domingo, 17 de septiembre de 2017

La maternidad no es un sacrificio - Por KAREN RINALDI

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CreditVivienne Flesher
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Durante el verano tomé unas semanas de vacaciones. Mi familia y yo —mi esposo e hijos, entonces de nueve y siete años—hicimos planes para pasar ese tiempo en nuestra casa en la costa de Nueva Jersey. Cuando mi madre me preguntó que íbamos a hacer durante las vacaciones, le dije que estaríamos juntos, visitando la playa y el parque de diversiones cercano, cocinando y jugando en el patio.
Su respuesta fue: “Ay, eso no son vacaciones para ti. Me imagino que estarás ansiosa de regresar al trabajo. La maternidad es el trabajo más duro del mundo. ¡Puro sacrificio!”.
“¿De verdad?”, fue todo lo que pude contestar.
En realidad ansiaba tiempo sin interrupciones con mis hijos. Pasaríamos los días a la orilla del mar y daríamos paseos en el malecón, donde gritarían de gozo subidos en la montaña rusa: la misma que yo disfruté cuando tenía su edad, y a la que después subí con ellos hasta que el huracán Sandy la arrastró al Atlántico. Nos golpearíamos unos a otros con los carritos chocones; nos subiríamos al antiguo carrusel, donde esperaríamos a que el caballito favorito de mi hijo más pequeño, Freddy, de color azul brillante, estuviera disponible. Algunos días seguramente terminarían con lágrimas de cansancio, pero las lágrimas no superarían la dicha. Incluso en los malos días.
Mi madre solo trataba de ser empática con mi vida de madre trabajadora; sin embargo, me irritó el modo autocomplaciente en que proclamó la naturaleza sacrificada de la maternidad. Ni por un segundo creo que la maternidad sea el trabajo más difícil del mundo ni que sea todo sacrificio. Aun así, no es justo echarle la culpa: mi madre simplemente repetía una cantaleta común. Una vez que mi molestia se disipó, se apoderó de mi una especie de claridad que me ayudó a entender cómo estos tropos lingüísticos reforzaban la falta de poder de las madres en particular y de las mujeres en general.
La afirmación de la maternidad como sacrificio viene acompañada de una percepción glorificada de la maternidad. Se espera que una mujer sacrifique su tiempo, ambiciones y sentido de identidad por un propósito mayor, uno más valioso que su identidad individual. Esto deja un vacío donde estaba su valía, uno que otros se apresuran a llenar.
Cuando una mujer se embaraza, parece que se convierte en propiedad pública. Quizá porque llevar un bebé en el vientre asegura la continuidad de la especie, muchas veces se le da prioridad como parte de un contrato social mayor. Esta lógica no solamente provoca los intentos de legislar sobre el cuerpo de la mujer, sino que también se cruzan límites menores en actos cotidianos. Muchas amigas cuentan anécdotas de extraños que las tocaron durante sus embarazos, como si el estado maternal de una mujer la volviera un recipiente que se puede manosear.
Escrito hace más de 30 años, El cuento de la criada, de Margaret Atwood, lanza una advertencia sobre el sacrificio de ser mujer. En esta novela distópica, las mujeres son agrupadas según el uso que los hombres deciden darles: por ejemplo, esposas estériles casadas para guardar las apariencias o sirvientas fértiles violadas rutinariamente para procrear. Un personaje masculino declara que la mujer debe “aprender en silencio bajo total sumisión” y que “será redimida por la maternidad”. En este escenario, el acto de la maternidad es trastocado para el beneficio de los que ostentan el poder y se salen con la suya gracias al concepto de la maternidad como sacrificio.
Cuando nos aferramos a la idea de la maternidad como sacrificio, lo que realmente sacrificamos es nuestro sentido de identidad propia, como si fuera el precio que hay que pagar por tener hijos.
La maternidad no es un sacrificio, sino un privilegio; uno que la mayoría de nosotras escoge por egoísmo. En su modo más primigenio, la procreación nos asegura que nuestros genes sobrevivirán en la siguiente generación. Podríamos llamar a este egoísmo un mandato biológico. De manera más personal, cuando traemos al mundo a un ser que nos pertenece, alguien a quien proteger y amar y por quien haríamos lo que fuera para ayudarlo a crecer sano y florecer, surge la pregunta: ¿qué tiene esto de egoísta? La abnegación implica que no tenemos que jugarnos el pellejo. Nos abocamos por completo a la maternidad.
Al resignificar la maternidad como privilegio, le regresamos el papel activo a la madre, la empoderamos, celebramos su autonomía en lugar de su sacrificio. Lo acepto: algunas de nosotras tenemos más autonomía que otras. Hay muchas madres que no habrían escogido la maternidad por razones personales o financieras. Aun así, al recuperar nuestro papel como madres y rechazar los falsos elogios de martirio, hacemos más para empoderar a las mujeres.
En mi experiencia, cuando las mujeres hablamos entre nosotras, nuestra ambivalencia o frustración no se trata comúnmente sobre nuestro papel de madre. (Eso no significa que nuestros hijos no nos enloquezcan algunas veces). En lugar de eso, las conversaciones se centran en preguntas sobre cómo hacer compatible la mejor parte de nuestras vidas (esos mismos niños que nos vuelven locas) con nuestras parejas, carreras y otras responsabilidades. Aunque muchas mujeres logran su mayor realización personal como madres, esto no antecede su ambición ni va en contra de ir hacia adentro o afuera o de lado.
Al referirnos a la maternidad como “el trabajo más duro de todos” estamos perdiendo el sentido por completo, porque tener y criar hijos no es un “empleo”. Nadie negará que habrá cansancio extremo, miedo y tedio. Criar a una familia es una tarea dura, pero también lo son otros aspectos importantes de nuestra vida.
El lenguaje que rodea a la crianza como trabajo seguramente tiene su raíz en los esfuerzos de cuidadoras y amas de casa para que se reconozca el importante papel que realizan. Claramente, criar niños es una de las cosas más importantes que hacemos –tanto para mujeres como hombres—; sin embargo, eso no lo convierte en un empleo. En un empleo, un patrón le paga por sus servicios a un trabajador que estuvo de acuerdo con los términos. Hay un jefe al que debemos rendir informes. En el caso de la maternidad, ¿quién sería el jefe?
Eso no significa que no queramos apoyo: permisos pagados por maternidad y paternidad, horas laborales más flexibles, guarderías públicas. No obstante, tiene que suceder un cambio cultural para que las leyes se instauren. Los mártires, después de todo, no necesitan ni esperan servicios públicos.
Casi nunca se habla de los padres de la misma manera que de las madres. Culturalmente es aceptable que los hombres tengan hijos e identidad profesional sin tener que escoger. Estos prejuicios tácitos están profundamente arraigados.
Esto me recuerda al marido de una amiga que se quejaba de tener que “hacer de niñera” de sus hijos mientras ella se iba a cenar con amigas. ¿Alguna vez una mujer ha “hecho de niñera” de sus propios hijos? Las cosas están cambiando, pero los razonamientos insidiosos persisten.
Además, con “mujer” y “familia” como modelos culturales confiables, los estudios muestran de manera aterradora que la inteligencia artificial también está adoptando estos prejuicios. Referirse a la maternidad como el “empleo” de la mujer solo sirve para mantener a la mujer en su lugar. Las prioridades de las madres que trabajan fuera de casa siempre están bajo escrutinio. Es como si las madres estuvieran forzadas a escoger entre la ambición (o simplemente ganarse un sueldo) y la familia.
Si comenzamos a referirnos a la maternidad como el hermoso y caótico privilegio que es, y que atender a nuestros hijos es la acción más amorosa pero egoísta que realizamos, quizá podamos cambiar el lenguaje prejuicioso que mi madre utilizó. Solo cuando dejemos de hablar de la maternidad como un sacrificio podremos comenzar a hablar de las madres como nos lo merecemos.
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