viernes, 5 de junio de 2026

Cuba entre la épica agotada y el deber del pragmatismo

Cuba entre la épica agotada y el deber del pragmatismo

Durante demasiado tiempo, la política cubana —tanto en la isla como en el exilio— ha estado atrapada entre relatos de pureza heroica, maximalismos ideológicos y lealtades simbólicas que, al final, han terminado trasladando el costo del conflicto a la vida cotidiana de la gente común. Hoy, en medio del colapso económico, la represión persistente y el éxodo demográfico, el verdadero debate ya no debería ser quién conserva la superioridad moral del relato, sino quién está dispuesto a colocar en el centro la supervivencia, la dignidad y el futuro de los cubanos. 

La tragedia cubana no puede entenderse solamente como el fracaso de un modelo económico ni como el resultado mecánico de la presión exterior. Es, también, la consecuencia de una imaginación política secuestrada durante décadas por la lógica de la pureza: una pureza revolucionaria que convirtió toda crítica en traición y una pureza anticastrista que, en no pocos momentos, privilegió la caída total del régimen por encima del alivio inmediato del sufrimiento social. Esa tensión ha sido devastadora. El poder en La Habana ha insistido en administrar la escasez bajo una narrativa sacrificial, mientras una parte del discurso del exilio más duro ha llegado a tolerar que el dolor interno funcione como palanca de desenlace político. El resultado ha sido el mismo: la población cubana, dentro y fuera de la isla, cargando con el precio de una confrontación sostenida por símbolos más que por soluciones. 

Hoy esa contradicción es más visible que nunca. El deterioro de las condiciones de vida en Cuba ha dejado de ser un episodio coyuntural para convertirse en una crisis estructural de dimensiones históricas. Organizaciones de derechos humanos y reportajes internacionales coinciden en describir un país marcado por apagones prolongados, escasez aguda de alimentos y medicinas, deterioro del sistema de salud, restricciones crecientes al espacio cívico y un éxodo masivo que ha reducido de forma dramática la población residente. Human Rights Watch ha documentado que cientos de críticos y manifestantes continúan detenidos arbitrariamente, mientras el acceso a derechos básicos se deteriora junto con los servicios públicos; por su parte, investigaciones periodísticas recientes hablan abiertamente de un colapso de los pilares que durante décadas sostuvieron la legitimidad simbólica del castrismo, desde la sanidad hasta la educación.  

Ese agotamiento material ha coincidido con el desgaste del mito. Durante años, la Revolución cubana exportó una épica formidable: la del pequeño país resistente, la del socialismo caribeño capaz de desafiar a Washington, la del sacrificio como fuente de virtud histórica. Pero cuando esa épica deja de traducirse en bienestar mínimo, movilidad social o expectativas de futuro, termina revelando su costado más cruel: el de justificar la precariedad como destino político. En los últimos años, incluso voces cercanas a la sensibilidad progresista latinoamericana han comenzado a reconocer que la narrativa heroica ya no alcanza para explicar un país envejecido, despoblado y emocionalmente exhausto. El problema no es que Cuba haya perdido un relato; el problema es que el relato ha empezado a funcionar como sustituto de la realidad. 

Pero sería intelectualmente insuficiente cargar toda la responsabilidad sobre La Habana y pasar por alto la dimensión de la política estadounidense. El embargo de larga data, las restricciones acumuladas, las limitaciones financieras y, más recientemente, el endurecimiento de medidas que afectan suministro energético y canales de alivio externo, han contribuido a agravar una crisis que ya era seria. Human Rights Watch reconoce que la política de aislamiento de Estados Unidos continúa siendo un factor relevante, y reportajes recientes han señalado que nuevas decisiones de presión sobre el petróleo han profundizado el colapso de servicios esenciales en la isla. Negar el peso de esa presión sería tan dogmático como negar la responsabilidad del régimen cubano en la ruina productiva y la represión. Cuba está atrapada, precisamente, porque dos rigideces se alimentan mutuamente: la del poder que no reforma a tiempo y la del castigo externo que convierte la asfixia en estrategia. 

En ese contexto, hablar de pragmatismo no es una concesión ideológica; es una exigencia humanitaria y política. Pragmatismo significa entender que ninguna transición sostenible puede construirse sobre el hundimiento absoluto de la sociedad. Significa aceptar que abrir espacios al emprendimiento, facilitar remesas, restablecer puentes consulares, ampliar márgenes para la sociedad civil y permitir una economía menos militarizada no equivale a legitimar el autoritarismo, del mismo modo que exigir libertades públicas y liberación de presos políticos no equivale a apoyar un colapso indiscriminado. La alternativa a este enfoque no es la coherencia moral, sino la prolongación del castigo colectivo. Y un país que ha perdido alrededor de una décima parte de su población en años recientes no puede seguir siendo tratado como laboratorio de posturas absolutas.  

También el exilio cubano enfrenta aquí una prueba de madurez histórica. Durante mucho tiempo, buena parte de su identidad política se construyó sobre una memoria legítima de despojo, persecución y ruptura. Pero toda memoria corre el riesgo de endurecerse cuando se convierte en doctrina única. Las nuevas generaciones de cubanos fuera de la isla, más conectadas con las urgencias familiares que con las ortodoxias de la Guerra Fría, parecen comprender algo esencial: que ayudar a respirar a Cuba no es traicionar la causa de la libertad, sino hacerla viable. El maximalismo puede tener rentabilidad retórica, pero pocas veces produce gobernabilidad futura. Si la política hacia Cuba sigue definida por la necesidad de demostrar inflexibilidad antes que por la voluntad de mejorar vidas concretas, el resultado será una perpetuación del estancamiento, no una solución.  

La gran cuestión, entonces, no es si Cuba debe cambiar. Eso ya no admite discusión: Cuba necesita cambiar en lo económico, en lo político, en lo institucional y en su relación con el mundo. La cuestión real es si ese cambio será secuestrado otra vez por guardianes de la pureza —de un lado y del otro— o si por fin se impondrá una ética de responsabilidad. Esa ética exige reconocer, sin evasivas, que el régimen cubano ha reprimido, censurado y administrado mal; pero también exige admitir que la política de castigo perpetuo no ha democratizado la isla y sí ha contribuido a su sufrimiento social. En esa doble verdad incómoda reside la única base seria para una salida.  

Cuba no necesita más épica: necesita oxígeno. No necesita más liturgias ideológicas: necesita instituciones que funcionen, energía, alimentos, medicinas, libertades y horizonte. Tal vez la señal más clara de este tiempo sea que cada vez más cubanos, dentro y fuera de la isla, parecen estar menos interesados en la pureza de las consignas que en la posibilidad de una vida vivible. Y quizá ahí, justamente ahí, comience la única revolución útil: la del pragmatismo moral que antepone al ser humano sobre el mito.

Luis Orlando Díaz Vólquez
#GuasábaraEditor

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For too long, dreams of heroic purity have harmed ordinary Cubans, both on the island and in exile. Register for free to learn why some are ready for more pragmatism https://econ.st/4uPZmra

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