SERVICIO DE NOTICIAS en favor de la democracia participativa, el desarrollo humano, la paz, el medio ambiente y la cultura.- Santo Domingo, República Dominicana / Luis ORLANDO DIAZ Vólquez - OPINIÓN, NOTICIAS Y COMENTARIOS. Haciendo de la lucha contra la pobreza un apostolado templario./ email: guasabara.editor@gmail.com - http://www.facebook.com/GuasabaraLUISorlandoDIAZ - @GUASABARAeditor
Hay consenso al menos en algo: Sánchez difícilmente, muy difícilmente, podrá gobernar. Vaya por delante la constatación de lo obvio: con 84 escaños, y la necesidad de conciliar fuerzas no ya heterogéneas sino a menudo hostiles, gobernar se convierte en una modalidad extrema como el barranquismo en Nepal o el parkour en Chicago. El nuevo presidente se sostiene en un grupo que ni siquiera representa el 25% por ciento de la cámara. Más allá de liquidar a Rajoy y su legado, es difícil rastrear nexos con los que sumar 176. Sánchez, por supuesto, no va a tener 100 días de gracia; si acaso tendrá cuatro tardes, hasta que mañana miércoles dé a conocer su gabinete y empiece el pim-pam-pum. En las trincheras conservadoras hay una excitación como no se veía desde 2004; y Sánchez va a llegar a la Carrera de San Jerónimo como la brigada ligera a Bataclava, a pecho descubierto frente a la artillería pesada. Los nacionalistas catalanes han trazado la primera línea en la fachada de la Generalitat con los presos políticos y los exiliados; el PNV debe restañar su credibilidad tras verse retratados como fenicios en un mercado persa; Bildu queda fuera de foco, y Podemos tratará a la vez de soplar y sorber erosionando al PSOE con a exigencias de máximos, como ya le ha anticipado con los permisos de paternidad y las pensiones al IPC. Con esos aliados, el presidente no necesita enemigos. Claro que además va a tener enemigos.
Pero ¿y si la fuerza de Sánchez fuese precisamente su debilidad?
La posibilidad aritmética de Sánchez de tomar decisiones es limitadísima, mientras el cielo sobre él va a parecer Dresde en 1945: fuego constante. Pero su posición resulta tan delicada que un exceso de presión podría acabar forzando su caída. Sus socios van a tener que mesarse el pelo y contar a 100 antes de apretarle demasiado las clavijas, porque el colapso conduciría a elecciones anticipadas, algo que ahora mismo todos, salvo Ciudadanos, ven con particular aversión. Y eso es una oportunidad. “Un político inteligente lo único que puede hacer es explotar los acontecimientos en su propio beneficio” anota Ignatieff en Fuego y ceniza. Hasta ahora cualquiera hubiera ironizado “sí, un político inteligente, in-te-li-gen-te…”, pero a estas alturas nadie se atreverá a menospreciar tan alegremente a Mr.Handsome, que ha demostrado una determinación de superviviente bastante excepcional. De momento ha sabido aprovechar sus oportunidades –el propio Ignatieff escribe “suerte en política es adivinar el momento exacto”– y ahora puede tantear la rentabilidad de este escenario endemoniado. Si ceder a la presión de sus aliados le llevaría al desastre, tiene la opción de explorar la estrategia de no ceder. El tiempo corre a su favor. Y hasta entonces cada uno de sus mensajes, estrenados con el Alto Comisionado para la Pobreza Infantil, puntuará en su marcador.
Pedro Sánchez interviene en el debate de la moción de censura.EUROPA PRESSEUROPA PRESS
En España las instituciones políticas están bien diseñadas pero los políticos las utilizan mal. A esta conclusión estoy llegando. Veamos, como ejemplo, el caso de la moción de censura del jueves pasado en el Congreso.
En un sistema parlamentario la legitimidad democrática de un Gobierno se basa en el vínculo de confianza que le une al Parlamento y que se manifiesta en el apoyo de una mayoría de diputados. En nuestro caso, este vínculo se establece entre el Congreso y el presidente del Gobierno y puede quebrarse a través de determinados procedimientos, entre ellos la moción de censura.
En muchos sistemas políticos, la moción de censura consiste en exigir responsabilidad política al Gobierno con el fin de provocar, simplemente, su caída. En nuestro sistema, así como en el alemán, entre otros, la moción de censura no solo sirve para destituir a un presidente sino también, simultáneamente, para designar a otro que ha sido presentado como candidato. Por eso se la denomina moción de censura constructiva: a la vez puede retirar la confianza a un presidente (censura) y proceder a la investidura de otro (constructiva). Todo ello con el objetivo de dar estabilidad al Gobierno.
Este procedimiento de investidura de un presidente del Gobierno, y también el habitual tras unas elecciones generales, requiere una premisa fundamental: el candidato debe exponer y debatir en el Parlamento su programa de gobierno. Este debate no es un mero trámite formal sino que tiene un profundo sentido democrático: debe contribuir a formar la opinión de los diversos grupos parlamentarios sobre la conveniencia o no de votar al candidato. Por eso debe ser un programa lo suficientemente detallado, no solo para saber si es conveniente votar a dicho candidato sino también para averiguar si es creíble, es decir, si las medidas propuestas son coherentes entre sí y su coste económico es verosímil, si cuadran los números y no se trata de pura demagogia con el objeto de contentar a todos.
¿Por qué es importante la exposición y debate del programa político? Porque mediante su programa el candidato pretende obtener la confianza de una mayoría de diputados y, además de ayudarles a decidir su voto, estos tienen argumentos, en el caso de resultar elegido, para controlar si cumple con los objetivos a los que se ha comprometido. La democracia no consiste solo en elegir diputados y designar un Gobierno sino también en controlar a ambos: los electores a los diputados y estos al Gobierno. Para efectuar este control se necesitan conocer sus compromisos.
El pasado jueves, la moción de censura no se llevó a cabo de acuerdo con nuestro modelo constitucional. El desarrollo de la sesión no fue el propio de una moción de censura constructiva sino de una censura a secas, en la que solo se demandan responsabilidades al presidente del Gobierno pero no se requiere al candidato que exponga un programa de gobierno razonablemente concreto y argumentado. Por un lado, los grupos parlamentarios expusieron los motivos de su censura al presidente, con lo cual nada que objetar a la primera parte del procedimiento. Pero, por otro lado, se obvió la segunda parte, no se expuso un programa preciso y detallado, a menos que el lema “echar a Rajoy” se considere ya todo un programa de gobierno.
Bien, ello ya está hecho y consumado, nada que objetar a efectos prácticos y de futuro. Pero los precedentes son siempre peligrosos. De ahora en adelante, ¿cómo se podrá controlar al actual presidente? ¿Con arreglo a qué parámetros se podrá ejercer el control si no se ha comprometido a nada, más allá de ciertas vaguedades? El deterioro de las instituciones democráticas es el deterioro de la democracia.
Estamos constantemente hablando de reformas institucionales, incluso de algunas que pueden afectar al texto constitucional. Pero quizás sería prioritario hablar antes de otras reformas. Por ejemplo, de mejorar nuestra cultura jurídica y política, de elevar la capacidad profesional de los cargos públicos electivos, de aumentar los conocimientos de quienes condicionan la opinión pública a través de los medios de comunicación. El buen funcionamiento de las instituciones políticas es la garantía de la democracia y de ello somos responsables todos, incluidos por supuesto los ciudadanos.
El jueves pasado tuvo lugar una sesión de censura en el Congreso, no estoy tan seguro de que tuviera lugar una moción de censura constructiva, la específica de nuestro modelo constitucional.
Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.
Mariano Rajoy durante la moción de censura.JAVIER LIZÓNEFE
En la última semana de mayo una cascada de acontecimientos ha precipitado un imprevisto cambio de Gobierno, cuya causa última es la sentencia del caso Gürtel. Pocas veces se ha visto una demostración tan efectiva de la teoría de los juicios performativos, propuesta por John Austin en Cómo hacer cosas con palabras. Son aquellas declaraciones institucionales cuyo efecto automático es la transformación de la realidad social, así como de la identidad y los estatus de sus protagonistas. Es lo que ha ocurrido ahora, pues tras el veredicto del tribunal ya nada ni nadie volverán a ser lo mismo.
El primer afectado ha sido Rajoy, que sale desposeído del poder. Tras la sentencia, su deber democrático era dimitir, como harían sus colegas europeos, pero decidió aferrarse al cargo. Para ello se sabía autorizado por los precedentes de González y Aznar, que también se negaron a asumir sus responsabilidades en el ejercicio del poder. Pero hay una diferencia, y es que ellos nunca fueron sentenciados. Por eso ahora Rajoy y los suyos pretenden desvirtuar el sentido de la sentencia, haciéndose las víctimas de una tergiversación judicial como si fueran indepes. Pero es una posverdad inútil, pues en un Estado de derecho la magistratura posee el monopolio de la verdad legítima (Bourdieu dixit). Y cuando el jefe del Ejecutivo pierde la credibilidad por sentencia judicial, ya no puede ejercer su autoridad. De ahí la censura mayoritaria del Congreso, como en Fuenteovejuna.
El segundo actor transfigurado por la sentencia ha sido Pedro Sánchez, el hombre que censuró a Mariano Rajoy. Pero como en El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962), no ha sido por mérito suyo sino como ejecutor designado por una coalición negativa que no votaba a su favor sino contra el presidente sentenciado. De ahí que pueda esperarse que actúe como su antecesor Zapatero en 2004, el presidente por accidente que, para compensar su falta de legitimación de origen, se creyó obligado a realizar temerarias proezas que le granjeasen legitimidad de ejercicio: cordón sanitario contra el PP, negociación con ETA, nou estatut català, etcétera. ¿Hará lo mismo Pedro Sánchez, como si hubiera acordado otro pacto del Tinell? Confiemos en que no, pero tampoco cabe descartarlo, pues nadie escarmienta en cabeza ajena.
Y el tercer afectado por la catarsis ha sido Puigdemont, que ha quedado desacreditado (como su testaferro Torra y su némesis Rivera). Todo el protagonismo mediático que acaparó durante el último año en su guerra simbólica de independencia se ha evaporado en los últimos siete días de mayo. La sentencia ha refutado su relato de una justicia dependiente del Gobierno, y la censura de Rajoy ha desmentido su encuadre de una democracia franquista. De ahí la rectificación de Torra, que renunció a nombrar consellers a prisioneros y fugitivos, y la desautorización del PDeCAT, que ha optado por desobedecerle y sumarse a la censura. Se abre así un tiempo nuevo, y el procés ya no volverá a ser lo que era. https://elpais.com/elpais/2018/06/04/opinion/1528130527_077811.html