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viernes, 25 de enero de 2019

El elocuente silencio del Ejército durante la crisis de Nicaragua

El elocuente silencio del Ejército durante la crisis de Nicaragua

Expertos en seguridad critican la postura de los militares, que no se han pronunciado sobre la masacre ni la dura represión contra los manifestantes que exigen el fin del régimen de Ortega



Tras nueve meses de una profunda crisis política que ha costado la vida de al menos 325 personas, Nicaragua se enfrenta a un incierto 2019, aunque con la expectativa de una posible transición que, en opinión de los expertos en seguridad, podría tener como garante a un actor que hasta ahora ha guardado un elocuente silencio: el Ejército. En un país que se asoma al abismo por la intransigencia del presidente Daniel Ortega de abrirse a una negociación, son los militares quienes podrían jugar un rol determinante a la hora de evitar una salida caótica, aunque la población ve con recelo a quienes los analistas señalan de mantener un “silencio cómplice” frente a la sangría desatada por Ortega en este país centroamericano.
“Los militares no han dicho nada de los asesinados, heridos, capturados ilegalmente, los desaparecidos y los exiliados. Tampoco han dicho una sola palabra sobre el supuesto “intento de golpe de Estado” que ha esgrimido Ortega para justificar el baño de sangre. Se muestran insensibles. Ese silencio los ha convertido en cómplices silenciosos de Ortega: No intervienen ni a favor ni en contra, y en esta situación en Nicaragua es difícil mantener una postura de neutralidad”, explica Roberto Cajina, consultor civil en seguridad.
La confianza de los nicaragüenses hacia una institución que era muy respetada en el país se ha desplomado. El Latinobarómetro publicado en septiembre revelaba que solo el 22% de la población confía en el Ejército, mientras en las redes sociales los ciudadanos critican su silencio y hasta exigen que sea derogado, tal y como hicieron sus vecinos costarricenses. Pero no solo el silencio frente a la crisis ha afectado la imagen de los militares. Durante una década Ortega ha reformado las leyes nicaragüenses para garantizarse una mayor influencia y control del Ejército. Ortega comenzó un proceso de cambio en la Constitución política de Nicaragua, que terminó en 2013 con una reforma apoyada por la jefatura militar y en la que el presidente se garantizaba la reelección indefinida y con ella la permanencia en el poder. Además, el mandatario, cuyo partido controla la Asamblea Nacional, presentó una reforma al Código Militar en la que se eliminaba la prohibición de reelección para el jefe militar, y en julio de 2014, a golpe de decreto, a través de su esposa y vocera oficial, Rosario Murillo, se informó a la nación de que había ordenado al general Julio César Avilés mantenerse como jefe del Ejército, rompiendo de esta manera el cambio periódico que se realizaba cada cinco años en la jefatura militar.
“Es muy probable que el silencio que el Ejército ha guardado a lo largo de la crisis, pero en especial sobre la masacre, haya sido el disparador de la pérdida de legitimidad de la institución ante la población y que, a la vez, le consideren cómplice, cómplice silencioso del régimen Ortega-Murillo”, explica Cajina. “Este es sin duda uno de los costos políticos del silencio de los militares y no estoy claro si estos estaban conscientes de ese efecto que, por cierto, no es un daño colateral para el Ejército. Igualmente es un tanto borroso, imposible de predecir, en qué medida influirán esas dos percepciones de la población sobre el papel del Ejército en la transición”.
La crisis comenzó en abril, cuando los nicaragüenses se manifestaron contra la imposición de una reforma a la seguridad social que pretendía bajar las pensiones de los jubilados y aumentar el porcentaje que la patronal paga para mantener este beneficio a los trabajadores. La violenta respuesta de Ortega a esas primeras manifestaciones hizo que se desatara un estallido social que pronto exigía el fin de 12 años de gobierno sandinista. El exguerillero reaccionó con una brutal represión y armó a exmilitares, expolicías y sus seguidores más fanatizados en las llamadas “caravanas de la muerte”, que sembraron de terror las ciudades nicaragüenses, incluyendo Managua. Estos grupos irregulares que portaban armas de guerra ––denominados “paramilitares”–– desataron la peor matanza que ha sufrido este país en tiempos de paz, a vista y paciencia del Ejército, que en ningún momento intervino.
Para Cajina esta postura complaciente del Ejército fundamenta sus razones en la necesidad de “sobrevivir” como institución frente a un cambio de régimen, en el que no se le acuse de haber violentado los derechos humanos al participar activamente en la represión, pero también está relacionada a preservar los millonarios intereses económicos que los militares manejan a través del denominado Instituto de Previsión Social Militar (IPSM), que administra los fondos de retiro de los militares y que según Cajina contaba con al menos cien millones de dólares invertidos en 2012 en la Bolsa de Valores de Nueva York, mas millonarios negocios abiertos en Nicaragua al amparo del régimen de Ortega. En diciembre Estados Unidos anunció sanciones contra todo funcionario que haya participado en la represión, lo que incluye el congelamiento de cuentas bancarias o la imposibilidad de hacer negocios en ese país, y los militares no quieren correr el riesgo de ver afectados sus intereses económicos. “La primera gota de sangre que salga de una bala del Ejército significará el congelamiento de esos fondos”, afirma Cajina.
Antes de abril “el Ejército tenía una alianza económica y política muy fuerte con el grupo Ortega-Murillo y ya había también una serie de denuncias en relación con su actuación, sobre todo en las zonas rurales. Esa relación se consideraba de subordinación a Ortega y Murillo, pero para mí era una alianza interesada y a conveniencia por los negocios y empresas del Ejército”, explica Elvira Cuadra, sociología investigadora en temas de seguridad. “Una vez que comenzaron a actuar los grupos paramilitares, la posición del Ejército se ve comprometida, porque la constitución dice que no es posible que existan otros cuerpos armados dentro del territorio nacional. Estos grupos son fuerzas irregulares que actuaron completamente al margen de la ley, con uso de armas de fuego letales, lo que está prohibido por la Constitución y las leyes. La actitud de omisión del Ejército se comenzó a ver como una complicidad pasiva, porque si bien es cierto que está subordinado a la autoridad del presidente, también es cierto que su papel como institución del Estado le obliga a proteger el territorio, la población y responder principios fundamentales como el respeto a los derechos humanos de la población civil, que estaban siendo violentados por los grupos paramilitares”.
Cuadra afirma que en Nicaragua no se debe ver al Ejército como un actor político que “incline la balanza” de cara a una salida de la crisis, pero asegura que sí puede hacer un aporte “crucial” de cara a una futura negociación que contribuya a restablecer la democracia en Nicaragua. “Todavía están a tiempo”, advierte la académica, “hay que hacer un llamado a la jefatura del Ejército para que evalúe bien su papel como una institución que se debe a la nación y sobre el papel futuro que deben jugar en una época democrática nueva”. Cuadra afirma, sin embargo, que en un nuevo régimen el Ejército debe someterse a una “revisión” para valorar el papel que ha jugado durante la crisis que desangra al país.
https://elpais.com/internacional/2019/01/24/america/1548353198_120531.html

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domingo, 13 de enero de 2019

La renuncia de un juez aliado del gobierno de Nicaragua, un golpe para el régimen de Ortega

La renuncia de un juez aliado del gobierno de Nicaragua, un golpe para el régimen de Ortega
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, en una imagen de noviembre CreditInti Ocon/Agence France-Presse — Getty Images
CRÉDITOINTI OCON/AGENCE FRANCE-PRESSE — GETTY IMAGES

NICARAGUA

La renuncia de un juez aliado del gobierno de Nicaragua, un golpe para el régimen de Ortega

Rafael Solís, uno de los aliados más antiguos del presidente Daniel Ortega y una pieza clave en su permanencia en el poder, habló con The New York Times después de su renuncia, hasta ahora la deserción de más alto perfil durante la crisis. "Lo que viene es peor", dijo.
Solís fue implacable en su crítica a Ortega, con quien se había aliado desde la década de 1970. “La separación de poderes en Nicaragua se acabó”, dijo. “La concentración de poder está en ellos, esas dos personas”.
Solís dijo que ahora lamentaba uno de sus dictámenes más significativos, un fallo de la Corte Suprema de 2009 que puso fin a los límites del periodo presidencial y le permitió a Ortega permanecer en el poder.
Sin embargo, aunque para los críticos del gobierno la deserción de Solís es una importante muestra de oposición que podría empujar a otros, el exmagistrado mencionó que tenía pocas esperanzas de que su renuncia por sí sola tuviera un gran impacto en el gobierno o en el poder judicial, en el que Ortega y Murillo ahora toman todas las decisiones importantes.
“Tampoco estaba siendo muy útil. Era un poder judicial muy limitado, muy reducido en sus facultades. Prácticamente ya no teníamos mayores funciones”, comentó Solís en una entrevista telefónica desde una ubicación desconocida fuera de Nicaragua.
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Rafael Solís, juez de la Suprema Corte de Nicaragua, era el asesor legal más cercano al presidente Daniel Ortega hasta esta semana. Solís acusó al presidente y su esposa de dirigir un gobierno cruel y renunció en señal de protesta. CreditOscar Navarrete/Agence France-Presse — Getty Images
Nicaragua, con una población de 6,2 millones de personas, es una de las naciones más pobres del hemisferio y se ha visto sacudida por la agitación política desde abril, cuando estudiantes y jubilados que se manifestaban contra una propuesta de reducir las prestaciones de seguridad social fueron atacados por turbas a favor del gobierno.
Las protestas se salieron de control rápidamente y varias decenas de personas perdieron la vida. La agitación se expandió a varias ciudades del país. Las protestas populares fueron prohibidas y su represión por parte del gobierno ha dejado un saldo de 325 personas asesinadas y cientos de detenidos.
Solís fue un leal miembro del partido del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Ortega desde que ayudó a este último a combatir a la dictadura de Somoza en los años setenta mediante una guerra de guerrillas. Fue el único testigo de la boda de Ortega.
También fue legislador y líder de las Fuerzas Armadas, y estuvo en la Corte Suprema durante diecinueve años, tiempo durante el cual fue un generoso partidario del régimen de Ortega, como muestra el fallo sobre los límites al periodo presidencial que, en efecto, permitió a Ortega presentarse para una reelección indefinida.
Solís fue una de las personas más poderosas del país, conocido por ser una especie de padrino al que la gente acudía a fin de resolver una infinidad de problemas. En 2004, los medios nicaragüenses informaron que la embajada de Estados Unidos revocó su visa por estar vinculado a actos de corrupción.
En 2009 Solís fue un miembro clave de la Corte Suprema cuando los magistrados dictaminaron que los plazos límite violaban los derechos civiles de Ortega. Ahora el exmagistrado dice que ese fallo fue “un error”.
Mencionó que la idea de un segundo periodo presidencial no le molestaba tanto y que está permitido en muchos lugares. Ahora Ortega se encuentra en su tercer periodo presidencial consecutivo de cinco años.
“El tercer periodo fue el preocupante”, dijo Solís. “No pensé que llevaría a la nación a eso. Nunca lo imaginé”.
El exfuncionario comentó que “en el futuro” Nicaragua debería volver a imponer límites al periodo presidencial e incluso debería prohibir la reelección.
Tras los disturbios, el gobierno sostuvo que los manifestantes eran agentes de los partidos políticos “de derecha”, de la Iglesia católica y de grupos ajenos al país que planeaban llevar a cabo un golpe de Estado para derrocar a líderes elegidos democráticamente.
Solís escribió una mordaz carta de renuncia de tres páginas, a la que anexó una copia de su identificación, en la que decía que jamás hubo ningún intento de golpe de Estado ni agresión externa, “sino un uso irracional de la fuerza”.
Escribió que existían juicios políticos a “una gran cantidad de detenidos con una serie de acusaciones absurdas sobre delitos que nunca cometieron”.
Mencionó que cuando la crisis estalló se encontraba en México para una operación de columna y fácilmente pudo haber renunciado debido a problemas de salud. En cambio, dijo, optó por decir la verdad sobre un gobierno en el que ya no cree.
“Creo que la situación que prevalece en Nicaragua amerita una carta como esa”, dijo en la entrevista.
Solís mencionó que trató de dar lugar a una reforma electoral y a otras medidas como plebiscitos que habrían abierto el proceso democrático, pero que “eso no se dio”.
Sus conversaciones con el presidente, dijo, fueron totalmente civilizadas. “La confrontación no es mi estilo”, señaló.
Comentó que había mantenido la esperanza de que en los discursos de Navidad y Año Nuevo, el presidente hiciera un llamado a la paz, pero, en cambio, este pareció estar en contra de cualquier tipo de diálogo o intervención internacional, lo cual no le dejó a Solís otra opción que la renuncia.
Juan Sebastián Chamorro, líder opositor que se encontraba entre los miembros de un comité de reconciliación nacional que trató de poner fin a las protestas —pero fracasó—, dijo que la renuncia de Solís indicaba que la coalición del gobierno podría estar debilitándose.
“Es el funcionario de más alto nivel que ha desertado del régimen, además de uno de los servidores públicos de mayor antigüedad en el sistema judicial que data de los años ochenta”, afirmó Chamorro. “Creo que su renuncia va a hacer que mucha gente que actualmente está en el gobierno evalúe si debe tomar una acción similar”.
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Nicaragua se encuentra en medio de la agitación política desde abril, cuando los jubilados y los estudiantes que protestaban contra una iniciativa para reducir los beneficios de seguridad social fueron atacados por turbas oficialistas. CreditInti Ocon/Agence France-Presse — Getty Images
La familia Ortega ha mantenido el control del país, principalmente gracias a aliados leales en cargos clave, en organismos como la policía, el ejército, la Asamblea Nacional y los tribunales. No obstante, si alguien tan cercano a Ortega como Solís está dispuesto a renunciar, otros podrían hacer lo mismo, mencionó Chamorro.
“La fractura ha comenzado, al menos en el caso de Solís”, agregó. “Muy probablemente, otros seguirán su ejemplo”.
El presidente no hizo ninguna declaración relacionada con la renuncia y el gobierno no habla con ningún medio que no controla.
Solís afirmó que el tiempo para poner fin a la crisis por la vía pacífica se estaba acabando. La Organización de Estados Americanos votó el viernes para convocar una sesión extraordinaria de consejo permanente que pudiera conducir a tomar medidas para restablecer la democracia en Nicaragua. El Congreso de Estados Unidos aprobó sanciones económicas el mes pasado.
“El país va inevitablemente a una gran crisis económica que va a generar una gran violencia en el futuro”, sentenció Solís. “En este momento hay una aparente calma, pero es una calma forzada, debido a que la policía y los parapolicías sembraron el temor y el terror”.
“Al país no le está yendo bien. Lo que viene es peor”, añadió.