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sábado, 9 de mayo de 2015

Los tabúes de la Segunda Guerra Mundial

Los historiadores se atreven con los asuntos más espinosos del conflicto cuando se cumplen 70 años del final de la contienda

 Madrid 9 MAY 2015 - 18:41 CEST

 

Los tabúes de la Segunda Guerra Mundial

Una mujer sirve vino a soldados aliados durante la liberación de Francia. / CARL MYDANS (GETY)
Monterfil, un pueblo del noreste de Francia, acababa de ser liberado. Era el verano de 1944, el año del Desembarco. Acusadas de colaboración con los nazis, tres mujeres fueron torturadas antes de ser ahorcadas. No existían pruebas, ninguna detención había sido relacionada con ellas, pero eran los tiempos de la depuración, en los que las venganzas contra los colaboracionistas eran públicas y crueles. En el impresionante libro en el que describe la Europa de la posguerra, Continente salvaje (Galaxia Gutenberg), Keith Lowe dedica un capítulo al rapado de mujeres que mantuvieron relaciones con soldados alemanes (sólo en Francia, unas 20.000 sufrieron este castigo) en el que asegura que este tipo de exorcismos públicos fueron, en parte, una válvula de escape que evitó violencias mayores como la que sufrió Monterfil (en total fueron ejecutadas unas 9.000 personas tras la liberación).
La agencia France Presse volvió 70 años más tarde al pueblo bretón porque sus vecinos habían organizado, por primera vez, una marcha hasta el lugar donde las tres mujeres fueron ahorcadas. El periodista relata que un vecino les explicó que "la omertá había durado ya bastante tiempo". Esta semana se han conmemorado los 70 años del final de la II Guerra Mundial en Europa. Dado que este tipo de celebraciones se producen cada 10 años, será la última vez que asista un número significativo de testigos: aquellos que pueden contar lo que ocurrió de primera mano van desapareciendo lentamente. La brutalidad absoluta del nazismo ha condicionado la forma en que tanto historiadores como Gobiernos se han enfrentado al conflicto, lo que William Styron, el autor de La decisión de Sophie, llamó "el tema más formidable, trágico y desafiante de nuestro tiempo, la negra noche del alma humana cuando millones de inocentes sufrían y morían bajo la dominación total de los nazis". Sin embargo, a lo largo de estos 70 años, la visión del conflicto ha ido cambiando y muchos tabúes, como la tortura pública y el asesinato de tres mujeres inocentes en Monterfil, se han roto.
El sufrimiento de la población civil alemana bajo los bombardeos de los aliados o de civiles franceses durante el Día D, las violaciones masivas de mujeres por el Ejército Rojo, pero también por parte de los soldados estadounidenses —"¿Eran tan malos los americanos como los rusos?", se preguntaba recientemente Der Spiegel tras el impacto provocado por el libro de Miriam Gebhardt sobre este asunto, Cuando llegaron los soldados—, el asesinato de judíos por civiles polacos durante la posguerra —tema especialmente sensible porque Polonia fue uno de los países que más sufrió bajo el terror nazi y el estalinista—, la depuración en Francia y en otros países europeos o los crímenes de guerra que pudieron cometer los militares aliados durante la liberación de Europa son algunas cuestiones delicadas que han tardado mucho tiempo en emerger.
"Tenemos que considerar que su papel fue ambivalente: liberaron Alemania, pero también cometieron crímenes al hacerlo", explica por correo electrónico la profesora Miriam Gebhardt. "Los crímenes fueron estructuralmente los mismos, aunque no se produjeron el mismo número de violaciones por parte de los Ejércitos occidentales que el soviético. Pero en mi libro no pretendo establecer comparaciones, sino narrar que todos los Ejércitos cometieron crímenes", prosigue Gebhardt. Algunos impresionantes relatos literarios, como Una mujer en Berlín (Anagrama), cuya autora es anónima, o Una mujer en el frente, de la húngara Alaine Polcz, que acaba de editar Periférica, habían narrado el calvario que padecieron las mujeres según avanzaba el Ejército Rojo. Pero el asunto no saltó a los titulares hasta que Antony Beevor publicó Berlín 1945: La caída(Crítica) en 2002.
Uno de los autores que se han enfrentado más abiertamente a este tipo de tabúes es el documentalista de la BBC Laurence Rees. Su libro Los verdugos y las víctimas (Crítica) reúne entrevistas con personas que han sufrido pero que también han practicado atrocidades, como el japonés Hajime Kondo, que asesinó prisioneros, o Ken Yuasa, que llevó a cabo experimentos médicos con cautivos en Corea durante los que, confiesa, sus víctimas "murieron de dolor". Pero Rees también entrevista al aviador Paul Montgomery, que bombardeó ciudades llenas de civiles en Japón, o a James Eagleton, que habla sin remordimientos del asesinato de prisioneros. Sobre esto, Beevor dijo en una entrevista con este diario con motivo de la publicación de El día D (Crítica): "El problema es que no tenemos datos precisos y nunca los tendremos, pero me chocó mucho la forma en que, cuando lees entrevistas con soldados estadounidenses, hablaban francamente de ello". El asesinato de prisioneros sí ha ido poco a poco emergiendo en la cultura popular: en segundo plano enla serie Hermanos de sangre, pero directamente en la película de 2014 Corazones de acero.
Los bombardeos masivos que padecieron los alemanes han sido tratados en libros como El incendio. Alemania bajo los bombardeos 1940-1945 (Taurus), de Jörg Friedrich, o, especialmente, Sobre la historia natural de la destrucción (Anagrama), del gran escritor alemán W. G. Sebald, fallecido en 2001. De nuevo, es un horror que tardó mucho en emerger: ante el sufrimiento atroz que provocaron los nazis, resultaba casi obsceno recordar su propio sufrimiento bajo las bombas de los aliados. Miriam Gebhardt explica que "sólo a partir de 2000, Alemania ha sido capaz de lidiar con sus propias víctimas, así como con su responsabilidad, bajo un punto de vista empático".
Algunos bombardeos se produjeron por motivos estratégicos, pero otros, como el de Dresde en febrero de 1945, fueron ataques contra civiles en ciudades que ya no tenían valor militar. En otra entrevista con este diario, Beevor describía la paradoja que había impulsado muchos de esos ataques: salvar vidas entre sus propias tropas. Beevor explicaba: "Es una paradoja terrible que los comandantes en jefe de Ejércitos de países democráticos tienen que apoyarse en los bombardeos porque están sometidos a una enorme presión de la opinión pública para reducir sus propias bajas. Aunque, como dijo Nietzsche, 'aquel que lucha contra monstruos debe ser muy cuidadoso para evitar convertirse él mismo en un monstruo".
Un tema todavía más complejo es la violencia contra los judíos después de la liberación, sobre todo en Polonia. Recientemente, el director del FBI, James Comey, provocó un incidente diplomático cuando aseguró que Polonia había sido cómplice de Alemania, y Varsovia exigió disculpas. Polonia fue víctima de los nazis —seis millones de polacos murieron durante la II Guerra Mundial, la mitad de ellos judíos— y no tuvo la más mínima responsabilidad en la gestión de los campos de exterminio nazis situados en su territorio. Sin embargo, varios miles de judíos fueron asesinados cuando trataron de regresar a sus tierras. Ian Buruma escribe en su libro Año cero. Historia de 1945 (Pasado & Presente): "La codicia, los prejuicios y la culpa pueden ayudarnos a entender la forma de venganza más perversa de cuantas se dieron aquel año: la persecución de los judíos en Polonia. Esta comunidad había quedado casi aniquilada. Sin embargo, los supervivientes que regresaron se toparon con que ya no eran bienvenidos", escribe.
Tanto Buruma como Tony Judt en su clásico Posguerra (Taurus) destacan que no fue un problema exclusivo de Polonia. "Tampoco los judíos fueron especialmente bienvenidos en el oeste", escribe Judt. De nuevo, pese a ser un tema que aparece en una de las obras más populares sobre el Holocausto, el cómic ganador del Premio Pulitzer en 1992, Maus, de Art Spiegelman, un ensayo de 2001 hizo que saltase a los titulares: Vecinos. El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne (Crítica), del ensayista Jan T. Gross, en el que relataba un pogromo en 1941 realizado por polacos cristianos, no por los invasores nazis como se había creído hasta entonces. Gross publicó otro ensayo en 2006, Miedo: antisemitismo en Polonia después de Auschwitz (no traducido), que también provocó una enorme polémica. Este libro describía la matanza de Kielce, durante la que fueron asesinados 42 judíos en 1946.
Cuando el novelista francés Patrick Modiano recibió el último Premio Nobel de Literatura, la Academia sueca justificó el galardón "por su arte de la memoria con el que ha evocado los destinos humanos más difíciles de retratar y desvelado el mundo de la Ocupación". Las obras de Modiano han sido fundamentales para que Francia pueda mirarse en el espejo de su pasado y alejarse del discurso heroico de la Resistencia para enfrentarse a la realidad de la Ocupación, en la que muchos franceses abrazaron el nazismo. Han pasado siete décadas desde el final de "la negra noche del alma humana" del nazismo y las obras publicadas sobre el conflicto son casi infinitas. Sin embargo, mirarse en el abismo del mal nunca dejará de ser doloroso. Y la última pregunta nunca tendrá respuesta: ¿Cómo pudo ocurrir aquella barbarie?
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/05/08/actualidad/1431107284_369378.html

A 70 años de Hitler: testimonios de sobrevivientes del Holocausto


A 70 años de Hitler: testimonios de sobrevivientes del Holocausto

A 70 años de Hitler: testimonios de sobrevivientes del Holocausto

Historias de sobrevivientes al holocausto y el refugio en el sur de Chile de quienes ejercieron tortura se entrecruzan en nuestro país.
Hace 70 años que Hitler se suicidó en su búnker, poniendo fin a un proyecto totalitario que destruyó Alemania y arrastró al mundo a una Guerra Mundial.
Los sobrevivientes señalan que "es difícil explicar lo que ocurrió en el Holocausto", debido a las atrocidades a las que fueron sometidos, para algunos, también son difíciles de creer.
Algunos de quienes crearon máquinas de tortura, se refugiaron en el sur de Chile al término de la Segunda Guerra Mundial. Tal como lo hizo Walter Rauff, quien vivía en la isla de Tierra del Fuego.
En Porvenir, el hombre era calificado como un "vecino ideal", quien disfrutaba de su vida apacible y solía sacar a pasear a su perro. En 1984, murió de un ataque cardíaco.
Chile, un país históricamente neutral, fue obligado hace 70 años a declararle la guerra a Japón. Sin embargo, al término del conflicto, consiguió acordar la paz.
Revisa el informe completo en 24 Horas Central:
 

Historias de sobrevivientes al holocausto y el refugio en el sur de Chile de quienes ejercieron tortura se entrecruzan en nuestro país
http://www.24horas.cl/internacional/a-70-anos-de-hitler-testimonios-de-sobrevivientes-del-holocausto-1658696?google_editors_picks=true
 

Foto: TVN

El holocausto que todo el mundo olvida - Por LEO PÉREZ MINAYA

Por 
leoperezminaya[@]gmail.com 
Hace unos años visité Turquía. Lo primero que le recomiendan al visitante es que no debe emitir juicio que marchite la imagen o legado de Mustafá Kemal Ataturk, el líder que creó el estado moderno turco. También le advierten que no deberían mencionar o recordar el genocidio que el desaparecido Imperio Otomano ordenó contra la población armenia-otomana que residía en Turquía desde el siglo XIII hasta la derogación del Imperio que dio paso a la nueva República de Turquía en 1923.
El pasado 24 de abril de este año se cumplió el primer centenario de unos de los actos de barbarie más grandes que conoce la historia universal: el genocidio de los armenios otomanos. Se expulsó y masacró más de un millón y medio de seres humanos. Muchas estudiosos consideran este acto de barbarie como el primer holocausto del siglo XX, para diferenciarlo del segundo, aquel perpetrado por Hitler en la Segunda Guerra Mundial, donde gaseó más de seis millones de judíos en Europa.
El genocidio ordenado por Hitler eliminó cerca de una tercera parte del pueblo hebreo, mientras que el ejecutado por el Imperio Otomano eliminó casi tres cuartas partes de la población armenia otomana, calculada en ese entonces en dos millones. Como el Imperio Otomano era aliado de Alemania, el denominador común en ambos genocidios son los alemanes.
Por primera vez desde ese holocausto, un Papa tiene el coraje de denunciar esa barbarie, dice Jorge Mario Bergoglio: “Ahí donde no persiste la memoria, significa que el mal mantiene aún la herida abierta”. Dijo más: “ese fue el primer genocidio del siglo XX”. Horas después de esa valiente declaración, el Embajador de Turquía en el Vaticano fue llamado por Ankara.
Los turcos reclaman que sólo 500,000 armenios murieron, y agregan qué murieron de hambre y enfermedad en ruta al desierto de Siria, donde fueron deportados. Según algunos historiadores turcos, los armenios otomanos fueron deportados de Turquía, pues ellos, los armenios revolucionarios, habían apoyado o tomado partido con los rusos en contra del Imperio durante el conflicto de la Primera Guerra Mundial.
Gran parte de los historiadores y académicos mundiales reclaman que ese acto sea reconocido como un genocidio. El gobierno de Turquía ha montado una contra campaña para evitar que así se clasifique. Ellos alegan que “nuestros padres fundadores – Mustafá Kemal Ataturk entre ellos – no pueden ser etiquetados igual que Hitler”.
De hecho, hacer comentarios sobre el genocidio y su líder independentista en ese país podría conllevar grandes sanciones y hasta la pérdida de la vida. Por ejemplo, en el 2007, el editor de un periódico turco de extracción arménica, el periodista Hrant Dink, fue asesinado de un tiro en la cabeza por un adolescente nacionalista, después de haber publicado y revelado que la hija adoptiva de Ataturk, Sabiha Gokcen- primera aviadora de combate del mundo – era de origen armenio y había estado en un orfanato en Turquía. Esa simple mención le costó la vida. Siempre se ha especulado que el asesinato fue perpetrado por las autoridades de seguridad del actual estado turco. Ese acto de crueldad ha despertado la conciencia de la juventud de ese país. Cien mil personas que nunca habían oído hablar del señor Dink, salieron a las calles para acompañar los actos fúnebres del malogrado periodista.
En realidad, la era del encubrimiento está llegando a su fin. Después de 100 años, el Estado turco ha empezado ha devolver las propiedades confiscadas a los ortodoxos cristianos armenios-turcos. Esa acción podría dar paso ha que se devuelvan las propiedades confiscadas a los descendientes de las víctimas del holocausto.
Hay un gesto que no ha pasado desapercibido. El año pasado, Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, reconoció qué los armenios durante el Imperio Otomano habían sufridos mucho, y por eso, presentó condolencias al pueblo armenio.
No hay la menor duda, que el reconocimiento turco al sufrimiento perpetrado es un paso de avance, pero se necesita algo más, por ejemplo, un reconocimiento público oficial del Estado turco a la barbarie cometida, y al mismo tiempo, como desagravio, devolverles los bienes embargados o robados a sus ciudadanos. Seria no sólo un acto de justicia, sino también una reparación moral. Cien años de silencio a la barbarie cometida, es mucho tiempo.
http://hoy.com.do/el-holocausto-que-todo-el-mundo-olvida/