viernes, 20 de marzo de 2026

Opinión | La crisis importada y el deber de gobernar con reglas: energía, alimentos y estabilidad social | Por Luis Orlando Díaz Vólquez

56.º Consejo de Ministros
Editorial
La crisis importada y el deber de gobernar con reglas: energía, alimentos y estabilidad social

La República Dominicana está frente a una coyuntura internacional que obliga a pensar en términos de Estado, no de reflejos. No se trata de un “pico” pasajero de precios, sino de una disrupción global con componentes energéticos, logísticos y agroalimentarios que se retroalimentan. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) lo sintetizó con una frase que no deja margen para subestimar el momento: la guerra en Oriente Medio está provocando “la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial”. Y cuando una crisis se define como “sin precedentes”, lo responsable es abandonar la improvisación y adoptar reglas claras, con equidad y sostenibilidad. 

El primer impacto es el más visible: la energía. El precio del WTI ha escalado con fuerza en lo que va de año, pasando —según los datos de coyuntura que circulan en el propio debate público— de US$58 al cierre de diciembre a casi US$100 por barril. El segundo impacto es menos mediático, pero igual de determinante: la logística. En semanas recientes, los fletes marítimos en rutas clave han mostrado repuntes; indicadores y reportes del mercado de contenedores apuntan a incrementos notables en tarifas spot y a la posibilidad de nuevos recargos vinculados al conflicto. El tercer impacto es el que suele llegar “en silencio” y golpear “en diferido”: fertilizantes. El encarecimiento de urea y otros insumos nitrogenados se ha acelerado en el contexto de la disrupción regional y los cuellos de botella, con riesgos de traspaso a precios de alimentos con rezago de meses. En otras palabras: quien crea que todo se reduce a la gasolina está mirando apenas una parte del problema.

Ahora bien, una crisis importada no se gestiona solo con diagnósticos; se gestiona con restricciones presupuestarias. El Presupuesto contemplaba alrededor de RD$10,500 millones para subsidiar combustibles bajo el supuesto de un WTI en US$65. Pero con un WTI por encima de US$95, el subsidio semanal proyectado ronda RD$1,500 millones, lo que implica que hacia finales de abril o inicios de mayo se habría consumido el monto presupuestado. Este dato tiene una consecuencia política concreta: la discusión no es si el subsidio “es bueno” o “es malo”, sino si es financiable sin sacrificar prioridades sociales y sin debilitar la estabilidad macro.

Y aquí emerge el núcleo del dilema: estabilidad social vs. subsidio generalizado. El Gobierno ha planteado tres objetivos que, en lo esencial, son correctos: preservar la estabilidad macro y fiscal —y por encima de todo, la estabilidad social—; monitorear alimentos e insumos agrícolas para amortiguar impactos locales; y evitar, en lo posible, una caída de la inversión pública para sostener una política fiscal contracíclica. Esta jerarquía no es un capricho: es una lección básica de economía política. Cuando el Estado pierde capacidad fiscal, la primera víctima suele ser la inversión; y cuando se recorta inversión, se reduce crecimiento y empleo; y cuando cae empleo, la presión social escala.

La fortaleza del país ayuda, pero no debe malinterpretarse. Las reservas internacionales se ubican alrededor de US$16,180.7 millones (febrero 2026), y los datos oficiales muestran que la inflación interanual se situó en 4.67% en febrero, dentro del rango meta. Esas cifras son un amortiguador, sí, pero un amortiguador no es un permiso para convertir una medida excepcional en un compromiso permanente. Las reservas sirven para sostener confianza y estabilidad; no para financiar indefinidamente distorsiones que terminan drenando el presupuesto. 

Por eso el país debe entender una verdad incómoda: el subsidio generalizado a combustibles no es neutral. La evidencia comparada es consistente: los subsidios universales tienden a concentrar beneficios en hogares de mayores ingresos porque consumen más energía y combustible. Y el argumento distributivo que se discute internamente es contundente: si el 20% de mayores ingresos consume el 50% de gasolinas y gasoil, entonces una parte significativa del subsidio termina favoreciendo, por diseño, a quienes menos lo necesitan. Eso no solo es fiscalmente caro: es socialmente injusto.

De ahí la lógica —y la necesidad— de un ajuste gradual como el incremento acumulado de RD$15 en gasolinas y gasoil. La pregunta que muchas personas se hacen es por qué un aumento adicional de RD$10 tras uno previo de RD$5. Los “dos nuevos datos” que se citan en la discusión pública son reveladores: crece la incertidumbre sobre la reapertura de Ormuz por riesgos de seguridad (incluidas minas y ausencia de cobertura de seguros para navieras), y la destrucción de instalaciones petroleras y gasíferas sugiere un shock de oferta más prolongado. Es decir, no es capricho: es administración de un escenario que empeoró.

Más aún: aun después del aumento, estos combustibles siguen subsidiados. Con un WTI de referencia cercano a US$96, los cálculos plantean subsidios por galón que todavía serían significativos, especialmente en gasoil. Esta es una pieza clave para el debate público: no se trata de “retirar el apoyo” de golpe, sino de reducir la velocidad de una sangría fiscal para poder proteger lo verdaderamente social. En paralelo, mantener sin variación el GLP es coherente con un criterio de equidad: el GLP impacta directamente la cocina del hogar y actividades esenciales como el transporte público, donde el golpe se siente con más dureza en los estratos de menores ingresos.

El enfoque correcto, entonces, no es defender un subsidio universal “hasta que el mundo se calme”, porque nadie puede garantizar cuándo ocurrirá eso. El enfoque correcto es mover el país hacia una política de protección inteligente: focalizar apoyos en hogares vulnerables y en rubros esenciales; sostener el GLP; reforzar programas sociales; y, muy importante, proteger la canasta básica por la vía preventiva: el subsidio a fertilizantes por tres meses, con un monto dispuesto de RD$1,000 millones, apunta exactamente a contener el traspaso futuro a precios de alimentos. La literatura de shocks de oferta muestra que cuando los fertilizantes suben, los alimentos lo reflejan después; prevenir hoy puede costar menos que compensar mañana. 

La comparación regional también debe leerse con honestidad. En 2022, Centroamérica aplicó congelamientos, reducciones de impuestos o aumentos de subsidios por la crisis asociada a la guerra en Ucrania; y luego desmontó esas medidas transitorias. El recordatorio es pertinente: las políticas de emergencia no pueden ser eternas sin romper finanzas públicas. La excepción dominicana en mantener esquemas por más tiempo no debe convertirse en obligación indefinida; debe convertirse en oportunidad para diseñar una transición más justa y transparente.

En definitiva, esta crisis exige una pedagogía política: explicar que el problema es triple —energía, logística y fertilizantes— y que la respuesta debe ser también triple —estabilidad macro, protección social focalizada y prevención alimentaria—. El país tiene liquidez y solvencia, sí; pero precisamente por eso debe usarlas con inteligencia: subsidio generalizado, no; protección focalizada y gradualidad razonable, sí. Y sobre todo: reglas claras, transparencia del costo fiscal y una ruta de salida. Porque al final, la estabilidad social se defiende mejor cuando el Estado mantiene su capacidad de invertir, de proteger a los vulnerables y de sostener confianza. Esa es la diferencia entre apagar fuegos y construir resiliencia.

Luis Orlando Díaz Vólquez
Ingeniero de sistemas de computadora · Editor bibliográfico · Productor de medios de comunicación

Ante alza internacional del petróleo, Gobierno activa medidas para proteger a los dominicanos

El Estado congela el GLP y aplica un reajuste focalizado en combustibles para evitar que la crisis global afecte a los sectores más vulnerables https://t.co/oUNDTusHTO @MIC_RD pic.twitter.com/kUTO0NLCI6

— Orlando Díaz, Luis (@LuisOrlandoDia1) March 20, 2026

El Gobierno dominicano fortalece la protección de la economía familiar con un subsidio de RD$1,702 millones para esta semana, en respuesta a la volatilidad extrema de los mercados petroleros provocada por la escalada bélica en Medio Oriente.

El Ministerio de Industria, Comercio… pic.twitter.com/XiMEpJVGlU

— Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (@MIC_RD) March 20, 2026
Ante el alza internacional del petróleo, el Gobierno actúa para proteger a los dominicanos
Viernes 20 de marzo de 2026

En un escenario global marcado por la incertidumbre y la volatilidad energética, la República Dominicana ha optado por una decisión clara: proteger a su gente sin comprometer la estabilidad del país.

La escalada del conflicto armado en Medio Oriente ha sacudido los mercados internacionales de energía. De acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía, el mundo enfrenta la mayor interrupción del suministro petrolero de la historia, una situación que ha disparado el precio del crudo de referencia WTI en cerca de un 70 % en lo que va de 2026. Esta presión externa, ajena a la realidad productiva nacional, amenaza con trasladarse directamente al bolsillo de las familias si no se actúa con responsabilidad y visión de Estado.

Frente a este contexto, el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes (MICM) anunció un conjunto de medidas orientadas a amortiguar el impacto de la crisis global, priorizando la protección de los sectores más vulnerables y la sostenibilidad de las finanzas públicas.

Durante esta semana, el Estado asumirá un subsidio proyectado de RD$1,702.2 millones, un esfuerzo fiscal significativo que demuestra el compromiso del Gobierno con la estabilidad social. Sin embargo, conscientes de que los recursos públicos no son infinitos, se dispuso un reajuste focalizado de RD$10 pesos en los precios de las gasolinas y el gasoil, una corrección moderada que permite preservar la operatividad fiscal y garantizar que los subsidios lleguen donde realmente se necesitan.

Aun con este reajuste, el Estado continúa absorbiendo una parte sustancial del impacto internacional: más de RD$45 pesos por galón en la gasolina premium y más de RD$90 pesos por galón en el gasoil óptimo. Es una señal clara de equilibrio entre responsabilidad fiscal y sensibilidad social.

El corazón de la protección social, sin embargo, se mantiene intacto. El Gobierno decidió congelar el precio del Gas Licuado de Petróleo (GLP), reconociendo su papel esencial en la vida cotidiana de los hogares dominicanos. El GLP es cocina, alimento, transporte público y sustento diario. Mantener su precio estable significa preservar la base económica de miles de familias y garantizar la continuidad de servicios esenciales.

Como respaldo adicional, el Estado ha identificado RD$10,000 millones en ahorros internos, provenientes de partidas no prioritarias del presupuesto, que serán utilizados para sostener los subsidios sin aumentar el gasto total del Gobierno. Esta decisión reafirma una política de orden, disciplina y previsión.

Precios de los combustibles

Semana del 21 al 27 de marzo de 2026

  • Gasolina Premium: RD$305.10 por galón (sube)
  • Gasolina Regular: RD$287.50 por galón (sube)
  • Gasoil Regular: RD$239.80 por galón (sube)
  • Gasoil Óptimo: RD$257.10 por galón (sube)
  • Avtur: RD$323.49 por galón (sube)
  • Kerosene: RD$366.60 por galón (sube)
  • Fueloil #6: RD$201.38 por galón (sube)
  • Fueloil 1%S: RD$215.86 por galón (sube)
  • Gas Licuado de Petróleo (GLP): RD$137.20 por galón (sin variación)
  • Gas Natural: RD$43.97 por m³ (sin variación)

La tasa de cambio promedio semanal utilizada fue de RD$61.18, según las publicaciones diarias del Banco Central.

En tiempos de crisis global, gobernar es decidir con responsabilidad. La República Dominicana responde con medidas firmes, focalizadas y humanas, demostrando que es posible proteger a la gente, cuidar las finanzas públicas y mantener el rumbo de estabilidad que el país ha construido.
* Lo que está pasando en Medio Oriente afecta el precio del petróleo en todo el mundo. No es una decisión del gobierno dominicano. Es una ola que llega a todos los países.

* Ningún país puede blindarse 100% de una guerra al otro lado del mundo. Lo que sí puede hacer un gobierno es amortiguar el golpe. Y eso es exactamente lo que está pasando aquí.
* El ajuste en los combustibles no es de 10%, ni de 20%. Es entre 1.7% y 2%. Eso no es casualidad, es intervención del Estado actuando como escudo.

* La República Dominicana no produce petróleo. No tenemos pozos, no tenemos control sobre ese mercado. Somos consumidores, como casi todo el mundo.

* Cuando hay una guerra en el Golfo Pérsico, los precios suben en Nueva York, en Madrid, en Bogotá y en Santo Domingo. Así funciona la economía global. No es justo, pero es real.

* Lo que sí es nuestro es la respuesta. El GLP, el gas que usamos para cocinar y para el transporte de los más vulnerables, no subió ni un centavo. Eso es una decisión política deliberada para proteger los hogares.
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Sobre el autor, Luis Orlando Díaz Vólquez, es ingeniero de sistemas de computadora, editor bibliográfico y productor de medios de comunicación. Autor de artículos de opinión y análisis sobre geopolítica, seguridad y comercio internacional. Ha seguido y escrito sobre procesos regionales y eventos de alto impacto (ferias internacionales, congresos sectoriales y coyunturas de seguridad nacional). Su enfoque privilegia la institucionalidad, el Estado mínimo funcional y la apertura económica con compliance como pilares para la normalización y el desarrollo sostenible.

Santo Domingo, República Dominicana. Viernes, 20 de marzo de 2026 | #GuasabaraEditor @LuisOrlandoDia1 @GuasabaraEditor

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La crisis importada y el deber de gobernar con reglas: energía, alimentos y estabilidad social

La República Dominicana enfrenta hoy una coyuntura internacional que exige respuestas de Estado y no reacciones por reflejo. No se trata de un pico pasajero de precios, sino de una disrupción global con efectos simultáneos en energía, logística y agroinsumos que se retroalimentan y amplifican sus impactos. En este contexto, la prudencia exige abandonar la improvisación y adoptar reglas claras, con criterios de equidad y sostenibilidad que permitan proteger a los más vulnerables sin hipotecar la capacidad del Estado para invertir y sostener empleo en el mediano plazo. “La guerra en Oriente Medio está provocando ‘la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial’.” Esta constatación obliga a pensar la política pública en términos de prioridades y límites fiscales, no en consignas simplistas.

El primer frente de la crisis es el energético, el más visible y el que más rápidamente se traslada al bolsillo de las familias. El precio del crudo de referencia ha escalado con fuerza en lo que va del año, tensionando las cuentas públicas y elevando el costo de los subsidios a combustibles previstos en el presupuesto. Pero la crisis no se agota en la gasolina: la logística internacional también sufre alteraciones que encarecen fletes y generan cuellos de botella en rutas y puertos, lo que eleva el costo de importación de bienes intermedios y finales. A su vez, el encarecimiento de fertilizantes y otros insumos agrícolas —un efecto menos mediático pero de consecuencias profundas— amenaza con trasladarse a la canasta básica con rezagos de meses, afectando la seguridad alimentaria de los hogares más pobres.

Gestionar una crisis importada exige, por tanto, una mirada integral. No basta con ajustar el precio de la gasolina; hay que combinar medidas que preserven la estabilidad macroeconómica, protejan a los sectores más vulnerables y prevengan el traspaso de costos a los alimentos. El presupuesto nacional había contemplado una partida para subsidios de combustibles con una referencia de precio del crudo muy inferior al actual. Con el WTI en niveles mucho más altos, el subsidio semanal proyectado se ha multiplicado hasta el punto de agotar la partida prevista en pocas semanas si no se adoptan correcciones. Esa realidad fiscal impone una discusión honesta: la cuestión no es si el subsidio es deseable en abstracto, sino si es financiable sin sacrificar inversión pública y programas sociales esenciales.

La evidencia comparada es clara: los subsidios universales a combustibles tienden a concentrar beneficios en los hogares de mayores ingresos, que consumen más energía y combustible. Por tanto, mantener un esquema generalizado por tiempo indefinido no solo resulta caro desde la óptica fiscal, sino que también puede ser socialmente injusto. La transición hacia un esquema más eficiente debe combinar gradualidad y focalización: ajustes moderados en los precios relativos que reduzcan la velocidad de drenaje fiscal, junto a mecanismos de transferencia directa o programas reforzados para los hogares vulnerables que compensen el impacto en su capacidad de consumo. Esa combinación permite preservar la protección social sin sacrificar la inversión pública que sostiene crecimiento y empleo.

En la práctica, la respuesta del Gobierno ha buscado equilibrar esos objetivos. Se ha decidido un reajuste focalizado en gasolinas y gasoil, acompañado del congelamiento del precio del Gas Licuado de Petróleo (GLP), una decisión coherente con criterios de equidad dado el papel del GLP en la cocina del hogar y en el transporte público. Mantener estable el GLP protege a las familias de menores ingresos y evita que el ajuste en combustibles tenga un efecto inmediato y desproporcionado sobre la vida cotidiana. Al mismo tiempo, el Estado ha asumido un esfuerzo fiscal significativo para amortiguar el golpe externo: el subsidio proyectado para la semana en curso asciende a una cifra relevante que demuestra el compromiso con la estabilidad social, pero también subraya la necesidad de prudencia en el uso de recursos públicos.

La política pública debe incorporar además medidas preventivas en el ámbito alimentario. El encarecimiento de fertilizantes puede traducirse en aumentos de precios de alimentos con un desfase temporal; por eso, un subsidio temporal y focalizado a insumos agrícolas durante los meses críticos puede resultar más eficiente que esperar a compensar aumentos de precios una vez que se hayan materializado. Proteger la canasta básica por la vía preventiva es una inversión en estabilidad social: prevenir hoy puede costar menos que compensar mañana. Asimismo, reforzar programas sociales existentes y mejorar su focalización reduce la necesidad de medidas universales costosas y menos equitativas.

La disciplina fiscal es un pilar indispensable en esta estrategia. Las reservas internacionales y la inflación contenida ofrecen un colchón que permite amortiguar el choque, pero no constituyen una licencia para convertir medidas excepcionales en compromisos permanentes. Usar reservas o reasignar partidas presupuestarias para sostener subsidios debe hacerse con criterios claros, temporales y transparentes. Identificar partidas no prioritarias que puedan redirigirse a medidas excepcionales sin aumentar el gasto total es una forma responsable de responder a la emergencia sin erosionar la sostenibilidad fiscal. Al mismo tiempo, la transparencia sobre el costo fiscal de las medidas y la ruta de salida es esencial para mantener la confianza ciudadana y la legitimidad de las decisiones.

La comparación regional ofrece lecciones útiles. En crisis previas, varios países aplicaron congelamientos o aumentos de subsidios y luego desmontaron esas medidas cuando la situación se normalizó. Esa experiencia demuestra que las políticas de emergencia no pueden prolongarse indefinidamente sin poner en riesgo las finanzas públicas. La República Dominicana tiene la oportunidad de diseñar una transición más justa y transparente, aprovechando la coyuntura para mejorar la focalización de apoyos y fortalecer la protección social de manera sostenible.

La comunicación pública juega un papel central en la gobernabilidad de estas decisiones. Explicar con claridad que el problema es triple —energía, logística y fertilizantes— y que la respuesta debe ser también triple —estabilidad macro, protección social focalizada y prevención alimentaria— ayuda a construir consenso. La ciudadanía está dispuesta a aceptar ajustes cuando comprende su propósito, su temporalidad y las compensaciones previstas para los más afectados. Por eso, la pedagogía política no es un accesorio: es una herramienta de gobernabilidad que reduce la incertidumbre y facilita la implementación de medidas necesarias.

Finalmente, gobernar en tiempos de crisis implica tomar decisiones difíciles con criterios técnicos y éticos. No se trata de renunciar a la protección social, sino de hacerla más eficiente y sostenible. La estabilidad social se defiende mejor cuando el Estado mantiene su capacidad de invertir, proteger a los vulnerables y sostener la confianza. La diferencia entre apagar fuegos y construir resiliencia radica en la capacidad de diseñar reglas claras, aplicar medidas focalizadas y temporales, y comunicar con transparencia el costo y la ruta de salida. Solo así se podrá transitar la crisis sin hipotecar el futuro y con la convicción de que las medidas adoptadas buscan, en última instancia, preservar el bienestar de la mayoría.


Luis Orlando Díaz Vólquez
Ingeniero de sistemas de computadora · Editor bibliográfico · Productor de medios de comunicación

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