SERVICIO DE NOTICIAS en favor de la democracia participativa, el desarrollo humano, la paz, el medio ambiente y la cultura.- Santo Domingo, República Dominicana / Luis ORLANDO DIAZ Vólquez - OPINIÓN, NOTICIAS Y COMENTARIOS. Haciendo de la lucha contra la pobreza un apostolado templario./ email: guasabara.editor@gmail.com - http://www.facebook.com/GuasabaraLUISorlandoDIAZ - @GUASABARAeditor
La Justicia de Brasil decidió procesar al excandidato del Partido de los Trabajadores (PT) Fernando Haddad por un caso de presunta corrupción.
El juez Leonardo Barreiros del estado de Sao Paulo (sureste) consideró procedente la solicitud de la Fiscalía para abrir juicio contra Haddad y el extesorero del PT Vaccari Neto por corrupción pasiva y lavado de dinero, informó el domingo el diario local O Globo.
El Ministerio Público señaló a Haddad de haber presuntamente recibido en 2012 una suma de 1,2 millones de dólares en sobornos a cambio de contratos con la administración pública.
Otras cinco personas, entre ellas Vaccari Neto, son señaladas por supuestos manejos irregulares en la campaña electoral de Haddad que lo llevó a la alcaldía de Sao Paulo en el año 2013.
La denuncia se basa en declaraciones del empresario Ricardo Ribeiro Pessoa, presidente de la empresa UTC Engenharia S.A. y vinculado en la trama Lava Jato, quien asegura que Vaccari habría negociado en nombre de Haddad para esa compañía pagase las deudas —unos 700 000 dólares— que quedaron tras la campaña electoral de 2012.
Haddad ha rechazado la acusación en reiteradas ocasiones. Este lunes, en un comunicado, subrayó que la acusación supone “otro intento por reciclar la ya conocida y descalificada delación de Ricardo Pessoa”.
Mientras tanto, el abogado defensor de Vaccari resaltó que su cliente nunca fue tesorero de campaña y tampoco solicitó recursos para tal fin.
Haddad sustituyó como candidato del PT al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva quien fue inhabilitado por estar preso y condenado por corrupción en segunda instancia.
NOTICIAS |PERISCOPIO ELECTORAL Un autoritario ha sido electo presidente de Brasil. ¿Y ahora qué?
Por CAROL PIRES 28 de octubre de 2018 Seguidores del presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, celebran la victoria de su candidato en Brasilia, el 28 de octubre de 2018 CreditEraldo Peres/Associated Press
La estrategia que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil avanza por el mundo: el desprecio por las reglas democráticas, las minorías sociales puestas como chivos expiatorios, la nostalgia de un pasado supuestamente mejor y la popularización del antiintelectualismo, que favorece el saber de las redes sociales sobre el conocimiento de los expertos y la verdad de los periodistas. Todo diseminado a través de mentiras y noticias falsas o tergiversadas para causar un caos que solo el nuevo líder, contrario a la política tradicional establecida —llámese Trump, Erdogan, Duterte u Orbán—, será capaz de solucionar.
Con el 55 por ciento de los votos, Jair Bolsonaro le dio una victoria contundente a la extrema derecha, en parte porque convenció a sus electores de que las soluciones a la crisis no han sido rápidas solo por la falta de voluntad política. Pero ahora tendrá que entregar resultados, no solo retórica. A partir de enero de 2019, deberá resolver sus contradicciones para cumplir sus promesas electorales: leyes de posesión de armas a la población, erradicar la inseguridad pública —en un país donde 60.000 personas fueron asesinadas en 2017— y la disminución del gasto público.
Como es probable que Bolsonaro no pueda ofrecer resultados tangibles en poco tiempo, podría elegir esconderse en la trinchera que mejor maneja: la guerra cultural. Desconocido fuera de su reducto electoral en sus veintisiete años como diputado federal y electo presidente sin el respaldo de un partido importante, Bolsonaro se dio a conocer y construyó su poder político atacando a las instituciones democráticas y distorsionando el discurso feminista y de las minorías. Una de sus primeras cruzadas fue contra al “kit gay”, un libro que supuestamente iba a servir para enseñar sexualidad a los niños pero que en realidad nunca existió. Hay varios otros episodios que muestran que su campaña se ha basado en mentiras.
Las redes sociales y servicios de mensajes instantáneos fueron un factor determinante en estas elecciones. Un estudio de cien mil mensajes de WhatsApp de contenido electoral compartidos en Brasil determinó que más de la mitad tenía información engañosa o falsa. Y no eran solo distorsiones. Entre la información que las agencias de verificación de datos tuvieron que desmentir decía que Fernando Haddad, el candidato derrotado del Partido de los Trabajadores, había abusado sexualmente de una niña. Un reportaje de Folha de S. Paulo reveló que empresarios que respaldaron a Bolsonaro pagaron hasta 12 millones de reales por servicios de mensajería masiva contra el adversario de Bolsonaro —lo que está prohibido por la ley electoral brasileña—. La periodista que firmó el reportaje ha sido atacada digitalmente por grupos que apoyan a Bolsonaro. Pero no es el único caso: otros 140 periodistas más, incluida yo, hemos sido agredidos por seguidores del presidente electo.
En una entrevista de 1964, la filósofa Hannah Arendt le recordó al periodista Günter Gaus que el incendio del Reichstag, en Berlín, poco después de la llegada de Hitler al poder en 1933, le permitió al líder nazi imponer un estado de emergencia que duró doce años. El incendio se le atribuyó a un joven albañil comunista que acababa de llegar a Alemania, pero esta acusación nunca fue probada. Lo cierto es que el estado de emergencia permitió la persecución sistemática y masiva contra comunistas y llevó a la ampliación de poderes del nazismo. El punto es que no hay que esperar a que se repita un ejemplo extremo para entender cómo otros gobiernos autoritarios hicieron para garantizar la sumisión de la sociedad y consolidar su poder.
En el caso de Brasil, donde el 44 por ciento de la población rechaza a Bolsonaro, el desafío más urgente es no dejar que la indignación se diluya en la apatía, porque eso sería darle más poder a quien desdeña los valores democráticos. Sabemos que hay mucha más gente dispuesta a diseminar mentiras que a combatirlas. Y si Bolsonaro actúa como lo hizo durante la campaña, uno de sus principales blancos será la verdad.
La sociedad civil, la oposición política, la prensa y las instituciones públicas independientes, no pueden bajar la guardia. Un primer paso es proteger y rescatar la verdad, empezando por la verdad histórica.
Nuestra redemocratización fue construida a partir de un pacto de olvido —la Ley de Amnistía— que perdonó a quienes habían cometido “crímenes políticos”: militantes contrarios al régimen, pero también funcionarios del Estado acusados de tortura y asesinato. Años después, nuestra tardía comisión de la verdad terminó sin castigos a los torturadores de la dictadura militar (1964-1985), lo que permitió que fuera casi normal que un militar retirado del ejército que apoya la tortura gane la presidencia.
Si los brasileños no queremos perder las conquistas sociales más importantes logradas en los últimos gobiernos, debemos crear un contrapeso sólido para frenar los rasgos antidemocráticos de Bolsonaro. La prensa y los tribunales superiores tendrán que vigilar al poder ejecutivo más que nunca.
Bolsonaro dijo recientemente que los “rojos” (los del Partido de los Trabajadores) tendrán que salir del país o irán a la cárcel, una amenaza que suena a una dictadura, en donde no hay espacio para adversarios políticos. Sus seguidores se han contagiado de su discurso polarizante y violento. Y su concepto de quién es “rojo” es amplio: va de periodistas que lo molestan hasta el filósofo liberal Francis Fukuyama, quien dijo que Bolsonaro era una amenaza para la democracia.
Sus partidarios están haciendo de ese diagnóstico una realidad. Durante la campaña, protagonizaron al menos cincuenta ataques físicos por razones políticas. Bolsonaro dijo que no podía hacerse responsable por las acciones de quienes lo apoyan. Pero si no logra controlar ni a sus partidarios, ¿cómo va a solucionar la violencia de todo un país?
Después de la victoria de Bolsonaro, una mujer sostiene un ataúd con las iniciales del Partido de los Trabajadores, del candidato perdedor, Fernando Haddad. CreditNacho Doce/Reuters
En su primer discurso como presidente electo, Bolsonaro pronunció una oración evangélica y prometió respetar la Constitución y los valores democráticos, pero no hizo un llamado poselectoral a la unidad nacional, como se esperaba. En cambio, imprimió a su discurso un giro que podría parecer irónico: “El pueblo brasileño ha entendido la verdad. Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, dijo citando un versículo de la Biblia. Esto sugiere que tendrá un gobierno a imagen y semejanza de la fórmula que le dio resultado durante la elección: polarizador, mentiroso y cargado de prejuicios raciales, sociales y sexuales. Es también probable que haga uso de la represión estatal, con un precio importante para las libertades individuales de los brasileños.
Así que quienes creemos que hay que rechazar el autoritarismo, debemos estar alerta en momentos de choque y escrutar en las razones y pretextos que Bolsonaro podría usar para justificar la fuerza. Frente a las mentiras, será indispensable defender la verdad y nunca ceder en nuestra indignación.
PERISCOPIO ELECTORAL Un autoritario ha sido electo presidente de Brasil. ¿Y ahora qué?
Jair Bolsonaro llegó al poder con una estrategia ya probada en varias latitudes: desacreditar la política tradicional, inventar a un enemigo y prometer limpiar al país de corrupción, violencia y comunismo. Pero ahora tendrá que ofrecer resultados a una sociedad que espera ver mejoras rápidas.
Por CAROL PIRES Seguidores del presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, celebran la victoria de su candidato en Brasilia, el 28 de octubre de 2018CreditEraldo Peres/Associated Press
Un autoritario ha sido electo presidente de Brasil. ¿Y ahora qué?
28 de octubre de 2018
La estrategia que llevó a Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil avanza por el mundo: el desprecio por las reglas democráticas, las minorías sociales puestas como chivos expiatorios, la nostalgia de un pasado supuestamente mejor y la popularización del antiintelectualismo, que favorece el saber de las redes sociales sobre el conocimiento de los expertos y la verdad de los periodistas. Todo diseminado a través de mentiras y noticias falsas o tergiversadas para causar un caos que solo el nuevo líder, contrario a la política tradicional establecida —llámese Trump, Erdogan, Duterte u Orbán—, será capaz de solucionar.
Con el 55 por ciento de los votos, Jair Bolsonaro le dio una victoria contundente a la extrema derecha, en parte porque convenció a sus electores de que las soluciones a la crisis no han sido rápidas solo por la falta de voluntad política. Pero ahora tendrá que entregar resultados, no solo retórica. A partir de enero de 2019, deberá resolver sus contradicciones para cumplir sus promesas electorales: leyes de posesión de armas a la población, erradicar la inseguridad pública —en un país donde 60.000 personas fueron asesinadas en 2017— y la disminución del gasto público.
Como es probable que Bolsonaro no pueda ofrecer resultados tangibles en poco tiempo, podría elegir esconderse en la trinchera que mejor maneja: la guerra cultural. Desconocido fuera de su reducto electoral en sus veintisiete años como diputado federal y electo presidente sin el respaldo de un partido importante, Bolsonaro se dio a conocer y construyó su poder político atacando a las instituciones democráticas y distorsionando el discurso feminista y de las minorías. Una de sus primeras cruzadas fue contra al “kit gay”, un libro que supuestamente iba a servir para enseñar sexualidad a los niños pero que en realidad nunca existió. Hay varios otros episodios que muestran que su campaña se ha basado en mentiras.
Las redes sociales y servicios de mensajes instantáneos fueron un factor determinante en estas elecciones. Un estudio de cien mil mensajes de WhatsApp de contenido electoral compartidos en Brasil determinó que más de la mitad tenía información engañosa o falsa. Y no eran solo distorsiones. Entre la información que las agencias de verificación de datos tuvieron que desmentir decía que Fernando Haddad, el candidato derrotado del Partido de los Trabajadores, había abusado sexualmente de una niña. Un reportaje de Folha de S. Paulo reveló que empresarios que respaldaron a Bolsonaro pagaron hasta 12 millones de reales por servicios de mensajería masiva contra el adversario de Bolsonaro —lo que está prohibido por la ley electoral brasileña—. La periodista que firmó el reportaje ha sido atacada digitalmente por grupos que apoyan a Bolsonaro. Pero no es el único caso: otros 140 periodistas más, incluida yo, hemos sido agredidos por seguidores del presidente electo.
En una entrevista de 1964, la filósofa Hannah Arendt le recordó al periodista Günter Gaus que el incendio del Reichstag, en Berlín, poco después de la llegada de Hitler al poder en 1933, le permitió al líder nazi imponer un estado de emergencia que duró doce años. El incendio se le atribuyó a un joven albañil comunista que acababa de llegar a Alemania, pero esta acusación nunca fue probada. Lo cierto es que el estado de emergencia permitió la persecución sistemática y masiva contra comunistas y llevó a la ampliación de poderes del nazismo. El punto es que no hay que esperar a que se repita un ejemplo extremo para entender cómo otros gobiernos autoritarios hicieron para garantizar la sumisión de la sociedad y consolidar su poder.
En el caso de Brasil, donde el 44 por ciento de la población rechaza a Bolsonaro, el desafío más urgente es no dejar que la indignación se diluya en la apatía, porque eso sería darle más poder a quien desdeña los valores democráticos. Sabemos que hay mucha más gente dispuesta a diseminar mentiras que a combatirlas. Y si Bolsonaro actúa como lo hizo durante la campaña, uno de sus principales blancos será la verdad.
La sociedad civil, la oposición política, la prensa y las instituciones públicas independientes, no pueden bajar la guardia. Un primer paso es proteger y rescatar la verdad, empezando por la verdad histórica.
Nuestra redemocratización fue construida a partir de un pacto de olvido —la Ley de Amnistía— que perdonó a quienes habían cometido “crímenes políticos”: militantes contrarios al régimen, pero también funcionarios del Estado acusados de tortura y asesinato. Años después, nuestra tardía comisión de la verdad terminó sin castigos a los torturadores de la dictadura militar (1964-1985), lo que permitió que fuera casi normal que un militar retirado del ejército que apoya la tortura gane la presidencia.
Si los brasileños no queremos perder las conquistas sociales más importantes logradas en los últimos gobiernos, debemos crear un contrapeso sólido para frenar los rasgos antidemocráticos de Bolsonaro. La prensa y los tribunales superiores tendrán que vigilar al poder ejecutivo más que nunca.
Bolsonaro dijo recientemente que los “rojos” (los del Partido de los Trabajadores) tendrán que salir del país o irán a la cárcel, una amenaza que suena a una dictadura, en donde no hay espacio para adversarios políticos. Sus seguidores se han contagiado de su discurso polarizante y violento. Y su concepto de quién es “rojo” es amplio: va de periodistas que lo molestan hasta el filósofo liberal Francis Fukuyama, quien dijo que Bolsonaro era una amenaza para la democracia.
Sus partidarios están haciendo de ese diagnóstico una realidad. Durante la campaña, protagonizaron al menos cincuenta ataques físicos por razones políticas. Bolsonaro dijo que no podía hacerse responsable por las acciones de quienes lo apoyan. Pero si no logra controlar ni a sus partidarios, ¿cómo va a solucionar la violencia de todo un país?
Después de la victoria de Bolsonaro, una mujer sostiene un ataúd con las iniciales del Partido de los Trabajadores, del candidato perdedor, Fernando Haddad.CreditNacho Doce/Reuters
En su primer discurso como presidente electo, Bolsonaro pronunció una oración evangélica y prometió respetar la Constitución y los valores democráticos, pero no hizo un llamado poselectoral a la unidad nacional, como se esperaba. En cambio, imprimió a su discurso un giro que podría parecer irónico: “El pueblo brasileño ha entendido la verdad. Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”, dijo citando un versículo de la Biblia. Esto sugiere que tendrá un gobierno a imagen y semejanza de la fórmula que le dio resultado durante la elección: polarizador, mentiroso y cargado de prejuicios raciales, sociales y sexuales. Es también probable que haga uso de la represión estatal, con un precio importante para las libertades individuales de los brasileños.
Así que quienes creemos que hay que rechazar el autoritarismo, debemos estar alerta en momentos de choque y escrutar en las razones y pretextos que Bolsonaro podría usar para justificar la fuerza. Frente a las mentiras, será indispensable defender la verdad y nunca ceder en nuestra indignación.
Como gran parte de la gente progresista y sensata del continente y de otras regiones del mundo, confieso que he quedado desconcertado, abrumado y apenado, ante el triunfo del candidato ultraderechista Jair Bolsonaro en Brasil.
Así es que me dispuse a escuchar las opiniones de otras personas sobre el caso para entender por qué a Bolsonaro le fue tan fácil concitar el apoyo de más de 50 millones de brasileños, a pesar de tener un discurso racista, homofóbico, contra las mujeres y a favor del gran capital, que es lo mismo que decir en contra de los pobres que fueron favorecidos durante la gestión de Lula y Dilma Rousseff.
En ese sentido, consulté al economista Antonio Ciriaco Cruz, vicedecano de Economía de la UASD, y él me explicó cómo la ralentización de la economía fue determinante, “cuando el ciclo económico cambia, también cambia el político”.
Brasil es un gran exportador de materia prima, sobre todo a China, y al gigante asiático desacelerar su crecimiento económico, eso se reflejó en Brasil, provocando una situación desfavorable, que afectó a millones de personas, incluidos los más de 30 millones que Lula sacó de la pobreza y que ahora demandan más bienes y servicios, y ya no se conforman con menos.
De 2014 a la fecha, Brasil ha sido afectado por una crisis sin precedentes. Su economía se contrajo hasta un -7%.
El factor económico, unido a los escándalos de corrupción, generó un ansia de cambio en una parte de la sociedad carioca. Es una explicación lógica, pero pienso que esto solo no justifica el triunfo de Bolsonaro.
Cómo puede Brasil votar mayoritariamente por un nostálgico de la dictadura, un candidato abiertamente racista, homofóbico, y partidario de ampliar la explotación de la selva amazónica, ese pulmón del planeta.
No lo asimilo.
Comprendo que también el deseo de cambio de los brasileños, agobiados por la delincuencia y la decepción generada por los escándalos de corrupción erosionaron al izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), a Lula, y auparon al excapitán de 63 años de edad. No obstante, para mí, este brasileño es más difícil de digerir que el tiburón podrido aquel.
La elección de Bolsonaro es el triunfo de lo absurdo. Evidentemente, eso no fue lo que pensaron los cerca de 50 millones de personas que votaron por él (56% de los sufragios), lo cual le dio una ventaja amplia frente a Fernando Haddad, quien obtuvo el 44% de los votantes, unos 41 millones de personas.
En materia de política internacional no hay que olvidar que Brasil es la octava economía mundial, y sin duda la locomotora de la región. Hay que esperar qué hará frente a los proyectos de integración como la Celac o el BRICS.
De lo que no hay duda es de que dará marcha atrás a proyectos sociales impulsados por Lula y Dilma como Hambre Cero o repartición de tierra a los campesinos.
En cuanto a los avances democráticos no hay nada que esperar de semejante personaje.
Se trata de un retroceso que pagarán con creces los pobres, la clase media, sean o no del PT o cualquier otro partido opositor. Solo me resta decir que Brasil es un claro ejemplo de cuánto le cuesta a la democracia la falta de unidad de los progresistas y la pobre educación política de los pueblos y sus lideres. http://eldia.com.do/bolsonaro-y-el-triunfo-de-lo-absurdo/
¿"Misión de Dios" o pesadilla política? Después de la victoria electoral del ultraderechista Jair Messias Bolsonaro, el futuro de Brasil es incierto. Thomas Milz analiza los resultados desde Río de Janeiro.
Desde la victoria de Jair Bolsonaro a las 19:21 hora local del domingo (28.10.2021) ha comenzado una nueva era en Brasil. Normalmente, el ganador de las elecciones lo celebra con sus seguidores y envía un primer mensaje conciliador a la nación. Bolsonaro, en cambio, lo hizo en vivo a través de Facebook, donde primero citó la Biblia, luego juzgó duramente a la oposición de izquierda y finalmente él y sus seguidores rezaron frente a las cámaras de televisión. Bolsonaro agradeció a Dios y a sus médicos por la ayuda tras el ataque con cuchillo a principios del pasado septiembre. Ahora podrá continuar con su "misión de Dios". A través de sus grupos de WhatsApp se mostraron videos en los que se celebró la victoria del "Mesías".
Corren nuevos tiempos. Que ahora Bolsonaro, quien anteriormente solo había llamado la atención por insultar a minorías y colegas, sea de pronto elegido presidente del país, se debe principalmente al estado catastrófico en el que se haya Brasil, después de años de crisis económica, gigantescos escándalos de corrupción y violencia fuera de control.
Los seguidores de Bolsonaro imitan sus gestos.
Discurso belicista
"Creo que Bolsonaro ha logrado la victoria por la decepción que siente una gran parte de la población con la política", analiza el politólogo Marco Aurélio Nogueira. "En la campaña electoral, él siempre atacó a la clase política y se presentó ante los votantes como opción al margen de la estructura política", añade.
¿Y también al margen del Estado de derecho? En sus 30 años de carrera política, el exmilitar alabó las atrocidades de la dictadura. Se debería haber matado a más opositores y no solo haberlos torturado, es solo una de sus controvertidas declaraciones. En la noche electoral, prometió defender la libertad, la democracia y la Constitución, pero siguió manteniendo el tono belicista. "Ya no podíamos coquetear con el socialismo, el comunismo y el populismo, como tampoco con el extremismo de izquierda", dijo Bolsonaro.
La campaña electoral estuvo marcada por el uso masivo de las redes sociales y WhatsApp, desde donde se difundieron rumores, calumnias y noticias falsas. Según la Fundación Getúlio Vargas, el entorno de Bolsonaro difundió noticias falsas, por ejemplo, sobre urnas amañadas, que alcanzaron los 40 millones de clics en Youtube.
Después de todo, "la experiencia en Brasil puede servir de lección", cree el sociólogo Marco Aurelio Ruediger, director del Centro de Análisis de Big Data DAPP de la Fundación Getúlio Vargas. De cara a otras elecciones, recomienda seguir el rastro del dinero para localizar a los fabricantes de noticias falsas. "Además, se deben configurar redes en universidades e institutos de investigación que muestren a la gente, de manera transparente, lo que es verdad y lo que no", dice Ruediger.
Fernando Haddad, ¿demasiado dependiente de Lula?
Dependiendo de Lula
El politólogo Nogueira no cree que las noticias falsas fueran cruciales. "Más importante que los centros de distribución digital de rumores y noticias falsas fue la disposición de muchos votantes a difundirlos". Más bien, el Partido de los Trabajadores (PT) cometió graves errores estratégicos antes de la primera ronda. "Haddad dependía demasiado de Lula, por lo que no obtuvo el apoyo que de otra manera hubiera esperado", explica.
Haddad esperaba un amplio "frente democrático" contra Bolsonaro después de la primera ronda de las elecciones generales, pero no fue así debido a que mucha gente estaba en contra de Lula. El PT tendría que haber apostado desde el principio por Haddad, cree Nogueira. "En el tramo final de la campaña, Haddad estaba mucho más comprometido y seguro de sí mismo, y cuanto más se separaba de Lula, mejor se sentía en una campaña adaptada a su perfil", aclara el politólogo.
Brasil se encuentra ahora en una encrucijada. Bajo el PT, el país se había convertido en un pionero de los derechos de las minorías en el hemisferio sur. Bolsonaro está contra del aborto y de derechos especiales de las minorías, incluidas las cuotas universitarias para negros y pobres. Afirma que las escuelas y universidades deberían ser liberadas de "ideologías". Ya hubo un anticipo en los días previos a las elecciones cuando la policía intentó censurar conferencias y eventos en numerosas universidades. Sin embargo, el Tribunal Supremo reaccionó rápidamente y prohibió dichas acciones policiales.
¿Puede Bolsonaro actuar como mediador en un ambiente así? "Como persona, no está preparado para ello", dice Nogueira. "Pero uno puede esperar que su equipo lo controle y lo amolde un poco como hombre de Estado, porque si no funciona, el gobierno de Bolsonaro se verá amenazado con hundirse en la primera crisis en unos pocos meses", asegura el experto.
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BRASIL: LOS CAPÍTULOS DE UNA ELECCIÓN POLARIZADA
Entra en escena el financiamiento de las campañas
Ante la prohibición a las donaciones hechas por empresas, el Congreso creó en octubre de 2017 un nuevo fondo de 1,7 mil millones de reales para financiar candidaturas políticas. El 60 por ciento de fondo quedó en las manos de seis partidos: MDB, PT, PSDB, PP, PSB Y PR, dejando a los candidatos independientes con menos recursos.