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lunes, 5 de diciembre de 2022

Frank Moya Pons resalta los aportes del nuevo libro de Juan Lladó

CIUDAD

Frank Moya Pons resalta los aportes del nuevo libro de Juan Lladó

Palabras de presentación de la obra de Juan Lladó “Centro Histórico de Santo Domingo: Herencias Coloniales y Orígenes de la Nación Dominicana”

Por SERVICIOS DE ACENTO.COM.DO 

Frank Moya Pons

El jueves 1 de diciembre fue puesto en circulación el libro “Centro Histórico de Santo Domingo: Herencias Coloniales y Orígenes de la Nación Dominicana”, del economista y reputado consultor en turismo Juan Lladó.

El historiado Frank Moya Pons tuvo a su cargo la presentación de la obra. A continuación su discurso:

Señoras, señores…:

Cuando los reyes y príncipes eran la encarnación del Estado emergieron en Europa, en los siglos XVI y XVII, varias generaciones de escritores que acostumbraban a proponer soluciones a los problemas materiales de los reinos.

Muchos lo hacían de manera gratuita buscando complacer al príncipe señalándole nuevos caminos de enriquecimiento y poder, además de ofrecerle sugerencias para enfrenar ciertas urgencias sociales.

Siendo aquella la época en que también emergían las monarquías absolutas, muchos de estos intelectuales se atrevían a proponer fórmulas de acción estatal complacientes al príncipe, esto es, a la Corona, aun fuera en detrimento de la población subalterna.

Estos hombres fueron llamados “arbitristas” en razón de que sus propuestas emanaban de su arbitrio, esto es, de la propia reflexión de sus conciencias individuales.

Fue tanta la abundancia de consejos que los reyes recibían para su exclusivo provecho que algunos escritores, filósofos, moralistas llegaron dudar del beneficio que los consejos de los arbitristas pudieran dar al hombre común (no utilizo aquí la palabra intelectual porque no tenía entonces el significado que tiene hoy).

Por ejemplo, el famoso Diccionario de Autoridades de la lengua española, publicado inicialmente por la Real Academia Española en 1726, define al arbitrista como “el que discurre y propone medios para acrecentar el Erario público, o las rentas del Príncipe. Viene del nombre Arbitrios, pero esta voz comúnmente se toma en mala parte, y con universal aversión, respecto de que por lo regular los arbitristas han sido mui perjudiciales a los Príncipes, y muy gravosos al común sus trazas y arbitrios”.

Lladó, como todos ustedes saben, es un destacado especialista en educación y turismo que su doctorado en la Universidad de Harvard hace ya más de cuarenta años, habiendo escrito y publicado varios estudios antológicos sobre este tema.

Esa definición clásica choca mucho con el uso que le dan a esa palabra en México y otras partes de América Latina aquellos que ven en la consejería pública una virtud ciudadana cuando se lleva a cabo con sólida ilustración y fundamentos y buena intención.

Aun cuando en España y en otras partes del mundo hispanohablante todavía se utiliza el término “arbitrista” con un significado heredado del Diccionario de Autoridades, pues todavía se le asocia con la costumbre de proponer planes y proyectos “disparatados y empíricos”, hoy el arbitrista ya no es percibido tan negativamente pues existen en todos nuestros países numerosos hombres y mujeres de sólida formación y originalidad de ideas que continuamente aportan, en público y en privado, contribuciones prácticas inteligentes, bien fundadas y desinteresadas.

Por ello, la última edición del Diccionario de la Lengua Españolade la Real Academia, de 2020, define al arbitrista como aquella persona que “en los siglos XVI y XVII elevaba memoriales al rey o las Cortes con propuestas de arbitrios de todo género para resolver problemas de la Hacienda y del Estado”.

 Juan Lladó. Foto. Mery Ann Escolástico. Acento.com.do
Juan Lladó. Foto. Mery Ann Escolástico. Acento.com.do

Hubo un tiempo, a principios del siglo pasado, en que a los arbitristas les llamaban “publicistas” por la costumbre de publicar en periódicos y revistas sus consejos y sugerencias, propuestas y esquemas, con ánimo de influir, no solo en los gobernantes sino también en el público lector, en la ciudadanía.

Es lástima que esa palabra haya caído en desuso porque refleja mejor, o significa más precisamente, lo que hemos venido diciendo acerca de los arbitristas y, en el caso que nos ocupa, del autor de esta obra, el distinguido amigo Juan Lladó, a quien la definición de “publicista” del diccionario le ajusta precisamente.

Según la Real Academia Española, publicistas es aquel “autor que escribe del derecho público o persona muy versada en esta ciencia”. Es también “persona que escribe para el público, generalmente de varias materias”. También se le llama así en las Américas a aquellos que ejercen la publicidad como profesión, pero esa no es la acepción que conviene a lo que ahora estamos dilucidando.

Teniendo conciencia de estas sutilezas lingüísticas, y partiendo de una diferenciación definitoria entre los arbitristas y publicistas de ayer y de hoy (desde los siglos XVI y XVII hasta el XXI), es que me permito sugerir que llamemos a Juan Lladó “el buen arbitrista o el gran publicista”, porque si hay alguien que se destaca por encima de la mayoría de sus contemporáneos en el ejercicio de un apostolado y evangelismo ciudadano proponiendo soluciones a cuantos problemas afectan a la ciudadanía, ese es nuestro distinguido amigo Juan Lladó.

Ustedes y yo, queridos amigos, que hemos venido a celebrar este libro del doctor Lladó estamos aquí, creo yo, por la amistad que le profesamos, ciertamente, pero también por la admiración que nos produce la lectura de sus innumerables artículos en los periódicos y revistas, tanto en papel como digitales, cada uno de los cuales es una lección de economía, educación, sociología, historia, tecnología, ecología, geografía o turismo, para nada más mencionar algunas de la múltiples áreas que Juan Lladó domina profesionalmente.

Al igual que muchos de ustedes, recibo por internet casi diariamente sus eruditos textos que un día hablan sobre el desarrollo de la industria turística y el impacto que tienen en ella la salinización de los acuíferos en la zona de Bávaro y Punta Cana, el desastre del sistema educativo nacional, la evolución de las tasas monetarias, la competencia de otros mercados, el manejo del sargazo, la guerra de Ucrania, la expansión del mercado de cruceros, en fin, temas esos sobre los cuales Lladó ha escrito mucho y ha tenido a bien recogerlos en un volumen que puso a circular hace varias semanas para deleite de sus numerosos lectores y admiradores.

Lladó, como todos ustedes saben, es un destacado especialista en educación y turismo que su doctorado en la Universidad de Harvard hace ya más de cuarenta años, habiendo escrito y publicado varios estudios antológicos sobre este tema.

Su curriculum académico es uno de los más impresionantes que es dable encontrar en la República Dominicana. Obtuvo dos diplomas de estudios secundarios, uno en el Colegio La Salle, en Santo Domingo, en 1965, y otro en Deering High School, en Portland, Maine, al año siguiente. Más adelante obtuvo su licenciatura en humanidades en la Universidad de Brandeis en 1971, y un año más tarde terminó una maestría en educación en la Universidad de Harvard, la cual le abrió las puertas para proseguir estudios de doctorado en esa misma academia, en donde recibió su PhD en 1977.

Durante algunos años estuvo realizando estudios sobre el sistema educativo para clientes dominicanos y extranjeros, incluido el Estado dominicano, pero rápidamente fue evolucionando hasta que se montó en la ola del desarrollo turístico del país, en donde ha producido numerosos estudios técnicos y ha laborado como consultor y asesor de numerosos organismos y empresas nacionales y extranjeros, llegando a desempeñarse como subsecretario de turismo en 1981 y 1982.

Desde entonces Lladó combina sus labores de consultor con las de publicista y ha hecho de esta segunda parte de su vida un evangelio en favor del desarrollo turístico del país.

Productos de esas tareas y de la enorme experiencia acumulada durante tantos años, y de sus reflexiones sobre las mejores vías para mantener una industria turística sostenible, son su libro de reciente circulación ya mencionado (Retos del sector turístico dominicano, vol. II), y esta obra sobre el centro histórico de Santo Domingo que nos reúne aquí hoy.

Al igual que el libro anterior, esta obra es una recopilación de artículos publicados en el muy importante periódico digital Acento. Una obra en la que se entrelazan la historia y la política, la cultura y la ingeniería, todas guiadas por una voluntad de conseguir que las cosas se hagan bien para que la llamada ciudad colonial (zona colonial) termine de rescatar su patrimonio histórico y se haga digna de ser rebautizada como “Centro Histórico de Santo Domingo”.

Esta es una denominación por cuya adopción pública Juan Lladó ha luchado tenazmente y, en cierto modo, este libro es una gran pieza argumental para que las autoridades municipales o nacionales adopten ese nombre.

Lladó sabe que no todo el mundo comparte sus argumentos aun cuando los presenta como propuestas para la elaboración de una estrategia oficial para convertir al viejo Santo Domingo colonial en un digno émulo de ciudades menos antiguas como Cartagena, Veracruz y La Habana, para solo mencionar unas pocas.

Lo que hace de este libro una pieza de atractiva lectura es que su autor va entretejiendo capítulos de historia con propuestas “arbitristas”, esto es, con sugerencias de política económica y cultural conformando un recetario del que bien podrían nutrirse quienes han gobernado y gobiernan el cabildo de la ciudad y los ministerios de turismo, cultura, educación y medio ambiente, lo mismo que los voluntariados y direcciones de los museos establecidos en el antiguo espacio colonial.

Al leer tantas propuestas constructivas y observar que muy pocas de ellas son puestas en práctica por quienes manejan la ciudad colonial, a veces pienso que a Juan Lladó le ocurre lo que también les ocurrió a muchos arbitristas y publicistas cuyas ideas no eran acogidas por los oídos oficiales porque enfrentaban grandes intereses o poderosas personalidades contrarias a sus argumentos.

Tal vez Lladó no haya ayudado mucho en ese sentido dada la verticalidad de su personalidad y su manera directa de expresar las cosas, sin medias tintas y sin tonos ambivalentes. Juan Lladó posee una personalidad que choca mucho con un rasgo casi universal en la cultura dominicana que es el de la resistencia a aceptar ideas nuevas si no vienen acompañadas de un lubricante de relaciones personales primarias. Entrenado en un mundo regido por las meritocracias, Lladó llama pan al pan y vino al vino, y no se anda con medias tintas cuando se trata de explicar o defender su ideas.

Creo que Fausto Rosario y sus colaboradores en Acento, como Gustavo Olivo, aquí presente, le están haciendo un gran servicio al país recogiendo todos estos artículos para que puedan ser leídos y captados en su variedad temática y su coherencia total, de manera que puedan ser utilizados como recetario para el diseño de nuevas políticas para la sostenibilidad turística de la nación y enriquecimiento de la zona colonial, bien llamada por Juan Lladó “Centro Histórico de Santo Domingo.

Gran parte de este libro, como su título indica, está dedicado a promover la idea de lograr una adecuación mayor al turismo de la zona más antigua de la ciudad, hasta ahora conocida como Zona Colonial. En una de las más fértiles secciones de la obra Lladó nos recuerda que “en las últimas décadas, hablar sobre la Ciudad Colonial se ha tornado consustancial con el turismo” y “en términos generales, el imaginario popular ya asocia a la Ciudad Colonial como sinónimo de la visita de extranjeros que vienen a conocer los vestigios de nuestro ayer”.

“Nos ufanamos, dice Lladó, por tanto, de que la Ciudad Primada de América sea un destino turístico en sí misma, aunque marginal cuando se le compara con el volumen de visitantes que atraen nuestros resorts de playa. Sin embargo, “la Ciudad Colonial ya ha desplazado a la isla Saona, la cual recibe más de 400,000 visitantes al año, como el principal destino de las excusiones por tierra que hacen los turistas extranjeros que se hospedan en los resorts.

“En el 2016 la Ciudad Colonial recibió unos 590,000 extranjeros, cerca de 182 mil más que cinco años antes, lo cual representó un aumento de un 15% con relación al año anterior. Durante el primer semestre del año 2017 el incremento fue de un 12%, para un total de 382,005 extranjeros”.

Hoy cinco años después, esos números han aumentado y sería muy grato y útil si nuestro apreciado autor quisiera actualizarlos para beneficio de todos sus lectores, incluidos nosotros.

Antes de la pandemia había, en la ciudad intramuros, más de 800 habitaciones turísticas disponibles “repartidas en hoteles pequeños” que atendían, y atienden principalmente a gente de negocios y turistas más curiosos que los que se quedan en los hoteles de Bávaro y Punta Cana, cuya presencia en la zona se concentra en los monumentos y sitios históricos y las muchas tiendas de suvenires, joyas, tabacos y baratijas. Eso nos da una idea de la vigorosa dinámica económica de este Centro Histórico.

En el capítulo central de su obra Lladó dice que se limita a ofrecer una reinterpretación de cuatro aspectos fundamentales: 1) el nombre de la Ciudad Colonial (que ya hemos señalado), 2) la misión del recinto en el contexto nacional e internacional, 3) la Ciudad Colonial como “ciudad viva”, y 4) la organización para la gobernanza.

Esos cuatro temas son el corazón de este libro, consumen un gran número de páginas y dominan todos los demás asuntos, además de que le sirven a Lladó para mantener al lector concentrado en su propuesta maestra de cambiar el nombre de la zona colonial por el de Centro Histórico de Santo Domingo.

Y la verdad es que, después de leer sus argumentos y los datos que aporta para sustanciarlos, es difícil no estar de acuerdo con él en cuanto al nombre que propone para el casco antiguo de la ciudad, aun cuando en ocasiones se deja llevar de su hiperactiva imaginación creadora y propone políticas que, aunque inteligentes y muy bien intencionadas, es fácil prever que chocarían con grandes intereses, particularmente, intereses burocráticos oficiales.

 Alcázar de Colón. Fotografía de José Bujosa Mieses (Chino).
Alcázar de Colón. Fotografía de José Bujosa Mieses (Chino).

Pero, en fin, ese es el trabajo de los arbitristas/publicistas ¿no es así?: proponer esquemas de construcción y cambio de sus sociedades, (sean o no de fácil ejecución, pero sí plausibles), en espera de que el príncipe, esto es, el Estado (los gobernantes) se convenzan de sus bondades y se lancen a la ejecución de esos planes, como ocurrió con la restauración y puesta en valor de la zona colonial que se puso en marcha en 1967 y prosigue aun en estos mismos días.

Señoras, señores: Tengo clara conciencia de que esta rápida presentación no hace la debida justicia a esta riquísima obra, preñada de ideas y propuestas patrióticas aportadas por una persona ilustrada que vive en la zona colonial, la recorre a pie día tras día, la conoce histórica y socialmente, aprecia sus posibilidades de crecimiento económico y tiene la formación profesional y la solidez intelectual para diseñar buenas políticas de puesta en valor de este centro histórico que bien puede ser considerado único, por su antigüedad, entre los 45 centros históricos existentes en las Américas.

Agradezco a Juan Lladó el honor que me ha hecho pidiéndome pronunciar estas palabras que, espero, sirvan a ustedes de acicate para leer esta interesantísima y sugerente obra de bien patrio.

Muchas gracias.

Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia.

1 de diciembre de 2022

https://acento.com.do/cultura/frank-moya-pons-resalta-los-aportes-del-nuevo-libro-de-juan-llado-9137999.html

jueves, 13 de octubre de 2022

Exitoso cambio estructural en la economía dominicana | ISIDORO SANTANA

 

ISIDORO SANTANA

EL TIEMPO QUE ME HA TOCADO VIVIR

Exitoso cambio estructural en la economía dominicana

Discurso pronunciado por Isidoro Santana en la presentación del libro “Retos del Sector Turístico Dominicano”, Tomo II, de Juan Lladó, el 6 de octubre pasado

Por ISIDORO SANTANA 

Señoras y Señores

El amigo y respetado colega Juan Lladó me ha conferido el privilegio de presentar su libro “Retos del Sector Turístico Dominicano”, Tomo II, y para mí es un grato placer hacerlo.

A Juan Lladó lo conocí justamente al iniciarse el decenio de 1980. Eran los tiempos del gobierno un tanto tecnocrático de Don Antonio Guzmán, él era viceministro de Turismo y yo era funcionario medio de la ONAPLAN.

Estábamos en los albores de una época en que se nos advertía a los países azucareros que tendríamos que ir pensando en cómo íbamos a cambiar nuestro patrón de exportaciones, porque con el tiempo esa industria iría perdiendo trascendencia en la economía mundial y dejando de ser motor dinámico de ningún país.

Eran también los tiempos en que se nos decía que el crecimiento económico no es desarrollo; que se necesita cambio estructural, y que también se nos advertía sobre los riesgos del monocultivo y la monoexportación y se insistía en la necesidad de diversificar las fuentes de generación de divisas. Sin embargo, en pocos países se planteaba esto como una necesidad muy apremiante como para la República Dominicana, dado el hecho de que su producto principal entraba en decadencia.

Nos asustaba el reto. Decirles a economistas que recién se iniciaban en su vida profesional, funcionarios públicos por demás, que el país tendría que cambiar su espina dorsal, era algo así como decirle a un médico recién graduado que debe verse involucrado en un trasplante de médula. Y pocos se atrevieron a pronosticar que esa sustitución tuviera lugar de manera tan rápida y tan exitosa.

Bueno, pues el desarrollo del turismo como nueva espina dorsal de la economía dominicana ha sido el más espectacular cambio estructural que hemos presenciado, Juan como actor clave, empeñado en cuidar que el rumbo fluyera siempre por el sendero correcto, yo como espectador privilegiado y a veces como atrevido analista.

Ningún país de América Latina fue tan exitoso en cambiar su patrón de generación de divisas como lo fue la República Dominicana. Lo que el país es hoy sería radicalmente distinto sin el turismo. Con toda seguridad, un país mucho más atrasado en el contexto latinoamericano y mundial.

Probablemente el aporte más habitualmente reconocido del turismo es el aporte de divisas, pero es posible que ese no sea el más relevante, sino su efecto de arrastre hacia los demás sectores, por los vínculos intersectoriales. Con toda seguridad, el turismo ha de ser el sector más integrado horizontal y verticalmente al resto de la economía nacional, el que irradia mayor influencia y el que más distribuye ingresos hacia el resto del aparato productivo, e induce desarrollo de nuevas actividades.  Por tanto, cuando hablamos de turismo estamos hablando de toda la economía nacional.

Durante esta época que nos ha tocado vivir, hemos asistido al nacimiento, expansión, muerte y resurrección del polo de Puerto Plata, lugar de nacimiento de la industria, y también del espectacular crecimiento de Punta Cana, y el surgimiento de otros polos. Hemos sido testigos de todos los cambios ocurridos en la economía mundial, sus auges y sus tropiezos.

Hemos visto crisis, pero el turismo ha resultado más estable que el antiguo modelo primario exportador, pues los precios eran muy vulnerables a las veleidades del mercado mundial.

La mayor de todas las crisis, es la que ahora estamos superando. Durante el 2019 el sector se vio muy afectado por una mala imagen que se divulgó del país, influenciada por algunos eventos de inseguridad ciudadana y problemas de salubridad.

Al mismo tiempo, se nos advertía del impacto que podría tener para la economía británica y europea en general la eventualidad del BREXIT, y sus implicaciones para nuestro país.

Pero si bien esto ocurrió, sus efectos se diluyeron en el contexto de un estremecimiento mayor por un verdadero terremoto para los viajes y para toda la vida humana, como fue la pandemia del COVID-19 y, como si ello fuera poco, la posterior guerra en Europa.

En el 2020, la revista británica The Economist reunió un panel de 50 expertos en futurología, para predecir cómo sería la vida a partir del 2021, cuando pudiéramos volver a salir. Algo parecido llevó a cabo la Universidad de Boston de EUA, consultando en este caso a 99 especialistas de diversas áreas.

Se entendía que la pandemia fue un hecho tan drástico en la vida de todos los seres humanos del planeta que resultaba fácil suponer que, después de ella, el mundo ya no sería igual.  Y que tendríamos que acostumbrarnos a este modo de vida caracterizado por la distancia social, la prudencia y la ausencia de grandes fiestas.

Respecto al turismo, nos pintaban un panorama muy desalentador, al pronosticar que desaparecería por lo menos la mitad de los viajes y hoteles de trabajo, que nunca regresarían los congresos o reuniones por trabajo como eran, que el turismo de trabajo desaparecería.

Para el turismo masivo, como el dominicano, el futuro sería poco halagador, pues la gente querría evitar lo presencial, fundamentalmente en grandes contingentes, y que iba a apreciar más que nunca visitar lo natural, pero con soluciones altamente tecnológicas. Pesaba mucho el temor que infundían los aviones, los aeropuertos, los cruceros, los hoteles, restaurantes y los espectáculos como espacios propicios al contagio.

Vistas las cosas en retrospectiva, sus conclusiones no pudieron estar más equivocadas. Menos mal que los empresarios del sector no les hicieron mucho caso a aquellos presagios, y siguieron sus emprendimientos de inversión bajo la premisa de que esto pronto pasaría.

Y muy especialmente el nuevo gobierno que se inauguró, que puso todo su empeño y gran parte de sus recursos en la rápida recuperación del sector, tanto que prontamente fue reconocido a nivel internacional, al otorgar al país la OMT el galardón por liderar la recuperación turística mundial.

Y efectivamente el turismo inició un increíble proceso de resurrección, llegando muy posiblemente en este mismo año a recuperar, a superar incluso, la cantidad de visitantes extranjeros por vía aérea que tuvimos en el 2018, que hasta ahora ha sido el mejor año.

Mucho del crecimiento reciente se relaciona también con el fenómeno llamado “turismo de venganza”, en que el individuo, harto de las restricciones, de la reclusión impuesta a la fuerza, decide viajar como reafirmación de su espíritu de libertad y necesidad de distracción.

Ciertamente, muchos economistas estábamos pesimistas sobre el sector, pero no Juan Lladó. Es cierto que en sus artículos no mostraba el optimismo ilusorio que reflejaban ciertas autoridades, que intentaban minimizar el problema. Pero siempre confió en la vuelta a la normalidad.

Juan Lladó es, lo que podríamos llamar un intelectual de lo más polifacético. Titulado en las universidades de Brandeis y de Harvard, Estados Unidos, su formación profesional es originalmente en la psicología, las ciencias políticas, la educación y la economía.

Fuera de aquella experiencia en el Ministerio de Turismo, primero como asesor y después viceministro, no le recuerdo posteriores cargos públicos. Aun así, su experiencia de trabajo ha sido diversa, incluyendo misiones de organismos multilaterales y gerencia de proyectos internacionales, aunque se desempeña actualmente como consultor económico y articulista.

Su principal hobby es la investigación y las tertulias vespertinas en el Centro Histórico de Santo Domingo. Es un libre pensador, siempre pendiente de la suerte del país, ha abrazado últimamente la causa democrática de la alternancia en el poder como condición esencial.

En el libro que ponemos hoy a circular, se incluyen los artículos sobre el tema turístico de los últimos once años. En la rápida lectura que debimos darle, no atino a contar la cantidad que son; pero con seguridad más de 200.

Hay que ser muy tenaz para publicar más de doscientos artículos, amplios y enjundiosos, sobre un solo tema. Para escribirlos sobre todas las aristas del sector, sobre las potencialidades, pero también las limitaciones y los riesgos, así como de los probables efectos de cualquier decisión, pública o privada, sin dar espacio a la complacencia de grupos políticos o económicos, hay que tener mucha independencia de criterio.

Hacerlo a sabiendas de que eso te va a restar o alejar potenciales clientes en tu trabajo de consultoría, requiere tener mucho temple. Y cuando sabemos que a la par con eso, se han publicado otros tantos artículos sobre la economía y las políticas públicas, la educación, el medio ambiente, el entorno y el ordenamiento urbano, la cultura, y la política nacional desde la óptica no partidaria; que junto a ello se han hecho investigaciones, publicado ensayos y hasta novelas, entonces hay que ser un trabajador incansable y, sobre todo, tener vocación de trabajo gratis. En resumen, hay que ser un soñador.

En el libro que a partir de hoy ustedes van a poder leer, se encuentran todos los elementos que busca cualquier persona que pueda tener interés en conocer el pasado, el presente y el futuro del turismo dominicano. De interés para empresarios, intelectuales, investigadores y estudiantes interesados en el tema turismo.

En sus páginas se encontrarán artículos en que se llama la atención sobre la anormalidad de que el Estado todavía mantenga la propiedad y maneje irregularmente los antiguos hoteles de Trujillo, y lo útil que los mismos podrían ser para el desarrollo del turismo interno; se denuncian los maleados arrendamientos de los mismos para beneficiar a políticos y acólitos del poder, la terrible práctica de que los otorgue ventajosamente en administración a empresarios y aventureros. Al igual que en muchas otras propiedades públicas, propugna puramente por su privatización.

Ha sido reiterativo en el mal gasto de recursos usados en promoción en el exterior en momentos en que no es necesario o en que, sencillamente, tal propaganda resulta improductiva, o cuando el Estado hace cosas que bien correspondería hacer al sector privado.

También manifiesta su inquietud por el optimismo excesivo, del cansado discurso expresado en la jactancia sobre nuestros atributos sin contar que hay otros países ofreciendo lo mismo, o que hay cosas que ya no son importantes o no son las que busca el viajero. Se refiere a que la mejor promoción de un producto es aquella que lo diferencia de los demás, de lo que se puede vender o no como “marca país”, ícono que nos haga reconocible en cualquier latitud del mundo, como el tango a Argentina o el vodka a Rusia.

En varias entregas se ha referido a ello, entrando en detalles sobre los pro y los contra de los atributos de sol y playa, de la ancestral hospitalidad del dominicano, de la pelota o las “Reinas del Caribe”, de nuestra herencia histórica y cultural, la arquitectura, la cocina y la música, de la calidad de la mano de obra y del merengue, para concluir en el concepto de “país de la bachata”.

Siempre me llamó la atención que descarta el merengue para inclinarse por la bachata, a pesar de ser el primero es el ritmo que históricamente nos mueve, por poner en dudas nuestra paternidad del mismo. En cada uno de esos conceptos refleja un conocimiento y una cultura que ya muchos quisiéramos tener.

Nuestro autor es un empedernido defensor en materia de conservación ambiental, muy particularmente preocupado por los efectos de la infraestructura o la explotación de las playas sobre los arrecifes de coral, los problemas asociados a la frecuente y creciente invasión del sargazo, la preservación de la foresta y los ríos, y la necesidad vital de los ecosistemas, no solo por el turismo, sino por toda la vida nacional, que brindan protección frente a los fenómenos atmosféricos, evitan la erosión de las playas, y sirven de criadero y refugio para especies.

Todo ello sin sucumbir al fundamentalismo que ve en toda actividad humana un atentado contra el medio ambiente. Y es verdad que no hay posibilidad de impedir que cualquier actividad productiva tenga algún efecto sobre la naturaleza. Por eso es esencial que se apliquen rigorosamente las reglas y que haya la debida conciencia sobre la necesidad imperiosa que tenemos de preservar el ambiente natural.

Dentro de los aspectos de mayor actualidad, se refiere a nuestra cercanía con Haití y sus implicaciones para el turismo. Sin sumarse a la fiesta de la xenofobia y el racismo, advierte sobre los efectos de las condiciones sanitarias (por ej. la no vacunación contra el COVID), o de contagios por otras enfermedades como el paludismo o el cólera, el riesgo de que las bandas armadas puedan en algún momento afectar el ambiente de paz y respeto que vendemos, y de la dependencia hotelera de mano de obra inmigrante de Haití.

También de las oportunidades de un turismo mancomunado, si se enfrentan dichos problemas. Manifiesta que tal abordaje crearía más eslabonamientos con la economía local; aunque torna más complejo el manejo exitoso del sector.

En su siempre cauteloso optimismo, en los tiempos recientes Juan Lladó ha tenido que dedicar múltiples entregas el impacto de la pandemia, y entre un mar de obstáculos encuentra que, si ha traído algún beneficio para el turismo, es el de facilitar los eventos de comercialización de los productos turísticos mediante las tecnologías de la información y comunicación.

Destaca, a pesar de las dudas y reticencias del sector hotelero por verlo como una competencia desleal, el avance que supone en materia de alojamiento la penetración de las plataformas de alquiler para inmuebles nacionales, como una oferta adicional netamente nacional frente a las cadenas hoteleras internacionales, las cuales representan más de un 95% de todas las habitaciones hoteleras de clase mundial.

Claro está, reconoce que el tratamiento fiscal que se otorgue a los hoteles debe ser el mismo que el que se otorgue a las plataformas digitales. A propósito, ha sido enfático en indicarle al país que nuestra industria turística ya no cabe en la categoría de industria naciente, que ya es una actividad madura y que, por tanto, ya es justo que pague sus impuestos, que le devuelva al fisco una parte de lo mucho que modestamente el país ha puesto a su disposición

El Gobierno debe promover los sectores claves atendiendo a sus necesidades fundamentales. En el caso del turismo, se espera que la política pública se concentre en dotar al sector de buena infraestructura y servicios de apoyo. Es fundamental también que las demás políticas públicas tiendan a actuar en beneficio del turismo y no en su desmedro.

Hasta ahora, la realidad ha sido otra. La política ha centrado la atención en mantener el tipo de cambio reprimido, con lo que se ha dado un proceso de apreciación de la moneda nacional, acumulado por muchos años, lo que se traduce en un encarecimiento relativo del producto dominicano con relación al de otros destinos con los cuales competimos. La sobrevaluación ha sido mayor frente a las demás monedas, si se considera que el propio dólar está sobrevaluado.

Nosotros, que hemos sido fervientemente apasionados de la urgente necesidad de un cambio en nuestro contrato social, que en el aspecto fiscal implique reclamarle al Estado el cumplimiento de sus responsabilidades, pero al mismo tiempo poner en sus manos los recursos que ello amerite, sin dejar de ser conscientes de los beneficios que el tratamiento fiscal privilegiado ha implicado para el desarrollo de esta industria, entendemos también que ya está bueno.

Porque por muy importante que resulte al país privilegiar con exenciones un sector, cuando se concede siempre van apareciendo las justificaciones para que el mismo tratamiento le sea otorgado a otro, y a otro, y al otro…, hasta degradar al mínimo la capacidad financiera del Estado, tan necesaria para ejecutar las funciones que necesita el propio turismo, la industria, energía, agricultura y cualquier otro, pero fundamentalmente la población dominicana que merece tener una policía mejor, una justicia mejor, una infraestructura mejor, una salud, una educación, un servicio de agua, saneamiento  y una protección social mejor.

Lo dejo hasta aquí, porque no debo contarles todo el contenido, y no podría, aunque me dieran toda la semana para ello.

MUCHAS GRACIAS +


https://acento.com.do/opinion/exitoso-cambio-estructural-en-la-economia-dominicana-9117748.html

EXITOSO CAMBIO ESTRUCTURAL EN LA ECONOMÍA DOMINICANAISIDORO SANTANA

jueves, 10 de marzo de 2022

La promesa de Cabo Rojo | Por JUAN LLADO

VOCERÍA DE LOS DIOSES

La promesa de Cabo Rojo

Deberá recordarse que en el caso de Puerto Plata el Banco Central, la entidad encargada de su gerencia, debió construir el primer hotel en Playa Dorada (Jack Tar Village) para que surgieran otros inversionistas. Si para el despegue de Cabo Rojo es preciso que el Estado haga lo mismo no debemos titubear.

Por JUAN LLADO 

Verde siempre ha sido el color de la esperanza. Pero en el caso de las cuatro provincias de la región Enriquillo –Barahona, Pedernales, Independencia, Bahoruco—la esperanza esta ahora teñida de rojo. Esto así porque más que la presa de Monte Grande es el Plan de Desarrollo Turístico de Cabo Rojo lo que está imponiendo ese color. Hasta ahora las perspectivas de su ejecución lucen muy prometedoras, aunque todavía floten en el aire algunas interrogantes.

Al patrocinar esa iniciativa para la región más pobre del país, el presidente Abinader se cubriría de gloria si, en lo que resta de su periodo de gobierno, logra su despegue. Demostrando una especial sintonía con lo que él ha llamado el “Gran Sueño del Sur”, él se apersonó en Pedernales días después de su inauguración. En junio 2021 volvió a dar el primer picazo de las obras de infraestructura del proyecto, anunciando una inversión inicial de RD$500 millones “destinados a la construcción de 24 kilómetros de carreteras y la readecuación del antiguo hotel de la Alcoa en Cabo Rojo”. Desde entonces se ha continuado trabajando en varios frentes.

A la fecha el desarrollo de la infraestructura va lento, pero seguro. De las carreteras “18 kilómetros serán de nuevas vías que incluyen la ruta central del proyecto y una carretera perimetral que ofrecerá una conexión independiente a Bahía de las Águilas. Otros seis kilómetros serán rehabilitados, entre estos está la carretera que conecta el proyecto con la vía RD-44, que sirve de acceso al muelle y a la playa de Cabo Rojo.” En mayo 2021 se anunció la remodelación del hotel boutique de Cabo Rojo. En septiembre se inició –aunque a paso lento-- el trabajo del tramo carretero Enriquillo-Pedernales y en noviembre 2021 la reconstrucción de la carretera Barahona-Enriquillo con una inversión de RD$1,500 millones.

En adición a estas obras, el gobierno trabaja también en el diseño del Aeropuerto Internacional de Pedernales. Este se construirá en la zona Los Tres Charcos del municipio de Oviedo y abarca unos 14 millones de metros cuadrados. Hasta ahora solo ha progresado el diseño correspondiente y el movimiento de tierras. Pero la empresa Vinci Airports (Aerodom), la cual maneja seis aeropuertos del país, ha indicado su disposición de evaluar su participación en este proyecto. La misma empresa maneja el Aeropuerto de Barahona, pero ha descartado su utilidad para el proyecto en Cabo Rojo porque está a una inconveniente distancia de dos horas de viaje.

Mientras tanto, el presidente Abinader presentó el Plan Maestro del proyecto en la Feria FITUR ’22 en Madrid el pasado mes de enero (ver gráfico adjunto). El documento es impresionante no solo por el extraordinario tamaño del libro en que esta contenido y la espectaculares fotos de su interior, sino también por su aparente calidad técnica. Al ser precedido por un número importante de estudios similares –entre los cuales destacan el Plan Maestro del Arq. Cristobal Valdez y el de la firma canadiense contratada por el gobierno anterior (LEMAY Arquitectura y diseño)— se benefició de esas previas perspectivas. Pero el resultado que ha presentado la firma española ARQA ha sido muy singular y, a juicio de un lego arquitectónico, bastante bien concebido.

La primera parte del Plan se concentra en el diagnostico de diferentes aspectos que son propios de este tipo de trabajo. Estos incluyen, entre otros, los lineamientos del modelo de turismo sostenible (con un apropiado benchmarking), la normativa legal (incluyendo la designación de Cabo Rojo como Área Nacional de Recreo dentro de la categoría de área protegida de Paisaje Protegido, estudio geológico, levantamiento topográfico, régimen de lluvias, la infraestructura (incluyendo la energía eléctrica, aeropuerto, vialidad y movilidad), telecomunicaciones, hidrología, etc. El nivel de penetración del estudio de cada uno de esos factores es tan impresionante que podría convencer a cualquier inversionista de bolsillos profundos a patrocinar el desarrollo del proyecto completo.

Aquí no puede reproducirse el Plan Maestro resultante. Lo que si debe resaltarse es que la ubicación de los hoteles está bien concebida al localizarse en estrecha relación a ambos lados del saliente del Cabo. Por supuesto, el tramo de playa que esa localización abarca no es tan deseable como el de Bahía de las Águilas. Pero las características de la franja de playa escogida y de la vegetación correspondiente pueden ser objeto de una intervención subsanadora. Esa intervención estará determinada por el diseño de cada hotel y las preferencias de los inversionistas que lo construyan y operen. Pero lo importante es que la ubicación es manejable.

Según han explicado las autoridades, el proyecto se desarrollará en cuatro fases en un periodo de 10 años, lo cual conllevará una inversión total de unos US$2,200 millones. “Durante la primera fase —cuyos trabajos empezarán este mismo año—, se invertirán alrededor de 1.300 millones de dólares y en esta primera etapa se construirán 4.700 habitaciones y el aeropuerto internacional que dé servicio al destino.” En FITUR ’22 se anunció que seis cadenas hoteleras iniciarán sus operaciones durante la apertura de esa primera fase, para lo cual ya las cadenas hoteleras Hilton, Marriott, Sunwing, AmResorts, Iberostar Group y Karisma Hotels & Resort han firmado una carta de compromiso para empezar la construcción a partir de mediados de este año”.

A la fecha las autoridades han recibido las visitas de algunos importantes inversionistas adicionales. Según los reportes de prensa, vino una misión de Qatar a visitar Cabo Rojo, pero no se ha conocido de ningún compromiso que se derivara de esa visita. Además, han también visitado inversionistas de México y de Jamaica. Sin embargo, hasta ahora la prensa no ha registrado el anuncio público de ninguna empresa que asegure su participación. De hecho, la Coalición para la Defensa de las Áreas Protegidas se ha quejado de la falta de transparencia porque no tiene noticias de que los proyectos hoteleros hayan cumplido con los requerido estudios de impacto ambiental.

Como se anuncia que la construcción de esos hoteles comenzará a partir de junio se deduce que no habría tiempo suficiente para satisfacer esos requisitos, además de las aprobaciones de CONFOTUR. (Algunos ecologistas piensan que el desarrollo hotelero debe ser gradual y, de las autoridades obtemperar, el desarrollo correspondiente podría ralentizarse.) Pero esas son condiciones que pueden satisfacerse y no presentarían ningún obstáculo de consideración para que el desarrollo pueda despegar eventualmente. Lo que no está suficientemente claro todavía es si la inversión en los primeros hoteles la hará el Estado o si serán las cadenas hoteleras las que inviertan sus propios recursos. Esto último puede dificultarse bastante si el avance de las obras de infraestructura no va acorde con el inicio de la construcción en junio de este año.

Las dificultades que puedan estarse presentando son propias de este tipo de proyecto, especialmente cuando la iniciativa de su emprendimiento es gubernamental. Deberá recordarse que en el caso de Puerto Plata el Banco Central, la entidad encargada de su gerencia, debió construir el primer hotel en Playa Dorada (Jack Tar Village) para que surgieran otros inversionistas. Si para el despegue de Cabo Rojo es preciso que el Estado haga lo mismo no debemos titubear. La pobreza de la Región Enriquillo lo justificaría y el producto turístico dominicano ganaría en competitividad

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