew in the morning when you woke up which young man had slept with a married woman,” Kohn said.
But it wasn’t only single men sleeping with married women. The settlers gossiped about both husbands and wives engaging in affairs, Joe Benjamin told me, and the Columbia University analysis mentioned a “sexual turpitude” that had resulted in cases of syphilis.
It made me think of a short passage in “Dominican Haven: The Jewish Refugee Settlement in Sosua,” one of the few books published about the town, that now made a lot more sense. In the 255-page book, a few paragraphs, easily overlooked, mentioned these dalliances: In 1942, doctors “warned men to stay away from bordellos and unknown women and, assuming their advice would be ignored, to use condoms.”
The bordellos in question were in Charamicos, a poor neighborhood on the south end of the beach. The refugees had populated El Batey on the north end, and those looking for sex would discreetly venture south. Today’s sex industry is completely different, employing women from across the Dominican Republic and Haiti, who take spins around town and on the beach looking for clients.
“Everything is just much more visible,” said Denise Brennan, a Georgetown University professor who wrote the book “What’s Love Got to Do With It?” about Sosua’s sex industry.
Still, it was the Jews — not the tourists blamed for Sosua’s demise — who first visited prostitutes. But that part of the story had been conveniently lost in the retelling.
A Star of David monument near the shore in Sosua commemorates its Jewish history. (Emily Codik/The Washington Post)
When I got back from Sosua, I called my Aunt Hella and told her that the archives told a different story about our family’s journey. She said that the night before Kristallnacht must have been when they arrived in the Dominican Republic, not when they left Berlin.
She told me that the first few years in the country were hard — my grandparents struggled to learn Spanish and earn money. Records the JDC sent me revealed more details: In Santo Domingo, then called Ciudad Trujillo, my grandfather tried selling tableware, peddling kitchen coal, working as a carpenter and serving as a messenger. But despite working hard, he said he still couldn’t make a living.
Maybe that’s why he decided to move to Sosua. My Aunt Hella was the first to go, after marrying my Uncle Max, one of Sosua’s early settlers, at 19. The rest followed her. Hella and Max stayed in Sosua only a few years. My grandparents lived there through the late 1950s, while my Aunt Margot and Uncle Vittorio remained until the 1960s.
It was hard getting used to life in Sosua, Aunt Hella said, but she refused to believe the story about the attack in the barracks. That must have happened before she got there, she said. She never saw any violence like that.
I asked her about the affairs.
“Yes, people would trade partners,” she said. “That was a mess.”
Why don’t people talk about those things? I told her that I’d gone to Sosua to find out what had happened. I left thinking that idealism has always been a part of the town, woven even into the stories we tell.
There were challenges in Sosua, she said, but everyone could live however they wanted, far from the Nazis and without fear of persecution.
“They were free,” she said.
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That was what mattered, of course. Sosua’s legacy is that it saved so many lives. It’s easier to hide the story’s difficult aspects in a dusty box in a locked room in a small beach town, and it’s more comfortable to remember the town as a perfect haven.
But the stories we tell ourselves become history, and the full version of what happened in Sosua is being lost. The town has become so foreign to those who left that some have vowed never to return, pushing it deep into their memories.
My Aunt Hella told me about one of the last times she visited, withher brother-in-law, Vittorio, more than a decade ago. She stood in the middle of the town, stunned at how things had changed, and turned to her brother-in-law.
“Let’s forget about this,” she said.
This story was supported by a grant from the Pulitzer Center on Crisis Reporting.
+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++Pensé que sabía cómo mi familia escapó del Holocausto. La verdad estaba escondida en una ciudad dominicana.
Por Emily Codik 17 de octubre a las 7:00 AM Vea imágenes de un pueblo dominicano que se convirtió en hogar de refugiados judíos durante la Segunda Guerra Mundial y más allá. Ver fotos La historia personal de una familia de huir del Holocausto y asentarse en la pequeña ciudad de Sosua en la República Dominicana. La noche anterior a Kristallnacht, la tristemente célebre fecha de noviembre de 1938, cuando las sinagogas ardieron en Alemania y los nazis arrestaron a decenas de miles de judíos, la familia de mi padre escapó de Berlín y huyó a uno de los pocos lugares del mundo dispuestos a acoger refugiados judíos. Se instalaron en Sosua, un remoto pueblo costero en la costa norte de la República Dominicana, cuyo dictador, Rafael Trujillo, había ofrecido seguridad a los judíos para una promesa de desarrollar la tierra. Esta es la historia que escuché innumerables veces. "Era un paraíso", decía mi tía Hella de 89 años, tejiendo el patrimonio de mi familia en una parte poco conocida de la historia del Holocausto. Pero la historia nunca tuvo sentido por completo.
Como se me dijo, un pequeño país caribeño salvó a mi familia en un momento en que naciones más poderosas como Estados Unidos y Gran Bretaña se negaban a hacer lo mismo. A cambio, los judíos transformaron una costa de la jungla en un asentamiento pacífico con un hospital y una escuela. Mi abuelo, un vendedor por oficio, se convirtió en el panadero del pueblo. Cientos de otros, contadores, enfermeras, sastres, aprendieron a montar caballos y limpiar caminos. La historia siempre terminó de la misma manera y con poca explicación. Sosua había sido arruinada, me dijeron, sus calles invadidas por prostitutas y extranjeros. La ciudad se había convertido en un destino para el turismo sexual, corrompido por carteristas y drogas. Mi familia se alejó, como muchos otros, y nunca regresó. Mi padre vive en Santo Domingo, donde fui criado, y sus padres y dos hermanas terminaron en Miami. La gente a menudo se sorprende cuando les digo que soy judía y dominicana, y todavía no he conocido a nadie que sepa de Sosua. "Nunca olvides", dicen las personas sobre el Holocausto. Pero esta parte de la historia judía se ha perdido casi por completo, y la historia que me contaron parecía incompleta.
Pensé que sabía el principio y el final. En julio, me fui a Sosua para averiguar el resto. Rápidamente quedó claro por qué tantos decidieron olvidarse. FOTOS Cuando los colonos llegaron a Sosúa, la playa estaba deshabitada. A menudo, tendrían toda la zona para ellos. (Hans Deutsch / Comité de distribución conjunta judío estadounidense)
La playa principal de Sosua es ahora un destino tanto para extranjeros como para locales. (Emily Codik / The Washington Post) Lo primero que quería ver era la playa. Recordé haber visto fotos de la familia de mi padre a lo largo de la costa. Los refugiados colgaron su ropa en árboles de uva de mar y se adentraron en las aguas poco profundas. Después de la escuela, los niños del pueblo solían tener la playa para ellos. Mi padre me advirtió que me mantuviera alejado. La playa, dijo, se había convertido en un sitio para la prostitución y el crimen. ¿Podría realmente ser tan peligroso? Me acordé de ir allí cuando era niño, pero no había vuelto a la ciudad en más de una década. Le pregunté a Ivonne Strauss de Milz, una amiga de la familia y un descendiente de refugiados que vive en Sosúa, que me lleve allí. "¿Ese es el bolso que estás llevando?" Preguntó, luego me ordenó cerrarla.
La orilla estaba cubierta de paraguas y sillas de playa, diseminados frente a cientos de chozas que vendían puros, recuerdos, cerveza Presidente y afrodisíacos dominicanos. No se veía tan inseguro. Pero alrededor de la playa, varias personas me dijeron más tarde, los turistas pueden encontrar cualquier tipo de sexo que quieran: heterosexual, gay, sexo con personas trans, incluso sexo ilegal con menores. La prostitución ha sido durante mucho tiempo parte de la cultura dominicana, pero en ningún lugar se siente más arraigada que en Sosua. En otros lugares, la industria existe en los grises de la vida, en gran parte no regulados, ampliamente conocidos pero rara vez vistos. El comercio sexual se inició allí en los años 80 y 90, después de que un aeropuerto cercano se abriera y turistas extranjeros inundaran la ciudad. En las próximas décadas, la industria hotelera se disparó, y las mujeres dominicanas, que enfrentan perspectivas laborales precarias y poco seguras, se dirigieron a Sosúa con la esperanza de encontrar un trabajo más rentable. A medida que aumentó la prostitución, atrajo a más turistas en busca de sexo, y la ciudad se hizo famosa por ser un importante destino de turismo sexual. Hoy, a pocos pasos de la playa, en la calle principal de la calle Pedro Clisante, decenas de prostitutas se alinean en la acera frente a los animados restaurantes al aire libre y bares llenos de hombres extranjeros. "Sosua tiene un antes y un después", dijo Alexandra Lister, gerente de un programa con CEPROSH, una organización de salud con sede en Puerto Plata, que trabajó con trabajadoras sexuales en la región desde la década de 1990. "Y el 'después' no es bonito". Muchos locales de toda la vida, como Ivonne, están molestos de que la prostitución haya consumido la reputación de Sosua. Los esfuerzos para desalentar el comercio han fracasado, y su prevalencia significa que los negocios de la ciudad (hoteles, restaurantes, cafeterías) se benefician de ello, ya sea que los dueños condonen el trabajo sexual o no. Mientras huíamos, Ivonne señaló un hotel. Era un edificio de tres pisos, pintado de verde lima y blanco, donde dijo que la casa de mis abuelos había estado alguna vez en pie.
Un hombre llamado Joe Benjamin había vivido al lado. Antes de mi viaje, varias personas me dijeron que hablara con él. Entendió por qué Sosúa había cambiado. Él era el que iba a ver a continuación. FOTOS La casa de Sosua, parte trasera, de Bruno e Irma Codik, abuelos del escritor, se encontraba cerca de la panadería y Café Oasis, un lugar de reunión que ofrece café y platos europeos. (Museo virtual de Sosua)
Hoy, un hotel de tres pisos ha reemplazado la casa de los Codiks. La ciudad se ha convertido en un destino turístico, y solo quedan unos pocos descendientes de los refugiados judíos. (Emily Codik / The Washington Post) La familia de Joe llegó a Sosúa en 1947, parte del último grupo de refugiados seleccionado por la Asociación de Colonización de la República Dominicana, una organización fundada por el Comité Judío Conjunto de distribución estadounidense (JDC) en Nueva York, que buscaba seguridad y alivio para los judíos. En 1938, Trujillo había ofrecido acoger hasta 100,000 refugiados. A su vez, la asociación financió y pobló Sosua, pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial y una prohibición nazi de 1941 sobre la emigración judía significaron que solo se emitieron unas 4,000 visas. La asociación dio a los agricultores como el padre de Joe una mula, un caballo, 10 vacas y 75 acres de tierra. En los primeros días, los trasplantes urbanos con grandes sombreros de paja iban en carretas tiradas por caballos de una parcela a la siguiente. Joe me contó que su padre, una vez fabricante de muebles, se levantaba a las 4:30 cada mañana para ordeñar sus vacas.
Los fines de semana, un proyector se enciende en el teatro de la ciudad para una película matinée. Joe y su hermana harían la caminata de dos kilómetros a la granja familiar en la oscuridad. Nunca les dijo a sus padres a dónde iba. Nadie temía nada entonces. En la década de 1940, el dictador Rafael Trujillo dio la bienvenida a la República Dominicana a los refugiados judíos que huían del Holocausto. Crearon el asentamiento de Sosua en la costa norte de la isla. (Museo conmemorativo del holocausto de los Estados Unidos) Durante décadas, Joe, que ahora tiene 76 años, fue un ejecutivo con una exitosa cooperativa láctea y cárnica fundada por los judíos de Sosua. Hoy, él vive en una casa espaciosa en las afueras de la ciudad, en un desarrollo lujoso detrás de una puerta de seguridad vigilada. Me contó cómo se había dormido con sus ventanas abiertas cuando era niño. Recordó la biblioteca de la ciudad, el café, las noches en que todos se reunían alrededor de un tocadiscos para escuchar la ópera. Pero ya había escuchado esas historias. Me pregunté si eso era todo lo que sabía. Hubo una larga pausa. "¿Qué más me importa saber?", Pregunté. Hay cosas que no encontrarás en los libros de historia, dijo. Luego hizo referencia a un libro best-seller que nunca había leído, sobre una pequeña ciudad de ficción donde el sexo, los chismes y el escándalo se esconden detrás del fingimiento del paraíso. "Sosua", dijo, "era un pequeño lugar de Peyton".
No entendi ¿Qué tuvo que ver una novela picante con el pasado de mi familia? La familia Codik en la capital de la República Dominicana hacia 1940. En el sentido de las agujas del reloj desde la esquina superior izquierda: Bruno Codik, Irma Codik, Manfred Codik, Hella Blum y Margot Labi. (Foto de familia) Los refugiados judíos fundaron la única sinagoga de Sosúa, representada en 1940. (Museo Virtual de Sosua) Los pocos trabajos publicados sobre Sosua se leen como libros de texto de historia. Pero había otros textos y documentos que nunca había visto, y sabía dónde encontrarlos. Al lado de la sinagoga de la ciudad que los refugiados fundaron es un pequeño museo judío. La sinagoga ofrece servicios solo unas pocas veces al año y no se visita mucho, y la pintura descascarada cubre las puertas del museo. En el interior, encontré una foto dañada de la boda de mi tía Margot. Los documentos en pantalla mostraban las manchas de la edad. Un mapa de Sosúa había perdido una de sus letras adhesivas y ahora solo leía "Sosu". Un grupo de descendientes, incluyendo a Ivonne y Joe, habían planeado recaudar fondos para una renovación, pero los esfuerzos todavía no han comenzado. Los archivos del museo estaban en una pequeña habitación con aire acondicionado en la parte de atrás. Docenas de cajas se sentaron en estantes de acero industrial, algunas etiquetadas, otras no. Fue abrumador Había tanta historia aquí, poco digitalizada, nada de lo que sabía. Empecé a sacar hojas bronceadas y arrugadas de las carpetas, buscando pistas. Encontré un archivo para mi tío Max, el esposo de mi tía Hella. Inmerso en el interior, una forma detallada del viaje de mi tía desde Alemania a la República Dominicana. Tuve que leerlo dos veces. Lo que dijo fue contra cada historia que me habían contado sobre la fuga de mi familia de los nazis.
No huyeron de Berlín la noche anterior a Kristallnacht. Se habían ido un mes antes, el 12 de octubre de 1938, y habían llegado a la República Dominicana en noviembre. Una lista separada de colonos reveló que la familia llegó a Sosua por etapas, a partir de 1947, mucho más tarde de lo que pensaba. Erich y Erna Benjamin, los padres de Joe Benjamin, examinan nuevos utensilios de cocina en la tienda general de Sosua con Max Blum, a la derecha, el tío del escritor. (Hans Deutsch / Comité de distribución conjunta judío estadounidense) Los niños celebran a Purim en la escuela de Sosúa, que todavía funciona hoy. Hella Blum (izquierda), la tía del escritor, enseñó primer grado. (Hans Deutsch / Comité de distribución conjunta judío estadounidense) Salir en la víspera de Kristallnacht siempre había sido una parte clave de nuestra historia, una salida apresurada de Berlín en el momento justo, antes de que las turbas nazis irrumpieran en barrios judíos, matando al menos a 91 judíos, y el antisemitismo tomó un tono más violento y radical giro. Así fue su tiempo en Sosua, pero la realidad es que no llegaron allí hasta después de la guerra. Nunca había preguntado sobre la línea de tiempo. En cambio, me las imaginé abandonando un apartamento en Berlín y encontrando refugio en una casa rústica en Sosua. Era un recordatorio de cómo las historias, conscientemente o no, pueden ser romantizadas a medida que las volvemos a contar, incluso a nosotros mismos. Empecé a profundizar en los archivos, buscando cualquier cosa que pudiera proporcionar una pista sobre lo que Joe me había dicho. Exfoliantes, muchos escondidos al azar en carpetas y cajas, transcripciones detalladas de reuniones, registros vitales, documentos académicos y notas enviadas desde Sosua a la asociación de asentamientos en Nueva York. En una estantería, vi un cuadro azul claro marcado como "entrevistas de salida". Ivonne, que ayuda a dirigir el museo, nunca había visto antes, y por lo que había dentro, nadie lo había visto durante años. Lo puse sobre la mesa. Dentro había varios testimonios de refugiados, todos hombres, que habían abandonado Sosua y aparentemente fueron interrogados por la asociación de asentamiento sobre por qué se habían ido. "No podía permanecer [sic] el sol", dijo un austriaco de 29 años. "No tuve nada que hacer allí", dijo un rumano de 27 años.
"El trabajo agrícola fue muy difícil para mí", dijo un polaco de 34 año La residencia de dos pisos de un colono en Sosua, fotografiada en la década de 1940. (Hans Deutsch / Comité de distribución conjunta judío estadounidense) Luego estuvieron otros dos, Tibor Meister, un técnico textil húngaro de 24 años y Louis Lajos Klein, un mecánico checo de 28 años, que no citó las condiciones de la ciudad, pero las tensiones en Sosua que los dejaron a ambos se sintieron presa del pánico . Meister dijo que fue amenazado por un grupo de judíos alemanes en el dormitorio. "Fui atacado por unos doce hombres mientras dormía en mi cama", dijo Klein. "Es por eso que prefiero dejar a Sosua de miedo de que puedan repetirlo o matarme". Hasta entonces, había escuchado que la gente se fue de Sosúa en busca de mejor trabajo o educación. Nadie había mencionado la violencia. ¿Podría haber sido cierto? El JDC no tiene registro del incidente, pero en "Tropical Zion: General Trujillo, FDR y los judíos de Sosua", el historiador Allen Wells dice que la asociación de asentamiento le preguntó a los 45 alborotadores - "colonos descontentos" cuya presencia estaba socavando la moral - para dejar Sosua hacia Ciudad Trujillo en 1942. Meister y Klein, y los demás, podrían haber formado parte de ese grupo.
Entre otros archivos, encontré un análisis escrito por la ex colono Ann Bandler para la Universidad de Columbia en 1956. Ella sugirió que la administración de Sosua había demostrado un "idealismo impráctico" y lo culpó por gran parte de lo que había salido mal. Con una planificación y gestión adecuadas, estos europeos de clase media, de cuello blanco, podrían haber construido la nueva vida que les habían prometido. En cambio, los primeros pobladores se sintieron "desanimados y pesimistas" desde el principio. Colonos en el trabajo en el jardín. (Hans Deutsch / Comité de distribución conjunta judío estadounidense) Los hombres construyen el techo de la casa de un nuevo colono. (Hans Deutsch / Comité de distribución conjunta judío estadounidense) "Vinieron a Sosua sin preparación, sin experiencia, sin seleccionar", dijo el documento. "No es suficiente benevolentemente sacar a estas personas de sus sufrimientos pasados y solo depositarlas en un área no desarrollada". Un desfile de expertos, escribió Bandler, había hecho planes para Sosua, aconsejando a los refugiados plantar plátanos, criar ganado o cultivar tomates; ese último esfuerzo resultó en una falla tal que un gran excedente de tomates se echó a perder y fue arrojado al mar. La tierra que habían sido instruidos para desarrollar resultó ser más adecuada para los pastos que la agricultura, y los judíos terminaron encontrando el éxito en una operación de productos lácteos y carne que, irónicamente, vendió carne de cerdo. Pero las promesas olvidadas de la administración y sus malas direcciones generaron resentimiento, escribió Bandler, hasta que el antagonismo hacia ella se convirtió en el principal vínculo entre los colonos. El JDC reconoce que los refugiados de Sosua enfrentaron considerables desafíos. "El contexto bajo el cual ocurrieron estos esfuerzos fue totalmente sin precedentes: una guerra furiosa, el Holocausto en plena vigencia y muchos países cerraron sus puertas a los judíos", Linda Levi, directora de los archivos de JDC, más tarde me escribió en un correo electrónico.
Sin embargo, con cada página que leí, la historia de que Sosua había sido una especie de paraíso, la historia que siempre me habían contado, comenzó a desmoronarse. El museo judío incluye un mapa de la ciudad que ha perdido una de sus letras adhesivas y ahora solo hechizos "Sosu". (Emily Codik / The Washington Post) Los documentos escondidos en los archivos revelaron tensiones de las que nunca había oído hablar, entre austríacos y alemanes, entre los que vivían en la ciudad y los que estaban en las granjas, y aquellos que querían mejorar la comunidad y aquellos que querían abandonarla e inmigrar a los Estados Unidos Estados No era raro que los judíos pelearan entre ellos. La gente se gritaba en las reuniones comunitarias. Aparecieron divisiones sobre quién sería el jefe y cómo abordar los problemas de la ciudad. En una noche cálida, mientras un refugiado escuchaba una transmisión de radio alemana, otro se enfureció con la propaganda, según un manuscrito escrito por un antiguo residente, Ernest B. Hofeller. "Entró a su habitación, arrancó la radio de su zócalo causando un cortocircuito y lo rompió", escribió Hofeller. Una razón principal por la que Sosúa se desmoronó, varios refugiados dijo en entrevistas, era simple. No fue solo el agotador trabajo agrícola, las luchas internas, el choque cultural o el deseo de encontrar una vida mejor en los Estados Unidos. "Hubo muy, muy pocas niñas", me dijo la refugiada Ruth Kohn, de 90 años, que ahora vive en Springfield, Virginia. Los hombres solteros tuvieron problemas para encontrar parejas casaderas en Sosua, lo que les dio aún menos motivos para quedarse. En 1942, según el JDC, entre una población de 472 eran 158 hombres solteros y 38 mujeres solteras. La asociación de asentamiento había buscado hombres jóvenes con formación agrícola que pudieran desarrollar la tierra, y las mujeres tenían menos probabilidades de abandonar Europa por su cuenta. Trujillo también buscó hombres, con la esperanza de que la ola de inmigrantes europeos se casara con dominicanos y "blanquee" a la gente de su nación.
Los colonos debían pedir permiso a la administración cada vez que querían irse de Sosúa, y la ciudad principal más cercana estaba a unas horas a caballo o aproximadamente a una hora en automóvil, dificultando el romance entre dominicanos y judíos. Estas condiciones ayudaron a engendrar casos de adulterio en la comunidad pequeña, constantemente presenciado y susurrado. "Nunca supiste por la mañana cuando despertaste qué joven se había acostado con una mujer casada", dijo Kohn. Pero no solo los hombres solteros estaban durmiendo con mujeres casadas. Los colonos chismorreaban sobre maridos y esposas involucrados en asuntos, me dijo Joe Benjamin, y el análisis de la Universidad de Columbia mencionaba una "bajeza sexual" que había resultado en casos de sífilis. Me hizo pensar en un breve pasaje en "Dominican Haven: The Jewish Refugee Settlement in Sosua", uno de los pocos libros publicados sobre la ciudad, que ahora tenía mucho más sentido. En el libro de 255 páginas, unos pocos párrafos, fácilmente pasados por alto, mencionaron estos deseos: en 1942, los médicos "advirtieron a los hombres que se mantuvieran alejados de los burdeles y mujeres desconocidas y, si sus consejos fueran ignorados, usar condones". Los burdeles en cuestión estaban en Charamicos, un barrio pobre en el extremo sur de la playa. Los refugiados habían poblado El Batey en el extremo norte, y aquellos que buscaban sexo se aventuraban discretamente al sur. La industria del sexo de hoy en día es completamente diferente, empleando a mujeres de toda la República Dominicana y Haití, que toman giros por la ciudad y en la playa en busca de clientes. "Todo es mucho más visible", dijo Denise Brennan, una profesora de la Universidad de Georgetown que escribió el libro "¿Qué tiene que ver el amor con él?" Sobre la industria sexual de Sosua.
Aun así, fueron los judíos, no los turistas culpables de la desaparición de Sosua, quienes visitaron por primera vez a las prostitutas. Pero esa parte de la historia se había perdido convenientemente en el recuento. Un monumento de la Estrella de David cerca de la orilla en Sosúa conmemora su historia judía. (Emily Codik / The Washington Post) Cuando volví de Sosua, llamé a mi tía Hella y le dije que los archivos contaban una historia diferente sobre el viaje de nuestra familia. Dijo que la noche anterior a Kristallnacht debe haber sido cuando llegaron a la República Dominicana, no cuando salieron de Berlín. Me contó que los primeros años en el país fueron difíciles: mis abuelos lucharon por aprender español y ganar dinero. Los registros que el JDC me envió revelaron más detalles: en Santo Domingo, entonces llamado Ciudad Trujillo, mi abuelo intentó vender vajillas, vender carbón de cocina, trabajar como carpintero y servir como mensajero. Pero a pesar de trabajar duro, dijo que todavía no podía ganarse la vida. Quizás por eso decidió mudarse a Sosua. Mi tía Hella fue la primera en ir, después de casarse con mi tío Max, uno de los primeros colonos de Sosua, a los 19. El resto la siguió. Hella y Max se quedaron en Sosua solo unos años. Mis abuelos vivieron allí a finales de la década de 1950, mientras que mi tía Margot y el tío Vittorio se quedaron hasta la década de 1960. Era difícil acostumbrarse a la vida en Sosua, dijo la tía Hella, pero se negó a creer la historia sobre el ataque en los cuarteles. Eso debe haber sucedido antes de que llegara, dijo. Ella nunca vio violencia como esa. Le pregunté sobre los asuntos. "Sí, las personas intercambiarían socios", dijo. "Eso fue un desastre". ¿Por qué la gente no habla de esas cosas? Le dije que había ido a Sosua para averiguar qué había sucedido. Me fui pensando que el idealismo siempre ha sido parte de la ciudad, incluso en las historias que contamos. Hubo desafíos en Sosua, dijo, pero todos podían vivir como quisieran, lejos de los nazis y sin miedo a la persecución.
"Eran libres", dijo. Eso era lo que importaba, por supuesto. El legado de Sosua es que salvó tantas vidas. Es más fácil ocultar los aspectos difíciles de la historia en una caja polvorienta en una habitación cerrada en una pequeña ciudad costera, y es más cómodo recordar la ciudad como un refugio perfecto. Pero las historias que nos contamos se convierten en historia, y la versión completa de lo que sucedió en Sosúa se está perdiendo. La ciudad se ha vuelto tan extraña para los que se fueron que algunos han prometido no volver jamás, empujándola profundamente en sus recuerdos. Mi tía Hella me contó sobre una de las últimas veces que visitó, con su cuñado, Vittorio, hace más de una década. Se paró en medio de la ciudad, aturdida de cómo habían cambiado las cosas, y se volvió hacia su cuñado. "Olvidémonos de esto", dijo ella. Esta historia fue respaldada por una subvención del Centro Pulitzer sobre Crisis Reporting. ......
Emily Codik es una editora asistente para Weekend y la guía Going Out. Sigue a @emilycodik