miércoles, 1 de julio de 2026

2026: el año en que el desorden mundial comenzará a mostrar su verdadero rostro

2026: cuando el desorden mundial muestre su verdadero rostro

Por Luis Orlando Díaz Vólquez 

El mundo no cambia de una vez. Primero se agrietan sus instituciones, luego se debilitan sus consensos y, finalmente, las naciones descubren que el orden que creían permanente era apenas una arquitectura sostenida por intereses, equilibrios y voluntades políticas. Así llega 2026: no como un año más en el calendario internacional, sino como una frontera histórica en la que los contornos de la geopolítica del siglo XXI comienzan a hacerse más visibles, más duros y menos complacientes. El fin de las certezas heredadas, la crisis del multilateralismo, el regreso de la fuerza como lenguaje dominante y la transformación de las alianzas internacionales anuncian una etapa decisiva en la que cada nación deberá redefinir su lugar entre soberanía, comercio, seguridad y poder tecnológico.

Durante décadas, el sistema internacional descansó sobre una promesa central: que la globalización, el comercio abierto, las alianzas de seguridad, las instituciones multilaterales y la diplomacia cooperativa serían suficientes para administrar los conflictos entre potencias. Esa convicción permitió expandir mercados, levantar cadenas globales de suministro, integrar economías y construir normas comunes para la convivencia internacional. Pero hoy esa promesa se encuentra bajo presión. El mundo que emerge ya no cree plenamente en la neutralidad de las reglas ni en la estabilidad automática de los acuerdos. La cooperación sigue siendo necesaria, pero ha dejado de ser ingenua. Las grandes potencias negocian, comercian y dialogan, pero también compiten, presionan, sancionan, protegen industrias, controlan tecnologías y redibujan sus zonas de influencia.

La nueva geopolítica nace de una desconfianza acumulada. El comercio se mira cada vez más como campo de batalla industrial; la tecnología, como instrumento de supremacía; la energía, como palanca estratégica; las rutas marítimas, como corredores de poder; y las alianzas militares, como contratos sometidos a cálculo, costo y conveniencia. En ese escenario, el lenguaje diplomático no desaparece, pero convive con la lógica del músculo económico, la presión arancelaria, el control de datos, la militarización de regiones sensibles y la competencia por minerales críticos, semiconductores, inteligencia artificial y capacidad energética. Ya no se trata únicamente de quién posee más territorio o más tropas, sino de quién controla los nodos invisibles de la economía mundial: datos, chips, cables submarinos, plataformas digitales, sistemas de pago, estándares tecnológicos y capacidades científicas.

El viejo orden multilateral se encuentra en una fase de desgaste profundo. No ha muerto, pero ha perdido autoridad. Naciones Unidas enfrenta límites evidentes para contener guerras, crisis humanitarias y violaciones al derecho internacional. La Organización Mundial del Comercio ya no representa el árbitro indiscutible de la economía global. Los organismos financieros internacionales deben operar en un mundo fragmentado por deudas crecientes, tensiones fiscales y nuevas exigencias de financiamiento climático. El derecho internacional continúa existiendo, pero su cumplimiento se vuelve desigual cuando choca con los intereses de actores con suficiente poder para imponer excepciones. Esa es una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: las reglas siguen siendo proclamadas, pero no siempre respetadas por quienes más capacidad tienen para defenderlas.

El problema de fondo no es solo institucional. Es civilizatorio. El siglo XXI está redefiniendo la relación entre democracia, soberanía, mercado y seguridad. Lo que antes se presentaba como apertura irreversible ahora se somete al filtro de la protección nacional. Lo que antes se denominaba interdependencia económica ahora se percibe, muchas veces, como vulnerabilidad estratégica. Las cadenas globales de suministro, símbolo de eficiencia durante la globalización triunfante, se han convertido en objeto de revisión porque ningún país quiere depender por completo de puertos, fábricas, chips, medicamentos, combustibles, alimentos o tecnologías controladas por otros. La economía mundial deja de organizarse únicamente alrededor de la eficiencia para empezar a ordenarse alrededor de la resiliencia.

Para América Latina y el Caribe, esta nueva etapa plantea una pregunta urgente: ¿seremos espectadores periféricos de la reorganización global o actores capaces de defender intereses propios con inteligencia estratégica? La región posee recursos naturales, ubicación geográfica, biodiversidad, potencial energético, talento humano y un mercado relevante. Pero sigue atrapada con demasiada frecuencia en ciclos de improvisación, polarización, baja productividad y dependencia externa. En un mundo más competitivo, la neutralidad pasiva puede convertirse en irrelevancia. América Latina tendrá valor no solo por lo que posee, sino por cómo negocie. Si actúa dividida, será tratada como zona de influencia. Si actúa con visión productiva, puede convertirse en plataforma de transición energética, seguridad alimentaria, nearshoring, servicios digitales, manufactura avanzada y diplomacia climática.

La República Dominicana debe leer este momento con especial lucidez. Como economía abierta, turística, logística, comercial y altamente vinculada a los movimientos internacionales de capital, energía, transporte y seguridad, el país no puede mirar la geopolítica como un asunto lejano. Cada reconfiguración del comercio mundial impacta nuestros puertos, aduanas, zonas francas, exportaciones e importaciones. Cada tensión energética incide sobre costos internos. Cada transformación tecnológica redefine empleos, educación, competitividad y seguridad digital. Cada crisis regional afecta migración, cooperación, defensa y estabilidad social. En este nuevo tablero, la política exterior dominicana debe dejar de ser protocolo y convertirse en herramienta de desarrollo, seguridad y posicionamiento estratégico.

Meta RD 2036 representa una apuesta valiosa porque introduce ambición, planificación y sentido de dirección. Pero si se limita a duplicar el PIB sin transformar la matriz productiva, educativa, tecnológica, energética, logística y diplomática del país, corre el riesgo de quedar corta frente al siglo XXI. Duplicar el PIB es importante; duplicar capacidades nacionales es imprescindible. La República Dominicana necesita productividad, educación superior conectada con la industria, zonas francas de mayor valor agregado, diplomacia económica en Asia, incentivos fiscales inteligentes, seguridad energética, infraestructura crítica protegida, agroindustria avanzada, inteligencia artificial aplicada y presencia estratégica en el Caribe ampliado.

El país no debe abandonar sus fortalezas actuales, sino elevarlas de nivel: turismo más sofisticado, logística más digital, manufactura más tecnológica, agricultura más exportadora, energía más limpia y diplomacia más económica. Los incentivos fiscales deben atraer inversión, pero condicionada a transferencia tecnológica, empleo calificado, encadenamientos locales, innovación y exportaciones. Las universidades deben dejar de ser simples proveedoras de títulos para convertirse en centros de productividad, investigación aplicada y formación de talento global. Cada embajada debe operar como una antena de inteligencia económica. Cada puerto, aeropuerto, centro de datos, cable submarino y zona franca debe entenderse como infraestructura estratégica.

El año 2026 puede marcar el momento en que muchas ilusiones terminen de caer: la ilusión de que el comercio siempre une, de que las instituciones se sostienen por sí solas, de que la globalización garantiza prosperidad automática y de que los países pequeños pueden prosperar sin planificación estratégica en medio de una pugna global entre gigantes. Pero también puede ser el año de una nueva conciencia: la conciencia de que el desarrollo nacional ya no puede separarse de la política internacional; de que invertir en educación, tecnología, energía, logística y diplomacia es una forma de seguridad; y de que la soberanía moderna no se mide solo por símbolos patrios, sino por capacidad productiva, resiliencia institucional y autonomía inteligente para decidir.

La geopolítica del siglo XXI no preguntará a los países si están preparados. Simplemente avanzará. Y en esa marcha, cada nación deberá decidir si se limita a reaccionar ante los acontecimientos o si construye, con visión de Estado, el lugar que quiere ocupar en la historia que ya empezó.

Luis Orlando Díaz Vólquez,
Ing. de sistemas de computadoras,
editor bibliográfico y
productor de medios de comunicación

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Versión paper de opinión |

2026: el año en que el desorden mundial comenzará a mostrar su verdadero rostro

Meta RD 2036 ante la nueva geopolítica: de duplicar el PIB a construir poder nacional productivo, tecnológico y diplomático

Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor | guecin.com

Resumen | El año 2026 marca una frontera estratégica para la República Dominicana y para América Latina. La crisis del multilateralismo, la fragmentación del comercio mundial, la competencia tecnológica, la disputa por minerales críticos, la presión energética y el regreso de la geoeconomía como instrumento de poder obligan a repensar las estrategias nacionales de desarrollo. En ese contexto, Meta RD 2036 constituye una iniciativa valiosa porque introduce sentido de urgencia, metas cuantificables y articulación público-privada. Sin embargo, si se limita a duplicar el PIB, crear empleos y elevar ingresos sin transformar la matriz productiva, tecnológica, educativa, logística, energética y diplomática del país, corre el riesgo de ser insuficiente frente al siglo XXI. Este paper propone recalibrar Meta RD 2036 hacia una estrategia más contundente: RD 2036/2044: Estado competitivo, economía inteligente y soberanía estratégica, basada en productividad, innovación, educación superior, industrialización selectiva, seguridad económica, diplomacia asiática, logística regional y resiliencia institucional.

Palabras clave: Meta RD 2036, República Dominicana, geopolítica, desarrollo, diplomacia económica, productividad, Asia, inteligencia artificial, zonas francas, multilateralismo.


Introducción

El mundo no cambia de una vez. Primero se agrietan sus instituciones, luego se debilitan sus consensos y, finalmente, las naciones descubren que el orden que creían permanente era apenas una arquitectura sostenida por intereses, equilibrios y voluntades políticas. Así llega 2026: no como un año más en el calendario internacional, sino como una frontera histórica en la que los contornos de la geopolítica del siglo XXI comienzan a hacerse más visibles, más duros y menos complacientes.

La incertidumbre ya no es una anomalía del sistema: se ha convertido en su condición dominante. El Global Risks Report 2026 del Foro Económico Mundial identifica la confrontación geoeconómica como el principal riesgo inmediato del año y advierte que el mundo entra en una “edad de competencia”, marcada por el deterioro de los mecanismos cooperativos, el debilitamiento del multilateralismo y la pérdida de confianza internacional (World Economic Forum, 2026a, 2026b). [news.un.org], [lens.civicus.org]

Durante décadas, el sistema internacional descansó sobre una promesa central: que la globalización, el comercio abierto, las alianzas de seguridad, las instituciones multilaterales y la diplomacia cooperativa serían suficientes para administrar los conflictos entre potencias. Pero esa promesa se encuentra bajo presión. UNCTAD advierte que el comercio global entra en 2026 presionado por crecimiento lento, fragmentación geopolítica, transiciones digital y verde, y regulaciones nacionales más estrictas que están redibujando flujos comerciales, inversiones y cadenas globales de valor (UN Trade and Development, 2026). [linkedin.com]

La nueva geopolítica nace de una desconfianza acumulada. Las grandes potencias miran el comercio como campo de batalla industrial; la tecnología como instrumento de supremacía; la energía como palanca estratégica; las rutas marítimas como corredores de poder; y las alianzas militares como contratos sometidos a cálculo, costo y conveniencia. Ya no se trata únicamente de quién posee más territorio o más tropas, sino de quién controla los nodos invisibles de la economía mundial: datos, chips, cables submarinos, plataformas digitales, sistemas de pago, minerales estratégicos, estándares tecnológicos y capacidades científicas.

En ese mundo, República Dominicana no puede pensar su desarrollo como si todavía viviera en la globalización optimista de los años noventa. El país entra en esta etapa con fortalezas reales: estabilidad relativa, posición geográfica privilegiada, turismo consolidado, zonas francas dinámicas, conectividad portuaria, relación estrecha con Estados Unidos, creciente inversión extranjera y capacidad logística en expansión. ProDominicana reporta para 2025 un récord de US$5,032.3 millones en inversión extranjera directa, exportaciones de mercancías por US$15,930.6 millones, más de 700 empresas de IED instaladas y más de 160 destinos de exportación (ProDominicana, 2026). [it-online.co.za]

Pero también existen debilidades: baja productividad estructural, dependencia de pocos motores económicos, insuficiente inversión en ciencia y tecnología, déficit de formación técnica avanzada, informalidad, presión fiscal, vulnerabilidad energética, exposición climática, desigualdad territorial y limitada presencia en Asia. El Banco Mundial señala que el país sigue siendo una de las economías más dinámicas de América Latina, pero advierte que las ganancias de productividad de mediano plazo dependerán de atraer inversión extranjera directa hacia actividades de mayor valor y mejorar la eficiencia fiscal (World Bank, 2026a). [link.springer.com]


Meta RD 2036: virtud estratégica y riesgo de insuficiencia

Meta RD 2036 representa una apuesta ambiciosa. Según el Consejo Nacional de Competitividad, el plan busca duplicar el PIB real hacia 2036, eliminar la pobreza extrema, crear 1.7 millones de empleos, triplicar el salario medio y alcanzar grado de inversión para posicionar a República Dominicana entre las economías más prósperas de América Latina (Consejo Nacional de Competitividad, 2025). [cnc.gob.do], [cnc.gob.do]

Esa ambición es positiva. Un país necesita metas. Sin metas, la política pública se vuelve administración rutinaria del presente. Meta RD 2036 tiene el mérito de introducir planificación, gestión por resultados, articulación público-privada y comités sectoriales. Además, incorpora la necesidad de modernización institucional, infraestructura, innovación tecnológica, sostenibilidad ambiental y coordinación multisectorial (Consejo Nacional de Competitividad, 2025). [cnc.gob.do], [undp.org]

Sin embargo, una meta de desarrollo no puede reducirse a duplicar el PIB. El PIB puede crecer sin transformar suficientemente la estructura productiva. Puede crecer con baja productividad. Puede crecer concentrado territorialmente. Puede crecer sin innovación. Puede crecer con empleos de baja complejidad. Puede crecer con vulnerabilidad energética. Puede crecer sin soberanía tecnológica. Puede crecer, incluso, sin ampliar la capacidad estratégica del Estado.

Por eso, la pregunta de fondo no es si Meta RD 2036 es necesaria. Lo es. La pregunta es si está suficientemente enfocada para el contexto global de 2026. La respuesta es matizada: Meta RD 2036 no está desenfocada en su intención, pero sí puede quedar corta en su arquitectura estratégica si no incorpora explícitamente la nueva geopolítica del desarrollo.

Duplicar el PIB es una aspiración relevante, pero el siglo XXI exige algo más: duplicar capacidades. Capacidades productivas, institucionales, científicas, tecnológicas, educativas, logísticas, energéticas, diplomáticas y defensivas. En un mundo fragmentado, los países no prosperarán solo porque produzcan más, sino porque sepan proteger, sofisticar y proyectar mejor lo que producen.

La propia UNCTAD ha trabajado con República Dominicana en capacidades productivas para diversificación económica, resiliencia y crecimiento inclusivo, vinculando ese esfuerzo con la Estrategia Nacional de Desarrollo y con herramientas de medición como el Índice de Capacidades Productivas (UNCTAD, 2026b). Esa orientación es clave: el desarrollo dominicano no debe medirse solo por cuánto crece, sino por qué tan capaz se vuelve el país de sostener, diversificar y defender su crecimiento. [karenaudit.com]


Tres think tanks globales y las lecciones útiles para República Dominicana

En materia de desarrollo, tres centros de pensamiento globales ofrecen orientaciones particularmente útiles para República Dominicana en el contexto actual: Brookings Institution, Center for Global Development (CGD) y ODI Global. No son los únicos relevantes, pero sí figuran entre los espacios de pensamiento más influyentes en economía internacional, desarrollo, gobernanza global, pobreza, financiamiento, evidencia pública y transformación productiva.

Brookings, desde su programa de Economía Global y Desarrollo, ha insistido en que el mundo enfrenta transformaciones simultáneas en geopolítica, tecnología, trabajo, educación, comercio y gobernanza económica. Sus expertos plantean que la coyuntura actual requiere repensar el multilateralismo para que sea compatible con las nuevas realidades económicas y geopolíticas, incluyendo comercio, estabilidad financiera, inteligencia artificial, tecnologías emergentes y cambio climático (Brookings Institution, 2025). [brookings.edu], [brookings.edu]

La lección para República Dominicana es directa: el país no puede formular Meta RD 2036 como un plan económico doméstico aislado. Debe convertirlo en una estrategia de inserción internacional inteligente. Esto implica diplomacia económica, inteligencia comercial, presencia asiática, defensa de intereses en organismos multilaterales, alianzas tecnológicas, formación de talento y capacidad de negociación en un mundo menos cooperativo.

El Center for Global Development trabaja sobre pobreza, educación, salud, migración, clima, energía, financiamiento sostenible, inteligencia artificial para el desarrollo y efectividad de políticas públicas. Su enfoque central es convertir investigación económica independiente en mejores decisiones de política pública para reducir pobreza y mejorar vidas (Center for Global Development, 2026). [cgdev.org]

La lección para República Dominicana es que Meta RD 2036 debe estar obsesionada con la efectividad. No basta anunciar políticas. Hay que medir resultados. No basta crear incentivos. Hay que evaluar adicionalidad, costo fiscal, impacto distributivo, empleo generado, productividad, innovación, exportaciones y encadenamientos. La OCDE advierte que los incentivos tributarios pueden atraer inversión, pero no siempre logran sus objetivos y pueden generar costos fiscales, distorsiones y pérdidas de ingresos si no se diseñan, monitorean y evalúan adecuadamente (OECD, 2026). [unsplash.com], [pexels.com]

ODI Global, por su parte, advierte en su estrategia 2026-2031 que el mundo atraviesa un momento decisivo para la cooperación global, con multilateralismo amenazado, normas basadas en derechos bajo presión, recursos reorientados hacia intereses estratégicos estrechos y una cooperación internacional cada vez más condicionada por competencia geopolítica, tecnología, clima y seguridad (ODI Global, 2026a, 2026b). [odi.org], [odi.org]

La lección para República Dominicana es que el desarrollo ya no puede entenderse como una agenda técnica despolitizada. Todo desarrollo es hoy geopolítico. La educación, la energía, los puertos, los datos, las zonas francas, el turismo, la industria, los alimentos y la diplomacia forman parte de una misma arquitectura de soberanía práctica. ODI recuerda que la evidencia sigue siendo esencial, pero también que la evidencia debe convertirse en narrativas de cambio capaces de movilizar instituciones, coaliciones y decisiones (ODI Global, 2026a). [odi.org]


El nuevo diagnóstico: República Dominicana ante la trampa del ingreso medio y la trampa de la baja complejidad

República Dominicana ha crecido con fuerza durante décadas, pero enfrenta el peligro de quedar atrapada entre un modelo que ya mostró sus fortalezas y un nuevo modelo que todavía no termina de nacer. El modelo dominicano ha descansado en turismo, construcción, remesas, consumo, zonas francas, servicios, comercio y estabilidad macroeconómica. Ese conjunto produjo avances importantes, pero no garantiza por sí solo el salto hacia una economía de alto ingreso, alta productividad, alta innovación y mayor resiliencia.

El Banco Mundial advierte que muchas economías emergentes enfrentan un entorno global difícil, con crecimiento mundial proyectado en 2.5 % en 2026, riesgos derivados de conflictos, presiones energéticas, inflación, deuda y necesidad de fortalecer capital físico, humano y digital (World Bank, 2026b). Naciones Unidas también señala que la economía global permanece frágil por incertidumbre macroeconómica, cambios en políticas comerciales, tensiones geopolíticas, riesgos financieros y avances tecnológicos concentrados en pocos países con mayor capacidad financiera y tecnológica (United Nations, 2026). [globaloutl...ldbank.org] [desapublic...ons.un.org], [policy.desa.un.org]

Ese contexto obliga a que Meta RD 2036 no sea un programa de continuidad acelerada, sino una ruptura estratégica. No basta con más turismo: se necesita turismo más sofisticado, sostenible, diversificado y vinculado a cultura, salud, deporte, tecnología y territorio. No basta con más zonas francas: se necesitan zonas francas de mayor valor agregado, con ingeniería, automatización, dispositivos médicos, farmacéutica, electrónica ligera, servicios digitales, investigación aplicada y proveedores locales. No basta con más inversión extranjera: se necesita inversión que transfiera conocimiento, eleve salarios, cree capacidades dominicanas y amplíe el tejido empresarial nacional.

El Consejo Nacional de Zonas Francas reporta para 2025 unos 200,231 empleos, US$8,604.6 millones en exportaciones y 858 empresas operando, lo que muestra el peso real del régimen como plataforma de empleo y exportación (CNZFE, 2026). Pero el desafío no es defender las zonas francas como están, sino convertirlas en un sistema de aprendizaje productivo. Cada empresa instalada debe ser evaluada no solo por cuánto exporta, sino por cuánto conocimiento deja. [pixabay.com]


Meta RD 2036 debe convertirse en Meta RD 2036 Plus

Si Meta RD 2036 quiere ser una estrategia verdaderamente del siglo XXI, debe evolucionar hacia una versión ampliada: Meta RD 2036 Plus: Productividad, Tecnología y Soberanía Estratégica. Esta no sustituye la meta original; la eleva. El objetivo no sería simplemente duplicar el PIB, sino construir una economía dominicana capaz de competir en el nuevo orden mundial.

La estrategia debería organizarse en diez misiones nacionales.

La primera misión debe ser productividad total de factores. El crecimiento dominicano no puede depender indefinidamente de más construcción, más consumo, más visitantes y más endeudamiento. Debe depender de mejor educación, mejores instituciones, tecnología, infraestructura, competencia, innovación y capital humano. Brookings advierte que la intersección entre tecnología, trabajo y gobernanza económica será central para el desarrollo en 2026 y más allá (Brookings Institution, 2025). [brookings.edu], [brookings.edu]

La segunda misión debe ser industrialización selectiva 4.0. República Dominicana no debe intentar producirlo todo. Debe escoger sectores donde pueda construir ventajas: dispositivos médicos, farmacéutica, agroindustria avanzada, logística, servicios digitales, energías renovables, centros de datos, economía azul, manufactura ligera avanzada, turismo médico, semiconductores de ensamblaje, ciberseguridad y economía creativa.

La tercera misión debe ser educación superior como motor productivo. El MESCyT anunció en 2026 una convocatoria de cerca de 1,800 becas internacionales, con prioridad en áreas STEM, 73 universidades, más de 700 programas y 19 países de destino; además, 25.9 % de las becas se concentró en áreas STEM y más del 70 % de ese grupo correspondió a TIC, incluyendo ciberseguridad, inteligencia artificial, ciencia de datos y transformación digital (MESCyT, 2026). Ese esfuerzo debe alinearse directamente con Meta RD 2036 Plus. No se trata de becar por becar, sino de formar el talento exacto que la nueva economía dominicana necesita. [brookings.edu], [unsplash.com]

La cuarta misión debe ser diplomacia económica asiática. Asia no puede seguir siendo un espacio marginal. China, Japón, Corea del Sur, India, Singapur, Vietnam, Indonesia y Malasia deben formar parte de una estrategia diferenciada. CSIS ha señalado que la relación dominicana con China ha avanzado con cautela desde 2018 y que muchas expectativas iniciales de grandes proyectos no se han materializado plenamente, lo cual obliga a una diplomacia realista, selectiva y orientada al interés nacional (Ellis, 2023). ProDominicana y MIREX ya han dado pasos con Shanghái, incluyendo un memorando de entendimiento con el CCPIT para promover comercio, inversión, cooperación económica y tecnológica, seminarios, misiones de negocios y capacitación empresarial (ProDominicana, 2024). [news.un.org] [lens.civicus.org]

La quinta misión debe ser seguridad económica e infraestructura crítica. Puertos, aeropuertos, aduanas, cables submarinos, centros de datos, redes eléctricas, sistemas de pago, plataformas digitales y parques logísticos son activos estratégicos. En un mundo de fragmentación, no son simples infraestructuras: son soberanía material.

La sexta misión debe ser energía competitiva y resiliente. La transición energética global se está fragmentando por tensiones geopolíticas, interrupciones de suministro, demanda creciente e insuficiencias de infraestructura, incluso con inversión récord en energías limpias (World Economic Forum, 2026c). Para República Dominicana, país importador neto de combustibles, la diversificación energética no es solo ambiental: es macroeconómica, industrial y geopolítica. [diariolibre.com], [dialogopolitico.org]

La séptima misión debe ser agroindustria de seguridad nacional. Alimentos, agua, logística fría, biotecnología agrícola, exportaciones premium, cacao, café, frutas, banano orgánico, aguacate, tabaco, ron, acuicultura y agricultura de precisión deben formar parte de una política de seguridad alimentaria y exportadora.

La octava misión debe ser Estado digital e inteligencia pública. El Estado dominicano debe usar datos para anticipar riesgos, evaluar incentivos, medir productividad, focalizar inversión y monitorear políticas públicas. CGD insiste en la importancia de mejores políticas basadas en investigación económica, medición de resultados y aprendizaje institucional (Center for Global Development, 2026). [cgdev.org]

La novena misión debe ser territorialización del desarrollo. Meta RD 2036 no puede concentrarse solo en Santo Domingo, Punta Cana y Santiago. Manzanillo, Pedernales, Barahona, Haina, Caucedo, Puerto Plata, San Pedro, La Romana y la frontera deben convertirse en nodos especializados de logística, industria, turismo sostenible, agroexportación, energía, cultura y economía azul. El FIDA reconoce en su programa 2026-2031 la importancia del sector rural, sistemas agroalimentarios, innovación, cooperación Sur-Sur e inclusión productiva para República Dominicana (IFAD, 2025). [fpc.org.uk]

La décima misión debe ser gobernanza de largo plazo. Meta RD 2036 no puede depender del entusiasmo de un gobierno. Debe institucionalizarse como pacto de Estado, con metas públicas, auditoría ciudadana, tablero de indicadores, evaluación independiente, presupuesto plurianual y continuidad legal.


¿Qué pasaría si Meta RD 2036 mantiene su enfoque actual sin recalibración?

Si Meta RD 2036 mantiene una visión demasiado centrada en duplicar el PIB, podría enfrentar cinco riesgos.

El primero es el riesgo de crecimiento sin sofisticación. El país podría crecer más, pero sin elevar suficientemente el contenido tecnológico de sus exportaciones ni la productividad de sus trabajadores.

El segundo es el riesgo de empleo sin movilidad social real. Crear 1.7 millones de empleos sería importante, pero si una parte significativa corresponde a ocupaciones de baja productividad, el salario medio podría mejorar menos de lo esperado.

El tercero es el riesgo de inversión sin transferencia tecnológica. La atracción de capital extranjero puede aumentar, pero si opera como enclave, no transforma la economía nacional. La OCDE recomienda diseñar incentivos con objetivos medibles, evaluación ex ante y ex post, gobernanza interinstitucional y mecanismos para limitar costos y distorsiones (OECD, 2026). [unsplash.com], [pexels.com]

El cuarto es el riesgo de apertura sin seguridad económica. En un mundo fragmentado, una economía abierta necesita protocolos de protección de infraestructura crítica, ciberseguridad, seguridad portuaria, resiliencia energética y análisis de riesgos geopolíticos.

El quinto es el riesgo de planificación sin narrativa nacional. ODI Global advierte que la evidencia es necesaria, pero no suficiente; las narrativas ayudan a convertir ideas en decisiones y coaliciones de cambio (ODI Global, 2026a). Meta RD 2036 necesita convertirse en una narrativa colectiva de transformación nacional, no solo en un documento técnico. [odi.org]


La estrategia alternativa: RD 2044, República Dominicana potencia media del Caribe ampliado

Si se concluye que Meta RD 2036 es necesaria pero insuficiente, la estrategia más contundente sería construir una visión de más largo alcance: RD 2044: potencia media del Caribe ampliado. El año 2044 tendría valor simbólico y estratégico: bicentenario de la independencia nacional. Esa visión permitiría conectar desarrollo económico, soberanía, identidad, tecnología, diplomacia y seguridad nacional en una sola arquitectura.

RD 2044 debería tener una ambición clara: convertir a República Dominicana en la economía más productiva, innovadora, segura, logística, digital, sostenible e influyente del Caribe ampliado. No se trataría de competir por tamaño territorial, sino por capacidades estratégicas.

Esa estrategia debería establecer metas superiores: duplicar el PIB antes de 2036, alcanzar grado de inversión, elevar sustancialmente productividad laboral, reducir pobreza extrema a niveles residuales, convertir al país en hub logístico del Caribe, multiplicar exportaciones tecnológicas y agroindustriales, lograr una matriz energética más limpia y resiliente, aumentar inversión en I+D, formar una masa crítica de talento STEM, consolidar presencia diplomática en Asia, África y Medio Oriente, y convertir las universidades en plataformas de innovación.

RD 2044 también debe asumir que la educación superior es infraestructura de poder. El mundo de 2026 ya está entrando en la era de la inteligencia artificial. El Banco Mundial advierte que la IA puede ayudar a países en desarrollo a superar fallas de mercado, mejorar educación y salud, aumentar productividad de pequeñas empresas y optimizar procesos, pero también puede ampliar brechas por la concentración de cómputo, datos y habilidades en países de altos ingresos (World Bank, 2026c). Para República Dominicana, la IA no debe ser moda discursiva; debe ser política industrial, educativa y estatal. [worldbank.org]


Conclusión

2026 es el año en que el desorden mundial comienza a mostrar su verdadero rostro. La globalización ya no funciona como promesa automática de prosperidad. El multilateralismo ya no garantiza por sí solo reglas equitativas. El comercio ya no es solo comercio: es seguridad, tecnología, energía, logística y poder. La diplomacia ya no puede limitarse a ceremonias: debe abrir mercados, atraer inversión inteligente, proteger exportadores, anticipar riesgos y formar coaliciones.

Meta RD 2036 es una señal positiva porque introduce ambición y planificación. Pero debe ser recalibrada. Su objetivo no puede ser únicamente duplicar el PIB. Debe duplicar capacidades nacionales. Debe colocar en el centro la productividad, la educación superior, la innovación, la diplomacia económica, la seguridad energética, la infraestructura crítica, la presencia en Asia, la industrialización selectiva, la inteligencia artificial y la cohesión territorial.

La República Dominicana no está condenada a la irrelevancia. Al contrario, tiene ubicación, estabilidad, talento, diáspora, marca turística, puertos, zonas francas, conectividad y vocación comercial. Pero esos activos deben convertirse en estrategia. En el siglo XXI, los países pequeños no desaparecen por falta de tamaño; desaparecen por falta de visión.

Si Meta RD 2036 se queda en crecimiento, será buena pero incompleta. Si se convierte en Meta RD 2036 Plus y se proyecta hacia RD 2044, puede ser la base de una transformación histórica: una República Dominicana de alta productividad, soberanía inteligente, economía diversificada, diplomacia activa y presencia estratégica en el Caribe ampliado.

La geopolítica del siglo XXI no preguntará si el país está preparado. Simplemente avanzará. Y en esa marcha, República Dominicana deberá decidir si quiere ser una economía que reacciona ante el mundo o una nación que construye, con visión de Estado, el lugar que merece ocupar en la historia que ya empezó.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor guecin.com


Referencias

Ayres, J., & Juvenal, L. (2026). 2026 Latin American and Caribbean Macroeconomic Report: Resilience and Growth Prospects in a Shifting Global Economy. Banco Interamericano de Desarrollo. https://doi.org/10.18235/0013959

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World Bank. (2026c). World Development Report 2026: Decoding AI. https://www.worldbank.org/en/publication/wdr2026

World Economic Forum. (2026a). The Global Risks Report 2026. https://www.weforum.org/publications/global-risks-report-2026/digest/

World Economic Forum. (2026b, 14 de enero). Global Risks Report 2026: Geopolitical and economic risks rise in new age of competition. https://www.weforum.org/press/2026/01/global-risks-report-2026-geopolitical-and-economic-risks-rise-in-new-age-of-competition/

World Economic Forum. (2026c). Energy Transition Index 2026. World Economic Forum.

Paper de opinión con enfoque de think tank
Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor | guecin.com
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Los inventarios de petróleo crudo de Estados Unidos siguen cayendo mientras Ormuz fluye lentamente para comenzar.

Los inventarios de petróleo crudo de Estados Unidos siguen cayendo mientras Ormuz fluye lentamente para comenzar.

Por Julianne Geiger - 30 de junio de 2026, 3:57 PM CDT

El American Petroleum Institute (API) estimó que los inventarios de crudo en Estados Unidos cayeron 6.072 millones de barriles en la semana que finalizó el 26 de junio. En la semana anterior, los inventarios de crudo de Estados Unidos cayeron en 765.000 barriles.

Aunque los inventarios comerciales de petróleo crudo, excluyendo el SPR, han estado cayendo rápidamente durante más de dos meses, perdiendo 59,4 millones de barriles en las últimas once semanas, los inventarios de crudo de Estados Unidos solo han bajado 8 millones de barriles en lo que va del año, según datos de la API, mantenidos bajo control por los sorteos del SPR.

Para la semana que finalizó el 26 de junio, otros 5,5 millones de barriles abandonaron el SPR, lo que eleva el nuevo total a 325.7 millones de barriles, por debajo del mínimo de 2023 alcanzado durante la enorme reducción de la Administración Biden y el nivel más bajo en más de cuatro décadas. Los inventarios de SPR están ahora a 399 millones de barriles de la capacidad máxima.

La producción estadounidense aumentó a 13.819 millones de bpd para la semana que terminó el 19 de junio, frente a los 13.806 millones de bpd de la semana anterior, según los últimos datos de la EIA, y un aumento de 384.000 bpd con respecto al año anterior.

A las 4:36 pm ET del martes, el crudo Brent se cotizaba a la baja el día a $73.40 (-0.69%), con flujos del Estrecho de Ormuz ahora parcialmente reanudados.   

El WTI también se cotizaba en el día, en $0.69 por barril (-0.98%) a $70.06, lo que representa una caída de aproximadamente $3 por barril desde el martes pasado.

Los inventarios de gasolina cayeron esta semana, en 2.106 millones de barriles en la semana que finalizó el 26 de junio. En la semana anterior, los inventarios de gasolina aumentaron en 1.238 millones de barriles. En la semana anterior, los inventarios de gasolina ya estaban un 5 % por debajo del promedio de cinco años para esta época del año, según los últimos datos de la EIA.

Los inventarios de destilados aumentaron en 2,9 millones de barriles, después de ganar 1,447 millones de barriles en la semana anterior. Los inventarios de destilados ya estaban un 10% por debajo del promedio de cinco años a partir de la semana que terminó el 19 de junio, según muestran los últimos datos de la EIA.

El inventario de cushing -el inventario mantenido en el centro de entrega del contrato de futuros de WTI Crude- aumentó 503,000 barriles durante el período del informe después de caer 982,000 barriles en la semana anterior.

Por Julianne Geiger para Oilprice.com

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Petróleo, Ormuz y la fragilidad de una economía mundial que aún respira por barriles

La caída sostenida de los inventarios de crudo en Estados Unidos, el descenso crítico de sus reservas estratégicas y la lenta normalización del tránsito por el Estrecho de Ormuz confirman que la seguridad energética global sigue atrapada entre la geopolítica, la volatilidad de los mercados y la urgente necesidad de acelerar una transición energética realista, ordenada y soberana.

Por Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor

La economía mundial vuelve a recibir una advertencia desde el corazón del mercado energético: el petróleo sigue siendo, pese a todos los discursos de transformación verde, uno de los principales nervios estratégicos del poder global. La reciente caída de más de seis millones de barriles en los inventarios de crudo de Estados Unidos, estimada por el American Petroleum Institute para la semana finalizada el 26 de junio, no puede leerse como un dato aislado de coyuntura. Es, más bien, una señal de fondo sobre la estrechez progresiva de la oferta, la vulnerabilidad de las reservas estratégicas y la persistente dependencia de rutas marítimas críticas como el Estrecho de Ormuz.

Durante las últimas décadas, muchos analistas sostuvieron que la revolución del shale estadounidense había cambiado definitivamente la arquitectura energética mundial. Estados Unidos pasó de ser un importador estructuralmente vulnerable a convertirse en una potencia productora capaz de influir decisivamente en los precios internacionales. Sin embargo, la dinámica actual demuestra que producir más no equivale necesariamente a estar más seguro. La producción estadounidense se mantiene en niveles extraordinarios, cercanos a los 13.8 millones de barriles diarios, pero sus inventarios comerciales han perdido casi 60 millones de barriles en once semanas y la Reserva Estratégica de Petróleo continúa descendiendo hasta ubicarse en niveles no vistos en más de cuatro décadas.

Ese dato debe preocupar más que la cotización puntual del Brent o del WTI. Las reservas estratégicas no son una simple cuenta contable de barriles almacenados; son un seguro geopolítico, una herramienta de disuasión económica y una capacidad de respuesta ante crisis mayores. Cuando la principal economía del mundo reduce su colchón energético mientras el sistema internacional atraviesa tensiones militares, interrupciones logísticas y incertidumbre financiera, el mensaje es claro: la abundancia puede ser circunstancial, pero la vulnerabilidad permanece.

El Estrecho de Ormuz confirma esa realidad con una contundencia casi pedagógica. Por ese corredor marítimo transita una proporción decisiva del petróleo y del gas natural licuado que alimenta la economía mundial. Basta una amenaza de cierre, una escalada militar, un ataque a buques, una tensión diplomática o una interrupción parcial de los flujos para que los mercados reaccionen con nerviosismo. Que los precios hayan mostrado cierta moderación tras la reapertura gradual del tránsito no significa que el riesgo haya desaparecido. Significa apenas que el mercado respira, pero no que esté curado.

La caída del Brent hacia el entorno de los 73 dólares y del WTI hacia los 70 dólares podría parecer, a primera vista, una señal de alivio. Sin embargo, detrás de esa aparente estabilidad se esconde una ecuación más delicada: inventarios de crudo en descenso, gasolina por debajo de sus promedios históricos, destilados todavía rezagados frente a los niveles normales y una reserva estratégica estadounidense erosionada por años de intervenciones. En ese contexto, cualquier perturbación adicional tendría capacidad de trasladarse rápidamente a los precios internacionales, a los costos de transporte, a la factura eléctrica, a los alimentos y a la inflación.

El petróleo no sube ni baja únicamente por razones técnicas. Se mueve también por percepciones de riesgo, expectativas de escasez, decisiones diplomáticas, conflictos regionales, disciplina de productores, capacidad de refinación y seguridad de las rutas comerciales. El mercado energético es, en esencia, una síntesis entre economía y poder. Por eso, cuando los inventarios caen mientras Ormuz apenas comienza a recuperar su normalidad operativa, la lectura correcta no debe limitarse a si el barril subió o bajó algunos dólares. La verdadera pregunta es cuánto margen tiene el mundo para absorber un nuevo choque.

Para países importadores de combustibles, como la República Dominicana, esta discusión no es remota. Cada tensión en el mercado petrolero internacional termina cruzando nuestras fronteras por la vía de los precios internos, el costo del transporte, la generación eléctrica, la logística comercial, el turismo, la industria, la agricultura y el presupuesto público. La energía es una variable transversal de la economía nacional. Cuando el petróleo se encarece, no solo se encarece llenar un tanque; se encarece mover mercancías, producir alimentos, transportar pasajeros, operar empresas y sostener servicios básicos.

Por eso, la lectura dominicana debe ser estratégica. No se trata de reaccionar con alarma ante cada reporte semanal de inventarios, sino de comprender que la dependencia energética representa una vulnerabilidad estructural. La estabilidad macroeconómica de una economía abierta y altamente integrada al comercio internacional depende también de su capacidad para reducir la exposición a choques externos de combustibles. En ese sentido, la transición energética no debe verse solo como una agenda ambiental, sino como una política de soberanía económica, seguridad nacional y competitividad productiva.

La expansión de energías renovables, la diversificación de la matriz, la eficiencia energética, el almacenamiento, la movilidad eléctrica, la modernización de redes y la planificación de reservas no son lujos de países ricos. Son necesidades de países responsables. Cada megavatio renovable que reduce dependencia de combustibles importados, cada mejora logística que disminuye consumo innecesario, cada política de eficiencia que baja la factura energética y cada inversión en resiliencia contribuyen a proteger la economía nacional frente a crisis que se originan muy lejos de nuestras costas, pero que golpean directamente el bolsillo de los ciudadanos.

La coyuntura actual también obliga a repensar la relación entre petróleo y política fiscal. En muchos países, los gobiernos se ven presionados a subsidiar combustibles cuando los precios internacionales suben abruptamente. Esa respuesta puede ser socialmente necesaria en momentos específicos, pero fiscalmente costosa si se convierte en mecanismo permanente. La verdadera solución de largo plazo no consiste solo en amortiguar crisis, sino en reducir la frecuencia con que esas crisis se trasladan al consumidor. Y eso exige planificación, inversión, regulación inteligente y visión de Estado.

El mundo habla de inteligencia artificial, electromovilidad, hidrógeno verde y descarbonización, pero la realidad diaria muestra que el petróleo sigue marcando buena parte del pulso económico internacional. La transición energética será inevitable, pero no será instantánea. Durante muchos años convivirán viejas dependencias y nuevas tecnologías. En ese período de transición, los países que actúen con anticipación tendrán ventajas; los que esperen a que las crisis los obliguen a reaccionar pagarán costos más altos.

La caída de los inventarios estadounidenses y la lenta recuperación del flujo por Ormuz son, en consecuencia, una advertencia y una lección. La advertencia es que el mercado energético global continúa siendo frágil, incluso cuando los precios aparentan calma. La lección es que ningún país debe construir su estabilidad sobre la ilusión de que siempre habrá petróleo suficiente, barato y seguro. La seguridad energética del siglo XXI no puede depender exclusivamente de barriles almacenados, rutas marítimas vulnerables o decisiones tomadas por potencias extranjeras.

La República Dominicana debe mirar estos acontecimientos con sentido estratégico. No para caer en fatalismos, sino para reforzar una agenda nacional de resiliencia energética. El petróleo seguirá siendo importante, pero cada crisis demuestra que depender demasiado de él equivale a entregar una parte de la estabilidad económica a factores que no controlamos. La soberanía energética no se proclama; se construye con decisiones sostenidas, inversiones inteligentes y una visión de futuro capaz de conectar economía, ambiente, seguridad y desarrollo.

En el fondo, Ormuz no es solo un estrecho geográfico. Es un símbolo de la estrechez del margen global. Y los inventarios estadounidenses no son solo cifras de mercado. Son el termómetro de una economía mundial que todavía respira por barriles, aunque ya sabe que su supervivencia dependerá de aprender a respirar de otra manera.

Luis Orlando Díaz Vólquez | #GuasábaraEditor