🤝✨ Alianzas que transforman vidas
La primera dama @raquelarbaje destacó que el desarrollo sostenible solo es posible cuando el sector público y privado trabajan unidos con corresponsabilidad 💡🇩🇴
Durante el almuerzo de AMCHAMDR, resaltó iniciativas como Uniendo Voluntades, el impulso a la niñez, la salud 👩👧👦🩺 y la recuperación de espacios comunitarios 🌳
💬 “Cuando unimos esfuerzos, transformamos realidades y abrimos caminos de esperanza.”
Con la presencia del presidente @luisabinader, se reafirma el compromiso de construir un país más justo, inclusivo y solidario 🙌
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Corresponsabilidad sin coartadas: cuando el desarrollo se firma en la misma mesa
En el almuerzo empresarial de AMCHAMDR, la primera dama Raquel Arbaje colocó una idea incómoda y a la vez urgente: el desarrollo sostenible no se proclama, se construye con alianzas verificables, roles claros y una ética de corresponsabilidad donde el Estado, la empresa y la sociedad civil dejan de mirarse como “partes” y empiezan a actuar como “sistema”.
Por Luis Orlando Díaz Vólquez
El país vive una paradoja que a menudo nos cuesta reconocer: sabemos lo que hay que hacer, pero no siempre hemos aprendido a hacerlo juntos. En ese contexto, el mensaje de Raquel Arbaje en el almuerzo de la Cámara Americana de Comercio (AMCHAMDR), con la presencia del presidente Luis Abinader, no debe leerse como un discurso ceremonial, sino como un recordatorio estratégico: ningún modelo de crecimiento se sostiene si no convierte la cooperación público‑privada en un método, no en una excepción.
Arbaje tituló su ponencia “Alianzas y corresponsabilidad: claves para el desarrollo” y ahí está el centro de la discusión. La palabra “alianza” se ha desgastado en el lenguaje institucional porque se invoca para todo; “corresponsabilidad”, en cambio, obliga a una pregunta más exigente: ¿quién responde por qué, con qué recursos, en qué plazo y con qué evidencia de impacto? No basta con sumar voluntades cuando la realidad demanda sumar capacidades, coordinar decisiones y sostener resultados. De eso habló la primera dama cuando subrayó que las alianzas público‑privadas no son un simple mecanismo de financiamiento, sino el reconocimiento de que los grandes desafíos conciernen a todos.
Hay un punto especialmente valioso en su planteamiento: colocar al empresariado no como “donante” periférico, sino como actor transformador cuando pone sus redes, experiencia y capacidades al servicio de iniciativas sociales que mejoran calidad de vida. Ese matiz importa porque eleva la conversación desde la filantropía ocasional hacia la inversión social con propósito, gobernanza y continuidad. En un país donde muchas veces se confunde responsabilidad social con una foto, la tesis de la corresponsabilidad obliga a pasar de la narrativa a la arquitectura: alianzas con diseño, métricas, sostenibilidad financiera y un componente esencial de transparencia.
La evidencia práctica de su argumento no fue abstracta. Arbaje compartió experiencias impulsadas desde la Oficina de la Primera Dama y el programa “Uniendo Voluntades”, con foco en niñez, adolescencia, salud y fortalecimiento comunitario. Mencionó programas de implantes cocleares para niños y niñas con hipoacusia severa, el desarrollo del Pabellón Oncopediátrico Uniendo Voluntades en el INCART y proyectos de recuperación de parques y espacios públicos en comunidades vulnerables. Estas referencias no son simples hitos: describen una forma de intervenir donde el Estado no pretende hacerlo todo solo, ni el sector privado “ayudar” desde afuera, sino converger en una solución concreta, con objetivos humanos tangibles: oír, tratar, recuperar, sanar, reinsertar.
La política social, cuando se toma en serio, necesita de esa convergencia. Porque el desafío real no es inaugurar un programa, sino sostenerlo; no es levantar un pabellón, sino garantizar que opere con calidad; no es recuperar un parque, sino asegurar seguridad, mantenimiento y apropiación comunitaria. Y esa sostenibilidad rara vez depende de un actor único. De ahí que la corresponsabilidad sea una idea profundamente “económica”, aunque se exprese en lenguaje social: reduce duplicidades, maximiza impacto marginal del gasto y convierte recursos dispersos en capacidades coordinadas.
Otro componente del discurso merece atención por su carga estratégica: los avances atribuidos al Gabinete de Niñez y Adolescencia (GANA), especialmente en la reducción de embarazos en adolescentes y uniones tempranas, logrados mediante articulación entre instituciones públicas, organizaciones sociales y sector privado. Que esta agenda aparezca en un foro empresarial no es casual; es un reconocimiento implícito de que el desarrollo humano no es un “tema social” separado del crecimiento, sino su condición de posibilidad. Una economía que no protege a su niñez y adolescencia termina pagando el costo en productividad, salud pública, informalidad, violencia y reproducción intergeneracional de la pobreza. Por eso, cuando Arbaje afirma que al sentarse distintos sectores con un propósito común los resultados llegan, está defendiendo algo más que cooperación: está defendiendo gobernanza.
En su reflexión sobre el rol asumido desde el inicio de la gestión, Arbaje resaltó un elemento institucional que suele pasar por debajo del radar: la eliminación del antiguo Despacho de la Primera Dama para dar paso a una oficina más ágil, enfocada en articular esfuerzos entre sector público, privado, sociedad civil y organismos internacionales para resultados concretos en comunidades vulnerables. Ese cambio, más que administrativo, es conceptual: desplaza el énfasis desde la estructura hacia la función; desde el protocolo hacia la coordinación; desde la representación hacia la utilidad pública. Y en un país donde la burocracia a veces se vuelve fin en sí misma, toda arquitectura institucional que se diseñe para “hacer que las cosas pasen” debe observarse con atención y, sobre todo, con evaluación.
En el mismo tono, su llamado directo al empresariado a involucrarse activamente en proyectos de impacto social —“cada empresa, grande o mediana, puede ser un eslabón en esta cadena de solidaridad activa”— es una invitación a institucionalizar la participación privada más allá de coyunturas. Pero aquí conviene ser exigentes: no se trata de pedir “más apoyo”, sino de pedir mejor apoyo; no se trata de multiplicar iniciativas, sino de concentrarlas donde el retorno social sea mayor; no se trata de dispersar esfuerzos, sino de alinear prioridades. El sector privado, por sí solo, no puede sustituir al Estado; el Estado, por sí solo, no puede reemplazar la potencia organizativa, tecnológica y logística del sector privado. El punto es diseñar, con rigor, el espacio donde ambos ganan y donde la ciudadanía, al final, recibe el dividendo más importante: servicios y oportunidades.
La intervención de Francesca Rainieri, presidenta de AMCHAMDR, añadió una capa complementaria cuando vinculó productividad, competitividad y desarrollo sostenible con lo que ocurre primero en el hogar y en la educación, resaltando el impacto del liderazgo femenino en la formación de valores, capacidades y capital humano. También anunció la tercera edición del Diplomado de Liderazgo Ejecutivo para Mujeres de AMCHAMDR, una señal de continuidad en la agenda de formación y redes para mujeres líderes. En términos de país, esto significa algo sencillo: no hay competitividad seria sin capital humano, y no hay capital humano robusto si una parte de la sociedad sigue encontrando techos invisibles para participar, decidir y dirigir.
Ahora bien, el reto de convertir “alianzas” en “desarrollo” exige un paso adicional: pasar del lenguaje aspiracional al compromiso medible. En la práctica, una alianza público‑privada social efectiva debería responder, sin evasivas, a cinco preguntas: qué problema resuelve, a quién llega, cuánto cuesta, cómo se sostiene y cómo se evalúa. Si no hay respuesta, lo que existe es intención. Si hay respuesta, lo que existe es política pública colaborativa. La corresponsabilidad, entonces, no es un llamado moral; es una disciplina.
Por eso el mensaje de AMCHAMDR, con el Gobierno y el sector empresarial reunidos, debe interpretarse como una oportunidad para elevar estándares. El apoyo de empresas del Círculo Élite que hizo posible el almuerzo confirma que existe músculo corporativo y voluntad de participar. Pero el salto cualitativo está en cómo esa voluntad se traduce en proyectos con escalabilidad, con territorialidad inteligente, con continuidad financiera y con transparencia. Cuando una alianza se vuelve rutina virtuosa, el país reduce su vulnerabilidad institucional; cuando una alianza se vuelve evento, el país solo acumula titulares.
Al final, la intervención de Raquel Arbaje puede leerse como una defensa de una idea que la República Dominicana necesita normalizar: el desarrollo no es la suma de esfuerzos aislados, sino la coordinación de responsabilidades compartidas. Y la corresponsabilidad, entendida con rigor, es la vacuna contra dos tentaciones que nos han costado décadas: el estatismo que promete sin capacidad y el privatismo que crece sin cohesión social. Entre ambos extremos existe un camino más difícil, pero más sostenible: construir país como un proyecto común, donde cada actor rinde cuentas por su parte y todos responden por el resultado.
Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor
Referencias [presidencia.gob.do], [noticiassin.com]
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