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sábado, 23 de septiembre de 2017

La epidemia de la soledad ya supera a la obesidad como amenaza para la salud

ANTROPOLOGÍA
Las investigaciones sugieren que los gobiernos reduzcan la tendencia
La epidemia de la soledad ya supera a la obesidad como amenaza para la salud
REBECA YANKE Madrid 21 SEP. 2017

Internet ha aumentado la comunicación pero no ha reducido el aislamiento social
En una "sociedad indispuesta" con la soledad, estar solo deviene un "acto subversivo"
Uno, su cuerpo, su silencio y nada más, excepto la locomotora incesante de la vida real: 24 horas que se repiten y se repiten y se repiten... en soledadTan solo que podría morirme es el crudo título con el que un grupo de investigadores estadounidense alertó en agosto de lo que ya existe: la soledad como un volcán irrefrenable.
La conclusión es el resultado de un trabajo extremo: dos metaanálisis, 200 investigaciones y 300.000 individuos en Estados Unidos, Europa, Asia y Australia para afirmar que "la soledad" -entendida como aislamiento social- "puede representar mayor amenaza para el sistema sanitario que la obesidad" y que, además, "la conexión social puede reducir en un 50% la muerte prematura" de quienes están -y no sólo se sienten- completamente solos.
"Existen potentes evidencias de que la soledad aumenta el riesgo de mortalidad, y su magnitud supera muchos de los principales indicadores de salud habituales", sostiene Julianne Holt-Lunstad, principal responsable de este informe que refuerza anteriores estudios que ya advertían de esta epidemia. En 2015, una investigación conjunta entre la Universidad de Chicago (Estados Unidos) y la Universidad de Leuven (Reino Unido) abordaba posibles tratamientos contra la soledad y recordaba: "En 1978, cuando se le explicó al entonces presidente de la Comisión de Salud Mental de Estados Unidos la importancia de mejorar el sistema sanitario para ayudar a los que sufrían soledad, algunos ya advirtieron de que, 40 años después, el asunto tendría que volverse a agendar".
Acertaron. El más reciente estudio al respecto, La conexión social, una prioridad para la salud pública en los Estados Unidos, publicado hace tres semanas, tenía tono de regañina: "A pesar de las muchas evidencias sobre la relación entre estar socialmente conectado y el descenso de la mortalidad, gobiernos, proveedores de salud, asociaciones y fundaciones han sido lentos en reconocer que las relaciones sociales son un indicador de salud, según los criterios comúnmente utilizados para determinar las prioridades de la salud pública".
David Sbarra, profesor en la Universidad de Arizona (Estados Unidos) y uno de los investigadores que firmaba este estudio, apuntaba al poco de publicar el trabajo, en conversación con EL MUNDO, que "los gobiernos deberían empezar a discutir estrategias que construyan comunidades positivas, aumenten los matrimonios y otro tipo de compromisos domésticos que prevengan de la soledad".
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"Deben preguntarse qué están haciendo frente a este fenómeno y, sobre todo, qué pueden hacer. Se ha demostrado ya, los datos existen, que la soledad tiene una incidencia tan fuerte en la salud como tiene la obesidad, frente a la que se ha desarrollado un abrumador esfuerzo para reducirla. La ligazón entre las relaciones sociales y la salud es tan sólida como los datos sobre obesidad y nuestro reto principal es fomentar nuevas maneras de que las relaciones sociales se prioricen de igual manera", continúa este profesor.

Los españoles se sienten solos

En España, un informe conjunto entre la Fundación Axa y la Fundación ONCEtambién advirtió de que "los españoles se sienten solos" en 2015. La soledad en España informó entonces de que "la mitad de la población española admite haber sentido, en algún momento, cierta sensación de soledad en el último año (2014), que uno de cada 10 españoles -más de cuatro millones de personas- se sentía solo con mucha frecuencia en ese mismo periodo, que en torno a un 20% de españoles vive solo y que, de ese porcentaje, un 41% admite que no lo hace porque quiere sino porque no le queda otro remedio".
El sociólogo Juan Díez Nicolás, uno de los autores de aquella investigación y que estudia la soledad desde la década de los 60 del siglo pasado, explicaba a este periódico a principios de septiembre, sin embargo, que "el Gobierno no tiene capacidad para que una persona deje de sentirse sola" y que, "así como los medios de comunicación, sobre todo el transistor, han acompañado a quienes se han sentido solos" en nuestros país a lo largo del siglo XX, "ahora lo hace Whatsapp". En este sentido, a Díez Nicolás le preocupan los jóvenes y la pérdida de lo que él llama "el grupo de la calle", cuando la calle era algo más segura de lo que ahora es.
"Parece que las redes sociales proporcionan compañía pero es evidente que no, porque no sustituyen el contacto personal", afirma Díez, que sigue dando clase después de 40 años y considera que "los jóvenes se sienten muy solos porque el mundo actual es muy competitivo y acusan la falta de trabajo y de perspectivas vitales". "Cuando están juntos, también están con su móvil. La distancia social no se mide en metros", zanja.
Ahonda en la idea el catedrático de psicología Antonio Cano Vindel, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), cuando afirma que, aunque "los jóvenes de hoy en día se relacionen socialmente, en muchos casos, a través de las nuevas tecnologías", esto no implica que "la comunicación y la actividad social sea real". Según este catedrático de Psicología, los gobiernos sí tienen responsabilidad sobre la soledad de sus ciudadanos: "Deben velar por la salud de la población, lo que exige poner en marcha políticas activas de promoción de la salud, incluidas las que potencien el apoyo social, las actividades de ocio, las relaciones sociales y la comunicación".
La tecnología no sólo no parece capaz de frenar la epidemia de la soledad sino que, además, ha conseguido alterar la percepción que de ella se tiene. La conversación se muere, advertía el año pasado Sherry Turkle, profesora del Instituto Tecnológico de Massachusetts y una de las primeras defensoras del poder de internet, primero, y de salir de él, después. Aunque ya lo había avisado en 2012 con una pregunta de rebosante claridad: "¿Conectados, pero solos?". En el mismo informe que, en 2015, se recordaba cómo los especialistas ya habían advertido del problema en 1978 -sabiendo que, tras 40 años, tendrían que hacerlo de nuevo- se abordaba también esta realidad: "Las personas se conectan cada vez más digitalmente pero la prevalencia de la soledad -aislamiento social- sigue aumentando".

La tentación de desaparecer

Más aún. Frente "a la necesidad social de componerse en todo momento un personaje según los interlocutores presentes" hay quienes terminan, precisamente, por buscar la "impersonalidad, una voluntad de darse únicamente en forma neutra (...), desembarazarse de sí mismos, para así escapar de las rutinas y de las preocupaciones".
Lo dice el sociólogo y antropólogo David Le Breton, profesor en la Universidad de Estrasburgo, en su ensayo Desaparecer de sí, una tentación contemporánea(Siruela, 2016). Una fascinación que se describe también con naturalidad en La ciudad solitaria, aventuras en el arte de estar solo, que acaba de publicar Capitán Swing y donde la escritora británica Olivia Laing desmenuza la belleza de irse, como siempre hicieron las mujeres en los cuadros de Edward Hopper.
"El vínculo social", continúa Le Breton, "es más una variable ambiental que una exigencia moral. Para algunos no es más que el escenario de su desarrollo personal. El vínculo al otro ha dejado de ser una obligación para convertirse en algo opcional. Cotidianamente, la mayoría de las relaciones no exigen compromiso; la televisión, internet, los chats, los foros... son formas de estar sin ser y de liberarse de una relación con sólo apagar la pantalla".
En la sociedad en la que se plantea que la soledad se extiende como una epidemia "se imponen la flexibilidad, la eficacia, la velocidad, la urgencia;hace falta en todo momento estar en el mundo, adaptarse a las circunstancias, estar a la altura". Por todo ello, desaparecer es una tentación contemporánea.
La soledad sigue siendo pasto de artistas, intelectuales y poetas y, siempre que no sea "forzada y dolorosa, como la de la viuda (hombre o mujer), es "tan necesaria para la sociedad como el silencio para la música; es tan necesaria para la amistad como el pudor para el erotismo; es tan necesaria para la supervivencia como el pan para la supervivencia".
Las comillas pertenecen al escritor Santiago Alba Rico, que prosigue: "Ésta es una sociedad indispuesta con la soledad, organizada contra ella, una sociedad que separa a los individuos para llenar su tiempo solitario de lo contrario de la soledad: de entretenimiento industrial y de fantasía convencional. Contra el capitalismo, habría que enseñar a estar solos. La soledad es, en realidad, un lavabo, un tesoro y un reposo, a condición, claro, de que no sea el resultado de una desgracia. En estos momentos, no hay nada más subversivo que el aburrimiento y el pudor".
http://www.elmundo.es/sociedad/2017/09/21/59c2a0fb46163faa058b45f8.html

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Mi giro del aislamiento a la intimidad - Por MICHELLE FIORDALISO

NOTICIAS |MODERN LOVE

Mi giro del aislamiento a la intimidad

CreditBrian Rea
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Llega un momento en que tu hijo se vuelve demasiado adolescente como para abrazarlo. Para mí, ese momento llegó cuando mi hijo de 14 años, Joe, se fue a un campamento de teatro durante un mes. Tenía tantas ganas de estar ahí que me pidió que lo dejara a la entrada. Para su mala suerte, cuando uno deja a su hijo al cuidado de extraños hay que hacer cierto papeleo. No obstante, yo esperaba un abrazo de despedida.
Después de dejar sus maletas en su litera, cual sherpa nepalés, me acerqué a abrazarlo. En lugar de abrazo, me escoltó a mi auto, donde se agachó y me dio un beso rápido en la cabeza acompañado de un amoroso, pero evidente, gesto de “ya vete”.
Cuando empezaba a caminar, solíamos llamarle “invasor de espacio” de cariño, porque quería abrazar y tocar a todo el mundo, en especial a mí, su madre soltera. Lo amamanté hasta que cumplió dos años. Después se volvió un bulto de 15 kilos pegado a mis caderas y, por último, un niño sonámbulo que llegaba hasta mi cuarto casi todas las noches durante años. Entre los momentos de cercanía atesorada, con frecuencia me sentía atrapada cuando necesitaba un poco de espacio.
Después se intercambiaron los papeles y fue Joe quien necesitaba espacio.
Lo acepté como parte normal de su proceso de crecimiento. No obstante, no era solo que mi hijo ya no me diera muestras de afecto, sino que tampoco había estado con nadie en el terreno amoroso desde hacía años. Este mes para mí, mientras Joe estaba en el campamento, era la oportunidad perfecta para remediarlo, pero no había con quién. Estaba cansada de los intentos inútiles con las citas por internet y no estaba dispuesta a desperdiciar mi tiempo libre.
Recordé el consejo que su terapeuta le dio a una amiga cuando ella se vio en mi situación: llama a un ex. En aquella época, pensé que era un consejo terrible, pero en mi desesperación por sentir una conexión, le envié un correo electrónico provocativo a uno que vivía cerca y aceptó.
Sin embargo, después, mientras trataba de quedarme dormida, sola, seguía sintiendo que nadie me había visto ni me había tocado. Puede que él hubiera tocado mi cuerpo, pero no me había tocado a mí. Recordé lo que me dijo alguna vez un doctor de la India: “La gente en este país se enferma porque vive sola. No los tocan lo suficiente”.
En aquella época, vivía en Nueva York, donde por lo menos mis piernas y mis brazos tocaban los de los demás en el metro. Dudé que aquel doctor viera con buenos ojos mi vida en Los Ángeles, donde pasamos tanto tiempo solos en nuestros autos, alejados de todos los demás. No tenía otra opción hasta el día en que literalmente choqué con alguien más.
Unas semanas después de que Joe llegó a casa del campamento, estaba dando una vuelta en u en camino a recoger a mi hijo cuando de repente la puerta lateral de otro auto apareció frente a mí y me quedé mirando a los ojos de la joven rubia al volante.
Me invadió la adrenalina. Por suerte, logré evadir la puerta, con lo que tal vez la habría aplastado, y en cambio golpeé el neumático delantero.
Salí de mi auto, dejándolo a media calle.
“¿Estás bien?”, pregunté.
“Te acabas de estampar contra mí”, dijo, como si no lo acabara de creer.
“No te vi”, respondí. Y la verdad es que no lo hice. ¿Sería el sol de la tarde o que me desconecté de todos y de todo y no me cercioré bien de ver el tráfico que venía? No la vi, eso era lo que tenía claro.
Ambas habíamos sentido una sacudida que nos dejó dolor en el cuello. No parecíamos saber qué hacer después. Sin embargo, como había sido mi culpa, tomé las riendas de la situación. Movimos nuestros autos a un lugar seguro, llamé a mi aseguradora y le dije que llamara a la suya. Tomé fotos de ambos vehículos y me aseguré de que intercambiáramos nuestra información de contacto.
Mi teléfono sonó. Era un mensaje de texto de mi hijo Joe, que me preguntaba por qué no había llegado. De repente me acordé de lo mucho que lo extrañaba. Había esperado con ansias nuestro recorrido de 10 minutos en auto de regreso a casa todo el día. Le contesté el mensaje, explicándole que había tenido un accidente y pidiéndole que caminara hasta ahí y me encontrara. Contestó: “Mejor me voy a la casa”, seguido de un: “Por favor…”
Me sentí decepcionada y le pedí a un vecino que lo recogiera.
Levanté la mirada de mi teléfono para ver a la mujer parada en la banqueta, llorando.
“¿Y ahora qué hago?”, me preguntó, con la voz temblorosa. “No estoy segura de poder manejar”.
No había palabras para expresar lo mucho que lamentaba todo, así que la abracé. Ese momento de intimidad fue inesperado e involuntario, un reflejo humano, como cuando nos apresuramos a levantar a nuestros hijos si se caen. No obstante, algo de ese gesto tan sencillo nos permitió hacer frente a lo que nos esperaba.
Llamé al taller local. El dueño, un hombre mayor muy amable con el que ya había tratado antes, me contestó. Después de preguntar si todo estaba bien, estuvo de acuerdo en esperarnos a pesar de que ya era hora de cerrar.
Cerré mi auto, me subí al suyo y juntas fuimos al taller. Cuando llegamos, el dueño explicó las reparaciones que había que hacer y unos minutos más tarde, su novio llegó por ella.
Salió de su convertible y la envolvió con sus brazos corpulentos. La vi hundirse en su abrazo. Ya acurrucada en la seguridad del asiento del copiloto, ella se fue, dejándome sola en el taller con el propietario.
Agaché la cabeza y me apresuré a ir al baño, donde me derrumbé. Lloré entre sentidos suspiros. Mi trabajo de ser fuerte y eficiente había terminado y me quedé sola con mi vergüenza y mi tristeza. ¿Cómo podía estar tan desconectada? ¿Cómo no la vi?
Salí y el dueño del taller vio mis lágrimas. Tenía una mirada vacilante. Se acercó y me dio un abrazo y esperó hasta que sintió que todo estaba bien. Al ver que no me aparté, se relajó y dijo: “Ya sé, siempre sucede después de que ya pasó. Así son las cosas”. Me abrazó por un buen rato.
El impacto rompió la defensa de mi auto y la dirección del suyo, pero también derrumbó las barreras con las que andamos por la vida todos los días. Nos sacó de nuestras cajas de metal y nos condujo hacia las vidas y los brazos del otro, donde experimentamos amabilidad y comunidad, tocándonos de una forma profunda y personal. Aunque hubiera preferido que no hubiera pasado, algo cambió en mí porque esto sucedió.
Cuando llegué a casa, no había nadie. Poco después, escuché que la puerta se abrió y Joe entró. Se me quedó mirando con curiosidad y vi cómo se llenó de alivio.
“Qué bueno que estás bien”, me dijo; parecía sentirse culpable. “Sé que debí haber ido, pero tenía miedo de qué iba a ver”.
“Está bien”, dije. “Entiendo”. Se me acercó para darme un abrazo rápido antes de contarme cómo había estado su día y cómo le había ido en la audición para la ópera. Después se fue a su cuarto y cerró la puerta. Al escuchar el clic, me di cuenta de que a pesar de que nuestra relación había cambiado, aún teníamos una conexión.
Me fui a mi cuarto y me unté pomada sobre el cuello y el costado. Pensé en la joven a la que le había pegado y deseé que su novio le haya dado un masaje en la espalda antes de acostarse a su lado.
Recordé todas las noches de añoranza que había pasado, noches en las que patéticamente había calculado que hasta mis amigas que se quejaban de sus parejas por solo tener sexo una vez al mes tenían alguien con quien hacerlo doce veces al año.
Aunque quiero ese tipo de intimidad física tanto como las demás personas, más que sexo, lo que necesitaba era el contacto. El contacto solidifica algo: una presentación, un saludo, un sentimiento, empatía. Al día siguiente, me seguí preguntando si había alguna forma de experimentar ese tipo de cercanía sin tener que estrellarme con alguien.
Y sucede que la hay. Desde el accidente, me he dado cuenta de que puedo tener muchos más momentos de contacto. Algunas veces el contacto es físico, otras no. Puede ser simplemente intercambiar una sonrisa con un extraño cuando corro en las mañanas o darme el tiempo de mirar a los ojos a la persona que empaca mis cosas en la caja del supermercado. Sucede cuando acaricio a nuestro perro. Y algunos días, incluso, cuando mi propio hijo adolescente recarga su cabeza sobre mi hombro después de un mal día.
Soy vista y tocada. De hecho, la gente parece percatarse de mi presencia más que nunca o tal vez soy yo la que presta más atención a la gente a mi alrededor y estoy más consciente del riesgo de no ver a la persona que está justo frente a mí.
Aunque no lo habría podido predecir, una consecuencia de todo esto es que mi constante necesidad de tener un amante ha disminuido. El tipo de conexión que he aprendido a cultivar desde el accidente no es algo que me saque del apuro mientras llega lo bueno. Es lo bueno.
http://www.nytimes.com/es/2016/11/15/mi-giro-del-aislamiento-a-la-intimidad/?smid=tw-espanol&smtyp=cur