SERVICIO DE NOTICIAS en favor de la democracia participativa, el desarrollo humano, la paz, el medio ambiente y la cultura.- Santo Domingo, República Dominicana / Luis ORLANDO DIAZ Vólquez - OPINIÓN, NOTICIAS Y COMENTARIOS. Haciendo de la lucha contra la pobreza un apostolado templario./ email: guasabara.editor@gmail.com - http://www.facebook.com/GuasabaraLUISorlandoDIAZ - @GUASABARAeditor
Hipólito Mejía dice se acabó «jueguito» y subterfugio a lo interno del PRM
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El expresidente de la República y alto dirigente del Partido Revolucionario Moderno (PRM), Hipólito Mejía, afirmó de manera categórica que en el escenario político dominicano se “acabó el jueguito” de utilizar encuestas como método principal para elegir al próximo presidente de la nación, en franca referencia al David Collado, ministro de Turismo.
Mejía subrayó que, más allá de los sondeos de opinión, los líderes políticos que aspiran a ganar adeptos genuinos deben abandonar los escritorios e ir directamente al seno de la sociedad.
Según Mejía, el contacto real con los ciudadanos es lo que verdaderamente define el respaldo popular de una propuesta política.
En ese sentido, el dirigente perremeísta se mostró confiado ante el futuro proceso interno de su organización, asegurando que su hija y actual alcaldesa del Distrito Nacional, Carolina Mejía, se impondría con un contundente 70 % frente a un 30 % sobre su más cercano contendor: David Collado.
Estas declaraciones surgen tras ser consultado sobre los recientes resultados de la encuesta Gallup, la cual otorga a Collado una preferencia interna del 61.8%. Dichos números lo sitúan significativamente por encima de Carolina Mejía, quien aparece con un 21%, y de la vicepresidenta Raquel Peña, que registra un 2.5%.
PRM
Aunque evitó criticar directamente el sondeo, Mejía aclaró que la elección del candidato presidencial del PRM para el 2028 será un proceso interno y no abierto.
Señaló, además, que actualmente se está «jugando a la percepción» mediante estrategias que no necesariamente reflejan el sentir de las bases partidarias.
“Aquí se está jugando a la percepción, pero nosotros somos personas que vamos al seno de la sociedad; las votaciones en mi partido se hacen a lo interno, no en una esquina del parque”, manifestó Mejía, enfatizando que el trabajo territorial es la clave para obtener la victoria en una convención cerrada.
El exgobernante indicó que el equipo que respalda a Carolina Mejía no utiliza «subterfugios electorales» para alterar la opinión pública.
Mejía agregó que no desea profundizar en comentarios sobre encuestas externas, ya que la verdadera medición ocurrirá cuando el partido elija formalmente a su candidato para competir por la presidencia.
La dualidad del país medido: aprobación, malestar y el surgimiento del ciudadano no alineado
La última entrega de la encuesta Gallup difundida en medios nacionales llega con una lección incómoda y, a la vez, útil para entender el clima social: la ciudadanía está aprendiendo a separar su evaluación del liderazgo y de la gestión visible, de la experiencia cotidiana marcada por el costo de la vida, la seguridad y la ansiedad económica. Esa coexistencia —aprobación relativa y malestar persistente— no es una contradicción menor; es el tipo de tensión que redefine prioridades públicas, acorta los márgenes de tolerancia y vuelve más volátil la conversación nacional.
En la lectura global, el estudio señala que una mayoría se ubica en una valoración “buena o regular” del desempeño presidencial, con un 51.7 % que lo califica como “buen presidente” y un 9.7 % como “regular”, frente a un 36.9 % que lo define como “mal gobernante”. Más allá de la aritmética, el dato relevante es político y social: aun en un tramo avanzado de gobierno, una parte importante de la población no rompe con la evaluación general, lo que sugiere que la credibilidad institucional puede sostenerse cuando hay señales de conducción, estabilidad y entrega de resultados verificables.
Ese “colchón” se explica, en buena medida, por áreas donde la gente percibe ejecución tangible. El turismo aparece como el principal activo de aprobación, con 73.4 %; educación registra 67.9 %; transporte público, 58.9 %; y construcción de obras públicas, 57.4 %. Son sectores que se ven, se recorren, se miden en la vida diaria y producen la sensación de que “algo se está haciendo”. En sociedades donde la desconfianza suele ser alta, la visibilidad de la obra y la continuidad de servicios ayudan a sostener legitimidad, incluso cuando otros indicadores emocionales —como la economía percibida— se deterioran.
Pero el mismo instrumento que reconoce esas fortalezas expone el núcleo del desasosiego. La seguridad ciudadana aparece como una de las principales debilidades, con 55 % que entiende que se realiza un mal trabajo. En reducción de la pobreza, la desaprobación asciende a 64.5 %, y en el manejo de la deuda pública, 55.9 % lo evalúa negativamente. Estos temas tienen una característica común: impactan el bienestar de manera directa, cotidiana y emocional. Una acera nueva se celebra; pero un atraco en el barrio, una canasta básica que sube o una factura que no cuadra, se sienten con más fuerza y por más tiempo.
La economía percibida —en particular— concentra el mayor riesgo reputacional, porque es el punto donde la vida real no admite narrativas. El 62.9 % define la situación económica nacional como mala o muy mala y apenas 21.6 % la considera positiva. A nivel personal, la evaluación mejora algo, pero el pesimismo sigue dominando: 43.9 % califica su situación económica como mala o muy mala, frente a 30 % que la considera buena. Esta brecha —“el país está peor que yo, pero igual me preocupa”— suele aparecer cuando pesan la inflación acumulada, el precio de los alimentos, el transporte, el alquiler y la sensación de que el esfuerzo rinde menos.
Lo interesante, y a la vez delicado, es que el electorado parece estar desarrollando una lógica de evaluación por compartimentos. Se reconoce la gestión en áreas visibles y, simultáneamente, se expresa una insatisfacción severa en aquello que define la tranquilidad y el bolsillo. En términos de gobernanza, esto obliga a entender que la aprobación no es un cheque en blanco: es un crédito renovable que depende de cómo evolucione la experiencia semanal del ciudadano. En otras palabras, puede existir “legitimidad personal” sin “comodidad social”, y esa combinación tiende a producir expectativas más duras y demandas más concretas.
A esa dualidad se suma un fenómeno que el país no debería minimizar: una proporción significativa declara no simpatizar con ninguna organización política, un 23.5 % según la medición vinculada al mismo levantamiento. El dato, leído con prudencia, sugiere que crece un ciudadano menos alineado, menos fiel a marcas y más dispuesto a decidir por desempeño, confianza y coherencia. Este “ciudadano no alineado” no necesariamente es apático: muchas veces es más crítico, compara más, castiga más rápido y se moviliza menos por consignas. Cuando ese segmento se expande, la política pierde automatismos y la gestión pública queda más expuesta a la evaluación sin filtros.
Por eso, la lección central no es electoral: es de gestión y de comunicación pública. En un país donde la aprobación convive con un malestar económico extendido, el gobierno —cualquier gobierno— debe cambiar el centro de gravedad de su agenda hacia lo que más duele: seguridad ciudadana, costo de vida, ingresos reales, calidad del empleo y protección social efectiva. Las obras y los sectores de alta aprobación funcionan como soporte reputacional, pero no sustituyen la respuesta a lo que erosiona la confianza en la mesa familiar. Y cuando el estudio marca desaprobaciones fuertes en pobreza y deuda, el mensaje implícito es que la ciudadanía quiere sentir no solo crecimiento, sino distribución de oportunidades y disciplina en el manejo del Estado.
También hay una enseñanza metodológica que conviene no perder. Se trata de un estudio con 1,200 entrevistas presenciales, margen de error ±2.8 % y 95 % de confianza, realizado del 28 de abril al 1 de mayo de 2026. Esto permite hablar de tendencias con seriedad: cuando las brechas son amplias —como la percepción económica nacional negativa frente a la positiva— el clima es robusto, no anecdótico. Y cuando la conversación pública intenta reducirlo todo a propaganda, la ficha técnica devuelve sobriedad: el país está diciendo, con números, que reconoce avances, pero que necesita alivio y seguridad en su vida cotidiana.
En suma, la encuesta describe un escenario de legitimidad con alerta: hay respaldo en áreas visibles, pero hay fatiga en los temas que definen la tranquilidad y el poder adquisitivo. En ese contexto, la verdadera prioridad nacional es cerrar la brecha entre el país que se inaugura y el país que se vive. Y esa brecha solo se cierra con políticas públicas que se sientan en la calle: seguridad que baje, precios que cedan, ingresos que rindan, servicios que funcionen y un Estado que administre con disciplina y transparencia.
Luis Orlando Díaz Vólquez
12 de mayo de 2026
📊🇩🇴 La encuesta Gallup expone una dualidad política y social: respaldo relativo a la conducción, pero 😓 malestar persistente en los temas que determinan la vida cotidiana. ✅ Una mayoría se ubica en valoración “buena o regular” del desempeño (51.7 % + 9.7 %). ⚠️ Al mismo… pic.twitter.com/1I856ltzNQ
— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) May 12, 2026
Abinader conserva respaldo político pese al deterioro de la percepción económica El turismo continúa siendo el principal activo de la gestión del Gobierno
Un 73.4 % aprueba su labor en el desarrollo y promoción del sector
La seguridad ciudadana es la principal debilidad
Aníbal…
— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) May 11, 2026
📊🇩🇴 Encuesta Gallup 2026 Ningún partido asegura victoria en primera vuelta para el 2028.
🔹 El PRM lidera simpatía con 30.4 %, pero sin mayoría absoluta. 🔹 La Fuerza del Pueblo (FP) y el PLD prácticamente empatados en torno al 19 %. 🔹 Un 23.5 % de independientes marca… pic.twitter.com/c2Mmnzq0pB
— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) May 12, 2026
🌴📚🚌🏗️ En paralelo, sectores de gestión visible sostienen niveles importantes de aprobación: Turismo (73.4 %), Educación (67.9 %), Transporte (58.9 %) y Obras Públicas (57.4 %). Lo que se ve y se toca, sigue contando.
🧭 El dato más estratégico: 23.5 % no simpatiza con ningún partido político. Emerge un ciudadano menos alineado, más crítico 🤔 y más dispuesto a decidir por desempeño, confianza y coherencia, no por consignas.
🎯 La prioridad nacional es clara: cerrar la brecha entre el país que se inaugura y el país que se vive, con políticas públicas que se sientan en la calle: 🔐 seguridad, 🛒 costo de vida, 💼 ingresos reales, 📈 empleo de calidad y 🏛️ disciplina del Estado.
Ningún partido político tiene hoy en República Dominicana apoyo suficiente para garantizar una victoria en primera vuelta. La nueva encuesta Gallup-Diario Libre muestra un escenario fragmentado donde el Partido Revolucionario Moderno (PRM) lidera la simpatía partidaria con 30.4 %, mientras la Fuerza del Pueblo y el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) aparecen prácticamente empatados en torno al 19 %. Más significativo todavía es que el 23.5 % de los entrevistados afirma no simpatizar con ninguna organización política.
Ese dato revela un sistema político menos dominado por lealtades rígidas y más condicionado por liderazgos individuales, percepción de gestión y capacidad de atraer independientes. La elección de 2028 comienza a perfilarse, por tanto, como una competencia abierta, donde ninguna fuerza parece tener asegurado un dominio automático del electorado.
Dentro de ese panorama, David Collado abrió ventaja en la carrera presidencial del PRM, Leonel Fernández consolidó su control sobre la Fuerza del Pueblo y el PLD volvió a exhibir sus dificultades para reconstruir un liderazgo competitivo.
Más que una simple medición de preferencias, el estudio ofrece una fotografía temprana de la sucesión presidencial y deja ver cuáles liderazgos logran expandirse más allá de sus estructuras partidarias y cuáles continúan atrapados en sus propias limitaciones internas.
En el oficialismo, el dato más contundente es el posicionamiento de David Collado. Entre los simpatizantes del Partido Revolucionario Moderno, el actual ministro de Turismo alcanza un 61.8 % de preferencia como eventual candidato presidencial, muy por encima de Carolina Mejía, que registra 21.1 %. Más atrás aparecen Raquel Peña con 2.5 %, José Ignacio Paliza con 1.3 %, Guido Gómez Mazara y Yayo Sanz Lovatón con 1 %, Wellington Arnaud con 0.8 %, y Jean Luis Rodríguez y Andrés Cueto con apenas 0.3 %.
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El resultado revela un fenómeno de concentración política. Collado prácticamente monopoliza el imaginario sucesoral del PRM. En sistemas presidenciales como el dominicano, donde la percepción de viabilidad suele pesar tanto como la estructura partidaria, una ventaja de cuarenta puntos tiende a desalentar adversarios internos, acelerar alineamientos y generar sensación de inevitabilidad.
Su fortaleza interna se complementa con otro dato decisivo: encabeza el ranking nacional de favorabilidad con 60.8 % de imagen positiva, por encima de todos los líderes medidos.
Ese doble posicionamiento -liderazgo interno y aceptación externa- convierte a Collado en una figura particularmente competitiva. Muchos dirigentes dominan sus partidos, pero generan altos niveles de rechazo fuera de ellos. Otros tienen buena imagen pública, pero poco arraigo interno. Collado parece haber resuelto, al menos por ahora, ambas ecuaciones.
El electorado parece premiar perfiles asociados a gestión y eficiencia más que a confrontación ideológica. Su posicionamiento luce menos vinculado al discurso partidario tradicional y más a una narrativa gerencial construida desde el turismo, la ciudad y la administración pública.
Carolina Mejía, con 21.1 %, aparece como la segunda figura relevante del PRM, aunque a una distancia considerable. Su capital político sigue siendo importante, especialmente por su proyección municipal y el peso histórico de su apellido dentro del perremeísmo. Sin embargo, la fotografía de Gallup muestra una competencia interna claramente inclinada hacia Collado.
El PRM, no obstante, enfrenta un desafío delicado: administrar la sucesión sin fracturas. La historia política dominicana está llena de oficialismos sólidos que comenzaron a dividirse cuando llegó el momento de decidir el relevo presidencial.
Complejidad en la FP
En la Fuerza del Pueblo, el liderazgo sigue teniendo nombre propio: Leonel Fernández. Entre los simpatizantes de esa organización, el expresidente obtiene 64.9 % de apoyo como opción presidencial, frente al 31.7 % de Omar Fernández.
El dato confirma que Leonel continúa siendo el centro de gravedad del partido que fundó tras su salida del PLD. Sin embargo, la encuesta revela algo más profundo que una simple ratificación de liderazgo: la coexistencia entre un liderazgo histórico consolidado y una transición generacional silenciosa.
Leonel domina la estructura, conserva autoridad partidaria y mantiene el peso simbólico de haber construido una maquinaria política propia. Pero Omar empieza a ocupar el espacio de la expectativa futura.
Ese fenómeno se refleja en la medición de imagen pública. Omar Fernández alcanza 54.2 % de valoración positiva nacional, ligeramente por encima del 52.8 % de Leonel.
La diferencia parece pequeña, pero políticamente resulta significativa. Omar carga menos desgaste, genera menos rechazo y conecta mejor con segmentos urbanos y jóvenes que no vivieron directamente los años de hegemonía peledeísta. Mientras Leonel representa experiencia y capacidad política, Omar proyecta renovación sin ruptura.
La Fuerza del Pueblo enfrenta así una paradoja estratégica. Su principal activo electoral sigue siendo Leonel Fernández, pero su figura de mayor potencial expansivo podría ser Omar. El desafío será administrar esa transición sin afectar la cohesión interna ni debilitar el liderazgo del expresidente.
Los problemas del PLD
En el PLD, en cambio, el panorama es más complejo. Gonzalo Castillo encabeza las preferencias internas con 48.3 %, mientras Abel Martínez aparece en segundo lugar con 25.3 %. Más rezagados figuran Francisco Javier García con 1.7 %, Margarita Cedeño con 1.1 %, Domínguez Brito con 1 % y Charlie Mariotti con 0.7 %.
Llama la atención, además, que un 21.8 % responda "ninguno", un indicador de vacío o desconexión interna que no aparece con igual magnitud en el PRM ni en la Fuerza del Pueblo.
A primera vista, Gonzalo muestra una ventaja clara. Pero el problema del PLD ya no parece ser únicamente de candidaturas. Es un problema de narrativa, identidad y autoridad política.
Después de gobernar durante dos décadas y construir el aparato electoral más poderoso del sistema, el partido todavía no encuentra una explicación convincente para su caída ni una propuesta capaz de diferenciarlo claramente de la Fuerza del Pueblo.
La encuesta refleja precisamente esa dificultad. En simpatía partidaria nacional, el PLD registra 19.5 %, prácticamente empatado con la Fuerza del Pueblo, que alcanza 19.6 %, mientras el PRM conserva una ventaja más amplia con 30.4 %.
Ese empate tiene una enorme carga simbólica. Significa que el partido que dominó la política dominicana durante veinte años ya no logra imponerse claramente sobre la organización nacida de su propia división.
Pero hay otro elemento todavía más delicado. Mientras la Fuerza del Pueblo logró reorganizarse alrededor de un liderazgo fuerte y reconocible, el PLD sigue transmitiendo dispersión. Gonzalo lidera internamente, pero no aparece como una figura expansiva en el escenario nacional. Abel conserva presencia política, pero no logra consolidarse como eje unificador.
El PLD enfrenta así el problema más difícil para un partido que fue hegemónico: aceptar que el sistema político cambió. Durante años, la organización construyó su fuerza sobre disciplina interna, eficacia electoral y control institucional. Tras perder el poder y fragmentarse, ninguna de esas fortalezas luce completamente intacta.
Los minoritarios
El estudio también midió a los partidos minoritarios y el resultado confirma su escasa gravitación en este momento del ciclo político. Ramfis Trujillo aparece al frente con apenas 2 %, seguido de Yadira Marte con 1.9 %, Guillermo Moreno con 1.4 % y Roque Espaillat con 1 %.
Más abajo figuran Miguel Vargas con 0.5 %, Carlos Peña con 0.4 %, Rafael Peña García, Pelegrín Castillo y Luis Acosta Moreta con 0.1 % cada uno. Sin embargo, el dato verdaderamente revelador es otro: 92.4 % respondió "ninguno".
Ese porcentaje revela la incapacidad del sistema minoritario para capitalizar el desgaste parcial de los partidos tradicionales. En otros países latinoamericanos, momentos de desencanto han abierto espacio para outsiders o terceras vías. En República Dominicana, al menos por ahora, ese espacio continúa vacío.
Los independientes
La encuesta también deja ver otro fenómeno potencialmente más importante: el crecimiento del electorado desvinculado de los partidos.
El 23.5 % de los entrevistados respondió que no simpatiza con ninguna organización política, un porcentaje superior al de la Fuerza del Pueblo y del PLD, y solo por debajo del PRM.
Ese dato altera parcialmente la lectura tradicional del sistema político dominicano. Aunque el país sigue estructurado alrededor de tres grandes organizaciones, emerge un segmento importante de ciudadanos menos leal, más volátil y más dispuesto a decidir en función de candidaturas concretas antes que de marcas partidarias.
En contextos donde crece el voto independiente, las elecciones dejan de definirse únicamente por maquinaria electoral y pasan a depender más de liderazgo, imagen pública y capacidad de conectar con sectores moderados o despolitizados.
Eso ayuda a explicar por qué figuras con perfiles menos ideológicos y más gerenciales, como David Collado u Omar Fernández, logran niveles de aceptación que trascienden claramente sus partidos.
También ayuda a entender las dificultades del PLD. Los partidos construidos sobre identidades políticas fuertes suelen sufrir más cuando el electorado comienza a desprenderse emocionalmente de las siglas tradicionales.
El 23.5 % de independientes revela, en el fondo, una sociedad políticamente más abierta, pero también más impredecible. En un escenario así, la ventaja no necesariamente será para el partido con la estructura más fuerte, sino para el liderazgo que logre interpretar mejor el cansancio, la desconfianza y las expectativas de un electorado cada vez menos cautivo.
2028: la política entra a la era del “elector suelto”
La más reciente medición Gallup–Diario Libre deja una señal que debería ordenar, desde ya, la conversación pública: hoy no existe una fuerza política con respaldo suficiente para “irse en primera vuelta” en 2028. El mapa aparece fragmentado, con una organización puntera alrededor de 30.4 %, dos fuerzas mayores prácticamente empatadas en torno a 19.6 % y 19.5 %, y —dato decisivo— un 23.5 % de ciudadanos que afirma no simpatizar con ningún partido.
Esa fotografía, por temprana que sea, sugiere un cambio de época más que un simple vaivén de preferencias. Cuando uno de cada cuatro electores se define fuera de las siglas, la política deja de ser un duelo de maquinarias “en automático” y se convierte en una competencia por credibilidad, desempeño percibido y capacidad de interpretar el ánimo social. En términos prácticos, el mensaje es claro: quien pretenda ganar 2028 deberá conquistar, persuadir y retener a un electorado menos cautivo y más exigente, que decide menos por herencia partidaria y más por evaluación de resultados.
La encuesta también revela otra tendencia estructural: la concentración interna de preferencias alrededor de figuras que dominan los imaginarios sucesorales de sus respectivos espacios. En el partido oficialista, el liderazgo medido se muestra ampliamente mayoritario dentro de su base; en la principal organización opositora, el centro de gravedad sigue ubicado en un liderazgo histórico, aunque conviviendo con una transición generacional silenciosa; y en la segunda fuerza opositora se aprecia, además de la competencia, un porcentaje relevante de “ninguno” que retrata desconexión o vacío de conducción.
Más allá de los nombres —que el calendario y las primarias irán ordenando— lo verdaderamente importante es lo que esa concentración dice sobre el sistema. En política, las ventajas demasiado amplias dentro de un partido suelen producir dos efectos simultáneos: alineamientos rápidos y tentación de inevitabilidad. El primero puede facilitar disciplina; el segundo puede degenerar en complacencia, cierre interno y desconexión con el país real. La historia dominicana, por cierto, conoce bien el riesgo de los oficialismos que se fracturan cuando llega el momento de decidir el relevo; y también el de oposiciones que, por no resolver su relato, terminan discutiendo candidaturas sin construir esperanza.
En un escenario sin mayoría automática, el balotaje deja de ser una hipótesis y pasa a ser un diseño probable del tablero. Esto cambia la racionalidad de la estrategia: ya no basta con “ganar el partido”; hay que prepararse para ampliar coaliciones sociales, sumar sectores moderados y competir por el voto independiente. Ese tipo de votante —que no se declara de nadie— no se moviliza con consignas; se convence con agenda, integridad, consistencia y resultados verificables. Y cuando la conversación pública se llena de promesas grandilocuentes, lo que termina pesando es la confianza: ¿quién puede gobernar sin improvisación, sin ruido y sin retrocesos institucionales?
Por eso, el 23.5 % de “no simpatiza con ningún partido” no es solo una estadística: es una advertencia democrática. Es el recordatorio de que la ciudadanía se está moviendo hacia una cultura de evaluación, más que de pertenencia. Es un electorado que puede premiar la gestión, pero también castigar la arrogancia; que puede reconocer eficiencia, pero no tolerar impunidad; que puede apoyar estabilidad, pero exigir transparencia. En ese terreno, el discurso ideológico duro rinde menos que la promesa concreta de buen gobierno, servicios públicos que funcionen y reglas que se cumplan.
Al mismo tiempo, la medición expone un dato que suele pasar inadvertido: la debilidad persistente de los minoritarios para capitalizar el desencanto. Según el estudio, el segmento minoritario luce sin tracción real y con un 92.4 % que responde “ninguno” cuando se pregunta por esas opciones. Esto significa que, a diferencia de otros países latinoamericanos donde el hastío abrió paso a outsiders con rapidez, en República Dominicana el descontento no se está convirtiendo —al menos por ahora— en una “tercera vía” competitiva. La disputa sigue ocurriendo dentro del triángulo principal, pero con un árbitro nuevo: el independiente, que no perdona incoherencias y que se informa —cada vez más— por percepción de desempeño y confianza personal.
Con ese telón de fondo, el desafío de los partidos no es únicamente escoger candidaturas: es reconstruir contrato moral con la ciudadanía. El país demanda menos propaganda y más seriedad programática: políticas públicas con costo, cronograma y responsables; compromisos claros de reforma institucional; y una señal inequívoca de que el poder no es una licencia para la impunidad. En un contexto de elector “suelto”, la mejor campaña no será la que grite más, sino la que pueda sostener una narrativa de orden, transparencia y resultados sin caer en el cinismo.
Esto obliga, también, a elevar el estándar de la competencia interna. Si la sucesión se gestiona a base de facciones y golpes de mesa, el partido que hoy aparece primero puede perder cohesión; y si la oposición se enreda en disputas sin propuesta, puede desperdiciar la oportunidad de conectar con ese 23.5 % que está disponible, pero no enamorado. La encuesta funciona como espejo: muestra fortalezas relativas, sí, pero también exhibe el techo potencial de cada estructura cuando se enfrenta a un electorado que ya no se identifica por siglas sino por expectativas.
De aquí a 2028 falta una eternidad política, y el contexto —económico, social y geopolítico— puede alterar cualquier ventaja. Sin embargo, el aprendizaje de esta medición es inmediato: la República Dominicana se encamina hacia una elección donde la llave no será solo el aparato, sino la confianza. Quien gane tendrá que hacerlo persuadiendo a un centro social amplio, cansado de excusas y atento a la integridad. Y quien aspire a gobernar deberá entender que, en la era del elector independiente, la legitimidad no se hereda: se conquista todos los días con buen desempeño, respeto institucional y decencia pública.