Mostrando las entradas con la etiqueta Edith Piaf. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Edith Piaf. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de octubre de 2018

CULTURA | Charles Aznavour tenaz figura de la canción romántica

Charles Aznavour tenaz figura de la canción romántica

4C_¡Alegría!_02_1,p01

Charles Aznavour tenía condiciones poco propicias para ser una estrella del espectáculo: era bajito, sin formación musical y con un timbre de voz limitado. A pesar de todo, ha pasado a la historia como un monumento de la “chanson française”, a la altura de su amiga Edith Piaf.
Aznavour, cuyos cabellos canosos le aportaban una irresistible aura de veneración, falleció a los 94 años, y estuvo presente en los escenarios hasta sus últimos días, reflejo de su tenacidad, con la que superó obstáculos ante los que la mayoría habrían desistido.
Si su avanzada edad no le impidió seguir dando conciertos, tampoco sus limitaciones de partida le frenaron para bordar una excepcional carrera que le encumbró al olimpo de los cantantes de lengua francesa, donde también están Johnny Hallyday (1943-2017), Serge Gaingsbourg (1928-1991), Jacques Brel (1929-1978) y la propia Piaf (1915-1963).
“¿Cuáles eran mis puntos débiles? Mi voz, mi estatura (no llegaba a 1.65 metros), mis gestos, mi falta de cultura e instrucción, mi falta de personalidad”, reconocía Aznavour, autor de temas como “La Bohème”, “Emmenez-moi” o “She”.
“Pero tenacidad no me faltaba y fue eso lo que compensó”, explicaba el compositor e intérprete, que vendió en vida más de 150 millones de discos en todo el mundo, tenía más de 1200 canciones y más de 250 discos publicados.
Nació en 1924 en la calle Assas de París, cerca del jardín de Luxemburgo, con el nombre de Shahnourh Varinag Aznavourian. Su padre, Mischa Aznavourian, y su madre, Knar Baghdassarian, eran de origen armenio y se habían instalado temporalmente en la capital francesa mientras se preparaban a emprender un viaje a los Estados Unidos que jamás realizarían.
Los dos eran amantes del mundo del espectáculo, e inculcaron el aprecio por la música, el teatro y el cine a sus hijos Aida y Charles mientras alternaban trabajos en restaurantes y en el sector textil.
Como Piaf, Aznavour era un “chico de la calle” que tuvo que dejar los estudios muy pronto. Siempre presentó su formación autodidacta como un motivo de orgullo.
Al término de la Segunda Guerra Mundial, su encuentro con el pianista Pierre Roche marcó el inicio de sus trabajos musicales, aunque fue su relación con el editor musical Raoul Breton la que acabó siendo crucial para su carrera. Breton le presentó a Piaf.
Aznavour pasó entonces a ser un estrechó colaborador de “La Môme”, a cuyo servicio trabajó como secretario, chófer y compositor.
“Escribí para ella varias canciones y me convertí en su confidente durante varios años”, rememoraba el artista.
En los años 50, Aznavour se lanzó como intérprete. En medio de críticas al timbre de su voz y a su falta de magnetismo sobre el escenario, el cantante tardó varios años en sentirse reconocido, hasta que un recital en Casablanca en 1956 cambió su destino.
A partir de entonces, se subió a los más prestigiosos escenarios de París, como el Olympia y el Alhambra. Con temas como “Sur ma vie” y “Je m’voyais déjà”, su carrera despegaba finalmente, cuando ya contaba con 36 años. Paralelamente a su incipiente trayectoria musical, intervino en varias películas, entre ellas “Tirez sur le pianiste” (“Tirad sobre el pianista”, 1960), de François Truffaut.
Su década dorada de los 60, en la que acumuló éxitos con canciones como “La Bohème” (1965), “La mamma” (1963) y “Emmenez-moi” (1967), culminó con su matrimonio con la sueca Ulla Thorsell.
Padre de una hija y de dos hijos procedentes de dos matrimonios anteriores -Patrick, murió a los 25 años, en 1976-, Aznavour encontró la estabilidad emocional con Thorsell, con quien tuvo otros tres vástagos (dos niños y una niña).
Después de vivir en Suiza y en los Estados Unidos, y de implicarse en la reconstrucción de Armenia, tras el terremoto que asoló ese país en 1988, el cantante prosiguió en los 90 y en los 2000 su intenso ritmo de conciertos, tanto nacionales, como internacionales.
Entre sus numerosos reconocimientos destaca la estrella que luce desde 2017 en el exclusivo paseo de la fama de Hollywood en Los Ángeles.
Sobre la partida física de Charles Aznavour, el presidente francés Emmanuel Macron dijo: “Era profundamente francés, aferrado visceralmente a sus raíces armenias, reconocido en el mundo entero. Charles Aznavour acompañó las alegrías y las penas de tres generaciones”.

VIDEO Charles Aznavour - La Boheme - B&W - HQ Audio

VIDEO CHARLES AZNAVOUR - LA BOHEMIA - español YOU TUBE

VIDEO Charles Aznavour - She (sub español)

jueves, 8 de enero de 2015

2015: Balada del posmoderno - Por Andrés L. Mateo

2015: Balada del posmoderno

Por Andrés L. Mateo. 8 de enero de 2015 -
amateoEdith Piaf repiquetea las erres subiendo la melodía, cantando “La foule”. Es la diva de mis sueños, la bien querida, la que bate el cobre de mi corazón con su voz impecable. Soy un hombre posmoderno que sigue su marcha. Edith Piaf sonando en mi casetera. Atravieso, por fin, la 27.

EDITComienza el año 2015 y el motor de mi carro Toyota Camry ruge, mientras oigo a Edith Piaf, la diva de mis sueños, la bien querida, la que me bate el cobre repiqueteando las erres en su francés finísimo, multivibrante y lírica, cuando canta “La foule”.    ¡Oh, Edith Piaf, atraviesa conmigo la ciudad, tan real en ese último concierto en vivo que suena a muchos años de su muerte; y la oigo toser como una tuberculosa, como si estuviera ahí, viva y desafiante!
Desde la ventana cerrada de mi carro que ruge, refrigerado el visor por el que ausculto el mundanal ruido de los demás, sé que soy un hombre posmoderno trotando en una media isla cubierta de inequidades. Navego en el internet, hablo por teléfono celular, doy, engolado,  las señas de mi correo electrónico, y desde la buhardilla de mi auto  me siento un astronauta del espacio global. Para rematar, cito de vez en cuando a Lyotard y me enfrasco en grandes disquisiciones propias de un hombre globalizado. También dejo caer, como quien no quiere las cosas, una frase rotunda del mago de la incertidumbre, el entrañable Cioran. ¡Estamos en el 2015!
Estoy sublimado por mi lugar en el mundo, desde una media isla polvorienta; y casi lloro, si no es por el maldito muchacho que me saca de mi arrobamiento, lanzándome la esponja con jabón y agua contra el vidrio del carro, desde una cierta distancia, y metiendo su cara pedigüeña en el parabrisas. Estoy en la 27 de febrero con Lincoln, la perturbación me empuja a mirar hacia otra parte: la vieja que pide limosna con la piel colgándole da la impresión de estar derritiéndose bajo  el sol de la Isla, un tipo estruja la cara de un  bebé perrito en el vidrio de la puerta, el otro me oferta un zapote que muestra una esquina roja, un limosnero me intimida mostrándome la sonda que le viene del bajo vientre, entre gasas con mercurio cromo que simula la sangre. El muchacho que arrastra la silla de ruedas con un minusválido se encima en la puerta y miro.   Siento el golpe seco en la ventana opuesta y volteo: alguien me enseña el muñón de un brazo que ha sido, según parece, recientemente amputado. El policía de tráfico es un pozo de sudor, aunque el falso invierno en la isla enfría el aire. De pronto estoy consciente de mi dualidad, de la infamia de una sociedad que excluye a las mayorías, de la mezquindad de esas humildes formas de la gloria en las que un pequeño burgués se regodea. Porque estamos en el 2015, soy un hombre posmoderno, pero muy poca cosa ha cambiado en mí entorno.
El semáforo da un cambio de luz y vuelve a rugir el motor potente de mi Toyota Camry, el retrovisor aleja lentamente  las imágenes condolidas que atrapé en mi mirada, y vuelvo a ser el “otro”, el posmoderno que trota en las calles de una ciudad contradictoria y hostil. La experiencia contemporánea incorpora de manera natural el insospechado poder de un carro que ruge. Lo posmoderno es una sensación mágica de que los límites no existen. Y es, también, el naufragio del mito de la humanidad. ¡Oh, Dios, la modernización se va cada vez más pareciendo a un engaño!
Edith Piaf repiquetea las erres subiendo la melodía, cantando “La foule”.  Es la diva de mis sueños, la bien querida, la que  bate el cobre de mi corazón con su voz impecable.  Soy un hombre posmoderno que sigue su marcha. Edith Piaf sonando en mi casetera. Atravieso, por fin,  la 27.
¡Oh, Dios, hemos llegado, casi sin saberlo, al año 2015! http://acento.com.do/2015/opinion/8210798-2015-balada-del-posmoderno/

Andrés L. Mateo

Escritor, novelista, poeta, educador, critico literario, ensayista, investigador y filósofo. Ganador del Premio Nacional de Literatura 2004. Esudió Filología en la Universidad de La Habana. Actualmente es Decano de Estudios Generales, de la Universidad APEC. autor de las novelas Pisar los dedos de Dios,1979. La otra Penélope, 1982. La balada de Alfonsina Bairán, 1992. El Violín de la Adúltera, 2007.