Las siete derrotas que desnudan la impotencia de la fuerza
La ofensiva de Washington contra Irán no es solo un fracaso táctico: es la confirmación de una lección histórica que Estados Unidos ha eludido durante décadas. Cuando el poder militar no se acompaña de una estrategia política creíble, las bombas ganan batallas pero pierden guerras; los aliados se alejan, los rivales se fortalecen y las consecuencias se pagan lejos del teatro de operaciones.
La retórica de la victoria rápida —promesas de semanas, soluciones definitivas, slogans que simplifican la complejidad— ha chocado una vez más con la realidad. Lo que en la Casa Blanca se presentó como una campaña de precisión y eficacia ha derivado en un rosario de reveses que evocan, con inquietante fidelidad, las derrotas estadounidenses en Vietnam, Afganistán e Irak. No se trata solo de misiles que no alcanzan objetivos políticos; se trata de un déficit estratégico: la incapacidad de transformar superioridad tecnológica en legitimidad política, de convertir daño infligido en orden construido.
Como señaló Xavier Vidal-Folch en El País, en su editorial Las siete derrotas de Donald Trump en Irán (30 de mayo de 2026), “la hegemonía militar de Estados Unidos no se tradujo en victoria política” y la ofensiva ha derivado en un abanico de fracasos: “fracaso político, objetivos incumplidos, resistencia iraní, fortalecimiento de China, aislamiento internacional, desgaste del transaccionismo y pérdida de aliados” (fuente original).
El propio Vidal-Folch advierte que “las amenazas verbales de Trump se consideran patéticas y contraproducentes”, un eco de la retórica vacía que ya acompañó a las guerras de Vietnam, Afganistán e Irak, donde la superioridad militar no logró traducirse en estabilidad política ni en legitimidad internacional.
La primera derrota es la del objetivo. Derrocar regímenes, desmantelar programas o imponer cambios de régimen son metas que, en la práctica, requieren alianzas, reconstrucción y una hoja de ruta política que trascienda la lógica del ataque. Vietnam enseñó que la contención militar sin proyecto político conduce a la retirada; Afganistán mostró que eliminar un enemigo no garantiza la estabilidad; Irak demostró que la ausencia de plan posconflicto engendra vacío y violencia. En Irán, la expectativa de un colapso rápido se ha topado con una resiliencia ideológica y una capacidad de adaptación que la fuerza bruta no ha logrado quebrar.
La segunda derrota es la del tiempo. Las guerras prolongadas erosionan la narrativa de eficacia y desgastan el apoyo interno. Prometer plazos cortos y no cumplirlos no es solo un error de comunicación: es un golpe a la credibilidad internacional y doméstica.
La tercera derrota es la del aislamiento. Las grandes coaliciones no se construyen con órdenes unilaterales; se forjan con diplomacia, concesiones y legitimidad compartida.
La cuarta derrota es la geopolítica: el fortalecimiento de rivales. Cada conflicto prolongado y cada sanción que no cumple su objetivo empuja a países como China y Rusia a ocupar nichos de influencia.
La quinta derrota es la económica. Los choques en Medio Oriente tensan mercados energéticos, elevan precios y transmiten inflación a economías dependientes de importaciones.
La sexta derrota es la moral y la narrativa. El “transaccionismo” —la idea de que todo puede resolverse con presión y amenaza— se ha mostrado insuficiente frente a realidades complejas.
La séptima derrota es la de los aliados regionales. Cuando los socios sufren más que se benefician, cuando la guerra desestabiliza vecindarios enteros, la alianza se resquebraja.
De estas derrotas no se sale con más bombas. Se sale con política: con una estrategia que combine objetivos realistas, alianzas sostenibles, planes de reconstrucción y una narrativa que explique por qué la acción militar es el último recurso y no la primera opción. Estados Unidos necesita reencontrar la paciencia estratégica y la humildad diplomática que le permitan traducir poder en resultados duraderos.
Para la República Dominicana, la lección es doble. Primero, la necesidad de diversificar fuentes energéticas y fortalecer reservas y políticas fiscales que amortigüen choques externos. Segundo, la urgencia de una diplomacia regional activa que proteja intereses económicos y humanos ante turbulencias lejanas.
La historia enseña que las grandes potencias tropiezan cuando confunden medios con fines. La fuerza sin política es espectáculo; la política sin fuerza es impotencia. La verdadera derrota no es solo la que se mide en territorios perdidos o líderes eliminados, sino la que se contabiliza en credibilidad erosionada, alianzas rotas y oportunidades geopolíticas desperdiciadas.
Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor
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