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viernes, 4 de marzo de 2022

Los salarios han sido problemáticos durante la pandemia, debido a los efectos de composición | @paulkrugman

 @paulkrugman 

Los números de salarios han sido problemáticos durante la pandemia, debido a los efectos de composición. Así que no estoy seguro de cuánto peso poner en la aparente desaceleración en el crecimiento de los salarios. Pero combinado con una creciente participación en la fuerza laboral, el caso de una economía enormemente sobrecalentada parece más débil 1/ https://twitter.com/paulkrugman/status/1499761613041250308?s=20&t=aODsJj1V8C8bC18CBOJpxA

Esto, a su vez, debilita los argumentos a favor de un endurecimiento monetario draconiano. Sigo pensando que es prudente que la Fed comience a subir las tasas gradualmente, pero ahora no hay motivo para un ajuste de sorpresa y pavor y una razón para considerar una pausa dentro de unos meses, dependiendo de los datos 2/

miércoles, 24 de febrero de 2021

El gran apagón de Texas es una lección para los fundamentalistas de mercado / Paul Krugman @paulkrugman

ElEconomista | Destacada(home)

El gran apagón de Texas es una lección para los fundamentalistas de mercado

24 de febrero, 2021 / Por Pablo Maas

El gran apagón de Texas es una lección para los fundamentalistas de mercado

El lunes 15 de febrero fue el día más frío en 30 años en Texas. Las temperaturas cayeron a menos de 10 grados bajo cero y la nieve cubrió la mayor parte del territorio del estado. Entonces, se cortó la luz. No un rato, en algunos lugares. Los apagones duraron toda la semana y millones de hogares quedaron a oscuras y sin calefacción. Pareció un escenario apocalíptico sacado de una película de Hollywood: 24 personas murieron de frío y centenares fueron atendidas por intoxicarse con monóxido de carbono. Cuatro millones y medio de hogares, en los que vive la mitad de la población de 26 millones, se quedó sin agua porque las plantas depuradoras no tenían electricidad. Texas es el mayor productor de petróleo y gas de Estados Unidos. Pero la infraestructura no estaba preparada para tan bajas temperaturas, algo usual en los estados del norte del país.

Las usinas eléctricas, los gasoductos y hasta los grandes molinos de viento y las centrales nucleares se congelaron y dejaron de funcionarY no hubo de dónde importar energía. Texas es el único estado de EE.UU. cuya red eléctrica no está interconectada con el resto del país. Esto le permite a Texas, un bastión del Partido Republicano, evitar la intervención de autoridades federales en la gestión de su sistema eléctrico. Pero también anula su capacidad de recurrir a traer energía de otros lugares durante una emergencia, como la de la semana pasada. La red eléctrica de Texas también es la única en el país que no utiliza el sistema de “pago por capacidad”, por la cual los generadores reciben dinero por tener disponible cierta reserva de energía preparada para inyectar en la red en casos de eventos climáticos extremos. Los pagos se realizan, aunque la energía no se entregue al sistema.

En su lugar, Texas desreguló por completo su mercado eléctrico, mucho más que cualquiera, en un experimento en el que lo único que cuenta son los incentivos creados por los precios de la energía en un marco de libre oferta y demanda. A los oferentes no se les exige que inviertan en proteger sus instalaciones contra el frío, por ejemplo. Se supone que la magia del mercado se haría cargo de esto. La teoría dice que, en el caso de un pico de demanda o una disrupción de la oferta, los altos precios resultantes y las consiguientes abultadas ganancias constituyen un incentivo suficiente para invertir en sistemas robustos, para beneficiarse de eventos tales como el de la semana pasada en Texas.

Pero esto dice la teoría. En la práctica, esas inversiones no se hicieron. Y no se trata de que el desastre de Texas haya sido un cisne negro. Hubo eventos similares, aunque no tan extendidos en febrero de 2011, cuando tres millones de hogares quedaron a oscuras. Esta crisis no fue inesperada. “La helada se veía venir”, dijo un experto citado por la agencia Reuters. La verdad parece ser que los generadores no invirtieron para no cargar sus costos y quedar en desventaja competitiva en un mercado completamente desregulado. Para evitar estas fallas de mercado es que se inventó la regulación.

Según Paul Krugman, toda la política energética de Texas se basa en la idea de que se puede tratar a la electricidad como si fueran paltas: en 2019 hubo una mala cosecha de paltas en California y los precios escalaron, pero a nadie se le ocurrió regular el mercado. Pero el kilowatt-hora no es comparable a las paltas, escribió Krugman ayer en The New York Times. Primero, porque la electricidad es esencial para la vida humana y las paltas claramente no. Segundo, y tal vez lo más interesante, observa Krugman, la electricidad es suministrada por un sistema en el que participan diversos jugadores. Si un generador de electricidad invierte en proteger sus equipos contra el frío, pero el gasoducto que alimenta sus turbinas o el yacimiento de gas no lo hace, el sistema no funciona. Y, por último, agrega Krugman, “un mercado que funciona por incentivos de precios extremadamente altos durante una crisis no es factible, ni práctica ni políticamente”.

Los consumidores afortunados de Texas a los que no se les cortó la luz ya comenzaron a recibir facturas de US$ 5.000 y más por esos cinco días de servicio. El escándalo que se ha desatado llevó al Gobierno estatal a intervenir con promesas de aliviar la carga para los consumidores. Un destacado dirigente republicano, el senador y excandidato presidencial Ted Cruz, dijo que es una injusticia que las empresas de electricidad tengan ganancias exorbitantes a causa de un evento climático. Todo el poderoso establishment republicano de Texas, comenzando por el gobernador Greg Abbott, entró en crisis a causa del desastre energético, una catástrofe que no será olvidada fácilmente por los votantes, al igual que las facturas de US$ 5.000. La debacle de Texas, dice Krugman, “nos ofreció una visión del lado oscuro (y frío) del fundamentalismo del mercado libre. Y esta es una lección que no debemos olvidar”.

https://eleconomista.com.ar/2021-02-el-gran-apagon-de-texas-es-una-leccion-para-los-fundamentalistas-de-mercado/

Fernando Montes Negret ¿Debemos preocuparnos por los niveles de endeudamiento público?

Fernando Montes Negret

La pandemia ha resultado en una seria crisis de las finanzas públicas en todos los países del mundo.

Fernando Montes Negret ¿Debemos preocuparnos por los niveles de endeudamiento público? 

23 de febrero 2021 , 09:25 p. m.

La pandemia de covid-19 ha resultado en una seria crisis de las finanzas públicas en todos los países, sin excepción –ya sea por una marcada reducción de los recaudos fiscales o una explosión del gasto público, en respuesta a la crisis sanitaria o la extensión de generosos apoyos de los gobiernos a ciudadanos y empresas–. Las respuestas internas a la crisis también han llevado al cuestionamiento de algunos de los que se consideraban los pilares más sólidos de las recomendaciones que ofrecen tradicionalmente los economistas y las entidades financieras internacionales.

En la prepandemia, el consenso entre los economistas ortodoxos y las entidades financieras internacionales era el de mantener déficits fiscales anuales pequeños (por debajo del 2 % del PIB), evitar aumentos de la deuda pública por encima de niveles prudentes (40-60 % del PIB) y mantener un perfil de dicha deuda sin una alta concentración en el corto plazo, privilegiando el endeudamiento de menor costo y mayores plazos de las agencias multilaterales. Con ello se buscaba limitar el efecto desestabilizador de elevados déficits fiscales y su impacto sobre la tasa de inflación, y no reducir los grados de libertad de la política económica interna con un elevado servicio de la deuda pública, sobre todo externa, mediante el pago de intereses y amortizaciones elevados, que pudieran poner en riesgo las reservas internacionales del país y la relativa estabilidad de la tasa de cambio de la moneda frente al dólar. Ubicarse dentro de estos parámetros era decisivo para mantener la confianza externa, la calificación de grado de inversión de la deuda de los países y garantizar el acceso a los mercados de capital internacionales y, en caso necesario, a los apoyos del FMI.

Parecería que durante la pandemia y la pospandemia todo lo anterior habría que echarlo por la borda, ya que bajo las condiciones de crisis existentes, con economías deprimidas o en franca recesión, y con tasas de interés de cero o aún negativas, no habría consecuencias negativas por generar déficits fiscales gigantescos, ya que su financiamiento se hace sin costo y lo que toca hacer es recuperar el crecimiento y reducir el desempleo a toda costa para evitar una repetición de la Gran Depresión de los años 1930.

El FMI, en su último Monitor Fiscal (FMI, Fiscal Monitor Update, January 2021) estima que la contracción de la economía, el aumento del gasto público y la caída del recaudo fiscal a nivel global (US$ 7,8 trillones) excede la magnitud de los apoyos ofrecidos (US$ 6 trillones) vía inyecciones de capital, préstamos y garantías, resultando en un aumento global de la deuda pública hasta alcanzar un 98 % del PIB, muy por encima de los límites prudentes de la precrisis. En las economías avanzadas, los crecientes déficits reflejan en partes iguales la caída de los recaudos y el aumento del gasto público, mientras que en los países de ingreso medio y bajo los mayores déficits resultan principalmente por la caída de la actividad económica y los recaudos.

En Estados Unidos, el debate sobre el tamaño del déficit del Gobierno se divide en dos campos entre los economistas ‘progresistas’, que son los únicos que cuentan ante la total falta de credibilidad, resultado de la mala fe y la hipocresía de los republicanos, para quienes los únicos déficits malignos son los de los gobiernos demócratas, mientras que ellos han defendido una falsa ortodoxia, para luego dar el mayor regalo fiscal de la historia a las grandes empresas y los individuos más ricos el país durante la desastrosa administración Trump.

Un grupo de economistas está liderado por Larry Summers (exsecretario del Tesoro y profesor de Economía de Harvard), de un lado, y por Paul Krugman (premio nobel de economía y columnista de The New York Times –NYT–), por el otro.

Los argumentos principales son: (i) el excesivo tamaño del programa fiscal propuesto por Biden (US$ 1,9 trillones), muy por encima de la expansión requerida para evitar el “estancamiento secular” de Summers. Más aún, el déficit que resultaría, en la opinión de este grupo, excede la brecha entre el PIB potencial o de pleno empleo y su nivel actual (estimada por la Oficina de Presupuesto del Congreso en solo $ 420 billones), con consecuencias preocupantes sobre la trayectoria de la tasa de inflación; (ii) el destino del gasto público y el ritmo del gasto, con la recomendación de privilegiar las inversiones de largo plazo, sobre todo en infraestructura y mitigación climática, gastar en forma gradual, y no solo dar apoyos a los ingresos de los trabajadores (ver Neil Irwin, ‘The Clash of Liberal Wonks That Could Shape the Economy, Explained’, NYT, 8 de febrero de 2021).

Krugman correctamente apunta que el plan de Biden no se trata de un programa de estímulo, sino de respuesta de alivio a una situación de desastre (“disaster relief”) y que el tamaño de la teórica “brecha del producto” casi siempre se ha subestimado, resultando en políticas tímidas que llevan a una tasa de crecimiento subóptima y sin asomos de aceleración de la inflación. El mensaje es que “cuando estamos en una economía depresiva, las reglas usuales de la política económica no se aplican, y las virtudes se vuelven vicios, la cautela es riesgosa, y la prudencia, locura” (ver P. Krugman, ‘Pandemic Economics: Stay Weird’, NYT, 16 de febrero de 2021).

Un elemento que influencia este debate son los errores que se cometieron con la insuficiente respuesta fiscal a la Gran Crisis Financiera del 2008, que demoró y limitó la recuperación de la economía, como resultado del sabotaje republicano en el Senado al presidente Obama. Hoy hay la voluntad de pecar por gastar mucho y no por poco.

La administración Biden está alineada con la opinión de Krugman y dispuesta a “hacer lo que sea necesario” para enfrentar las tres crisis: sanitaria, económica y ambiental. Pero también se necesita crear más conciencia y acuerdos políticos sobre la enorme acumulación de deuda pública resultante que habrá que pagar con mayores impuestos futuros. ¡No existe el proverbial “free lunch”!

Fernando Montes Negret
Economista Financiero

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/fernando-montes-negret/debemos-preocuparnos-por-los-niveles-de-endeudamiento-publico-569054

Económicas: El mega rescate de Joe Biden y la Reserva Federal _ Paul Krugman

Febrero 23, 2021

Económicas: El mega rescate de Joe Biden y la Reserva Federal

Powell señaló que el nivel de empleo y la tasa de inflación se encuentran lejos de sus metas

Santo Domingo, RD.- El presidente Joe Biden está decidido a rescatar la economía de los Estados Unidos. A diferencia de su predecesor, Biden piensa que para poner en pie a los agentes económicos privados se requiere de un estímulo fiscal de 1.9 millones de millones de dólares (9 % del PIB).

Algunos economistas piensan que ese paquete es demasiado grande, otros que tiene el tamaño adecuado. Entre los que apoyan el programa de Biden se encuentran Paul Krugman y Gita Gopinath. Entre los que han señalado que ese plan fiscal pudiera desatar los demonios inflacionarios se encuentran Larry Summers y Olivier Blanchard. Todos son extraordinarios macroeconomistas, por lo cual cada parte posee argumentos muy sólidos.

En contraste, Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal, observa ese debate fiscal desde las gradas. Un senador republicano le preguntó hoy en el Congreso si estaba de acuerdo con la no aprobación del paquete de estímulo fiscal de Biden. La respuesta de Powell fue evasiva, concentrándose en los temas monetarios.

Puedes leer: Pepca interroga regidor y comerciante por supuesto soborno

Powell señaló que el nivel de empleo y la tasa de inflación se encuentran lejos de sus metas. En consecuencia, dejó claro que el banco central continuará con tasas de interés cercanas a cero y seguirá ejecutando el programa de compra de activos financieros hasta que la economía muestre una mayor recuperación. Y, aunque no apoyó explícitamente la política fiscal de Biden, señaló que lograr una recuperación económica total es lo prioritario.

Esas declaraciones evitaron que el mercado bursátil retrocedería tal como lo hizo al inicio del día. Al ser cuestionado sobre si los precios de los activos financieros reflejaban la política monetaria expansiva que se ha ejecutado para enfrentar la recesión provocada por la COVID-19, Powell indicó que los precios de las acciones se explican por las expectativas sobre el avance de la aplicación de la vacuna contra el covid, la reapertura de los mercados, el ahorro privado disponible para gastar, las mayores ventas y beneficios empresariales, todo esto unido al estímulo fiscal y a una política monetaria acomodaticia.

Las expectativas de recuperación económica también influyen sobre los precios de los bienes básicos, los cuales han estado en alza por varios meses. Después de subir durante el día, el West Texas cerró ligeramente a la baja hasta 61.20 dólares por barril, pero otros bienes básicos, como el maíz, trigo y soya subieron.

El plan de rescate de Biden y la política monetaria de Powell tendrán efectos positivos y negativos sobre la economía dominicana. Los positivos se desprenden del aumento del empleo y de la actividad económica, lo cual favorece las remesas y, cuando se avance en la vacunación, el turismo. Los negativos se concentran en el aumento de la inflación importada, lo cual significará un reto importante para la administración del presidente Abinader.

Por: Jaime Aristy Escuder

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Paul Krugman Premio Nobel de Economía 2008

 

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martes, 31 de marzo de 2020

This Land of Denial and Death | By Paul Krugman @paulkrugman

Opinion
This Land of Denial and Death
Covid-19 and the dark side of American exceptionalism.
By Paul Krugman



Credit...Chip Somodevilla/Getty Images

Death comes at you fast. Just three weeks ago the official line at the White House and Fox News was that the coronavirus was no big deal, that claims to the contrary were a politically motivated hoax perpetrated by people out to get Donald Trump. Now we have a full-blown health crisis in New York, and all indications are that many other cities will soon find themselves in the same situation.
And it will almost certainly get much worse. The United States is on the worst trajectory of any advanced country — yes, worse than Italy at the same stage of the pandemic — with confirmed cases doubling every three days.
I’m not sure that people understand, even now, what that kind of exponential growth implies. But if cases kept growing at their current rate for a month, they would increase by a factor of a thousand, and almost half of Americans would be infected.
We hope that won’t happen. Many although not all states have gone into lockdown, and both epidemiological models and some early evidence suggest that this will “flatten the curve,” that is, substantially slow the virus’s spread. But as we wait to see just how bad our national nightmare will get, it’s worth stepping back for a few minutes to ask why America has handled this crisis so badly.
Incredibly bad leadership at the top is clearly an important factor. Thousands of Americans are dying, and the president is boasting about his TV ratings.
But this isn’t just about one man. Neither the scientific denial that crippled the initial response to this pandemic, nor the tens of thousands of unnecessary deaths that now seem likely, are unique to Covid-19. Among advanced countries, the United States has long stood out as the land of denial and death. It’s just that we’re now seeing these national character flaws play out at a vastly accelerated rate.
About denial: Epidemiologists trying to get a handle on the coronavirus threat appear to have been caught off guard by the immediate politicization of their work, the claims that they were perpetrating a hoax designed to hurt Trump, or promote socialism, or something. But they should have expected that reaction, since climate scientists have faced the same accusations for years.
And while climate-change denial is a worldwide phenomenon, its epicenter is clearly here in America: Republicans are the world’s only major climate-denialist party.
Nor is climate science the only thing they reject; not one of the candidates contending for the G.O.P.’s 2016 nomination was willing to endorse the theory of evolution.
What lies behind Republican science denial? The answer seems to be a combination of fealty to special interests and fealty to evangelical Christian leaders like Jerry Falwell Jr., who dismissed the coronavirus as a plot against Trump, then reopened his university despite health officials’ warnings, and seems to have created his own personal viral hot spot.
The point, in any case, is that decades of science denial on multiple fronts set the stage for the virus denial that paralyzed U.S. policy during the crucial early weeks of the current pandemic.
About death: I still sometimes encounter people convinced that America has the world’s highest life expectancy. After all, aren’t we the world’s greatest nation? In fact, we have the lowest life expectancy among advanced countries, and the gap has been steadily widening for decades.
This widening gap, in turn, surely reflects both America’s unique lack of universal health insurance and its equally unique surge in “deaths of despair” — deaths from drugs, alcohol and suicide — among working-class whites who have seen economic opportunities disappear.
Is there a link between the hundreds of thousands of excess deaths we suffer every year compared with other rich countries and the tens of thousands of additional excess deaths we’re about to suffer from the coronavirus? The answer is surely yes.
In particular, when we conduct a post-mortem on this pandemic — a stock phrase that, in this case, isn’t a metaphor — we’ll probably find that the same hostility to government that routinely undermines efforts to help Americans in need played a crucial role in slowing an effective response to the current crisis.
What about the larger picture? Is there a link between the uniquely American prevalence of science denial and America’s uniquely high mortality? To be honest, I’m still trying to figure this out.
One possible story is that the U.S. political landscape gives special power to the anti-science religious right, which has lent its support to anti-government politicians. But I’m not sure whether this is the whole story, and the power of people like Falwell is itself a phenomenon that demands explanation.
In any case, the point is that while America is a great nation with a glorious history and much to be proud of — I consider myself very much a patriot — the rise of the hard right has, as I said, also turned it into a land of denial and death. This transformation has been taking place gradually over the past few decades; it’s just that now we’re watching the consequences on fast forward.
The Times is committed to publishing a diversity of letters to the editor. We’d like to hear what you think about this or any of our articles. Here are some tips. And here’s our email: letters@nytimes.com.
Follow The New York Times Opinion section on FacebookTwitter (@NYTopinion) and Instagram.
Paul Krugman has been an Opinion columnist since 2000 and is also a Distinguished Professor at the City University of New York Graduate Center. He won the 2008 Nobel Memorial Prize in Economic Sciences for his work on international trade and economic geography. @PaulKrugman
A version of this article appears in print on , Section A, Page 27 of the New York edition with the headline: This Land Of Denial And DeathOrder Reprints | Today’s Paper | Subscribe
https://www.nytimes.com/2020/03/30/opinion/republicans-science-coronavirus.html
TRADUCCIÓN DE GOOGLE
Esta tierra de negación y muerte

Covid-19 y el lado oscuro del excepcionalismo estadounidense.

Por Paul Krugman

Un sitio de prueba de coronavirus en Landover, Maryland.

Un sitio de prueba de coronavirus en Landover, Md.Credit ... Chip Somodevilla / Getty Images
La muerte te ataca rápido. Hace solo tres semanas, la línea oficial en la Casa Blanca y Fox News era que el coronavirus no era gran cosa, que las afirmaciones de lo contrario eran un engaño políticamente motivado perpetrado por personas para sacar a Donald Trump. Ahora tenemos una crisis de salud en toda Nueva York, y todo indica que muchas otras ciudades pronto se encontrarán en la misma situación.

Y casi seguro que empeorará. Estados Unidos está en la peor trayectoria de cualquier país avanzado, sí, peor que Italia en la misma etapa de la pandemia, con casos confirmados que se duplican cada tres días.

No estoy seguro de que la gente entienda, incluso ahora, lo que implica ese tipo de crecimiento exponencial. Pero si los casos siguieran creciendo a su ritmo actual durante un mes, aumentarían en un factor de mil y casi la mitad de los estadounidenses se infectarían.
Esperamos que eso no suceda. Muchos, aunque no todos los estados han entrado en bloqueo, y tanto los modelos epidemiológicos como algunas pruebas preliminares sugieren que esto "aplanará la curva", es decir, reducirá considerablemente la propagación del virus. Pero mientras esperamos ver cuán grave será nuestra pesadilla nacional, vale la pena retroceder unos minutos para preguntar por qué Estados Unidos ha manejado tan mal esta crisis.

El liderazgo increíblemente malo en la cima es claramente un factor importante. Miles de estadounidenses están muriendo, y el presidente se jacta de sus calificaciones televisivas.

Pero no se trata solo de un hombre. Ni la negativa científica que paralizó la respuesta inicial a esta pandemia, ni las decenas de miles de muertes innecesarias que ahora parecen probables, son exclusivas de Covid-19. Entre los países avanzados, Estados Unidos se ha destacado por mucho tiempo como la tierra de la negación y la muerte. Es solo que ahora estamos viendo que estos defectos de carácter nacional se desarrollan a un ritmo enormemente acelerado.

Acerca de la negación: los epidemiólogos que intentan controlar la amenaza del coronavirus parecen haber sido tomados por sorpresa por la politización inmediata de su trabajo, las afirmaciones de que estaban perpetrando un engaño diseñado para dañar a Trump, o promover el socialismo, o algo así. Pero deberían haber esperado esa reacción, ya que los científicos climáticos han enfrentado las mismas acusaciones durante años.
Y aunque la negación del cambio climático es un fenómeno mundial, su epicentro está claramente aquí en Estados Unidos: los republicanos son el único partido negacionista climático importante del mundo.

Tampoco es la ciencia del clima lo único que rechazan; ninguno de los candidatos que competían por la nominación de G.O.P. de 2016 estaba dispuesto a respaldar la teoría de la evolución.

¿Qué hay detrás de la negación científica republicana? La respuesta parece ser una combinación de lealtad a intereses especiales y lealtad a líderes cristianos evangélicos como Jerry Falwell Jr., quien rechazó el coronavirus como un complot contra Trump, luego reabrió su universidad a pesar de las advertencias de los funcionarios de salud, y parece haber creado su propio punto viral viral personal.

El punto, en cualquier caso, es que décadas de negación científica en múltiples frentes prepararon el escenario para la negación del virus que paralizó la política estadounidense durante las cruciales primeras semanas de la pandemia actual.

Sobre la muerte: todavía a veces encuentro personas convencidas de que Estados Unidos tiene la esperanza de vida más alta del mundo. Después de todo, ¿no somos la nación más grande del mundo? De hecho, tenemos la esperanza de vida más baja entre los países avanzados, y la brecha se ha ampliado constantemente durante décadas.

Esta brecha cada vez mayor, a su vez, seguramente refleja la falta única de seguro médico universal de los Estados Unidos y su aumento igualmente único de "muertes de desesperación" (muertes por drogas, alcohol y suicidio) entre los blancos de la clase trabajadora que han visto desaparecer las oportunidades económicas.

¿Existe un vínculo entre los cientos de miles de muertes en exceso que sufrimos cada año en comparación con otros países ricos y las decenas de miles de muertes en exceso adicionales que estamos a punto de sufrir por el coronavirus? La respuesta seguramente es sí.

En particular, cuando realizamos una autopsia sobre esta pandemia, una frase común que, en este caso, no es una metáfora, probablemente descubriremos que la misma hostilidad hacia el gobierno que socava rutinariamente los esfuerzos para ayudar a los estadounidenses necesitados Un papel crucial en la desaceleración de una respuesta efectiva a la crisis actual.

¿Qué pasa con la imagen más grande? ¿Existe algún vínculo entre la prevalencia estadounidense exclusiva de la negación de la ciencia y la mortalidad excepcionalmente alta de Estados Unidos? Para ser honesto, todavía estoy tratando de resolver esto.

Una posible historia es que el panorama político de los EE. UU. Otorga un poder especial a la derecha religiosa contra la ciencia, que ha prestado su apoyo a los políticos antigubernamentales. Pero no estoy seguro de si esta es toda la historia, y el poder de personas como Falwell es en sí mismo un fenómeno que requiere explicación.

En cualquier caso, el punto es que, si bien Estados Unidos es una gran nación con una historia gloriosa y mucho de lo que estar orgulloso, me considero un gran patriota, el aumento de la extrema derecha, como dije, también la convirtió en un tierra de negación y muerte. Esta transformación ha tenido lugar gradualmente en las últimas décadas; es solo que ahora estamos viendo las consecuencias en el avance rápido.

Covid-19 Brings Out All the Usual Zombies | @paulkrugman By PAUL KRUGMAN

OPINION
Covid-19 Brings Out All the Usual Zombies 
| @paulkrugman By PAUL KRUGMAN |

Credit...Erin Schaff/The New York Times
Let me summarize the Trump administration/right-wing media view on the coronavirus: It’s a hoax, or anyway no big deal. Besides, trying to do anything about it would destroy the economy. And it’s China’s fault, which is why we should call it the “Chinese virus.”
Oh, and epidemiologists who have been modeling the virus’s future spread have come under sustained attack, accused of being part of a “deep state” plot against Donald Trump, or maybe free markets.
Does all this give you a sense of déjà vu? It should. After all, it’s very similar to the Trump/right-wing line on climate change. Here’s what Trump tweeted back in 2012: “The concept of global warming was created by and for the Chinese in order to make U.S. manufacturing noncompetitive.” It’s all there: it’s a hoax, doing anything about it will destroy the economy, and let’s blame China.
And epidemiologists startled to find their best scientific efforts denounced as politically motivated fraud should have known what was coming. After all, exactly the same thing happened to climate scientists, who have faced constant harassment for decades.
So the right-wing response to Covid-19 has been almost identical to the right-wing response to climate change, albeit on a vastly accelerated time scale. But what lies behind this kind of denialism?
Well, I recently published a book about the prevalence in our politics of “zombie ideas” — ideas that have been proved wrong by overwhelming evidence and should be dead, but somehow keep shambling along, eating people’s brains. The most prevalent zombie in U.S. politics is the insistence that tax cuts for the rich produce economic miracles, indeed pay for themselves, but the most consequential zombie, the one that poses an existential threat, is climate change denial. And Covid-19 has brought out all the usual zombies.
But why, exactly, is the right treating a pandemic the same way it treats tax cuts and climate change?
The force that usually keeps zombie ideas shambling along is naked financial self-interest. Paeans to the virtues of tax cuts are more or less directly paid for by billionaires who benefit from these cuts. Climate denial is an industry supported almost entirely by fossil-fuel interests. As Upton Sinclair put it, “It is difficult to get a man to understand something when his salary depends on his not understanding it.”
However, it’s less obvious who gains from minimizing the dangers of a pandemic. Among other things, the time scale is vastly compressed compared with climate change: the consequences of global warming will take many decades to play out, giving fossil-fuel interests plenty of time to take the money and run, but we’re already seeing catastrophic consequences of virus denial after just a few weeks.
True, there may be some billionaires who imagine that denying the crisis will work to their financial advantage. Just before Trump made his terrifying call for reopening the nation by Easter, he had a conference call with a group of money managers, who may have told him that ending social distancing would be good for the market. That’s insane, but you should never underestimate the cupidity of these people. Remember, Blackstone’s Steve Schwarzman, one of the men on the call, once compared proposals to close a tax loophole to Hitler’s invasion of Poland.
Also, billionaires have done very well by Trump’s tax cuts, and may fear that the economic damage from the coronavirus will bring about Trump’s defeat, and hence tax increases for people like them.
But I suspect that the disastrous response to Covid-19 has been shaped less by direct self-interest than by two indirect ways in which pandemic policy gets linked to the general prevalence of zombie ideas in right-wing thought.
First, when you have a political movement almost entirely built around assertions that any expert can tell you are false, you have to cultivate an attitude of disdain toward expertise, one that spills over into everything. Once you dismiss people who look at evidence on the effects of tax cuts and the effects of greenhouse gas emissions, you’re already primed to dismiss people who look at evidence on disease transmission.
This also helps explain the centrality of science-hating religious conservatives to modern conservatism, which has played an important role in Trump’s failure to respond.
Second, conservatives do hold one true belief: namely, that there is a kind of halo effect around successful government policies. If public intervention can be effective in one area, they fear — probably rightly — that voters might look more favorably on government intervention in other areas. In principle, public health measures to limit the spread of coronavirus needn’t have much implication for the future of social programs like Medicaid. In practice, the first tends to increase support for the second.
As a result, the right often opposes government interventions even when they clearly serve the public good and have nothing to do with redistributing income, simply because they don’t want voters to see government doing anything well.
The bottom line is that as with so many things Trump, the awfulness of the man in the White House isn’t the whole story behind terrible policy. Yes, he’s ignorant, incompetent, vindictive and utterly lacking in empathy. But his failures on pandemic policy owe as much to the nature of the movement he serves as they do to his personal inadequacies.
TRADUCCIÓN DE GOOGLE
OPINIÓN
Covid-19 saca todos los zombis habituales
El | @paulkrugman Por PAUL KRUGMAN |
28 de marzo de 2020
 Paul KrugmanPor Paul Krugman
Columnista de opinión
Por qué la negación de virus se parece a la negación climática.
El presidente Trump firmó un proyecto de ley de alivio de coronavirus en la Casa Blanca el viernes.
El presidente Trump firmó un proyecto de ley de alivio de coronavirus en la Casa Blanca el viernes. Crédito ... Erin Schaff / The New York Times
Permítanme resumir la opinión de la administración Trump / los medios de derecha sobre el coronavirus: es un engaño, o de todos modos no es gran cosa. Además, intentar hacer algo al respecto destruiría la economía. Y es culpa de China, por eso debemos llamarlo el "virus chino".
Ah, y los epidemiólogos que han estado modelando la propagación futura del virus han sufrido un ataque sostenido, acusados ​​de ser parte de un complot de "estado profundo" contra Donald Trump, o tal vez de libre mercado.
¿Todo esto te da una sensación de déjà vu? Debería. Después de todo, es muy similar a la línea de Trump / derecha sobre cambio climático. Esto es lo que Trump tuiteó en 2012: "El concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos con el fin de hacer que la fabricación estadounidense no sea competitiva". Todo está ahí: es un engaño, hacer cualquier cosa al respecto destruirá la economía y culpemos a China.
Y los epidemiólogos se sorprendieron al descubrir que sus mejores esfuerzos científicos denunciados como fraude por motivos políticos deberían haber sabido lo que vendría. Después de todo, exactamente lo mismo le sucedió a los científicos del clima, quienes han sufrido hostigamiento constante durante décadas.
Entonces, la respuesta de la derecha a Covid-19 ha sido casi idéntica a la respuesta de la derecha al cambio climático, aunque en una escala de tiempo enormemente acelerada. Pero, ¿qué hay detrás de este tipo de negación?
Bueno, recientemente publiqué un libro sobre la prevalencia en nuestra política de "ideas de zombis", ideas que han demostrado ser erróneas con pruebas abrumadoras y que deberían estar muertas, pero que de alguna manera siguen arrastrando los pies, comiendo el cerebro de las personas. El zombi más frecuente en la política de los Estados Unidos es la insistencia en que los recortes de impuestos para los ricos producen milagros económicos, de hecho se pagan por sí mismos, pero el zombi más consecuente, el que representa una amenaza existencial, es la negación del cambio climático. Y Covid-19 ha sacado todos los zombies habituales.
Pero, ¿por qué, exactamente, es correcto tratar una pandemia de la misma manera que trata los recortes de impuestos y el cambio climático?
La fuerza que usualmente mantiene a las ideas de zombis dando vueltas es el propio interés financiero. Los paeños a las virtudes de los recortes de impuestos son pagados más o menos directamente por los multimillonarios que se benefician de estos recortes. La negación climática es una industria respaldada casi en su totalidad por intereses de combustibles fósiles. Como dijo Upton Sinclair: "Es difícil lograr que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda".
Sin embargo, es menos obvio quién se beneficia al minimizar los peligros de una pandemia. Entre otras cosas, la escala de tiempo está muy comprimida en comparación con el cambio climático: las consecuencias del calentamiento global tomarán muchas décadas, dando a los intereses de los combustibles fósiles mucho tiempo para tomar el dinero y correr, pero ya estamos viendo catástrofes consecuencias de la negación del virus después de unas pocas semanas.
Es cierto que puede haber algunos multimillonarios que imaginen que negar la crisis funcionará para su ventaja financiera. Justo antes de que Trump hiciera su aterrador llamado para reabrir la nación en Semana Santa, tuvo una conferencia telefónica con un grupo de administradores de dinero, quienes pueden haberle dicho que terminar con el distanciamiento social sería bueno para el mercado. Eso es una locura, pero nunca debes subestimar la codicia de estas personas. Recuerde, Steve Schwarzman de Blackstone, uno de los hombres en la llamada, una vez comparó las propuestas para cerrar una brecha fiscal a la invasión de Polonia por Hitler.
Además, a los multimillonarios les ha ido muy bien con los recortes de impuestos de Trump, y pueden temer que el daño económico del coronavirus provoque la derrota de Trump y, por lo tanto, aumentos de impuestos para personas como ellos.
Pero sospecho que la respuesta desastrosa a Covid-19 ha sido moldeada menos por el interés propio directo que por dos formas indirectas en las que la política pandémica se vincula con la prevalencia general de ideas de zombis en el pensamiento de derecha.
Primero, cuando tienes un movimiento político construido casi en su totalidad en torno a afirmaciones de que cualquier experto puede decir que eres falso, debes cultivar una actitud de desdén hacia la experiencia, una que se extiende a todo. Una vez que descarta a las personas que buscan evidencia sobre los efectos de los recortes de impuestos y los efectos de las emisiones de gases de efecto invernadero, ya está preparado para despedir a las personas que buscan evidencia sobre la transmisión de enfermedades.
Esto también ayuda a explicar la centralidad de los conservadores religiosos que odian la ciencia al conservadurismo moderno, que ha desempeñado un papel importante en la falta de respuesta de Trump.
En segundo lugar, los conservadores tienen una creencia verdadera: a saber, que existe una especie de efecto halo en torno a las políticas gubernamentales exitosas. Si la intervención pública puede ser efectiva en un área, temen, probablemente con razón, que los votantes consideren más favorablemente la intervención del gobierno en otras áreas. En principio, las medidas de salud pública para limitar la propagación del coronavirus no tienen mucha implicación para el futuro de programas sociales como Medicaid. En la práctica, el primero tiende a aumentar el apoyo al segundo.
Como resultado, la derecha a menudo se opone a las intervenciones del gobierno, incluso cuando claramente sirven al bien público y no tienen nada que ver con la redistribución de ingresos, simplemente porque no quieren que los votantes vean que el gobierno hace algo bien.
La conclusión es que, al igual que con tantas cosas de Trump, lo horrible del hombre en la Casa Blanca no es toda la historia detrás de una política terrible. Sí, es ignorante, incompetente, vengativo y carece de empatía. Pero sus fracasos en la política de pandemia se deben tanto a la naturaleza del movimiento al que sirve como a sus deficiencias personales.