lunes, 10 de septiembre de 2018

Kavanaugh matará la Constitución | por Paul Krugman @paulkrugman

Kavanaugh matará la Constitución

Paul Krugman - 9 de septiembre de 2018 - 12:08 am -  1
Paul Krugman
A un nivel básico, el intento de meter a la fuerza a Brett Kavanaugh a la Suprema Corte se parece mucho a la forma en la que aprobaron los republicanos el recorte fiscal del año pasado. Una vez más, vemos un proceso apresurado y abiertamente partidista, en el que los líderes del Partido Republicano retienen la mayoría de la información que se supone debe ser parte de las deliberaciones en el Congreso. Nuevamente, es muy probable que el resultado dependa del tribalismo puro: salvo que algunos republicanos desarrollen la conciencia de manera muy tardía, votarán como lo marca el partido, con pleno conocimiento de que están renunciando a su deber constitucional de proveer asesoría y consentimiento.
Es cierto, Kavanaugh al menos tendrá una sesión, cosa que el proyecto de ley fiscal nunca tuvo, pero está abriéndose paso con movimientos rápidos y certeros, negándose a responder hasta las preguntas más directas, mostrando una evasión que no concuerda en absoluto con la probidad que solíamos esperar de los magistrados de la Suprema Corte.
No, la verdadera cuestión en la que esto se diferencia de la historia del proyecto de ley fiscal es que el año pasado estábamos hablando solo de un par de billones de dólares. Este año estamos hablando del futuro de la república. La confirmación de Kavanaugh nos encaminaría hacia varias crisis constitucionales.
Después de todo, de confirmarse el nombramiento de Kavanaugh, estaremos tratando de abrirnos paso en una era turbulenta en la política con una Suprema Corte en la que habrán logrado robarnos dos lugares. Primero, los republicanos se negaron siquiera a dar una audiencia al nombramiento del Presidente Barack Obama; luego, habrán llenado dos vacantes con candidatos seleccionados por un Presidente que perdió el voto popular y a duras penas se hizo de una victoria del Colegio Electoral solo con ayuda de una potencia extranjera hostil.
¿El magistrado Kavanaugh se conduciría con la cautela adecuada en una situación tan tensa? Bueno, los milagros de redención personal existen, pero es muy poco probable. Por el contrario, todo indica que, si logra ser magistrado, él y sus colegas en la Suprema Corte abusarán de su poder de todas las formas posibles.
Después de todo, ¿qué sabemos de Kavanaugh? Hay tanto que no sabemos, gracias a la forma sin precedentes en la que los republicanos y el Gobierno de Trump están obstruyendo el acceso a miles de páginas de su historial. Lo que hay en esos registros ocultos debe ser realmente dañino, dado lo que ya sabemos; un historial que, en tiempos normales, sería más que suficiente para descartarlo como posible miembro del máximo tribunal del país.
El juez Brett Kavanaugh fue propuesto por el Presidente Donald Trump como magistrado a la Corte Suprema de Estados Unidos.

Recuerden, Kavanaugh se curtió trabajando para la investigación del fiscal independiente Kenneth Starr sobre Bill Clinton, que fue una auténtica cacería de brujas que consumió siete años y decenas de millones de dólares sin encontrar pruebas de delitos. Además, pasó años obsesionado investigando teorías conspiratorias sin sentido sobre el suicidio de Vince Foster.
Luego, estuvo trabajando un tiempo en la Casa Blanca de George W. Bush, en la cual la tortura se volvió una política rutinaria. En su audiencia de confirmación de 2006 para una magistratura en un tribunal de apelación declaró que no había intervenido en esas decisiones. ¿Estaba diciendo la verdad? La respuesta podría estar en esas miles de páginas de registros que el Gobierno de Trump se niega a dar a conocer.
Sin embargo, resulta extraño que haya surgido de esa experiencia siendo alguien que cree que los presidentes no pueden ser sujeto de investigaciones judiciales.
Mientras tanto, Kavanaugh acumuló un historial como juez de apelaciones, que además lo posiciona en la extrema derecha en todo, desde el medio ambiente, hasta los derechos laborales y la discriminación. Sus posturas en contra de los trabajadores son particularmente extremas, incluso para un conservador.
Así que, ¿quién es Brett Kavanaugh? Si parece un perro fiel de derecha y ladra como un perro fiel de derecha, lo más seguro es que lo sea. Lo cual nos lleva a las próximas crisis constitucionales.
La pregunta inmediata es cómo manejará la Corte la obstrucción de la justicia de Trump, que es probable que alcance niveles épicos muy pronto. Si creen que Kavanaugh no apoye por completo a Trump, permítanme mostrarles algunos suplementos alimenticios milagrosos que tal vez quieran comprarme.
Además de eso, ¿qué ocurrirá si luego tenemos un Congreso y un Presidente demócratas, que traten de hacer avanzar una agenda de centroizquierda? Con ello me refiero, por cierto, a cosas como la expansión de la cobertura de servicios médicos y el aumento de los impuestos a los ingresos elevados; cosas que no son radicales, y que de hecho cuentan con un amplio apoyo popular.
Existen todas las razones para creer que un tribunal en el que esté Kavanaugh echaría abajo todo lo que los funcionarios electos trataran de hacer. Dejando de lado los fundamentos políticos, esto destruiría la legitimidad de la Corte, dejando al descubierto con toda claridad su partidismo manifiesto —basado, de nuevo, en dos magistraturas robadas—, pero quizá ocurra de todos modos.
De hecho, la carnicería constitucional bien podría comenzar a la brevedad, el año próximo. Sabemos que si los republicanos se mantienen en las elecciones intermedias, se apresurarán a destruir Obamacare y dejarán sin seguro a millones. Sin embargo, incluso si pierden, ¿qué probabilidades hay de que si se confirma a Kavanaugh, la corte encuentre alguna excusa para declarar la Ley de Atención Médica Asequible inconstitucional? Seguramente son bastante altas.
Así que permítanme hacer un llamado de último minuto a los senadores republicanos a los que les importa el futuro de Estados Unidos, si es que todavía los hay: no hagan esto. Un voto por Kavanaugh será un voto para destruir la legitimidad de una de las últimas instituciones federales que quedan en pie en este país.
Fuente: Diario digital de México Sinembargo.
https://acento.com.do/2018/opinion/8603883-kavanaugh-matara-la-constitucion/
Paul Krugman
Opinión
Paul Krugman es un economista estadounidense y ha sido columnista de opinión desde el año 2000 en el New York Times. Es un profesor distinguido del City University of New York Graduate Center. En 2008 ganó el Premio Nobel de Economía por sus contribuciones a la Nueva Teoría del Comercio y la Nueva Geografía Económica.

ECONOMIA GLOBAL | Recesión a lo grande: crónica de los 10 años de crisis que cambiaron el mundo | Foro Económico Mundial (EWF)

Protestors hold signs behind Richard Fuld, Chairman and Chief Executive of Lehman Brothers Holdings, as he takes his seat to testify at a House Oversight and Government Reform Committee hearing on the causes and effects of the Lehman Brothers bankruptcy, on Capitol Hill in Washington in this October 6, 2008 file photo. Fuld told Congress that U.S. banking regulators knew exactly how Lehman was pricing its distressed assets and about its liquidity in the months before its collapse.
Imagen: REUTERS/Jonathan Ernst

Recesión a lo grande: crónica de los 10 años de crisis que cambiaron el mundo

En colaboración con EL PAÍS 10 sep 2018 Claudi Pérez Brussels bureau chief, El País
El capitalismo sin quiebra es como el cristianismo sin infierno. La destrucción creativa que proporciona el verbo quebrar es una de las varitas mágicas del sistema: quiebran los individuos, quiebran las empresas, quiebran hasta los países y de esa manera se supone —se supone— que la economía se regenera, se purifica, expía sus pecados y es capaz de seguir adelante. Esa regla de oro vale para todos los agentes económicos. Con una sonora excepción: los grandes bancos, algo así como el aparato circulatorio de la economía global.
Se cumplen 10 años del peor momento de la Gran Recesión: en la única circunstancia en la que el sistema aplicó de veras su máxima, que cada palo aguante su vela, el Tesoro de Estados Unidos y la Reserva Federal dejaron caer a Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión norteamericano. A partir de ese momento todo pareció posible. La destrucción tuvo muy poco de creativa cuando el miedo se convirtió en pánico y la capacidad autodestructiva de las finanzas sacudió el corazón del sistema, Wall Street, y amenazó con llevárselo todo, absolutamente todo, por delante. El 15-S de 2008 ha sido, poco más o menos, nuestra versión del crack de1929; sus consecuencias siguen con nosotros y, de muchas maneras, marcarán para siempre nuestras vidas.
"Nueva York y el sistema financiero: densidad, inmensidad, complejidad", escribía este reportero con caligrafía apresurada en un cuaderno recién estrenado el día después del 15-S, en pleno momento Lehman, frente a la sede de ese banco-pesadilla y junto a un fotógrafo de un tabloide que montó guardia durante días para ver si algún banquero acababa tirándose por la ventana. Cada calamidad económica deja una imagen impactante: en 1929 sí saltaron al vacío los ejecutivos desde sus despachos; en esta crisis, en cambio, los banqueros de las entidades quebradas se han llevado suculentas indemnizaciones y el suicidio más sonoro fue muy diferente: el de un pensionista griego abocado a la miseria.
Junto con las imágenes icónicas, cada una de las grandes crisis provocó en su día enormes cambios: la de 1929 y la posterior guerra mundial alumbró el keynesianismo, una fuerte regulación financiera y 30 años gloriosos de fuerte crecimiento; la estanflación de los setenta acabó con Keynes y derivó en la contrarrevolución conservadora. La Gran Recesión puede leerse como un fracaso devastador del libre mercado, y aun así casi nada ha cambiado: Wall Street sigue siendo "densidad, inmensidad, complejidad", los mismos viejos vicios de la economía siguen vigentes y, en todo caso, la crisis ha sido un extraordinario catalizador para uno de las grandes preocupaciones de estos tiempos, el auge imparable del populismo. Quizá la quiebra, en fin, haya llegado en la aparentemente indestructible democracia liberal, que durante tantas décadas protagonizó un supuesto fin de la historia y pareció inseparable del capitalismo.
Pero que los hechos hablen por sí mismos, que diría el gran Alejandro Bolaños, uno de los más brillantes cronistas de esta crisis: las horas posteriores a la quiebra de Lehman fueron un auténtico caos en el número 745 de la Séptima Avenida, a un paso de Central Park, en pleno Manhattan. "Un revoltijo de limusinas, unidades móviles y guardas de seguridad giran alrededor de decenas ejecutivos recién despedidos", puede leerse en la citada libreta del estupefacto enviado especial. No había en el mundo banqueros más arrogantes y despiadados que los de Lehman Brothers: de ahí la potencia visual de esas imágenes, esa cola de jóvenes financieros cabizbajos llevándose sus pertenencias en cajas de cartón. Ese 15-S se abrió la caja de Pandora: "Estuvimos extremadamente cerca de un colapso financiero global", ha escrito Ben Bernanke, expresidente de la Fed (el banco central estadounidense) y una de las personalidades fundamentales en la gestión de aquel caos. La respuesta fue, básicamente, no volver a dejar caer a nadie más: "Si no se afloja la pasta, todo podría irse al infierno", advirtió el 24 de septiembre, apenas nueve días después, un cariacontecido George W. Bush, supuesto apóstol del libre mercado y a la sazón presidente de los Estados Unidos.
Porque después de Lehman las finanzas volvieron al cristianismo sin infierno: el gigante asegurador American International Group (AIG) fue nacionalizado; Merrill Lynch, el corredor de Bolsa más famoso de EE UU, evitó el colapso vendiéndose a sí mismo a Bank of America (con montones de dinero público, cómo no, de por medio); Goldman Sachs y Morgan Stanley, los supuestos amos del universo, se convirtieron en bancos regulados por la Fed para poder acceder a las garantías públicas; el pánico alcanzó el mercado de fondos monetarios, con una fuga de capitales que precipitó la congelación del mercado interbancario internacional; la caja de ahorros más grande de Estados Unidos, Washington Mutual, y el cuarto banco más grande del país, Wachovia, se estrellaron envueltos en llamas y fueron adquiridos por una miseria por el Estado; el secretario del Tesoro, Hank Paulson se puso –literalmente— de rodillas ante el Congreso para activar un bazuka de 700.000 millones de dólares, al que le siguieron estímulos fiscales y fuertes inyecciones de dinero público en la banca en todo el mundo. Nadie había visto nada parecido. Aquel trimestre del diablo, el último de 2008, estuvo plagado de nacionalizaciones bancarias practicadas en EE UU por un Gobierno (el de Bush) plagado de políticos e ideólogos neocons, enemigos acérrimos de la regulación y de la presencia del sector público en la economía. Lo mismo hizo la Europa de Angela Merkel, que después de salvar a los bancos y tras un breve interludio de keynesianismo decretó recortes y austeridad a una Europa en la que estuvo a punto de reventar el euro tras una gestión de la crisis insuperablemente mediocre. A algunos rincones, como España, la crisis llegó con retraso: la burbuja inmobiliaria explotó a cámara lenta, pero se llevó por delante la mitad del sistema financiero, obligó a pedir un rescate y dejó a la economía española en medio de una crisis oceánica –no solo económica— de la que solo ahora saca la cabeza, y a duras penas.
Los booms especulativos y las crisis han sido recurrentes a lo largo de la historia. En 1630, los comerciantes holandeses presionaron sobre los precios de los tulipanes hasta tal punto que un bulbo llegó a valer tanto como una casa. Un siglo más tarde, la flor y nata de la sociedad inglesa participó en la burbuja de la Compañía de los Mares del Sur (Isaac Newton: "Puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de la gente", afirmó después de perder hasta la camisa). En 1840, la fiebre por los ferrocarriles se apoderó del imaginario público y terminó en una castaña fenomenal; en 1929, la burbuja bursátil y de la tierra acabó en el crack de Wall Street y la Gran Depresión: a las heridas económicas se sumó el ascenso de los extremismos políticos que acabaron en la Segunda Guerra Mundial —y ojo porque algún historiador hace exactamente este paralelismo con la crisis actual, y no sin motivos—. Pero el último episodio es sencillamente brutal: una superburbuja de casi 60 años hinchada a base de crédito, de deuda, en la que cada vez que el sistema financiero se metía en problemas aparecían los bancos centrales con nuevas fórmulas para estimular la economía. Esa superburbuja se le acabó escapando de las manos al sistema cuando las innovaciones financieras –subprime, derivados, CDO, CDS y demás jerga imposible— se complicaron tanto que las autoridades ya no parecían capaces de calcular los riesgos de los propios bancos.
"Que el señor bendiga este puto timo", decía un correo electrónico de un ejecutivo de Standard & Poor's destapado en una investigación del Congreso de EE UU para describir esas prácticas. Porque el timo fue colosal: como en una versión moderna de aquel cuento infantil, los grandes bancos se dedicaron a amasar enormes cantidades de paja (préstamos hipotecarios de alto riesgo suscritos por pobres, inmigrantes y desempleados), la tejían en una rueca algorítmica e industrial y acababan convirtiéndola en oro (títulos financieros con la máxima calificación de solvencia), según describe Matt Taibi en Cleptopía. Para ello empleaban una técnica supuestamente prodigiosa denominada titulización, que permitía –y permite: nada ha cambiado— hacerse con hipotecas basura y convertirlas por arte de magia en inversiones aparentemente tan seguras como la deuda de Microsoft o los bonos alemanes, pero más lucrativos que ambos.
Hasta que un día esa magia se esfumó. A partir de septiembre de 2008, todo lo que podía ir mal fue mal porque, al cabo, "el sistema financiero está plagado de dogmas falsos, malentendidos e ideas equivocadas: los mercados, dejados a su aire, no tienden al equilibrio sino a hinchar burbujas", ha dejado dicho George Soros, unos de los más grandes especuladores de los últimos siglos. "La relación incestuosa entre las autoridades y sus bancos acabó explotando", apunta Soros en La tormenta financiera. El resultado fue la crisis más grave desde la II Guerra Mundial.
"Cuando pare la música, las cosas se complicarán. Pero mientras la música siga sonando, hay que levantarse y bailar; por ahora, en ello estamos", decía en julio de 2007 Chuck Prince, el entonces consejero delegado de Citigroup. A mediados de la pasada década, el sistema había creado un intrincado castillo de naipes financiero, una construcción enormemente compleja pero también enormemente frágil. Y la música dejó de sonar de sopetón, por sorpresa, sin que prácticamente ningún economista viera venir el silencio (hasta el punto que se hizo célebre la pregunta de la Reina de Inglaterra a la flor y nata de la profesión: "¿Por qué nadie lo vio venir?"). El despertador no sonó verdaderamente hasta el 9 de agosto de 2007, cuando BNP Paribas, un enorme banco francés, prohibió la retirada de capital de tres de sus fondos que habían invertido en subprime, las hoy día celebérrimas hipotecas basura estadounidenses. Una vez sembrada la duda, el mercado inmobiliario norteamericano inició un desplome a cámara lenta: empezó a bajar la marea, y con ella empezó a verse quién había estado nadando desnudo, según la feliz imagen del inversor Warren Buffett para describir ese lío.
Tras los fondos de BNP, ese rey desnudo resultó ser Bear Stearns, un banco de inversión de EE UU. Los mercados empezaron a oler sangre, a buscar al antílope más lento, y Bear Stearns, empezó a experimentar problemas de liquidez en marzo de aquel fatídico 2008. Lo siguiente fue pura profecía autocumplida: cuando los mercados creen que algo va a suceder, acaba sucediendo indefectiblemente. Bear hizo aguas en apenas unos días. La Reserva Federal buscó un comprador, J.P. Morgan, y accedió a hacerse cargo de casi 30.000 millones en activos tóxicos: un rescate en toda regla que despertó las iras de los ayatolás del riesgo moral. Ese rescate fue tildado de "socialismo" por los republicanos estadounidenses, que ni siquiera imaginaban lo que estaba a punto de llegar. Tras Bear Stearns, el Tesoro tuvo que gastar miles de millones en Fannie Mae y Freddie Mac: "Lo más importante era salvarles el culo", ha escrito Hank Paulson en sus poéticas memorias. Y, por fin, la siguiente víctima: Lehman. El apocalipsis casis siempre defrauda a sus profetas, pero la lluvia radiactiva provocada por la bancarrota de Lehman fue infinitamente peor de lo que se preveía: tras intentar vender la entidad a un banco coreano y a Bank of America, el Gobierno estadounidense y la cúpula de Lehman iniciaron un interminable romance con el grupo británico Barclays. Al final, esa boda se fue al traste porque el Tesoro estadounidense decidió no acudir al rescate con dinero público: en medio de una crisis, un banco solo suele comprar otro banco si el Gobierno de turno saca la chequera, como los españoles pudieron comprobar con el Popular. En el caso de Lehman, hubieran hecho falta apenas 50.000 o 60.000 millones para evitar la bancarrota, según los cálculos de por aquel entonces de un ejecutivo español de Lehman que después fue ministro y hasta banquero central europeo.
Pero no: no hubo rescate de Lehman. Por el dichoso riesgo moral. Porque se suponía que ese banco estaba menos interconectado al sistema financiero internacional que otras entidades. Y porque seis meses después de Bear también se suponía (el condicional es casi siempre una pulcra maniobra de distracción cuanto se trata de bancos) que los mercados "habían tenido tiempo suficiente para prepararse", según aseguró Bernanke ante el Congreso de EE UU.
El error de cálculo fue mayúsculo. El mercado se había hecho a la idea de que nadie iba a quebrar: los inversores creían que los Estados no iban a permitirlo. Ese relato se hizo añicos con Lehman Brothers. Pero el citado que cada palo aguante su vela duró apenas unas horas: los rescates volvieron prácticamente de inmediato. Dio igual; para entonces, la confianza ya se había deshecho como un azucarillo. El resto es historia: al margen de las consecuencias en EE UU, la crisis se hizo global con Lehman. El caos no se limitó a Estados Unidos. Al poco llegaron Fortis, Dexia, Hypo, los bancos irlandeses, Islandia entera: los Gobiernos, por necesidad, intervinieron de la única forma posible para minimizar los daños inmediatos garantizando de forma efectiva todo el riesgo. Los más débiles quebraron. En la eurozona, aún hoy mal equipada para las crisis, los socios del euro se vieron obligados a rescatar a media docena de Estados arrastrados por su sistema financiero (salvo en el caso griego, la única crisis fiscal de campeonato que no fue provocada por la banca sino por un déficit jupiterino maquillado durante lustros).
La tormenta perfecta duró hasta bien entrado octubre de 2008: hasta que los ministros de Finanzas del G7 y el G20 formularon un compromiso inequívocopara impedir la quiebra de las instituciones financieras sistémicas. No más Lehmans, fue la consigna: en última instancia, a pesar del triunfo de los apóstoles del libre mercado, solo la intervención decisiva y globalmente coordinada de los Gobiernos y los bancos centrales detuvo el pánico. A pesar de eso, los paradigmas han cambiado poco o nada en las procelosas aguas de la política económica: los sintagmas mágicas preferidos por las autoridades en Europa eran y son austeridad expansiva (sea lo que sea eso) y reformas estructurales. Los estadounidenses leyeron mejor a Keynes y política fiscal y fueron más audaces con la política monetaria. Europa sufrió mucho más: el BCE llegó tarde y Berlín impuso una camisa de fuerza fiscal que ha alargado mucho la crisis.
Tim Geithner, exsecretario del Tesoro de EE UU, apunta en su resumen de la Gran Recesión que la incertidumbre "es el corazón de las crisis financieras". "Y las crisis no acaban sin los Gobiernos asumiendo los riesgos que los inversores privados no quieren, sacando la catástrofe de encima de la mesa". Las crisis financieras son crisis de confianza cuando un país no puede pagar su deuda o un banco no puede devolver los depósitos en ventanilla. "Cuando el miedo se convierte en pánico, se acabó", sostiene Geithner; "la única solución, en esos casos, es que el sector público asuma riesgos". Y eso es lo que hicieron los Gobiernos (en el G20) y los bancos centrales, especialmente en EE UU.
Estados Unidos aplicó la doctrina Geithner del anterior párrafo. Pero pese a ese activismo la Gran Recesión se convirtió en un trasunto de La Metamorfosis de Kafka. Fue una crisis de mil caras: financiera, económica, social, de deuda, estadounidense, europea, de empleo, política, migratoria, de todo tipo. Para detenerla, los líderes mundiales prometieron poco menos que una refundación del capitalismo; la prioridad era embridar el sistema financiero. Y en este punto es casi obligado acordarse de Philip Marlowe, el famoso detective de las novelas de Raymond Chandler que, tras flirtear con una bellísima mujer, llega a un punto en el que se dice a sí mismo: "El siguiente paso estaba cantado, así que no lo di". No hubo tal refundación: "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute. Rilke admiraba la sutileza del mar, capaz de crear continentes retirándose. Pero la banca no sabe retirarse, y ni los Gobiernos ni los supervisores ni los reguladores han conseguido que esa retirada se produzca. "Todo el edificio intelectual" del libre mercado, las expectativas racionales y los mercados perfectos "se hundió", reconoció en su día Alan Greenspan, el todopoderoso expresidente de la Fed.
Y nadie supo ponerle el cascabel al gato: el lobby financiero (con 2.000 expertos en Washington y casi 1.500 en Bruselas, nada menos) ha impedido reformar de veras las finanzas. Los rescates eran la estrategia correcta a corto plazo y la estrategia equivocada a largo plazo: Estados Unidos y Europa han intentado reforzar los colchones de liquidez y capital, y han tratado de que la banca pague por sus desmanes, pero el resultado final es limitado; desesperanzador. No ha habido auténtica reforma: "El siguiente paso estaba cantado, así que no lo di", que decía Marlowe.
Lehman, un suministrador de servicios financieros innecesarios mal gestionado, representa el tipo de negocio que debería fracasar en una economía de mercado que funcione bien, pero Lehman puede volver a suceder: "La banca internacional está insuficientemente capitalizada y excesivamente endeudada. Los banqueros siguen cobrando bonus enormes e injustificados. Los bancos centrales les siguen otorgando grandes sumas de dinero a bajos tipos de interés. El contribuyente sigue siendo el accionista de último recurso de los bancos", denuncia John Kay en El dinero de los demás, un libro imprescindible en el que justifica "la ira ciudadana contra los banqueros y los políticos que les han protegido" y vaticina "otra gran crisis financiera, porque nada ha cambiado".
Y así es: nada (o poco) ha cambiado. Los grandes expertos de estos tiempos en los que los economistas son tan necesarios –porque, según Raj Patel, la Gran Recesión "ha sido la forma de enseñarle al mundo un poco de economía", pero el mundo tampoco parece haber aprendido demasiado—sostienen que Lehman fue "más una tragedia que una metedura de pata", apunta Martin Wolf en La gran crisis. El modelo de negocio de Lehman era exactamente igual que el de la gran banca actual: emplear tan pocos recursos propios como se pueda; invertir en activos de alto riesgo; prometer una alta rentabilidad sobre recursos propios no ajustada al riesgo; vincular los salarios a los beneficios a corto plazo; asegurarse de que el contribuyente pagará la cuenta en caso de catástrofe; enriquecerse rápidamente y todo lo que se pueda. Ese es el maravilloso negocio de los banqueros.
La solución parece clara: más capital y recursos propios, más liquidez, más control de riesgos, más supervisión, mejor regulación. Los economistas coinciden al respecto. Pero no hay forma de ponerle el dichoso cascabel al gato: "La capacidad del sistema financiero para generar complejidad y fragilidad sobrepasa cualquier extremo en cuanto a su alcance, escala y velocidad. Las explosiones y burbujas son formidables en los buenos tiempos (excesiva confianza, que termina en créditos y deudas abultadísimos junto a comportamientos turbios o abiertamente ilegales) e implosiones en los malos (pánicos, hundimientos del crédito, búsquedas de cabezas de turco). No creo que haya peligro inminente, pero me siento incómodo: la regulación financiera no se ha reforzado lo suficiente y la próxima crisis está esperando, inquietante, en algún lugar", advierte Paul De Grauwe, de la London School.
Charles Wyplosz, del Graduate Institute, avisa de que "los bancos, grandes y pequeños, deberían poder quebrar, y sin embargo la mejoría de la regulación no ha impedido que los bancos sigan metiéndose en líos hasta extremos insospechados y que los supervisores no sepan qué hacer". Jean Pisani-Ferry, exasesor de Emmanuel Macron, cree que Lehman "ha permitido mejorar las reglas más de lo que parece", pero aun así advierte de que "la increíble expansión del sistema financiero no ha sido domesticada, la banca sigue atrayendo demasiados recursos y ofreciendo sueldos ridículamente elevados, y para más inri hay señales más que preocupantes y nadie se da por aludido".
Algunos de los grandes villanos de estas crisis fueron los máximos responsables de los bancos involucrados. James Cayne, de Bear Stearns, era "un ejecutivo indolente y fumador de marihuana que prestaba más atención al bridge que a su banco" (Y la música paró, genial libro de Alan Blinder, de Princeton). Y Dick Fuld, el máximo responsable de Lehman, era "un hombre intensamente competitivo y enjuto, con ojos hundidos y temperamento inestable" (El valor de actuar, de Bernanke). "Me despierto cada noche pensado en qué podría haber hecho diferente. ¿Qué podría haber hecho, qué podría haber dicho? Me he buscado a mí mismo cada noche: miro atrás en el tiempo, pero pienso que tomé cada una de esas decisiones con la información que tenía", dijo Fuld en su lacrimógeno testimonio ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, el 6 de octubre de 2008.
Este humilde redactor retrató a Fuld como un tipo "arrogante, estúpido y mentecato" en otra de sus libretas, esta vez en uno de los aquelarres previos a la crisis en Davos. Fuld rompió hace poco un silencio que ha durado años y, en una conferencia en Manhattan, explicó la economía no funciona tan bien como los mercados (con Wall Street, de nuevo, en máximos históricos) parecen sugerir. En ese discurso ante centenares de banqueros, Fuld no entonó el más mínimo mea culpa; al contrario, vino a decir que Lehman podía haberse salvado con un poco de colaboración por parte de las autoridades. Pero dejó un aviso a navegantes: "Sé que nadie quiere escuchar esto y menos aún si yo lo digo, pero los ricos se están haciendo cada vez más ricos y, de nuevo, el corazón de la economía está enfermando. Soy un capitalista incondicional, pero seamos justos: el capitalismo solo funciona si la riqueza se crea en la parte superior y después se va filtrando hacia abajo. Si la riqueza no baja, habrá problemas". No, no es Karl Marx. Ni siquiera Thomas Piketty. Es Dick Fuld, apodado El Gorila, el tipo que cuando llevó a la quiebra a Lehman Brothers ganaba 17.000 dólares a la hora. Sí, el capitalismo sin quiebra es como el cristianismo sin infierno; pero esa frase no vale para gente como Fuld.
Por tipos como Fuld, en algún momento de aquel otoño de hace 10 años la civilización pareció haber llegado a su fin, una vez más. Pero siempre nos quedará Paul Auster: "Parecía que el mundo estaba a punto de acabarse, pero no se acabó".
https://es.weforum.org/agenda/2018/09/recesion-a-lo-grande-cronica-de-los-10-anos-de-crisis-que-cambiaron-el-mundo
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CIENCIA Y TECNOLOGIA | Por qué las mágicas computadoras cuánticas ya están en la nube pero no en nuestras manos

Por qué las mágicas computadoras cuánticas ya están en la nube pero no en nuestras manos

An IBM chips are seen in Kiev, Ukraine April 21, 2016.
Imagen: REUTERS/Gleb Garanich
Las computadoras cuánticas son promocionadas desde hace años como máquinas increíblemente poderosas que serán capaces de resolver problemas altamente complejos ferozmente rápido. Pero nadie se pone de acuerdo en cuál es la mejor forma de diseñarlas. ¿Quién ganará esa carrera?
Las computadoras cuánticas de gran velocidad podrían acelerar el descubrimiento de nuevos medicamentos, descifrar los sistemas de seguridad criptográfica más complejos, diseñar nuevos materiales, modelar el cambio climático y sobrecargar la inteligencia artificial, según dicen los informáticos.
Pero, en la actualidad, no hay un consenso sobre la mejor manera de hacerlas realidad o asequibles a un mercado en masa.
Físicos, ingenieros e informáticos alrededor del mundo están intentando desarrollar cuatro tipos de computadoras muy distintos: basados en partículas de luz, trampas iónicas, cúbits superconductores o centros nitrógeno-vacantes en diamantes.
Compañías como IBM, Google, Rigetti, Intel y Microsoft están liderando este campo.
Cada método tiene sus ventajas y sus desventajas, pero el desafío predominante es la frágil naturaleza del quántum en sí mismo.

¿Qué es la computación cuántica?

En vez de usar series de 1 y 0 llamados bits como se hace en la computación tradicional, el bit cuántico o cúbit usa las propiedades casi mágicas de las partículas subatómicas.
Los electrones o los fotones, por ejemplo, pueden presentar dos estados a la vez, un fenómeno llamado superposición. Como resultado, una computadora basada en cúbits puede hacer muchos más cálculos a mayor velocidad que una máquina convencional.
"Si tuvieras una computadora de 2 cúbits y añades 2 cúbits, se convierte en una computadora de 4 cúbits. Pero no estás duplicando el poder de la máquina, estás incrementándolo exponencialmente", explica Martin Giles, el jefe de la oficina de la publicación MIT Technology Review en San Francisco.
Los informáticos describen a veces este efecto de la computación cuántica como algo capaz de recorrer todos los caminos de un laberinto muy complejo al mismo tiempo.
Los cúbits también pueden influir uno sobre el otro incluso cuando no están conectados físicamente, un proceso llamado "entrelazamiento". En términos informáticos, esto les da la habilidad de hacer saltos lógicos que las computadoras convencionales nunca podrían realizar.

En busca de la estabilidad

Pero los cúbits son altamente inestables y propensos a las interferencias o el "ruido" procedente de otras fuentes de energía, lo que puede generar errores en los cálculos. Así que la carrera es por encontrar una forma de estabilizarlos para la producción en masa.
El gigante de la computación IBM cree firmemente que los "cúbits superconductores de tipo transmón" son los más prometedores en el campo de la computación cuántica y tienen tres prototipos de procesadores cuánticos a los que el público puede acceder en la nube.
"Hasta el momento, más de 94.000 personas han accedido a las computadoras cuánticas de IBM en la nube. Han hecho más de cinco millones de experimentos y escrito 110 artículos", dice Robert Sutor, vicepresident de estrategia de computación cuántica y ecosistema de IBM Research.
"La gente está aprendiendo y experimentando... esperamos que dentro de 3 o 5 años seamos capaces de señalar un ejemplo específico y decir que la cuántica mejora significativamente cualquier cosa que las computadoras convencionales puedan hacer".
Pero el método de IBM requiere que la computadora cuántica esté almacenada dentro de un gran refrigerador en el que los cúbits se mantengan a una temperatura cercana a 0° para asegurar que se mantengan en un estado útil.
Esto significa que sería extremadamente difícil miniaturizarla y, por lo tanto, sería muy costosa.
"Parece probable que los cúbits superconductores vayan a estar entre las primeras tecnologías que permitan una computación cuántica útil", dice Joseph Fitzsimons, un investigador del Centro de Tecnologías Cuánticas de la Universidad Nacional de Singapur.
"Sin embargo, me parece que son análogos a los tubos de vacío de las primeras computadoras más que a los transistores que vinieron después".
"Puede que incluso veamos emerger otra tecnología que se convierta en la gran ganadora".
Microsoft y académicos del Instituto Niels Bohr en Copenhagen están trabajando en lo que ellos creen que será cúbits mucho más estables basados en los llamados fermiones de Majorana.
Mientras tanto, otros equipos están trabajando en atrapar cúbits con silicona, el material tradicional del que se hacen los chips para computación.
E informáticos de la Universidad de Oxford están buscando formas de unir pequeñas computadoras cuánticas en vez de crear grandes computadoras con muchos cúbits.

¿Potencial clásico?

Mientras esperamos a las computadoras cuánticas, ¿cuál es el futuro de la computación convencional o clásica?
En julio, Ewin Tang, un graduado en Ingeniería de Sistemas y Matemáticas en la Universidad de Texas en Austin (UT Austin) de solo 18 años, puso en aprietos al mundo de la computación al desarrollar un algoritmo de computadora clásico que puede resolver un problema casi tan rápido como una computadora cuántica.
El problema implicaba desarrollar un motor de recomendación que sugiere productos a los usuarios en base a información sobre sus preferencias.
La Unión Europea anunció recientemente que está trabajando en la próxima generación de computadoras (a exaescala), que serían capaces de realizar un trillón de cálculos en un segundo.
"Exaescala significa 10 a la 18° potencia operaciones por segundo", explica Scott Aaronson, un profesor y teórico de la computación de la UT Austin.
"10 a la 18° potencia es mucho, pero los sistemas cuánticos, que tendrán una capacidad de 10 a la 1.000° potencia operaciones por segundo es mucho, mucho más grande".
El problema de la computación clásica es que estamos alcanzando los límites de cuántos transistores podemos hacer caber dentro de un chip. El A11 de Apple consigue meterle 4.300 millones, por ejemplo.
La Ley de Moore, que dice que los procesadores duplican su velocidad cada dos años y reducen a la mitad su tamaño, por fin se está rompiendo.
Imagen: IBM

Salto cuántico

Incluso la computadora cuántica estable producida en masa sigue escapándose de nuestras manos, las investigaciones ya están comenzando a dar resultados.
"Si no hubiéramos invertido en computación cuántica, el algoritmo cuántico que inspiró a Tang no hubiera existido", afirma Robert Young, un investigador de la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural y director del Centro de Tecnología Cuántica de la Universidad de Lancaster.
Asegura que la investigación cuántica ya ha cosechado una nueva forma de enfriar los dispositivos hasta temperaturas muy bajas, también ha conseguido mejoras en los chips a base de luz que hacen más efectiva la banda ancha por fibra óptica y ha logrado inventar tecnologías de lab-on-a-chip para acelerar el diagnóstico de enfermedades.
"El verdadero beneficio de ir a la Luna no fue ir a la Luna, fueron las tecnologías periféricas que se desarrollaron en el camino", afirma Young. Entre ellas, están el GPS y los lapiceros de punta de bola que escriben al revés.
https://es.weforum.org/agenda/2018/09/por-que-las-magicas-computadoras-cuanticas-ya-estan-en-la-nube-pero-no-en-nuestras-manos
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Con la colaboración deBBC Mundo

“Morena”, un movimiento que mutó a partido y llegó al poder


“Morena”, un movimiento que mutó a partido y llegó al poder

Transformación. El relato de su conversión para llevar a López Obrador a la Presidencia. Diferente. Su presidenta afirma que la oferta fue ética y honestidad.
Yeidckol Polevnsky, presidenta del  partido que llevó al poder a López Obrador, y Héctor Díaz Polanco,  de  su Comisión de Ética, en visita a EL DÍA.  Nicolás Monegro
Yeidckol Polevnsky, presidenta del partido que llevó al poder a López Obrador, y Héctor Díaz Polanco, de su Comisión de Ética, en visita a EL DÍA. Nicolás Monegro





SANTO DOMINGO.-Yeidckol Polevnsky es una política mexicana que durante muchos años fue conocida por sus posiciones verticales al frente de una de las principales asociaciones empresariales de ese país.
En el ejercicio de sus funciones conoció a un hombre que, siendo gobernador del Distrito Federal, le mostró racionalidad en la administración de los recursos públicos y que en sus confrontaciones con el sector empresarial siempre asumía la postura de: mejores precios para los contribuyentes y que se abstuvieran de ofrecer sobornos.
Esa contraparte era Andrés Manuel López Obrador, quien lo sedujo por esa conducta tan atípica para los políticos mexicanos.
Polennsky quedó impresionada por la honestidad con que manejó los asuntos públicos de los que ella, como empresaria, tenía conocimiento y por eso decidió dar un paso al frente y acompañarlo cuando este intentó obtener la Presidencia en 2006.
Andrés Manuel López Obrador y  Yeidckol Polevnsky.
Andrés Manuel López Obrador y Yeidckol Polevnsky.
Ese proceso constituyó una gran desilusión para muchos de los que acompañaron a López Obrador, pues aun dicen haber sido víctima de un gran fraude electrónico por parte del entonces gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI).
Pero ese sentimiento momentáneo se transformó en coraje y aunque poco a poco fueron saliendo de la plataforma política que sustentó hasta entonces a López Obrador, el Partido Revolucionario Democrático (PRD), sus ansias por cambiar la sociedad mexicana fueron derivando en movimientos sociales.
Con el pasar del tiempo, esos movimientos sociales atravesaron por profundos procesos de reflexión y discusión, hasta finalmente convertirse en un partido político, Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), que con cuatro años de fundado llevó al poder a López Obrador.
Yeidckol Polevnsky, hoy presidenta y secretaria general de Morena, es probablemente la figura partidaria de más influencia en el país azteca y la que tiene sobre sus hombros la conducción del partido que deberá sustentar los cambios políticos que desde el Congreso y la sociedad pretende la nueva camada que a partir del primero de diciembre dirigirá México.
En una visita al periódico EL DÍA, Polevnsky contó su visión del México al que aspira y sus esperanzas de que bajo la dirección de López Obrador la ética política se imponga.
“El partido para nosotros no es un fin. Es un medio para alcanzar el fin, que es el cambio verdadero del sistema político”, señala.
Explica que habla de “cambio verdadero”, porque Vicente Fox, el primero que desplazó al PRI del poder cuando llevó a la victoria a su Partido Acción Nacional en 2000, fue un cambio terrible. “La reversa también es un cambio, pero nos lleva para atrás”, puntualiza para describir el período gubernamental 2000-2006.
Partido movimiento
Yeidckol Polevnsky muestra una discursiva muy práctica, quizás derivada de sus raíces empresariales, pero al conversar demuestra que se ha curtido en la política.
Recuerda que entre ellos debatieron mucho la idea de convertirse en partido político, proceso en el que los intelectuales jugaron un rol importante.
“Muchos no querían que fuéramos partido, pero vimos que si nos quedábamos solo como movimiento no podríamos lograr los grandes cambios a los que aspiramos”, explica
Señala que ya tenían la referencia de López Obrador y su quehacer en la administración pública y por eso tomaron la decisión.
“Nos comprometimos a que no seríamos un partido como los demás”.
Cuando se le pregunta qué es un “partido movimiento” responde que es aquel que no renuncia a la base de su creación y mantiene su accionar social.
En esa parte de la conversación interviene Héctor Díaz Polanco, un antropólogo y sociólogo nacido en República Dominicana, pero que se ha radicado como un regio intelectual en México, quien encabeza la Comisión de Ética de Morena, cuya creación fue condición previa a ser partido.
Clase media
Explica que el partido-movimiento mantiene su cercanía con la gente y recoge reivindicaciones de grupos populares, donde además la parte ética tiene un lugar cimero.
“Abrimos las ventanas a la sociedad y dejamos que entre el aire fresco de la ética y la honestidad”, puntualiza.
Polevnsky hace la acotación de que se les decía en forma despectiva que eran un partido “clasemediero”, porque estos eran los sectores sociales que más les apoyaron, pero justamente eso fue lo que les permitió proteger el voto.
Explica que es más difícil comprarles el voto a los intelectuales y a la clase media.
53.19 Por ciento.
Obtuvo López Obrador en unas elecciones presidenciales en las que votaron 56.6 millones de mexicanos. http://eldia.com.do/morena-un-movimiento-que-muto-a-partido-y-llego-al-poder/