SERVICIO DE NOTICIAS en favor de la democracia participativa, el desarrollo humano, la paz, el medio ambiente y la cultura.- Santo Domingo, República Dominicana / Luis ORLANDO DIAZ Vólquez - OPINIÓN, NOTICIAS Y COMENTARIOS. Haciendo de la lucha contra la pobreza un apostolado templario./ email: guasabara.editor@gmail.com - http://www.facebook.com/GuasabaraLUISorlandoDIAZ - @GUASABARAeditor
Era 1973, el país padecía desde hacía 7 años el plan de muerte orquestado por la Agencia Central de Inteligencia de los EEUU y ejecutado por las FFAA de RD, en contra de la juventud revolucionaria dominicana que, en barrios y parajes rurales, resistía la dictadura de Balaguer. 2/ pic.twitter.com/iHVHQkfKyx
El revés político y militar que significó su muerte en aquel entonces, no pudo eclipsar la derrota moral que sufrieran posteriormente sus enemigos, hoy sepultados por la historia, mientras la figura de Caamaño crece como referente de dignidad y lealtad al pueblo dominicano. 4/ pic.twitter.com/vDI7qGJsrU
Lo simbólico es lo q cambia lo real. Suele ser la propuesta de sustitución d un ayer q resiste, por un hoy q acaba prevaleciendo. Así lo dice el saber antropológico. Las #trescausales ya son sentido común en RD. Bravo al campamento y a su simbolismo histórico. Foto @Barriaorlandopic.twitter.com/PfN2f7srRU
CuestArriba El país que insistimos desconocer: El viento frío que precede la Pandemia (2) Juan Miguel Pérez | @operacionlazo | 6 de mayo de 2020 | 12:03 am En la primera entrega de esta serie El País que insistimos desconocer: La Escuela dominicana de la Superstición (1), analizábamos a partir de los sucesos del llamado peregrino en Puerto Plata, el por qué y el cómo las clases privilegiadas del país suelen juzgar y condenar las prácticas de sobrevivencia (material, intelectual, afectiva, política, etc.) de las clases subalternas de la nación. En esta ocasión, trataremos sobre cómo llegamos a este estado de moralidad dominante, donde la indiferencia e incluso menosprecio por los de abajo ha sido una norma en los últimos 50 años de historia nacional en las clases dirigentes dominicanas. Este segundo capítulo de la serie lo hemos titulado El viento frío que precede la Pandemia, en directa referencia al poemario de René del Risco, desde cuya obra trataremos de establecer algunas pautas para comprender la historia política y social del modelo dominante de sociedad que hoy padecemos, donde la distancia social, lejos de ser una novedad hoy, ha sido moneda corriente de un específico tipo político de convivencia: cómo llegamos a este estado de cosas, cómo se instauraron sus fundamentos institucionales, bajo cuál contexto ideológico se asentó una visión conservadora del mundo en República Dominicana. Para tratar de responder a estas cuestiones, lo haremos en tres entregas. La primera de hoy aborda al Viento Frío como el punto de ruptura entre una era y otra en términos netamente políticos; la derrota militar de la revolución dominicana, ante la victoria armada de la contrarrevolución conservadora de este país, y esto, gracias a la intervención del ejército de los Estados Unidos en 1965, y la permanente colaboración desde entonces de la Agencia Central de Inteligencia. En una segunda entrega, analizaremos el paradigma de sociedad que ese conservadurismo instauró y los sutiles mecanismos institucionales y sociales mediante los cuales sus normas se fueron normalizando en la vida cotidiana de los dominicanos. Finalmente, una tercera entrega, ensayaré la exploración de algunas pistas que el propio René proporciona para proseguir la resistencia al Viento Frío que todavía hoy prevalece como verdugo de aquella primavera que no llegó para todo el mundo.
El presidente constitucional coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó habla al pueblo dominicano en 1965.
1-El inicio del Viento Frío El 22 de enero de 1966, el coronel Francis Caamaño, antiguo presidente de la República en armas, sale al exilio como parte de los acuerdos impuestos por las necesidades, para el cese de fuego en la guerra patria de abril de 1965. Desde ese momento, un cierto “viento frío acerca su hocico suave a las paredes” de la república, y “tocará la nariz” de una nación vulnerable, entrando en todo el territorio nacional, y continuará lentamente por la calle de la historia dominicana hasta nuestros días. Ese inicio del viento frío es no es más que la continuidad de los ingentes esfuerzos de la clase dirigente empresarial de entonces, de hacerse del poder político para poder satisfacer así sus intereses en momentos de convulsión ideológica, marcado con un fuerte prestigio de las ideas de izquierda en el continente americano de la época. Desde el Consejo de Estado, la Unión Cívica, las llamadas marchas de reafirmación cristiana, las huelgas patronales al gobierno de Bosch, el Golpe de Estado a Bosch del 25 de septiembre de 1963, el asesinato de Manolo Tavárez y sus compañeros guerrilleros alzados en contra del gobierno de facto, el Triunvirato y sus Austins y las exoneraciones tributarias para grandes consorcios industriales del país, fueron parte de los grandes maniobras desplegadas por la derecha dominicana para contener la democracia progresista y popular en el país. Por eso, cuando el 24 de abril de 1965 se inicia la ofensiva constitucionalista, y cuando apenas días después la victoria era inminente, luego de la derrota de las tropas del CEFA en el puente Duarte y la Toma de la Fortaleza Ozama, las tropas golpistas de San Isidro y el embajador W.T. Bennet alertan al presidente Johnson en Washington, quien decide intervenir militarmente la tarde del 28 de abril de 1965. Durante varios meses de resistencia heroica, defendiendo a un Santo Domingo libre y una idea de soberanía política de los dominicanos, los constitucionalistas, militares y civiles combatientes, se vieron en la necesidad de negociar una salida al conflicto. Los vencedores militarmente fueron imponiendo sus reglas, comenzando por desarmar al bando revolucionario. En un país intervenido por las tropas norteamericanas, se celebran elecciones el primero de junio de 1966, donde se impone a Balaguer como presidente de un país en ruinas institucionales y sociales como resultado de la guerra. Era la fuerza “anticomunista” y la propaganda era fortísima contra todo lo que oliera a rojo; era el “orden” versus las “revueltas”; era la reacción contra el “desorden” revolucionario; era la vuelta de un antiguo régimen donde la República sería dirigida por Notables, con un poder económico como sostén de un poder político con una primerísima misión específica: desmontar la estructura revolucionaria aún activa en el país, y aniquilar el programa mínimo de liberación nacional traído por los expedicionarios de Junio de 1959, el cual estructuraba una idea completa de un proceso auténtico de democratización política, social y económica para todos. Pero la ideología conservadora no lo vio así y quiso interrumpir todo eso. Por eso, Balaguer y sus fuerzas criminales, se fueron con todas a desaparecer, por vía de la eliminación física, a toda disidencia beligerante al nuevo orden, al viento frío. No se respetó lugar ni condición humana alguna: ni a las adolescentes (Amelia Ricart Calventi), ni a las universitarias (Sagrario Díaz), ni a las envejecientes (Mamá Tingó), ni a la juventud agrupada en asociaciones deportivas culturales (Los cinco jóvenes del Héctor J. Díaz). Mataban en la calle, a plena luz del día (Homero Hernández, Pichirilo), frente a sus hijos (Amín Abel), los cercaban y los ametrallaban con saña (Amaury, Virgilio, Bienvenido, Ulises, Orlando Mazara, etc.), en la cárcel (Pérez Guillén asesinado a palos en La Victoria) Hasta fuera del país se fue la derecha a matar revolucionarios (El Moreno). Caracoles, Orlando Mazara, Otto Morales, la lista es un verdadero cementerio. El plan era utilizar el miedo como política de Estado, o más bien, como instrumento del Sistema político del orden dominante, en el cual el Estado es una mano represora más. El viento frío nace así en charcos de sangre. Además del crimen político, utilizaron las desmovilizaciones sutiles: físicas con la entrega masiva de visas para migrar a Estados Unidos a muchos afines a la revolución dominicana. Por eso, muchos dominicanos en el exterior siguen constituyendo hoy por hoy, con sus recuerdos vivos y anhelos interrumpidos de más de cinco décadas, unos de los territorios de mayor arraigo de ideas de izquierda en cierta población de edad avanzada. Y precisamente de dónde salían esos nuevos emigrantes, la base moral de la comunidad quedaba expuesta curiosos elementos inducidos, traídos desde los Estados Unidos, y que mermaban la capacidad de disenso político y movilización de la juventud que quedaba huérfana de orientación, sin sus líderes del barrio idos al extranjero, presos o asesinados.
El presidente Joaquín Balaguer, rodeado de los altos militares.
Aún así, los barrios de entonces continuaban siendo territorios de un activismo político y cultural importante contra la reacción dominicana. De ahí la saña de Balaguer con enviar a la banda colorá a esos barrios, donde perdieron la vida muchos jóvenes no necesariamente cuadros políticos. Era solo necesario parecerlo para perder la vida. Y de ahí también la obsesión de Balaguer con desbaratar en sus diez años próximos muchos de esos barrios que le hicieron resistencia política en sus doce años. De igual manera, muchas Organizaciones No Gubernamentales fueron creadas por agencias internacionales vinculadas al gobierno de los Estados Unidos, y de repente, las cuestiones políticas se convirtieron en problemáticas sociales, relocalizando las responsabilidades como especies de “fallas” culturales o disfuncionamientos institucionales del sistema en sus agendas “sociales”. Militantes de la revolución dominicana, se convirtieron en muchos casos en una especie de trabajadores sociales, que sin demeritar sus labores ni sus oficios (tan importante como lo otro), disminuyeron en sus tareas la búsqueda de un cambio de régimen político, mutando de problemas políticos estructurales de un sistema, como problemáticas sociales mejorables en el mismo sistema que antes se combatía. Muchas conversiones, no ideológicas, pero sí del tipo de militancia se dieron así. El Estado y sus economías fueron creando normas de comportamiento, y los críticos a esas normas, comenzaron a llamarles “cabezas calientes”, como si ellos fuesen esos fosforitos que podrían atentar contra ese Viento Frío que empezaba a instalar sus normas de vida y convivencia en la gente. En resumen, el Balaguerato de los 12 años sirvió de base para la primera operación del Viento Frío: terminar de liquidar lo esencial de la resistencia militante al Viento Frío, para permitir en las décadas posteriores el paso a tecnologías más sutiles de gobierno y control de poblaciones.
René del Risco.
2-El viento frío y el análisis de la historia dominicana Qué nos puede decir un libro de poemas escrito hace cinco décadas sobre la historia reciente del pueblo dominicano. El viento frío, la única publicación realizada en vida por René del Risco, contiene una serie de claves fundamentales para comprender la era contemporánea en República Dominicana. Unos célebres físicos (Kirchhoff & Mach, citados por Schröndinger) definieron la ciencia como esa “descripción de hechos, con exhaustiva compleción y la máxima economía de pensamiento”. Si menos sería más en términos literarios, la poesía sería aquello que sigue cuando la ciencia para, extenuada de su positivismo limitado. Dicho de otra manera: ahí donde la ciencia no puede más, solo la literatura tiene la capacidad de proseguir el camino del conocimiento, porque la literatura en general (poesía y el cuento, para el caso de René), tiene la destreza de cristalizarnos ese saber experiencial, no abstracto, que logra ingresar de manera más profunda hasta en las “últimas habitaciones de la sangre” del ser humano en sociedad, como refería Lorca en su Teoría del Duende, dejando entrever esa posibilidad que tiene el conocimiento literario de lidiar con esa historia clandestina de la humanidad: los sentimientos y las historias sociales que los ordenan. Por eso, para nosotros, tratar de comprender los sentimientos que se tienen desde el Poder y desde cierta clase de privilegiados sobre las clases marginadas en la actualidad, y que el Covid-19 ha venido a revelar como nunca antes, es importante conectar la obra de René y cómo pudo lograr articular momentos cruciales de nuestra historia moderna. La primera es sin duda nombrar un pasaje de un momento a otro de la historia. A veces no son suficientes lo hechos, faltan obras culminantes para zanjar las fronteras de una era y otra, de un momento u hecho de transición en la historia. Así como Tocqueville escribió El Antiguo Régimen y la Revolución, promulgando desde ya con un mero título una temporalidad (pasado, presente y futuro de un hecho), y en cuya obra esclarece las rupturas que eran más continuidades, y las aparentes continuidad históricas que sí fueron rupturas, René del Risco logra en su obra trazar la línea divisoria entre, de un lado, la breve república de izquierda que gobernó o fue hegemónica en el país desde diciembre de 1962, fecha de las elecciones de Bosch como presidente de la República, hasta la salida de Caamaño del país, el 2 de enero de 1966, y, por otro lado, la restauración de la República de derechas, que hasta el día de hoy gobierna en la República Dominicana. El viento frío es una extraordinaria obra de arte, cuya estética vanguardista y ética artística deslumbran, pero cuya epistemología poética nos aporta una documentación valiosísima, un testimonio riguroso de la historia no oficial de los inicios de una época que no ha terminado, y que hoy podemos reconocer sus muchos de los símbolos que el poeta supo hacer su inventario. De ahí la modernidad extraordinaria del Viento Frío como obra, su capacidad de describir con gran cuidado lo que iba a ser este país en las próximas décadas, y no como un mero adiós a las armas que muchos pudieron o quisieron interpretar de los versos de René. Continuará… https://acento.com.do/2020/opinion/8813957-el-pais-que-insistimos-desconocer-el-viento-frio-que-precede-la-pandemia-2/ CuestArriba El país que insistimos desconocer: La escuela dominicana de las supersticiones (1)
Juan Miguel Pérez | 28 de abril de 2020 | 12:03 am
“Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual, y la grandeza patria”. José Martí
Las redes sociales en tiempos de Covid-19 se han convertido en una extraordinario mirador (por ser, tal vez, el único campo hábil de trabajo empírico) para el antropólogo que busca indagar qué y cómo piensan las clases dominantes el país en el que viven. Los privilegios, y los privilegiados como tal, portan en sí una cierta moral que sostiene la acción de su ostentación. Vestir Armani o unos Jordans (para las clases subalternas) es una elección moral (valor que se le asigna a una práctica social), es decir, un acto de afirmación personal que va más allá de su función utilitaria. Toda posición social dominante siempre necesitará de una moral dominante que justifique la superioridad de su estatus por encima de todos los otros.
Esta es la condición sinequanon para el reconocimiento social de una jerarquía, y para la obediencia espontánea de la gente a esa jerarquía. Es así que se fabrica la norma: primero estableciendo los confines de la anormalidad antes que los de la norma misma. Así como la salud se define filosóficament como la ausencia de enfermedad (Canguilhem le llama el silencio de los órganos), lo ordinario solo lo define lo extraordinario. Lapandemia ha venido a ser ese estado de excepción que nos ha revelado el infraordinario dominicano que antes pasaba como unas especies de memorias del subsuelo, ignorado, inadvertido, tan familiar para quienes los padecen, que el resto de la población, los de arriba, solo lo imaginaba.
Lo único es que ese revelado actual funciona fundamentalmente para las clases dominantes, porque las clases dominadas no solo vivían en estas calamidades que los privilegiados han hoy “descubierto”, sino que era también su princpal entretenimiento, porque era el evento intrépido en el medio de sus rutinas de reproducción social marginal y, como en el Godot de Beckett, de prácticamente muerte social por ausencia de novedad. La “buena” moral de los privilegiados hoy necesita resaltar la “mala” moral hoy de los de abajo, para ubicar (y dejarnos ubicados) en su supuesta superioridad.
La noticia de un señor con una cruz a cuesta, que causó sensación en su trayecto a Puerto Plata con un mensaje de redención de la crisis sanitaria que nos azota, se convirtió a su vez en un evento que significó ira en las clases dirigentes, comenzando por sus sectores más críticos
En estos días de confinamiento, la atención está concentrada en los “escándalos” que trae el cotidiano: cleren, atropellos policiales, gente conglomerada en horario de toque de queda, el preregrino de Puerto Plata. Los videos de estos eventos ya no son mero divertimento de las clases populares. En un extraño e inédito movimiento, ahora estos tipos de escándalos son ahora una especie de Ritmo Social, esa versión premium del voyerismo de opulencia, que hoy, desde arriba, se reorienta ala crónica roja (policial) sobre las irreverencias de los de abajo a la tradición, con el mismo rango que lo hacía en su tiempo la revista Suceso (hoy desaparecida), que en sus tiempos proyectaba la sociedad dominicana parte atrás. Mientrasque la crónica rosa se encargaba de la parte “presentable” de la nación dominicana. Ahora le ha tocado a la pobreza y sus formas de expresión, ser la protagonistas de nuestros días. Rompiendo con la rutina, estas manifestaciones de miseria social le mueven el piso a las clases dominantes, incluyendo a sectores progresistas, que aunque bien intencionados, también portan -ignorándolo muchas veces- el inconsciente de clase propio de las clases que han vivido siempre servidas, y desconociendo por lo general lo que viven (y cómo lo viven) quienes les sirven.
Con esta primera entrega sobre el cultivo de supersticiones en temporada de coronavirus, iniciamos una serie de crónicas sociológicas sobre la actualidad de República Dominicana, con especial énfasis en la crítica social al juicio que desde arriba se tiene sobre los de de abajo en nuestra sociedad.
La Escuela dominicana de las superticiones
Imagen cortesía de El Nuevo Diario.com.do
La noticia de un señor con una cruz a cuesta, que causó sensación en su trayecto a Puerto Plata con un mensaje de redención de la crisis sanitaria que nos azota, se convirtió a su vez en un evento que significó ira en las clases dirigentes, comenzando por sus sectores más críticos. Fue usual leer ayer las expresiones de enojo, indignación (en una mayoría de casos con justa razón) y desdén ante el evento, sus participantes, y las autoridades, públicas y privadas, que de alguna manera u otra auspiciaron la actividad. Una de las manifestaciones más común es escuchar decir que la popularidad de ese tipo de actividades donde se promueve actos y dogmas de fe por encima y en contradicción de lo que la ciencia instruye para frenar la pandemia, se debe al precario grado de la educación dominicana. Y tienen razón: la educación del dominicano, esa extroversión de actos ejercida por la gente desde sus recursos intelectuales, psico-afectivas y sociales, se encuentra hoy en estadios practicamente de indigencia institucional, pero, y aquí lo crucial: a la misma altura que la calamidad económica y política que la ha construido. Parecieran vasos comunicantes que contribuyen a la reproducción de una y otra. La economía somete a la política, la política a la educación, la educación a la economía, y la educación a la política, y así. Ante ese estado calamitoso de la cultura dominicana, de lo que se menciona poco es de cuál escuela proviene esa crisis de la educación dominicana.
La calidad de la escuela pública no suele ser una isla aparte de la vida nacional y de la calidad del liderazgo de un país. Contrario a los que muchos creen, las escuelas no cambian a las sociedades. Por el contrario, son las sociedades con liderazgos distintos, las que pueden cambiar la escuela. La escuela fue creada para enseñarle a los que van creciendo la sociedad como es, y no como debería ser. En primer lugar, la escuela es dirigida por docentes, hijas e hijas de esas mismas calamidades que suponemos la escuela cambiaría. El magisterio hace lo que puede, y es difícil dar más allá a lo que no se tuvo en sus años de formación, y que la sociedad no te exige cambiar (ni te motiva ni te enseña a cómo hacerlo). Esencialmente, lo que se recibe en la escuela hoy es mera instrucción (seguir reglas), no discernimiento (pensar por qué seguir o no esas reglas). Por eso la escuela es tan poco subversiva y trasformadorade lo existente, a pesar de ser eso existente inaguantable desde el punto de vista moral (la desiguald abismal entre los dominicanos, por ejemplo). De igual manera, si la escuela dispusiera de todas las condiciones de una buena y verdadera educación (racionalista y moralmente proclive al bien común democrático), también tendría que enfrentarse a un enemigo todavía más fuerte: las leyes de sobrevivencia de la calle, a la cual se sometería toda persona que buscando un trabajo o cualquier otra oportunidad de vida, independientemente de su formación, tiene que acatar esas leyes si quiere sobrevivir (las del tigueraje, por ejemplo), sobre todo en poblaciones más humildes, dependientes en grado mayor de instancias superiores para obtener sus sustentos. Lo que vivimos ayer en Puerto Plata es atribuible en primer lugar al grado de desesperanza de la gente, que busca en cualquier superstición o creencia, alternativas a la que la vida le dice de forma concreta que obtendría o no.
Antropológicamente, se cree en trascendencias cuando no existen formas materiales de domesticar la imprevisibilidad o angustia de un futuro incierto o de un presente carcelero. Y si a eso le sumamos la complicidad de ciertas instancias políticas y religiosas en alentar esas ficciones, porque dicen que el rito hace a la institución, imagínense el resultado. Les habla un educador universitario que cree y le dedica su vida al magisterio (al menos 40 horas semanales con muchachos de orígenes muy humildes), pero que también conoce los límites de su acción y los de la escuela, frente a una realidad social mayor y la mayoría de veces contradictoria con el currículo intencional escolar.
Ciertamente, existen múltiples ejemplos de excepción de instituciones escolares que hicieron la diferencia para un grupo, o para unos casos minoritarios de estudiantes. Pero esos resultados airosos se explican por sus insumos de entrada: tanto su dirección, sus estudiantes y familias, poseyeron o poseen condiciones de base que no son las mismas que están contenidas en la generalidad de escuelas públicas de hoy. En primer lugar, existen distintos criterios políticos, por ejemplo, y pareciera paradójico, en mi experiencia docente, mis estudiantes con más conciencia sobre la pobreza suelen provenir de escuelas dirigidas por religiosas. Otros casos de excepcion encontraron formas pedagógicas también de excepción, en la que muchachos y muchachos pudieron beneficiar de profesores que hacían la diferencia. Difícil que se incorpore eso que los sociólogos llamamos un capital cultural, económico e incluso político, al estudiante. Usualmente, lo que sucede es que esos capitales se transforman en saberes de familia en saberes escolares, pero en rarísimos casos se construyen del todo en la escuela, teniendo aquellas personas que lo poseen en dotaciones precarias, mucha dificultad en instituirlo en sus lenguajes (comenzando por la pronunciación, por ejemplo).
Esos patrimonios intangibles son la mochila invisible que llevan los estudiantes a la escuela, y que es decisiva a la hora del desempeño en la escuela. Ese desline entre la cultura escolar oficial y la cultura oficiosa practicada por la gente es lo que mella el interés y el rigor de estudiantes y educadores en el proyecto curricular vigente. El cambio cultural puede producirse en esa familia que tenga direcciones que sientan para dónde se va yendo a la escuela, colaborando así en el proyecto de cambio (en la casa, los padres en las tareas, en los comportamientos, etc.). Pero si la escuela va por un camino, y la familia, el vecindario, esa pequeña sociedad que acompaña al niño, niña y adolescente van por otro, muy, pero muy difícil se produzca el cambio. La sociología de la educación y la cultura ha documentado eso teórica y empíricamente lo suficiente, al punto de ser hoy consenso en la comunidad académica desde hace décadas. Y los parámetros de lo que llamamos reproducción social, así lo confirman en las estadísticas. Claro, no desistimos del uso de la escuela como motor de lo que tenemos. Pero eso tiene que tener primero las condiciones sociales y políticas (institucionales) de intención: para dónde es que queremos ir, y mostrar el ejemplo de eso, como forma de legitimar en el cuerpo social, ese cambio cultural al que apostaríamos o visualizaríamos.
Faltaría, como decía Hostos, «formar un ejercito de maestros, que en toda la República militara contra la ignorancia, la superstición, el cretinismo, la barbarie». Pero la verdadera escuela de las supersticiones de la sociedad dominicana no proviene de sus aulas, sino de la pobre respuesta democrática de las instituciones oficiales y de las clases dominantes, tan distante del interés general, como de la miseria general que sus artes han fabricado como sociedad y Estado al pueblo dominicano que las padece. José Martí escribió en 1884 un texto extraordinario, que por cierto dedicó a la República Dominicana: Maestros ambulantes, en donde el poeta y revolucionario cubano proponía un sistema educativo que saliera de las escuelas y que se hiciera Estado docente, dialogante, educador. Sus maestros no estarían restringidos a aulas, sino que serían maestros misioneros que “abrieran una campaña de ciencia y ternura”, y que cabalgara por ciudadaes y campos, para remediar la ignorancia, sustituyendo así todo conocimiento indirecto y estéril por el “conocimiento directo y fecundo de la naturaleza”.Yo le agregaría a esa naturaleza, lo “social” de una República auténticamente democrática y basada en esa aspiración al mejoramiento permanente, y que por vías racionales construya entre todos un destino común de paz verdadera.
El polifacético “coño” sirve para extro-vertir y materializar una variedad de situaciones y condiciones, permitiéndole a la gente un apoyo en sus necesidades de comunicar y hacer sentido preciso de sus cotidianos de conexión con lo social
La “mierda”, el “coño” o “el diablo” pertenecen a una serie de voces, que a pesar de su omnipresencia en las conversaciones cotidianas de los dominicanos, siempre quedan relegadas del discurso oficial sobre el español hablado en República Dominicana. Ese eclipse parcial de reconocimiento público a lo que es de conocimiento y uso público de esas voces de estatus lingüístico oficioso, es claves para comprender la política de dominación cultural actualmente imperante en la sociedad dominicana.
Empleada por doquier y de maneras abundante y constante, “mierda” es una de esas expresiones que mejor simboliza esa doble verdad permanente en la que actúa el agente social: en la esfera pública de una forma, y en la esfera privada de otra. Concebida como punto de consenso, de comunicación, eso que Norbert Elías denominaba el proceso civilizatorio, el espacio público suele ser el terreno donde nos privamos de nuestros privados para hacer posible lo público de nosotros, o mejor dicho: lo publicable de nosotros. Esa constante publicación que realizamos de nosotros mismos, ese display o escenificación de nuestras intenciones, pasa por un ejercicio de autocensura, que en parte es necesario para fundar comunidad. Para que haya sociedad, tiene que haber intercambio; para que haya intercambio, tiene que haber un lenguaje común; para que haya lenguaje común, tiene que existir una cultura que reglamente las expectativas desde las cuales hablamos, de manera tal, que el receptor sepa interpretar de manera precisa lo que el emisor, dentro de sus posibilidades polisémicas, busca decir. Sin esa lógica y ese capital común, cada quien crearía su propio lenguaje a partir de sus propios intereses y expectativas, haciendo inviable la común-icación entre sí de las personas. Pero qué pasa cuando la censura no parte únicamente de un ejercicio de necesidad comunicativa, sino que forma parte de un ejercicio de dominación política, a través de las formas éticas y estéticas propias de una parte de la sociedad sobre las de las otras partes de esa misma sociedad.
Recientemente, un grupo de jóvenes, organizados políticamente, lanzó heces fecales de origen animal sobre la fachada del edificio sede del Poder Judicial del Estado dominicano, en protesta por la política actual en materia de Justicia. El conservadurismo reaccionó rechazando el uso de excrementos como forma de protesta política. sabemos el grado de desconfianza de una mayoría de ciudadanos en el sistema judicial del país, que en boca de muchos dominicanos, bien pudiera ser calificado bajo la etiqueta popular de “mierda” para describirlo. Qué nos dicen esas reacciones de la constitución actual de la República Dominicana de hoy. Aquí el esbozo de algunas ideas.
Edgar Hernández/Acento.com.do
1/La “mierda”: un asunto de legitimidad cultural
Si la mayoría de académicos dominicanos de la lengua no fueran tan conservadores (una característica típica de un saber ideológico academicista, y que delata cómo el lenguaje es uno de los búnkeres para la preservación del estatus quo), le hubiesen hecho ya un reconocimiento público al “coño”, como una de las herramientas fundamentales de comunicación del ser dominicano con el mundo y sus circunstancias. El polifacético “coño” sirve para extro-vertir y materializar una variedad de situaciones y condiciones, permitiéndole a la gente un apoyo en sus necesidades de comunicar y hacer sentido preciso de sus cotidianos de conexión con lo social. Pero, sociológicamente, “tirar” un “coño” en los “barrios” de Capotillo o Guaricano, no es lo mismo que ese mismo “coño” aparezca en los “sectores” de Piantini o Naco (nótese los usos no inocentes que hago de las comillas). En los primeros ni suena, en los segundos, su pronunciación perturba. En los primeros, donde la vida es sobrevivencia, con toda la rudeza que eso conlleva, el “coño” pasa como instrumento lingüístico amortiguador frente a una realidad, valga la redundancia, del “coño”, expresión que suele referir a situaciones difíciles o de excepcionalidad. Igual “mierda”. Esto nos lleva a pensar: cómo se etiqueta en una sociedad una “mala palabra”; quién y bajo cuáles argumentos, el criterio dominante le pone el cascabel ruidoso a una palabra considerada como disonante con las buenas costumbres y moral hegemónica de una sociedad. La crítica a la “mala” palabra es como la crítica a la ortografía: suele existir un sesgo entre quienes critican su uso, y esos que como usuarios son criticados, omitiendo los primeros las necesidades y vivencias que llevan a los segundos a determinadas prácticas lingüísticas.
Desde el siglo XIX, el criterio estético de la burguesía estructuró el monopolio de lo bello y lo sublime. Todavía hoy, la burguesía tienen en las academias de la lengua a una de sus mejores aliadas, y las cuales hacen los tratados, comenzando con los diccionarios y manuales del hablar “bien”. Todo lo que no era y es ese criterio estético, cae bajo la categoría de lo “ridículo”, lo “cursi”, lo “kitsch”. Heredera de la estética aristocrática (pero sin producirla, solo consumirla), la pequeña burguesía tomó la cultura aristocrática e hizo con ella lo que pudo, siendo una clase esencialmente dedicada y curtida en los asuntos comerciales, no en el cultivo de la erudición y las artes, como lo hacía la ociosa clase aristocrática. El criterio burgués promueve una proporción de las formas, un gusto por lo límpido, por la organización de las figuras geométricas, una tendencia por el silencio, por la moderación, por los confines suaves, los gustos “dulces”, los paisajes tenues, los colores manso, dicho en pocas palabras, por valores domesticables. El uso del lenguaje no es ajeno a esos criterios que son los que se promueven como los correctos, los referenciales, los paradigmas considerados como los verdaderos, es decir, como los legítimos. Para eso, está la publicidad, que posiciona desde el cabello lacio, hasta la pronunciación que debemos tener. Así se va construyendo poco a poco las fronteras de lo aceptable y lo inaceptable, de lo bonito y lo feo, de lo correcto y lo incorrecto, de lo elegante y del “mal” gusto, de las lindas palabras y de las “malas” palabras, etc. En el neoliberalismo, todo eso se acelera, como proceso de homogeneidad, dentro de la cual funciona, se estabiliza y se consolida la sociedad jerárquica. Esa estructura de criterios estéticos, que tiene, reitero, su concreción en la estructura social paralela, pasa a nuestros estamentos mentales como estructuras de apreciación cultural de valores diferenciados. Rechazamos “mierda” no tanto por ser heces fecales como tal, que no deja de tener gran importancia (nadie quiere estar cerca de excrementos), sino por su cercanía con la figura que nos hacemos de las heces como contraposición a las ideas propias de las clases dominantes. En otras palabras, el problema de las heces no son las heces per se, sino el contraejemplo que las define. Y el neoliberalismo, a pesar de nuestras vigilancias, nos hace sujetos neoliberales, escondiendo en nuestros inconscientes esas actitudes neoliberales a las cuales es difícil escapar del todo, incluida la repulsión ante la idea de heces, que aunque forma parte de la naturaleza de la vida, nos la han puesto a vivirla como rechazo. Por eso, la resistencia conservadora que genera en muchas personas lo ocurrido frente a la Suprema Corte de Justicia.
2/La violencia de Estado como “mierda”
El gran mérito de Weber en su definición del Estado como la instancia que ejerce el monopolio de la violencia física legítima, fue precisamente evidenciar no tanto el carácter legítimo de su acción, sino más bien la legitimación de su violencia. La legitimación, Weber la define como la justificación interna que carga una acción, y que le imprime propiedades de autoridad a la misma. Para Weber, existen tres fuentes de legitimidad: la costumbre, la gracia o carisma, y la legalidad. La acción de tirarle heces a una institución del Estado considerada como “mierda”, rompe los tres criterios dominantes de legitimación weberianos de una acción: la tradición que rutiniza formas y automatismos de actuación; el encanto o gracia del valor dominante; y la acción contra el poder legalmente establecido. Así, tirarle “mierda” al Estado es una irreverencia, no solo para la guardia pretoriana del orden establecido, sino para muchos que intentan reformar el mismo orden desde su interior.
Y si choca la acción, también nos vemos chocado por la reacción de espanto de algunos. Al final, cabe cuestionar: qué tan lejos está la idea de “mierda” de la realidades que hacen la vida misma de la gente, o de lo que le han fabricado a la gente como vida en RD. En un país, donde las grandes mayorías viven en condiciones que el imaginario común ubica, calificaría e incluso, en las conversaciones privadas, nombraría como condiciones de “mierda”, resultaría cuesta arriba pensar que la gente vive sus cotidianos primarios lejanos de las palabras que promulgan, como acto de habla, esas realidades. Así como cuando durante el acto sexual, el lugar más intimo de la cultura occidental, todo lo que censuramos del mundo social, de repente lo liberamos mediante la palabra clandestina que sale de sus escondites, así mismo, es difícil que la vida de la gente en condiciones de pobreza pueda soportar ser vivida bajo los eufemismos edulcorados con los cuales los dominantes entienden y representan el mundo. Una de las paradojas del mundo social, es que mientras más abajo se encuentre una persona en la estratificación social, más concreta son las realidades, menos sublimes son los días, y más necesidad de sublimarlos se tiene. Por eso, los humildes necesitan desde un Cristo de palo para cristalizar sus esperanzas necesarias, hasta una telenovela donde ver escenificadas posibilidades, aún idílicas, pero posibilidades al fin, de aspiraciones personales para salir de sus dificultades.
El agente social suele proyectarse donde primero se ve proyectado, el agente social suele imaginarse donde se busca imaginado, como si el sujeto busca ser primero objeto cuando no alcanza lo que procura. Los protocolos de interacción y convivencia social que suelen aprender los miembros de las clases dominantes para convivir bajo la paz burguesa, suelen ser mecanismos de mediación entre el mundo real (el completo), y ese mundo que vive del real (el de los privilegiados). Ese es el mundo cuando los de arriba solo lo viven desde arriba, ese mundo parcial que se vive como una película muda, donde el silencio favorece al estatus quo; donde el lenguaje que conviene es el de la pasividad, que es el que disimula la violencia de la comunicación que se hace entre dos personas en situación de jerarquía y en condiciones de desigualdad. En ese lenguaje las palabras no son palabras de explicación de la realidad, sino palabras de dominación, es decir, de negación de cómo se constituye y mantiene esa dominación.
El Estado dominicano, síntesis donde convergen y se encuentran herederos y oportunistas de la clase dirigente, ejerce el monopolio de la fabricación de la violencia social de precariedad e incertidumbre que agobia a la inmensa mayoría de dominicanos, y que ha sido legitimada por décadas de una política de elites, por y para ellas. Esa guerra social al pobre, la vemos cuando le olvidan el pavimento de sus calles, la limpieza de sus desagües, la energía eléctrica con las cuales espantar los mosquitos de sus cañadas, o refrescar el calor de su hacinamiento y techos de zinc; esa violencia de un sistema educativo que no brinda oportunidades reales de inserción laboral, de un sistema de salud que no tiene lo mínimo para salvar las vidas que mueren por negligencias o falta de recursos; esa guerra social donde la legalidad, a través de sus instituciones, te trata como una verdadera “mierda” cuando no perteneces a las clases importantizadas de la sociedad dominicana.
Cuando el Estado tiene el monopolio de esa violencia legitimada por la fuerza física que poseen los dominantes frente a la indefensión de los débiles, cabe uno preguntarse si echar heces en la sede del fallido Poder encargado de administrar Justicia, no es devolverle al liderazgo nacional parte (y solo parte) de la materia prima que ese liderazgo ha vertido en la gente de RD, y con la cual han levantado nuestro presente. Que esos funcionarios defequen con sus acciones en la gente sería legítimo, pero que la gente le eche heces al liderazgo sería un atentado a las buenas costumbres. Por eso, si la acción reciente acercó en términos generales el significante “mierda” de los significados políticos que asume en el discurso público de la gente, en otras palabras, si decir las cosas por su nombre cala en la gente cansada de discursos llenos de mentiras y disfraces, entonces el discurso público habrá ganado sinceridad en RD. Continuar hablando con eufemismos sería en cierta medida tapar la dura realidad de la gente, y la burla de la clase dirigente ante esas calamidades y tribulaciones que vive la mayoría de dominicanos hoy. https://acento.com.do/2019/opinion/8641089-monopolio-la-mierda-legitima/
Existe cierto economicismo que atribuye al grado de desinformación de una persona lo que decide o no si el agente social toma x decisión. Como si los pobres fuesen pobres por falta de información, es decir, solo porque no saben como hacerse ricos o salir de la pobreza
Enero es la hora en la que se sale de la anestesia navideña, período estival donde las instituciones del sistema (económicas, iglesias, Estado, etc.) aprovechan el calendario religioso para inculcarle a los más desfavorecidos las ilusiones necesarias desde las cuales se hacen de una inflación de esperanza, que se construye como verdad subjetiva (la que cree la persona) por vía de la propaganda que reciben, y que va en detrimento y en contradicción con la verdad objetiva en la que vive realmente la gente. Esas ilusiones necesarias son desde las cuales se alimentan las creencias que mueven los esfuerzos de los humildes, induciéndolos para que ellos mismos participen de la producción del orden que los domina, es decir de la producción de su propia reproducción social.
Imagen cortesía de Noticiarios Teleantillas
El poder y sus escribas conocen la vulnerabilidad material, intelectual y psico-afectiva en la que vive la mayoría de dominicanos, ante los angustias de una vida de presente y futuro inciertos, y aprovechan ese estadio de precariedad para lanzar campañas ideológicas que apuestan a hacer sentir seguridad y bienestar, a quien en realidad no las tiene, bajo la solapa de una supuesta paz social y una filosofía de pertenencia a un mismo “cuerpo” social. Por eso, es tan atractiva para el poder buscar hacer pasar la idea de nación como si fuese una “gran” familia, precisamente porque el símbolo de familia es un poderoso atractivo a la obediencia tan buscada por el poder. Si el ideal de nación, según las definiciones fundadoras, es el conjunto de personas que buscan vivir juntas bajo una misma comunión de anhelos y prácticas, y cuyos vínculos se plebiscitan todos los días, el concepto de nación no se encontraría muy lejano del de familia, esa unidad de convivencia doméstica, unida por vínculos de parentesco que la consanguinidad, la legalidad o el cotidiano (o una combinación) establecen a lo largo del tiempo en una comunidad íntima de afectos pero bajo una jerarquía de obediencia específica. Así, los sectores dominantes, como proveedores de recursos (fuentes de empleo, de palabra autorizada y legitimadora, etc.), serían el equivalente de los padres o tutores en una familia, que como proveedores requerirían también obediencia por tradición. Pero, sabemos que la familia como nación o la nación como familia, tendría ciertos problemas de veracidad en sociedades tan desiguales como la dominicana. En un territorio de tanta fragmentación social como el que vive el país, cómo le funcionaría al Poder la idea de familia para guardar control de sus súbditos.
1/La curiosa “casa” de la “gran” familia Dominicana
Cómo podría haber segregación en una familia, si al final de todo: ¿no somos familia? Qué mejor apuesta por un espíritu familiar para que todo problema social, al final, deba arreglarse en familia, o que toda diferencia debe aceptarse porque es familia. ¿Y por qué estar triste o inconforme, si al final somos una “misma” familia? Son respuestas a esas preguntas, cuando establecemos la equivalencia entre familia y sociedad dominicana, lo que busca la promoción de la idea de la “gran” familia, aunque no resista mucho tiempo esa idea la prueba de la realidad. Aquí algunos ejemplos. En la actualidad, cada vez que llega el 911 a un punto a socorrer a personas, una de las primeras preguntas que gentilmente realiza el servicio público es a cuál centro de salud estás vinculado la persona atendida. Ahí (y una cantidad innumerable de otros ejemplos parecidos que podríamos también evocar del diario vivir desigual de los dominicanos) es cuando y donde el mantel de la supuesta “gran “familia” comienza a deshacerse. Servicios como el 911 proyectan formalismos de igualdad de los dominicanos: todos los ciudadanos accederían a un servicio universal, no importa quien sea. Sin embargo, la realidad es otra: no es la intervención puntual del 911, es lo que hay detrás y delante, el a priori y el posteriori del 911 donde la inequidad social se esconde. Como docente de la UASD, me ha tocado llamar en múltiples ocasiones al 911 y padecer las desigualdades sociales que mis estudiantes viven frente a la salud como derecho de la gente. No es solo dónde llevan a la persona donde se delata la desigualdad, es la historia que hay detrás de cada padecimiento. En una ocasión, una estudiante en mi clase de los lunes en la mañana, comenzó a reflejar síntomas preocupantes de adormecimiento de sus extremidades y falta de oxígeno. La estudiante, a pesar de haber sido diagnosticada en su momento con una condición cardíaca particular supimos después, tenía varios años que no había visitado servicios médicos al respecto, a pesar de sufrir síntomas evidentes. El problema aquí no es solamente si tenía o no el acceso a esos servicios (por cercanía territorial, por capacidad monetaria para financiarlo o no, etc.), es sobre todo el peso de la historia personal en términos de la cercanía de la persona y su contexto socioeconómico con el servicio de cuidado médico. Es eso lo que suele ser decisivo a la hora de que una persona asista o no a un centro en procura de asistencia de no emergencia o urgencia. Sin embargo, existe cierto economicismo que atribuye al grado de desinformación de una persona lo que decide o no si el agente social toma x decisión. Como si los pobres fuesen pobres por falta de información, es decir, solo porque no saben como hacerse ricos o salir de la pobreza. Opinión tan errónea como pensar que el solo hecho de saber que si en los bancos hay dinero, bastaría para ir a ellos para retirarlo. Son esos juegos de lenguaje, como decía Wittgenstein, que enmascaran la gran estructuración jerárquica de privilegios del mundo social real.
Si tomamos el símil de la casa y continuamos como el tema de acceso a servicios de salud, la cosa resulta contradictoria o al menos paradójica parara la idea de “gran” familia como denominador de la nación dominicana. La “gran” familia sería ese lugar donde unos tienen seguro internacional y otros tienen seguro local (más o menos precarios), unos que aún teniendo seguro no pueden pagar la diferencia que no cubre el seguro, y otros que sencillamente no tienen seguros. ¡Vaya familia! Algunos dicen que ya los hospitales y escuelas públicas dominicanas no tienen nada que envidiarle a los otros, cuando todos sabemos que por un efecto económico, la segregación de las escuelas dominicanas y los centros de salud, como para muchos otros dominios de la vida de la gente (como el deber tributario, por ejemplo), se reproduce la pirámide social del país, donde los de abajo cargan más fuerte siempre que los de arriba. Es una república desigual, segregada, fragmentada, que permea todos los derechos fundamentales de la persona. Hasta en el derecho a ser o no defendido correctamente en lo legal, que suele depender del dinero que tu tengas para pagar tal abogado, puede hacer decidir tu suerte judicial. Todo pasa por la tenencia de capital económico, cultural o social, o todos, que de alguna manera u otra la gente recibe por una herencia familiar o logrado por minorías, por esos accidentes de la probabilidad social. En una casa en la que bajo un mismo techo se tenga tales realidades de diferenciación, y se toleren, se tiene un espíritu familiar que pocos dominicanos aceptarían como tal. En una casa en la que unos emplean a otros por salarios de miseria a otros, mientras los empleadores acumulan la mayoría de las ganancias, también resultaría poco tolerable para llamarle familia en la cultura dominicana.
2/La idea de la “gran” familia como gran ignominia
Ahora bien, como en todo análisis, lo interesante no es la ocurrencia de un hecho social, sino el por qué del hecho, sus causas y explicaciones posibles. Cada vez que uno intenta dilucidar la gran mentira detrás del manto del silencio bajo el cual se buscan disimular las injusticias sociales, el poder, vías sus escribas, enarbola la tesis de que quien revela esos mecanismos busca que el mundo “arda”, que lo que procura es la “división” de la gran familia dominicana. Como si la gran mentira, el gran silencio, la justificación de la supuesta “gran” familia no fuese un mecanismo más de los dominantes para disimular el estado de la violencia que genera la abundancia opulenta de unos pocos frente a la precariedad y necesidad de muchos otros. Aluden también esos escribas del poder, que lo que el crítico busca revelando esas “diferencias”, es la guerra de clases, como si no hubiese hoy en el país, con los grados de violencia que se registran en las calles de República Dominicana, una verdadera guerra social que buscan sobrevivir literalmente con el cuchillo en la boca, ante la indiferencia, represión o indolencia de los de arriba.
La “gran” familia es una de esas expresiones claves con la cual el orden ordena (en ambas acepciones del verbo ordenar: organizar y mandar) a la sociedad. La “gran” familia mantiene orden en las temporadas empalagosas, donde se requiere consumir la oferta de recursos y en las que la propaganda distribuye los bonos inorgánicos de esperanza de que todos pertenecemos a una misma nación, es decir a una misma casa, y tendríamos las mismas oportunidades, que solo sería cuestión de tiempo. Pero detrás de la “gran” familia, se esconde uno de los pilares del sistema de producción de lo social: la ideología del espejismo social, según la cual, la gente se crea expectativa posible pero muy poco probables de alcanzar, generando así toda una economía de esfuerzos que llevan en lo profundo de si el conocimiento tácito de sus bajísimas probabilidades de retorno, cargados de una racionalidad pasmosa. Así, se genera un fuerte estado de resignación, porque dentro del marco conocido de acción, la palabra oficial (la propaganda constante), hace de la realidad una versión de anticipo a la esperanza de vivir, cuyos dividendos serían entregados en diferido, un poco más tarde, aunque en realidad solo sea mera y remota posibilidad.
La “gran” familia es ante todo una imagen, que busca unificación a la fuerza. Pero esa unificación no es inocente, ella responde a criterios e intereses muy específicos de gobernanza, que suelen ser los de la clase dirigente de una sociedad. Los regímenes de democracia de mercado, no requieren siempre de la coerción física para gobernar a sus sujetos, cuando poseen tecnologías de control por vía de la obediencia a necesidades artificiales creadas por el propio poder, que suele ser el proveedor monopólico de las mismas. Una de ellas es, como pensaba el doctor Panglos de Voltaire, la idea de que “vivimos en el mejor mundo posible”. El neoliberalismo busca convencernos que vivimos en un mundo de oportunidades para todos e inmejorable, donde no hay alternativas mejor que la que ya está. De ahí la gran resignación implícita con la que manejamos nuestras acciones, sujetas a la historia que nos fabrica, y no a la que podríamos fabricar innovando. Y que aquellos a los que no le ha llegado el “éxito”, les estaría por llegar, y que tendrían en frente una ruta para alcanzarlo. Y que esa ruta ya existiría, y solo haría falta transitarla porque el éxito estaría a la vuelta de la esquina (de una graduación de universidad que se aproxima, de un negocio venidero, de un año nuevo que entra).
Como la expresión latina citada por el estadista británico Walpole, que Foucualt reprodujo una vez: “quieta non movere” (lo que se queda tranquilo, no se debe tocar), al poder político le aterra que la gente se mueva y salga de su taxonomía de formas de comportamiento legítimas para el Estado. Por eso, los gobernantes inventaron un conjunto de ciencias auxiliares del Príncipe para mejor dirigir los Estados: como la demografía, por ejemplo, para mejor conocer el movimiento de sus sujetos, o la geografía para mejorar controlar sus territorios. La “gran familia dominicana” no es la familia dominicana típica, sino una versión interesada como eufemismo, para quitarle nombre a la violencia social existente.
Pacificar la guerra social que décadas de desigualdad e inequidad acumulada han producido las clases dominantes sobre las clases laboriosas, es una cuestión urgente para cualquier gobierno democrático. Pero para alcanzar esa paz de la sociedad dominicana hace falta distribuir pan, cuidado, trabajo, participación política y dignidad para todos. Lo único interesante del uso de la expresión “gran” familia dominicana es que sirve para un legítimo sentir de la gente desamparada pertenecer a una instancia colectiva. Porque la angustia o la ansiedad del vivir cuando se comparte, se vive en colectivo como amortiguamiento. Pero, si la idea de la “gran” familia se hace precisamente para que no haya cambio social, para vivir postergando la hora de hablar claro de lo que existe en el país es moralmente injustificable y políticamente viable de ser superado, entonces se convierte la “gran” familia en una herramienta más del Poder para callar los ruidos de su orden ensordecedor e inicuo.
https://acento.com.do/2019/opinion/8639022-mito-la-gran-familia-dominicana/
Juan Miguel Pérez | CuestArriba
No fue sino hasta hace unos días, durante una entrevista con el periodista Marino Zapete, que pude ver las imágenes del incidente que ocurrió el 16 de agosto pasado, al momento en que el diputado Fidelio Despradel (diputado nacional por el partido Alianza País), declinó juramentar a la hermana de Danilo Medina, la diputada Lucía Medina, como presidenta de la Cámara de Diputados.
Al propio Zapete le fue difícil obtener una copia del video. El mismo 16 de agosto fui testigo de la espesa censura que alejó de las grandes tribunas de la información aquel acontecimiento más simbólico que otra cosa, pero altamente significativo. A la misma hora que Fidelio intervenía, estaba siendo yo entrevistado por Juan Bolívar Díaz y Rafael Toribio en Uno más Uno sobre la toma de posesión del presidente Medina, cuando nos llegaban rumores acerca de la acción de Fidelio y la posible ausencia de los legisladores opositores. No teníamos imágenes ni sonidos de lo que estaba ocurriendo en el interior del Congreso de Diputados. Mis anfitriones no comprendían el por qué no se cubría periodísticamente la situación, mientras los reporteros presentes en el lugar de los hechos solo se limitaban a cubrir los triviales arribos de funcionarios públicos a la explanada de la sede del Poder Legislativo nacional. No nos cabía duda alguna de lo que estaba ocurriendo.
Fidelio inició su alegato argumentando la inequidad que existió en un torneo electoral viciado por el uso de recursos estatales para favorecer al partido de gobierno. Cuando intentaba desarrollar un poco más los argumentos que lo llevaban a retirarse de la tribuna, el diputado nacional fue interrumpido groseramente por una batería de rabiosos diputados oficialistas. No valió ni la edad ni el orden parlamentario ni su investidura como diputado nacional ni mucho menos su trayectoria personal como militante político, para prevenir la furia de agravios que le era dirigida por iracundos legisladores peledeístas.
Prominente dirigente de la Agrupación Política Catorce de Junio, tanto desde la clandestinidad como en su legalidad corta pero intensa, Fidelio fue en el alzamiento revolucionario y constitucionalista de noviembre de 1963 en contra del Golpe a Bosch (septiembre de 1963), el comandante del Frente Enrique Jiménez Moya, el cual llevaba entre sus miembros al héroe nacional Manolo Tavárez, comandante de todos los frentes de aquel memorable hecho. Igual pasó durante la guerra patria de abril de 1965, cuando fungió como destacado comandante constitucionalista que resistió la invasión estadounidense. Fidelio ha sido militante de toda una vida. Suficientes grados patrióticos ganados en el fragor de una trayectoria en la que no ha pasado factura ni ha claudicado ni a sus principios morales ni a su lealtad a sus ideales políticos, virtudes que probablemente han contribuido más para la historia de República Dominicana y su lucha por la democracia que la de todo lo hecho por ese Congreso Nacional en los últimos decenios, sin desmeritar las excepciones honradas que allí quedan todavía.
Cuando veía aquellas escenas del Congreso me preguntaban qué tanto saben o sabían esos diputados intolerantes sobre lo que ha sido la vida de Fidelio. Sería una ingenuidad pensar que no lo sabían, aunque cabe la posibilidad. Sabemos que los niveles de conocimiento en el país sobre nuestra propia historia moderna son asombrosamente bajos, como parte del guión con el que las clases conservadoras le han tumbado a este pueblo su democracia. Ejemplo de esa posibilidad son unas declaraciones atribuidas a una cuenta tuiter de una legisladora oficialista (y que aparentemente fueron luego borradas) en la que el 14 de junio pasado, según la política, se “conmemoraba” el día en que ”revolucionarios del Movimiento 14 de Junio encabezados por Manolo Tavárez desembarcaron en Constanza, Maimón y Estero Hondo”.
Pero, eso de atribuir ignorancia pareciera poco lógico con las características del hecho. El peledeismo nunca fue indocto en materia de historia, ni cuando Bosch y sus paradigmáticos libros de divulgación del saber histórico, ni cuando la era post-Bosch. Prueba de la segunda época del peledeismo fue el funesto Frente Patriótico de 1996, que nos mostró la nueva doctrina que lideraban Danilo Medina y Leonel Fernández y sus seguidores sobre la suerte que correrían la memoria de las luchas democráticas en el país. Para llegar a ser diputado de un partido como el PLD, hay que conocer un mínimo de elementos, y los diputados oficialistas no se le pudo haber escapado esos gruesos detalles en el caso de Fidelio. Es claro que sabían quién era Fidelio Despradel, pero eso no les importa, porque hace rato que Juancito Sports ha sido elevado a un rango superior en el imaginario nacional del colectivo dominicano que el propio Manolo Tavárez.
Partiendo de esta realidad, podemos deducir que lo hubo que en el incidente no fue la acción de un tigueraje que irrespetó por ignorancia a Fidelio y su legado verdinegro, sino que lo irrespetó y lo irrespeta precisamente por conocimiento real de quién es Fidelio y lo que representa su historia política para la decadente partidocracia dominicana. De hecho, no podíamos esperar otro comportamiento ante Fidelio, porque al Congreso se llega siendo un anti-Fidelio, es decir a través de un comportamiento donde el oportunismo es la ideología guía. Fidelio pudo llegar porque su elección fue indirecta (logró su escaño por la suma de votos que obtuvo su partido a nivel nacional). Probablemente que si Fidelio se hubiese presentado por voto directo una candidatura, no hubiese salido electo por las reglas del juego político nacional que privilegia, reitero, el tigueraje, haciendo del Congreso una especie de vanguardia o epicentro del desastre político que gobierna nuestro tiempo.”
Todos sabemos en este país que para triunfar como político en la escena local es preferible carecer de escrúpulos o poseer mucho dinero, y en la mayoría de los casos es necesario tener ambas condiciones. La política tradicional está en crisis porque hoy su paradigma ha sido llevado a sus más desfachatada versión. La precaria situación de estabilidad de este sistema solo se sostiene en base un sofisticado y bien montado control de medios de comunicación, y gracias al estado social de calamidad al que han puesto al sufriente pueblo dominicano, de manera que sus pocos momentos de ocio que le quedan dentro de sus ritmos de sobrevivencia, los dedique a botar el golpe, quedándole al final pocos recursos de dónde y cuándo y cómo informarse sobre las cosas esenciales que suceden en el país.
Hoy Fidelio está prácticamente solo en el Congreso. No es la primera vez que Fidelio se enfrenta en un combate tan desigual a adversarios y enemigos tan fuertes. La guerra de guerrillas en la que sobrevivió en 1963 y la resistencia patriótica de 1965, se hizo en condiciones asimétricas entre los rebeldes y aquellas tropas regulares densamente superiores en armamento, y en aquel momento con métodos sanguinarios: del gorilismo militarista que amarró de un árbol al guerrillero Francisco Bueno Zapata (el primer mártir revolucionario caído en Manaclas), y lo torturó a muerte a base bayonetazos por una patrulla militar, como escarmiento público para que los campesinos del lugar “aprendieran cuál era la suerte destinada a los comunistas”; o ese mismo gorilismo que acuchilló e hirió de muerte al Guajiro (Domingo Sánchez Bisonó), el “práctico” de la guerrilla. Y ni hablar del fusilamiento de sus compañeros la noche del 21 de diciembre de 1963, por órdenes del Triunvirato y del gobierno estadounidense.
Los tiempos cambian. Pero, oh, paradoja, el poder oligarca que dio el golpe de Estado a Bosch, sigue siendo hoy el que gobierna, con actores que se reciclan desde hace más de 40 años para hacer la labor intermediaria ejecutiva. Ese mismo poder fue el que enfrentó a Fidelio el 16 de agosto. Y si el guerrillero catorcista de aquellas pudo sobrevivir, no me quedan dudas que el diputado catorcista de hoy sobrevivirá llevando con él, como se escribiera en la Edad de Oro, “el decoro de todo un pueblo” que probablemente no ha ni siquiera oído hablar de él.
Es previsible que los revolucionarios saben desaparecer, como lo precisó también el apóstol cubano antes de caer en Dos Ríos. Solo deseo mucha salud para que Fidelio pueda continuar en la trinchera que siempre ha estado. A los diputados gorilistas, solo les advierto que los militantes como Fidelio viven mucho y siempre mueren en combate y con sus botas puestas, haciendo lo que todo revolucionario está llamado a hacer: luchar hasta el final por un mundo más justo y solidario, siempre en defensa de los humildes y por una cierta y digna idea de la convivencia decente y pacífica para todas y todos.
Ojalá que la sucesión de hombres y mujeres políticos que le siguen a Fidelio en el campo progresista, y que están llamados a jugar algún rol en el cambio urgente que necesita República Dominicana, pueda aprender la mística de quienes integraron esa generación llamada Manolo, y que hasta el día de hoy se mantienen de pie, con la vergüenza como estandarte y el espíritu multiplicado. http://elgrillo.do/2016/09/el-diputado-catorcista-y-el-gorilismo-oficialista/