jueves, 4 de junio de 2026

La encíclica sobre la inteligencia artificial: una brújula moral para tiempos de vértigo

La encíclica sobre la inteligencia artificial: una brújula moral para tiempos de vértigo
La intervención del Papa Francisco sobre la inteligencia artificial no es un gesto ornamental del magisterio; es una llamada urgente a reponer la dignidad humana en el centro de una revolución tecnológica que redefine trabajo, verdad y poder. Para sociedades pequeñas y desiguales como la nuestra, ese llamado ofrece tanto un marco ético como una oportunidad política para diseñar respuestas públicas que protejan a las personas y fortalezcan el bien común.

La tecnología nunca es neutra: lo sabemos por experiencia histórica y por la evidencia cotidiana. Pero la velocidad y la escala de la inteligencia artificial introducen una dimensión nueva: decisiones que antes requerían deliberación humana ahora se delegan a sistemas opacos; mercados que antes regulaban incentivos ahora se aceleran por arquitecturas digitales que concentran datos y control. Frente a ese paisaje, la encíclica del Papa Francisco actúa como un recordatorio de que la técnica debe servir a la persona y no al revés. No se trata de un rechazo tecnofóbico, sino de una reivindicación de principios —dignidad, solidaridad, subsidiariedad y bien común— que pueden orientar políticas, empresas y comunidades.

Para la República Dominicana, la pertinencia de ese documento es práctica y urgente. Vivimos en una economía donde la informalidad laboral es alta, donde la brecha digital persiste entre zonas urbanas y rurales, y donde las instituciones públicas aún están en proceso de consolidación frente a nuevas formas de poder económico. La encíclica ofrece un marco para que el Estado no sea espectador pasivo: exige transparencia en la contratación pública de tecnologías, evaluación de impacto social antes de desplegar sistemas automatizados y mecanismos de rendición de cuentas que permitan a la ciudadanía entender y cuestionar decisiones algorítmicas que afectan su vida cotidiana.

Pero la encíclica también interpela a la sociedad civil y a las comunidades religiosas. La autoridad moral del Papa puede movilizar redes comunitarias para exigir que la innovación tecnológica no erosione la verdad ni la convivencia democrática. En contextos donde la desinformación y la manipulación de emociones se convierten en herramientas de poder, la defensa de la verdad y la promoción de una cultura digital crítica son tareas que trascienden lo técnico: son tareas de formación ética y cívica. Las parroquias, las universidades y las organizaciones comunitarias pueden convertirse en espacios de alfabetización digital que enseñen a discernir, a cuestionar y a reclamar transparencia.

La encíclica también pone el foco en la economía: la automatización y la inteligencia artificial reconfiguran empleos y cadenas productivas. La respuesta no puede ser la nostalgia por empleos que desaparecen ni la resignación ante el desempleo tecnológico. Debe ser una política pública activa de reconversión laboral, protección social y fomento de empleos que aprovechen la creatividad humana —aquello que las máquinas no replican con facilidad—. Aquí la subsidiariedad propuesta por la Doctrina Social de la Iglesia sugiere que las soluciones deben nacer de la cooperación entre Estado, empresas y comunidades, con el Estado garantizando redes de seguridad y condiciones para la formación continua.

Un punto central de la encíclica es la exigencia de control humano significativo sobre las decisiones automatizadas. Eso implica no solo auditorías técnicas, sino también procesos democráticos: comités ciudadanos, acceso a explicaciones comprensibles, y vías efectivas de apelación. La transparencia técnica sin participación social es insuficiente; la legitimidad de cualquier sistema que influya en la vida de las personas depende de su capacidad para ser entendido, cuestionado y corregido por quienes lo sufren o lo usan.

No debemos subestimar la dimensión internacional del problema. Las grandes plataformas y los proveedores de modelos de IA operan en un mercado global que tiende a externalizar riesgos hacia países con marcos regulatorios débiles. La encíclica, al reclamar una ética universal, impulsa la cooperación internacional y la exigencia de estándares que protejan a los más vulnerables. Para países como el nuestro, esto significa articular alianzas regionales, compartir buenas prácticas y negociar condiciones que impidan la explotación de datos y la imposición de soluciones tecnológicas sin evaluación previa.

Finalmente, la fuerza de la encíclica radica en su capacidad para transformar el debate: de una discusión técnica y empresarial a una conversación pública sobre qué tipo de sociedad queremos. La tecnología puede ampliar libertades o profundizar desigualdades; puede enriquecer la vida humana o reducirla a métricas. La elección no es automática. Requiere deliberación, instituciones fuertes y una ciudadanía informada que exija que la innovación esté al servicio de la persona.

La invitación es clara: no esperar a que la tecnología nos imponga sus reglas. Empezar ahora a construir marcos normativos, programas de formación, observatorios ciudadanos y alianzas internacionales que pongan la dignidad humana en el centro. Si la encíclica nos ofrece una brújula, corresponde a los actores políticos, empresariales y comunitarios convertir esa orientación moral en políticas concretas que protejan a las personas y fortalezcan el bien común.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor
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Información relacionada:
CARTA ENCÍCLICA
MAGNIFICA HUMANITAS
DEL SANTO PADRE
LEÓN XIV
SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANA
EN EL TIEMPO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

Resumen
Vatican News
Papa
León XIV presenta la encíclica: desarmar la IA, no a lógicas de exclusión y dominio
León XIV explica el sentido y el origen de su primera encíclica sobre la «custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial», una herramienta que influye en la vida, moldea las decisiones y cambia la forma de combatir la guerra. El Pontífice pide liberar a la IA «de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, exclusión o muerte» e invoca el «desarme» de las tecnologías para que se pongan al servicio del «bien común».

Salvatore Cernuzio – Ciudad del Vaticano

Al igual que «el León de antaño», el Papa León XIII, también el «León» de hoy, el Papa León XIV, mira hacia las «res novae», esas «cosas nuevas» que desafían al tiempo, a la historia y a la humanidad. Y si en aquella época fue la revolución industrial, con los numerosos y complejos cambios en el mundo del trabajo y las nuevas formas de pobreza impuestas, hoy es la Inteligencia Artificial, con su potencial y sus peligros, la que está ante los ojos y en el corazón del Pontífice, quien lanza un llamamiento universal: «Desarmar la IA».

La Inteligencia Artificial requiere hoy ser «desarmada», liberada de lógicas que la transforman en instrumento de dominio, de exclusión o de muerte.

El Papa León habla mediante metáforas, pero también con referencias a la historia, en su discurso pronunciado en el Aula del Sínodo, con motivo de la presentación de Magnifica humanitas, la primera encíclica de su pontificado publicada esta mañana, 25 de mayo. Nunca antes había ocurrido que un Papa estuviera presente en el Aula en la que se presenta al público uno de sus documentos magisteriales. Es también la primera vez que, además de cardenales y profesores, junto al Pontífice están sentados expertos en alta tecnología. Una señal de la importancia y la atención que se le da al tema tratado en la encíclica, símbolo y síntoma de la «gravedad del momento» que se vive y que provoca preocupación en la Iglesia, llamada a «descifrar las cosas nuevas a la luz del Evangelio y de la dignidad del hombre». Una inquietud a la que, sin embargo, León XIV contrapone la confianza:

La confianza de que, juntos, podemos discernir las grandes cuestiones de nuestro tiempo y, por lo tanto, el futuro de la humanidad

Siguiendo los pasos de León XIII

Hace ciento treinta y cinco años, el Papa Pecci observó la situación de los obreros y las familias desarraigadas y empobrecidas por la rápida transformación industrial y «comprendió que la Iglesia no podía permanecer al margen». En un momento de «cambio epocal» que «amenazaba la dignidad humana», escribió entonces la encíclica Rerum Novarum. Con el mismo espíritu, el Papa Prevost —quien firmó simbólicamente la Magnifica humanitas el 15 de mayo, día de la publicación de Rerum Novarum— dice sentirse «llamado a contemplar otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con la apertura al misterio y con los gritos de los pobres y de la tierra que resuenan en mi corazón».

Este es el sentido de las aproximadamente 200 páginas, fruto de una reflexión de diez años dentro de la Santa Sede sobre las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial, la cual hoy en día afecta «muchos ámbitos de nuestra vida», influye en las decisiones y está «cambiando radicalmente la forma en que se libra la guerra».

Carta Encíclica Magnifica humanitas
Fruto de la escucha

Son muchas, pues, las aportaciones, reflexiones y orientaciones de esta encíclica que —como explica el propio Papa— tiene una única raíz: «la escucha». La escucha de científicos e ingenieros que «trabajan con sincero entusiasmo en tecnologías capaces de aliviar inmensos sufrimientos»; la escucha de «líderes políticos y funcionarios públicos que han buscado con perseverancia normas justas»; la escucha de «padres y maestros profundamente preocupados por el futuro de las nuevas generaciones».

También me han llegado otras voces, muy inquietantes, sobre sistemas de armas cada vez más autónomos, prácticamente fuera de todo control humano. Escucho relatos muy preocupantes sobre algoritmos que pueden impedir el acceso a la atención médica, al trabajo y a la seguridad basándose en datos viciados por prejuicios e injusticias.

Junto con estas voces, también ha resonado con fuerza «el silencio de quienes no tienen voz cuando se toman decisiones», explica el Papa León, «decisiones que corren el riesgo de generar nuevas formas de exclusión y sufrimiento».

Desarmar y construir

De todo ello ha surgido una convicción que el propio Pontífice califica de «inquietante» y que sirve de hilo conductor de la encíclica: «La inteligencia artificial debe ser desarmada». «La palabra es fuerte, lo sé», admite León, «pero se eligió deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de llamar la atención, despertar las conciencias e indicar caminos a seguir para la humanidad».

Desde hace tiempo, la Iglesia se compromete a favor del desarme nuclear, como «servicio a la paz y a la dignidad de la familia humana». En un sentido análogo, «la Inteligencia Artificial requiere hoy ser desarmada», porque «al igual que la energía nuclear, debe estar al servicio de todos y del bien común». Y «las decisiones sobre la tecnología nunca deben separarse de la conciencia y la responsabilidad».

La paz, no solo la ausencia de guerra, es la justicia en acción. Pero cuando la tecnología debilita nuestro sentido crítico, es la paz misma la que está en riesgo. Desarmar, sin embargo, no basta. Debemos construir.

«Nadie reconstruye solo»

Esta última indicación, «construir», evoca en Robert Francis Prevost otro recuerdo de la historia. El más reciente y personal, de sus años de misión en Perú. En concreto, el año 2017, cuando las lluvias torrenciales y las inundaciones provocadas por El Niño azotaron el norte del país: «Muchas familias vieron cómo el lodo se tragaba sus casas, y lo mismo ocurrió con muchas calles». «Allí —confiesa el Papa— aprendí que reconstruir no significa simplemente reemplazar lo que ha sido destruido. Significa reparar los lazos, restablecer la confianza y despertar la esperanza en el futuro. Además, nadie reconstruye solo».

Solo con una visión tan integral podrá orientarse la Inteligencia Artificial hacia el bien común. Solo juntos —quienes diseñan los sistemas y quienes sufren sus consecuencias, los países más ricos y los más pobres, las instituciones y los individuos, los centros de poder y las periferias— seremos capaces de construir un futuro, no para unos pocos privilegiados, sino para toda la familia humana.

La sabiduría de la Iglesia

Esta es «la civilización del amor» proclamada con fuerza por San Pablo VI y San Juan Pablo II. Por eso la Iglesia desea, «con humildad y franqueza», participar en el diálogo sobre la IA: «No tenemos respuestas técnicas, ni pretendemos sustituir a quienes tienen la competencia necesaria —señala el Papa—. «Pero aportamos una sabiduría sobre lo humano que nuestro tiempo necesita desesperadamente: cada persona es única e insustituible, un sujeto libre e inteligente dotado de conciencia, capaz de buscar a Dios, de servir a los demás y de cuidar de nuestra casa común».

Para concluir, pues, una invitación a todos los miembros de la Iglesia y de la familia humana: «Aprendamos a escucharnos unos a otros, a afrontar con valentía los desafíos del presente y a cooperar en la construcción de una sociedad más humana y fraterna». Que este lanzamiento de Magnifica humanitas, es el deseo del Papa León XIV, pueda dar inicio a una época de «artesanos de la esperanza» que continúen «construyendo la obra de nuestro tiempo».

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25 mayo 2026, 
  • Angelus prayer and Holy Rosary

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