La crisis de Groenlandia y la seguridad cooperativa en el Ártico: una lectura diplomática estadounidense
Por Luis Orlando Díaz Vólquez
La crisis de Groenlandia ha dejado de ser un episodio llamativo para convertirse en una señal de época. En la política internacional, los cambios reales no siempre llegan con declaraciones solemnes; a veces emergen como fricciones en puntos aparentemente remotos del mapa. El Ártico, durante décadas visto como frontera helada y distante, hoy concentra intereses estratégicos de primer orden: vigilancia y alerta temprana, control de rutas, proyección de fuerzas, resiliencia tecnológica y acceso a minerales críticos indispensables para la economía digital y la transición energética. En ese marco, resulta comprensible que Estados Unidos eleve el tono y el nivel de exigencia respecto a su seguridad en el norte. No se trata únicamente de “ambición” o “capricho”, sino del retorno de la geografía y de la logística como variables determinantes en un entorno internacional más competitivo, donde la disuasión se mide tanto por tratados como por capacidad efectiva de operar y sostener presencia.
Una lectura diplomática, y al mismo tiempo favorable a la lógica estratégica estadounidense, debe partir de una distinción clave: reconocer la legitimidad del interés de seguridad no equivale a validar cualquier mecanismo para alcanzarlo. Las grandes potencias, por definición, interpretan riesgos de forma amplia y anticipatoria; sin embargo, su ventaja comparativa no reside solo en el poder, sino en su capacidad para convertir ese poder en orden. El liderazgo sostenido se apoya en reglas, procedimientos, previsibilidad y coaliciones funcionales. Cuando el objetivo es reforzar la defensa en un teatro estratégico, la opción más inteligente no es erosionar la confianza de los socios, sino organizar esa defensa mediante acuerdos verificables, transparencia institucional y un reparto de cargas que fortalezca la cohesión. En otras palabras, Estados Unidos puede tener razón en el diagnóstico de que el Ártico es crucial; la cuestión decisiva es si la solución elegida multiplica o reduce el poder colectivo del bloque occidental.
El dilema aparece cuando la discusión sobre Groenlandia se percibe como una disputa de estatus en lugar de una agenda de seguridad cooperativa. La percepción, en política internacional, no es un detalle: condiciona decisiones, alianzas y legitimidad. Si la narrativa dominante es la de “presión” o “imposición”, incluso sin el uso de la fuerza, el costo reputacional aumenta y se abren grietas en el tejido de la alianza. Ese costo no se limita a Europa; también afecta la capacidad de Washington para convocar cooperación en otras áreas donde necesita socios: sanciones, control de exportaciones sensibles, cadenas de suministro, ciberseguridad, estándares tecnológicos y gobernanza energética. En un mundo de interdependencias estratégicas, el poder duro sigue importando, pero el poder de coordinación importa igual o más. Desde una perspectiva proestadounidense, conviene preservar el activo más valioso de la posguerra: la credibilidad de un sistema de alianzas que amplifica la disuasión y reduce la carga unilateral.
Para Europa, la crisis expone una realidad incómoda: la dependencia de capacidades estadounidenses sigue siendo significativa, especialmente en inteligencia, mando y control, logística estratégica, defensa aérea integrada y ciertos sistemas de alta complejidad. Esto no es un reproche moral; es un hecho operativo derivado de decisiones presupuestarias acumuladas durante décadas. La consecuencia inmediata es que, ante una tensión prolongada, el margen europeo para responder por sí solo es limitado en el corto plazo, aunque exista voluntad política. En paralelo, la opinión pública europea se enfrenta a una disonancia: se espera autonomía estratégica, pero esa autonomía requiere inversiones, industria, coordinación y tiempo. La crisis de Groenlandia, por tanto, no solo interpela a Washington; obliga a Europa a acelerar su modernización defensiva y su capacidad de actuar como socio más equilibrado, capaz de contribuir con activos reales en el Ártico y más allá. Esa evolución, lejos de perjudicar a Estados Unidos, puede beneficiarlo: un aliado más capaz comparte cargas, refuerza la disuasión y reduce incentivos para decisiones unilaterales.
Ahora bien, el elemento local es determinante. Cualquier arreglo sostenible debe ser legítimo en Groenlandia. La estabilidad no se construye únicamente entre capitales; también se construye con comunidades que perciben beneficios, respeto y participación. Si la seguridad del Ártico demanda mayor presencia y cooperación, esa cooperación debe traducirse en infraestructura civil útil, capacitación, conectividad, estándares ambientales exigentes y oportunidades económicas que no se sientan extractivas. Una asociación moderna requiere que la dimensión social sea parte del diseño estratégico, no un apéndice comunicacional. La autodeterminación y el autogobierno no son obstáculos inevitables; pueden ser condiciones habilitantes si se integran con inteligencia en los acuerdos. Desde el ángulo de Washington, incorporar esa dimensión ofrece una ventaja: reduce resistencia local, baja el costo político y hace más duradera la cooperación.
El punto más delicado, sin embargo, es el impacto sistémico sobre la idea de defensa colectiva. Las alianzas militares descansan en confianza recíproca. Si la confianza se erosiona, la letra del tratado puede permanecer, pero su efecto disuasivo disminuye. La disuasión es, en gran medida, una apuesta sobre lo que los otros creen que se hará. Si los aliados dudan de la previsibilidad del socio más poderoso, ajustan sus políticas: buscan coberturas alternativas, adoptan posiciones más transaccionales o, en casos extremos, reconfiguran sus prioridades estratégicas. Esa dinámica puede ser lenta, pero es corrosiva. Para Estados Unidos, que históricamente ha convertido alianzas en una plataforma para proyectar estabilidad y liderazgo, el riesgo de una fractura interna es mayor que la ganancia de un atajo. Por eso, incluso desde una postura proestadounidense, el interés nacional se sirve mejor mediante una solución que fortalezca la OTAN como mecanismo de coordinación, no que la convierta en un espacio de ambigüedad y sospecha.
Un camino diplomático realista puede estructurarse como una actualización integral de la seguridad ártica. La primera pieza es militar-operativa: más ejercicios conjuntos, vigilancia compartida, interoperabilidad y logística que permitan responder a contingencias en un ambiente extremo. La segunda pieza es jurídica-institucional: acuerdos claros sobre acceso, instalaciones, responsabilidades, financiación y mecanismos de revisión. La tercera pieza es económica: cooperación en minerales críticos y proyectos de infraestructura bajo estándares ambientales y laborales exigentes, con participación local y beneficios verificables. La cuarta pieza es política: una narrativa explícita de respeto al autogobierno y a los procedimientos democráticos, con canales permanentes de consulta. En conjunto, estas piezas permiten satisfacer el objetivo central de Washington —certeza operativa— sin activar el costo máximo —crisis de legitimidad—. La lógica es simple: a mayor transparencia y mayor reparto de cargas, menor probabilidad de escalada política y mayor sostenibilidad del acuerdo.
La crisis también muestra el peso creciente de la economía política en la seguridad. Minerales críticos, cadenas de suministro y tecnologías de doble uso han pasado a ser componentes directos de la estrategia. Quien controle producción y refinación de insumos esenciales controla, en parte, la autonomía tecnológica. De ahí el interés por territorios con potencial mineral y por rutas que reduzcan dependencias. Sin embargo, la experiencia contemporánea indica que la ventaja en minerales no se obtiene solo con acceso al recurso, sino con permisos sociales, estabilidad regulatoria, infraestructura y capacidad industrial para procesar y agregar valor. Un enfoque de cooperación, con reglas y participación local, suele ser más eficiente que uno de confrontación, porque reduce incertidumbre y facilita inversión. Si Estados Unidos busca fortalecer su seguridad económica en el Ártico, le conviene un entorno estable, no un conflicto que encarezca costos y fragmente alianzas comerciales.
En el trasfondo, Groenlandia pone sobre la mesa un debate más amplio sobre el tipo de liderazgo que el sistema internacional está dispuesto a aceptar. La posguerra consolidó una fórmula donde el poder se legitimaba mediante instituciones. Esa fórmula ha sido cuestionada por la competencia entre potencias y por tensiones internas en muchas democracias. Pero el hecho de que el orden sea más frágil no implica que la alternativa deba ser el unilateralismo permanente. La historia sugiere que los ciclos de poder más estables son aquellos en los que el actor dominante logra que otros consideren el sistema aceptable, incluso si no es perfecto. En la práctica, esto se consigue con reglas previsibles y con beneficios compartidos. Un acuerdo ártico modernizado puede ser un ejemplo de ese tipo de liderazgo: firme en objetivos de seguridad, pero disciplinado en procedimientos; claro en intereses, pero respetuoso de soberanías y de arreglos internos; ambicioso en capacidades, pero abierto a la coproducción con aliados.
Para países pequeños y medianos, el episodio ofrece lecciones aplicables más allá del Ártico. La primera es la necesidad de anticipación: la planificación por escenarios ya no es un lujo intelectual, sino una herramienta de resiliencia. La segunda es la diversificación: depender de una sola fuente de seguridad, de una sola ruta o de un solo proveedor estratégico aumenta vulnerabilidades. La tercera es la institucionalidad: los acuerdos duraderos se sostienen mejor cuando tienen mecanismos de revisión, transparencia y cumplimiento. La cuarta es la inversión en capacidades propias: incluso si existe un aliado poderoso, la autonomía mínima reduce incertidumbre y mejora la posición negociadora. Estas lecciones no invitan a romper alianzas; invitan a hacerlas más equilibradas y menos frágiles ante cambios de humor o de prioridades.
En el caso transatlántico, la conclusión razonable es que la alianza necesita una actualización franca. Estados Unidos, con su capacidad militar y tecnológica, seguirá siendo un pilar de la seguridad europea por un tiempo considerable. Pero Europa necesita acelerar su capacidad de contribuir de forma proporcional a los riesgos. El resultado deseable no es una separación, sino una maduración: un vínculo donde Washington encuentre socios más capaces y Europa cuente con garantías más creíbles porque también aporta más. La crisis de Groenlandia puede ser el catalizador de esa maduración si se gestiona con prudencia: un impulso para invertir, coordinar y modernizar, en lugar de un pretexto para alimentar discursos fatalistas sobre soledad estratégica.
Todo esto exige, además, un manejo cuidadoso del lenguaje político. Las crisis se agravan cuando la retórica reduce el margen de negociación. Si el discurso convierte el asunto en un juego de suma cero —victoria o humillación—, se cierran salidas. La diplomacia efectiva, en cambio, diseña resultados que las partes puedan presentar como compatibles con sus líneas rojas: seguridad reforzada para Washington, soberanía y legitimidad interna para el Reino de Dinamarca y Groenlandia, cohesión estratégica para Europa y la OTAN. Ese tipo de equilibrio no se logra con maximalismos; se logra con ingeniería institucional, comunicación estratégica y voluntad de compromiso.
Desde una perspectiva pro-Estados Unidos, conviene insistir en una idea central: la fortaleza estadounidense no se reduce a su presupuesto militar, sino a su capacidad para construir coaliciones duraderas. Esa capacidad es un multiplicador de poder. Si la crisis de Groenlandia se resuelve mediante un acuerdo robusto, transparente y respetuoso, Washington no solo habrá mejorado su postura en el Ártico; también habrá reafirmado su liderazgo como garante de un orden basado en reglas, adaptado a nuevas realidades. Si, por el contrario, la solución se percibe como coercitiva o improvisada, el resultado puede ser una alianza más débil, una Europa más ansiosa y un entorno más propicio para rivales que apuestan por la fragmentación occidental.
En síntesis, Groenlandia no es únicamente un territorio; es una prueba de gobernanza estratégica. Estados Unidos tiene razones plausibles para buscar mayor certeza operativa en el Ártico y para asegurar intereses de defensa y tecnología. La pregunta decisiva es si esas razones se traducirán en una arquitectura de seguridad compartida o en una disputa de legitimidades. La vía diplomática ofrece el mejor rendimiento estratégico: preserva alianzas, reduce costos, mejora capacidades y fortalece disuasión. Convertir una crisis en oportunidad requiere disciplina política, respeto institucional y un enfoque de cooperación que reconozca la dignidad de los actores locales. Esa es la ruta más coherente con un liderazgo que aspira a ser firme, pero también sostenible.
Autor: Luis Orlando Díaz Vólquez, ingeniero en sistemas de computación, escritor, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación.
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La crisis de Groenlandia ofrece lecciones para todos los países. Los amigos de Estados Unidos deben prepararse para un mundo en el que estarán solos y la OTAN ya no existirá: http://econ.st/3NuKdL6
The Greenland crisis holds lessons for all countries. America’s friends need to prepare for a world in which they are alone and NATO is no more: https://t.co/dnnHOYfk6m pic.twitter.com/9hMCr9mn9V
— The Economist (@TheEconomist) January 21, 2026
Versión académica
La crisis de Groenlandia y la seguridad cooperativa en el Ártico: una lectura diplomática estadounidense
Por Luis Orlando Díaz Vólquez
Resumen
La tensión en torno a Groenlandia ha convertido al Ártico en un laboratorio político de primer orden: allí confluyen seguridad estratégica, rutas emergentes y competencia tecnológica. En ese marco, la postura de Estados Unidos —orientada a elevar garantías operativas en el norte— puede interpretarse menos como “ruptura” y más como una actualización de prioridades en un entorno internacional más duro. No obstante, el modo de gestionar esa prioridad importa: si deriva en coerción o en disputas sobre soberanía, el costo reputacional y estratégico podría ser alto para Washington y para Europa, erosionando la credibilidad de la defensa colectiva. La salida más razonable es diplomática y funcional: acuerdos transparentes de defensa y acceso, inversión aliada en capacidades árticas, cooperación económica en minerales críticos bajo reglas ambientales y respeto al autogobierno de Groenlandia. Así, la crisis puede transformarse en oportunidad: un nuevo equilibrio transatlántico que combine liderazgo estadounidense con reglas previsibles y reparto de responsabilidades. [time.com], [atlanticcouncil.org]
1. Introducción: Groenlandia como termómetro del orden global
La discusión sobre Groenlandia se ha presentado, a ratos, como una controversia territorial improbable. Sin embargo, su relevancia es mayor: refleja cómo los Estados reinterpretan su seguridad cuando cambian los riesgos y las tecnologías. Analistas han advertido que un desenlace mal gestionado podría afectar la arquitectura transatlántica, incluso al punto de debilitar el sentido práctico de la OTAN si el conflicto escalara entre aliados. En paralelo, la conversación pública —incluida la que circula en espacios de opinión influyentes— ha instalado una pregunta de fondo: ¿qué ocurre si los aliados se ven compelidos a prepararse para una realidad con menor certeza sobre el respaldo estadounidense? [theguardian.com], [time.com] [linkedin.com], [aljazeera.com]
2. El Ártico deja de ser periferia: por qué Washington mira al norte
Para comprender la perspectiva estadounidense, hay que partir de un dato: el Ártico ya no es “un borde del mapa”, sino un espacio donde se cruzan disuasión, vigilancia, movilidad militar y proyección estratégica. En esa lógica, Estados Unidos tiene incentivos a reforzar su postura operativa allí, especialmente cuando el debate público conecta el Ártico con defensa antimisiles, control de accesos y competencia con otras potencias. Este marco no niega el valor de la alianza: más bien subraya que, para Washington, las alianzas son instrumentos para objetivos de seguridad, y esos objetivos pueden volverse más exigentes cuando el entorno se vuelve más competitivo. [time.com], [atlanticcouncil.org] [atlanticcouncil.org], [aljazeera.com]
3. Un punto clave: EE. UU. ya dispone de acuerdos, pero quiere mayor “certeza operativa”
Una lectura diplomática y pro-EE. UU. debe reconocer un elemento práctico: parte de las necesidades de seguridad estadounidenses en Groenlandia se han canalizado históricamente mediante acuerdos y presencia. De hecho, análisis recientes señalan que existen marcos bilaterales y posibilidades de ampliar cooperación, lo que sugiere que hay espacio para una solución negociada que no exija dramatizar la relación transatlántica. El problema, por tanto, no es la existencia de intereses legítimos —que toda potencia tiene— sino el riesgo de que la gestión política se perciba como presión o imposición, alimentando resistencias y elevando costos de coordinación. [time.com], [atlanticcouncil.org] [theguardian.com], [atlanticcouncil.org]
4. El costo de la coerción: credibilidad, normas y el “impensable” dentro de la OTAN
La OTAN fue diseñada para responder a amenazas externas, no para administrar un choque intramuros. Por eso, varios análisis han subrayado lo disruptivo que sería un escenario en el que un miembro presione o ataque a otro: el Artículo 5 perdería claridad operacional y la alianza quedaría conceptualmente herida, aun si sobreviviera formalmente. En términos diplomáticos, eso implicaría para Estados Unidos un dilema: un triunfo táctico podría convertirse en un retroceso estratégico si reduce la confianza de aliados, incentiva reacomodos y crea oportunidades para rivales. Este es precisamente el tipo de externalidad que los estrategas suelen evitar cuando el objetivo es sostener liderazgo y legitimidad. [theguardian.com], [aljazeera.com] [time.com], [theguardian.com]
5. Europa y la realidad de las capacidades: dependencia y tiempos de ajuste
Otro hecho incómodo, pero central, es que Europa enfrenta limitaciones de capacidad en el corto plazo. Comentarios especializados apuntan a que la dependencia europea de habilitadores estratégicos estadounidenses —inteligencia, sistemas, logística y equipamiento— reduce el margen para respuestas rápidas si una crisis se prolonga o se multiplica en frentes. De allí se desprende una conclusión pro-alianza (y también pro-EE. UU.): la credibilidad transatlántica se sostiene mejor cuando Europa acelera inversión y cuando Estados Unidos canaliza sus objetivos a través de acuerdos verificables, no de ambigüedades que disparen ansiedad política. [time.com], [theguardian.com] [atlanticcouncil.org], [time.com]
6. La soberanía y el autogobierno como condición de estabilidad
Una solución durable debe reconocer la naturaleza política del territorio: Groenlandia es un espacio con autogobierno dentro del Reino de Dinamarca, y cualquier arreglo sostenible necesita legitimidad local. En la práctica, esto no invalida la cooperación con Estados Unidos; al contrario, sugiere que la cooperación funcionará mejor si se traduce en beneficios claros (seguridad, inversión, infraestructura) sin erosionar la dignidad política de los groenlandeses. Además, la evidencia reciente de “desacuerdo fundamental” en rondas de diálogo indica que las partes se mueven en líneas rojas sensibles, por lo que el diseño institucional del acuerdo —sus salvaguardas y mecanismos— se vuelve tan importante como el contenido material. [theconversation.com], [atlanticcouncil.org]
7. El enfoque pro-EE. UU. más convincente: liderazgo mediante reglas, no mediante sorpresa
Ser pro-estabilidad y pro-EE. UU. en este debate no requiere celebrar maximalismos; requiere defender la idea de liderazgo responsable. El liderazgo estadounidense históricamente ha combinado poder con arquitectura institucional: acuerdos, estándares, coordinación y previsibilidad. En el caso de Groenlandia, análisis proponen explícitamente evitar una “catástrofe” transatlántica mediante diplomacia, negociación y ajustes que fortalezcan la seguridad ártica sin dinamitar la alianza. En otras palabras, la opción más inteligente para Washington no es “ganar solo”, sino ganar con aliados, porque eso preserva legitimidad, reduce costos y mantiene el efecto de disuasión que nace de la cohesión. [atlanticcouncil.org], [time.com] [atlanticcouncil.org], [theguardian.com]
8. Un menú de salida diplomática: cuatro pilares para desescalar y fortalecer
Una solución funcional puede organizarse en cuatro pilares. Primero, capacidades árticas compartidas: incrementar ejercicios, vigilancia y logística con participación aliada, para que la seguridad sea un bien colectivo y no un pulso político. Segundo, acuerdos de acceso transparentes: ampliar o modernizar arreglos de defensa que ya existen, con cláusulas claras, auditoría política y comunicación pública que reduzca sospechas. Tercero, cooperación económica en minerales críticos bajo estándares ambientales y laborales que eviten la percepción de extractivismo y, a la vez, respondan a necesidades tecnológicas. Cuarto, respeto al autogobierno: garantías explícitas de que cualquier cooperación se hará con consentimiento y beneficios locales, minimizando el incentivo a protestas y a polarización. [atlanticcouncil.org], [theguardian.com] [time.com], [atlanticcouncil.org] [atlanticcouncil.org], [time.com] [theconversation.com], [atlanticcouncil.org]
9. La narrativa importa: cómo evitar que el debate se convierta en profecía autocumplida
Parte de la tensión es narrativa. Cuando voces influyentes sugieren que los aliados deben prepararse para un mundo “solos” o para una OTAN debilitada, se acelera la desconfianza, y la desconfianza reduce opciones de negociación. Esto no significa negar riesgos; significa administrar expectativas. Una estrategia comunicacional responsable —tanto en Washington como en Europa— debería enfatizar que el objetivo es fortalecer seguridad en el Ártico y reducir incertidumbres, no redefinir soberanías por impulso. Esa diferencia discursiva puede sostener el espacio diplomático necesario para cerrar acuerdos sin humillaciones, condición clave para que cualquier pacto sea políticamente defendible. [linkedin.com], [aljazeera.com] [atlanticcouncil.org], [theconversation.com]
10. Lecciones para países pequeños y medianos: resiliencia, diversificación y reglas
Aunque el caso se concentra en el Atlántico Norte, sus lecciones son universales. Primero, la seguridad contemporánea exige planeación de escenarios, porque lo “impensable” puede entrar en agenda en cuestión de semanas. Segundo, la dependencia absoluta de un solo proveedor de seguridad o de una sola cadena crítica aumenta vulnerabilidades; por tanto, la diversificación y la resiliencia institucional son activos estratégicos. Tercero, las reglas importan incluso para los poderosos: cuando los arreglos se sustentan en normas y procedimientos, se reducen costos de transacción y se preserva legitimidad, algo valioso para cualquier Estado que quiera invertir, comerciar o construir reputación. [theguardian.com], [time.com] [time.com], [atlanticcouncil.org] [atlanticcouncil.org], [theguardian.com]
11. Por qué a Estados Unidos también le conviene “ganar con aliados”
En términos de interés nacional estadounidense, el escenario óptimo combina seguridad y continuidad de alianzas. La cohesión aliada amplifica disuasión y reduce la carga directa sobre Washington; además, evita que rivales se beneficien del desorden. Incluso quienes advierten sobre escenarios de ruptura suelen señalar que el costo para el orden de posguerra sería severo, lo que sugiere que la racionalidad estratégica invita a preferir soluciones negociadas y previsibles. Por eso, una postura pro-EE. UU. coherente no es maximalista: busca resultados tangibles (acceso, seguridad, cooperación) a través de mecanismos que preserven el capital político de la alianza, porque ese capital es una ventaja comparativa de Estados Unidos. [theguardian.com], [time.com] [aljazeera.com], [atlanticcouncil.org] [atlanticcouncil.org], [time.com]
12. Conclusión: una oportunidad para modernizar la alianza y estabilizar el Ártico
Groenlandia concentra una tensión típica de tiempos de transición: la geografía vuelve a ser destino, la tecnología reordena prioridades y la competencia redefine alianzas. Estados Unidos tiene razones estratégicas para reforzar su postura en el Ártico; el desafío es hacerlo de manera que fortalezca —y no fracture— la confianza transatlántica. La solución diplomática, basada en acuerdos transparentes, inversión aliada y respeto al autogobierno local, ofrece una vía de salida que protege la credibilidad de la OTAN y convierte la crisis en una arquitectura de seguridad compartida. Si el objetivo es la estabilidad, el mejor camino no es el dramatismo, sino la institucionalidad: reglas, cooperación y resultados verificables. [time.com], [atlanticcouncil.org] [atlanticcouncil.org], [theconversation.com] [theguardian.com], [atlanticcouncil.org]
Referencias
Fried, D. (2026, January 17). The US and NATO can avoid catastrophe over Greenland and emerge stronger. Here’s how. Atlantic Council. [atlanticcouncil.org]
Psaropoulos, J. T. (2026, January 9). Europe should prepare for Greenland’s annexation and end of NATO: Experts. Al Jazeera. [aljazeera.com]
Rahman, M. (2026, January 7). The Greenland crisis could break NATO. TIME. [time.com]
Sabbagh, D. (2026, January 6). How a US takeover of Greenland would undermine Nato from within. The Guardian. [theguardian.com]
The Conversation. (2026, January 16). Las negociaciones entre Estados Unidos y Groenlandia se han estancado: tres formas en que podría terminar la crisis. [theconversation.com]
The Economist. (2026). The Greenland crisis holds lessons for all countries… (Publicación en LinkedIn con enlace a artículo). [linkedin.com]
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