Berbice y la diplomacia energética: cuando el Caribe convierte la vulnerabilidad en estrategia
El contrato entre República Dominicana y Guyana para explorar el bloque on-shore Berbice —con 10% de participación sin inversión directa— redefine el concepto de seguridad energética: ya no es solo comprar combustibles, sino asegurar opciones, influencia y cadenas de valor en un entorno geopolítico volátil.
Por Luis Orlando Díaz Vólquez
En un mundo donde la energía volvió a ser sinónimo de poder —y donde la volatilidad del precio del petróleo puede alterar en semanas la inflación, el tipo de cambio y la competitividad— los acuerdos energéticos dejaron de ser operaciones técnicas para convertirse en decisiones de Estado. En esa lógica se inscribe la firma del contrato entre República Dominicana y Guyana para la exploración, desarrollo y eventual producción de petróleo o gas natural en el bloque terrestre (on-shore) Berbice, con la participación de Refidomsa como representante del Estado dominicano. Lo notable no es únicamente el hecho de “entrar” a un proyecto upstream, sino el modelo: una participación accionaria del 10% sin inversión de capital, que, de confirmarse hallazgos comerciales, habilitaría acceso a crudo o gas en condiciones preferenciales. Eso es, en términos geopolíticos, adquirir una opción estratégica en un mercado incierto, sin comprometer recursos fiscales por adelantado.
La arquitectura del acuerdo —impulsada por las gestiones bilaterales de los presidentes Luis Abinader y Mohamed Irfaan Ali— refleja una diplomacia económica pragmática: maximizar valor con riesgo controlado, y convertir la relación bilateral en un instrumento de resiliencia nacional. En el Caribe, donde buena parte de las economías dependen de importaciones energéticas, la seguridad no se reduce a disponibilidad: también implica previsibilidad y capacidad de negociación. Por eso, la cláusula de acceso preferencial (condicionada al éxito de la exploración) tiene un peso estratégico: introduce un posible “ancla” de suministro que puede amortiguar choques externos y fortalecer la posición dominicana en la conversación energética regional, particularmente dentro del marco caribeño de cooperación y comercio.
Este contrato, además, no nace en el vacío: es el resultado de una hoja de ruta que inició con el Memorando de Entendimiento del 8 de agosto de 2023, cuando ambos gobiernos anunciaron una agenda amplia que incluía refinería, petroquímica y cooperación productiva, junto con la posibilidad de participación dominicana en la exploración de un bloque petrolero guyanés. Es decir, Berbice es una pieza —importante— dentro de un tablero mayor: la construcción de una relación estratégica que abarca energía, inversiones y comercio. La continuidad institucional es clave: pasar del memorando a un contrato concreto sugiere capacidad de ejecución y, sobre todo, señaliza a actores privados y socios internacionales que el Estado dominicano está dispuesto a estructurar proyectos complejos con visión de largo plazo.
En el plano estrictamente energético, hay otro ángulo que conviene observar: Guyana se ha consolidado como un actor emergente de hidrocarburos en el hemisferio y, al mismo tiempo, como un mercado en transición institucional que desarrolla marcos de gestión y transparencia para su industria petrolera. Para República Dominicana, participar en Berbice implica también insertarse —aunque sea minoritariamente— en un ecosistema regulatorio y técnico que exige aprendizaje acelerado: desde gobernanza contractual y verificación de costos hasta estándares ambientales, relacionamiento comunitario y reglas de contenido local. Incluso la propia caracterización del bloque Berbice como concesión onshore con superficies y fases contractuales registradas en el programa de gestión petrolera de Guyana subraya que hablamos de un proyecto con trazabilidad técnica, donde los datos de concesión y evolución del área forman parte del expediente público sectorial.
Pero el verdadero impacto potencial se juega en la economía política del comercio exterior. Para un país importador neto de combustibles, la factura energética condiciona el balance de pagos y, por extensión, el espacio de maniobra macroeconómico. Tener una opción de acceso preferencial —si el proyecto prospera— no garantiza automáticamente combustibles baratos, pero sí puede ampliar el menú de negociación del Estado: diversificar proveedores, mejorar condiciones comerciales, y fortalecer la capacidad de gestionar inventarios y mezclas en función de las necesidades locales. Además, la participación de Refidomsa puede convertirse en un puente entre upstream y downstream: explorar no solo para extraer, sino para planificar una estrategia de abastecimiento y refinación coherente con la demanda nacional, la logística portuaria y la competitividad de la industria. Esa es diplomacia comercial aplicada: asegurar insumos críticos para la producción y para la estabilidad de precios internos.
Ahora bien, toda ganancia estratégica debe venir acompañada de un diseño fino de gobernanza. Un acuerdo “sin inversión directa” no elimina los riesgos: los transforma. Persisten riesgos reputacionales (por impactos ambientales o conflictos sociales), riesgos de ejecución (por cronogramas, socios técnicos y decisiones de inversión futura) y riesgos de expectativa pública (cuando se confunde participación con certeza de producción). Por ello, la madurez institucional se medirá por la transparencia del proceso, la claridad del rol de Refidomsa, la calidad de la supervisión técnica y la publicación de criterios de decisión. El hecho de que la documentación técnica fuera formalmente depositada ante el Ministerio de Recursos Naturales de Guyana y que el contrato se derive de un grupo de trabajo binacional sugiere un itinerario de revisión y negociación que debe mantenerse bajo estándares de rendición de cuentas: el objetivo es que la política energética fortalezca la confianza, no que la erosione.
Desde la óptica geopolítica regional, Berbice también envía un mensaje: el Caribe puede pasar de consumidor pasivo a arquitecto de su propia seguridad energética. La cooperación con Guyana —en energía y en posibles proyectos de mayor alcance como refinería y petroquímica— apunta a una integración productiva que, bien gestionada, podría generar derrames en logística, servicios especializados, formación técnica y encadenamientos industriales. No se trata de abandonar la transición energética; se trata de administrar el presente con realismo mientras se construye futuro. En un entorno global donde la energía se usa como instrumento de presión y donde los shocks pueden ser exógenos (conflictos, disrupciones marítimas, decisiones de cartel o sanciones), tener alianzas operativas y opciones contractuales es una forma de soberanía práctica.
En síntesis, la firma del contrato para explorar el bloque Berbice es un hito por lo que representa: una diplomacia energética que cruza fronteras, un instrumento de comercio exterior que busca reducir vulnerabilidades, y un paso hacia una relación bilateral con ambición estratégica. El éxito, sin embargo, dependerá menos del titular y más del método: continuidad técnica, prudencia comunicacional, transparencia, y capacidad para traducir una participación accionaria en ventajas reales para la economía dominicana. Si esa ecuación se cumple, República Dominicana no solo habrá comprado una opción sobre hidrocarburos; habrá invertido —sin “inversión directa”— en influencia, resiliencia y futuro.
Editorial #GuasábaraEditor
Con datos de presidencia.gob.do
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