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sábado, 6 de abril de 2019

Los cerebros ‘hackeados’ votan | por YUVAL NOAH HARARI

IDEAS ANÁLISIS 

Los cerebros ‘hackeados’ votan

Algunas de las mentes más brillantes del planeta llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para que pinchemos en determinados anuncios o enlaces. Y ese método ya se usa para vendernos políticos e ideologías

Fotograma de la película '1984', del director Michael Anderson (1956).
Fotograma de la película '1984', del director Michael Anderson (1956).
La democracia liberal se enfrenta a una doble crisis. Lo que más centra la atención es el consabido problema de los regímenes autoritarios. Pero los nuevos descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos representan un reto mucho más profundo para el ideal básico liberal: la libertad humana.
El liberalismo ha logrado sobrevivir, desde hace siglos, a numerosos demagogos y autócratas que han intentado estrangular la libertad desde fuera. Pero ha tenido escasa experiencia, hasta ahora, con tecnologías capaces de corroer la libertad humana desde dentro.
Para asimilar este nuevo desafío, empecemos por comprender qué significa el liberalismo. En el discurso político occidental, el término “liberal” se usa a menudo con un sentido estrictamente partidista, como lo opuesto a “conservador”. Pero muchos de los denominados conservadores adoptan la visión liberal del mundo en general. El típico votante de Trump habría sido considerado un liberal radical hace un siglo. Haga usted mismo la prueba. ¿Cree que la gente debe elegir a su Gobierno en lugar de obedecer ciegamente a un monarca? ¿Cree que una persona debe elegir su profesión en lugar de pertenecer por nacimiento a una casta? ¿Cree que una persona debe elegir a su cónyuge en lugar de casarse con quien hayan decidido sus padres? Si responde sí a las tres preguntas, enhorabuena, es usted liberal.
El liberalismo defiende la libertad humana porque asume que las personas son entes únicos, distintos a todos los demás animales. A diferencia de las ratas y los monos, el Homo sapiens, en teoría, tiene libre albedrío. Eso es lo que hace que los sentimientos y las decisiones humanas constituyan la máxima autoridad moral y política en el mundo. Por desgracia, el libre albedrío no es una realidad científica. Es un mito que el liberalismo heredó de la teología cristiana. Los teólogos elaboraron la idea del libre albedrío para explicar por qué Dios hace bien cuando castiga a los pecadores por sus malas decisiones y recompensa a los santos por las decisiones acertadas.
Hitler no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades de cada cerebro. Ahora sí es posible
Si no tomamos nuestras decisiones con libertad, ¿por qué va Dios a castigarnos o recompensarnos? Según los teólogos, es razonable que lo haga porque nuestras decisiones son el reflejo del libre albedrío de nuestras almas eternas, que son completamente independientes de cualquier limitación física y biológica.
Este mito tiene poca relación con lo que la ciencia nos dice del Homo sapiens y otros animales. Los seres humanos, sin duda, tienen voluntad, pero no es libre. Yo no puedo decidir qué deseos tengo. No decido ser introvertido o extrovertido, tranquilo o inquieto, gay o heterosexual. Los seres humanos toman decisiones, pero nunca son decisiones independientes. Cada una de ellas depende de unas condiciones biológicas y sociales que escapan a mi control. Puedo decidir qué comer, con quién casarme y a quién votar, pero esas decisiones dependen de mis genes, mi bioquímica, mi sexo, mi origen familiar, mi cultura nacional, etcétera; todos ellos, elementos que yo no he elegido.
Esta no es una teoría abstracta, sino que es fácil de observar. Fíjese en la próxima idea que surge en su cerebro. ¿De dónde ha salido? ¿Se le ha ocurrido libremente? Por supuesto que no. Si observa con atención su mente, se dará cuenta de que tiene poco control sobre lo que ocurre en ella y que no decide libremente qué pensar, qué sentir, ni qué querer. ¿Alguna vez le ha pasado que, la noche anterior a un acontecimiento importante, intenta dormir pero le mantiene en vela una serie constante de pensamientos y preocupaciones de lo más irritantes? Si podemos escoger libremente, ¿por qué no podemos detener esa corriente de pensamientos y relajarnos sin más?

Animales pirateables

Los cerebros ‘hackeados’ votanampliar foto
Aunque el libre albedrío siempre ha sido un mito, en siglos anteriores fue útil. Infundió valor a quienes lucharon contra la Inquisición, el derecho divino de los reyes, el KGB y el Ku Klux Klan. Y era un mito que tenía pocos costes. En 1776 y en 1939 no era muy grave creer que nuestras convicciones y decisiones eran producto del libre albedrío, y no de la bioquímica y la neurología. Porque en 1776 y en 1939 nadie entendía muy bien la bioquímica, ni la neurología. Ahora, sin embargo, tener fe en el libre albedrío es peligroso. Si los Gobiernos y las empresas logran hackear o piratear el sistema operativo humano, las personas más fáciles de manipular serán aquellas que creen en el libre albedrío.
Para conseguir piratear a los seres humanos, hacen falta tres cosas: sólidos conocimientos de biología, muchos datos y una gran capacidad informática. La Inquisición y el KGB nunca lograron penetrar en los seres humanos porque carecían de esos conocimientos de biología, de ese arsenal de datos y esa capacidad informática. Ahora, en cambio, es posible que tanto las empresas como los Gobiernos cuenten pronto con todo ello y, cuando logren piratearnos, no solo podrán predecir nuestras decisiones, sino también manipular nuestros sentimientos.
Quien crea en el relato liberal tradicional tendrá la tentación de restar importancia a este problema. “No, nunca va a pasar eso. Nadie conseguirá jamás piratear el espíritu humano porque contiene algo que va más allá de los genes, las neuronas y los algoritmos. Nadie puede predecir ni manipular mis decisiones porque mis decisiones son el reflejo de mi libre albedrío”. Por desgracia, ignorar el problema no va a hacer que desaparezca. Solo sirve para que seamos más vulnerables.
Una fe ingenua en el libre albedrío nos ciega. Cuando una persona escoge algo —un producto, una carrera, una pareja, un político—, se dice que está escogiéndolo por su libre albedrío. Y ya no hay más que hablar. No hay ningún motivo para sentir curiosidad por lo que ocurre en su interior, por las fuerzas que verdaderamente le han conducido a tomar esa decisión.
Las personas más fáciles de manipular serán las que creen en el libre albedrío. Tener fe en él, ahora, es peligroso
Todo arranca con detalles sencillos. Mientras alguien navega por Internet, le llama la atención un titular: “Una banda de inmigrantes viola a las mujeres locales”. Pincha en él. Al mismo tiempo, su vecina también está navegando por la Red y ve un titular diferente: “Trump prepara un ataque nuclear contra Irán”. Pincha en él. En realidad, los dos titulares son noticias falsas, quizá generadas por troles rusos, o por un sitio web deseoso de captar más tráfico para mejorar sus ingresos por publicidad. Tanto la primera persona como su vecina creen que han pinchado en esos titulares por su libre albedrío. Pero, en realidad, las han hackeado.
La propaganda y la manipulación no son ninguna novedad, desde luego. Antes actuaban mediante bombardeos masivos; hoy, son, cada vez más, munición de alta precisión contra objetivos escogidos. Cuando Hitler pronunciaba un discurso en la radio, apuntaba al mínimo común denominador porque no podía construir un mensaje a medida para cada una de las debilidades concretas de cada cerebro. Ahora sí es posible hacerlo. Un algoritmo puede decir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, y si su vecina ya detesta a Trump, de tal forma que el primero ve un titular y la segunda, en cambio, otro completamente distinto. Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano para hacer que pinchemos en determinados anuncios y así vendernos cosas. El mejor método es pulsar los botones del miedo, el odio o la codicia que llevamos dentro. Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para vendernos políticos e ideologías.
Y este no es más que el principio. Por ahora, los piratas se limitan a analizar señales externas: los productos que compramos, los lugares que visitamos, las palabras que buscamos en Internet. Pero, de aquí a unos años, los sensores biométricos podrían proporcionar acceso directo a nuestra realidad interior y saber qué sucede en nuestro corazón. No el corazón metafórico tan querido de las fantasías liberales, sino el músculo que bombea y regula nuestra presión sanguínea y gran parte de nuestra actividad cerebral. Entonces, los piratas podrían correlacionar el ritmo cardiaco con los datos de la tarjeta de crédito y la presión sanguínea con el historial de búsquedas. ¿De qué habrían sido capaces la Inquisición y el KGB con unas pulseras biométricas que vigilen constantemente nuestro ánimo y nuestros afectos? Por desgracia, da la impresión de que pronto sabremos la respuesta.
El liberalismo ha desarrollado un impresionante arsenal de argumentos e instituciones para defender las libertades individuales contra ataques externos de Gobiernos represores y religiones intolerantes, pero no está preparado para una situación en la que la libertad individual se socava desde dentro y en la que, de hecho, los conceptos “libertad” e “individual” ya no tienen mucho sentido. Para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI, necesitamos dejar atrás la ingenua visión de los seres humanos como individuos libres —una concepción herencia a partes iguales de la teología cristiana y de la Ilustración— y aceptar lo que, en realidad, somos los seres humanos: unos animales pirateables. Necesitamos conocernos mejor a nosotros mismos.

Códigos defectuosos

Este consejo no es nuevo, por supuesto. Desde la Antigüedad, los sabios y los santos no han dejado de decir “conócete a ti mismo”. Pero en tiempos de Sócrates, Buda y Confucio, uno no tenía competencia en esta búsqueda. Si uno no se conocía a sí mismo, seguía siendo una caja negra para el resto de la humanidad. Ahora, en cambio, sí hay competencia. Mientras usted lee estas líneas, los Gobiernos y las empresas están trabajando para piratearle. Si consiguen conocerle mejor de lo que usted se conoce a sí mismo, podrán venderle todo lo que quieran, ya sea un producto o un político.
Es especialmente importante conocer nuestros puntos débiles porque son las principales herramientas de quienes intentan piratearnos. Los ordenadores se piratean a través de líneas de código defectuosas preexistentes. Los seres humanos, a través de miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes. Los piratas no pueden crear miedo ni odio de la nada. Pero, cuando descubren lo que una persona ya teme y odia, tienen fácil apretar las tuercas emocionales correspondientes y provocar una furia aún mayor.
Si no podemos llegar a conocernos a nosotros mismos mediante nuestros propios esfuerzos, tal vez la misma tecnología que utilizan los piratas pueda servir para proteger a la gente. Así como el ordenador tiene un antivirus que le preserva frente al software malicioso, quizá necesitamos un antivirus para el cerebro. Ese ayudante artificial aprenderá con la experiencia cuál es la debilidad particular de una persona —los vídeos de gatos o las irritantes noticias sobre Trump— y podrá bloquearlos para defendernos.
No obstante, todo esto no es más que un aspecto marginal. Si los seres humanos son animales pirateables, y si nuestras decisiones y opiniones no son reflejo de nuestro libre albedrío, ¿para qué sirve la política? Durante 300 años, los ideales liberales inspiraron un proyecto político que pretendía dar al mayor número posible de gente la capacidad de perseguir sus sueños y de hacer realidad sus deseos. Estamos cada vez más cerca de alcanzar ese objetivo, pero también de darnos cuenta de que, en realidad, es un engaño. Las mismas tecnologías que hemos inventado para ayudar a las personas a perseguir sus sueños permiten rediseñarlos. Así que ¿cómo confiar en ninguno de mis sueños?
Es posible que este descubrimiento otorgue a los seres humanos un tipo de libertad completamente nuevo. Hasta ahora, nos identificábamos firmemente con nuestros deseos y buscábamos la libertad necesaria para cumplirlos. Cuando surgía una idea en nuestra cabeza, nos apresurábamos a obedecerla. Pasábamos el tiempo corriendo como locos, espoleados, subidos a una furibunda montaña rusa de pensamientos, sentimientos y deseos, que hemos creído, erróneamente, que representaban nuestro libre albedrío. ¿Qué sucederá si dejamos de identificarnos con esa montaña rusa? ¿Qué sucederá cuando observemos con cuidado la próxima idea que surja en nuestra mente y nos preguntemos de dónde ha venido?
A veces la gente piensa que, si renunciamos al libre albedrío, nos volveremos completamente apáticos, nos acurrucaremos en un rincón y nos dejaremos morir de hambre. La verdad es que renunciar a este engaño puede despertar una profunda curiosidad. Mientras nos identifiquemos firmemente con cualquier pensamiento y deseo que surja en nuestra mente, no necesitamos hacer grandes esfuerzos para conocernos. Pensamos que ya sabemos de sobra quiénes somos. Sin embargo, cuando uno se da cuenta de que “estos pensamientos no son míos, no son más que ciertas vibraciones bioquímicas”, comprende también que no tiene ni idea de quién ni de qué es. Y ese puede ser el principio de la aventura de exploración más apasionante que uno pueda emprender.

Filosofía práctica

Poner en duda el libre albedrío y explorar la verdadera naturaleza de la humanidad no es algo nuevo. Los humanos hemos mantenido este debate miles de veces. Salvo que antes no disponíamos de la tecnología. Y la tecnología lo cambia todo. Antiguos problemas filosóficos se convierten ahora en problemas prácticos de ingeniería y política. Y, si bien los filósofos son gente muy paciente —pueden discutir sobre un tema durante 3.000 años sin llegar a ninguna conclusión—, los ingenieros no lo son tanto. Y los políticos son los menos pacientes de todos.
¿Cómo funciona la democracia liberal en una era en la que los Gobiernos y las empresas pueden piratear a los seres humanos? ¿Dónde quedan afirmaciones como que “el votante sabe lo que conviene” y “el cliente siempre tiene razón”? ¿Cómo vivir cuando comprendemos que somos animales pirateables, que nuestro corazón puede ser un agente del Gobierno, que nuestra amígdala puede estar trabajando para Putin y la próxima idea que se nos ocurra perfectamente puede no ser consecuencia del libre albedrío sino de un algoritmo que nos conoce mejor que nosotros mismos? Estas son las preguntas más interesantes que debe afrontar la humanidad.
Por desgracia, no son preguntas que suela hacerse la mayoría de la gente. En lugar de investigar lo que nos aguarda más allá del espejismo del libre albedrío, la gente está retrocediendo en todo el mundo para refugiarse en ilusiones aún más remotas. En vez de enfrentarse al reto de la inteligencia artificial y la bioingeniería, la gente recurre a fantasías religiosas y nacionalistas que están todavía más alejadas que el liberalismo de las realidades científicas de nuestro tiempo. Lo que se nos ofrece, en lugar de nuevos modelos políticos, son restos reempaquetados del siglo XX o incluso de la Edad Media.
Cuando uno intenta entregarse a estas fantasías nostálgicas, acaba debatiendo sobre la veracidad de la Biblia y el carácter sagrado de la nación (especialmente si, como yo, vive en un país como Israel). Para un estudioso, esto es decepcionante. Discutir sobre la Biblia era muy moderno en la época de Voltaire, y debatir los méritos del nacionalismo era filosofía de vanguardia hace un siglo, pero hoy parece una terrible pérdida de tiempo. La inteligencia artificial y la bioingeniería están a punto de cambiar el curso de la evolución, nada menos, y no tenemos más que unas cuantas décadas para decidir qué hacemos. No sé de dónde saldrán las respuestas, pero seguramente no será de relatos de hace 2.000 años, cuando se sabía poco de genética y menos de ordenadores.
¿Qué hacer? Supongo que necesitamos luchar en dos frentes simultáneos. Debemos defender la democracia liberal no solo porque ha demostrado que es una forma de gobierno más benigna que cualquier otra alternativa, sino también porque es lo que menos restringe el debate sobre el futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, debemos poner en tela de juicio las hipótesis tradicionales del liberalismo y desarrollar un nuevo proyecto político más acorde con las realidades científicas y las capacidades tecnológicas del siglo XXI.
Yuval Noah Harari es historiador y autor, entre otros libros, de ‘Sapiens. De animales a dioses’ (editorial Debate).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
https://elpais.com/internacional/2019/01/04/actualidad/1546602935_606381.html

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jueves, 28 de marzo de 2019

Tecnología | “Es más fácil que veamos el fin del mundo a que Facebook comparta su algoritmo”

“Es más fácil que veamos el fin del mundo a que Facebook comparta su algoritmo”
Tras décadas ejerciendo de periodista de aquellos que no solo encuentran la noticia sino que saben interpretarla, Paul Mason ha decidido ahora salirse de los medios para contar la realidad de otra forma
El periodista británico Paul Mason posa para ICON con mirada clara y una perspectiva francamente alarmante sobre el futuro que nos espera.
El periodista británico Paul Mason posa para ICON con mirada clara y una perspectiva francamente alarmante sobre el futuro que nos espera. 
Hijo de un camionero y una maestra, el inglés Paul Mason (1960) ha estado siempre en el lugar adecuado. Comenzó a trabajar de periodista en pleno bum de las puntocom en los años noventa, debutó en directo en televisión en BBC Newsnight el fatídico 11-S y se instaló en las puertas de Lehman Brother en Nueva York cuando quebró en 2008. Se unió a Channel 4 News como editor de economía en 2013 y cubrió la guerra de Gaza, el huracán Katrina y los movimientos antiglobalización en Europa. Pero, de todo su trabajo, su ensayo Postcapitalismo: hacia un nuevo futuro (Paidós, 2016), traducido a 16 idiomas, ha sido lo que le ha hecho mundialmente conocido. Cuando Mason escribió por primera vez sobre el postcapitalismo en The Guardian su artículo se viralizó.
“Se compartió un millón de veces y no se pudo contar más porque rompió el contador. Calculo que probablemente lo han llegado a leer 15 millones de personas”, cuenta. En el libro explica que el capitalismo tiene los días contados y propone un nuevo sistema económico. “Debería existir la renta básica universal con servicios básicos gratuitos, como la sanidad, la universidad, el transporte urbano y el derecho garantizado a un hogar asequible. Y todo esto, pagado con impuestos de las grandes corporaciones tecnológicas como Amazon, Google, Apple o Facebook. La revolución ha de ser así porque la tecnología de la información es diferente a todos los avances tecnológicos anteriores: desafía las raíces de una sociedad basada en el trabajo y en la escasez”.
Mason mira con ojos críticos todo lo que le rodea, también su propia profesión. “Estamos ante una gran crisis porque nadie cree a los periodistas. La gente solo lee titulares y noticias falsas. Tenemos que encontrar nuevas formas de contar las historias para que nos crean. Y para ello es primordial concentrarse en los hechos”. No es raro que se inspire en la obra de George Orwell para lograrlo. “Orwell creó una forma de narrar que ayuda a las personas a entender lo sucedido y el mundo que le rodea. Ese ha de ser el trabajo de los periodistas. Y por eso abandoné mi puesto bien pagado en televisión”.
“Debería existir la renta básica universal con servicios básicos gratuitos, como la sanidad, la universidad, el transporte urbano y el derecho garantizado a un hogar asequible. Y todo esto, pagado con impuestos de las grandes corporaciones tecnológicas como Amazon, Google, Apple o Facebook"
Así es. Tras dejar Channel 4 News, escribió y dirigió el cortometrajeAstoria, donde hace un paralelismo entre la crisis de los refugiados de hoy y el nazismo. Firmó dos obras de teatro: Divine chaos of starry things (Divino caos de las cosas estrelladas), un drama sobre mujeres supervivientes de la Comuna de París, y Why it’s kicking off everywhere (Por qué está empezando en todas partes), basada en su libro homónimo sobre la Primavera Árabe y el movimiento Occupy. Además, creó un juego de mesa para 60 personas sobre la fragmentación del orden mundial que presentó el año pasado. “Para mí, todo esto es periodismo igual que para George Orwell su novela 1984 también lo era. Arte y periodismo”, resume.
Al preguntársele por su gran preocupación en la actualidad, responde sin dudar: “El auge de la extrema derecha en el mundo. Después de la última crisis, la narrativa dejó de funcionar para los ciudadanos y la izquierda no supo ser lo suficientemente fuerte. La teoría de la izquierda era que el sistema nunca se rompería. Ellos lo empujarían a la izquierda y lo mejorarían. Pues no, el sistema está roto. Y si nos situamos en España, creo que el Partido Popular corre el peligro de ser arrastrado a posiciones más extremas cuando surgen grupos cercanos al fascismo que lo presionan”, afirma.
En su nuevo proyecto, el libro Clear bright future: A radical defence of the human being (Futuro resplandeciente: una defensa radical del ser humano), que presentará en mayo, hace una apología del humanismo radical frente a la inteligencia artificial y el control algorítmico. “Para luchar contra todo lo que tiene que ver con Inteligencia Artificial, Facebook, control mediante algoritmos, Trump y la extrema derecha, necesitamos defender los derechos humanos de la mecanización, el control y la irracionalidad. ¡Necesitamos ser humanistas!”, exclama entusiasta.
El crítico estadounidense Fredric Jameson dijo que era más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo, Paul Mason añade: “Es más fácil que veamos el fin del mundo a que Facebook comparta su algoritmo”.
https://elpais.com/elpais/2019/02/05/icon/1549385827_896043.html?id_externo_rsoc=TW_AM_CM

viernes, 23 de noviembre de 2018

ECONOMIA | El uso de algoritmos agrava problemas economía mundial

El uso de algoritmos agrava problemas economía mundial

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Cathy O’Neil, doctora en matemáticas por la Universidad de Harvard, cree que la crisis financiera dejó claro que los algoritmos no solo están involucrados en muchos de los problemas del mundo, sino que los agravan.
Denunció que los algoritmos no son transparentes y no se rinde cuentas de su funcionamiento.
Ante esa situación consideró que los gobiernos deben legislar y definir, por ejemplo, qué convierte a un algoritmo en racista o sexista.
En su libro “Armas de destrucción matemática”, O’Neil menciona un caso de una profesora en Estados Unidos a la que echaron por decisión de un algoritmo.
Explica que el distrito escolar de Washington empezó a usar el sistema de puntuación Mathematica para identificar a los profesores menos productivos y se despidió a 205 docentes después de que ese modelo les considerara malos profesores.
Sostiene que el dilema de si es o no un buen profesor no se puede resolver con tecnología, es un problema humano. Muchos de esos profesores no pudieron reclamar porque el secretismo sobre cómo funciona el algoritmo les quita ese derecho.
Al esconder los detalles del funcionamiento, resulta más difícil cuestionar la puntuación o protestar.
Explica que para evaluar bien a un profesor, primero tiene que haber un consenso entre la comunidad educativa sobre qué elementos definen a un buen profesor. Por ejemplo, debe establecerse “si se quiere valorar si genera la suficiente curiosidad en el alumno como para que aprenda”.
“Si nos metemos en un aula y observamos, podremos determinar si el docente está incluyendo a todos los estudiantes en la conversación, o si consigue que trabajen en grupo y lleguen a conclusiones o solo hablan entre ellos en clase. Sería muy difícil programar un ordenador para que lo haga”, agrega.
Cuestiona que los expertos en datos tienen la arrogancia de creer que pueden resolver esas cuestiones. Ignoran que primero hace falta un consenso en el campo educativo. “Un estúpido algoritmo no va a resolver una cuestión sobre la que nadie se pone de acuerdo”.
Cuestionó que el uso de algoritmos ahorra costes en personal, pero evita la rendición de cuentas. “Cuando usas un algoritmo, el fracaso no es tu culpa. Es la máquina”, expresó.
Se refirió al hecho de que trabajaba para el Ayuntamiento de Nueva York mientras investigaba para escribir mi libro cuando en esa institución desarrollaba un sistema de ayudas para los sin techo, pero se dio cuenta de que no querían mejorar sus vidas, sino no fracasar en sus políticas.
“Pasó lo que querían evitar: el New York Times publicó un artículo sobre la muerte de un niño como consecuencia de un fallo en esa red de ayuda. La culpa era del algoritmo, que no había calculado bien”, dijo. Cree que no deberíamos dejar a las administraciones usar algoritmos para eludir la responsabilidad. http://hoy.com.do/el-uso-de-algoritmos-agrava-problemas-economia-mundial/