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domingo, 13 de enero de 2019

Alanna en 900 palabras | por Gnosis Rivera @riveragnosis

Alanna en 900 palabras

Gnosis Rivera - 12 de enero de 2019 - 12:08 a
Gnosis Rivera
No puedo decir que conozco a Alanna de siempre o desde hace muchos años, como lo harían otros y otras, lo que sí puedo asegurar, sin temor a equivocarme, es que si había algo que no podía ocurrir respecto de ella era ignorarla -sí, he usado verbos en presente-. Alanna era como una suerte de tromba marina; de esas mujeres a las que el alma se les va delante y el cuerpo les corre atrás. Y resulta curioso que, desde como yo lo veo, no tenerla hoy es casi una prueba intangible de esto que digo.
Alanna Lockward, por Juan Deláncer
No me llevo bien con los rituales de despedida que siguen a la muerte; celebro la existencia y fusiono las dos ceremonias, dado que vida y muerte son cara y cruz de una misma moneda. Con Alanna me ocurre eso, no puedo pensarla muerta porque su impronta es tan intensa como vibrante. Viendo sus fotos estos días en prensa digital y redes sociales, me ocupa una sensación de distancia con la realidad. Una distancia tan humana como comprensible, dado lo imprevisto e inesperado de lo ocurrido, amén de la idea que inconscientemente habita en muchos de nosotros: nadie cree que va a morir.
Había escuchado de ella más no la conocía personalmente. Ella me abordó, me nombró a modo de pregunta, presentaciones cordiales y abrazo incluido. Ella iba en bermudas color caqui, camiseta -no recuerdo el color-, una pamela o sombrero de ala ancha para proteger sus ojos, esos que se iluminaban como niño que juega al escondite. Alanna tenía los ojos de carajita y su sonrisa, cuando no lo era, se convertía en una incógnita, una alegre duda, como si tramara alguna travesura. Sus labios menguaban discretos y delgados de un extremo al otro, simulando un paréntesis boca arriba, algo así como una Gioconda Antillana, como diría José Luis.
Tengo esa estampa en mi memoria fotográfica, ambas a bordo de un autobús que hacía entrada a Santiago de los Caballeros. Todo lo detallado en el párrafo anterior se agrupaba en una menuda y coqueta anatomía que adornaba con la sencillez de algún accesorio de ámbar o madera. Ella y su pelo corto ya eran todo. Esa era Alanna en este plano material. Y ya surgen los verbos en pasado sin que me pesen los dedos.
Y el destino hubo de reunirnos nuevamente. Ahí pude ver por horas y de cerca todo lo que ya había apreciado aquella primera vez. Esta mujer no era un alguien para seguir de largo: o decidías ignorarla absolutamente, o te metías de lleno en sus haberes  y haceres con todo y consecuencias. Hay quien dice que con Alanna no había medias tintas, o era negro o era blanco, eso es cierto, pero igual le habitaban matices relampagueantes. Era un colorido brote andante. Esa noche, mientras discutíamos sobre temas de harto interés para nosotras, tanto se sentaba como senador Romano, de costado y sobre mullidos cojines, como igual daba saltos si dábamos con la diana de una verdad que debía estallar sí o sí. Las horas se volvieron muchas, como largo el camino que tomé hasta dejarla en su puerta, luego de perdernos legendariamente por las calles de Arroyo Hondo.
Llegué a colaborar para un documental de los tantos que realizó. Ahí convenimos un sancocho que naturalmente quedó en la lista de deseos no cumplidos. Se sacrificaron varias cervezas, hubo risas de esas que te hacen girar la cabeza hacia atrás; tacos Al Pastor con la mejor compañía, temas y más temas. No fue mucho, y sin embargo fue tanto.
Alanna era sus plantas, las cuales se aseguraba que estuvieran bien atendidas, en armonía la una con la otra. Era las paredes antiguas de su casa, la cual había empezado a restaurar y que sin duda se parecían mucho a ella. Era sus brazos abiertos, queriendo abarcar los extremos de cualquier espacio que la recibía, como si lo abrazara por vez primera, como si tuviera un regalo en las manos. Esa era Alanna. Era su biombo antiguo, la malla restaurada y remozada, por donde se colaba el sol, el cielo, los vientos y la lluvia que mojaba la amplia terraza. Era muchas cosas, muchas. Su irreverencia era exquisita, punzante para algunos, pero directa, ausente de poses. Con ella podías coincidir, disentir, concluir y discutir, lo que sea, pero no podías dejar de notarla. Llegó a ser un glosario de palabras iracundas, de la misma forma en que fue susurro cálido y apoyo. También fue muchos planes llevados a término, otros tantos por comenzar y muchos otros por concluir. Planes hermosos, de esos que germinan cosas buenas.
Y cada quien se queda con lo que puede y elige. Yo me quedo con su cabeza echada a un lado, su sonrisa, completa o por mitad, sus halagos hacia lo que le mereciera méritos, voluptuosos como su forma de ser y hacer. Me quedo con su puño levantado y sus consignas. Con su mirada inquisidora, curiosa, hambrienta de respuestas. Con su ¡no! disgustado. Su imagen sentada sobre el tope de aquel escritorio, escuchando atenta y batiendo su abanico español para el calor, seguro tomando notas mentales, conclusiones en silencio, para volver a la tarea de observar rostros y miradas mudas. Era uno de sus modos de saber y conocer. Elijo sus estallidos anaranjados, su dorado centellante, sus azules calmos, su cara enrojecida de emoción. Con eso elijo quedarme.
https://acento.com.do/2019/opinion/8641438-alanna-900-palabras/

martes, 8 de enero de 2019

Alanna, Alanna, tu muerte… | José Luis Taveras

Alanna, Alanna, tu muerte…

José Luis Taveras - 8 de enero de 2019 
José Luis Taveras
Tengo cuatro días de autodestierro. Me he guardado de la gente, el teléfono y las liviandades. Lo he hecho frente al Atlántico, justo donde sus olas besan con más ímpetu la costa: Cabarete. Quiero empezar el año con pocas tareas aplazadas. Dentro de las obligaciones agendadas estaba escribir esta columna. La trabajé con el ocaso del domingo, mientras el sol, ya extenuado, despedía su jornada de luz. Cuando el lunes en la mañana me disponía a despachar el artículo al director del diario, en la portada veo una foto tuya, luminosa y fresca, como siempre. Creí que era una crónica más de tu premiada carrera, pero no: la imagen ilustraba el anuncio de tu muerte; sí, tu muerte, una verdad que todavía no se acomoda a mi razón.
Lo único meritorio que pude hacer en el acto fue cancelar el despacho y teclear lo que pudiera salir de mi cortado aliento. Mis pensamientos, todavía desordenados, regresaron a aquel día, hace algo más de cuatro años, cuando recibí un mensaje en el que me confesabas tu grato asombro por mis trabajos. Entonces vivías en Berlín. Acepté el gesto como una cortesía sin saber realmente con quién hablaba. Bastó una pregunta para presentir que tenías otras raíces: “¿Por casualidad eres hija de Alfonso Lockward?” esperaba con ansias ese sí y así vino: “Sí. ¿Lo conocías?”, me contestaste. Entonces prendió otro espíritu, apacible, envolvente y nostálgico. No demoré en decirte quién fue tu padre en mi vida. Copio: “A tu papá lo conocí en 1988, en San José, Costa Rica. Era el único conferencista dominicano en una convención de comunicadores cristianos patrocinada por Radio Transmundial de Bonaire, Antillas Holandesas. Quedé atado a su profunda sencillez. Desde entonces corrimos una historia de episódicas tertulias teológicas. Cada vez que él iba por Santiago compartíamos sobre la Reforma, las epístolas paulinas, la teología de la liberación y la doctrina socialcristiana. Él me llamaba “el Calvino precoz” por mis sediciosas preguntas teológicas, que en ocasiones no dejaban de abrumarle. Apenas era un adolescente”.
A partir de ese encuentro comencé a seguir tu carrera con discreción. Entonces supe que tu hogar colgaba entre pedazos flotantes de tierras abandonadas en el Caribe. Más que dominicana o latina, eras antillana. Te daba igual la diversidad de su gente para sentirte una ciudadana del mismo mar que la cercaba. Tu espiritualidad se fermentaba en la sangre caribeña, tu amada y mística identidad. Sería ingrato abrazar el arte y la cultura insulares sin pensarte o cantar al menos tus sueños a golpe de tambores en cualquier ritmo: merengue, konpa direk, reggae, cumbia, calipso, plena, bomba, reguetón, son, salsa o bachata. Recuerdo tus luchas junto a Luaiti Núnez de Santaella para que la Marcha Verde no perdiera su virginal aliento ciudadano.  Compartimos la fantasía de una nueva conciencia social que emergía de la nada y que se encarnó en un pletórico sentimiento colectivo.
¡Qué paradoja!, uno de mis trabajos que más te impactó fue sobre la muerte. Tengo esta nota tuya acerca del ensayo “Qué bueno que morimos”, que publiqué el 8 de febrero de 2018 en Diario Libre. Entonces me escribiste: José Luis, me quedó un vacío más hondo que mil vidas al leerte hoy. La muerte es tan soberana que espanta. Como tú dices: ¿Quién ha podido sobornar su incorruptible poder o desacatar su irrevocable sentencia?
Ese fallo inapelable, Alanna, hoy te convoca a los estrados del Creador y sé que tendrás las mejores cuentas para honrar el propósito de tu corta pero fecunda existencia. Y es cierto, Alanna: ¿qué medida puede tasar tan infaliblemente la inutilidad humana? ¿En cuál otro momento estamos tan solos sin poder asirnos de nada, ni de la propia vida, para responder a sus inquisiciones? Ante su llegada ¿quién, fuera de la conciencia, puede abogar por nuestras cuentas? ¿En cuál plaza nos tasan a tan justo precio? ¿Dónde somos tan dignamente igualados? La muerte es cabal, inaplazable y totalitariamente aniquilante. En su soberano designio arrastra por el suelo todas nuestras soberbias, deja inconclusas tantas abstracciones como arrimadas tantas urgencias. Al decir de Ernest Hemingway: lo único que nos separa de la muerte es el tiempo y somos tan necios que consumimos toda una vida para entenderlo. Algunos solo necesitan morir para sentirse mortales. La muerte nos sojuzga, nos arrima, nos apoca, nos borra. Y lo hace fríamente sin el dolor con el que nos deshace a su antojo. Descubre la desnudez de nuestras indefensiones y la expone sin recato como tributo a la insignificancia más trascendente; como para que nadie se crea con más decoro que el polvo ni más memoria que sus desechos.
Alanna, no podré despedir tus restos, pero soltaré un follaje en el Atlántico y lo veré desguazarse entre las olas. Cuando sus espumas hayan devuelto todas sus hojas las contaré y con el tallo salobre y húmedo escribiré en la arena el nuevo nombre de tu memoria: “Antillas”. Adiós, amiga; adiós, hermana. https://acento.com.do/2019/opinion/8640368-alanna-alanna-muerte/
José Luis Taveras Letras Libres Abogado corporativo y comercial, escritor y editor.