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lunes, 12 de noviembre de 2018

El discurso de Bolsonaro envalentona a las milicias parapoliciales en Brasil

El discurso de Bolsonaro envalentona a las milicias parapoliciales en Brasil

El apoyo del presidente electo a que los policías maten con impunidad y a la flexibilización del acceso a las armas resultará en más inseguridad, según los expertos

Un elector de Bolsonaro celebra la victoria del candidato en las presidenciales de Brasil.
Un elector de Bolsonaro celebra la victoria del candidato en las presidenciales de Brasil. REUTERS
Violencia en Río de Janeiro suele ser sinónimo de narcotraficantes desfilando con fusiles, pero son las llamadas milicias, grupos parapoliciales formados sobre todo por policías, militares y bomberos, en servicio o en la reserva, las que imponen el silencio. Para los que conviven con ellas, hablar sobre el tema requiere una serie de cuidados y, sobre todo, sigilo. En un bar del centro de la ciudad, P. F. habla bajo. “No me fío de los narcos ni de la milicia, pero en el primer caso hay chavales de la comunidad, mientras las milicias son algo institucionalizado. Son el propio Estado”, explica la mujer, que tiene casa y familiares en Campo Grande, un barrio de Río que está bajo la influencia de milicianos que extorsionan, aterrorizan y asesinan con la justificación de que están protegiendo el lugar.
Pocos días después de esa conversación, Jair Bolsonaro salió elegido presidente de Brasil con un plan de seguridad que amenaza con multiplicar esas milicias, un fenómeno que se concentra especialmente en Río. Así lo afirman cuatro expertos en seguridad pública consultados por EL PAÍS, que coinciden en que el programa del ultraderechista conducirá a que haya más violencia en un país que registró 63.880 homicidios en 2017. Se trata de tres ideas básicas: fomentar que los policías maten con impunidad, facilitar el acceso a las armas entre la población y endurecer el Código Penal para incrementar el número de presos en las ya superpobladas cárceles brasileñas.
Cambios legales tan profundos como los que permitirían poner en práctica esas propuestas dependen del Congreso, del Supremo y de los gobernadores de los Estados. Sin embargo, el duro discurso de Bolsonaro, quien defiende incluso que quien ejecute a un criminal sea condecorado,  estimula por sí mismo los grupos de exterminio, según los expertos consultados. “Si existe un tema en el que las señales son fundamentales, es el de seguridad. Un apretón de manos o una palabra pueden significar varias muertes y tragedias”, explica Daniel Cerqueira, economista del Instituto de Investigación Económica Aplicada y consejero del Fórum de Seguridad Pública. Si los controles sociales del uso de la violencia dejan de existir, los policías serán libres para sobornar o unirse a grupos de milicias, argumenta Cerqueira. “Echaremos de menos cuando solo los narcos eran el problema”, añade.
Lo mismo opina Ignacio Cano, sociólogo de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ). “Los policías brasileños reconocen que matan a más de 5.000 personas al año, sin contar las ejecuciones sumarias. Eso va a aumentar con Bolsonaro, cuando dice que el policía no va a ser procesado. Los policías casi nunca son procesados”, subraya. El experto recuerda que el ultra visitó un cuartel de la policía de Río y prometió que los capitanes van a mandar en el país. A su vez, el gobernador electo de Río, Wilson Witzel, ha prometido extinguir la Secretaría de Seguridad para “devolver el poder a los policías”. Para Cano, todo ello “envía un mensaje de descontrol y autonomía contraria a la lógica militar tradicional”. Y afirma: “Quizá no hagan falta grupos de exterminio si el trabajo de los policías es matar”.
Para Jaqueline Muniz, antropóloga y politóloga de la Universidad Federal Fluminense (UFF), el fenómeno de las milicias “está relacionado con un proceso que hace autónoma a la policía de una forma predatoria”, haciéndola ingobernable. “Se trata de un Gobierno policial, algo que ya tenemos. Es la espada chantajeando al político y multiplicando las amenazas y miedos sobre la población. Es algo que ya pasó en Nueva York y Chicago”, explica la experta, para quien ese proceso supone “desprofesionalizar las instituciones policiales, empujándolas hacia la clandestinidad e informalidad.

Expansión del modelo de la milicia

En Río, las milicias dominan barrios enteros y, en los últimos años, se han expandido a municipios vecinos. Una investigación del diario digital G1 indica que dos millones de personas de la región metropolitana viven en zonas bajo la influencia de esas bandas. Cuando surgieron, hace 20 años, prometían llevar la seguridad a los barrios y las favelas dominados por el narcotráfico. “No siempre desfilan armados como los narcos", cuenta P. F., “pero los vecinos tienen que hacer lo que mandan”. Su poder económico no es necesariamente el resultado de la venta de drogas, sino del control de servicios como el de gas, el agua e Internet, así como de los comercios. “Si uno compra determinado producto, tiene que comprobar que lo compró en un lugar controlado por ellos”, explica. Extorsión, tortura y asesinatos forman parte del cóctel de terror. En el campo político, las milicias también financian candidaturas e incluso eligen a los suyos para el Parlamento local.
“La violencia policial siempre viene acompañada de corrupción. El policía que tiene autorización para matar también tiene autorización para extorsionar”, explica la socióloga Silva Ramos, del Centro de Estudios de Seguridad y Ciudadanía, de la Universidad Cândido Mendes. Sin embargo, los grupos de exterminio, parapolicías y justicieros son antiguos y bastante conocidos en Brasil. En los años sesenta y setenta, tomaron el poder de las calles de Río y São Paulo los llamados escuadrones de la muerte, grupos de policías formados dentro de las comisarías y secretarías de seguridad con una tendencia moralista —intensificada durante la dictadura militar (1964-1985) y con autorización para matar.
Las ejecuciones extrajudiciales y las venganzas ya están propagadas por el país. En 2015, nueve policías fueron acusados en Salvador, capital del Estado de Bahía, de asesinar a 12 jóvenes, un suceso conocido como la masacre de Cabula. En ese mismo año se perpetró la matanza de Osasco, en la que 19 personas fueron asesinadas por policías militares y guardias civiles que querían venganza por la muerte de dos agentes, según determinó la fiscalía. En el norte y nordeste de Brasil predominan los grupos que matan por la noche, en un coche negro y sin traje de policía. En Río, esos grupos tienen también intereses comerciales. Así funciona el modelo de la milicia, que puede expandirse en todo Brasil.

EL RESPALDO DEL DIPUTADO BOLSONARO A LOS ECUADRONES

A pesar de que son ilegales, las milicias han sido respaldadas, en diferentes periodos, por políticos y otras autoridades. En Río, hasta que una comisión parlamentaria local desveló sus barbaridades, en 2008, las milicias eran vistas como la solución contra el narcotráfico. El propio Bolsonaro así lo creía. El entonces diputado federal habló en un discurso sobre el tema: “Ningún diputado local hace campaña para reducir el poder de fuego de los narcos y la venta de drogas en nuestro Estado. No. Quieren atacar al miliciano, que ahora es un símbolo de la maldad y es peor que los narcos”, declaró en 2008. “Existe el miliciano que no tiene nada que ver con el ‘gatonet’ [servicio irregular de televisión por cable] y la venta de gas. Cobra 850 reales [unos 200 euros al cambio de hoy] por mes, el sueldo de un soldado de la policía militar o un bombero, tiene su propia arma y organiza la seguridad en su comunidad. No tiene nada que ver con la explotación de servicios de gas o transporte. No podemos generalizar”.
Años antes, en agosto de 2003, el ultra había defendido en la Cámara de los Diputados a un grupo de exterminio en el Estado de Bahía que cobraba 50 reales por matar a jóvenes de la periferia. “Quiero decir a los compañeros de Bahía que, mientras Brasil no adopte la pena de muerte, el crimen de exterminio será bienvenido. Si no hay espacio en Bahía, pueden venir a Río de Janeiro”.
https://elpais.com/internacional/2018/11/09/actualidad/1541792913_305509.html

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#SepaQue a juicio del expresidente Cardoso, las instituciones y la sociedad de Brasil frenarían una hipotética deriva antidemocrática del futuro jefe del Ejecutivo| Lea“La elección de Bolsonaro no pone en peligro la democracia en Brasil”

“La elección de Bolsonaro no pone en peligro la democracia en Brasil”

El exmandatario se muestra convencido de que las instituciones y la sociedad frenarían una hipotética deriva antidemocrática del presidente electo

El expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso, este miércoles en Madrid. En vídeo, Cardoso habla de la ideología de Bolsonaro. 
"Yo tengo influencia, que es muy distinto a tener poder", advierte Fernando Henrique Cardoso. No parece poco para un hombre de 87 años con el único cargo simbólico de presidente de honor del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). De paso por Madrid para asistir al Foro Iberoamérica, el expresidente que durante su mandato (1994-2002) logró sacar al país de la hiperinflación defiende su controvertida decisión de mantenerse neutral en las últimas elecciones. Admite que el presidente electo, el ultraderechista Jair Bolsonaro, llega cargado de incógnitas y amenazas, pero se dice convencido de que las instituciones y la sociedad frenarían una hipotética deriva antidemocrática.
Pregunta. ¿La democracia está en peligro en Brasil?
Respuesta. La democracia está en peligro en todas partes. Pero Brasil tiene instituciones fuertes, la sociedad y los medios de comunicación son libres, la justicia es independiente y al pueblo le gusta la libertad. La democracia está cambiando, está en peligro en todos lados, pero no hay un peligro específico en Brasil. No creo que la elección de Bolsonaro la ponga en peligro, porque además él ganó por el voto.
P. Pero el presidente electo y sus colaboradores han hablado en los últimos meses de cosas como la posibilidad de un autogolpe, de suspender el Tribunal Supremo. ¿No hay que tomar eso en serio?
R. No es que no haya que tomarlo en serio, hay que tener cuidado con cualquier cosa que dice una persona con relevancia política. Pero creo que eso no es suficiente para doblegar nuestra institucionalidad, nuestra voluntad de mantener la democracia. Entre hablar y hacer hay diferencia. No digo que alguien no exprese actitudes antidemocráticas, eso existe en Brasil. Pero, a despecho de eso, nosotros tenemos fuerzas democráticas que se van a contraponer a eventuales palabras o incluso actos que sean contrarios a la Constitución, la democracia y las leyes.
P. Usted llegó a usar la palabra fascismo para criticar declaraciones de Bolsonaro.
R. Lo que dije es que había un cierto aroma a fascismo. Porque el fascismo supone una doctrina, una organización, una visión autoritaria de la sociedad. No creo que ellos tengan eso. Tienen expresiones autoritarias, pero el fascismo es una cosa orgánica y no creo que Brasil tenga algún partido con una doctrina propiamente fascista. Y si la tuviese, yo estaré en contra.
P. ¿Pero no considera posible que la democracia sea poco a poco degradada, como en una especie de Venezuela de derechas?
R. Un autor americano, [Steven] Levitsky, tiene un libro interesante sobre cómo las democracias mueren. Hoy en día, mueren de esa manera, no es preciso un golpe, solo que se degraden las instituciones. La democracia es una planta tierna que precisa ser regada todos los días, no nos es dada para siempre. Y ahora está en peligro porque las sociedades y las formas de relación entre las personas han cambiado mucho. Tenemos que estar atentos, puede haber un cambio antidemocrático, pero debemos luchar para que eso no ocurra.
P. El mundo se pregunta cómo Brasil, después de más de tres décadas de democracia, ha podido votar a alguien como Bolsonaro.
R. Oiga, ¿y cómo fue posible que alguien votase al presidente Trump? ¿Qué es lo que ha sucedido en Brasil y en otras sociedades, eso que es peligroso porque puede incluso distorsionar la democracia? En Brasil estamos saliendo de una recesión que ha durado mucho tiempo. Además, hemos tenido una política de definición del "nosotros" contra "ellos" que ya practicó el PT [Partido de los Trabajadores], sin un movimiento concreto contra la democracia, es cierto, pero sí abonando ese sentimiento. Tenemos además el crimen organizado y las investigaciones contra la corrupción, que revelaron que las bases del poder estaban podridas y quebraron la confianza de la gente. Con todo eso la sociedad se atemorizó. Y cuando la gente tiene miedo, a veces también tiene rabia. El voto a Bolsonaro no expresa un sentimiento directamente antidemocrático, sino más bien ese otro sentimiento, además de la ilusión de creer que alguien que viene a imponer el orden conseguirá mejorar la situación. ¿Eso puede derivar en alguna cosa contra la democracia? Siempre puede. Si fuese así, yo me opondré.
P. Usted ha tenido críticas por mantenerse neutral. Muchos le pedían que, pese a sus diferencias, apoyase al candidato del PT, Fernando Haddad, como la opción democrática frente a Bolsonaro.
R. El PT siempre ha dicho lo mismo, que la democracia está en riesgo. A mí, por ejemplo, siempre me han llamado ultraliberal, de derechas. Y al mismo tiempo ellos se aliaban con todo tipo de partidos de derecha que lo único que buscaban eran prebendas del poder. El PT además presentó un programa económico que repetía todos los vicios que nos han llevado a esta situación ¿Por qué estaba yo obligado a escoger entre dos caminos con los que no estoy de acuerdo, si no creo que uno de ellos, el de Bolsonaro, nos va a llevar necesariamente a un régimen no democrático? Cuando alguien se está ahogando, pide la mano del otro para tirar de ella y hundirse juntos.
P. ¿Cree que si usted hubiese prestado su capital político, Haddad hubiese tenido posibilidades de ganar?
R. La gente ahora decide por sí misma, las palabras de los líderes ya valen poco. Ese es el gran cambio que está sucediendo en la sociedad contemporánea: cada uno, con su teléfono móvil, se comunica con el otro y forma su opinión. Cuando un liderazgo coincide con un sentimiento que se extiende, parece que ese liderazgo lideró. No lideró, es una ola que se forma. Bolsonaro vino encima de una ola, como si fuese una hoja seca en el aire empujada por el viento. No es por la hoja que la gente lo apoyó, fue una reacción contra lo que hay ahora en Brasil que, por azar, consiguieron capitalizar A, B o C.
P. Pero el PT es un partido democrático, mientras que Bolsonaro, como mínimo, suscita dudas.
R. Bolsonaro no tiene partido y eso de momento impide que se pueda transformar en un autoritarismo organizado.
P. Tiene 52 diputados, el segundo grupo de la Cámara.
R. ¿Y qué son 52 diputados? El 11% de la Cámara, nada. Ese es uno de nuestros problemas más dramáticos. ¡Tenemos 30 partidos! Pobre de quien sea presidente. No hay 30 posiciones políticas e ideológicas en el mundo, son meras corporaciones para tener acceso a fondos públicos y negociar posiciones de poder.
P. ¿Qué opina de la entrada en el Gobierno del juez Sérgio Moro [impulsor de las investigaciones anticorrupción y de la condena al expresidente Lula da Silva]?
R. Arriesga bastante. En primer lugar, porque tiene que dejar de ser juez. No quiero hacer juicios de intenciones, quiero suponer que pretende dar continuidad a lo que estaba haciendo. Creo que es bueno continuar con las investigaciones, nunca en Brasil ha habido tanta gente rica y poderosa en la cárcel. Vamos a ver si Moro tiene la virtud de, sin perseguir a nadie, mejorar las instituciones.
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