A propósito de la conmemoración de su aniversario, y al margen de las diferencias que puedan existir con su historia, sus decisiones y el ejercicio de su poder, esta es una fecha para reconocer la magnitud de un país nacido del empuje de hombres y mujeres soñadores que abandonaron una Europa marcada por la intolerancia, las jerarquías heredadas y las persecuciones religiosas.
Esta es la historia del país que, en su documento fundacional, proclama por primera vez que todos los hombres son creados iguales y que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables. Es la primera vez que se consagra como sagrada la búsqueda de la felicidad. Es el mismo país que libra una guerra civil para, entre otras cosas, liberar a una raza del oprobio de la esclavitud. Es también el país que derrota al nazismo y que evita que el comunismo se esparza por el mundo. Todas las diferencias podrán existir, pero sería mezquino no reconocerle al país de la esperanza que encarnó Kennedy, y de la justicia que impulsó Roosevelt, el mérito de que la humanidad, en estos 250 años, viva mejor —y sí, mucho mejor— gracias a este experimento democrático que se convirtió, en apenas sus primeros lustros, en una potencia mundial.
Además, la libertad humana jamás tuvo mejor campeón. Sea por las frases de Lincoln en Gettysburg, con aquello de “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, sea por ser el primer éxito humano de una democracia plena, después del fallido intento de los terratenientes griegos. Sea por el éxito de una inventiva que le ha regalado al mundo los mejores avances en la medicina, en el espacio, en el transporte y en la tecnología. Hoy está de moda Silicon Valley en California; antes lo estuvo Henry Ford y su Detroit automotriz; así mismo Rockefeller y la integración vertical de lo que fue Standard Oil. Esos, junto a Carnegie, Vanderbilt o Morgan, evocan a los Elon Musk, Bill Gates o Buffett de hoy. Esa libertad económica le ha regalado al mundo riquezas y avances tecnológicos que hacen posible la vida actual.
Obvio que no todo ha sido justo, que no todo ha sido noble, pues este país del éxito, la libertad y la inventiva está poblado por seres humanos con todos sus defectos. Sin embargo, si comparamos su preeminencia con la del antiguo Egipto, con la era de Grecia y Roma, con los experimentos germánicos u otomanos, o con los imperios de oriente —desde las victorias de Gengis Kan hasta la milenaria historia china—, debemos concluir que este es el imperio más justo que hemos visto los humanos.
Y para llegar a nuestros días, basta pensar en algún amigo venezolano, o en la defensa de los valores cristianos por parte de la actual administración Trump, para tener, al margen de todo, muestras adicionales de lo que hemos planteado. El mundo ha necesitado a América para vencer el autoritarismo, para vencer enfermedades y para comenzar la conquista del espacio. Dios le conceda a esa gran nación tiempo para consagrar su obra de libertad, y sabiduría para administrar su inmenso poder. Nosotros, desde nuestra media isla, los miramos con ojos de amistad y esperanza.
¡Feliz aniversario! ¡Vamos!
/ listindiario.com
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