Editorial
El ring y la República: cuando la furia no es virtud
Que un presidente se pare en un cuadrilátero retórico no lo convierte en luchador; lo desnuda. La política contemporánea confunde espectáculo con coraje, y en ese intercambio pierde la dignidad que exige la convivencia pública.
La comparación entre la presidencia y el mundo del combate profesional no es mera metáfora: ambos exigen reglas, respeto por el adversario y una ética mínima que sostenga la legitimidad del vencedor. Los peleadores del UFC, pese a la violencia reglada de su oficio, se rigen por códigos de honor —disciplina, respeto por el oponente, aceptación de la derrota— que la política populista ha venido erosionando. Cuando un jefe de Estado actúa como promotor de su propia furia, celebrando la humillación y la descalificación permanente, lo que se rompe no es solo la decencia personal sino la confianza pública.
El espectáculo tiene su lugar; la política, ninguno. La teatralidad puede movilizar masas, pero no construye instituciones. Un presidente que busca la aprobación mediante la provocación constante demuestra que prefiere la victoria efímera del aplauso a la paciencia del gobierno responsable. En el octágono, la victoria se mide en rounds y en reglas claras; en la vida pública, en cambio, la victoria duradera se mide en instituciones que sobreviven al mandato y en la capacidad de gobernar con legitimidad moral.
Hay una diferencia esencial entre la agresividad técnica y la agresión performativa. La primera es trabajo: entrenamiento, estrategia, control. La segunda es espectáculo: insulto, desdén, espectáculo de masas. Cuando la Casa del Poder se convierte en un ring mediático, los ciudadanos pierden árbitros imparciales y ganan un circo donde la verdad queda a merced del más ruidoso. Eso erosiona la deliberación, polariza la sociedad y normaliza la descalificación como método de gobierno.
No se trata de pedir blandura ni de negar la firmeza necesaria para liderar. Se trata de exigir coherencia entre medios y fines: la firmeza que protege derechos y la firmeza que respeta adversarios son virtudes distintas. La política que imita la brutalidad del combate sin asumir sus reglas pierde la autoridad moral para reclamar obediencia y respeto. Y cuando la autoridad moral se disuelve, la democracia se vuelve vulnerable a la violencia real, no reglada.
El desafío es recuperar la idea de que el poder público exige temple, no temperamento; responsabilidad, no revancha. Los ciudadanos merecen líderes que sepan contenerse, que acepten límites y que entiendan que la grandeza no se demuestra humillando al otro sino construyendo instituciones que lo trasciendan. Si la presidencia se mide por la capacidad de resistir la tentación del espectáculo, entonces la pregunta que planteó el ring es pertinente y urgente: ¿quién puede, con la cara seria, sostener que este presidente cumple con los estándares que los luchadores del UFC respetan entre sí?
Luis Orlando Díaz Vólquez
#GuasábaraEditor
ooooo
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Who can argue with a straight face that this president lives up to the standards the UFC demands of its fighters, let alone the qualities the fighters respect in each other? https://econ.st/4ddtmqx
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