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domingo, 6 de julio de 2025

Dos acuerdos, una misma arquitectura: Lo que el Congo y Cotuí nos enseñan sobre la paz | Firmas sobre papel vs. paz real, los riesgos de excluir a actores clave en negociaciones | Nelson Espinal Báez

Nelson Espinal Báez
Dos acuerdos, una misma arquitectura: Lo que el Congo y Cotuí nos enseñan sobre la paz
Firmas sobre papel vs. paz real, los riesgos de excluir a actores clave en negociaciones
Santo Domingo - jul. 02, 2025 | Nelson Espinal Báez | En directo

En junio de 2025 se firmaron dos acuerdos que, aunque separados por miles de kilómetros, comparten una arquitectura común: un intento de transformar conflictos prolongados en caminos de convivencia. Uno se firmó en Washington, entre la República Democrática del Congo y Ruanda, con la mediación de Estados Unidos, Qatar y la Unión Africana. El otro, en Cotuí, entre Barrick Pueblo Viejo, el Gobierno dominicano y las comunidades afectadas por la expansión minera.

El primero apunta a desactivar una crisis geopolítica con décadas de enfrentamientos armados, actores regionales enfrentados y economías de guerra ligadas a recursos estratégicos como el coltán y el cobalto. El segundo aborda un conflicto socioambiental: la tensión entre el desarrollo minero y los derechos de comunidades que reclaman dignidad, participación y respeto por su territorio.

Lo que une ambos procesos no es su escala, sino su diseño. Ambos revelan que la resolución de conflictos complejos exige más que buena voluntad: requiere un proceso de negociación cuidadosamente estructurado, con actores legítimos, tiempos adecuados y condiciones de implementación sostenibles.

En el caso del Congo y Ruanda, la mesa fue internacional y de alto voltaje diplomático. Pero el acuerdo firmado en Washington deja fuera al M23, una de las milicias más activas y controvertidas en el este del Congolo que compromete su alcance y efectividad. La paz formal no siempre garantiza la paz real.

En Cotuí, en cambio, el conflicto se procesó localmente, pero con componentes igualmente sensibles: reasentamiento forzoso, compensaciones discutidas y tensiones acumuladas. Fue clave la presencia de mediadores creíbles —la Iglesia Católica y el Defensor del Pueblo— así como la disposición del Estado a asumir un rol más activo como garante, más que como parte.

Desde la teoría de la negociación multipartita, ambos casos ilustran lo que se conoce como una arquitectura de múltiples niveles: no basta con alcanzar un consenso en la mesa principal si no se alinean las "mesas detrás de la mesa", es decir, los grupos de interés, los actores secundarios y la opinión pública. El éxito de un acuerdo no depende únicamente de lo firmado, sino de cómo es percibido, implementado y defendido por quienes deben vivir sus consecuencias.

Un acuerdo es apenas un punto de partida. El verdadero reto comienza después de la firma: cuando hay que cumplir, rendir cuentas, ajustar y sostener la voluntad. Esa etapa, muchas veces invisible, define si estamos ante una solución o apenas una pausa.

Si observamos ambos procesos con mirada sistémica, podemos reconocer una arquitectura común en todo acuerdo complejo que aspire a ser sostenible. Más allá de las particularidades de cada caso, ciertas constantes estructurales se repiten cuando el objetivo es transformar conflictos de fondo en nuevas formas de convivencia:

  • una disputa prolongada con alto costo humano o social;
  • actores con poder asimétrico (militar o económico);
  • necesidad de mediadores legítimos;
  • firma de un acuerdo con compromisos verificables;
  • y el gran desafío pendiente: la implementación.

A partir de esta estructura compartida, se hace evidente que los acuerdos duraderos no dependen solo del contenido, sino también del contexto. Y, sobre todo, de cómo son concebidos, facilitados y sostenidos. Este enfoque trasciende los conflictos públicos o diplomáticos: también se aplica a negociaciones empresariales, procesos de fusiones y adquisiciones, relaciones con comunidades y construcción de consensos en políticas públicas.

Los siguientes principios no son recetas, sino herramientas estratégicas para quienes negocian en nombre de un Estado, una empresa, una comunidad o una causa. Son claves para diseñar acuerdos legítimos, resilientes y viables.

1. Toda negociación tiene tres dimensiones: sustancia, proceso y relación.

No se negocia solo "el qué", sino también "el cómo" y "con quién". Un acuerdo sólido no descuida ninguna de estas dimensiones. El contenido debe ser justo, el proceso legítimo y la relación entre las partes debe poder sostener el cumplimiento. Ignorar una de las tres fragiliza el todo.

2. El acuerdo es el comienzo, no el final: lo esencial es la implementación.

Muchos procesos fallan no por lo que se acuerda, sino por lo que no se planifica después. Cronograma, responsables, recursos, seguimiento, rendición de cuentas... La verdadera medida de un acuerdo no es su firma, sino su ejecución sostenida.

3. La legitimidad no se decreta, se construye.

Un acuerdo es legítimo cuando se basa en criterios objetivos: estándares técnicos, normas legales, precedentes, informes de expertos independientes y principios ampliamente aceptados.

Por ejemplo, el acuerdo en Cotuí incorporó los estándares de desempeño de la Corporación Financiera Internacional (IFC), particularmente el Estándar 5 sobre reasentamiento involuntario, lo que elevó su credibilidad tanto local como internacionalmente.

Cuanto más fundado esté en razones compartibles y no arbitrarias, más resistente será a la crítica, a los cambios de gobierno y a la prueba del tiempo.

La legitimidad es, ante todo, una arquitectura de sostenibilidad y confianza.

4. Los actores ausentes pueden convertirse en amenazas presentes.

Una negociación que deja fuera a partes con poder real (militar, económico, comunitario o simbólico) crea las condiciones para futuras rupturas. A veces, incluirlos es complejo; pero excluirlos casi siempre es peligroso. La arquitectura del acuerdo debe ser inclusiva y estratégica.

5. Un buen acuerdo no solo resuelve el presente: se prepara para el cambio.

Todo entorno cambia: liderazgos, prioridades, contextos. Por eso, los acuerdos deben incorporar mecanismos de revisión, actualización y resiliencia. Lo que hoy parece estable, mañana puede tambalear. Un buen diseño no congela el conflicto: le da cauce a su evolución.

La paz no es solo poner fin al conflicto —ese es el armisticio—, sino la ciencia de diseñar relaciones legítimas, sostenibles y capaces de resistir el tiempo. Porque todo acuerdo mal concebido no pone fin al conflicto: solo lo aplaza.

https://www.diariolibre.com/opinion/en-directo/2025/07/01/negociaciones-lo-que-el-congo-y-cotui-nos-ensenan-sobre-la-paz/3168539

Nelson Espinal Báez Associate MIT - Harvard Public Disputes Program at Harvard Law School. Presidente Cambridge International Consulting.


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miércoles, 11 de noviembre de 2020

La otra cara del poder: la legitimidad - Por CÁNDIDO MERCEDES

DESHOJANDO PARADIGMAS

La otra cara del poder: la legitimidad

Las instituciones crean y fomentan la prosperidad creando bucles de feedback que estorban y evitan que las elites se esfuercen por minarlas

Por CÁNDIDO MERCEDES 

“Las sociedades que se rigen bajo la lógica de los favores personales, que asumen que todo beneficio proviene de la ayuda de un tercero y pocas veces por los derechos adquiridos como ciudadanos, o por el esfuerzo y la competencia profesional, devienen en una cultura propensa a servir a los intereses de los que controlan la política y los bienes económicos, bajo acuerdos de beneficios asimétricos”. (José Manuel Pantin Morado).

Las instituciones dominicanas en los últimos 16 años se patrimonializaron hasta llegar al paroxismo, una verdadera locura demencial, no por una estructura cerebral de demencia senil ni la terrible enfermedad del alzhéimer, sino por la feroz instrumentalización del Estado en un grado de corporeidad sin parangón en la historia, incubado, al mismo tiempo, en una red de dominación autocrática, bosquejada en lo que se ha denominado dictadura blanda.

La dictadura blanda cubre la fachada formal de la democracia, pero la subvierte constantemente cuando los intereses personales, particulares y partidarios se encuentran en juego. Se instala así la inobservancia de las instituciones para llegar a la anomia institucional. Cuasi todas las decisiones de las altas instancias del poder político estuvieron bajo el espectro de la crisis de la legitimidad, algo que tiene que ver y trasciende el mero poder, la otra cara del poder. Hubo una sobredimensión, sobreposición del Poder Ejecutivo sobre los demás poderes (Congreso, Justicia) y los poderes públicos.

Donald Trump, el icono de la representación de la crisis de liderazgo a nivel mundial y expresión del ocaso del poder imperial, manipuló hasta la saciedad.

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A lo largo de 16 años, sobre todo en los últimos 8 (2012-2020), se desarrolló lo que Acemoglu y Robinson en su libro ¿Por qué fracasan los países? nos hablan de las instituciones. Postulan que durante mucho tiempo se había creado el mito de la pobreza y la desigualdad alrededor de: localización geográfica, el acceso a la tecnología, la cultura y la ignorancia. Nos señalan que no. Es fruto de como los intereses de grupos prevalecen por encima del resto de la sociedad. Para decirlo de la manera más acertada y gráfica, Peter A. Prazmowski y Xavier Sala, nos dicen “instituciones extractivas e instituciones inclusivas. Las extractivas las que permiten a las elites económicas y políticas extraer rentas y riqueza del resto de la sociedad, mediante el favoritismo político y las manipulaciones del sistema legal, policial y judicial”. Abundan ellos acera de las instituciones inclusivas como “ las que fomentan la participación de los ciudadanos en la actividad económica y permiten la libertad de elección y de expresión, con un Estado de derecho sólido y con oportunidades para todos.

En la sociedad dominicana los poderes públicos actúan en contra, en detrimento de la sociedad, de los ciudadanos. Se conforma, en los últimos años, una triada que genera una confluencia de intereses: los políticos en el poder, el sector empresarial y las iglesias. Puedo asegurar que en occidente no hay ningún país donde las iglesias y los empresarios influyan tan denodadamente en los poderes públicos, en especial en los órganos extrapoder.

Todo ello tiene que ver con la legitimidad más allá del poder en sí mismo. Una sociedad sin legitimidad no logra los necesarios niveles de confianza que pueda orquestar la cohesión social adecuada y pertinente para el logro de un desarrollo sostenible. Esa ausencia de legitimidad es lo que da pie y pábulo para que más allá del crecimiento económico (de la macroeconomía), los alcances de la pobreza, de la exclusión, de la marginalidad, del torrente asimétrico de la desigualdad, se encuentre en todo el tejido social de nuestra formación social.

Nuestra pobreza institucional es tan aguda que los poderes fácticos (empresarios y las iglesias) operan como si ese fuera su quehacer en la división social del trabajo. Cuando se configura un poder político con un poder empresarial que sintoniza en la cimentación de sus intereses, con grado sumo del modo operandi de instrumentalización y asunción de visualizar las instituciones como fuentes extractivas, la dimensión de la sociedad horizontal, participativa se achica.

Donald Trump, el icono de la representación de la crisis de liderazgo a nivel mundial y expresión del ocaso del poder imperial, manipuló hasta la saciedad. La mueca del espectáculo exacerbado en el plano político. Cuando quiso mentir el miércoles acerca del fraude, sin pruebas, tres cadenas de medios de comunicación le cerraron. Es que el stablishment impone sus límites. Traza la frontera del poder personal y de grupo frente a los intereses, finalmente, de la nación.

Aquí tenemos empresarios e iglesias sin visión de país, sin compromisos reales, donde solo tienen la mirada del pasado que como decía Arturo Pérez Reverte “Hay una estupidez que se extiende, que es considerar el pasado con ojos del presente”. La legitimidad es pues, “la capacidad para conseguir que sean aceptados los límites que el poder impone”. La legitimidad se deriva, nace, como dirían José Valles y Salvador Martí Puig “cuando las decisiones serán percibidas como legítimas en tanto en cuanto se ajuste a los valores y a las creencias que dominan en una sociedad. Si concuerda con lo que aquella sociedad considera conveniente o digno de aprecio, una decisión o una propuesta adquieren mayor legitimidad y cuentan con más probabilidades de ser aceptadas”.

La legitimidad se pierde, en gran medida, porque los actores políticos dominantes vieron la política como diría Max Weber “Hay seres humanos que viven para la política. Los hay que viven de la política”. Los últimos son los que han acontecido en nuestra sociedad. Eso es lo que hace que se piense más en los intereses individuales y partidarios y que el costo de la política sea de las más caras del mundo. ¡Que tengamos Barrilitos y Cofrecitos como cuerpo del delito de la aberración ética-moral, merced a privilegios descarados y donde hoy no quieren que en el Presupuesto del 2021 se le disminuya a la mitad “su asignación”, para conjurar y “ayudar” en esta crisis originada por la pandemia!

Las dimensiones de la política, esto es: Estructura, Proceso y Resultado, han de cambiar en nuestra sociedad para poder operar con mayor sistematicidad y permanencia con la legitimidad como la otra cara del poder que trasciende la legalidad. Se conecta con la influencia, con la verdadera autoridad. En los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza “Por qué fracasan los países”, de Daron Acemoglu y James Robinson, nos dicen: Son las instituciones y su sentido de idoneidad que determinan en gran medida la política y al mismo tiempo va podando a los políticos. Ellos, en fin de cuentas han de subordinarse a ellas y no al revés.

Las instituciones crean y fomentan la prosperidad creando bucles de feedback que estorban y evitan que las elites se esfuercen por minarlas. Es observando la cara del poder desde otra perspectiva, que no es otra que la legitimidad, proyectando instituciones inclusivas y no extractivas.

https://acento.com.do/opinion/la-otra-cara-del-poder-la-legitimidad-8881069.html