sábado, 20 de junio de 2026

Sí, las motocicletas, también el urbanismo | Por César Pérez

Motoconcho (Fuente externa)

Motoconcho (Fuente externa)

La motocicleta constituye la más visible e irritante expresión del desmesurado crecimiento del parque vehicular de nuestro país. Es, al mismo tiempo, el punto más saliente de una patética manifestación del fracaso del Estado dominicano en materia de las políticas urbana y del transporte y movilidad urbana e interurbana. Por consiguiente, centrarse en la mera demonización del uso masivo de ese medio y del manejo temerario/suicida de sus conductores conduce a ninguna parte. El tema ha de verse en la perspectiva de la relación transporte-ciudad, porque el uso masivo de la motocicleta es, en gran medida, un efecto perverso de la inobservancia esa relación.

A ese propósito, los números son irrefutables. El Gran Santo Domingo tiene una población de cerca de 4 millones de habitantes, alrededor de 1,420 km2 y circulan aproximadamente 2.8 millones de vehículos en su red vial, que es de 400 a 500, en la que circulan unos 5,000 vehículos por kilómetro de vía, una de las densidades vehiculares más alta del continente. De ese parque vehicular hay 1. 6 millones de motocicletas. Santiago tiene 635,362 habitantes, circulan 329,000 vehículos, de los cuales aproximadamente 196,780 son motocicletas. Higüey tiene 201,788 vehículos, y, según algunos dealers, mensualmente se venden entre 150-300. Puerto Plata tiene 172,500 vehículos y 107,175 son motocicletas.

Son los medios indispensables para la circulación de las mercancías. Las dificultades de la movilidad limitan el aprovechamiento de sus potencialidades, al tiempo de agravar las condiciones de vida de la población radicada en el territorio y en los espacios urbanos e interurbanos. El discurrir de la movilidad no está condicionada sólo por las densidades vehiculares, sino por el diseño y práctica urbanística de la ciudad y si se observan los principios básicos para el discurrir de la vida urbana.

Estos principios son, entre otros, lograr una combinación virtuosa de la vocación habitacional y comercial de las zonas en los barrios centrales y pericentrales, la promoción del paseo, la caminata para ir de compra a las tiendas, al bar, al restaurant, como forma del disfrute del ocio y tiempo libre.

Se aleja de ese modo, el ideal de ciudad de 15 minutos: tener acceso en ese tiempo a las necesidades básicas para el discurrir de la cotidianidad. Es casi imposible que se reduzca la densidad vial y la insoportable molestia del enjambre de motoristas suicidas, pero con la acción propositiva de los sectores políticos y profesionales es posible lograr que las autoridades locales y nacionales asuman este tema con determinación. Lo primero es hacer cumplir las leyes de tránsito con razonables puniciones a sus infractores, una sostenida y significativa inversión en tecnología y personal calificado.

También, asumir conciencia de que la construcción de grandes infraestructuras viales de transporte y movilidad, si no se acompañan con importantes inversiones municipales y nacionales en proyectos y planes urbanísticos que reorienten la construcción, crecimiento, diseño y manejo de las ciudades, difícilmente saldremos del lloriqueo por los costosos tapones en las áreas urbanas y en algunos tramos de las autovías. Estos no son sólo por la densidad vehicular ni las motocicletas, sino también por la forma en que se construye el hábitat.

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César PérezCésar Pérez

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