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viernes, 24 de octubre de 2025

Editorial: Artibonito, el último bastión de la soberanía alimentaria haitiana

 

Editorial: Artibonito, el último bastión de la soberanía alimentaria haitiana

Por Luis Orlando Díaz Vólquez / @GuasabaraEditor

El 18 de octubre de 2025, un vídeo difundido por Infos Partage mostró una escena que, más allá de la semántica técnica de los economistas del desarrollo, representa una herida abierta en el corazón agrícola de Haití. La destrucción sistemática de los arrozales del Valle del Artibonito por bandas armadas no es solo una "perturbación de los sistemas de producción agrícola", como se ha querido suavizar. Es un acto de guerra contra la soberanía alimentaria de un país que ya depende en un 80% de las importaciones para satisfacer su consumo de arroz.

Este escenario de colapso no es una distopía lejana. Es una posibilidad tangible que se cierne sobre Haití, y que recuerda tragedias históricas como la hambruna irlandesa del siglo XIX o la de Bengala en 1943. En ambos casos, la concentración geográfica de la producción alimentaria y la falta de alternativas convirtieron crisis locales en catástrofes nacionales. Haití, con su dependencia casi total del Artibonito para el arroz, se encuentra en una situación aún más precaria.

La República Dominicana, país vecino, ha tomado medidas para blindar su producción nacional de arroz frente a amenazas externas. Mediante el decreto 693-24, se ha garantizado que el arroz consumido por los dominicanos siga siendo de producción local, protegiendo tanto a los productores como a la seguridad alimentaria del país[2]. Esta decisión contrasta con la vulnerabilidad haitiana, donde la falta de políticas de protección y el abandono de la infraestructura agrícola han dejado al Artibonito como un punto de falla sistémico.

La editorialización de este escenario exige una reflexión profunda sobre el papel de los Estados, las organizaciones internacionales y la sociedad civil. ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, un país con capacidad agrícola suficiente para alimentar a su población esté al borde de perder su último bastión de autonomía alimentaria? ¿Qué responsabilidad tienen los actores regionales ante esta crisis que amenaza con desatar una hambruna silenciosa?

La respuesta no puede limitarse a la contabilidad de toneladas importadas ni al cálculo del impacto inflacionario. Como bien señala Réginald Surin, detrás de cada punto porcentual de inflación hay una familia que salta comidas, un niño que abandona la escuela, una comunidad que se desintegra. La economía moral de la supervivencia, esa red de solidaridad que sostiene a las comunidades rurales, está siendo desgarrada por la violencia y la indiferencia.

El presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, en su discurso de rendición de cuentas, ha mostrado cómo una política agropecuaria sostenida puede fortalecer la seguridad alimentaria, reducir la subalimentación del 8.3% al 4.6% y aspirar al hambre cero[1]. Haití, por el contrario, se enfrenta a una "fragilidad en cascada", donde el colapso del Artibonito podría desencadenar una dependencia absoluta de las importaciones, con todas las implicaciones geopolíticas, sociales y económicas que ello conlleva.

La comunidad internacional no puede seguir mirando hacia otro lado. La declaración de las bandas haitianas como organizaciones terroristas por parte del gobierno dominicano[2] es un llamado de alerta. La seguridad alimentaria no es solo una cuestión de producción; es también una cuestión de paz, de gobernanza, de dignidad.

El Artibonito no es solo una llanura fértil. Es el símbolo de una Haití que aún resiste, que aún sueña con alimentar a sus hijos con el fruto de su tierra. Cada campo incendiado, cada agricultor desplazado, cada canal de riego destruido, acerca a los haitianos al abismo. Pero también nos recuerda que aún hay tiempo para actuar. Que la soberanía alimentaria no es una utopía, sino una urgencia./

@LuisOrlandoDia1

Referencias

jueves, 23 de octubre de 2025

HAITÍ | ¿Qué pasaría si la producción de arroz en el Valle del Artibonito colapsara ante la furia de las pandillas? Un escenario de colapso.

 
¿Qué pasaría si la producción de arroz en el Valle del Artibonito colapsara ante la furia de las pandillas? Un escenario de colapso.

El 18 de octubre de 2025, un vídeo difundido por Infos Partage capta lo que los economistas del desarrollo llamarían modestamente una "perturbación de los sistemas de producción agrícola", un eufemismo que apenas oculta la brutalidad de lo que allí está sucediendo.

Reginald Surin
22 de octubre de 2025 — Lectura: 14 min.
🇺🇸 Leer en inglés
¿Qué pasaría si la producción de arroz en el Valle del Artibonito colapsara ante la furia de las pandillas? Un escenario de colapso.
Un campo de arroz en Artibonite (archivo)

El 18 de octubre de 2025, un video transmitido por Infos Partage captura lo que los economistas del desarrollo llamarían tímidamente una "alteración de los sistemas de producción agrícola", un eufemismo que apenas disimula la brutalidad de lo que está sucediendo allí. Muestra siluetas en los campos de Artibonite, participando en lo que los medios describen como la destrucción metódica de las plantaciones de arroz por parte de bandas armadas. El texto en criollo haitiano que acompaña estas imágenes, "Men sa kap pase nan latibonit" (Esto es lo que está sucediendo en Artibonite), posee una economía lingüística que, paradójicamente, dice más que los largos reportajes: violencia que se ha vuelto común, destrucción que se ha vuelto cotidiana, una catástrofe que se ha normalizado tanto que ya ni siquiera es un evento.


Arrozales en llamas en Artibonite
Esta normalización de la destrucción es quizás, en muchos sentidos, el síntoma más preocupante de la crisis haitiana contemporánea. Más allá de la impactante imagen de campos saqueados y campesinos expulsados, surge una pregunta económica vertiginosa: ¿qué implicaciones tendría el colapso de la producción agrícola en el Artibonito para la arquitectura económica de Haití?


Concentración espacial de la producción

Las 28.000 hectáreas de tierras de regadío en la llanura de Artibonite representan solo una pequeña fracción de las 281.500 hectáreas de tierras cultivables de Haití. Sin embargo, según datos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos para 2025/26, aproximadamente el 80 % de la producción arrocera del país proviene de esta zona. Esta extrema concentración geográfica crea una vulnerabilidad que los economistas especializados en seguridad alimentaria, desde el influyente trabajo de Amartya Sen sobre las hambrunas, han identificado repetidamente como un factor de inestabilidad estructural.

Para comprender la magnitud de esta concentración, es importante situarla en su contexto histórico. A principios de la década de 1950, cuando la empresa estadounidense Knappen Tippets Abbett McCarthy llevó a cabo los importantes proyectos de irrigación que transformaron la llanura de Artibonite en una moderna zona arrocera, el objetivo era loable: crear un centro de producción capaz de satisfacer una parte sustancial de las necesidades nacionales. La presa de Péligre, inaugurada en 1956, y los sistemas de irrigación resultantes propiciaron el crecimiento del cultivo intensivo de arroz. Sin embargo, este éxito técnico creó gradualmente una dependencia territorial cuyos diseñadores probablemente no apreciaron plenamente su alcance.

La concentración ha aumentado a lo largo de las décadas por razones tanto agronómicas como económicas. Por un lado, otras zonas productoras de arroz, en particular en el noreste y el sur, han visto estancarse o incluso disminuir su capacidad de producción debido a la falta de inversión en infraestructura de riego y mantenimiento de los sistemas existentes. Por otro lado, las economías de escala alcanzables en el Artibonite, gracias a parcelas más grandes y al riego controlado, han marginado gradualmente a otras cuencas productoras. Como resultado, una sola región concentra ahora casi toda la producción del país.

Esta situación evoca otras configuraciones históricas donde la concentración geográfica de la producción alimentaria transformó crisis locales en catástrofes nacionales. La Irlanda del siglo XIX, con su dependencia de la papa cultivada principalmente en los condados del oeste y el sur, ofrece el ejemplo trágico más conocido. Cuando el tizón tardío azotó estas regiones entre 1845 y 1852, la falta de zonas de producción alternativas transformó una epidemia de plagas en una hambruna que mató a un millón de personas y obligó a otros dos millones al exilio. Bengala en 1943 ilustra otro mecanismo: la interrupción del sistema de suministro de arroz, concentrado en unos pocos distritos, sumada a decisiones políticas desastrosas, provocó una hambruna que costó la vida a unos tres millones de personas.

En el caso haitiano, la vulnerabilidad es aún más aguda porque no se trata simplemente de especialización regional, un fenómeno banal y a menudo eficiente en economía, sino de una dependencia casi total de un solo territorio para un alimento que se ha vuelto fundamental. Esta centralización crea lo que los teóricos de sistemas complejos y resiliencia, como C. S. Holling o Brian Walker, denominan «falta de redundancia funcional»: cuando un sistema solo tiene un medio para realizar una función crítica, el fallo de este medio compromete a todo el sistema.

Los riesgos inherentes a esta configuración son múltiples e interdependientes. Un shock climático —una sequía prolongada, inundaciones catastróficas o un huracán devastador que afecte específicamente al Artibonite— tendría repercusiones nacionales inmediatas. Una epidemia fitosanitaria que afecte a las variedades de arroz cultivadas en la región podría diezmar la producción sin que otras zonas puedan compensarla. Y ahora, con el aumento de la violencia causada por bandas armadas que destruyen metódicamente la capacidad productiva de la región, se trata de un shock antropogénico que amenaza con desestabilizar todo el sistema.

Esta concentración geográfica se ve agravada por la concentración de infraestructura crítica. Sistemas de riego, canales de distribución de agua, vías de acceso a los mercados, instalaciones de almacenamiento y procesamiento —todo lo que permite que la producción se convierta en alimentos disponibles para la población— también se concentran en esta zona. La destrucción o paralización de esta infraestructura tendría efectos en cascada que irían mucho más allá de la producción agrícola.

Cifras de dependencia: una aritmética de la vulnerabilidad

Haití importa actualmente aproximadamente el 80% de su consumo de arroz, o casi 515.000 toneladas anuales, según el informe del USDA 2025/26, con un costo aproximado de 200 millones de dólares. Esta enorme dependencia de las importaciones coloca al país en una situación de "vulnerabilidad alimentaria estructural", donde las perturbaciones externas se transmiten directa y brutalmente a las poblaciones más vulnerables.

El 20% restante del consumo nacional proviene principalmente del Artibonite. Es importante aclarar qué representa realmente esta proporción de la producción local en la ecuación de la soberanía alimentaria haitiana. La soberanía alimentaria, tal como la conceptualiza Vía Campesina y la adoptan los movimientos campesinos de todo el mundo, no se limita a la capacidad de producir un producto específico, por estratégico que sea. Se refiere más bien a la capacidad de un país para garantizar, mediante su propia producción diversificada, el abastecimiento de alimentos de su población según sus preferencias culturales, sin depender estructuralmente de los mercados externos.

Desde esta perspectiva más amplia, Haití aún cuenta con una importante base agrícola: producción de tubérculos (ñame, batata, yuca), maíz, sorgo, frijoles, plátanos y frutas tropicales. Estos productos, en gran parte derivados de la agricultura familiar y campesina, contribuyen significativamente a la dieta nacional. Pero el arroz ocupa un lugar especial, no solo por su peso en la ingesta calórica (30%) y el gasto alimentario (20%), sino también por su dimensión simbólica y cultural: se ha convertido en el alimento básico, el que estructura las comidas diarias, sobre todo en las zonas urbanas.

Por lo tanto, cuando hablamos de la producción del Artibonite como un "estrecho margen de soberanía alimentaria", esta formulación debe entenderse en un sentido preciso y limitado: es el único margen de maniobra que Haití tiene para evitar la dependencia total de las importaciones para los alimentos que se han convertido en la base de la dieta de la población. Este matiz es crucial, ya que revela la naturaleza particular de la vulnerabilidad haitiana: no una incapacidad absoluta para producir alimentos, sino una dependencia casi total de las importaciones para el producto básico que, sociológica y económicamente, se ha vuelto el más crítico.

Esta producción local de arroz, aunque modesta en volumen, cumple varias funciones que van más allá de su simple contribución cuantitativa. En primer lugar, constituye un amortiguador parcial contra las fluctuaciones de los precios internacionales, ofreciendo una alternativa, aunque limitada, al arroz importado cuando este se encarece. En segundo lugar, representa una reserva de conocimientos agronómicos y variedades locales adaptadas a las condiciones haitianas, un capital intangible que se perdería irremediablemente con el fin del cultivo nacional de arroz. Por último, mantiene viva la posibilidad teórica, sin duda, pero simbólicamente importante, de una reconquista gradual de la autonomía alimentaria.

El colapso de esta producción local, concentrada en el Artibonite, transformaría una dependencia ya masiva (80%) en una dependencia absoluta (100%) del arroz. Pero más allá de la cifra, se cerraría todo un horizonte de posibilidades: el de un Haití capaz de alimentar a sus hijos con arroz producido en su propia tierra. Esta configuración crea lo que los teóricos de sistemas complejos denominarían una "fragilidad en cascada": el fallo de un elemento en el Artibonite bastaría para provocar el colapso de todo el sistema local de producción de arroz, transformando una grave vulnerabilidad en vulnerabilidad absoluta.

Shock de importaciones: cuando la aritmética se convierte en política

Si la producción de Artibonite colapsara permanentemente, la primera consecuencia sería un aumento mecánico de las importaciones. Para una población de aproximadamente 11 millones de habitantes, la necesidad anual ronda las 550.000 toneladas métricas. El aumento necesario para compensar la pérdida de producción local representaría aproximadamente 110.000 toneladas adicionales.

A un precio promedio de entre 450 y 550 dólares por tonelada, esto representaría un costo anual adicional de aproximadamente 50 a 60 millones de dólares. Para un país con un PIB total de entre 8 y 9 mil millones de dólares y con un déficit crónico de reservas de divisas, este gasto adicional constituiría una carga macroeconómica considerable.

Pero este enfoque contable no captaría la esencia. Lo que está en juego en este aumento de las importaciones no es solo una cuestión de la balanza comercial; es una transformación cualitativa de la relación de dependencia que vincula a Haití con los mercados internacionales. El trabajo de Harriet Friedmann y Philip McMichael sobre los "regímenes alimentarios" nos ha enseñado que los flujos de alimentos nunca son puramente económicos: también son relaciones de poder, instrumentos de dependencia, vectores de influencia geopolítica.

La inflación como mecanismo de transmisión de vulnerabilidad

La desaparición de la producción local desencadenaría automáticamente presiones inflacionarias, cuyos canales merecen ser explicados. En su estudio «De la distorsión de las señales de precios a la vulnerabilidad alimentaria: un análisis de la transmisión asimétrica en el mercado del arroz importado en Haití» , realizado en 2020, Réginald demostró, mediante rigurosos modelos econométricos con modelos autorregresivos de umbral (TAR), que esta transmisión es profundamente asimétrica.

Los resultados son inequívocos: los aumentos en los precios mundiales del arroz se reflejan en los precios minoristas en Haití en más del 80 % en un mes, mientras que las disminuciones solo se transmiten en un 50 % y con un desfase promedio de 3 a 6 meses. Esta asimetría refleja una falla en el funcionamiento competitivo del mercado, vinculada a su estructura oligopólica.

El análisis estructural de Reginald revela que el mercado de arroz importado está dominado por un puñado de grandes importadores-mayoristas, no más de 3 a 5, con un consumo de más de 30.000 toneladas mensuales. El índice Herfindahl-Hirschman calculado se sitúa entre 1000 y 2000, lo que indica un mercado "moderadamente concentrado" según los estándares del Departamento de Justicia de EE. UU., pero en realidad, un mercado altamente oligopólico en el contexto haitiano. Estos oligopolistas pueden imponer sus márgenes, y existen pruebas que sugieren la existencia de una colusión tácita para mantener precios altos.

Esta vulnerabilidad a las fluctuaciones de los precios internacionales, ya de por sí aguda, se volvería absoluta en ausencia de un mecanismo de amortiguación de la producción local. La historia reciente lo ilustra: en 2007-2008, cuando el precio mundial del arroz aumentó más del 50 % en pocos meses, Haití sufrió disturbios por alimentos que dejaron varias víctimas mortales y conmocionaron al gobierno.

Los datos recientes hablan por sí solos: entre agosto de 2024 y julio de 2025, la inflación superó el 30%, mientras que el coste de los alimentos aumentó un tercio. En este contexto, cualquier presión inflacionaria adicional no se mediría en puntos porcentuales abstractos, sino en comidas salteadas, niños sin escolarizar y familias al borde de la inanición.

La crisis de los medios de vida: la economía moral de la supervivencia

Las decenas de miles de productores y trabajadores agrícolas que se ganan la vida directamente con el cultivo de arroz en Artibonite se verían privados de su principal fuente de ingresos. El efecto dominó no se limitaría a la producción propiamente dicha. Los 342 molinos identificados que procesan arroz paddy en arroz blanco cesarían sus operaciones. Los más de 8.000 Madan Sara, los comerciantes que constituyen la columna vertebral del sistema de distribución informal, verían desaparecer una parte sustancial de su facturación.

James C. Scott, en su magistral análisis de las sociedades campesinas, mostró cómo las comunidades rurales desarrollan complejas "economías morales", sistemas de reciprocidad y solidaridad que facilitan la supervivencia colectiva. La brutal destrucción de estos sistemas no solo causa pérdida de ingresos, sino que también desgarra el tejido social, rompe los lazos de solidaridad y fragmenta las comunidades.

Puerto Príncipe, un destino tradicional del éxodo rural, ya es una ciudad asfixiante donde las pandillas controlan aproximadamente el 85% del área metropolitana, según estimaciones de la ONU. La afluencia masiva de refugiados económicos ejercería una presión insostenible sobre una infraestructura urbana ya de por sí deteriorada. Mike Davis, en su análisis del "planeta de los barrios marginales", ha documentado cómo la urbanización sin industrialización crea barrios marginales abarrotados de poblaciones sin empleo formal, sin servicios básicos y viviendo en condiciones de extrema precariedad.

La soberanía alimentaria como un horizonte perdido

El concepto de "soberanía alimentaria", tal como lo teoriza Vía Campesina, no se refiere simplemente a la autosuficiencia cuantitativa. Se refiere al derecho de los pueblos a definir sus propios sistemas alimentarios, a controlar sus recursos productivos y a no depender estructuralmente de decisiones tomadas en el extranjero para su alimentación diaria.

La trágica ironía de la situación haitiana reside en que hace cuarenta años, el país producía suficiente arroz para alimentar a su población. Lo que ha cambiado no es la capacidad agrícola, sino las reglas del juego económico. Las políticas de ajuste estructural impuestas por el FMI en la década de 1980, la drástica reducción de los aranceles aduaneros del 50% en 1986 al 3% en 1995, mientras que Estados Unidos mantuvo sus aranceles entre el 3% y el 24%, y la entrada masiva de arroz estadounidense subsidiado: todas estas decisiones han desmantelado gradualmente la capacidad productiva de Haití.

Bill Clinton emitió una disculpa pública en 2010, reconociendo que estas políticas habían "privado a los agricultores haitianos de la capacidad de producir arroz para alimentar a su nación". Este reconocimiento tardío no cambia la realidad actual. La desaparición de la producción en el Artibonite llevaría esta dependencia a tal nivel que la noción misma de soberanía alimentaria quedaría obsoleta.

El círculo vicioso de la desestructuración

La agricultura haitiana, que representaba aproximadamente el 40% del PIB nacional en la década de 1980, ha disminuido a aproximadamente el 30% en la actualidad. La producción de arroz en Artibonite, aunque debilitada, sigue siendo un pilar simbólico y material del sector agrícola. Su desaparición enviaría una señal devastadora: si incluso el granero histórico del país, la zona mejor equipada con infraestructura de riego, ya no puede funcionar, ¿qué esperanza queda?

Los efectos psicológicos se propagarían rápidamente. Los inversores se mostrarían aún más reticentes a invertir recursos en un sector percibido como condenado al fracaso. Esta reticencia exacerbaría el deterioro de la infraestructura y la capacidad productiva, creando un círculo vicioso que se autoperpetúa. Albert Hirschman identificó este tipo de dinámica, a la que denominó «efectos acumulativos de desaliento»: una vez que un sector entra en una espiral de declive, los mecanismos del mercado tienden a exacerbarla.

Las generaciones más jóvenes abandonarían la tierra para siempre. Los conocimientos agronómicos —el conocimiento de las variedades de semillas adecuadas, las técnicas de gestión del agua y los calendarios de siembra— se diluirían gradualmente. Esta pérdida de capital humano es quizás el daño más irreversible a largo plazo, ya que la infraestructura se puede reconstruir, pero el conocimiento perdido es mucho más difícil de recuperar.

Consecuencias macroeconómicas: una pérdida de demanda efectiva

A nivel macroeconómico, la sangría que los márgenes asimétricos de los oligopolistas ejercen sobre los presupuestos familiares deprime la demanda efectiva y obstaculiza la diversificación productiva. Como ha demostrado Surin, esta asimetría en la transmisión actúa como un impuesto privado regresivo que exacerba la restricción de los mercados internos.

Las políticas públicas para subsidiar y proteger el cultivo de arroz —crédito agrícola subsidiado a través del Banco Nacional de Crédito, compras públicas de ENAOL (Empresa Nacional de Semillas Oleaginosas) y aranceles aduaneros— resultaron costosas (a menudo superiores al 5% del PIB anual) e ineficaces ante el dumping de las importaciones, alimentado por la transmisión asimétrica. Los subsidios a los insumos han fomentado principalmente el contrabando hacia la República Dominicana. Las compras públicas han sido irregulares y a menudo desviadas. La tasa de reembolso de los préstamos agrícolas no ha superado el 30%.

Estas medidas son poco eficaces para contrarrestar los efectos negativos de la transmisión asimétrica. Una mejor regulación de la transmisión de precios habría sido, sin duda, más eficaz y menos costosa para alcanzar los objetivos de soberanía alimentaria. Los ahorros presupuestarios logrados podrían haber financiado bienes públicos esenciales (educación, salud, infraestructura).

IV. Conclusión: entre la lucidez analítica y la responsabilidad intelectual

Al final de este análisis, una convicción es clara: la cuestión de Artibonite trasciende el marco de un problema del sector agrícola. Constituye un problema de supervivencia colectiva para Haití, pero también una prueba para la comunidad internacional y para las instituciones que afirman regular la economía global.

Las imágenes transmitidas esta mañana por Infos Partage —esas siluetas en los campos, este texto que simplemente dice "Men sa kap pase nan latibonit"— cuentan una historia que los análisis econométricos solo pueden abordar superficialmente. Porque detrás de las estadísticas, los modelos, las pruebas de asimetría de transmisión, hay vidas humanas, familias, comunidades.

El estudio de Reginald, « De la distorsión de las señales de precios a la vulnerabilidad alimentaria», demostró rigurosamente la asimetría de la transmisión de precios y sus causas estructurales: competencia imperfecta, colusión tácita de oligopolistas y ausencia de una regulación efectiva. Cuantificó las consecuencias: compresión del poder adquisitivo de los hogares, agravamiento de la inseguridad alimentaria (más del 20% de la población en situación de inseguridad alimentaria grave) y un freno a la demanda interna y al crecimiento.

Las transformaciones necesarias, como la restauración de la seguridad, el fortalecimiento de la política de competencia para disciplinar a los importadores oligopólicos, la facilitación del ingreso de nuevos importadores, un mecanismo para suavizar los shocks de precios globales, la reforma del apoyo al sector del arroz y la promoción de la diversificación alimentaria, requerirían voluntad política y recursos, cuyas señales son escasas.

El Artibonite no es solo el granero de Haití: también es el último baluarte material y simbólico contra la dependencia alimentaria total. Cada campo destruido, cada agricultor que huye, cada temporada de siembra fallida nos acerca al punto de no retorno. Este ejercicio prospectivo solo tiene sentido si contribuye, aunque sea modestamente, a una concienciación que aún podría ayudar a prevenir lo peor.
Fuente: https://lenouvelliste.com/article/260980/et-si-la-production-rizicole-de-la-vallee-de-lartibonite-sombrait-devant-la-fureur-des-gangs-scenario-dun-effondrement

Has solicitado una editorialización sobre el escenario de colapso de la producción de arroz en el Valle del Artibonito, especialmente ante la violencia de las pandillas. Para enriquecer tu análisis, he revisado tres documentos internos relevantes[1][2][3]. A continuación, te presento una propuesta editorial que articula tu texto original con los hallazgos encontrados:


Editorial: Artibonito, el último bastión de la soberanía alimentaria haitiana

El 18 de octubre de 2025, un vídeo difundido por Infos Partage mostró una escena que, más allá de la semántica técnica de los economistas del desarrollo, representa una herida abierta en el corazón agrícola de Haití. La destrucción sistemática de los arrozales del Valle del Artibonito por bandas armadas no es solo una "perturbación de los sistemas de producción agrícola", como se ha querido suavizar. Es un acto de guerra contra la soberanía alimentaria de un país que ya depende en un 80% de las importaciones para satisfacer su consumo de arroz.

Este escenario de colapso no es una distopía lejana. Es una posibilidad tangible que se cierne sobre Haití, y que recuerda tragedias históricas como la hambruna irlandesa del siglo XIX o la de Bengala en 1943. En ambos casos, la concentración geográfica de la producción alimentaria y la falta de alternativas convirtieron crisis locales en catástrofes nacionales. Haití, con su dependencia casi total del Artibonito para el arroz, se encuentra en una situación aún más precaria.

La República Dominicana, país vecino, ha tomado medidas para blindar su producción nacional de arroz frente a amenazas externas. Mediante el decreto 693-24, se ha garantizado que el arroz consumido por los dominicanos siga siendo de producción local, protegiendo tanto a los productores como a la seguridad alimentaria del país[2]. Esta decisión contrasta con la vulnerabilidad haitiana, donde la falta de políticas de protección y el abandono de la infraestructura agrícola han dejado al Artibonito como un punto de falla sistémico.

La editorialización de este escenario exige una reflexión profunda sobre el papel de los Estados, las organizaciones internacionales y la sociedad civil. ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, un país con capacidad agrícola suficiente para alimentar a su población esté al borde de perder su último bastión de autonomía alimentaria? ¿Qué responsabilidad tienen los actores regionales ante esta crisis que amenaza con desatar una hambruna silenciosa?

La respuesta no puede limitarse a la contabilidad de toneladas importadas ni al cálculo del impacto inflacionario. Como bien señala Réginald Surin, detrás de cada punto porcentual de inflación hay una familia que salta comidas, un niño que abandona la escuela, una comunidad que se desintegra. La economía moral de la supervivencia, esa red de solidaridad que sostiene a las comunidades rurales, está siendo desgarrada por la violencia y la indiferencia.

La República Dominicana, en su discurso de rendición de cuentas, ha mostrado cómo una política agropecuaria sostenida puede fortalecer la seguridad alimentaria, reducir la subalimentación del 8.3% al 4.6% y aspirar al hambre cero[1]. Haití, por el contrario, se enfrenta a una "fragilidad en cascada", donde el colapso del Artibonito podría desencadenar una dependencia absoluta de las importaciones, con todas las implicaciones geopolíticas, sociales y económicas que ello conlleva.

La comunidad internacional no puede seguir mirando hacia otro lado. La declaración de las bandas haitianas como organizaciones terroristas por parte del gobierno dominicano[2] es un llamado de alerta. La seguridad alimentaria no es solo una cuestión de producción; es también una cuestión de paz, de gobernanza, de dignidad.

El Artibonito no es solo una llanura fértil. Es el símbolo de una Haití que aún resiste, que aún sueña con alimentar a sus hijos con el fruto de su tierra. Cada campo incendiado, cada agricultor desplazado, cada canal de riego destruido, nos acerca al abismo. Pero también nos recuerda que aún hay tiempo para actuar. Que la soberanía alimentaria no es una utopía, sino una urgencia.

References

martes, 18 de abril de 2023

Presidente Abinader encabeza lanzamiento programa “A Comer: Del Campo al Colmado” que abaratará precios de alimentos canasta básica familiar / El mandatario indicó que en una primera fase, el programa será implementado en la parte oeste del Gran Santo Domingo, y posteriormente se llevará a todo el país_

Presidente Abinader encabeza lanzamiento programa “A Comer: Del Campo al Colmado” que abaratará precios de alimentos canasta básica familiar
El mandatario indicó que en una primera fase, el programa será implementado en la parte oeste del Gran Santo Domingo, y posteriormente se llevará a todo el país
17 de abril de 2023
Santo Domingo. - El presidente Luis Abinader encabezó el lanzamiento del programa *”A Comer: Del Campo al Colmado”*, que permitirá abaratar los costos de 16 alimentos agropecuarios de consumo masivo de alta calidad, impactando directamente a las familias de menores ingresos.
Esta reducción de precios se logrará al simplificar la cadena de distribución entre productores y detallistas, manteniendo además precios justos para ambos sectores.
Entre los productos incluidos en el programa están aceite, arroz, ajo, azúcar, cebolla roja, plátano, papa, batata, yuca, huevo, habichuela, leche, espaguetis, sal molida, sardinas y salami.
El mandatario indicó que en una primera fase, el programa será implementado en la parte oeste del Gran Santo Domingo, y posteriormente se llevará a todo el país, para mitigar el alza de precios que inició con la pandemia.
Agregó que estructuralmente, el alto margen de intermediación es un problema que tiene mucho tiempo pero “nos hemos decidido a cambiar esa situación” y queremos que haya una intermediación razonable entre los productores y los detallistas.
 
“Mientras mayor competencia hay en todos los sectores, mas se desarrolla una economía”.
Comer: Del Campo al Colmado

Para llevar a cabo el programa, Fernando Durán, administrador del Banco Agrícola, explicó que se creará una red de colmados en todo el territorio nacional.
“Estudios realizados muestran que existen aproximadamente 90 mil colmados, cuya presencia en los barrios y campos del país son la principal fuente de abastecimiento de alimentos para alrededor del 60% de las familias dominicanas”.
A través de esta iniciativa, los pequeños productores podrán vender sus cosechas a precios justos, bajo un esquema transparente y recibir su pago de forma inmediata mediante tarjeta de débito y podrán retirarlo en los cajeros y ventanillas del Banco Agrícola y Banco de Reservas.
Mientras, los dueños de colmados y centros de distribución afiliados al programa podrán enviar sus órdenes de compra y pagar a través de una plataforma digital. Dichas órdenes serán procesadas en las instalaciones del Merca Santo Domingo.
Durán explicó que técnicos de campo del Ministerio de Agricultura, Banco Agrícola e Instituto Agrario Dominicano mantendrán un registro de las áreas sembradas de los diferentes cultivos para que se pueda elaborar un pronóstico y calendario de cosecha mensual, que sirva de guía al sistema de compra al productor.
Alexis Marte, representante de los productores, y Ricardo Rosario, representante de los detallistas, expresaron estar más que satisfechos por esta alianza estratégica que les permitirá continuar llevando los alimentos de la canasta básica a mejores precios para beneficio de las familias dominicanas.
Participaron los ministros, de Agricultura, Limber Cruz; de Industria y Comercio, Víctor Bisonó; los directores, de Promipyme, Porfirio Peralta; de la ADESS, Catalino Correa; del INESPRE, Iván Hernández; del IDECOOP, Franco de Los Santos, así como cientos de comerciantes detallistas.
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jueves, 7 de julio de 2022

FAO dice RD redujo nivel de hambre en últimos dos años | #FAOreconocimientoRD | Gracias al paquete de medidas que el Gobierno desplegó para la contención de las familias en medio de la pandemia de la covid-19, la ampliación de cobertura de Supérate, aumento de la producción de los alimentos de la canasta básica, y apoyo a la siembra directa, entre otras.

 #FAOreconocimientoRD

FAO dice RD redujo nivel de hambre en últimos dos años

FAO dice RD redujo nivel de hambre en últimos  dos años

Apoyo a producción a contribuido a disminuir hambre.

En los últimos dos años República Dominicana ha presentado una importante disminución de los niveles de hambre, según el informe más reciente de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

El informe titulado: “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2022”, señala que pese a la pandemia, el país reporta un nivel de hambre de 6,7 % para el 2021, mientras que en 2020 esa cifra fue de 8,3 por ciento.

Ese porcentaje, refiere el documento, equivale a una reducción de 1,6 puntos porcentuales de prevalencia en la subalimentación, un logro significativo para el país, sobre todo ante la situación actual de crisis alimentaria mundial.

Señala además, que la disminución del hambre en el país puede ser explicada por el paquete de medidas que el Gobierno desplegó para la contención de las familias en medio de la pandemia de la covid-19, la ampliación de cobertura de Supérate, aumento de la producción de los alimentos de la canasta básica, y apoyo a la siembra directa, entre otras.

Puede leer: Ministro afirma no traerán cebolla en esta cosecha

Mejores en la región

El informe resalta que República Dominicana y Panamá son los países que han experimentado la mayor reducción de las cifras de hambre en la región.

El documento es una publicación conjunta con el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Según el informe, de los 768 millones de personas que padecen hambre en el mundo, el 7,4 están en América Latina y el Caribe.

El informe

El informe titulado: “El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2022”, señala que a pesar de los inconvenientes provocado por la pandemia de la covid-19, el país reportó un nivel de hambre de 6,7 % para el 2021, mientras que en 2020 esa cifra fue de 8, 3 por ciento.

Ese porcentaje equivale a una reducción de 1,6 % de prevalencia en la subalimentación, un logro significativo para República Dominicana.

https://hoy.com.do/fao-dice-rd-redujo-nivel-de-hambre-en-ultimos-dos-anos/



lunes, 20 de junio de 2022

Borrell teme que el bloqueo ruso pueda causar una "gran hambruna"

Borrell teme que el bloqueo ruso pueda causar una "gran hambruna"
https://youtu.be/dkwUYPTwlQU
El Alto representante de la UE acusa a Rusia de usar la escasez de alimentos como arma de guerra.
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martes, 30 de noviembre de 2021

El hambre, la otra pandemia de América Latina, se dispara un 30 % en 2020

El hambre, la otra pandemia de América Latina, se dispara un 30 % en 2020

El hambre, la otra pandemia de América Latina, se dispara un 30 % en 2020

Por: Patricia Nieto Mariño  

Santiago de Chile (EFE).- En América Latina, el hambre se ha convertido en una “pandemia” paralela a la de la covid-19, al alcanzar en 2020 a casi 60 millones de personas en la región, un 30 % más que el año anterior y la mayor cifra de los últimos 20 años, según alertó la FAO este martes. 

Más de 59,7 millones de personas padecieron hambre el año pasado, un 9,1 % de la población total de la región, según indicó el último informe anual de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), lo que se traduce en 13,8 millones más que en 2019.

Este panorama convierte a Latinoamérica en la región que más empeoró del mundo en términos de inseguridad alimentaria en 2020 e implica seis años consecutivos de incremento de hambre.   “Debemos decirlo fuerte y claro- América Latina y el Caribe enfrenta una situación crítica en términos de su seguridad alimentaria.

Ha habido un aumento de casi el 70 % en el hambre entre 2014 y 2020”, señaló Julio Berdegué, representante regional de la FAO.  

LA BATALLA DE LA MALNUTRICIÓN  

Haití, Venezuela y Nicaragua son los países con mayor prevalencia de hambre con un 46,8 %, 27,4 % y 19,3 % respectivamente, alertó la FAO, seguidos por Guatemala (16,8 %) y Honduras (13,5 %).  

El resto de países registraron una prevalencia inferior al 10 % y menor al 2,5 % en el caso de Brasil, Cuba y Uruguay, agregó la institución.  

Las cifras son del informe Panorama regional de seguridad alimentaria y nutricional 2021, una publicación conjunta de la FAO con otras entidades como la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) o el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA).   También participaron el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). 

LA PANDEMIA, LA GOTA QUE COLMÓ EL VASO  

Según apunta el reporte, este panorama “podría explicarse en parte por los efectos de la covid-19”, que deja 46,5 millones de contagios totales y 1,5 millones de fallecidos, además de una contracción del 6,8 % del PIB en 2020 -la mayor en 120 años-.  

Con récord de muertes, extensas cuarentenas o escasez de equipamiento y atención médica, América Latina, la región más desigual del mundo, fue una de las más afectadas en términos sanitarios y económicos por la crisis sanitaria, que elevó la pobreza al 33,7 %.  

También puedes leer: FAO dice hambre crece en el mundo

En 2020, 267 millones de personas padecieron inseguridad alimentaria, es decir, 60 millones de personas más que en 2019 “no tuvieron acceso físico o económico a comida en cantidad o calidad suficiente para su salud y desarrollo».  

“La pandemia ha agravado la situación”, reconoció Rossana Polastri, directora regional del FIDA, sin embargo el hambre “lleva en aumento desde 2014.»  

“Debemos corregir las vulnerabilidades profundas de nuestros sistemas alimentarios y hacerlos más inclusivos y sostenibles para que brinden bienestar a nuestras sociedades”, agregó.  

El reporte también señala que el fenómeno de la inseguridad alimentaria afectó más a mujeres (41,8 %) que a hombres (32,2 %) y que la región “está perdiendo la batalla contra la obesidad”, que ha experimentado aumentos “significativos” y afecta a uno de cada cuatro adultos (106 millones de personas en total).  

EL SOBREPESO, LA MAYOR PREOCUPACIÓN ENTRE LOS NIÑOS 

Entre los menores, el sobrepeso también ha ido en aumento desde hace 20 años, y en 2020, 3,9 millones de niños -el 7,5 % de los menores de cinco años- padecieron esta condición, casi 2 puntos porcentuales por encima del promedio mundial.  

“Con los servicios interrumpidos por la covid-19 y los medios de vida devastados, las familias tienen más dificultades para poner alimentos saludables en la mesa, lo que deja a muchos niños con hambre y a otros con sobrepeso”, dijo Jean Gough, director regional de Unicef.  

En tanto, el retraso del crecimiento en los niños mostró mejoría, con una caída de la prevalencia del 18 % al 11,3 % en 20 años y la desnutrición aguda en menores de edad fue del 1,3 %, significativamente más baja que el promedio mundial del 6,7 %.

https://elnacional.com.do/el-hambre-la-otra-pandemia-de-america-latina-se-dispara-un-30-en-2020/

martes, 20 de julio de 2021

ONU solicita cooperación al Gobierno dominicano para detener hambruna mundial

 RELACIONES EXTERIORES

ONU solicita cooperación al Gobierno dominicano para detener hambruna mundial

18 DE JULIO 2021 | 17:55
ONU

SANTO DOMINGO.- La Organización de las Naciones Unidas (ONU), a través de su secretario general AntónioGuterres, solicitó por medio de una carta al presidente Luis Abinader la cooperación de su Gobierno para detener la hambruna mundial.

Ante este pedimento del organismo internacional, la República Dominicana, que ha podido incrementar la producción de alimentos, lidiar exitosamente con la pandemia y mantener un envidiable clima de paz y estabilidad, se mostrará solidaria como siempre para evitar esta amenaza.

De acuerdo a Guterres, la acción urgente consiste en aportar “fondos sustanciales al sistema humanitario a través de los planes de respuesta humanitaria, el Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencias y los Fondos Mancomunados para Países Concretos”.

El secretario general de la ONU, informó en la misiva dirigida al jefe de Estado dominicano que “más de 41 millones de personas en todo el mundo corren actualmente el peligro de padecer una hambruna o vivir en condiciones prácticamente de hambruna”. 

Tiempo para evitar hambruna se agota

Enfatizó que “hay que actuar de inmediato. Debo advertir que el tiempo de que disponemos para evitar la hambruna se agota rápidamente”.

La necesidad específica de dinero para las organizaciones humanitarias mencionadas, de acuerdo a la carta del secretario general, es de “6,000 millones de dólares para proporcionar asistencia en los países afectados”.

António Guterres expresa que en los próximos meses la hambruna asolará a la población de más de 20 países si la comunidad internacional no toma medidas urgentes para evitarla.

Mayor parte de países afectados se encuentran en África

Precisaron que la mayor parte de los países afectados se encuentran en África y que el flagelo del hambre está en prácticamente todas las regiones del mundo, incluida América Latina, según el documento elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

Guterres agregó además que “en marzo de este año creé un equipo de tareas de alto nivel para la prevención de la hambruna que incluye al secretario general Adjunto de Asuntos Humanitarios y Coordinador del Socorro de Emergencia, el director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos”.

La FAO y el PMA incluyen a algunos países latinoamericanos

El secretario general de la ONU recuerda en su carta que “la última vez que el mundo se enfrentó al fantasma de la hambruna, en 2017, escribí a todos los estados miembros para dar la voz de alarma y solicitar su ayuda. Los estados miembros respondieron generosamente y pudimos evitar el peor de los casos posibles”.

En el escrito del secretario general de la ONU solo hace referencia a las personas que viven en Burkina Faso, Etiopía, el sur de Madagascar, el nordeste de Nigeria, Sudán del Sur y Yemen, pero en el informe preparado sobre el tema por la FAO y el PMA se incluye a algunos países latinoamericanos como El Salvador, Guatemala, Honduras, Venezuela y Haití, como países en riesgo como resultado de la pandemia, fenómenos climáticos o crisis políticas y sociales.

https://presidencia.gob.do/noticias/onu-solicita-cooperacion-al-gobierno-dominicano-para-detener-hambruna-mundial

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viernes, 16 de julio de 2021

Informe de las Naciones Unidas: El año de la pandemia, dominado por un repunte del hambre mundial | El mayor aumento se registra en África. El mundo, que se encuentra en una coyuntura crítica, debe actuar ahora para invertir la situación para 2030.

El mayor aumento se registra en África. El mundo, que se encuentra en una coyuntura crítica, debe actuar ahora para invertir la situación para 2030.

12 de julio de 2021 
Comunicado de prensa conjunto
Roma

El hambre mundial empeoró de forma espectacular en 2020, según informaron hoy las Naciones Unidas, y es probable que ello se deba en gran parte a la repercusión de la enfermedad por coronavirus (COVID-19). Aunque todavía no se ha cartografiado por completo el impacto de la pandemia*, en un informe preparado por varios organismos se estima que el año pasado estaba subalimentada cerca de la décima parte de la población mundial, lo cual puede suponer hasta 811 millones de personas. La cifra es indicio de que será preciso un esfuerzo tremendo para que el mundo cumpla su promesa de poner fin al hambre para 2030.

La edición del año en curso de El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo es la primera evaluación mundial en su género realizada en tiempos de pandemia. La publicación del informe es obra conjunta de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

En ediciones anteriores ya se había avisado al mundo de que estaba en juego la seguridad alimentaria de millones de personas, entre ellas muchos niños. "Lamentablemente, la pandemia sigue revelando deficiencias en nuestros sistemas alimentarios que amenazan la vida y los medios de subsistencia de personas de todo el mundo", afirman en el Prólogo de este año los jefes de los cinco organismos de las Naciones Unidas**.

A continuación, advierten de una "coyuntura crítica" al tiempo que depositan nuevas esperanzas en el incremento del impulso diplomático. "El año en curso ofrece una oportunidad singular de promover la seguridad alimentaria y la nutrición mediante la transformación de los sistemas alimentarios en el marco de la Cumbre de las Naciones Unidas sobre los Sistemas Alimentarios, la Cumbre sobre Nutrición para el Crecimiento y el 26.º período de sesiones de la Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que tendrán lugar próximamente". "Los resultados de estos acontecimientos", añaden los cinco jefes, "determinarán [...] la segunda mitad del Decenio de las Naciones Unidas de Acción sobre la Nutrición", compromiso mundial en materia de políticas todavía pendiente de cuajar.

Las cifras detalladas

Ya a mediados del decenio de 2010 el hambre había empezado a aumentar sigilosamente, frustrando las esperanzas de una disminución irreversible. Resulta perturbador que en 2020 el hambre se disparara en términos tanto absolutos como relativos superando al crecimiento demográfico: se estima que el año pasado padeció subalimentación cerca del 9,9 % de la población total, frente al 8,4 % registrado en 2019.

Más de la mitad de la población subalimentada (418 millones de personas) vive en Asia; más de un tercio (282 millones) vive en África, y una proporción inferior (60 millones) vive en América Latina y el Caribe. Sin embargo, el aumento más acusado del hambre se registró en África, donde la prevalencia estimada de la subalimentación (21 % de la población) supera en más del doble a la de cualquier otra región.

El año 2020 también fue sombrío en relación con otras mediciones. Globalmente, más de 2 300 millones de personas (el 30 % de la población mundial) carecieron de acceso a alimentos adecuados durante todo el año: este indicador, conocido como prevalencia de la inseguridad alimentaria moderada o grave, se disparó en un año tanto como en los cinco años anteriores combinados. La desigualdad de género se agudizó: en 2020, por cada 10 hombres que padecían inseguridad alimentaria, había 11 mujeres que la padecían (frente a 10,6 en 2019).

Persistió la malnutrición en todas sus formas, que se cobró un precio alto entre los niños: se estima que en 2020 más de 149 millones de menores de 5 años padecieron retraso del crecimiento (su estatura era demasiado baja para su edad); más de 45 millones padecieron emaciación (su delgadez era excesiva para su altura), y casi 39 millones sufrieron sobrepeso***. No menos de 3 000 millones de adultos y niños seguían sin poder acceder a dietas saludables, en gran parte a causa de los costos excesivos. Casi un tercio de las mujeres en edad reproductiva padece anemia. A escala mundial, pese a los avances en algunos aspectos (por ejemplo, se alimenta a más niños pequeños exclusivamente con leche materna), el mundo no va camino de cumplir para 2030 las metas correspondientes a ninguno de los indicadores en materia de nutrición.

Otros factores que determinan el hambre y la malnutrición

En muchas partes del mundo la pandemia ha desencadenado recesiones brutales y puesto en peligro el acceso a los alimentos. Sin embargo, incluso antes de la pandemia el hambre se propagaba, y se estancaban los progresos en materia de nutrición. Así ocurría especialmente en los países afectados por conflictos, condiciones climáticas extremas u otros debilitamientos de la economía o sometidos a un alto grado de desigualdad, todo lo cual se presenta en el informe como factores principales de la inseguridad alimentaria que, a su vez, interactúan unos con otros****.

A partir de las tendencias actuales, en El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo se estima que el Objetivo de Desarrollo Sostenible 2 (Hambre cero de aquí a 2030) quedará incumplido por un margen de casi 660 millones de personas. De esta cifra total, puede que unos 30 millones se deban a los efectos duraderos de la pandemia.

¿Qué se puede hacer (todavía)?

Como se indicaba en el informe del año pasado, la transformación de los sistemas alimentarios es esencial para lograr la seguridad alimentaria, mejorar la nutrición y poner las dietas saludables al alcance de todos. En la edición del año en curso se pasa a exponer seis "vías de transformación" que, según afirman los autores, se basan en "un conjunto coherente de carteras de políticas e inversiones" dirigidas a contrarrestar los factores que determinan el hambre y la malnutrición.

En función del factor (o combinación de factores) que afecte a cada país, en el informe se insta a los responsables de formular políticas a que:

  • Integren las políticas humanitarias, de desarrollo y de consolidación de la paz en las zonas de conflicto, por ejemplo mediante medidas de protección social que eviten que las familias vendan sus exiguos bienes a cambio de alimentos.
  • Amplíen la resiliencia frente al cambio climático en los distintos sistemas alimentarios, por ejemplo ofreciendo a los pequeños agricultores un amplio acceso a seguros contra riesgos climáticos y financiación basada en previsiones.
  • Fortalezcan la resiliencia de la población más vulnerable ante las adversidades económicas, por ejemplo mediante programas de apoyo en especie o en efectivo para reducir los efectos de las perturbaciones derivadas de la pandemia o la volatilidad de los precios de los alimentos.
  • Intervengan a lo largo de las cadenas de suministro para reducir el costo de los alimentos nutritivos, por ejemplo fomentando la plantación de cultivos bioenriquecidos o facilitando el acceso de los productores de frutas y hortalizas a los mercados.
  • Luchen contra la pobreza y las desigualdades estructurales, por ejemplo impulsando las cadenas de valor alimentarias en las comunidades pobres mediante transferencias de tecnología y programas de certificación.
  • Fortalezcan los entornos alimentarios y la introducción de cambios en el comportamiento de los consumidores, por ejemplo eliminando las grasas trans industriales y reduciendo el contenido de sal y azúcar en el suministro de alimentos o protegiendo a los niños frente a los efectos negativos de la comercialización de alimentos.

En el informe se propugna también un "entorno favorable de mecanismos de gobernanza e instituciones" que haga posible la transformación. Se exhorta a los responsables de formular políticas a que mantengan amplias consultas, empoderen a las mujeres y los jóvenes y amplíen la disponibilidad de datos y nuevas tecnologías. Sobre todo, los autores instan al mundo a que actúe ahora si no quiere que los factores determinantes del hambre y la malnutrición reaparezcan cada vez con más intensidad los próximos años, cuando ya se haya desvanecido la conmoción derivada de la pandemia.

Notas

* En atención al mayor nivel de incertidumbre derivado de la pandemia, en la edición de este año se presenta por primera vez un rango (720 millones a 811 millones de personas) en lugar de una sola cifra destacada. Para los desgloses regionales se utiliza la cifra de 768 millones, estimación media del rango. Con independencia de si se toma el valor más bajo, el medio o el más alto del rango, es considerable el aumento anual con respecto a la cifra media del rango en 2019, que ascendía a 650 millones. Si se toma el nivel más alto, este aumento se eleva a una cifra enorme, de 161 millones de personas. (La serie histórica completa se revisa anualmente en función de los datos nuevos).

** Por la FAO: Qu Dongyu, Director General; por el FIDA: Gilbert F. Houngbo, Presidente; por la OMS: Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General; por el PMA: David Beasley, Director Ejecutivo; por el UNICEF: Henrietta H. Fore, Directora Ejecutiva.

*** Las normas en materia de distanciamiento social dificultaron en sumo grado la recopilación de datos sobre nutrición en 2020. Puede que algunas cifras, en particular las correspondientes a emaciación en menores de 5 años, superen las estimaciones.

****Cuantos más factores afectan a un país, peor será el grado de subalimentación y malnutrición, mayor la inseguridad alimentaria y más prohibitivo el costo de las dietas saludables para sus ciudadanos.

GLOSARIO

Hambre: sensación incómoda o de dolor causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria. Privación de alimentos; no se ingieren suficientes calorías. Se utiliza aquí como sinónimo de subalimentación (crónica). Se mide por la prevalencia de la subalimentación.

Inseguridad alimentaria grave: quedarse sin alimentos; sentir hambre; en el caso más extremo, tener que pasar un día o más tiempo sin comer.

Inseguridad alimentaria moderada: estado de incertidumbre con respecto a la capacidad de obtener alimentos; riesgo de saltarse comidas o de quedarse sin alimentos; verse en la obligación de poner en peligro la calidad nutricional o la cantidad de los alimentos consumidos.

Malnutrición: trastorno vinculado con deficiencias, excesos o desequilibrios en el consumo de macronutrientes o micronutrientes. Por ejemplo, la subalimentación y la obesidad son formas de malnutrición. El retraso del crecimiento o la emaciación infantiles son indicadores de la subalimentación.

Contactos para los medios

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UNICEF  / Móvil: +1 917 244 2215 / Email: hwylie@unicef.org

Isheeta Sumra

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Destacado

Informe de las Naciones Unidas: El año de la pandemia, dominado por un repunte del hambre mundial

El mayor aumento se registra en África. El mundo, que se encuentra en una coyuntura crítica, debe actuar ahora para invertir la situación para 2030. https://www.who.int/es/news/item/12-07-2021-un-report-pandemic-year-marked-by-spike-in-world-hunger